100 puntos de inflexión, de los primeros humanos a la era de la IA
por Mat Siems
PARTES I–X · CAPÍTULOS 1–100 · MATSIEMS.COM
Parte I
Albores y orígenes
De los primeros humanos a las primeras palabras escritas.
Capítulo 1 · Parte I
Salir de África
Todas las personas que viven hoy, de Lagos a Lima o a Lahore, comparten un árbol genealógico cuyas raíces más profundas están en África. Allí evolucionó el Homo sapiens: los fósiles más antiguos atribuidos a nuestro linaje, hallados en Jebel Irhoud (Marruecos), tienen unos 300.000 años, y durante la mayor parte de nuestra historia África fue el único hogar que conoció nuestra especie. Para lo que vendría después, era un vecindario concurrido, compartido con otras clases de humanos, y nuestros antepasados se extendieron por todo el continente mucho antes de abandonarlo.
Es cierto que algunos grupos pequeños se aventuraron antes fuera de África, y fósiles de cuevas de Israel apuntan a incursiones de hace más de 100.000 años. Pero la mayoría de aquellos pioneros parece haber dejado escasa huella genética. La dispersión decisiva, la que quedó escrita en el ADN de todas las personas con raíces fuera de África, llegó más tarde, hace entre 70.000 y 50.000 años. Algunas bandas pasaron a Arabia y al Levante, probablemente en fases más húmedas en que los desiertos se convertían por un tiempo en praderas. Allí se encontraron con los neandertales, y no solo como rivales.
¿Sabías que…? La mayoría de las personas con ascendencia fuera de África llevan entre un 1 y un 2 % de ADN neandertal, recuerdo genético de los encuentros que siguieron a la salida.
Desde el Próximo Oriente, la expansión avanzó en varias direcciones a la vez. Una corriente siguió las costas del sur de Asia, alimentándose de marisco y pescado, y después hizo algo notable: cruzó el mar abierto. Incluso con el nivel del mar más bajo de la Edad de Hielo, llegar a Sahul, la masa de tierra que unía Australia y Nueva Guinea, obligaba a remar o navegar sin ver la costa. Había gente allí hace al menos 50.000 años, y quizá antes; las fechas más antiguas siguen discutiéndose. Otros grupos avanzaron hacia las heladas estepas de Siberia o llegaron a Europa hace unos 45.000 años; allí convivieron varios milenios con los neandertales, hasta que la especie más antigua desapareció.
América llegó después. Durante la Edad de Hielo, un puente de tierra llamado Beringia unía Siberia con Alaska, y hubo gente que lo cruzó a pie o que bordeó su costa en barca. La mayoría de los especialistas acepta que había humanos en América hace unos 16.000 años; unas huellas halladas en White Sands (Nuevo México) sugieren más de 20.000, aunque la cifra se debate. En pocos milenios se alcanzó el extremo sur de Sudamérica. Las últimas grandes tierras vacías fueron las remotas islas del Pacífico, colonizadas por navegantes polinesios en los últimos 3000 años; Aotearoa (Nueva Zelanda), alcanzada hacia 1250 d. C., fue de las últimas.
No fue una marcha con destino. Fue la lenta deriva de cazadores-recolectores que seguían a las presas, las costas y el agua dulce, y cada generación quizá solo avanzaba unos pocos kilómetros más allá que la anterior. Aun así, el resultado fue extraordinario: una sola especie, de un único origen africano, ocupó todos los continentes salvo la Antártida. Como los emigrantes eran pocos, quienes viven fuera de África conservan solo una parte de la variedad genética que hay en ese continente, y África sigue albergando la mayor proporción de la diversidad genética humana. Todo lo que viene después empieza con una caminata.
Fig. 1 · Salir de África. Todos los humanos actuales descienden de pequeñas bandas que salieron de África hace unos 60.000 años y entraron en un mundo sin gente.
Capítulo 2 · Parte I
La chispa cognitiva
En algún punto del camino que salía de África, el registro arqueológico cambia de carácter. Junto a las herramientas de piedra, los yacimientos empiezan a ofrecer objetos sin utilidad práctica evidente: conchas perforadas ensartadas como cuentas, trozos de ocre rojo con dibujos grabados y, más tarde, figurillas talladas, flautas y paredes pintadas. Son huellas del pensamiento simbólico, la capacidad de hacer que una cosa represente otra. El historiador Yuval Noah Harari popularizó para este cambio la expresión revolución cognitiva y lo situó hace unos 70.000 años.
Las pruebas son reales; otra cuestión es si equivalieron a una revolución repentina. En la cueva de Blombos, en la costa sur de Sudáfrica, alguien trazó hace unos 73.000 años un entramado de líneas con un lápiz de ocre sobre una lasca de piedra: el dibujo más antiguo que se conoce. Las cuentas de concha de Blombos y de Taforalt (Marruecos) son aún más antiguas, de unos 75.000 y 82.000 años. Por eso muchos arqueólogos creen que la conducta simbólica se fue acumulando poco a poco en África durante decenas de miles de años, encendiéndose y apagándose según subían y bajaban las poblaciones, en lugar de activarse en un instante.
Lo importante es lo que los símbolos hicieron posible. Una tropa de chimpancés solo puede coordinarse entre animales que se conocen personalmente, y los grupos humanos unidos solo por lazos personales parecen tener un techo de unas 150 personas, cifra asociada al antropólogo Robin Dunbar. El lenguaje lo cambió. Podía transmitir chismes sobre quién era de fiar y podía describir cosas que no existen en absoluto: espíritus, antepasados, el animal tótem de un clan. Creer en esas ficciones compartidas permite que personas que nunca se han visto actúen como miembros de un mismo grupo, comercien entre sí y acudan a los mismos ritos.
¿Sabías que…? El Hombre león de Hohlenstein-Stadel (Alemania), tallado en marfil de mamut hace unos 40.000 años, es una de las esculturas figurativas más antiguas, y representa a un ser que nunca existió.
Hace 40.000 años las pruebas son inequívocas y están por todo el mundo. Una pintura de la cueva de Leang Karampuang, en la isla indonesia de Sulawesi, que muestra un cerdo salvaje junto a figuras de aspecto humano, se ha datado en al menos 51.000 años. En las cuevas del sur de Alemania se tocaban flautas de hueso de ave y marfil de mamut. Adornos y piedras finas viajaban cientos de kilómetros desde su origen, señal de intercambios entre grupos que no eran parientes.
Esta es la raíz profunda de todo lo que vendrá. El dinero, las leyes, los dioses, las naciones y las empresas son, en el sentido de Harari, ficciones compartidas: existen porque suficientes personas acuerdan actuar como si existieran. Eso no las hace irreales; un billete compra pan precisamente porque todos creen que lo hará. La capacidad de imaginar en común dio al Homo sapiens una ventaja decisiva de escala. Y la escala, una y otra vez, es lo que premia la historia.
Fig. 2 · La chispa cognitiva. Hace unos 70.000 años floreció el pensamiento simbólico: arte, ritos y relatos compartidos permitieron cooperar a extraños en un número inédito.
Capítulo 3 · Parte I
El fuego y el cerebro
Todas las sociedades humanas conocidas cocinan. Ningún otro animal lo hace. El primatólogo Richard Wrangham sostiene que no es casualidad: según su hipótesis de la cocción, expuesta en el libro Catching Fire (2009), dominar el fuego no fue solo un truco útil, sino una fuerza que remodeló nuestro cuerpo.
El razonamiento avanza como una cadena. El calor rompe las fibras duras, gelatiniza el almidón y desnaturaliza las proteínas, así que la comida cocinada es más blanda y aporta más energía aprovechable que el mismo alimento crudo; los experimentos de alimentación con animales lo confirman. Cocinar también mata muchos parásitos y bacterias y neutraliza algunas toxinas vegetales, lo que amplía el menú. Menos esfuerzo en masticar y digerir significa energía libre para otros usos. Un estudio calculó que los humanos actuales dedican a comer menos del 5 % de su actividad diaria, mientras que un primate de nuestro tamaño debería dedicar casi la mitad.
Buena parte de esa energía fue a parar al cerebro. Supone alrededor del 2 % del peso corporal de un adulto, pero consume cerca del 20 % de su energía en reposo: un órgano carísimo de mantener. La hipótesis del tejido caro, propuesta por Leslie Aiello y Peter Wheeler en 1995, señaló que el intestino humano es inusualmente pequeño para un primate de nuestro tamaño; un intestino más corto pudo ayudar a pagar un cerebro más grande. Que el cerebro creció es indudable. Los australopitecos, hace unos tres millones de años, tenían cerebros de unos 450 centímetros cúbicos, poco más que un chimpancé. El Homo erectus, aparecido hace unos 1,9 millones de años, rondaba los 900, y el ser humano actual tiene de media unos 1350.
¿Sabías que…? Los huesos quemados y las cenizas vegetales de la cueva de Wonderwerk (Sudáfrica) muestran que los primeros humanos ya usaban el fuego hace alrededor de un millón de años.
El eslabón débil es la cronología. Wrangham vincula la cocina al auge del Homo erectus, con dientes y mandíbulas más pequeños, pero las pruebas firmes de un fuego controlado son mucho más recientes. La cueva de Wonderwerk ofrece rastros de hace un millón de años; Gesher Benot Ya'aqov, en Israel, muestra fuegos repetidos hace unos 780.000 años; y el uso habitual del fuego solo parece extendido a partir de hace unos 400.000 años, en yacimientos como la cueva de Qesem. O bien la cocina empezó antes de lo que pueden mostrar las cenizas conservadas, o bien el cerebro creció primero por otras razones, como más carne y mejores herramientas, y el fuego aceleró la tendencia después. El debate sigue muy vivo.
El fuego hizo algo más que cocinar. Mantenía a raya a los depredadores, alargaba el día tras la puesta de sol y permitió ocupar tierras más frías. El hogar nocturno se convirtió además en un espacio social; los antropólogos que han escuchado las conversaciones junto al fuego de los recolectores del Kalahari observan que pasan de los asuntos del día a los relatos. Al delegar en la llama parte de la digestión, nuestros antepasados ganaron tiempo, energía y compañía. Pocos tratos de la evolución han salido tan rentables.
Fig. 3 · El fuego y el cerebro. Cocinar liberó calorías que la comida cruda nunca daría, y una digestión más barata pudo alimentar un cerebro humano costoso y creciente.
Capítulo 4 · Parte I
Los primeros artistas
En diciembre de 1994, tres espeleólogos, Jean-Marie Chauvet, Éliette Brunel y Christian Hillaire, se deslizaron en una cámara sellada sobre las gargantas del Ardèche, en el sur de Francia, y encontraron paredes repletas de leones, rinocerontes, caballos y mamuts. El radiocarbono situó las pinturas más antiguas de la cueva de Chauvet en unos 36.000 años. Los artistas aprovecharon los relieves de la roca para dar volumen a los animales, dibujaron algunos con patas de más como si estuvieran en movimiento y rasparon las paredes antes de pintar. Nada en ellas parece primitivo.
Chauvet es famosa, pero no está sola ni es la más antigua. Lascaux, en la Dordoña, descubierta por cuatro adolescentes en septiembre de 1940, es más reciente, de unos 17.000 años, y reúne unas 600 figuras pintadas y unos 1500 grabados. En España, el techo de bisontes de Altamira fue tachado de falsificación durante dos décadas tras su descubrimiento en 1879; los expertos no podían creer que lo hubieran hecho cazadores-recolectores de la Edad de Hielo. Más al este, el registro es aún más antiguo. Las pinturas rupestres de la isla indonesia de Sulawesi se remontan al menos a 45.000 años, y una escena, un cerdo salvaje con figuras humanoides, a por lo menos 51.000. En la región australiana de Kimberley, un canguro pintado en el techo de un abrigo rocoso se ha datado en unos 17.300 años gracias a los nidos de avispa alfarera construidos sobre la pintura.
¿Sabías que…? Lascaux se cerró al público en 1963 porque el aliento y el calor de los visitantes dañaban las pinturas; hoy los turistas recorren réplicas fieles.
Los materiales eran sencillos: ocre rojo y amarillo, carbón y óxido de manganeso, aplicados con los dedos, con tampones de musgo o de piel, o soplados a través de huesos huecos. Las manos en negativo, hechas soplando pigmento alrededor de una mano apoyada en la roca, aparecen de España a Sulawesi o la Cueva de las Manos en Argentina: una de las firmas más extendidas de la humanidad.
Para qué servían las pinturas es más difícil de decir, y los estudiosos honestos lo admiten. El sacerdote y prehistoriador francés Henri Breuil propuso la magia de caza: representar a un animal para tener poder sobre él. Pero los animales pintados no suelen ser los que más se comían; en Lascaux, los renos que alimentaban a los artistas apenas aparecen en las paredes. Otros, sobre todo David Lewis-Williams, defienden el chamanismo y los estados alterados de conciencia, y señalan los signos geométricos y las figuras mitad humanas. Algunas imágenes pudieron servir para enseñar, para registrar las estaciones o para marcar el territorio de un grupo. Muchas se situaron en lo más hondo de la tierra, solo alcanzables a la luz temblorosa de una lámpara, lo que sugiere que el acto de hacerlas y verlas importaba tanto como lo representado.
Fuera cual fuera su propósito, estas paredes demuestran que la mente simbólica estaba plenamente formada entre los cazadores-recolectores. Mucho antes de la agricultura, las ciudades o la escritura, las personas guardaban conocimientos y creencias fuera de su cabeza, en imágenes que otros podían ver mucho después de que sus autores desaparecieran. El arte llegó antes que casi todo lo demás.
Fig. 4 · Los primeros artistas. Las cuevas pintadas de Chauvet y Lascaux tienen decenas de miles de años: mucho antes de ciudades o escritura, se daba sentido a la piedra.
Capítulo 5 · Parte I
El pacto agrícola
Durante cerca del 95 % de la existencia de nuestra especie, la gente vivió de la caza y la recolección: recogía plantas, cazaba animales y pescaba. Luego, a partir de c. 10.000 a. C., en las colinas y valles del Creciente Fértil, que va del Levante al sur de Turquía y los montes Zagros de Irán, algunas comunidades empezaron a sembrar y cosechar de forma deliberada. En los milenios siguientes, la agricultura surgió de manera independiente en quizá una docena de lugares, de China a Nueva Guinea o México.
¿Por qué cambiar un modo de vida que había funcionado durante cientos de miles de años? Ninguna respuesta única convence. El final de la última glaciación trajo, a partir de c. 9700 a. C., un clima más cálido, más húmedo y, sobre todo, más estable, que hizo más previsibles las cosechas. En el Levante, los natufienses ya se habían asentado en aldeas para aprovechar los cereales silvestres, y un episodio frío conocido como Dryas Reciente pudo empujar a sus sucesores a cultivar lo que antes solo recolectaban. El aumento de la población, y quizá el deseo de elaborar cerveza y celebrar banquetes, pudieron influir también. En Göbekli Tepe, en el sur de Turquía, gentes que aún vivían sobre todo de la caza y la recolección levantaron pilares de piedra tallada hacia 9500 a. C., indicio de que las reuniones rituales exigían comida a una escala nueva.
¿Sabías que…? Los grandes pilares de Göbekli Tepe, algunos de más de 5 metros, los erigieron personas que aún no practicaban plenamente la agricultura, lo que desmiente que los templos llegaran solo después de ella.
Para los individuos, el pacto resultó duro. Los esqueletos de muchas comunidades agrícolas tempranas muestran menor estatura, más caries por la comida rica en almidón, señales de anemia y articulaciones gastadas por moler grano y acarrear cargas. La dieta se redujo de cientos de alimentos silvestres a unos pocos básicos, de modo que una sola mala cosecha podía significar hambruna. Vivir junto a los animales y a los desechos ajenos trajo nuevas enfermedades infecciosas. El geógrafo Jared Diamond llamó a la agricultura «el peor error de la historia de la especie humana» en un célebre ensayo de 1987; muchos especialistas creen que exageraba, pero el coste para la salud está bien documentado.
Aun así, la agricultura se impuso por una razón decisiva: los números. Una hectárea de trigo alimenta a muchas más personas que una hectárea de tierra silvestre. Las campesinas, además, podían tener hijos más seguidos, porque una madre sedentaria no tenía que cargar con niños pequeños en largas marchas. Las poblaciones agrícolas crecieron, se expandieron y absorbieron o desplazaron a los recolectores allí donde el suelo lo permitía. Una vez desbrozada la tierra y llenos los graneros, rara vez había vuelta atrás.
La vida sedentaria trajo algo más: la propiedad. Campos, rebaños y graneros podían poseerse y heredarse, y las diferencias de riqueza podían crecer de una generación a la siguiente. El pacto agrícola alimentó a muchos y enriqueció a unos pocos. Pocos de quienes lo sellaron entendieron sus condiciones.
Fig. 5 · El pacto agrícola. Desde c. 10.000 a. C. se cambió la caza y recolección por la agricultura: más comida y más gente, pero más trabajo, peor salud y nueva desigualdad.
Capítulo 6 · Parte I
Domesticar la vida
Domesticar no es lo mismo que amansar. Un animal amansado es un individuo acostumbrado a las personas; una especie domesticada ha cambiado, generación tras generación, hasta que su cuerpo y su conducta dependen del cuidado humano. Ocurrió despacio, a menudo sin que nadie se lo propusiera, y ocurrió una y otra vez en distintas partes del mundo.
El perro fue el primero: desciende de lobos que empezaron a vivir junto a los cazadores de la Edad de Hielo, probablemente hace más de 15.000 años; un perro enterrado con dos personas en Bonn-Oberkassel (Alemania) hace unos 14.000 años parece haber sido cuidado durante una grave enfermedad. Cultivos y ganado llegaron tras la glaciación. En el Creciente Fértil, la escanda menor y la escanda, la cebada, las lentejas y los guisantes se cultivaban desde c. 9500 a. C., y ovejas, cabras, vacas y cerdos se domesticaron en el milenio siguiente, más o menos. El cambio clave del trigo fue una mutación que impedía que las espigas maduras se desgranaran y esparcieran la semilla. En estado silvestre, las plantas con ese rasgo desaparecen; bajo la hoz del segador prosperan, porque la gente recoge y vuelve a sembrar justo esas semillas.
Otros focos avanzaron por su cuenta. En China se cultivó el mijo junto al río Amarillo y el arroz junto al Yangtsé; el arroz quedó plenamente domesticado hacia 4000 a. C., tras miles de años de cultivo. En las tierras altas de Nueva Guinea, los agricultores del pantano de Kuk cultivaban taro y plátanos desde c. 7000 a. C. En México, el maíz se obtuvo hace unos 9000 años a partir de una gramínea silvestre y desmedrada, el teosinte, y sus mazorcas pasaron en milenios del tamaño de un pulgar al que conocemos. Los Andes dieron al mundo la patata, la quinoa, la llama y la alpaca; el Sahel africano, el sorgo y el mijo perla hacia 3000-2500 a. C.
¿Sabías que…? El uro, enorme antepasado salvaje del ganado vacuno, sobrevivió en Europa hasta 1627, cuando murió el último ejemplar conocido en el bosque de Jaktorów, en Polonia.
Los cambios fueron en ambos sentidos. Cultivos y animales pasaron a depender de las personas, y las personas de ellos. Los rebaños necesitaban pastos y protección; los campos, escarda, riego y vigilancia. También cambiaron los genes humanos. La mayoría de los mamíferos pierden la capacidad de digerir la leche tras el destete, pero entre los pueblos ganaderos de Europa, África oriental y Oriente Próximo, las mutaciones que permiten a los adultos digerir la lactosa se difundieron con rapidez en los últimos milenios. Las poblaciones con una larga historia de dietas ricas en almidón suelen tener además copias adicionales del gen de la amilasa, la enzima que digiere el almidón.
Las especies domesticadas viajaron y transformaron paisajes lejos de su tierra de origen. El trigo y las vacas se extendieron por Europa y hasta el sur de Asia; el arroz recorrió Asia; el maíz pasó de México a gran parte de América mucho antes de 1492. De las miles de especies vegetales que han comido los humanos, un puñado aporta hoy la mayoría de nuestras calorías: solo el trigo, el arroz y el maíz suministran cerca de la mitad. La alianza sellada en unos pocos valles sigue alimentando al mundo.
Fig. 6 · Domesticar la vida. Trigo, arroz, vacas, ovejas y perros se transformaron para servir a las personas, y a cambio ataron para siempre a los humanos a campos y rebaños.
Capítulo 7 · Parte I
Las primeras ciudades
Las primeras ciudades nacieron de aldeas agrícolas que, sencillamente, no dejaron de crecer. Dos yacimientos dominan la historia. Jericó, junto a un manantial perenne del valle del Jordán, estuvo habitada desde c. 9600 a. C. Cuando la arqueóloga Kathleen Kenyon excavó allí en la década de 1950, halló una muralla de piedra y una gran torre redonda de unos 8,5 metros de altura, construida hacia 8000 a. C., con una escalera interior de 22 peldaños. Su función aún se discute: defensa frente a saqueadores, protección contra inundaciones o un monumento que cohesionaba a la comunidad. Los habitantes posteriores enterraban a sus muertos bajo las casas y modelaban rostros de yeso sobre algunos de sus cráneos, para mantener cerca a los antepasados.
El segundo yacimiento es más extraño. Çatalhöyük, en la llanura de Konya, en el centro de Anatolia (la actual Turquía), floreció entre c. 7100 y 5950 a. C. y en su apogeo albergó quizá entre 3500 y 8000 personas; las estimaciones varían. No tenía calles. Las casas de adobe se levantaban pared con pared, así que los vecinos caminaban por los tejados planos y bajaban a casa por una escalera de mano, a través de una abertura que también dejaba salir el humo del horno. Los tejados hacían de callejuelas, talleres y lugares de reunión.
Por dentro, las casas seguían un plano notablemente uniforme: una sala principal con hogar y horno, plataformas elevadas para dormir y trabajar, y cuartos laterales para almacenar. Los muertos se enterraban bajo las plataformas, a veces decenas en una sola casa. Las paredes se enlucían una y otra vez y a menudo se pintaban con escenas de caza, motivos geométricos y buitres, y en algunas salas había cuernos de toros salvajes encajados en bancos y pilares. Cuando una casa envejecía, se rellenaba y se construía otra encima, de modo que con los siglos el montículo alcanzó unos 20 metros.
¿Sabías que…? Una pintura mural de Çatalhöyük ha sido aclamada como el mapa más antiguo del mundo, un plano urbano bajo un volcán de dos cumbres, aunque algunos arqueólogos ven en ella una piel de leopardo.
Lo que falta es tan revelador como lo que hay. No se ha hallado ningún palacio, ningún barrio de templos ni ninguna gran tumba. El excavador James Mellaart, que trabajó allí en los años sesenta, creyó que ciertas salas ricamente decoradas eran santuarios; el equipo posterior dirigido por Ian Hodder, desde 1993, concluyó que el ritual tenía lugar en casas corrientes. Viviendas, dietas y enterramientos se parecen mucho entre sí, lo que sugiere una sociedad notablemente igualitaria para su tamaño. Lo que la mantenía unida parece haber sido la rutina compartida, los antepasados y el ritual, más que las órdenes de un gobernante.
En otros lugares se ensayaban experimentos parecidos: Mehrgarh en Pakistán y Jiahu en China, cada uno con sus cultivos y costumbres. Estas primeras ciudades muestran que los humanos podían vivir apiñados y en paz durante siglos sin reyes. La jerarquía no era una ley natural. Llegó más tarde, con el excedente, y hubo que construirla.
Fig. 7 · Las primeras ciudades. Jericó y Çatalhöyük reunieron a miles de personas sin palacios ni reyes visibles: la vida densa llegó antes que los gobernantes.
Capítulo 8 · Parte I
La trampa del excedente
En los años buenos, la agricultura producía más comida de la que necesitaban los campesinos. Ese excedente cambió la forma de la sociedad. Una familia podía alimentarse de sus campos; una aldea podía mantener a un alfarero, a un sacerdote o a un guerrero a tiempo completo. Hacia el IV milenio a. C., en las llanuras aluviales del sur de Mesopotamia, el excedente alimentaba a clases enteras de personas que nunca tocaban un arado.
No todos los cultivos servían igual para esto. El politólogo James C. Scott, en Against the Grain (2017), señala que los primeros Estados se construyeron sobre cereales: trigo y cebada en Mesopotamia y Egipto, mijo y arroz en China, maíz en Mesoamérica. El grano madura todo a la vez, sobre el suelo y a la vista, de modo que un recaudador puede ver la cosecha y calcularla. Se puede medir por volumen, transportar y guardar durante años. Los tubérculos como la mandioca pueden dejarse bajo tierra y sacarse cuando hacen falta, mientras que la fruta y el pescado se pudren. El grano, en suma, es visible, almacenable y gravable.
En torno a la ciudad de Uruk, que hacia 3200 a. C. quizá albergaba entre 25.000 y 50.000 personas (las estimaciones varían), los funcionarios del templo reunían la cebada en grandes almacenes y la repartían en raciones. Los arqueólogos hallan enormes cantidades de toscos cuencos de borde biselado, fabricados en serie, en yacimientos de esta época, y muchos creen que servían para medir las raciones diarias de grano de los trabajadores.
¿Sabías que…? El signo cuneiforme antiguo para «pan» o «ración» parece representar uno de estos cuencos, y el signo para «comer» lo combina con una cabeza humana.
El excedente necesitaba gestores. Los escribas anotaban quién debía qué. Los sacerdotes presentaban la recogida y el reparto del grano como voluntad de los dioses, dueños teóricos de la tierra. Los soldados protegían los almacenes e imponían la recaudación, y en la cúspide se situaban los jefes: primero administradores del templo, después reyes, llamados en sumerio lugal, literalmente «hombre grande». Egipto siguió un patrón parecido: los funcionarios medían la altura de la crecida del Nilo, en parte para prever la cosecha y fijar los impuestos. El trabajo obligatorio, reclutado en la estación muerta del campo, construyó canales, murallas y, con el tiempo, pirámides.
Scott y otros subrayan la cara más oscura. Los primeros Estados necesitaban gente más que tierra, y la capturaban, la reclutaban y la esclavizaban; las murallas mantenían fuera a los enemigos, pero también dentro a los campesinos. Las poblaciones hacinadas y alimentadas de grano sufrían epidemias, y los primeros Estados eran frágiles y a menudo volvían a disgregarse en aldeas. Mucha gente huía a las colinas o a la estepa cuando las exigencias se volvían demasiado pesadas.
Esta es la trampa del excedente: cuanto más almacenaba una sociedad, más necesitaba a alguien que guardara, contara y administrara las reservas, y más difícil se hacía vivir fuera del sistema. El poder nació en el granero.
Fig. 8 · La trampa del excedente. El grano se podía almacenar, contar y gravar. El excedente alimentó a sacerdotes, soldados y escribas, y a las primeras élites que vivían del trabajo ajeno.
Capítulo 9 · Parte I
De marcas a palabras
La escritura no se inventó para contar historias, sino para llevar cuentas. Desde c. 8000 a. C., aldeas de todo el Próximo Oriente usaban pequeñas fichas de arcilla con forma de cono, esfera, disco o cilindro, al parecer para representar cantidades de bienes: una medida de grano, una oveja, una jarra de aceite. La arqueóloga Denise Schmandt-Besserat defendió en las décadas de 1970 y 1980 que esas fichas eran las antecesoras directas de la escritura, y aunque los detalles de su teoría se discuten, la secuencia general está ampliamente aceptada.
Los pasos decisivos se dieron en el sur de Mesopotamia durante el IV milenio a. C. Para que un registro no pudiera manipularse, hacia 3500 a. C. las fichas se encerraban en bolas huecas de arcilla llamadas bullae. Como no se podía comprobar el contenido sin romper el envoltorio, se presionaban las fichas sobre su superficie antes de sellarlo. Pronto alguien se dio cuenta de que bastaban las impresiones, y la bola se aplanó hasta convertirse en tablilla. Hacia 3300 a. C., los contables de Uruk imprimían signos numéricos en tablillas, y hacia 3200 a. C. añadían signos dibujados para lo que se contaba: cebada, ovejas, cerveza, trabajadores.
Estas primeras tablillas, llamadas protocuneiformes, son abrumadoramente administrativas: registran bienes, raciones y trabajo, y casi todas las demás son listas de palabras para formar escribas. Una tablilla de Uruk anota una cantidad de cebada a lo largo de 37 meses y lleva los signos Ku-shim, que podrían ser el nombre de un funcionario y quizá uno de los nombres propios registrados más antiguos.
¿Sabías que…? La escritura cuneiforme se usó durante más de 3000 años; la última tablilla datable, un registro astronómico de Babilonia, se escribió hacia el 75 d. C.
El salto de contar a escribir la lengua llegó con el principio del rebus: usar un signo por su sonido y no por su significado, como quien dibuja un sol y un dado para escribir «soldado». Una vez que los signos podían representar sílabas, los escribas pudieron anotar nombres, gramática y, con el tiempo, todo lo que puede decirse. Impresos en arcilla húmeda con una caña cortada, los signos se convirtieron en los trazos en forma de cuña que dan nombre a la escritura cuneiforme, del latín cuneus, cuña. Con los siglos, sirvió para el sumerio, luego para el acadio, el hitita y otras lenguas. Hacia 2300 a. C., Enheduanna, suma sacerdotisa del dios Luna en Ur e hija de Sargón de Acad, compuso himnos con su propio nombre, lo que la convierte en la primera autora conocida de la historia. Siguieron los poemas sobre Gilgamesh y compilaciones de leyes como la de Hammurabi, hacia 1754 a. C.
Mesopotamia no estaba sola. La escritura apareció en Egipto por la misma época, y se inventó de forma independiente en China hacia 1200 a. C., donde se conserva en los huesos oraculares de la dinastía Shang, y en Mesoamérica durante el I milenio a. C. Cada vez, las necesidades prácticas fueron primero. La escritura permitió que la memoria sobreviviera a quien la guardaba. Su primer trabajo fue contar ovejas.
Fig. 9 · De marcas a palabras. La escritura nació de fichas de arcilla que contaban ovejas y grano; solo poco a poco esas marcas contables pudieron guardar poesía, leyes y memoria.
Capítulo 10 · Parte I
Asentarse nos cambió
Si se mira con distancia, la magnitud del cambio asombra. Hacia 10.000 a. C., todos los humanos de la Tierra, quizá cinco millones de personas, vivían de la caza y la recolección, en bandas que se desplazaban con las estaciones. Hacia 3000 a. C., ciudades de decenas de miles de habitantes se alzaban junto al Éufrates, Egipto se unificaba bajo un solo rey y los escribas escribían. Al comenzar nuestra era, la población mundial había subido a entre unos 170 y 300 millones; las estimaciones varían mucho, pero la tendencia no. El arqueólogo V. Gordon Childe llamó a estos cambios revolución neolítica y revolución urbana.
¿Sabías que…? La agricultura existe desde hace solo unos 12.000 años, menos del 5 % de los aproximadamente 300.000 años de historia del Homo sapiens.
La palabra revolución puede confundir. El cambio llevó miles de años y muchas generaciones que nunca lo notaron. Tampoco fue un camino de sentido único. El antropólogo David Graeber y el arqueólogo David Wengrow, en El amanecer de todo (2021), subrayan cuántas sociedades experimentaron: cultivaban un poco y recolectaban mucho, se reunían en grandes asentamientos estacionales y luego se dispersaban, o levantaban monumentos como Göbekli Tepe o, mucho después, Poverty Point en Luisiana sin una agricultura plena. Los pastores nómadas de las estepas y del Sáhara construyeron otro tipo de sociedad compleja, móvil pero rica en rebaños. Los pueblos cazadores-recolectores, de los san del sur de África a los aborígenes australianos y los pueblos de la costa noroeste del Pacífico, mantuvieron formas de vida sofisticadas hasta la época moderna.
Aun así, el mundo sedentario ejercía una fuerte atracción. Campos y graneros alimentaban a más gente que la tierra silvestre; más gente significaba más mano de obra, más soldados y más ideas; y las instituciones de la vida sedentaria (propiedad, impuestos, escritura, leyes y religión organizada) se apoyaban unas en otras. Una vez que una sociedad se había densificado, rara vez podía volver a encogerse sin hambrunas ni colapso.
Los costes venían en el mismo lote que las ganancias. El sedentarismo trajo epidemias, trabajo duro, guerras por la tierra y una profunda desigualdad entre gobernantes y gobernados, hombres y mujeres, libres y esclavos. Pero también trajo especialistas que podían dedicar su vida a la metalurgia, la astronomía, la medicina o la poesía. Cada capítulo posterior, de las pirámides a la imprenta o el microchip, descansa en la decisión de gente corriente, hace mucho tiempo, de quedarse un poco más cada año.
¿Fue la mejor decisión de la humanidad o la más costosa? La respuesta honesta es que ambas cosas, y que en realidad nadie la tomó. Fue la suma de incontables pequeñas elecciones: sembrar un campo más, quedarse una estación más. De esas elecciones surgieron las primeras civilizaciones, junto al Tigris y el Éufrates, el Nilo, el Indo y el río Amarillo. La historia, en el sentido de los registros escritos, empieza aquí.
Fig. 10 · Asentarse nos cambió. En pocos milenios pasamos de bandas errantes a multitudes sedentarias con excedente, gobernantes y escritura, y arrancó toda la historia posterior.
Parte II
Las primeras civilizaciones
Valles fluviales, reyes-dioses y las primeras leyes y letras escritas.
Capítulo 11 · Parte II
La tierra entre ríos
El sur de Mesopotamia no tiene aspecto de cuna. Es una llanura plana y abrasadora donde apenas llueve y donde casi no hay piedra, madera ni metal. Sin embargo, entre el Tigris y el Éufrates, en lo que hoy es el sur de Irak, el pueblo de Sumer construyó las primeras ciudades auténticas del mundo, inventó la escritura, fijó leyes por escrito y abrió escuelas. La historia escrita, en sentido literal, empieza aquí.
Esa paradoja es precisamente la clave. Los ríos depositaban un limo profundo y fértil, pero se desbordaban en primavera, a menudo con violencia y justo cuando maduraban las cosechas, y en verano la tierra estaba demasiado seca para cultivarla sin llevarle agua. Sobrevivir exigía excavar y mantener canales, almacenar grano y resolver disputas por el agua. Esas tareas necesitaban organizadores, y los organizadores necesitaban registros. Un paisaje más amable habría pedido menos cooperación; este la premiaba.
Hacia el 3500 a. C., Uruk se había convertido en algo nuevo: un asentamiento de muchos miles de personas, quizá 40.000 o más hacia el 2900 a. C. según las estimaciones habituales, con templos monumentales, talleres y, más tarde, una gran muralla que la leyenda atribuía a su rey Gilgamesh. Le siguieron otras ciudades-estado, entre ellas Ur, Eridu, Lagash, Kish y Nippur, cada una con su dios protector, sus propios gobernantes y sus campos extendidos a lo largo de los canales. Intercambiaban grano y tejidos por madera, cobre y piedra de Anatolia, de Irán e incluso del lejano valle del Indo.
La escritura nació de la contabilidad. Los administradores de los templos llevaban mucho tiempo usando fichas de arcilla para contar bienes; hacia el 3300–3200 a. C., los escribas de Uruk empezaron a imprimir signos en tablillas de arcilla para anotar raciones, ganado y jornadas de trabajo. Con los siglos, esos signos se convirtieron en la escritura cuneiforme, marcas en forma de cuña trazadas con una caña cortada, lo bastante flexibles para escribir el sumerio y, después, el acadio, el hitita y muchas otras lenguas. Formar escribas requería la edubba, la «casa de las tablillas», donde los alumnos pasaban años copiando listas de palabras, cálculos y proverbios: las primeras escuelas documentadas. Después llegó la ley. El código de Ur-Nammu, rey de Ur hacia el 2100 a. C., es el código legal escrito más antiguo que se conserva, y fijaba multas en plata por las lesiones.
¿Sabías que…? Los 60 minutos de una hora y los 360 grados de un círculo proceden del sistema de numeración en base 60 que usaban los sumerios y que perfeccionaron los babilonios.
Sumer no perduró. Sargón de Acad conquistó sus ciudades hacia el 2330 a. C., el renacimiento sumerio de la III dinastía de Ur se hundió hacia el 2004 a. C. y Babilonia acabó heredando la región. Pero sus herramientas sobrevivieron a sus creadores: ciudades, escribas, leyes y aritmética pasaron a todas las potencias de la zona y mucho más allá. A orillas del Nilo, Egipto ensayaba casi al mismo tiempo un experimento paralelo, junto a un río muy distinto.
La primera civilización fue la respuesta a un río difícil.
Fig. 11 · La tierra entre ríos. Entre el Tigris y el Éufrates, Sumer levantó las primeras ciudades del mundo, su primera escritura y sus primeras leyes escritas.
Capítulo 12 · Parte II
El don del Nilo
Pocos países se leen tan bien desde el espacio como Egipto: una fina cinta verde de tierras de cultivo, a menudo de apenas unos kilómetros de ancho, enhebrada a través del Sáhara. Los egipcios llamaban a su tierra Kemet, la «tierra negra», por el limo oscuro que dejaba el río, y al desierto que la rodeaba Deshret, la «tierra roja». El historiador griego Heródoto, que visitó el país en el siglo V a. C., transmitió la fórmula que haría fortuna: Egipto era un don del río.
El don llegaba puntual. Cada verano, las lluvias monzónicas sobre las tierras altas de Etiopía hinchaban el Nilo Azul y el Atbara, y a partir de julio, más o menos, el agua se extendía por el fondo del valle hasta alcanzar su máximo en septiembre. Al retirarse en otoño dejaba una capa nueva de barro fértil, ya empapado y listo para la siembra. El calendario seguía ese ritmo en tres estaciones de cuatro meses: Ajet, la inundación; Peret, el crecimiento; Shemu, la cosecha.
Comparémoslo con Mesopotamia. El Tigris y el Éufrates crecían en primavera, de forma imprevisible, y podían arruinar las cosechas; los mitos mesopotámicos imaginaban a los dioses enviando un diluvio para destruir a la humanidad. El Nilo era más manso y más oportuno, y el pensamiento egipcio veneraba la maat, un orden cósmico de equilibrio y justicia que el rey estaba obligado a mantener. Un río previsible alentaba la visión de un universo previsible, con el faraón como eje.
El orden también significaba administración. Los funcionarios medían cada crecida con nilómetros, escalas escalonadas talladas en la orilla, y fijaban los impuestos según la cosecha esperada. Una buena crecida llenaba los graneros; una demasiado baja traía hambruna, y una demasiado alta arrasaba aldeas. El grano sobrante pagaba los monumentos del Estado. Hacia el 3100 a. C., el Alto y el Bajo Egipto se unieron bajo un solo rey, tradicionalmente Narmer, y en menos de cinco siglos la Gran Pirámide de Keops en Guiza, terminada hacia el 2560 a. C., se alzaba unos 146 metros: fue la construcción más alta de la Tierra durante casi 3900 años.
¿Sabías que…? Cleopatra vivió más cerca en el tiempo de la llegada del hombre a la Luna que de la construcción de la Gran Pirámide.
El Estado perduró, con interrupciones. Los Imperios Antiguo, Medio y Nuevo estuvieron separados por «periodos intermedios» de división, sequía y dominio extranjero, y el Imperio Nuevo de Hatshepsut, Akenatón y Ramsés II llevó el poder egipcio hasta el interior de Nubia y el Levante. Río arriba, el reino africano de Kush llegó a ser tan fuerte que sus reyes gobernaron Egipto como la dinastía XXV en los siglos VIII y VII a. C. La independencia terminó en el 30 a. C., cuando murió Cleopatra VII y Roma se anexionó el país, unos 3000 años después de la unificación. Aun entonces la crecida siguió llegando y abasteciendo de pan a Roma, hasta que la presa alta de Asuán la domó en la década de 1960.
Un río fiable creó un Estado fiable.
Fig. 12 · El don del Nilo. La crecida anual y puntual de Egipto alimentó una civilización que duró unos 3000 años, de los primeros faraones a Cleopatra.
Capítulo 13 · Parte II
El enigma del Indo
En la década de 1920, los arqueólogos que excavaban en Harappa, en el Punyab, y en Mohenjo-Daro, en el Sind, ambos hoy en Pakistán, comprendieron que habían dado con una civilización cuya existencia nadie sospechaba. Sus ciudades eran tan antiguas como las de Sumer y Egipto, y su territorio, mayor que el de ambas: la civilización del Indo, o harappana, se extendía por quizá un millón de kilómetros cuadrados del actual Pakistán y el noroeste de la India, desde Baluchistán hasta Guyarat y las llanuras cercanas a Delhi.
Su fase madura abarcó aproximadamente del 2600 al 1900 a. C., y su rasgo más llamativo era la planificación. Mohenjo-Daro, que según las estimaciones habituales albergaba quizá entre 30.000 y 40.000 personas, tenía una ciudadela elevada y una ciudad baja trazada a lo largo de anchas calles orientadas de norte a sur y de este a oeste. Las casas de ladrillo cocido, fabricado con una proporción estándar de 1:2:4 en cientos de yacimientos, contaban con pozos y zonas de baño. Las aguas residuales corrían por desagües de ladrillo cubiertos a lo largo de las calles, con registros para limpiarlos, un nivel de saneamiento urbano que pocas ciudades igualaron antes de los romanos. En la ciudadela se encontraba el Gran Baño, una piscina de unos 12 por 7 metros, impermeabilizada con betún y con escalones en ambos extremos.
El comercio se organizaba con la misma precisión. Las pesas cúbicas de piedra seguían un único patrón de un extremo a otro de la región. Los sellos tallados en esteatita, muchos con un animal de un solo cuerno que los excavadores apodaron el «unicornio», servían para marcar mercancías. Algunos aparecieron en Mesopotamia, cuyos textos mencionan una tierra lejana llamada Meluhha que enviaba por mar cornalina, madera y marfil; la mayoría de los especialistas cree que Meluhha era el Indo. En Lothal, en Guyarat, una gran dársena de ladrillo pudo ser un astillero, aunque esa interpretación se discute.
¿Sabías que…? La famosa estatua del «Rey-Sacerdote» de Mohenjo-Daro recibió ese título de los excavadores; nadie sabe si fue rey, sacerdote o ninguna de las dos cosas.
Luego está el silencio. Los sellos llevan breves inscripciones en una escritura de unos 400 signos, pero el texto medio apenas tiene cinco signos y no se ha hallado ninguna clave bilingüe, de modo que sigue sin descifrarse tras un siglo de intentos. No se han identificado tumbas reales, grandes palacios ni templos seguros, y apenas hay indicios de guerra. Se desconoce si las ciudades las gobernaban reyes, sacerdotes, mercaderes o consejos. Es una civilización que podemos ver con un detalle asombroso y que no podemos oír en absoluto.
Su final se entiende mejor que su comienzo. A partir del 1900 a. C., las grandes ciudades se vaciaron poco a poco a medida que la gente se desplazaba hacia el este y hacia aldeas más pequeñas. La vieja teoría de una violenta «invasión aria», construida sobre unos pocos esqueletos de Mohenjo-Daro, ha sido abandonada por los arqueólogos. Las causas probables fueron el debilitamiento del monzón, el cambio de curso de los ríos y la desecación del sistema Ghaggar-Hakra, junto con el declive del comercio a larga distancia. Las cañerías, al menos, sobrevivieron a las polémicas.
Sus desagües aún hablan con claridad. Su escritura, todavía no.
Fig. 13 · El enigma del Indo. Las ciudades harappanas tenían calles en cuadrícula y desagües cubiertos, pero su escritura sigue sin leerse y sus reyes y dioses son un misterio.
Capítulo 14 · Parte II
El Mandato del Cielo
En China, la idea fundacional de la legitimidad política la proclamaron los vencedores de una guerra. Hacia el 1046 a. C., el rey Wu de los Zhou, un pueblo del valle del río Wei, en el oeste, derrotó al último soberano de los Shang en la batalla de Muye. Los Shang habían gobernado la llanura del río Amarillo durante unos cinco siglos y dejaron vasijas rituales de bronce de una maestría asombrosa y la escritura china más antigua conocida, grabada en huesos oraculares con los que se consultaba a los antepasados sobre cosechas, guerras e incluso el dolor de muelas de un rey.
Los Zhou necesitaban explicar por qué su toma del poder era legítima. Su respuesta, atribuida tradicionalmente al hermano del rey Wu, el duque de Zhou, fue el Tianming, el Mandato del Cielo. El Cielo, Tian, concedía el derecho a gobernar a una familia virtuosa y se lo retiraba cuando sus soberanos se volvían crueles, corruptos o negligentes. El último rey Shang, recordado como un tirano borracho, lo había perdido; los Zhou simplemente lo habían recibido. Que buena parte de ese retrato proceda de las crónicas de los propios vencedores es, en sí mismo, una lección sobre cómo funcionaba la doctrina.
La idea era a la vez estabilizadora y peligrosa. Hacía que la realeza dependiera de la conducta, de modo que el soberano tenía todos los motivos para gobernar bien, mantener llenos los graneros, reparar los diques y celebrar los ritos. Pero el éxito era también su propia prueba: el rebelde que vencía había obtenido, por definición, el favor del Cielo, mientras que el que fracasaba no era más que un bandido. Las inundaciones, las hambrunas, los terremotos y los cometas podían interpretarse como señales de que el mandato se escapaba, lo que daba a campesinos hambrientos y generales ambiciosos una justificación ya hecha para sublevarse.
¿Sabías que…? La palabra china moderna para «revolución», geming, significaba originalmente «retirar el mandato».
Los propios Zhou ilustran el ciclo. Después del 771 a. C., su poder se fragmentó y siguieron los largos periodos de Primaveras y Otoños y de los Reinos Combatientes, durante los cuales pensadores como Confucio miraron a los primeros Zhou como modelo de buen orden. Mencio, en el siglo IV a. C., fue más lejos y sostuvo que matar a un tirano que había abandonado la virtud no era en absoluto asesinar a un verdadero rey. Los Qin unificaron China en el 221 a. C. y se desmoronaron en quince años; la dinastía Han que les siguió la fundó Liu Bang, un modesto funcionario local de origen humilde, cuya victoria se tomó como prueba de la elección del Cielo.
Los historiadores posteriores organizaron el pasado de China en un ciclo dinástico: una nueva casa restaura el orden, prospera, decae, sufre desastres y rebeliones, y cede el paso a otra que recibe un mandato nuevo. La historia real fue más enrevesada, pero el patrón moldeó la forma en que soberanos y rebeldes se entendían a sí mismos hasta la caída de la dinastía Qing en 1912. Ofrecía algo que los reyes europeos de derecho divino nunca tuvieron: una manera respetable de decir que el gobierno había fracasado.
Un trono que podía perderse había que ganárselo cada día.
Fig. 14 · El Mandato del Cielo. Las primeras dinastías chinas gobernaban por el favor del Cielo, una licencia revocable que convertía la rebelión victoriosa en su propia prueba.
Capítulo 15 · Parte II
El Código de Hammurabi
Hacia el 1754 a. C., cerca del final de un largo reinado, Hammurabi de Babilonia mandó grabar sus leyes en una estela de piedra negra pulida de unos 2,25 metros de altura y la expuso a la vista de todos. En la parte superior, un relieve muestra al rey de pie ante Shamash, dios del sol y de la justicia. Debajo, en miles de líneas de escritura cuneiforme, se suceden unas 282 leyes, enmarcadas por un prólogo y un epílogo en los que el rey declara que las fijó para que el fuerte no oprimiera al débil.
Hammurabi, que reinó aproximadamente entre el 1792 y el 1750 a. C., había convertido Babilonia, una ciudad-estado entre muchas, en la dueña de Mesopotamia tras vencer a Larsa, Eshnunna y Mari. Un conjunto uniforme de normas convenía a un soberano que estaba cosiendo un reino. Sus leyes no fueron las primeras: el código de Ur-Nammu era unos tres siglos anterior, y el de Lipit-Ishtar de Isin data de hacia el 1930 a. C. Pero el de Hammurabi es el más extenso y mejor conservado, y abarca un abanico extraordinario: robos, comercio, préstamos, salarios, alquileres, matrimonio, divorcio, herencias, adopción, honorarios de cirujanos, alquiler de barcos y deberes de los constructores.
Su principio más famoso es la lex talionis, la ley del talión. La ley 196 establece que si un hombre destruye el ojo de otro hombre libre, se le destruirá su propio ojo. Brutal para el lector moderno, era también un límite: un ojo por un ojo, no una venganza de sangre ni una aldea incendiada. Sin embargo, la igualdad tenía sus fronteras. Las penas dependían del rango, en tres clases: el awilum, persona libre de pleno derecho; el mushkenum, plebeyo o dependiente; y el wardum, esclavo. Destruir el ojo de un plebeyo costaba una mina de plata, alrededor de medio kilo; el de un esclavo, la mitad de su precio, pagada a su amo. Un constructor cuya casa mal hecha se derrumbara y matara a su dueño podía ser condenado a muerte.
¿Sabías que…? La estela fue llevada como botín de guerra a Susa, en Irán, hacia el 1158 a. C., y allí la encontraron arqueólogos franceses en 1901.
Cómo se aplicaba el código sigue siendo objeto de debate. Se conservan miles de contratos y actas judiciales de la época, pero casi nunca lo citan, y muchos especialistas ven la estela menos como un código legal que como propaganda regia: un monumento que demostraba a dioses y súbditos que Hammurabi era un rey justo. Aun así, la idea de que las normas debían ser fijas, públicas y escritas, en lugar de inventarse sobre la marcha por quien tuviera el poder, supuso un paso decisivo.
Hoy la estela se exhibe en el Louvre de París. Los escribas siguieron copiando sus leyes durante más de mil años, y la fórmula del ojo por ojo reaparece en la Biblia hebrea. La ley se había convertido en algo que se podía señalar con el dedo.
Las normas escritas no hacen justa una sociedad, pero hacen visible la injusticia.
Fig. 15 · El Código de Hammurabi. Grabadas en piedra hacia el 1754 a. C., las leyes de Babilonia fijaban castigos públicos; el ojo por ojo era, en su época, un límite a la venganza.
Capítulo 16 · Parte II
La rueda y la vela
Algunos de los inventos más importantes de la historia no tienen inventor conocido. Nadie sabe quién hizo girar por primera vez un disco de madera sobre un eje, unció bueyes a un arado o izó una vela, pero juntos esos artilugios permitieron a las primeras sociedades mover más grano, más mercancías y más personas de lo que jamás habrían podido cargar unas espaldas humanas.
La rueda llegó sorprendentemente tarde, y probablemente primero a los alfareros. Los vehículos con ruedas aparecen casi a la vez en una zona muy amplia hacia el 3500–3300 a. C.: una vasija de barro de Bronocice, en Polonia, muestra lo que parece un carro de cuatro ruedas, los pictogramas de Uruk representan trineos con ruedas y una rueda maciza de madera de las marismas de Liubliana, en Eslovenia, fechada hacia el 3150 a. C., es la más antigua hallada hasta ahora. Aquellas primeras ruedas eran discos pesados arrastrados por bueyes al paso. La ligera rueda de radios surgió hacia el 2000 a. C. en las estepas al este de los Urales, y con ella el carro de guerra. En América, las ruedas aparecieron en juguetes de barro mesoamericanos, pero nunca en carros: sin caballos ni bueyes que tiraran de ellos, había poco que ganar.
El arado importó todavía más a la mayoría de la gente. El arado simple, una reja de madera puntiaguda arrastrada por la tierra por una pareja de bueyes, se difundió por Mesopotamia y Egipto en el IV milenio a. C. Un campesino con animales podía labrar varias veces más tierra que una familia con azadas, lo que generaba los excedentes que alimentaban a sacerdotes, soldados y escribas. También transformó los hogares: arar con bueyes se convirtió sobre todo en trabajo de hombres, y algunos especialistas, siguiendo a la economista Ester Boserup, lo relacionan con una división del trabajo más marcada entre los sexos.
La vela convirtió ríos y mares en autopistas. El Nilo era un campo de entrenamiento perfecto: su corriente fluye hacia el norte mientras el viento dominante sopla hacia el sur, así que los barcos bajaban a la deriva y volvían a vela. Ya hacia el 3300 a. C., vasijas egipcias muestran barcos con velas, y en el golfo Pérsico los mercaderes mesopotámicos comerciaban con Dilmun, el actual Baréin, y desde allí con el Indo. En los milenios siguientes, la vela llevó a los navegantes austronesios desde Taiwán a través del Pacífico y, hacia el oeste, hasta Madagascar, en una de las mayores migraciones marítimas de la historia.
¿Sabías que…? La rueda de las marismas de Liubliana, de madera de fresno con un eje de roble, tiene más de 5000 años.
Al combinarlos, cambió la escala de lo posible. Las barcazas abastecían Uruk por sus canales; los carros de bueyes llevaban las cosechas a los graneros de los templos; los barcos transportaban cobre de Omán y cedro del Líbano. Los imperios dependen de mover el grano de los impuestos, los soldados y las órdenes más deprisa que sus rivales, y todos los que vinieron después, de Acad a Roma o a los incas con sus caminos y sus caravanas de llamas, se apoyaron en alguna versión de esta discreta maquinaria.
La civilización es, en el fondo, un problema de logística.
Fig. 16 · La rueda y la vela. La rueda, el arado y la vela movieron bienes y grano más deprisa de lo que podía cargarlos una persona: la discreta maquinaria de los primeros imperios.
Capítulo 17 · Parte II
Ciudades de dioses
En las primeras ciudades, el edificio más alto casi nunca era la casa del rey. Era la morada de un dios. En Uruk, el encalado Templo Blanco se alzaba sobre una plataforma de unos 12 metros de altura antes del 3000 a. C., visible a kilómetros de distancia en la llanura. En los siglos siguientes, esas plataformas crecieron hasta convertirse en el zigurat, una montaña escalonada de adobe que dominaba todas las grandes ciudades mesopotámicas.
El mejor conservado es el zigurat de Ur, iniciado por el rey Ur-Nammu hacia el 2100 a. C. y terminado por su hijo Shulgi en honor de Nanna, el dios de la luna y protector de la ciudad. Su base medía unos 64 por 46 metros. Su núcleo era de adobe, revestido de una gruesa capa de ladrillo cocido asentado con betún y perforado con orificios para drenar el agua del interior. Tres grandes escalinatas confluían en la primera terraza, y probablemente un santuario coronaba la cima, a unos 30 metros del suelo. Leonard Woolley lo excavó en las décadas de 1920 y 1930, y sus niveles inferiores se reconstruyeron en parte en los años ochenta.
Un zigurat no era una iglesia para congregaciones. La gente corriente no rendía culto en la cima; los santuarios del templo albergaban la estatua del dios, a la que los sacerdotes alimentaban, vestían y lavaban a diario. Los sumerios creían que los humanos habían sido creados para trabajar para los dioses, y el templo era la casa del dios. Poseía campos, rebaños, talleres y almacenes, empleaba a cientos de trabajadores pagados con raciones de cebada, aceite y lana, y llevaba las cuentas que habían dado origen a la escritura.
Los reyes gobernaban como administradores de los dioses. Un soberano sumerio podía llamarse ensi, gobernador en nombre del dios de la ciudad; reconstruía templos, presidía festividades y se atribuía victorias en nombre de la divinidad. Religión y gobierno no eran departamentos separados. En Egipto el vínculo era aún más estrecho: el propio faraón era divino, hijo de Ra, situado entre su pueblo y el orden cósmico.
¿Sabías que…? La primera autora conocida por su nombre es Enheduanna, hija de Sargón de Acad y suma sacerdotisa del dios de la luna en Ur hacia el 2300 a. C.
El patrón se repite en todo el mundo, al parecer de forma independiente. En Caral, en Perú, a partir del 2600 a. C., los constructores levantaron grandes montículos de plataforma y plazas hundidas sin cerámica ni escritura. Más tarde, las ciudades mesoamericanas, de Teotihuacán a Tikal, situaron pirámides-templo en su centro, y los reyes Shang de China gobernaban mediante ritos ancestrales y huesos oraculares. La religión monumental hacía que el orden de una ciudad pareciera eterno: una montaña construida a mano que proclamaba que los dioses habían elegido ese lugar y a esos gobernantes.
El gran zigurat de Babilonia, Etemenanki, inspiró probablemente el relato bíblico de la Torre de Babel. Esa historia interpreta tales torres como un acto de orgullo humano. Muchos historiadores creen que sus constructores las veían al revés: como una escalera para que los dioses bajaran.
El perfil de la ciudad era una declaración de fe, y de quién mandaba.
Fig. 17 · Ciudades de dioses. Zigurats y templos dominaban las primeras ciudades, donde sacerdotes, reyes y dioses gobernaban juntos desde las mismas alturas.
Capítulo 18 · Parte II
El colapso de la Edad del Bronce
Durante buena parte del siglo XIII a. C., el Mediterráneo oriental funcionó como una máquina de piezas engranadas. Egipto, el imperio hitita de Anatolia, Babilonia, Asiria, los reinos palaciales micénicos de Grecia y ricos puertos comerciales como Ugarit, en la costa siria, y Alashiya, en Chipre, intercambiaban cartas, princesas, oro, grano y, sobre todo, metal. El bronce requiere cobre y estaño, aproximadamente en proporción de nueve a uno, y ambos rara vez aparecen juntos: el cobre procedía en gran parte de Chipre; el estaño, de muy lejos hacia el este, al parecer en buena medida de Asia central. El pecio de Uluburun, frente al sur de Turquía, de hacia el 1300 a. C., transportaba unas diez toneladas de cobre y una de estaño, además de vidrio, marfil, ébano y ámbar del Báltico.
Después, en unas pocas décadas a uno y otro lado del 1200 a. C., gran parte de ese mundo se desmoronó. Hattusa, la capital hitita, fue abandonada e incendiada hacia el 1180 a. C., y el imperio desapareció. Ugarit fue destruida hacia el 1185 a. C. y nunca volvió a habitarse; entre sus últimas tablillas hay cartas urgentes sobre barcos enemigos. Los palacios micénicos de Pilos, Micenas y Tebas fueron destruidos o abandonados, y con ellos su escritura, el lineal B; Grecia se quedaría sin escritura durante unos cuatro siglos. Egipto sobrevivió, pero a duras penas.
Las fuentes egipcias culpan a los invasores. Las inscripciones de Medinet Habu relatan cómo, en su octavo año de reinado, hacia el 1177 a. C., Ramsés III derrotó a una coalición de «Pueblos del Mar», entre ellos grupos llamados peleset, sherden y shekelesh, que llegaron por tierra y por mar, algunos con sus familias y carros de bueyes. Los peleset suelen identificarse con los filisteos, que se asentaron en la costa de Canaán. Pero los saqueadores no bastan para explicar por qué cayeron a la vez tantos Estados poderosos.
Hoy la mayoría de los historiadores habla de un colapso sistémico, con varias tensiones que llegaron juntas. El polen de sondeos en lagos y fondos marinos de toda la región indica una sequía larga y severa hace unos 3200 años, que trajo hambrunas; los reyes hititas pidieron a Egipto envíos de grano. Una serie de terremotos pudo dañar ciudades. Las rutas comerciales se rompieron, y las economías palaciales, que dependían del metal importado y del reparto centralizado de alimentos, no tenían margen. Revueltas, migraciones y saqueos se alimentaron entonces unos a otros. En una red tan estrechamente conectada, cada fallo hacía más probable el siguiente.
¿Sabías que…? El lineal B, la escritura micénica perdida en el colapso, no se descifró hasta 1952, y lo logró Michael Ventris, un arquitecto inglés.
Las consecuencias no fueron solo pérdidas. El hierro, que podía encontrarse localmente casi en cualquier parte, se difundió a medida que escaseaba el bronce. Sociedades más pequeñas y ágiles llenaron el vacío: las ciudades fenicias, Israel, los arameos y los Estados neohititas. En Grecia, la larga Edad Oscura desembocó en la ciudad-estado y el alfabeto. El libro del arqueólogo Eric Cline 1177 a. C. convirtió el colapso en una parábola sobre la fragilidad de la globalización, una lectura que aún se debate.
Cuando todo depende de todo, todo puede caer a la vez.
Fig. 18 · El colapso de la Edad del Bronce. Hacia el 1200 a. C., una red de reinos conectados cayó en pocas décadas, mientras sequía, saqueadores y comercio roto se alimentaban entre sí.
Capítulo 19 · Parte II
El alfabeto se propaga
En la Edad del Bronce, escribir era una destreza profesional. El cuneiforme usaba varios cientos de signos, y los jeroglíficos egipcios, unos 700 o más en su forma clásica; dominar cualquiera de los dos exigía años en una escuela de escribas. La escritura pertenecía a los templos, a los palacios y a los escribas que los servían. El alfabeto lo cambió haciendo algo radicalmente sencillo: un signo para cada sonido.
Sus raíces están en Egipto. Hacia el 1900–1800 a. C., trabajadores de habla semítica en Egipto y el Sinaí, en las minas de turquesa de Serabit el-Jadim y en Wadi el-Hol, tomaron prestados unos cuantos jeroglíficos y les dieron valores nuevos. El dibujo de una cabeza de buey, 'alp en su lengua, representaba su primer sonido; una casa, bet, representaba la «b». Este principio acrofónico permitía escribir cualquier palabra con un par de docenas de signos.
Durante siglos, la escritura siguió siendo marginal. Su gran salto llegó con los fenicios, los cananeos navegantes de Biblos, Tiro y Sidón, que pasaron a dominar el comercio mediterráneo tras el colapso de la Edad del Bronce. Hacia el 1050 a. C. ya habían fijado un alfabeto de 22 letras, todas consonantes, escrito de derecha a izquierda. La inscripción del sarcófago del rey Ahiram de Biblos, de hacia el 1000 a. C., es uno de sus primeros textos extensos. Era perfecto para los mercaderes: rápido de aprender, rápido de escribir sobre papiro, fragmentos de cerámica o cera, y adaptable a casi cualquier lengua.
Los barcos y las colonias fenicias, de Chipre a Cartago y Cádiz, llevaron las letras hacia el oeste. Hacia el 800 a. C. las adoptaron los griegos, un préstamo que Heródoto atribuyó al legendario fenicio Cadmo, e introdujeron un cambio crucial: convirtieron en vocales las letras de sonidos que el griego no usaba, de modo que 'alp se convirtió en alfa, A. Los etruscos llevaron las letras griegas a Italia, y los romanos las adaptaron en el alfabeto latino, hoy la escritura más usada del planeta. El griego fue también el origen del cirílico, creado para las lenguas eslavas hacia los siglos IX y X d. C.
¿Sabías que…? La palabra griega para el papiro, byblos, procede del puerto fenicio que lo comerciaba y dio origen a la palabra «Biblia».
Hacia el este, la variante aramea del alfabeto se convirtió en la escritura cotidiana de los imperios asirio y persa, y en antepasada de la escritura cuadrada hebrea, del siríaco y, a través del nabateo, del árabe. Muchos especialistas creen que la escritura brahmi de la antigua India, antepasada del devanagari y de buena parte de las escrituras del sur y el sudeste de Asia, también se inspiró en el arameo, aunque se discute. China mantuvo su propia escritura logográfica, ininterrumpida durante más de 3000 años.
Las consecuencias llegaron despacio, pero calaron hondo. La alfabetización siguió siendo minoritaria durante milenios, pero un alfabeto podía aprenderse en semanas y no en años, y estaba al alcance de comerciantes, soldados y artesanos además de sacerdotes. La escritura había salido del templo y nunca volvió a entrar.
Veintidós letras abrieron la palabra escrita a todo el que quisiera aprender.
Fig. 19 · El alfabeto se propaga. Los mercaderes fenicios llevaron por mar un alfabeto escueto de 22 letras, y la escritura empezó a escapar de la élite de los escribas.
Capítulo 20 · Parte II
La escritura sobrevive al imperio
Todas las civilizaciones descritas hasta aquí cayeron. Las ciudades de Sumer fueron conquistadas por Acad y absorbidas por Babilonia; las ciudades del Indo se vaciaron; hititas y micénicos desaparecieron en el colapso de la Edad del Bronce; los faraones de Egipto cedieron el paso a persas, macedonios y romanos. Sin embargo, casi todo lo que inventaron sigue en uso a diario, de la rueda de un camión al alfabeto de esta página.
Lo que sobrevivió no fue el poder, sino las ideas, y la forma más segura de que una idea sobreviva es ponerla por escrito y copiarla. El cuneiforme sobrevivió unos dos mil años al sumerio como lengua hablada: los escribas siguieron aprendiendo sumerio como lengua clásica, igual que la Europa medieval conservó el latín, y la última tablilla cuneiforme fechable, un texto astronómico, es de hacia el 75 d. C. La Epopeya de Gilgamesh, contada primero en poemas sumerios puestos por escrito hacia el 2100 a. C., aún se copiaba más de mil años después para la biblioteca del rey asirio Asurbanipal en Nínive.
A veces la destrucción ayudó. Cuando babilonios y medos saquearon Nínive en el 612 a. C., el incendio de los palacios coció y endureció muchas tablillas de arcilla. Excavadas a partir de 1849, unas 30.000 tablillas y fragmentos llegaron al Museo Británico, y en 1872 un joven ayudante del museo, George Smith, reconoció entre ellas un relato del diluvio asombrosamente parecido al de Noé.
¿Sabías que…? La piedra de Rosetta, hallada en 1799 y descifrada por Jean-François Champollion en 1822, repite un mismo decreto sacerdotal en jeroglífico, demótico y griego.
Las claves para leer esos mundos se recuperaron hace poco. Henry Rawlinson y otros descifraron el cuneiforme en la década de 1850 gracias a la inscripción trilingüe del rey persa Darío en Behistún, en Irán. El lineal B cayó en 1952. La escritura del Indo sigue sin leerse, recordatorio de que una civilización sin clave conservada puede seguir sin ser oída.
Algunos legados son tan familiares que se han vuelto invisibles. La hora de 60 minutos y el círculo de 360 grados proceden de las matemáticas mesopotámicas. El año egipcio de 365 días, a través de la reforma de Julio César, está en la base del calendario moderno. La ley escrita, desde Ur-Nammu y Hammurabi, convirtió la justicia en algo que podía citarse. El alfabeto, la ciudad, el arado y la vela se convirtieron en patrimonio común de la humanidad, transmitidos entre lenguas, credos y fronteras por personas que rara vez sabían de dónde venían.
La lección no es que los imperios fueran inútiles. Los Estados excavaron los canales, pagaron a los escribas y protegieron las rutas comerciales por las que se difundieron las ideas. Pero las dinastías fueron el andamio; las ideas, el edificio. La era siguiente, de filósofos, profetas e imperios mayores, se levantaría sobre cimientos puestos por personas cuyos nombres, en muchos casos, se han perdido.
Los reinos mueren. Las buenas ideas se copian.
Fig. 20 · La escritura sobrevive al imperio. Todas las primeras civilizaciones cayeron, pero la ley, la rueda, el alfabeto y la ciudad sobrevivieron a todas ellas.
Parte III
Los mundos clásicos
Filósofos, repúblicas e imperios, de Atenas a la China de los Han.
Capítulo 21 · Parte III
La era axial
Entre el 800 y el 300 a. C., aproximadamente, en lugares que apenas sabían unos de otros, varios pensadores empezaron a hacerse las mismas preguntas inquietantes. ¿Qué hace buena una vida? ¿Es la justicia algo más que obediencia? ¿Puede una sola persona tener razón cuando el rey, el sacerdote y la multitud se equivocan? En 1949 el filósofo alemán Karl Jaspers bautizó este periodo como la era axial, el eje sobre el que giró el pensamiento humano.
En China, el viejo orden de los Zhou se desmoronaba en estados rivales, y Confucio (551–479 a. C., según la tradición) iba de corte en corte ofreciendo consejos que los gobernantes casi siempre desoían. Su respuesta al caos era el carácter: soberanos que gobernaran con el ejemplo, familias unidas por el respeto, ritos celebrados con sinceridad. «No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti», le dijo a un discípulo, en una frase que conservaron las Analectas. Por la misma época, los seguidores de Laozi defendían el impulso contrario: soltar, seguir el Camino, hacer menos.
En la llanura del Ganges, entre ciudades y reinos nuevos, vivió hacia el siglo V a. C. Siddhartha Gautama, el Buda, aunque sus fechas exactas se discuten. Príncipe según la tradición, abandonó las comodidades para enfrentarse al sufrimiento y enseñó que su raíz era el deseo y su remedio, un disciplinado camino medio. Su contemporáneo Mahavira, el gran maestro del jainismo, llevó la no violencia hasta el extremo, mientras que las Upanishads exploraban el yo y la realidad última.
En Israel y Judá, profetas como Amós, Isaías y Jeremías clamaban que Dios quería justicia para viudas y huérfanos antes que sacrificios. El trauma del exilio en Babilonia, tras el 586 a. C., convirtió el judaísmo en una fe de texto sagrado y de ley. En Grecia, los filósofos buscaron desde Tales explicaciones naturales del mundo, y en Atenas Sócrates (c. 470–399 a. C.) interrogó a todo el mundo en el ágora hasta que la ciudad lo juzgó y lo ejecutó. «Una vida sin examen no merece ser vivida», dijo a sus jueces, según el relato de Platón.
¿Por qué entonces? Los historiadores señalan las herramientas de hierro y las mejores cosechas, la difusión de la moneda y de las ciudades, y siglos de guerras brutales que hicieron tambalear las viejas certezas. Algunos especialistas dudan de que la era axial fuera un único fenómeno y ven más bien varios avances independientes reunidos bajo una etiqueta cómoda. Zoroastro, a menudo incluido en la lista, tiene fechas demasiado inciertas para situarlo en ella con seguridad.
¿Sabías que…? Ninguno de los tres maestros axiales más famosos dejó un libro propio: las Analectas, los suttas budistas y los diálogos de Platón los pusieron por escrito sus seguidores.
Lo que no admite duda es su legado. El confucianismo, el budismo, el judaísmo y la filosofía griega moldearon los estados e imperios de los capítulos siguientes, de la China de los Han a Roma, y más tarde nutrieron el cristianismo y el islam. Cuatro conversaciones empezaron en cuatro lenguas. Ninguna ha terminado.
Fig. 21 · La era axial. Entre c. 800 y 300 a. C., sabios de Grecia, Israel, la India y China se preguntaron cómo vivir bien; sus respuestas aún guían a miles de millones.
Capítulo 22 · Parte III
Atenas ensaya la democracia
En el 508 o el 507 a. C., un aristócrata llamado Clístenes ganó una agria lucha política en Atenas haciendo algo insólito: ponerse del lado del pueblo llano. Sus reformas quebraron el poder de los viejos clanes al redistribuir el Ática en diez nuevas tribus, cada una de las cuales mezclaba ciudad, costa y aldeas del interior. Sobre esa base, Atenas construyó la maquinaria de la demokratía, el «gobierno del pueblo».
Su corazón era la Asamblea, la ekklesía, que se reunía unas cuarenta veces al año en la colina rocosa de la Pnix. Cualquier ciudadano varón adulto podía asistir, hablar y votar, normalmente a mano alzada, sobre la guerra y la paz, los tratados, los impuestos y las leyes. Un Consejo de los 500, cincuenta hombres por tribu elegidos a suertes para un año, preparaba sus asuntos. Jurados de cientos de ciudadanos, también sorteados y pagados con una pequeña dieta desde la década del 450 a. C., resolvían los pleitos sin jueces profesionales. El método democrático era el sorteo, no la elección: daba a todos los ciudadanos las mismas oportunidades y ninguna ventaja a los ricos. Solo los cargos que exigían pericia, como los diez estrategos, eran electivos, y Pericles fue elegido estratego año tras año.
Una vez al año, los ciudadanos podían además votar el ostracismo de un hombre peligroso grabando su nombre en un fragmento de cerámica, un óstrakon. Si se emitían suficientes votos, 6.000 según la mayoría de las fuentes, el más nombrado partía al destierro durante diez años, aunque conservaba sus bienes.
Los límites eran tajantes. Las mujeres no votaban, ni tampoco los numerosos esclavos, ni los extranjeros residentes, los metecos, que comerciaban y combatían por la ciudad. De quizá 250.000 a 300.000 habitantes del Ática, solo unos 30.000 a 50.000 varones adultos eran ciudadanos, y desde el 451 a. C. la ciudadanía exigía padre y madre atenienses. La riqueza ateniense descansaba en parte en las minas de plata del Laurión, trabajadas por esclavos, y en el tributo de los aliados de su imperio marítimo.
El pueblo tampoco fue siempre sabio. En el 427 a. C., la Asamblea votó matar a todos los hombres de la rebelde Mitilene y al día siguiente cambió de opinión; un segundo barco llegó justo a tiempo. Lanzó la desastrosa expedición a Sicilia en el 415 a. C., y en el 399 a. C. un jurado de 501 ciudadanos condenó a Sócrates. Desde Platón, los críticos llamaron a la democracia el gobierno de la chusma.
¿Sabías que…? Los arqueólogos hallaron unos 190 óstraka con el nombre del general Temístocles escritos por solo un puñado de manos: al parecer, papeletas preparadas de antemano para los votantes.
Aun así, el experimento duró, con interrupciones, casi dos siglos, hasta que Macedonia lo recortó en el 322 a. C., y otras ciudades griegas tuvieron sus propias democracias. Su idea central, que la gente corriente puede gestionar sus propios asuntos, le sobrevivió, y la república romana ofreció una respuesta rival a la misma pregunta. Atenas no acertó con la democracia. La puso en marcha.
Fig. 22 · Atenas ensaya la democracia. Desde el 508 a. C., Atenas dejó votar a sus ciudadanos varones libres sobre la guerra y las leyes: algo limitado hoy, radical entonces.
Capítulo 23 · Parte III
La superpotencia persa
Hacia el 550 a. C., el rey de un pequeño reino en lo que hoy es el sur de Irán, Ciro II, derrocó a su soberano medo. En pocos años tomó Lidia y su capital, Sardes, rica en oro, y en el 539 a. C. entró en Babilonia, la mayor ciudad de la época. Su hijo Cambises añadió Egipto en el 525 a. C. El Imperio aqueménida, llamado así por el legendario antepasado de la dinastía, se extendía ya del Nilo y el Egeo al Indo: quizá 5 millones de kilómetros cuadrados y, según cálculos muy aproximados, entre 17 y 35 millones de personas.
Conquistar era una cosa; conservar, otra. El gran organizador fue Darío I (r. 522–486 a. C.). Dividió el imperio en provincias llamadas satrapías, unas veinte según Herodoto, cada una gobernada por un sátrapa, por lo general un noble persa. Para mantener a raya a los sátrapas, los jefes de las guarniciones y los secretarios reales informaban al rey por separado, e inspectores conocidos como el «Ojo del Rey» recorrían las provincias. Cada satrapía debía un tributo fijo en plata o en especie: Herodoto menciona caballos blancos de Cilicia y polvo de oro de la India.
Darío lo unió todo con caminos. El Camino Real recorría unos 2.700 kilómetros de Sardes a Susa, con 111 postas, según Herodoto. Un viajero corriente tardaba unos tres meses; los relevos de correos reales con caballos de refresco lo cubrían quizá en una semana. Darío acuñó además una moneda de oro estándar, el dárico, y sus escribas usaron el arameo como lengua administrativa común entre decenas de idiomas. En Persépolis, iniciada hacia el 518 a. C., los relieves muestran delegaciones de todo el imperio, entre ellas etíopes, indios y griegos jonios, que llevan presentes al rey.
El secreto era la contención. Los persas dejaban a sus súbditos conservar sus lenguas, leyes y dioses siempre que pagaran y obedecieran. Ciro se presentó en Babilonia como el elegido de su dios Marduk, y su Cilindro de Ciro, de arcilla inscrita, recoge el regreso de pueblos desplazados y de sus imágenes sagradas. La Biblia hebrea lo recuerda como el rey que permitió a los judíos volver del exilio y reconstruir el Templo de Jerusalén. Llamarlo una carta de derechos humanos, como hacen algunos admiradores modernos, es excesivo. Era una astuta política imperial, y funcionó.
¿Sabías que…? El elogio de Herodoto a los correos persas, a quienes «ni la nieve, ni la lluvia, ni el calor, ni la oscuridad de la noche» detenían, está grabado en inglés en la oficina de correos James A. Farley de Nueva York.
El imperio no era invencible. Las ciudades griegas rechazaron las invasiones persas en Maratón, en el 490 a. C., y en Salamina, en el 480 a. C., y las sucesiones al trono fueron a menudo sangrientas. En el 330 a. C., Darío III fue asesinado por sus propios oficiales mientras huía de Alejandro, cuya historia viene a continuación. Pero el modelo de un estado multiétnico cohesionado por caminos, postas, tributos y tolerancia sobrevivió a la dinastía, y los imperios posteriores, de los califas a los mongoles, tomaron prestadas sus herramientas. Fue la primera superpotencia, y gobernó como tal.
Fig. 23 · La superpotencia persa. El Imperio aqueménida gobernó de Egipto al Indo con sátrapas, caminos, correos y tolerancia hacia los dioses locales.
Capítulo 24 · Parte III
La fusión de Alejandro
Alejandro III de Macedonia tenía veinte años cuando su padre, Filipo II, fue asesinado en el 336 a. C., dejándole un ejército soberbio y un plan para invadir Persia. En el 334 a. C. cruzó el Helesponto hacia Asia con unos 40.000 hombres. Ese mismo año venció a un ejército persa junto al río Gránico, derrotó en persona a Darío III en Issos en el 333 a. C., tomó la ciudad isleña de Tiro tras un asedio de siete meses y entró en Egipto, donde fundó Alejandría hacia el 331 a. C. Ese mismo año, en Gaugamela, cerca de la actual Mosul, aplastó para siempre al ejército real persa.
Y siguió adelante. Persépolis ardió en el 330 a. C. Tres duros años en Bactriana y Sogdiana, los actuales Afganistán y Uzbekistán, terminaron con su boda con Roxana, una noble local. En el 326 a. C. entró en el Punyab y derrotó al rey Poro y a sus elefantes de guerra en el Hidaspes. En el Hífasis, el actual Beas, sus soldados, agotados, se negaron a seguir, y Alejandro dio media vuelta, perdiendo a muchos hombres en una marcha por el desierto de Gedrosia. Murió en Babilonia en junio del 323 a. C., a los 32 años, probablemente de fiebres o de alguna enfermedad más que por el veneno del que se habló entonces.
Su imperio no le sobrevivió. Sus generales, los diádocos o «sucesores», lucharon durante décadas y lo repartieron en reinos: los Ptolomeos en Egipto, los seléucidas de Siria a Irán, los antigónidas en Macedonia. Pero lo que gobernaban era algo nuevo. Los historiadores lo llaman el mundo helenístico, la época de la cultura griega difundida mucho más allá de Grecia, que duró hasta que Roma absorbió el último de esos reinos tras la batalla de Accio, en el 31 a. C.
Alejandro ya había difuminado la frontera entre conquistador y conquistado. Adoptó elementos del atuendo y el ceremonial de la corte persa, para disgusto de sus macedonios, y en Susa, en el 324 a. C., celebró una boda multitudinaria en la que unos noventa de sus oficiales se casaron con nobles persas e iranias. Colonos griegos poblaron nuevas ciudades, muchas llamadas Alejandría. Un griego común, la koiné, se convirtió en la lengua del comercio y el saber de Sicilia a Bactriana. En la Alejandría ptolemaica, una gran Biblioteca reunió a sabios, Euclides escribió sus Elementos y eruditos judíos tradujeron las Escrituras hebreas al griego, la versión conocida como Septuaginta.
¿Sabías que…? En Ai Khanum, una ciudad griega del norte de Afganistán, un tal Clearco erigió una base de piedra con máximas morales copiadas en Delfos, a más de 4.000 kilómetros de distancia.
La fusión fue en los dos sentidos. En Gandhara, entre los actuales Pakistán y Afganistán, escultores budistas tallaron más tarde al Buda con ropajes y rizos de estilo griego, entre sus primeras imágenes en forma humana. Un rey griego de la India, Menandro, aparece en un texto budista interrogando a un monje. El Nuevo Testamento se escribiría en griego koiné. La espada le dio a Alejandro un imperio en once años. La lengua y las ciudades compartidas mantuvieron viva su cultura durante siglos.
Fig. 24 · La fusión de Alejandro. Alejandro conquistó de Grecia al Indo antes de los 32 años; la cultura helenística, griega y asiática, sobrevivió a su imperio.
Capítulo 25 · Parte III
La República romana
Según la tradición romana, en el 509 a. C. el pueblo de Roma expulsó a su último rey, Tarquinio el Soberbio, y juró no volver a ser gobernado por un solo hombre. La historia es medio leyenda, pero el odio a la palabra rex, rey, se convirtió en el instinto fundacional del Estado. En lugar de un monarca, los romanos crearon la res publica, «la cosa pública», un sistema concebido para que nadie acumulara demasiado poder durante demasiado tiempo.
En la cúspide estaban dos cónsules, elegidos cada año. Mandaban los ejércitos y presidían el gobierno, pero cada uno podía vetar al otro, y al cabo de doce meses volvían a la vida privada, donde podían ser procesados por sus abusos. Por debajo, una escalera de cargos electivos, el cursus honorum, pasaba por cuestor, edil y pretor, con edades mínimas e intervalos entre un puesto y otro. En caso de emergencia podía nombrarse un dictador por un máximo de seis meses; la leyenda hizo un héroe de Cincinato, que en el 458 a. C. salvó la ciudad y volvió a su arado.
El Senado, unos 300 antiguos magistrados vitalicios, no podía aprobar leyes, pero rara vez se desoían sus consejos sobre finanzas, política exterior y guerra. Las leyes y las elecciones correspondían a los ciudadanos reunidos en sus asambleas, aunque los votos se contaban por grupos que favorecían a los ricos. Una larga pugna entre patricios y plebeyos, el conflicto de los órdenes, dio a la plebe magistrados propios, los tribunos de la plebe, desde el 494 a. C. La persona del tribuno era sacrosanta, y una sola palabra suya, veto, «prohíbo», podía frenar en seco a un magistrado. Hacia el 450 a. C. la propia ley se puso por escrito en las Doce Tablas, expuestas en público.
El historiador griego Polibio, rehén en Roma en el siglo II a. C., pensaba que esta constitución mixta, en parte monarquía, en parte aristocracia y en parte democracia, explicaba cómo una sola ciudad había llegado a dominar el Mediterráneo. Pero el éxito la puso a prueba. La conquista trajo esclavos, botín y enormes ejércitos leales a sus generales más que al Estado. Los hermanos Graco, reformistas, murieron asesinados en el 133 y el 121 a. C.; Mario y Sila lanzaron las legiones contra la propia Roma. Julio César cruzó el Rubicón en el 49 a. C., fue nombrado dictador perpetuo y murió apuñalado en una sesión del Senado en el 44 a. C. Su heredero adoptivo, Octavio, se convirtió en Augusto en el 27 a. C., conservando las formas de la república mientras retenía su poder.
¿Sabías que…? Los autores de El Federalista, que defendieron la Constitución de Estados Unidos en 1787 y 1788, firmaban como «Publius», en honor de Publio Valerio Publícola, uno de los fundadores de la República romana.
La república duró casi cinco siglos, más que cualquier república moderna hasta hoy. Su vocabulario está por todas partes: senado, veto, cónsul e incluso candidato, de la toga de un blanco reluciente, la toga candida, que vestían quienes aspiraban a un cargo. También lo está su idea central: que el cargo debe ser temporal y que el poder debe frenar al poder. Los fundadores de Estados Unidos y de la Francia revolucionaria miraron a Roma a conciencia. Sus constituciones son sus herederas.
Fig. 25 · La República romana. Durante casi cinco siglos Roma equilibró cónsules, Senado y asambleas, temiendo ante todo a los reyes; sus contrapesos aún inspiran constituciones.
Capítulo 26 · Parte III
Calzadas, leyes, hormigón
Roma conquistó con legiones, pero gobernó con ingenieros y juristas. En el 312 a. C., el censor Apio Claudio el Ciego emprendió dos obras que marcaron la pauta: la Vía Apia, una calzada militar pavimentada que se dirigía al sur, hacia Capua, y el Aqua Appia, el primer acueducto de la ciudad. Ambas llevan todavía su nombre.
Las calzadas fueron lo primero porque los ejércitos las necesitaban. Los agrimensores las trazaban tan rectas como permitía el terreno; los constructores las levantaban en capas de piedras grandes, cascajo y grava, rematadas con losas encajadas y abombadas para que escurriera la lluvia, aunque los métodos variaban de una provincia a otra. Los miliarios marcaban cada milla romana de mil pasos, unos 1,48 kilómetros. En su apogeo, el imperio tenía unos 80.000 kilómetros de grandes vías pavimentadas, según los cálculos habituales, del Muro de Adriano al Éufrates. Las recorrían soldados, funcionarios, mercaderes y correos imperiales y, con el tiempo, también ideas y religiones nuevas.
El agua hizo posibles las ciudades romanas. A comienzos del siglo III d. C., once acueductos abastecían Roma y traían el agua desde colinas situadas hasta a 90 kilómetros por una pendiente suave y cuidadosamente medida, casi siempre por canales subterráneos y no por las famosas arcadas. El comisario de aguas Frontino, que escribía hacia el 97 d. C., comparaba estas obras indispensables con las «ociosas pirámides» de Egipto, a las que juzgaba muy inferiores. El Pont du Gard, en el sur de Francia, de unos 49 metros de altura, sigue en pie, con sus grandes sillares asentados sin argamasa.
El material que sostenía buena parte de la construcción romana era el hormigón romano, el opus caementicium: argamasa de cal mezclada con una ceniza volcánica llamada puzolana y trozos de piedra. Podía verterse en encofrados de madera, fraguaba incluso bajo el agua, lo que hizo posibles puertos como la Cesarea de Herodes, y permitió a los arquitectos levantar bóvedas y cúpulas. El Panteón, reconstruido bajo Adriano hacia el 125 d. C., tiene una cúpula de 43,3 metros de diámetro con un óculo abierto en lo alto. Casi 1.900 años después sigue siendo la mayor cúpula de hormigón sin armar del mundo.
¿Sabías que…? Algunos hormigones de puertos romanos se han hecho más resistentes en el agua de mar a lo largo de dos mil años, al cristalizar nuevos minerales en sus poros, un proceso que la ciencia de materiales actual ha estudiado a fondo.
El derecho era el cuarto pilar. Desde las Doce Tablas, los juristas romanos fueron afinando normas sobre propiedad, contratos, herencias y daños, y desarrollaron un «derecho de gentes» para tratar con los extranjeros. En el 212 d. C., el emperador Caracalla concedió la ciudadanía a casi todos los habitantes libres del imperio y puso a millones de personas bajo el derecho romano. En la década del 530 d. C., el emperador de Oriente Justiniano mandó compilar toda la tradición en lo que se conocería como Corpus Iuris Civilis. Redescubierto en Bolonia a finales del siglo XI, se convirtió en la base del derecho civil de casi toda la Europa continental y, por influencia europea, de buena parte de América Latina, África y Asia oriental.
Los cuatro se reforzaban entre sí: las calzadas movían tropas e impuestos, los acueductos alimentaban las ciudades y las ciudades funcionaban con leyes. Juntos permitieron a una sola ciudad gobernar el Mediterráneo durante siglos. Todavía hoy se pueden recorrer a pie tramos de la Vía Apia.
Fig. 26 · Calzadas, leyes, hormigón. Calzadas, acueductos, hormigón y un derecho codificado permitieron a una sola ciudad gobernar el Mediterráneo durante siglos.
Capítulo 27 · Parte III
El espejo Han
En el 206 a. C., la primera dinastía imperial de China, la implacable Qin, se hundió apenas quince años después de unificar el país. De la guerra civil que siguió surgió un funcionario menor de origen campesino, Liu Bang, que en el 202 a. C. se convirtió en el emperador Gaozu de la dinastía Han. Con una breve interrupción, los Han gobernaron cuatro siglos, hasta el 220 d. C., un periodo comparable al que llevó a Roma de la república al apogeo imperial.
Los dos imperios se parecían mucho en escala. Un censo Han del año 2 d. C. contó unos 57,7 millones de personas; el Imperio romano tenía por entonces quizá entre 45 y 60 millones, aunque esa cifra es una estimación moderna. Ambos construyeron caminos y murallas, mantuvieron ejércitos enormes, acuñaron monedas en grandes cantidades y gravaron a los campesinos para pagarlo todo. Ambos tenían fronteras inquietas: Roma, a los pueblos germánicos; los Han, a la poderosa confederación xiongnu de la estepa, a veces combatida y a veces aplacada con seda y princesas.
En lo que más se diferenciaban era en cómo gobernaban. Roma administraba sus provincias con una fina capa de senadores, caballeros y consejos municipales, y se apoyaba mucho en las élites locales. Los Han crearon una burocracia asalariada cuyos rangos se medían en unidades de grano. El emperador Wu (r. 141–87 a. C.) hizo del confucianismo el saber oficial del Estado y en el 124 a. C. fundó una Academia Imperial para formar funcionarios en los clásicos. Los candidatos solían ser recomendados por las autoridades locales como «filiales e íntegros» y después examinados; el sistema completo de exámenes competitivos llegó siglos más tarde, con los Sui y los Tang. Aun así, el principio de que los funcionarios debían ser instruidos y ascender por capacidad y virtud echó raíces profundas.
Wu fue también un gobernante agresivo. Hizo retroceder a los xiongnu, extendió el poder Han a Corea, el norte de Vietnam y la cuenca del Tarim, y estableció monopolios estatales de la sal y el hierro para financiarlo. Su enviado Zhang Qian, que partió hacia el oeste hacia el 138 a. C., regresó años después con noticias de Asia central y de sus magníficos caballos, y abrió las rutas que más tarde se llamarían Rutas de la Seda. El historiador Sima Qian escribió sus monumentales Memorias históricas durante el reinado de Wu, y hacia el 105 d. C. se atribuyó al funcionario de la corte Cai Lun el perfeccionamiento de la fabricación del papel.
¿Sabías que…? En el 97 d. C., el general Han Ban Chao envió a un emisario, Gan Ying, a alcanzar el mundo romano; llegó hasta un mar occidental, le dijeron que la travesía podía durar años y se dio la vuelta.
Cada imperio conocía al otro sobre todo de oídas. Los romanos apreciaban la seda china sin saber gran cosa de quienes la hacían, y las crónicas chinas describían una tierra lejana llamada Da Qin. Una comitiva que afirmaba venir de parte de su soberano, Andun, probablemente Marco Aurelio Antonino, llegó por mar a la corte Han en el 166 d. C. Ambos imperios se fragmentaron en los siglos siguientes. Pero China se reunificó bajo los Sui en el 589 sobre cimientos Han, y la mayoría de los chinos aún se llaman a sí mismos han. El Occidente romano nunca volvió a recomponerse.
Fig. 27 · El espejo Han. La China Han igualó a Roma en tamaño y se gobernó con una enorme burocracia de formación confuciana, en el otro extremo de Eurasia.
Capítulo 28 · Parte III
El imperio compra la paz
Cuando Augusto asumió el poder en solitario en el 27 a. C., tras décadas de guerras civiles, los romanos estaban exhaustos. Les ofreció paz, y se encargó de pregonarla. Las puertas del templo de Jano, abiertas en tiempo de guerra, se cerraron tres veces durante su reinado, según su propio relato. El Senado consagró en el 9 a. C. el Ara Pacis, el Altar de la Paz Augusta. Más tarde los historiadores dieron nombre a los dos siglos que van del 27 a. C. a la muerte de Marco Aurelio en el 180 d. C.: la Pax Romana, la paz romana.
Dentro de las fronteras, la paz era real. La piratería, que en su día había secuestrado al joven Julio César, fue barrida del Mediterráneo, al que los romanos llamaban ahora mare nostrum, «nuestro mar». El grano de Egipto y del norte de África alimentaba una capital de quizá un millón de habitantes. El aceite de oliva de Hispania llegaba en ánforas tan numerosas que sus restos forman el Monte Testaccio, una colina artificial de Roma de unos 35 metros de altura. Los barcos romanos navegaban con el monzón desde los puertos del mar Rojo hasta la India, y Plinio el Viejo se quejaba de que la India, China y Arabia le sacaban al imperio 100 millones de sestercios al año. Por todas las provincias, las ciudades se dotaron de foros, termas y teatros, y las élites locales competían por ser romanas.
Custodiaban la paz unas treinta legiones y otras tantas tropas auxiliares, quizá entre 300.000 y 400.000 soldados en total, acantonados sobre todo en las fronteras. Los impuestos provinciales los pagaban. Una moneda común, pesos y medidas compartidos y los tribunales romanos facilitaban el comercio, y un ciudadano podía apelar por encima del gobernador al César, como hizo célebremente el apóstol Pablo.
Pero la calma tenía aristas. Roma perdió tres legiones en el bosque de Teutoburgo, en Germania, en el 9 d. C. La rebelión de Boudica en Britania, hacia el 60 d. C., arrasó tres ciudades antes de ser aplastada. La guerra judía terminó con la destrucción del Templo de Jerusalén en el 70 d. C., y la revuelta de Bar Kojba, del 132 al 135 d. C., fue sofocada con enormes pérdidas humanas. En Roma, emperadores como Calígula y Nerón aterrorizaron a la élite, y en el 69 d. C. cuatro emperadores reinaron en un solo año. Desde el 122 d. C., Adriano levantó su muro a través del norte de Britania, una franca admisión de que el imperio tenía límites.
¿Sabías que…? Tácito puso el juicio más afilado sobre la paz romana en boca de un caudillo britano, Calgaco, cuyo discurso compuso él mismo: «Crean un desierto y lo llaman paz».
¿Valió la pena el precio? Muchos provinciales parecen haberlo creído, y las inscripciones de todo el imperio aclaman a los emperadores como portadores de prosperidad. Otros perdieron sus tierras, su libertad o la vida. Pactos parecidos aparecen allí donde domina una sola potencia, de la diplomacia fronteriza de la China Han a los imperios de la era moderna. La larga paz ya se estaba deshilachando cuando la peste y las guerras del Danubio marcaron los últimos años de Marco Aurelio, el comienzo de la historia de la decadencia de Roma. La paz bajo un imperio puede ser auténtica. Pero alguien siempre la paga.
Fig. 28 · El imperio compra la paz. La Pax Romana trajo dos siglos de relativa calma y un comercio floreciente, pagados con conquistas y libertades perdidas.
Capítulo 29 · Parte III
Por qué cayó Roma
En el 476 d. C., un general germánico llamado Odoacro depuso a un emperador adolescente, Rómulo Augústulo, y envió las insignias imperiales a Constantinopla. Pocos contemporáneos pensaron que el mundo se había acabado. Esa es la primera pista: la caída del Imperio romano de Occidente fue un proceso de siglos, no un solo día, y el imperio de Oriente, al que los historiadores llaman Bizancio, duró hasta 1453.
Los historiadores discuten las causas desde que Edward Gibbon publicó Historia de la decadencia y caída del Imperio romano entre 1776 y 1789. El historiador alemán Alexander Demandt llegó a reunir 210 explicaciones propuestas a lo largo del tiempo, desde el envenenamiento por plomo hasta la decadencia moral. Hoy la mayoría de los especialistas ve varias presiones que se alimentaban unas a otras.
La primera fue el puro tamaño. Fronteras de miles de kilómetros, de Escocia al Sáhara, exigían ejércitos enormes, y los ejércitos hacían y deshacían emperadores. En la crisis del siglo III, del 235 al 284 d. C., más de veinte hombres fueron reconocidos como emperador, la mayoría de los cuales murió de forma violenta, y durante un tiempo el imperio se partió en tres. La segunda fue la enfermedad. La peste antonina, desde el 165 d. C., quizá viruela, mató tal vez a una décima parte de la población o más, según estimaciones muy dispares, y la peste de Cipriano volvió a golpear desde hacia el 249.
La tercera fue el dinero. Para pagar a los soldados, los emperadores estiraron la plata. Un denario de Augusto era casi plata pura; hacia el 270 d. C., la moneda principal, el antoniniano, apenas contenía un pequeño porcentaje. Los precios subieron, la confianza se hundió y los impuestos se cobraron cada vez más en especie. Diocleciano (r. 284–305) restauró el orden repartiendo el poder entre cuatro emperadores y ampliando la burocracia, y en el 301 intentó fijar los precios por decreto. Constantino refundó Bizancio como Constantinopla en el 330 y desplazó hacia el este el centro de gravedad del imperio.
La cuarta presión vino de fuera. Empujados en parte por los hunos, refugiados godos cruzaron el Danubio en el 376 y en el 378 destruyeron un ejército romano en Adrianópolis, donde murió el emperador Valente. Desde el 395 el imperio quedó dividido para siempre entre Oriente y Occidente. Vándalos, alanos y suevos cruzaron el Rin hacia el 406; el visigodo Alarico saqueó Roma en el 410, la primera vez en unos 800 años que un enemigo tomaba la ciudad; los vándalos se apoderaron en el 439 de Cartago, capital de la provincia más rica de Occidente, y volvieron a saquear Roma en el 455. Sin los impuestos de África, el gobierno occidental no podía pagar a los ejércitos que lo defendían.
¿Sabías que…? La palabra «vandalismo» la acuñó en 1794 el obispo francés Henri Grégoire para protestar contra la destrucción revolucionaria, y unió injustamente el nombre de los vándalos a la devastación sin sentido.
Para mucha gente de la Galia, Hispania e Italia, la vida bajo los nuevos reyes godos, francos o vándalos cambió poco a poco; el latín, el derecho romano y la Iglesia siguieron adelante. Algunos historiadores hablan de una transformación, mientras que otros señalan el hundimiento del comercio, de las ciudades y del nivel de vida. Ambas cosas pueden ser ciertas. Los imperios rara vez mueren de un solo golpe. Se desangran.
Fig. 29 · Por qué cayó Roma. La expansión excesiva, la peste, la devaluación y la presión fronteriza desgastaron durante siglos el Imperio de Occidente hasta el 476.
Capítulo 30 · Parte III
La deuda clásica
Basta abrir un periódico para encontrar el mundo clásico por todas partes. Democracia y política son palabras griegas; república, senado, ciudadano y constitución, latinas. También lo son muchos de los hábitos que hay detrás: argumentar con pruebas, votar, la ley escrita, el juicio con jurado y la idea de que una comunidad política pertenece a sus miembros y no a su gobernante.
Los griegos aportaron preguntas y métodos. Atenas dio la idea radical de que los ciudadanos corrientes podían gobernarse a sí mismos. Sócrates hizo de la pregunta una forma de vida, Platón imaginó un Estado ideal y Aristóteles (384–322 a. C.) formuló la lógica formal en el silogismo, mientras su escuela reunía las constituciones de unos 158 estados griegos. Los Elementos de Euclides enseñaron la geometría mediante demostraciones a partir de axiomas, y los médicos de la tradición hipocrática buscaron causas naturales a las enfermedades. Roma añadió instituciones duraderas: los contrapesos de la república, una tradición profesional del derecho y una ciudadanía que podía extenderse a personas que ni habían nacido en la ciudad ni hablaban su lengua.
La herencia no llegó en línea recta hasta el presente. Tras el hundimiento del imperio de Occidente, buena parte del saber griego sobrevivió en Bizancio y, sobre todo, en el mundo islámico. En la Bagdad del siglo IX, sabios como Hunayn ibn Ishaq tradujeron al árabe a Aristóteles, Galeno y Ptolomeo. Más tarde, Ibn Rushd de Córdoba, conocido en Europa como Averroes, escribió comentarios a Aristóteles tan influyentes que los escolásticos latinos lo llamaban sencillamente «el Comentador». Desde el siglo XII, traductores de Toledo y Sicilia vertieron estas obras al latín y nutrieron las nuevas universidades europeas y, más tarde, el Renacimiento.
Los revolucionarios tomaron prestado con entusiasmo. Los fundadores de Estados Unidos firmaron como «Publius», crearon un Senado y alojaron su gobierno en un Capitolio. Los revolucionarios franceses vistieron su república con símbolos romanos, y el Código Civil de Napoleón de 1804 bebió mucho del derecho romano. Columnas y frontones siguen presidiendo parlamentos, tribunales y bancos en todos los continentes.
¿Sabías que…? El Capitolio del estado de Virginia, diseñado por Thomas Jefferson en la década de 1780, se inspiró en la Maison Carrée, un templo romano de Nimes, en Francia, que sigue en pie.
La deuda debe leerse con cuidado. La democracia ateniense excluía a las mujeres y dependía de la esclavitud; la república romana estaba dominada por los ricos y se basaba en la conquista. «Occidente» es una idea muy posterior que reclamó los clásicos como propiedad privada, cuando eruditos árabes, persas, siríacos y bizantinos habían mantenido vivos buena parte de ellos. Otros mundos clásicos dejaron legados igual de grandes: el Estado confuciano de letrados funcionarios moldeó Asia oriental durante dos mil años, y el budismo se extendió desde la India por todo el continente.
Aun así, cada vez que se celebra una votación, se impugna una ley ante un tribunal o un ciudadano pregunta con qué derecho actúan los poderosos, habla la época clásica. Los argumentos son antiguos. No han terminado.
Fig. 30 · La deuda clásica. La democracia, la lógica, las repúblicas y la idea de ciudadano se forjaron en la época clásica y nos llegaron de muchas manos.
Parte IV
Credos e imperios
Cómo las creencias se difundieron, construyeron y gobernaron, del Dios único a las cruzadas.
Capítulo 31 · Parte IV
El ascenso del Dios único
La mayoría de los pueblos de la Antigüedad vivían rodeados de multitudes de dioses: dioses de las tormentas, de los ríos, de las ciudades y de las cosechas, a los que había que alimentar, halagar o temer. En las colinas de Canaán, un pueblo pequeño llegó poco a poco a una convicción distinta. Hacia el final del exilio en Babilonia, los israelitas sostenían que existía un solo Dios, creador de todas las cosas, que apreciaba menos los sacrificios que la justicia y que unía a todo un pueblo bajo una ley moral.
La idea no nació completa. La religión israelita primitiva parece haber honrado a un dios por encima de los demás, y la propia Biblia hebrea relata largas luchas contra el culto a Baal y a Aserá. En Egipto, el faraón Akenatón había impuesto hacia 1350 a. C. el culto al disco solar Atón, y en Persia el profeta Zoroastro, cuyas fechas son muy discutidas, enseñó la existencia de un dios supremo de la verdad, pero ninguna de esas ideas sobrevivió a su época de la misma manera.
La prueba decisiva llegó en 587 o 586 a. C., cuando Nabucodonosor II de Babilonia destruyó Jerusalén y su Templo y deportó a la élite. Un dios ligado a una sola tierra y a un solo templo debería haber muerto con ellos. Sin embargo, en Babilonia, sacerdotes y escribas afinaron la creencia de que su Dios gobernaba todas las tierras, Babilonia incluida. Gran parte de la Torá, los cinco primeros libros de las Escrituras, adquirió su forma duradera en esos años y después de 539 a. C., cuando el rey persa Ciro el Grande permitió regresar a los exiliados. Una fe capaz de sobrevivir sin templo podía viajar a cualquier parte.
Esa capacidad de viajar fue su fuerza. Cuando Roma destruyó el Segundo Templo en el año 70 d. C., el judaísmo se reorganizó en torno a la sinagoga, el rabino y el estudio de los textos, y produjo la Misná y, más tarde, el inmenso Talmud. Mientras tanto, de la misma raíz brotaron dos grandes ramas. El cristianismo nació hacia el año 30 d. C. como un movimiento judío de seguidores de Jesús de Nazaret y llevó el Dios único al mundo de los gentiles. En el año 610, en La Meca, Mahoma empezó a predicar una revelación que se situaba en la línea de Abraham, Moisés y Jesús: el islam.
¿Sabías que…? La mención más antigua conocida de Israel fuera de la Biblia es una sola línea de la estela de Merneptah, un monumento egipcio de victoria de c. 1208 a. C. que hoy se conserva en el Museo Egipcio de El Cairo.
Las tres se conocen en conjunto como religiones abrahámicas, por el patriarca al que las tres veneran. Hoy los cristianos suman unos 2400 millones y los musulmanes cerca de 2000 millones, mientras que los judíos son apenas unos 15 millones. Juntas reclaman la lealtad de más de la mitad de la humanidad.
Lo que heredaron fue mucho más que una cuestión de números. Si un solo Dios había creado a todas las personas, todas compartían una misma condición moral, y también los reyes estaban sometidos a una ley superior a ellos. El profeta Amós condenó a quienes vendían «al pobre por un par de sandalias». La idea de la historia como un relato con dirección, la de una alianza y la de un día semanal de descanso se extendieron con estas religiones por todo el planeta.
Un pueblo pequeño, a menudo conquistado y casi nunca poderoso, cambió lo que creen miles de millones de personas.
Fig. 31 · El ascenso del Dios único. El judaísmo portaba una idea rara en la Antigüedad, un Dios único, universal y moral, que creció hasta inspirar la fe de miles de millones.
Capítulo 32 · Parte IV
El cristianismo se hace universal
Hacia el año 30 d. C., en la provincia romana de Judea, un predicador galileo llamado Jesús fue crucificado por orden del gobernador Poncio Pilato. La crucifixión debía acabar con movimientos como el suyo. Sin embargo, sus seguidores proclamaron que había resucitado y, en una sola generación, pequeñas comunidades que lo llamaban Mesías, Christós en griego, se reunían en ciudades desde Jerusalén hasta Roma.
El movimiento viajó por el propio cableado del imperio. Las calzadas romanas, las rutas marítimas seguras y una lengua común, el griego koiné, permitieron a un fabricante de tiendas llamado Pablo de Tarso fundar y cuidar iglesias por Asia Menor y Grecia en las décadas de 40 y 50, y sus cartas son los escritos cristianos más antiguos que se conservan. Las comunidades judías dispersas por el Mediterráneo ofrecieron a los misioneros un primer público. Y, sobre todo, Pablo defendió que los conversos gentiles no necesitaban circuncidarse ni cumplir las normas alimentarias, lo que abrió una secta judía a cualquiera.
Roma toleraba a muchos dioses, pero desconfiaba de quienes se negaban a honrar a los suyos. Tras el gran incendio del año 64, Nerón culpó a los cristianos y mandó ejecutar a muchos de ellos. Durante dos siglos la persecución fue sobre todo local y esporádica, hasta que Decio exigió un sacrificio en todo el imperio en 250 y Diocleciano desató la Gran Persecución en 303. Los mártires se convirtieron en héroes, y sus historias corrían más deprisa que los edictos.
¿Por qué siguió creciendo la fe? Los historiadores señalan sus redes de ayuda mutua, su cuidado de los enfermos durante epidemias como la peste de Cipriano de la década de 250, su acogida a mujeres, esclavos y pobres, y su promesa de salvación personal, que los cultos cívicos no ofrecían. Las cifras son inciertas, pero hacia el año 300 los cristianos quizá fueran una décima parte de los 60 millones de habitantes, más o menos, del imperio.
Entonces llegó un terremoto político. En 312 Constantino venció en la batalla del Puente Milvio y afirmó después que había combatido bajo el signo de Cristo. El Edicto de Milán de 313 concedió la tolerancia. En 325 Constantino convocó a los obispos en Nicea para fijar la doctrina, y en 380 el Edicto de Tesalónica de Teodosio I convirtió el cristianismo niceno en la religión oficial del imperio. Los perseguidos se habían vuelto la Iglesia establecida, y pronto fueron los paganos y los cristianos disidentes quienes sufrieron la presión.
¿Sabías que…? Roma no fue el primer Estado en adoptar el cristianismo: el reino de Armenia lo hizo antes, según la tradición en el año 301, y el reino etíope de Aksum lo siguió bajo el rey Ezana en la década de 330.
La fe ya desbordaba las fronteras de Roma. La Iglesia del Oriente creció dentro del Imperio persa y llegó a la China de los Tang hacia 635. Los godos fueron convertidos en su propia lengua por el obispo misionero Ulfilas, que creó un alfabeto para poder traducir la Biblia.
La convicción y las redes habían superado a la espada. En cuatro siglos, la cruz había pasado de ser un instrumento de ejecución a ser el emblema de un imperio.
Fig. 32 · El cristianismo se hace universal. Una secta judía perseguida se convirtió en la religión oficial de Roma en cuatro siglos, gracias a la convicción y a sus redes, no a los ejércitos.
Capítulo 33 · Parte IV
El ascenso del islam
Hacia el año 610, un mercader de La Meca llamado Mahoma, que rondaba entonces los cuarenta años, empezó a recitar revelaciones que, según decía, le llegaban de Dios por medio del arcángel Gabriel. Arabia se encontraba entonces entre dos superpotencias agotadas, Bizancio y la Persia sasánida, que acababan de enfrentarse casi hasta el colapso. Sus propios pueblos estaban divididos en tribus rivales, muchas de las cuales veneraban ídolos en la Kaaba de La Meca, un santuario de peregrinación en el corazón de una ciudad comercial.
El mensaje de Mahoma era rotundo: un solo Dios, un juicio inminente, la oración, la limosna y la igualdad de los creyentes. La élite de La Meca, que se beneficiaba del comercio de los peregrinos, reaccionó con dureza. En 622 Mahoma y sus seguidores se trasladaron al norte, a Medina, una emigración llamada Hégira que marca el año uno del calendario islámico. Allí se convirtió en legislador y jefe militar, además de profeta. En 630 La Meca se había rendido, y cuando murió en 632 la mayor parte de Arabia estaba unida por primera vez por la fe y no por el parentesco.
Sus sucesores, los califas, proyectaron esa unidad hacia fuera. Los ejércitos árabes derrotaron a los bizantinos en el Yarmuk en 636 y a los persas en al-Qadisiyya por las mismas fechas. Jerusalén cayó en 637 o 638, Egipto en 642, y el Imperio sasánida se derrumbó en 651. Bajo la dinastía omeya, que gobernó desde Damasco a partir de 661, el avance continuó: Cartago en 698, Hispania desde 711 y el Sind, en el valle del Indo, en 711 y 712. En apenas un siglo, un único Estado se extendía desde la costa atlántica hasta las puertas de la India.
Conquista no significó conversión en masa. A cristianos, judíos y zoroastrianos se les permitió por lo general conservar su fe como pueblos protegidos, los dimmíes, a cambio de un impuesto personal, la yizia. Muchas regiones siguieron siendo mayoritariamente no musulmanas durante siglos. Lo que se difundió más deprisa fue un marco común: el árabe se convirtió en la lengua de la administración bajo el califa Abd al-Malik, las nuevas monedas de oro llevaban frases del Corán en lugar de retratos y en 691 se alzó en Jerusalén la Cúpula de la Roca.
¿Sabías que…? Gibraltar debe su nombre al árabe Yabal Táriq, «el monte de Táriq», por el caudillo bereber Táriq ibn Ziyad, que desembarcó allí en 711.
La expansión tuvo límites. Un ejército franco al mando de Carlos Martel detuvo una expedición de saqueo cerca de Tours hacia 732, y las murallas de Constantinopla resistieron dos grandes asedios. En 750 los abasíes derrocaron a los omeyas y desplazaron el poder hacia el este, hacia Irak y el mundo persa. Al año siguiente, un ejército abasí derrotó a una fuerza china de los Tang junto al río Talas, en Asia central, cerca del límite oriental del dominio árabe.
Lo que surgió fue un único espacio de fe, ley y comercio que unía el Mediterráneo con el océano Índico. Un mercader podía viajar de Córdoba a Samarcanda, rezar en dirección a la misma ciudad y comerciar con reglas conocidas. Su nueva capital no tardaría en alzarse a orillas del Tigris: Bagdad.
Una vida, una fe, tres continentes.
Fig. 33 · El ascenso del islam. En un siglo, el islam se extendió desde Arabia por tres continentes y llevó consigo una nueva fe, una lengua del saber y un espacio de ley común.
Capítulo 34 · Parte IV
La Casa de la Sabiduría
En 762 el califa abasí al-Mansur trazó una nueva capital a orillas del Tigris: Bagdad, una ciudad redonda cuyas murallas encerraban el palacio y la mezquita. En pocas décadas era una de las mayores ciudades del mundo, con quizá varios cientos de miles de habitantes, y se alzaba donde confluían las rutas comerciales del Mediterráneo, Persia, la India y China. La riqueza, la curiosidad y la necesidad práctica de astrónomos, médicos y agrimensores se combinaron para poner en marcha uno de los grandes proyectos de traducción de la historia.
La Casa de la Sabiduría, la Bayt al-Hikma, se asocia a Harún al-Rashid y, sobre todo, a su hijo al-Mamún, que reinó de 813 a 833. Los historiadores discuten qué era exactamente, probablemente una biblioteca palaciega y una oficina de traducción más que una universidad, pero su nombre acabó designando un movimiento mucho más amplio. Califas, visires y familias acaudaladas pagaban generosamente por manuscritos y traducciones. Las obras de Aristóteles, Euclides, Ptolomeo y Galeno se vertieron al árabe, a menudo a través del siríaco, de la mano de sabios cristianos como Hunayn ibn Ishaq, junto a textos persas sobre el arte de gobernar y obras indias de matemáticas y astronomía.
El papel barato lo hizo posible. La fabricación de papel llegó al mundo islámico desde China en el siglo VIII, según la tradición gracias a prisioneros chinos capturados en la batalla de Talas en 751, un relato que los historiadores toman con cautela. Bagdad tenía molinos de papel hacia la década de 790, y los libros resultaban mucho más baratos que en pergamino o papiro.
Los sabios no se limitaron a copiar. Hacia 820, Muhammad ibn Musa al-Juarismi escribió un manual para resolver ecuaciones cuyo título nos dio la palabra álgebra, de al-yabr, «restauración». Otro de sus libros explicaba el sistema decimal posicional indio, con su símbolo para el cero, que el matemático indio Brahmagupta ya había tratado como un número en 628. Los astrónomos midieron un grado de latitud en las llanuras de Irak. Médicos como al-Razi dirigían hospitales y llevaban historiales clínicos, y al-Kindi escribió sobre óptica, música y descifrado de códigos.
¿Sabías que…? La palabra algoritmo procede de Algoritmi, la forma latina del nombre de al-Juarismi, usada en las traducciones medievales de su libro sobre los numerales indios.
El relevo continuó. Desde el siglo XII, sabios de Toledo, recién pasada a manos cristianas, y de la Sicilia normanda tradujeron textos árabes al latín; solo Gerardo de Cremona vertió decenas de obras. En 1202, Fibonacci de Pisa, que había aprendido aritmética en el norte de África, publicó el Liber Abaci, que dio a conocer los numerales indoarábigos a los mercaderes europeos. Europa no había dormido del todo, pues Bizancio seguía copiando textos griegos y los monasterios conservaban los latinos, pero buena parte de su nueva ciencia llegó con nombres árabes: álgebra, alquimia, cénit, cifra.
El saqueo mongol de Bagdad en 1258 puso fin a la edad de oro de la ciudad, y la leyenda cuenta que el Tigris corrió negro por la tinta de los libros arrojados al agua. Para entonces, el saber había escapado hacía mucho. Bagdad no había sido tanto una cámara acorazada como una posta de relevos, y el testigo llegó al siguiente corredor.
Fig. 34 · La Casa de la Sabiduría. Los sabios de Bagdad tradujeron y ampliaron el saber griego, persa e indio; por ellos llegaron a Europa el álgebra y el cero.
Capítulo 35 · Parte IV
Bizancio resiste
En el año 330 Constantino consagró una nueva capital a orillas del Bósforo, en el lugar de la antigua ciudad griega de Bizancio: Constantinopla. Dominaba la ruta marítima entre el mar Negro y el Mediterráneo y el puente terrestre entre Europa y Asia. Cuando el último emperador de Occidente, Rómulo Augústulo, fue depuesto en 476, el Imperio romano no terminó. Su mitad oriental, gobernada desde Constantinopla, continuó casi otros mil años.
Sus habitantes nunca se llamaron bizantinos. Eran romaioi, romanos, aunque hablaran griego y practicaran el cristianismo. Su soberano más ambicioso, Justiniano, que reinó de 527 a 565, reconquistó por un tiempo el norte de África e Italia y encargó a sus juristas reunir siglos de derecho romano en un único código, el Corpus Iuris Civilis, terminado en 534. Redescubierto en Bolonia a finales del siglo XI, aún sustenta el derecho civil de buena parte de Europa y de América Latina. En 537 consagró Santa Sofía, que siguió siendo la mayor iglesia de la cristiandad durante casi mil años.
El verdadero logro fue sobrevivir. En las décadas de 630 y 640 el imperio perdió Siria, Palestina y Egipto ante los ejércitos árabes, y después rechazó asedios de la capital en la década de 670 y en 717 y 718, con ayuda del fuego griego, un líquido incendiario cuya receta exacta aún se desconoce. La mejor defensa de la ciudad eran sus murallas terrestres, terminadas bajo Teodosio II en 413: un foso, una muralla exterior y una muralla interior de unos 12 metros de altura con 96 torres, que corrían unos 6 kilómetros desde el mar de Mármara hasta el Cuerno de Oro. Durante más de mil años, ningún ejército las tomó al asalto.
Bizancio trazó también la mitad del mapa espiritual de Europa. Los hermanos misioneros Cirilo y Metodio llevaron el cristianismo a los eslavos en la década de 860, y sus discípulos crearon el alfabeto cirílico. En 988 el príncipe Vladimiro de Kiev se bautizó y unió a la Rus con el cristianismo ortodoxo. El cisma de 1054 formalizó la ruptura entre las iglesias de Roma y Constantinopla.
¿Sabías que…? El nombre de «Imperio bizantino» lo popularizó el erudito alemán Hieronymus Wolf en 1557, más de un siglo después de que el imperio hubiera dejado de existir.
La herida más profunda vino de otros cristianos. En 1204 la Cuarta Cruzada, desviada por sus deudas con Venecia, saqueó Constantinopla y se llevó sus tesoros, entre ellos los caballos de bronce que hoy están en la basílica de San Marcos. El imperio se restauró en 1261, pero nunca recuperó su fuerza. El 29 de mayo de 1453, el sultán otomano Mehmed II, tras un asedio de unas siete semanas con enormes cañones de bronce, tomó la ciudad. El último emperador, Constantino XI, murió en el combate.
Los sabios griegos que huyeron a Occidente llevaron a Italia manuscritos de Platón y de Homero que alimentaron el Renacimiento. El imperio cayó, pero había guardado la herencia hasta que la otra mitad de Europa estuvo preparada para usarla.
Fig. 35 · Bizancio resiste. La mitad oriental de Roma sobrevivió a la occidental casi mil años y guardó ley, fe y saber griego tras las murallas de Constantinopla.
Capítulo 36 · Parte IV
El camino del budismo
En algún momento del siglo V a. C., en la llanura del Ganges, en el nordeste de la India, un príncipe llamado Siddhartha Gautama renunció a una vida acomodada para buscar el fin del sufrimiento. Sentado bajo un árbol en Bodh Gaya, según la tradición, alcanzó la iluminación y se convirtió en el Buda, «el despierto». Sus fechas exactas se discuten. Su enseñanza era práctica: el sufrimiento nace del deseo, y un camino disciplinado de ética, meditación y sabiduría puede ponerle fin. No escribió nada, fundó una orden de monjes y monjas, la sangha, y pasó décadas caminando y enseñando.
El primer gran protector de la fe fue un emperador que había visto demasiada guerra. Hacia 261 a. C., el soberano maurya Ashoka conquistó Kalinga, en la costa oriental de la India, a un precio que sus propias inscripciones cifran en 100 000 muertos. Conmocionado, se volvió hacia el dhamma, grabó edictos en rocas y columnas por todo su reino y envió emisarios al extranjero. Según la tradición, su hijo Mahinda llevó el budismo a Sri Lanka hacia 250 a. C., y la isla se convirtió después en la fuente de la escuela theravada en el Sudeste Asiático.
Desde allí, la fe avanzó con el comercio y no con las tropas. En Gandhara, en los actuales Pakistán y Afganistán, bajo los reyes kushán, escultores influidos por el arte griego crearon algunas de las primeras imágenes del Buda en forma humana. Monjes y mercaderes viajaban juntos por las Rutas de la Seda, los monasterios hacían de posadas y de prestamistas, y ciudades oasis como Dunhuang se llenaron de cuevas pintadas. En el siglo II d. C. traductores como An Shigao trabajaban ya en Luoyang, y en 401 el monje Kumarajiva, del reino oasis de Kucha, llegó a Chang'an, donde sus traducciones moldearon el budismo chino durante siglos.
El budismo sobrevivió adaptándose. En China tomó prestadas palabras taoístas para explicarse, y la escuela meditativa chan se convirtió más tarde en el zen de Japón. Llegó a Corea desde China en 372 y a Japón desde el reino coreano de Baekje en 538 o 552. En el Tíbet, los reyes de los siglos VII y VIII invitaron a maestros de la India, y Samye, el primer monasterio, se fundó hacia 779. Los peregrinos viajaban en sentido contrario: el monje chino Xuanzang fue a pie hasta la India en 629, estudió en la gran universidad monástica de Nalanda y volvió en 645 con cientos de textos.
¿Sabías que…? El libro impreso fechado más antiguo del mundo es budista: un ejemplar del Sutra del Diamante hallado en las cuevas de Dunhuang, impreso en 868 y conservado hoy en la Biblioteca Británica.
Paradójicamente, la fe se apagó en su tierra natal y declinó en la India a partir del siglo XII, cuando el mecenazgo real cambió de manos y monasterios como Nalanda fueron saqueados. Su centro de gravedad se desplazó hacia el este, donde moldeó el arte, la imprenta, la medicina y la política desde Sri Lanka hasta Japón.
Ningún imperio budista abarcó jamás Asia. Ashoka dio el primer impulso a la fe, pero monjes, traductores y caravanas la llevaron el resto del camino. Un continente se convirtió a pie.
Fig. 36 · El camino del budismo. El budismo se difundió con monjes y mercaderes, no por conquista, y se adaptó a cada tierra, de la India a China, el Tíbet, Corea y Japón.
Capítulo 37 · Parte IV
La Europa de Carlomagno
El día de Navidad del año 800, en la basílica de San Pedro de Roma, el papa León III colocó una corona sobre la cabeza de Carlos, rey de los francos, y los fieles lo aclamaron emperador de los romanos. Más de tres siglos después de la deposición del último emperador de Occidente, el título volvía a tener titular. Carlos el Grande, Carlomagno, había sido convertido en heredero de Roma por un obispo de la Iglesia.
El poder lo había conquistado mucho antes que la corona. Rey desde 768, y único soberano tras la muerte de su hermano Carlomán en 771, guerreó casi todos los años. Tomó el reino lombardo de Italia en 774, absorbió Baviera en 788 y destruyó el jaganato ávaro en la década de 790, apoderándose de su legendario tesoro. Sus guerras contra los sajones paganos duraron unos treinta años e incluyeron bautismos forzosos y, según los anales reales, la ejecución de 4500 prisioneros en Verden en 782. Una incursión en Hispania en 778 terminó con una emboscada en Roncesvalles, reimaginada después en el Cantar de Roldán. En el año 800 su reino se extendía de los Pirineos al Elba y del mar del Norte al centro de Italia.
La coronación convenía a ambos. León, atacado el año anterior en las calles de Roma por sus enemigos, necesitaba un protector. Carlos obtenía una dignidad a la altura de la de Constantinopla, donde gobernaba entonces la emperatriz Irene, y los clérigos occidentales sostenían que una mujer no podía ocupar el trono imperial. Su biógrafo Eginardo asegura que Carlos dijo que no habría entrado en la iglesia aquel día de haber conocido el plan del papa; los historiadores aún discuten hasta qué punto era sincero.
Gobernar una extensión tan vasta, con pocos caminos, sin burocracia y con escasa alfabetización, exigía improvisar. Varios cientos de condes administraban distritos en su nombre, y los marqueses guardaban las marcas fronterizas. Inspectores que viajaban en pareja, los missi dominici, por lo general un noble laico y un eclesiástico, recorrían el territorio para vigilarlos, y unos decretos escritos llamados capitulares fijaban las normas. En su palacio de Aquisgrán, el sabio inglés Alcuino de York encabezó un renacimiento del saber. Los monjes copiaban textos clásicos con una nueva letra clara, la minúscula carolingia, antepasada de las minúsculas de esta página, y las copias más antiguas que se conservan de muchos autores romanos se hicieron en monasterios carolingios.
¿Sabías que…? La reforma monetaria de Carlomagno fijó 240 peniques de plata por libra, una cuenta que Gran Bretaña mantuvo hasta la decimalización de 1971.
Su mundo llegaba mucho más allá de Europa. El califa abasí Harún al-Rashid le envió un elefante llamado Abul-Abbas, que llegó a Aquisgrán en 802. Pero la unidad era personal. Después de su hijo Luis el Piadoso, sus nietos se repartieron el imperio en el Tratado de Verdún de 843 en tres reinos, occidental, central y oriental, esbozos de Francia, los Países Bajos y Alemania.
Aun así, la idea perduró: una Europa cristiana, unida por la fe, el latín y el recuerdo de Roma. Renació en 962 en lo que llegaría a ser el Sacro Imperio Romano Germánico y resuena en cada sueño posterior de unión europea. Los imperios se desvanecen; una buena idea de imperio, no.
Fig. 37 · La Europa de Carlomagno. Coronado emperador en 800, Carlomagno fundió memoria romana, fe cristiana y poder franco en la primera idea de una Europa cristiana unida.
Capítulo 38 · Parte IV
La fe levanta maravillas
Cada época construye aquello en lo que cree. Para el mundo medieval, de Etiopía a Java, eso significaba casas de Dios: iglesias, mezquitas, templos y monasterios que absorbían más trabajo, dinero y destreza que cualquier otra empresa de su tiempo. Eran los superordenadores de la fe de la época, que reunían los recursos de sociedades enteras durante generaciones para responder a una sola pregunta: ¿qué merece la pena construir para la eternidad?
Los pagadores eran muchos. La Europa cristiana financiaba sus iglesias con el diezmo, la décima parte de la cosecha que se debía a la Iglesia, además de donaciones reales, fincas episcopales y las ofrendas de los peregrinos que acudían a ver reliquias. En el mundo islámico, el waqf, una fundación benéfica perpetua, podía mantener una mezquita, una escuela o un hospital durante siglos. En Angkor, los reyes jemeres ataron la economía arrocera de toda una región a las fincas de los templos. Y, en contra de una imagen popular, la mayoría de los grandes edificios no los levantaron esclavos ni campesinos sin sueldo, sino canteros, carpinteros y vidrieros muy cualificados y asalariados que iban de obra en obra.
Los resultados aún asombran. En Constantinopla, la Santa Sofía de Justiniano se levantó en menos de seis años, de 532 a 537, coronada por una cúpula de unos 31 metros de diámetro. En Córdoba, Abderramán I empezó la Mezquita en 785, y sus sucesores la ampliaron durante dos siglos hasta convertirla en un bosque de cientos de columnas y arcos superpuestos. En el centro de Java, la dinastía Shailendra construyó Borobudur hacia 800, una montaña escalonada de unos dos millones de bloques de piedra con 2672 relieves y 504 estatuas del Buda. En Camboya, Suryavarman II alzó Angkor Wat a comienzos del siglo XII, dedicado a Visnú, dentro de un foso de unos 190 metros de ancho.
Después llegaron las catedrales. En la década de 1140, el abad Suger reconstruyó la cabecera de Saint-Denis, cerca de París, con arcos apuntados, bóvedas de crucería y muros de vidrio de colores, e inauguró el estilo gótico. Los arbotantes permitieron muros más altos y delgados. Chartres se reconstruyó en gran parte en un cuarto de siglo tras un incendio en 1194 y aún conserva la mayoría de sus vidrieras originales. Otras tardaron mucho más: la catedral de Colonia, comenzada en 1248, no se terminó hasta 1880.
¿Sabías que…? Cuando se terminó la catedral de Colonia en 1880, sus dos agujas de unos 157 metros la convirtieron en el edificio más alto del mundo, hasta que el Monumento a Washington la superó en 1884.
La fe construyó con todos los materiales. En Etiopía, los artesanos del rey Lalibela excavaron once iglesias hacia abajo en la roca viva hacia 1200. En Djenné, en las tierras del Imperio de Malí, los vecinos revocan juntos su gran mezquita de adobe en una fiesta anual.
Estos edificios eran también economías, escuelas y declaraciones de poder. Formaban artesanos, difundían técnicas y atraían a peregrinos que pagaban comida, alojamiento y recuerdos. Una ciudad catedralicia vivía de su catedral como una ciudad moderna vive de su fábrica, y la obra podía sobrevivir a todos los que la habían empezado.
La piedra era la forma en que una sociedad decía qué le importaba más.
Fig. 38 · La fe levanta maravillas. Catedrales, mezquitas y templos concentraron en piedra el trabajo y la riqueza de generaciones, y aún dejan sin aliento a quien los visita.
Capítulo 39 · Parte IV
El choque de las cruzadas
En noviembre de 1095, en Clermont, en el centro de Francia, el papa Urbano II pronunció un sermón que resonaría durante dos siglos. El emperador bizantino Alejo I Comneno había pedido soldados occidentales para luchar contra los turcos selyúcidas, que habían aplastado a un ejército bizantino en Manzikert en 1071 e invadido gran parte de Anatolia. Urbano ofreció algo mucho mayor: una peregrinación armada para liberar Jerusalén, con la remisión de los pecados para todos los que tomaran la cruz. La multitud, según relatos posteriores, respondió con el grito Deus vult, «Dios lo quiere».
La respuesta asombró a todos. Decenas de miles se pusieron en marcha. Algunos grupos empezaron por masacrar comunidades judías de Renania en 1096. Los ejércitos principales de la Primera Cruzada pasaron por Constantinopla, tomaron Antioquía en 1098 tras un asedio brutal y asaltaron Jerusalén el 15 de julio de 1099, matando a gran parte de su población. Después nacieron cuatro estados cruzados, Edesa, Antioquía, Trípoli y el Reino de Jerusalén, una estrecha franja de dominio latino a lo largo de la costa levantina.
El mundo musulmán estaba dividido cuando llegaron los cruzados, y poco a poco se unió contra ellos. Edesa cayó en 1144, lo que provocó una fallida Segunda Cruzada. Después, el sultán kurdo Saladino, señor de Egipto y Siria, aniquiló al ejército cruzado en Hattin en 1187 y recuperó Jerusalén, perdonando a la mayoría de sus habitantes. La Tercera Cruzada, dirigida por Ricardo I de Inglaterra y Felipe II de Francia, recobró Acre pero no la Ciudad Santa, y terminó con una tregua en 1192. La Cuarta Cruzada ni siquiera llegó a Tierra Santa: en 1204 saqueó en su lugar la Constantinopla cristiana. El emperador Federico II recuperó Jerusalén por un tratado en 1229, sin batalla, pero volvió a perderse en 1244. En 1291 los mamelucos de Egipto tomaron Acre, el último gran bastión cruzado.
¿Sabías que…? Los cronistas árabes rara vez usaron una palabra para «cruzada»; llamaban a los invasores simplemente al-Faranj, «los francos», vinieran del país que vinieran.
El coste humano no puede calcularse con precisión. Las estimaciones varían mucho, pero los muertos de dos siglos se contaron al menos por cientos de miles, con civiles de todas las religiones entre ellos. Jerusalén, el gran trofeo, terminó como había empezado, en manos musulmanas. Para muchos gobernantes musulmanes, los mongoles, que saquearon Bagdad en 1258, eran un peligro mucho más grave.
Sin embargo, las guerras transformaron el Mediterráneo. Venecia, Génova y Pisa obtuvieron barrios comerciales en los puertos de Levante y se enriquecieron transportando peregrinos, soldados y mercancías. Los europeos se aficionaron al azúcar, las especias, el algodón y la seda, y órdenes militares como los templarios y los hospitalarios crearon redes para mover dinero que se parecían a una banca primitiva. La propia idea de cruzada se extendió y se volvió contra los musulmanes de la península ibérica, los paganos del Báltico y los herejes del sur de Francia, mientras la amargura de 1204 ahondaba la división entre la cristiandad latina y la ortodoxa.
En Occidente las cruzadas se convirtieron en leyenda, contada una y otra vez; en el mundo musulmán se recordaron durante mucho tiempo como una guerra fronteriza más. Los cruzados partieron a ganar una ciudad. Acabaron volviendo a unir un mar.
Fig. 39 · El choque de las cruzadas. Dos siglos de guerra santa por Jerusalén mataron a muchos y resolvieron poco, pero reabrieron el comercio y volvieron a unir un Mediterráneo dividido.
Capítulo 40 · Parte IV
La fe mueve la historia
Mire casi cualquier mapa medieval y estará mirando un mapa de la fe. Hacia 1300, los autores del Mapamundi de Hereford situaron Jerusalén en el centro del mundo y el Paraíso en lo más alto. Los musulmanes de todas partes se volvían hacia La Meca para rezar cinco veces al día, y la peregrinación a La Meca atraía a fieles a través de desiertos y océanos. En 1324 Mansa Musa, soberano del Imperio de Malí, hizo esa peregrinación con tanto oro que, según el autor cairota al-Umari, su valor cayó en Egipto durante años. Medio siglo después, el Atlas catalán de 1375 lo pintó en su trono, con una pepita de oro en la mano.
Durante unos mil años, desde la caída del Imperio romano de Occidente hasta la era de la imprenta, la religión fue posiblemente la fuerza organizadora más profunda de la sociedad humana. Marcaba el reloj y el calendario: las campanas de los monasterios dividían el día, los cristianos contaban los años anno Domini, un sistema popularizado por el monje inglés Beda, y los musulmanes contaban desde la Hégira. Escribía buena parte de la ley. Los tribunales eclesiásticos juzgaban matrimonios y testamentos en toda la Europa latina, los juristas musulmanes construyeron las escuelas de la sharía que regían contratos y familias de Marruecos a la India, y el código monástico budista, el vinaya, ordenaba la vida en miles de monasterios.
Dirigía las escuelas. Las escuelas catedralicias se convirtieron en las primeras universidades de Europa, en Bolonia, París y Oxford. La madrasa se extendió por el mundo islámico, y la mezquita de al-Qarawiyyin de Fez, más tarde un célebre centro de saber, atribuye su fundación en 859 a una mujer, Fátima al-Fihri. Nalanda, en la India, formó durante siglos a monjes de toda Asia. Y movía el dinero: el diezmo, el waqf y las grandes fincas de monasterios y templos canalizaban una parte considerable de cada economía hacia edificios, caridad y saber.
Los gobernantes sabían dónde residía la legitimidad. Carlomagno recibió su corona de un papa; los califas gobernaban como sucesores del Profeta; los reyes tibetanos promovían el budismo; los soberanos aztecas justificaban la guerra como alimento para los dioses. Cuando el emperador Enrique IV desafió al papa Gregorio VII, fue excomulgado y en 1077 esperó de pie en la nieve de Canosa a ser perdonado.
¿Sabías que…? El Mapamundi de Hereford, hecho hacia 1300, es el mayor mapa medieval conocido que se conserva, con unos 1,6 metros de alto, y está orientado con el este, no el norte, en la parte superior.
La tesis tiene límites. Religión y Estado rara vez estaban separados, de modo que la fe sirvió al poder tanto como el poder a la fe. La China de los Song dirigía una enorme burocracia seleccionada mediante exámenes sobre los clásicos confucianos, una tradición que la mayoría de los especialistas considera una filosofía más que una iglesia. Y las guerras libradas en nombre de Dios solían tratar de tierras y botín.
Aun así, el patrón es difícil de pasar por alto. Los edificios más grandes, los mayores terratenientes, las redes de alfabetización más amplias y las ideas más poderosas sobre la vida y la muerte pertenecían, casi en todas partes, a las religiones. Cuando la imprenta, la ciencia y nuevos tipos de Estado empezaron a desafiar ese dominio a partir del siglo XV, se enfrentaban al mayor peso de la historia.
Durante un milenio, la fe trazó el mapa.
Fig. 40 · La fe mueve la historia. Durante mil años la fe, más que el Estado, fue la fuerza organizadora más profunda: trazó mapas, financió el arte y dio forma a la vida y la muerte.
Parte V
Encrucijadas y comercio
Seda, monzones y oro: la red que unió el Viejo Mundo.
Capítulo 41 · Parte V
Las Rutas de la Seda
Durante unos quince siglos, una laxa red de pistas caravaneras unió las ciudades de China con las orillas del Mediterráneo. La llamamos Ruta de la Seda, pero nunca fue un solo camino. Era una trenza de rutas que cruzaba desiertos, pasos de montaña y oasis, y que cambiaba de trazado con las guerras, el agua y las modas. La seda iba hacia el oeste; caballos, vidrio, plata, vino e ideas viajaban hacia el este.
Su apertura suele situarse en la dinastía Han. Hacia 138 a. C., el emperador Wu envió al oeste al emisario Zhang Qian en busca de aliados contra los nómadas xiongnu. Fue capturado, retenido unos diez años, logró escapar y regresó con noticias de los «caballos celestiales» de Ferganá y de los ricos mercados de Bactriana. En pocas décadas, guarniciones Han custodiaban el corredor de Gansu, y las caravanas que salían de la capital, Chang'an, pasaban por Dunhuang antes de bordear el desierto de Taklamakán de oasis en oasis, como Kashgar.
Casi nadie hacía el viaje completo. Una pieza de seda cambiaba de manos una y otra vez. Los productores chinos vendían a los mercaderes de los oasis; los comerciantes sogdianos de Samarcanda y Bujará, los grandes intermediarios del primer milenio, la llevaban a través de Asia Central; los partos, y después los persas sasánidas, dominaban el tramo hasta Mesopotamia y defendían celosamente sus ganancias; mercaderes sirios y griegos la llevaban hasta Antioquía, Tiro y Roma. Cada mano añadía su margen. Cuando el general Han Ban Chao envió al emisario Gan Ying hacia Roma en el año 97 d. C., este llegó al confín del mundo parto y lo disuadieron de la última travesía por mar, al parecer unos partos que tenían todos los motivos para mantener separados a los dos imperios.
Roma pagaba caro. Plinio el Viejo se quejaba de que la India, China y Arabia le sangraban al imperio 100 millones de sestercios al año, y los moralistas protestaban porque la seda era tan fina que dejaba a las romanas casi desnudas. China guardó el secreto de la sericultura hasta que, según el historiador bizantino Procopio, unos monjes llevaron de contrabando huevos de gusano de seda a Constantinopla para el emperador Justiniano hacia 552 d. C.
Las mercancías eran solo una parte de la carga. El budismo viajó de la India a China por estas rutas a partir del siglo I d. C., y los templos rupestres de Dunhuang aún conservan su arte, junto con el Sutra del diamante de 868, el libro impreso fechado más antiguo. Cristianos nestorianos, maniqueos y, más tarde, musulmanes siguieron las mismas pistas. Y con el tiempo también la enfermedad: los caminos que llevaban seda acabarían llevando la peste.
¿Sabías que…? El nombre «Ruta de la Seda» no es antiguo en absoluto: lo acuñó en 1877 el geógrafo alemán Ferdinand von Richthofen, como Seidenstraße, y ninguno de los mercaderes que usaron aquellas rutas las llamó nunca así.
Las Rutas de la Seda fueron menos una autopista que una carrera de relevos, con la plata como testigo. La seda iba en un sentido, la plata en el otro, y las ideas, en todas direcciones.
Fig. 41 · Las Rutas de la Seda. Las caravanas llevaban seda, especias, credos y enfermedades entre China y el Mediterráneo, pasando de mano en mano.
Capítulo 42 · Parte V
La paz mongola
En 1206, un kurultai, la gran asamblea de jefes de la estepa, proclamó al caudillo mongol Temuyín como Gengis Kan. En setenta años, sus ejércitos y los de sus hijos y nietos habían levantado el mayor imperio terrestre continuo de la historia: según una estimación habitual, unos 24 millones de kilómetros cuadrados, desde Corea hasta las llanuras de Hungría, que los mongoles arrasaron en 1241, y desde Siberia hasta el golfo Pérsico.
La conquista fue terrible. Las ciudades que resistían solían ser destruidas y sus habitantes, masacrados: Merv, Nishapur y Urgench, en Asia Central, en la década de 1220, y Bagdad en 1258, cuando fue ejecutado el último califa abasí. Los cronistas de la época dieron cifras sin duda exageradas, y las estimaciones modernas del total de muertos varían enormemente, de varios millones a decenas de millones. El terror era también una estrategia. Una ciudad que sabía lo ocurrido a su vecina solía abrir sus puertas.
Sin embargo, ese mismo imperio creó lo que los historiadores llaman la Pax Mongolica, un siglo en el que un mercader podía cruzar Eurasia bajo la protección de una sola familia gobernante. El yam, una red de postas con caballos de refresco, llevaba funcionarios y mensajes de un extremo a otro del imperio, y una paiza, una tablilla de oro, plata o madera, funcionaba como un pasaporte que daba derecho a comida y monturas. Unidades militares decimales de 10, 100, 1000 y 10.000 hombres, censos para el cobro de impuestos y gobernadores residentes llamados darughachi mantenían unido el sistema. Los kanes favorecían a los mercaderes, invertían en sociedades comerciales llamadas ortogh y, en general, dejaban en paz a las religiones, eximiendo de impuestos al clero.
Los viajeros lo aprovecharon. Guillermo de Rubruck, un fraile flamenco, llegó a la capital, Karakórum, en 1253-1254. El veneciano Marco Polo pasó años al servicio de Kublai Kan. Rabban Bar Sauma, un monje nestoriano nacido cerca de la actual Pekín, hizo el viaje inverso y se entrevistó con el papa y con el rey de Francia en 1287-1288. Astrónomos persas trabajaban en China, médicos chinos en Persia, y Rashid al-Din, visir de los iljanes mongoles, compiló una historia de todo el mundo conocido.
El imperio no se mantuvo unido. Tras la muerte del gran kan Möngke en 1259 se dividió en cuatro kanatos: la dinastía Yuan en China, con Kublai; el kanato de Chagatai en Asia Central; el Iljanato en Persia, y la Horda de Oro en la estepa rusa. A menudo guerreaban entre sí, pero las caravanas siguieron circulando hasta la caída de los Yuan en 1368. Los caminos transportaron también algo más mortífero: la peste, que viajó hacia el oeste en la década de 1340 por rutas que los mongoles habían llenado de tráfico.
¿Sabías que…? En 1254 el gran kan Möngke organizó en Karakórum un debate formal entre sabios cristianos, musulmanes y budistas; según Guillermo de Rubruck, que participó en él, todo terminó con los asistentes bebiendo en abundancia.
Los mongoles empequeñecieron el mundo, y lo hicieron a golpe de espada.
Fig. 42 · La paz mongola. Los mongoles forjaron por el terror el mayor imperio terrestre de la historia y luego hicieron seguro cruzarlo de Corea a Hungría.
Capítulo 43 · Parte V
El oro de Mansa Musa
En 1324 pasó por El Cairo, camino de La Meca, una caravana de la que la ciudad habló durante una generación. A su cabeza iba Mansa Musa, soberano del Imperio de Malí, con miles de acompañantes, decenas de miles según algunos relatos, y, según noticias posteriores, unas cien cargas de camello de oro. Lo repartió con tal generosidad, entre funcionarios, pobres y mercaderes, que el erudito al-Umari, que escribía en El Cairo unos doce años después, contó que el valor del oro había caído allí y aún no se había recuperado.
El oro tenía un origen. Malí, fundado por Sundiata Keita tras su victoria en Kirina hacia 1235, controlaba o gravaba los yacimientos auríferos de Bambuk y Buré, cerca del curso alto de los ríos Senegal y Níger. Durante siglos, el oro de África occidental había cruzado el Sáhara a lomos de camello, a cambio de sal de minas del desierto como Tagaza, y de cobre, telas y caballos. Los historiadores coinciden en que buena parte del oro que circulaba por el mundo mediterráneo medieval, desde los dinares egipcios hasta los primeros florines de oro de Florencia, en 1252, procedía de África occidental.
Malí era un Estado musulmán con corte real, escribas, gobernadores y vínculos con todo el mundo islámico. Sus ciudades, entre ellas Djenné, Gao y Tombuctú, jalonaban el Níger, la gran vía fluvial del Sahel. Cuando Ibn Battuta lo visitó en 1352-1353, se quejó de la comida y de la tacañería de los regalos que recibió, pero elogió la seguridad del país: los viajeros, escribió, no temían a los ladrones ni la violencia.
La peregrinación fue tanto diplomacia como devoción. Musa regresó con sabios y con Abu Ishaq al-Sahili, poeta y arquitecto de al-Ándalus, a quien se atribuye la construcción de la mezquita de Djinguereber en Tombuctú hacia 1327. También volvió corto de dinero. Al-Umari cuenta que tuvo que pedir prestado a mercaderes cairotas para el viaje de vuelta, un problema insólito para un hombre tan rico. Una generosidad de esa escala tenía un precio.
Europa tomó nota. En 1375, el Atlas catalán, elaborado en Mallorca y atribuido al cartógrafo judío Abraham Cresques, mostraba a un rey africano coronado, sentado en su trono y alzando una pepita de oro, descrito como el señor más rico y noble de toda la tierra. En menos de un siglo, los barcos portugueses avanzaban costa africana abajo en busca de una forma de llegar a ese oro sin pagar a los intermediarios del Sáhara.
¿Sabías que…? A Mansa Musa se le suele llamar la persona más rica de la historia, pero su fortuna no puede medirse: las clasificaciones modernas que le ponen una cifra en dólares son puras conjeturas.
El África occidental medieval no estaba en los márgenes de la economía mundial. La sostenía.
Fig. 43 · El oro de Mansa Musa. El emperador de Malí peregrinó con tal derroche que el oro se abarató en El Cairo durante años: África occidental era rica y central.
Capítulo 44 · Parte V
El océano Índico
Mucho antes de que los barcos portugueses doblaran África, el océano Índico era el mundo comercial marítimo más activo de la Tierra. Su motor era el monzón, una inversión estacional de los vientos. Más o menos de abril a septiembre, el monzón del suroeste sopla desde África y Arabia hacia la India; de noviembre a marzo, aproximadamente, el monzón del noreste sopla en sentido contrario. Un barco que aprovechara un viento a la ida y el otro a la vuelta podía completar el viaje en un año, con la regularidad de un horario.
Los marinos de las costas del océano usaban esos vientos desde hacía muchísimo tiempo, y los mercaderes griegos del Egipto romano aprendieron el truco en el siglo I a. C.; la tradición lo atribuye a un navegante llamado Hípalo. El Periplo del mar Eritreo, un manual para comerciantes del siglo I d. C., enumera los puertos desde el mar Rojo hasta el Ganges y lo que convenía comprar y vender en cada uno. Hacia el siglo IX, barcos árabes y persas navegaban hasta China: el pecio de Belitung, un barco de tipo árabe hallado frente a Indonesia, se hundió hacia 830 con unos 60.000 objetos a bordo, en su mayoría cerámica china.
La red funcionaba como un relevo de mares encadenados. Las ciudades-estado suajilis de la costa de África oriental, entre ellas Kilwa, Mombasa y Mogadiscio, exportaban oro de la meseta de Zimbabue a través de Sofala, junto con marfil y madera. Adén y Ormuz atendían el extremo árabe; Cambay, en Guyarat, vendía tejidos de algodón por todo el océano; Calicut, en la costa de Malabar, era la capital de la pimienta; Malaca, fundada hacia 1400, controlaba el estrecho que da al mar de la China Meridional, y Quanzhou, en China, a la que Marco Polo e Ibn Battuta llamaron Zaitún, era uno de los mayores puertos del mundo. Muchos barcos eran dhows, cuyas tablas se cosían con cuerda de fibra de coco en lugar de clavarse.
El islam se difundió por estas rutas con los mercaderes y no con los ejércitos, y llegó a la costa suajili, las Maldivas y partes de Sumatra y Java. Entre 1405 y 1433, el almirante Ming Zheng He, un eunuco musulmán de Yunnan, dirigió siete flotas estatales a través del océano, la primera con casi 28.000 hombres según las fuentes, hasta Ormuz, Adén y Malindi. Después, la corte Ming puso fin a los viajes, y fueron mercaderes privados chinos y asiáticos quienes continuaron el comercio.
Cuando Vasco da Gama llegó a Calicut en 1498, lo hizo como un recién llegado tardío, pequeño y más bien pobre. Su flota había necesitado un piloto local de Malindi para cruzar el océano; una historia popular lo identifica con el célebre navegante Ibn Mayid, pero los historiadores lo dudan. Los regalos que Da Gama ofreció al soberano de Calicut fueron objeto de burla por su escaso valor. Lo que traían los portugueses no eran mejores mercancías, sino cañones más pesados y un plan para dominar el mar por la fuerza.
¿Sabías que…? En 1414 llegó a la corte Ming una jirafa de África oriental, traída por enviados de Bengala; los funcionarios chinos la recibieron como un qilin, una bestia mítica de buen augurio.
Europa no descubrió el océano Índico. Se coló en la fiesta.
Fig. 44 · El océano Índico. Los monzones impulsaban un mundo comercial que unía África oriental, Arabia, la India y China mucho antes de que llegaran los barcos europeos.
Capítulo 45 · Parte V
La peste negra
En la década de 1340, una bacteria, Yersinia pestis, salió de Asia Central por las rutas comerciales que los mongoles habían llenado de tráfico. El ADN antiguo de unas tumbas cercanas al lago Issyk-Kul, en el actual Kirguistán, fechadas en 1338-1339, ha permitido identificar una cepa que probablemente desencadenó la pandemia. En 1346 había llegado al mar Negro, donde un ejército de la Horda de Oro que asediaba el puerto genovés de Caffa, en Crimea, fue golpeado por la peste. La historia de que los sitiadores lanzaron con catapultas cadáveres infectados por encima de las murallas procede de un único autor italiano, Gabriele de' Mussi, y puede ser exagerada. En cualquier caso, las galeras genovesas llevaron la enfermedad a Mesina, en Sicilia, en octubre de 1347.
Desde allí avanzó a toda velocidad por rutas marítimas y caminos. Alejandría y El Cairo fueron golpeadas en 1347-1348; Florencia, París y el sur de Inglaterra, en 1348; Noruega y Escocia, en 1349; Moscú, hacia 1352. Se propagaba sobre todo a través de pulgas transportadas por ratas y quizá por personas. En su forma bubónica hinchaba los ganglios linfáticos, los llamados bubones; en su forma neumónica pasaba de persona a persona por el aire y era casi siempre mortal. Los médicos culpaban al aire corrompido y a la conjunción de los planetas.
La mortandad fue abrumadora. Las estimaciones para Europa van de alrededor de un tercio a más de la mitad de la población, quizá entre 25 y 50 millones de personas, entre 1347 y 1351; Egipto y Siria sufrieron en una escala similar. Aldeas enteras quedaron abandonadas. El miedo buscó chivos expiatorios. Se acusó a las comunidades judías de envenenar los pozos y fueron masacradas en decenas de ciudades, entre ellas Estrasburgo en febrero de 1349, pese a las bulas del papa Clemente VI que recordaban que los judíos también morían de peste.
Luego llegó la sacudida económica. Con tierra abundante y mano de obra escasa, los supervivientes podían exigir más. En Inglaterra, la Corona intentó congelar los salarios con la Ordenanza de los Trabajadores de 1349 y el Estatuto de los Trabajadores de 1351, sin mucho éxito duradero. Campesinos y trabajadores se rebelaron: la Jacquerie en Francia en 1358, los ciompi, cardadores de lana de Florencia, en 1378, y la revuelta campesina inglesa de 1381. A lo largo del siglo siguiente, la servidumbre se desvaneció en gran parte de Europa occidental, los salarios subieron y la dieta mejoró. En Europa oriental, en cambio, los señores apretaron después su control sobre el campesinado, prueba de que la catástrofe no sigue un único guion.
La peste no se fue. Regresó cada década, más o menos, durante más de tres siglos, y aún llegó a Londres en 1665 y a Marsella en 1720. Algunos historiadores relacionan la escasez de mano de obra con cambios posteriores, desde nuevas tecnologías hasta las empresas atlánticas, aunque estas largas cadenas causales siguen debatiéndose.
¿Sabías que…? La primera ley de cuarentena conocida la aprobó el puerto de Ragusa, hoy Dubrovnik, en 1377: quien llegaba de zonas con peste debía esperar 30 días. Las esperas posteriores de 40 días dieron nombre a la cuarentena, en italiano quarantena, de quaranta.
La peste negra mató a millones y volvió caros a los supervivientes.
Fig. 45 · La peste negra. La peste viajó por las rutas comerciales desde Asia Central, mató quizá a un tercio o más de Europa y resquebrajó el orden feudal.
Capítulo 46 · Parte V
Cahokia y los mayas
Hacia el año 1100, un viajero que recorriera el Misisipi cerca de la actual San Luis habría visto un montículo de tierra que se alzaba unos 30 metros sobre la llanura aluvial, coronado por un gran edificio de madera. Era el Monks Mound, el centro de Cahokia, la mayor ciudad de Norteamérica al norte de México antes de la era moderna. En su apogeo, entre 1050 y 1150 aproximadamente, Cahokia y sus alrededores albergaban quizá entre 10.000 y 20.000 personas, aunque las estimaciones varían.
Cahokia era el corazón de la cultura misisipiana, y se sustentaba en el maíz. Sus habitantes levantaron más de un centenar de montículos de tierra, nivelaron una enorme plaza central y erigieron círculos de postes de madera, apodados «Woodhenge» por los arqueólogos, que al parecer señalaban la salida del sol en los solsticios y equinoccios. Un túmulo funerario conocido como Montículo 72 albergaba a un hombre de la élite tendido sobre una plataforma de miles de cuentas de concha, junto a los restos de decenas de personas sacrificadas. Hacia 1350 la ciudad estaba casi vacía, por razones aún debatidas: inundaciones, sequía, deforestación, conflictos políticos o todo a la vez.
Mucho más al sur, los mayas llevaban más de mil años construyendo ciudades. En el periodo Clásico, aproximadamente entre 250 y 900 d. C., decenas de reinos rivales como Tikal, Calakmul, Palenque y Copán poblaban las selvas de las tierras bajas de las actuales Guatemala, México, Belice y Honduras. El Templo IV de Tikal, terminado hacia 741, se eleva unos 65 metros. Los escribas mayas usaban una escritura completa de varios cientos de signos, registraban las hazañas de sus reyes en estelas de piedra y medían el tiempo con la Cuenta Larga, un calendario que usaba un signo para el cero, concepto al que los mesoamericanos llegaron por su cuenta. Sus astrónomos seguían los ciclos de Venus con notable precisión, como muestra el Códice de Dresde.
En el siglo IX, muchas ciudades del sur fueron abandonadas, en lo que se conoce como el colapso maya clásico, causado probablemente por la sequía, la guerra y el agotamiento de las tierras de cultivo. Pero los mayas no desaparecieron. Ciudades del norte como Chichén Itzá florecieron después, el último reino maya independiente resistió a España hasta 1697, y hoy viven en la región millones de mayas, muchos de los cuales siguen hablando lenguas mayas.
Nada de esto fue prestado. Salvo un breve desembarco nórdico en Terranova hacia el año 1000, América no tuvo contacto con Afroeurasia. Aun así, sus pueblos domesticaron el maíz a partir de una gramínea silvestre llamada teosinte hace unos 9000 años, y llegaron a construir ciudades, calendarios, sistemas de escritura y pirámides monumentales propios. Se alzaron pirámides a ambos lados del Atlántico por una razón más sencilla que los continentes perdidos o los visitantes antiguos: un montón que se estrecha hacia arriba es la forma más estable de construir en altura con tierra y piedra.
¿Sabías que…? La base del Monks Mound, de unos 291 por 236 metros, ocupa más terreno que la Gran Pirámide de Guiza.
La civilización se inventó más de una vez.
Fig. 46 · Cahokia y los mayas. Cahokia y los mayas crearon ciudades, calendarios y pirámides sin contacto con el Viejo Mundo: la civilización surgió más de una vez.
Capítulo 47 · Parte V
Papel y pólvora
En 1620, el filósofo inglés Francis Bacon citó tres inventos que habían «cambiado la faz y el estado de las cosas en todo el mundo»: la imprenta, la pólvora y el imán, con lo que se refería a la brújula. No sabía de dónde procedían. Los tres, junto con el papel del que dependía la imprenta, se desarrollaron primero en China y llegaron lentamente a Europa a través de Asia Central y del mundo islámico.
Primero llegó el papel. Las crónicas chinas atribuyen al funcionario de la corte Cai Lun la presentación al emperador, en 105 d. C., de un papel mejorado, hecho con corteza, cáñamo, trapos y viejas redes de pesca, aunque los arqueólogos han hallado papel más antiguo. La fabricación de papel llegó a Samarcanda hacia el siglo VIII. Una historia popular cuenta que la enseñaron allí prisioneros chinos capturados en la batalla de Talas, en 751, pero probablemente sea una leyenda posterior. Bagdad tenía molinos papeleros hacia el año 800, y la burocracia, los sabios y los libreros abasíes funcionaban gracias a ellos. La España musulmana fabricaba papel en Xàtiva en el siglo XII, e Italia, en Fabriano, en la década de 1270.
Después vino la imprenta. Los impresores chinos tallaban páginas enteras en bloques de madera; el Sutra del diamante, hallado en Dunhuang y fechado en 868, es el libro impreso fechado más antiguo que se conserva. En la década de 1040, un artesano llamado Bi Sheng creó tipos móviles de arcilla cocida, y en 1377 unos monjes coreanos imprimieron el Jikji, el libro más antiguo conservado impreso con tipos móviles de metal. No se sabe si Johannes Gutenberg, que imprimía en Maguncia hacia 1450, conocía los métodos asiáticos. No hay pruebas de ello, y su prensa, su tinta al aceite y su molde para fundir tipos fueron creaciones propias.
La brújula empezó como una curiosidad, una cuchara o aguja imantada que se usaba en la adivinación y la geomancia. Hacia 1117, un autor chino ya cuenta que los marinos la usaban para orientarse con el cielo nublado, y en Europa el sabio inglés Alexander Neckam describió una hacia 1190. La pólvora la descubrieron alquimistas chinos que buscaban elixires de la vida; el manual militar Wujing Zongyao, de 1044, recoge las fórmulas más antiguas conocidas. Siguieron lanzas de fuego, bombas y primitivas armas de fuego, y las guerras mongolas ayudaron a difundir esa tecnología hacia el oeste. Roger Bacon anotó una receta en Inglaterra en 1267, y un cañón aparece en un manuscrito inglés de 1326.
La ironía es punzante. El papel y la imprenta alimentaron la Reforma y la revolución científica de Europa; la brújula guio sus barcos a través de los océanos, y la pólvora armó las flotas y los ejércitos que construyeron sus imperios y que acabaron llegando a la propia China. Los «Cuatro Grandes Inventos» son una etiqueta moderna, y China inventó mucho más que cuatro cosas, del disparador de la ballesta al timón de codaste, pero el patrón es evidente.
¿Sabías que…? El sabio chino Shen Kuo describió en 1088 la declinación magnética, la diferencia entre el norte magnético y el norte geográfico, unos cuatro siglos antes de que Colón la advirtiera al cruzar el Atlántico.
El Occidente moderno se construyó con herramientas prestadas.
Fig. 47 · Papel y pólvora. El papel, la imprenta, la brújula y la pólvora nacieron en China y llegaron lentamente a Europa por las rutas comerciales.
Capítulo 48 · Parte V
Las bibliotecas de Tombuctú
Según la tradición local, Tombuctú nació hacia 1100 como campamento estacional de pastores tuareg cerca del gran recodo del río Níger, donde el Sáhara se encuentra con el río. Su situación hizo su fortuna. Las caravanas de camellos del norte de África traían sal, telas, libros y caballos; las barcas del Níger traían del sur oro, grano, nueces de cola y personas esclavizadas. En el siglo XIV, cuando pasó a formar parte del Imperio de Malí, Tombuctú era uno de los grandes mercados de África occidental.
La riqueza compró saber. Tras el regreso de Mansa Musa de La Meca se construyó hacia 1327 la mezquita de Djinguereber, que junto con las de Sankoré y Sidi Yahya se convirtió en un centro de enseñanza. No hubo una única universidad en el sentido moderno, pese a la expresión popular «Universidad de Sankoré». Eran familias de sabios las que enseñaban a sus alumnos en mezquitas y casas, y concedían una licencia llamada iyaza a quien dominaba un texto. Bajo el Imperio songhai, que tomó la ciudad en 1468, y sobre todo con Askia Mohamed a partir de 1493, Tombuctú alcanzó su apogeo y atrajo a estudiantes de toda África occidental y de más allá.
Los libros eran la mercancía más preciada de la ciudad. El viajero León el Africano, que la visitó a comienzos del siglo XVI, escribió que los manuscritos traídos del norte de África dejaban más beneficio que cualquier otra mercancía. Las familias reunieron bibliotecas privadas de derecho malikí, teología, gramática, astronomía, matemáticas, medicina, poesía y comercio. La mayoría de los textos estaban en árabe, pero algunos se escribieron en lenguas africanas como el songhai y el fula con alfabeto árabe, una práctica llamada ajami. El sabio más célebre, Ahmad Baba (1556-1627), escribió decenas de obras y, según se cuenta, dijo que su propia biblioteca de 1600 volúmenes era una de las más pequeñas de su familia.
Las edades de oro terminan. En 1591, un ejército marroquí armado con armas de fuego cruzó el Sáhara y derrotó a los songhai en Tondibi; Ahmad Baba fue deportado encadenado a Marrakech. Las rutas comerciales se desplazaron hacia la costa atlántica, donde ahora recalaban los barcos europeos, y Tombuctú declinó poco a poco. Pero los manuscritos sobrevivieron, guardados en arcones familiares, a veces enterrados o tapiados, a lo largo de siglos de sequía, conquista y dominio colonial.
En 2012, grupos yihadistas armados ocuparon Tombuctú y destruyeron los mausoleos de los santos locales. Al retirarse en enero de 2013, prendieron fuego a manuscritos del Instituto Ahmed Baba y quemaron unos 4000. La mayor parte de las colecciones ya no estaba allí. Bibliotecarios dirigidos por Abdel Kader Haidara habían sacado discretamente unos 350.000 manuscritos hacia Bamako, embalados en baúles metálicos y trasladados por carretera y por río. Las estimaciones del total conservado en la región de Tombuctú se cuentan por cientos de miles, y muchos siguen catalogándose y digitalizándose.
¿Sabías que…? Muchos manuscritos de Tombuctú están escritos en papel fabricado en Italia: filigranas como las «tres lunas» de Venecia muestran hasta dónde llegaba el comercio medieval del libro.
El pasado de África quedó escrito. Lo que ocurre es que el mundo no lo estaba leyendo.
Fig. 48 · Las bibliotecas de Tombuctú. Sabios y familias de Tombuctú guardaron cientos de miles de manuscritos de derecho, ciencia y poesía: África tenía una honda cultura escrita.
Capítulo 49 · Parte V
Las ideas viajan con la carga
Cada caravana y cada barco llevaban una segunda carga, invisible. Los mercaderes viajaban con sus dioses, sus números, sus recetas y sus microbios, y pasaban meses en puertos extranjeros donde se casaban, rezaban, discutían e intercambiaban historias. Con los siglos, ese tráfico de ideas transformó el mundo más profundamente que la seda o la pimienta que lo financiaban.
Así viajaron las religiones. El budismo salió de la India con mercaderes y monjes por las Rutas de la Seda y llegó a China en el siglo I d. C.; en el siglo VII, el monje chino Xuanzang fue a pie a la India y regresó, un viaje de unos dieciséis años, con cientos de textos. El islam llegó a África occidental con los comerciantes transaharianos, y a las costas de África oriental, la India y el Sudeste Asiático con marinos y mercaderes, no con ejércitos. En el siglo XV, el soberano de Malaca se había convertido, y la fe se extendió por las islas que hoy forman Indonesia, el país con más musulmanes del mundo.
Lo mismo ocurrió con los números. El sistema decimal posicional con cero se desarrolló en la India, y el matemático Brahmagupta expuso en 628 las reglas para calcular con el cero. En Bagdad, hacia 825, al-Juarismi escribió un tratado sobre los numerales indios; su nombre, latinizado, nos dio la palabra algoritmo. Hijo de un mercader, Leonardo de Pisa, más tarde conocido como Fibonacci, aprendió esos numerales de niño en el puerto norteafricano de Bugía, la actual Bejaia, en Argelia, donde su padre trabajaba para los mercaderes pisanos. Su Liber Abaci, de 1202, los difundió en Europa sobre todo como herramienta para la contabilidad, el cambio de moneda y el comercio.
Cultivos y técnicas siguieron los mismos caminos. La caña de azúcar, el algodón, el arroz, los cítricos y la berenjena se extendieron hacia el oeste por el mundo islámico hasta el Mediterráneo, junto con métodos de regadío y el papel. El azúcar, en particular, impulsaría más tarde las economías de plantación del Atlántico, con terribles consecuencias humanas.
También viajaban las enfermedades. La plaga de Justiniano, que golpeó Constantinopla en 541, parece que llegó en barcos cerealeros procedentes de Egipto; la peste negra de la década de 1340 viajó en las caravanas de la era mongola y en las galeras genovesas. La viruela y el sarampión circulaban desde hacía siglos entre Asia, África y Europa, lo que dio a las poblaciones del Viejo Mundo cierta inmunidad, heredada y adquirida, de la que los pueblos de América carecerían trágicamente.
El patrón es un ciclo. El comercio mueve mercancías; las mercancías transportan personas e ideas; las ideas nuevas cambian la forma de cultivar, contar, rezar y combatir, y esos cambios crean nueva demanda y nuevo comercio. Las sociedades aisladas, en cambio, han tenido que inventarlo casi todo por sí mismas, un camino más lento.
¿Sabías que…? La palabra «cero» procede del árabe sifr, «vacío», traducción del sánscrito shunya; la misma palabra árabe dio también «cifra».
La conexión ha sido siempre el acelerador de la historia, para bien y para mal.
Fig. 49 · Las ideas viajan con la carga. El comercio nunca movió solo mercancías: credos, números, cultivos, técnicas y epidemias recorrieron los mismos caminos.
Capítulo 50 · Parte V
El Viejo Mundo conectado
Un mapa del mundo en 1400, trazado por un observador honesto, no habría puesto a Europa en el centro. El centro del cuadro pertenecía a un cinturón de grandes ciudades: Hangzhou y Quanzhou en China, Delhi y Calicut en la India, Tabriz, Damasco y El Cairo en el corazón del mundo islámico. Venecia, Génova y Brujas se situaban en el extremo occidental de una red cuyos hilos más ricos se extendían muy al este.
La socióloga Janet Abu-Lughod sostuvo en Before European Hegemony (1989) que entre 1250 y 1350, aproximadamente, Afroeurasia formaba ya un único sistema mundial de ocho circuitos comerciales entrelazados. Iban desde las ferias de Champaña y el Mediterráneo, pasando por Oriente Próximo, el mar Arábigo, el golfo de Bengala y el mar de la China Meridional, hasta la estepa bajo dominio mongol y China. Ninguna potencia dirigía el sistema. Las mercancías pasaban de un circuito a otro, de mano en mano en centros como El Cairo, Ormuz, Calicut y Malaca, tal como los capítulos anteriores han seguido a la seda, el oro y la pimienta.
Dos motores impulsaban la red. China, bajo los Song y después bajo los Yuan y los Ming, era según la mayoría de las estimaciones modernas la mayor economía del mundo, con la población más numerosa, papel moneda, una enorme industria del hierro y una porcelana apreciada de Kilwa a El Cairo. El mundo islámico, que se extendía de Marruecos a las islas del Sudeste Asiático, aportaba buena parte del tejido conectivo: una lengua común para el saber y el derecho, sociedades mercantiles, crédito y ciudades donde un mercader de Fez podía encontrar una mezquita, un juez y un contrato conocido.
Ninguna vida muestra mejor esa escala que la de Ibn Battuta, un jurista de Tánger. Entre 1325 y 1354 recorrió, según el cálculo habitual, unos 117.000 kilómetros por el norte de África, Arabia, Persia, las tierras de la Horda de Oro, la India, las Maldivas, el Sudeste Asiático, China (aunque algunos estudiosos dudan de partes de ese relato) y, por último, Malí. Casi en todas partes encontró correligionarios que le dieron hospitalidad, y más de una vez un empleo como juez.
La red tenía puntos débiles. La peste negra la desgarró en la década de 1340; la dinastía Yuan cayó en 1368; las campañas de Tamerlán devastaron Asia Central y el norte de la India hacia 1400. Aun así, se recuperó. La nueva dinastía Ming envió las flotas de Zheng He a través del océano Índico a partir de 1405, y las galeras venecianas seguían cargando especias en Alejandría y Beirut. Cuando, más tarde, los europeos navegaron hacia el sur bordeando África y hacia el oeste cruzando el Atlántico, intentaban llegar directamente a la riqueza de Asia, no huir de un mundo atrasado.
¿Sabías que…? El papel moneda circuló por China durante siglos antes de que Europa lo usara: Marco Polo se maravillaba de que las cecas del gran kan convirtieran corteza de morera en un dinero que todos aceptaban.
En 1400 el mundo ya era global. Europa solo estaba en la periferia.
Fig. 50 · El Viejo Mundo conectado. Hacia 1400 Afroeurasia era una sola red de circuitos comerciales con China y el mundo islámico en el centro y Europa en la periferia.
Parte VI
Renacimiento y Reforma
La imprenta, los mecenas y la protesta rehacen Europa, mientras la China Ming se repliega.
Capítulo 51 · Parte VI
El giro renacentista
Hacia 1400, Florencia era una ciudad de banqueros y mercaderes de lana, unas 60.000 personas que vivían tras las murallas a orillas del Arno. En el norte y el centro de Italia, ciudades-Estado como Florencia, Venecia, Milán y Génova se habían enriquecido con el paño, con el comercio con el Mediterráneo oriental y prestando dinero a reyes y papas. Tenían dinero que gastar, rivales a los que eclipsar y las ruinas de Roma a la puerta de casa. El resultado fue el Renacimiento, un renacer del arte y el saber clásicos que puso al ser humano, y no solo a Dios, en el centro del cuadro.
El renacer empezó por los libros. El poeta Petrarca (1304–1374) rastreó las bibliotecas de los monasterios en busca de textos latinos perdidos y en 1345 halló en Verona una colección de cartas de Cicerón. Llamó a los siglos transcurridos desde la caída de Roma una época de tinieblas, una etiqueta que duró mucho más de lo que merecía. Desde 1397 el sabio bizantino Manuel Crisoloras enseñó griego en Florencia, y los manuscritos griegos fluyeron hacia el oeste, traídos por los delegados al Concilio de Florencia en 1439 y por los refugiados tras la toma de Constantinopla por los otomanos en 1453. Muchos de esos textos se habían copiado y estudiado durante siglos en Bizancio y en el mundo islámico, de modo que el «redescubrimiento» fue en parte un regreso a casa.
Los artistas hicieron visible el nuevo espíritu. Filippo Brunelleschi demostró las reglas de la perspectiva lineal hacia 1415 y, entre 1420 y 1436, levantó la gran cúpula de la catedral de Florencia, que sigue siendo la mayor cúpula de ladrillo jamás construida. Masaccio pintó figuras con peso y sombra; Donatello fundió un David de bronce, considerado a menudo el primer desnudo exento desde la Antigüedad. Leon Battista Alberti expuso la teoría en De la pintura en 1435. El cuadro se convirtió en una ventana abierta a un mundo medido, a escala humana.
¿Por qué mirar atrás se sintió como un comienzo? En parte, porque daba a los ambiciosos un modelo con el que competir que no fijaba la Iglesia. En parte, porque la peste negra, que desde 1347 mató quizá entre un tercio y la mitad de la población de Europa, había sacudido las viejas certezas y concentrado la riqueza en menos manos. Y en parte, porque unas ciudades italianas autónomas y pendencieras necesitaban ciudadanos capaces de discutir, escribir y persuadir. Los modelos clásicos ofrecían las tres cosas.
¿Sabías que…? La palabra «Renacimiento» en su sentido moderno la popularizaron en el siglo XIX Jules Michelet y Jacob Burckhardt; en 1550 Giorgio Vasari ya había hablado de una rinascita, un renacer, de las artes.
El Renacimiento nunca fue un acontecimiento único, ni solo italiano. Pintores flamencos como Jan van Eyck lograban sus propios avances con la pintura al óleo en la década de 1430, y el movimiento cruzó pronto los Alpes hacia Francia, Alemania e Inglaterra. Se fundió con la imprenta y alimentó directamente la convulsión religiosa del siglo siguiente. Los mecenas lo pagaron, los eruditos lo defendieron y los pintores lo hicieron visible. El pasado, copiado con esmero, se convirtió en una herramienta para cambiar el presente.
Fig. 51 · El giro renacentista. En las ricas ciudades-Estado italianas, el dinero del comercio pagó un renacer del arte y el saber clásicos que puso al ser humano en el centro.
Capítulo 52 · Parte VI
La imprenta de Gutenberg
Antes de la década de 1450, todos los libros de Europa se copiaban a mano. Un escriba experto podía dedicar meses a una sola Biblia, y cada copia introducía errores nuevos. Los libros valían tanto que se encadenaban a los pupitres de las bibliotecas. Hacia 1450, en Maguncia, ciudad renana, un orfebre llamado Johannes Gutenberg cambió la aritmética del saber.
Gutenberg no inventó la impresión, ni siquiera los tipos móviles. La xilografía tenía siglos de antigüedad en Asia oriental; en la década de 1040 el artesano chino Bi Sheng hizo tipos móviles de arcilla cocida, y más tarde los impresores coreanos fundieron tipos de metal. El Jikji, un texto budista impreso en Corea en 1377, es el libro más antiguo conservado hecho con tipos móviles metálicos. Pero la escritura china necesita miles de caracteres, lo que hacía de los tipos móviles un mal negocio, mientras que el latín solo requería unas pocas decenas de letras, más signos de puntuación y abreviaturas.
Lo que Gutenberg creó fue un sistema. Un molde manual permitía fundir letras idénticas, los tipos, con una aleación de plomo, estaño y antimonio. Los cajistas componían los tipos en líneas, los ajustaban en páginas y los entintaban con una tinta oleosa que se adhería al metal. Una prensa de tornillo, adaptada de las que se usaban para el vino y el papel, presionaba cada pliego de manera uniforme. Después se deshacía la composición y los tipos se reutilizaban. Hacia 1455 el taller terminó su gran Biblia latina: unos 180 ejemplares, algunos en vitela y la mayoría en papel. Hoy se conocen unos 49, algunos incompletos.
El negocio fue menos triunfal. Gutenberg se había endeudado mucho con el financiero Johann Fust, que lo demandó en 1455 y se quedó con buena parte del equipo; Fust y el antiguo ayudante de Gutenberg, Peter Schöffer, siguieron imprimiendo con gran éxito. La técnica, en cambio, no podía contenerse. Impresores formados en Maguncia la llevaron Rin abajo y al otro lado de los Alpes, y hacia 1500 había habido prensas en unas 250 ciudades europeas, con Venecia como capital del oficio. Allí Aldo Manucio impulsó después ediciones pequeñas y manejables de los clásicos en letra cursiva. Las estimaciones de los libros impresos en Europa antes de 1501 oscilan entre unos 8 y 20 millones de ejemplares, más de lo que los copistas del continente habían producido en siglos.
¿Sabías que…? Los libros impresos en Europa antes de 1501 se llaman incunables, del latín que designa los pañales, porque proceden de la cuna de la imprenta.
La imprenta fijó los textos, de modo que eruditos de París y Cracovia podían citar la misma página de la misma edición. Hizo permanentes los errores, pero también las correcciones. Creó el primer mercado de masas para las ideas y convirtió autores, ediciones y portadas en algo cotidiano. En setenta años llevaría la protesta de un fraile alemán a todo un continente. Una máquina de copiar resultó ser una máquina de cambio.
Fig. 52 · La imprenta de Gutenberg. Los tipos móviles de metal abarataron y aceleraron la copia de libros: un texto que costaba meses a un escriba se imprimía por centenares.
Capítulo 53 · Parte VI
La mente de Leonardo
Leonardo da Vinci nació en 1452 cerca de Vinci, una población toscana, hijo ilegítimo de un notario. Ese azar de nacimiento le cerró la universidad y las profesiones doctas; nunca dominó bien el latín y se llamaba a sí mismo «hombre sin letras». En cambio, se formó en el taller florentino de Andrea del Verrocchio, donde los aprendices molían pigmentos, fundían bronce y aprendían geometría a la vez que dibujo. Fue el taller, y no el aula, lo que forjó la mente más famosa de la época.
Hacia 1482 se trasladó a Milán y ofreció sus servicios al duque Ludovico Sforza en una carta que enumeraba puentes, máquinas de asedio y cañones antes de mencionar, casi al final, que también sabía pintar. En Milán diseñó un colosal caballo de bronce que nunca se fundió, organizó fiestas cortesanas y pintó La última cena (c. 1495–1498) en el muro de un refectorio, con una técnica experimental que empezó a descascarillarse en vida del autor. Más tarde sirvió a César Borgia como ingeniero militar, volvió a Florencia, empezó la Mona Lisa hacia 1503 y desde 1513 pasó tres años en Roma, eclipsado por estrellas más jóvenes como Miguel Ángel y Rafael. Murió en 1519 en Amboise, como huésped del rey de Francia, Francisco I.
La verdadera obra estaba en los cuadernos. Se conservan más de 7.000 páginas, en buena parte escritas de derecha a izquierda en escritura especular y repletas de dibujos: el agua que se arremolina ante un obstáculo, la ramificación de los árboles, el vuelo de las aves, engranajes, bombas, fortificaciones y máquinas voladoras. Diseccionó cadáveres humanos, más de treinta según su propio relato, y dibujó el corazón, el cráneo y un feto en el útero con una precisión que la ilustración anatómica tardaría generaciones en igualar. Su idea rectora era el saper vedere, saber ver.
¿Sabías que…? Bill Gates compró en 1994 el Códice Leicester, el cuaderno de Leonardo sobre el agua, las rocas y los fósiles, por unos 30,8 millones de dólares.
Es fácil exagerar su figura. La mayoría de sus máquinas nunca se construyeron, muchas no habrían funcionado, y sus hallazgos quedaron en papeles privados en lugar de moldear directamente la ciencia; gran parte de su anatomía no se publicó hasta siglos después. Un paracaídas construido según su diseño solo se probó con éxito en 2000. Se le atribuyen con consenso menos de veinte pinturas conservadas, y abandonaba los encargos lo bastante a menudo como para exasperar a sus mecenas.
Aun así, representa algo real. Los talleres renacentistas trataban el arte como una forma de conocimiento, y Leonardo llevó esa idea más lejos que nadie: para pintar una sonrisa, estudiar los músculos de la cara; para dibujar un río, entender la turbulencia. Su vida muestra también los límites de la época, porque el saber encerrado en un cuaderno cambia poco. La imprenta, que ya se extendía por Italia, estaba resolviendo ese problema. La curiosidad era su método, y todo el mundo visible, su programa de estudios.
Fig. 53 · La mente de Leonardo. Leonardo da Vinci fundió arte, anatomía e ingeniería en cuadernos inquietos y encarnó la fe de su época en una sola mente curiosa.
Capítulo 54 · Parte VI
La Reforma divide
El 31 de octubre de 1517 Martín Lutero, fraile y profesor de la pequeña universidad de Wittenberg, en Sajonia, dio a conocer sus Noventa y cinco tesis contra la venta de indulgencias, perdones papales que supuestamente acortaban el tiempo en el purgatorio. En Alemania, el dominico Johann Tetzel las predicaba para recaudar dinero, en parte para reconstruir la basílica de San Pedro de Roma. No es seguro que las clavara de verdad en la puerta de una iglesia; la historia aparece por primera vez después de su muerte. Lo que sí es seguro es que los impresores las hicieron circular en cuestión de semanas, y poco después en alemán.
La protesta se convirtió en una teología. La salvación, sostenía Lutero, llegaba por la gracia de Dios solo mediante la fe, y solo la Escritura era la autoridad última, por encima de papas y concilios. Excomulgado en 1521, se negó a retractarse ante el emperador Carlos V en la Dieta de Worms y luego, escondido en el castillo de Wartburg, tradujo el Nuevo Testamento a un alemán vigoroso. Los príncipes que lo protegían obtuvieron una teología que justificaba apropiarse de tierras eclesiásticas y desafiar a Roma.
El movimiento no se mantuvo unido. En Zúrich, Ulrico Zuinglio llevó la reforma más lejos; en Ginebra, a partir de 1541, Juan Calvino construyó una Iglesia disciplinada cuyo modelo reformado se extendió a los Países Bajos, Escocia, Hungría y Francia. Los anabaptistas radicales rechazaban el bautismo de los niños y fueron perseguidos por católicos y protestantes por igual. En Inglaterra, Enrique VIII rompió con Roma en 1534 por razones que tenían más que ver con el matrimonio y el dinero que con la doctrina. Roma respondió con una reforma propia: la Compañía de Jesús, aprobada en 1540, y el Concilio de Trento (1545–1563) afinaron la doctrina y la disciplina católicas.
Después llegaron las guerras. La guerra de los campesinos alemanes de 1524–1525, inspirada en parte por predicadores reformistas, fue aplastada con decenas de miles de muertos. La Paz de Augsburgo de 1555 permitió a cada príncipe alemán elegir el luteranismo o el catolicismo para sus tierras. Francia padeció décadas de guerras de religión, incluida la matanza de San Bartolomé de 1572. La guerra de los Treinta Años (1618–1648) devastó Europa central, con estimaciones de muertos que van de unos 4,5 a 8 millones. La Paz de Westfalia de 1648 aceptó por fin que la cristiandad occidental seguiría dividida.
¿Sabías que…? La palabra «protestante» procede de la Protestación formal que presentaron príncipes y ciudades luteranos en la Dieta de Espira de 1529.
La Reforma transformó mucho más que las iglesias. Llevó la Biblia a las lenguas vernáculas, animó a los creyentes corrientes a leer, ató la identidad religiosa al Estado y, tras una larga y amarga experiencia, empujó a algunos pensadores hacia la tolerancia. Sus líderes no eran amigos del pluralismo; la Ginebra de Calvino quemó al disidente Miguel Servet en 1553. España, Italia, Polonia e Irlanda siguieron firmemente católicas, y la ortodoxia oriental, lejos de Wittenberg, quedó casi intacta. La Iglesia única del Occidente latino había desaparecido para siempre.
Fig. 54 · La Reforma divide. La protesta de Lutero en 1517, amplificada por la imprenta, dividió la cristiandad occidental y abrió más de un siglo de guerras de religión.
Capítulo 55 · Parte VI
Los viajes de los Ming
En 1405 zarpó de la desembocadura del Yangtsé una flota mayor que cualquiera que Europa fuera a enviar al mar en un siglo. Según los propios registros de la dinastía Ming, sumaba más de 300 barcos y unos 27.000 hombres. Su comandante era Zheng He, un musulmán de Yunnan que había sido capturado de niño, castrado y elevado al poder en la casa del príncipe que se convertiría en el emperador Yongle.
Entre 1405 y 1433 Zheng He dirigió siete viajes. Las flotas navegaron por Champa y Java hasta Malaca, que se convirtió en un depósito fortificado, y luego cruzaron el golfo de Bengala hasta Sri Lanka y Calicut, en la costa india de la pimienta. Expediciones posteriores llegaron a Ormuz, a la entrada del golfo Pérsico, a Adén y a la costa suajili de África oriental, en Mogadiscio y Malindi, mientras destacamentos menores llevaban enviados hacia La Meca. Los barcos volvían con embajadores, pimienta, gemas y animales exóticos, entre ellos una jirafa presentada en la corte en 1414 y aclamada como un qilin, una bestia de buen augurio. El intérprete musulmán Ma Huan, que navegó en tres de los viajes, dejó un vívido relato de los puertos visitados.
El propósito no era la conquista, ni el comercio con ánimo de lucro en el sentido europeo posterior. Los viajes exhibían el poder Ming, atraían a gobernantes lejanos al sistema tributario y reforzaban la legitimidad de un emperador que había arrebatado el trono a su sobrino. No fueron del todo pacíficos: Zheng He combatió a piratas cerca de Palembang y llevó a China a un rey cingalés capturado. Los mayores «barcos del tesoro» figuran en los registros con más de 120 metros de eslora, pero muchos historiadores dudan de que unos barcos de madera de ese tamaño fueran viables, y sus dimensiones reales siguen en discusión.
Luego las flotas se detuvieron. Yongle murió en 1424 y su sucesor suspendió los viajes. Una séptima expedición zarpó bajo el emperador Xuande en 1431–1433, y Zheng He probablemente murió durante ella o poco después. Las flotas eran ruinosamente caras, los funcionarios confucianos desconfiaban de los eunucos que las dirigían y el peligro más acuciante del imperio estaba en la estepa del norte, donde los mongoles oirates capturaron a un emperador en 1449. Las restricciones a la navegación privada, el haijin, regían desde el fundador de la dinastía, y los grandes astilleros decayeron.
¿Sabías que…? Los historiadores rechazan la tesis de que los barcos de Zheng He llegaron a América en 1421; no hay pruebas fiables de ello.
China no desapareció del mar. Los mercaderes chinos, a menudo desafiando las prohibiciones, siguieron comerciando por el Sudeste Asiático, y la demanda Ming de plata pronto atraería el tesoro de América. Pero el Estado se retiró. Cuando Vasco da Gama llegó a Calicut en 1498 con tres barcos, ninguna flota imperial le cerró el paso. En el mar, el poder es de quienes siguen volviendo.
Fig. 55 · Los viajes de los Ming. Décadas antes de Colón, el almirante Zheng He llevó enormes flotas Ming por el océano Índico; luego los gobernantes chinos se replegaron.
Capítulo 56 · Parte VI
La banca paga el arte
En 1397 Giovanni di Bicci de' Médici fundó un banco en Florencia. En una generación era la casa financiera más importante de Europa, con filiales en Roma, Venecia, Milán, Ginebra, Brujas, Londres y Aviñón, y el codiciado papel de banquero del papado, encargado de las rentas eclesiásticas recaudadas en toda la cristiandad latina. El emblema familiar de bolas rojas, las palle, se volvió una imagen habitual en los edificios que pagaba.
El genio del banco estaba en la organización y el papeleo. Cada filial era una sociedad independiente con un gerente local que participaba en los beneficios, de modo que la quiebra de una no tenía por qué hundir a las demás. El instrumento clave era la letra de cambio: un mercader pagaba florines en Florencia y su agente cobraba unos meses después una suma equivalente en otra moneda en Brujas o Londres. El margen incluido en los tipos de cambio era, en la práctica, un interés, que esquivaba hábilmente la prohibición eclesiástica de la usura. Las firmas italianas llevaban sus cuentas por partida doble, un método que el fraile Luca Pacioli describió en un libro impreso en 1494.
El dinero se convirtió en poder. Cosme, hijo de Giovanni (1389–1464), volvió del exilio en 1434 y dominó Florencia durante treinta años sin ocupar un trono formal, dirigiendo las elecciones a través de amigos, aliados y deudores. Volcó dinero en la construcción: la iglesia de San Lorenzo de Brunelleschi, el palacio familiar de Michelozzo, el convento de San Marcos con frescos de Fra Angelico y, allí mismo, una biblioteca abierta a los eruditos. El mecenazgo era piedad, propaganda y, según sospechaban muchos, una especie de penitencia por una fortuna hecha con intereses.
Su nieto Lorenzo el Magnífico (1449–1492) fue más poeta y diplomático que banquero. En su círculo estaban Botticelli, el filósofo Pico della Mirandola y el joven Miguel Ángel, que vivía en su casa. Pero el banco declinaba bajo gerentes débiles y malos préstamos, entre ellos grandes sumas prestadas al rey inglés Eduardo IV durante la guerra de las Dos Rosas y a los duques de Borgoña. En 1494 los Médici fueron expulsados de Florencia y el banco se hundió. El ardiente fraile Girolamo Savonarola dominó entonces la ciudad y presidió hogueras de las vanidades en las que se quemaron cuadros, libros y espejos.
¿Sabías que…? Los Médici dieron más tarde tres papas, León X, Clemente VII y León XI, y dos reinas de Francia, Catalina y María de Médici.
La familia regresó en 1512 y más tarde gobernó Toscana como grandes duques. Uno de sus papas, León X, presidió la campaña de indulgencias para la basílica de San Pedro que provocó a Martín Lutero. Otros copiaron el modelo: los Fugger de Augsburgo financiaron a los emperadores Habsburgo con minas de plata y cobre. No todo el arte renacentista lo pagaron banqueros; gremios, iglesias, concejos y príncipes encargaron buena parte. Pero los Médici muestran cómo funcionaba el sistema. Los beneficios ganados en Brujas y Londres acababan convertidos en frescos en Florencia.
Fig. 56 · La banca paga el arte. Los banqueros Médici de Florencia financiaron por igual a artistas, papas y guerras; las finanzas modernas y el Renacimiento crecieron juntos.
Capítulo 57 · Parte VI
Un cielo nuevo
Durante unos 1.400 años, las personas cultas de Bagdad a Oxford imaginaron el cosmos casi como lo había descrito el astrónomo alejandrino Ptolomeo hacia el 150 d. C. La Tierra estaba inmóvil en el centro, y la Luna, el Sol, los planetas y las estrellas giraban a su alrededor, con pequeños círculos adicionales llamados epiciclos para explicar por qué los planetas a veces parecen retroceder. El sistema era intrincado, pero predecía el cielo lo bastante bien para calendarios y astrología, y encajaba tanto con el sentido común como con la física de Aristóteles. Los astrónomos islámicos lo perfeccionaron durante siglos en observatorios como los de Maraga y Samarcanda.
Nicolás Copérnico (1473–1543), canónigo que trabajaba en Frombork, en la costa báltica de Polonia, propuso otra disposición. En Sobre las revoluciones de las esferas celestes, impreso en Núremberg en 1543, el año de su muerte, situó el Sol cerca del centro e hizo de la Tierra un planeta que gira cada día sobre su eje y da una vuelta al Sol cada año. Los bucles hacia atrás de Marte y Júpiter se volvieron una ilusión, el efecto de una Tierra más rápida que adelanta a planetas más lentos. La idea no era del todo nueva. Aristarco de Samos había propuesto un cosmos centrado en el Sol hacia el 270 a. C., y los astrónomos de Maraga, en Persia, y Ibn al-Shatir, en Damasco, habían ideado modelos geométricos que reaparecen, de forma llamativa, en la obra de Copérnico.
Copérnico había retenido su libro durante décadas; su joven discípulo Georg Joachim Rheticus lo convenció al fin de publicarlo. Al principio el nuevo sistema no era ni más sencillo ni más exacto. Copérnico mantuvo los círculos perfectos y seguía necesitando epiciclos. Un prefacio sin firma añadido por el teólogo luterano Andreas Osiander presentaba el libro como un mero recurso de cálculo, y durante décadas la mayoría de los astrónomos usaron sus tablas dejando a un lado su cosmología.
Las pruebas llegaron después. En Dinamarca, Tycho Brahe reunió las observaciones a simple vista más precisas jamás hechas. A partir de ellas, Johannes Kepler demostró en 1609 que los planetas se mueven en elipses, no en círculos. En 1610 Galileo anunció que su telescopio revelaba lunas que giraban alrededor de Júpiter, y pronto observó las fases de Venus, que encajaban mucho mejor en un esquema centrado en el Sol que en el de Ptolomeo. En 1616 la Iglesia suspendió el libro de Copérnico «hasta que se corrija»; en 1633 Galileo fue juzgado y condenado a arresto domiciliario por defenderlo. Los Principia de Isaac Newton, de 1687, explicaron por fin por qué los planetas se mueven como lo hacen.
¿Sabías que…? La idea popular de que los europeos medievales creían que la Tierra era plana es un mito; las personas cultas sabían desde la Antigüedad que era una esfera.
Copérnico sacó a la humanidad del centro físico del universo. Pensadores posteriores lo contarían como el primero de varios destronamientos semejantes. En pocas generaciones, un cosmos centrado en el Sol era un saber común entre los europeos cultos, y la astronomía respondía a la medición y no a la autoridad. El cielo no había cambiado; el lugar de la humanidad en él, sí.
Fig. 57 · Un cielo nuevo. Copérnico puso en el centro el Sol, no la Tierra: el primer gran golpe a la creencia de que todo gira a nuestro alrededor.
Capítulo 58 · Parte VI
La apuesta humanista
La palabra humanista empezó como la descripción de un oficio. En la Italia del siglo XV, un umanista era un profesor de los studia humanitatis: gramática, retórica, poesía, historia y filosofía moral, estudiadas a través del latín clásico y, cada vez más, del griego. El programa suena modesto. Su apuesta no lo era: que estudiar lo mejor de la escritura humana formaría personas más sabias, más libres y más capaces, aptas para gobernarse a sí mismas y a sus ciudades.
Los pioneros del movimiento solían ser funcionarios. Coluccio Salutati y Leonardo Bruni, cancilleres de Florencia, usaron el ideal ciceroniano del ciudadano activo para defender su república frente a los duques de Milán. Maestros como Vittorino da Feltre, cuya escuela de Mantua combinaba el latín con el ejercicio y los juegos, crearon un plan de estudios que modelaría los colegios de gramática europeos durante siglos. El lema humanista era ad fontes, a las fuentes: leer el texto original, no el comentario del comentario.
Ese hábito podía ser explosivo. Hacia 1440 Lorenzo Valla demostró que la Donación de Constantino, un documento en el que el emperador supuestamente cedía al papa la autoridad sobre el imperio de Occidente, era una falsificación: su latín pertenecía a siglos posteriores a Constantino. En 1486 el joven Giovanni Pico della Mirandola escribió un discurso titulado más tarde Discurso sobre la dignidad del hombre, en el que Dios dice a Adán que solo él carece de un lugar fijo en la creación y puede moldearse a sí mismo en lo que elija.
¿Sabías que…? Pico planeó para 1487 un debate público en Roma sobre 900 tesis; el papa Inocencio VIII lo suspendió y una comisión papal condenó 13 de ellas.
El humanismo no era antirreligioso. Al norte de los Alpes, Erasmo de Róterdam publicó en 1516 un Nuevo Testamento griego con una nueva traducción latina, con el fin de renovar el cristianismo mediante mejores textos; Lutero lo usó para su Biblia alemana. La Utopía de Tomás Moro, del mismo año, imaginaba una república racional para criticar la suya. Estos humanistas cristianos querían que fe, razón y dignidad humana trabajaran juntas, aunque la Reforma pronto pondría esa armonía al límite. El Elogio de la locura de Erasmo (1511) se burlaba con tanta dureza del clero corrupto que sus contemporáneos decían que Erasmo había puesto el huevo que Lutero empolló.
La apuesta tenía límites. La enseñanza humanista servía a una élite reducida y mayoritariamente masculina; unas pocas mujeres, como la erudita veneciana Cassandra Fedele, se hicieron famosas precisamente por ser excepciones. La misma época que ensalzaba la dignidad humana vio también la conquista de América y el crecimiento de la trata atlántica de esclavos. Tampoco el respeto por el valor humano se inventó en Florencia; las tradiciones confuciana, islámica y otras tenían desde hacía mucho sus propios debates al respecto. Pero el humanismo fijó en las escuelas de Europa la idea de que las personas debían educarse para pensar, hablar y juzgar por sí mismas. El aula se convirtió en un discreto motor de cambio.
Fig. 58 · La apuesta humanista. Los humanistas del Renacimiento apostaron a que la razón y la dignidad humanas valían por sí mismas, y transformaron escuelas, política e individuo.
Capítulo 59 · Parte VI
Las ideas se abaratan
Una herejía manuscrita podía contenerse: se buscaban las copias, se quemaban y, si hacía falta, se quemaba al autor. Así trató la Iglesia a Jan Hus de Praga, quemado en el Concilio de Constanza en 1415, y los libros del reformador inglés John Wycliffe. La imprenta cambió la aritmética. Cuando las copias se cuentan por miles y los impresores trabajan en decenas de ciudades, la represión se convierte en una persecución que las autoridades rara vez ganan.
La primera gran prueba fue Lutero. Desde 1517, folletos baratos en alemán, los Flugschriften, salieron a raudales de las prensas: unos pocos pliegos doblados en un cuadernillo, vendidos por unos céntimos. Lutero era el autor estrella. Según una estimación muy citada, sus escritos supusieron cerca de un tercio de todas las publicaciones en alemán vendidas entre 1518 y 1525. El taller de Lucas Cranach añadió grabados en madera que hacían el mensaje evidente incluso para quienes no sabían leer, y solo una minoría sabía. El Passional Christi und Antichristi de Cranach, de 1521, enfrentaba página a página escenas de la humildad de Cristo con la pompa del papa. Los folletos se leían en voz alta en casas, tabernas y plazas, de modo que un solo ejemplar podía llegar a decenas de oyentes.
Las autoridades contraatacaron con la misma maquinaria. La Iglesia publicó listas de libros prohibidos, que culminaron en el Índice de libros prohibidos papal de 1559. Los reyes concedían licencias a los impresores; en Inglaterra, la Stationers' Company recibió en 1557 una carta real que ayudó a la Corona a vigilar el oficio. El Nuevo Testamento inglés de William Tyndale, impreso en Worms en 1526, entró de contrabando en Inglaterra, fue quemado por los obispos y reimpreso en el extranjero; el propio Tyndale fue estrangulado y quemado cerca de Bruselas en 1536. Pocos años después, Enrique VIII autorizó una Biblia inglesa para cada iglesia parroquial.
La censura podía frenar las ideas, pero no detenerlas. Europa estaba fragmentada políticamente, y un libro prohibido en París podía imprimirse en Ginebra, Basilea o Amberes y volver cruzando una frontera. Los católicos también usaron la imprenta, para catecismos y polémicas, y ambos bandos aprendieron que un folleto barato podía levantar un ejército de opinión. En otros lugares la imprenta se difundió en otros términos: en el Imperio otomano, impresores judíos trabajaban en Estambul hacia 1500, pero una imprenta para libros en turco otomano no se estableció hasta la década de 1720, por razones que los historiadores aún debaten.
¿Sabías que…? El Índice de libros prohibidos de la Iglesia católica se revisó durante cuatro siglos y no se abolió formalmente hasta 1966.
El cambio más profundo estuvo en la economía de la disidencia. Cuando copiar es barato, el cuello de botella pasa de hacer copias a ganar lectores, y las ideas deben competir en un mercado. Ese mercado transportaría más tarde revistas científicas, periódicos y panfletos revolucionarios. Los gobernantes siguieron intentándolo durante siglos, con licencias, timbres y procesos. Las ideas baratas son difíciles de gobernar.
Fig. 59 · Las ideas se abaratan. Cuando la imprenta hizo casi gratuita la copia, ninguna autoridad pudo controlar del todo lo que se leía o pensaba; disentir costaba mucho menos.
Capítulo 60 · Parte VI
Occidente despierta
Hacia 1450, Europa no parecía una futura dueña del mundo. El sultán otomano Mehmed II tomó Constantinopla en 1453 con ayuda de cañones gigantes fundidos por un artesano húngaro. La China Ming era mayor, más poblada y al menos igual de productiva, y sus flotas acababan de navegar hasta África. Los sultanes mamelucos de Egipto controlaban la ruta de las especias por el mar Rojo, y en América los Estados inca y azteca se expandían con rapidez. Europa occidental ocupaba el borde atlántico de Eurasia, dividida en reinos y ciudades-Estado rivales. En África occidental, Songhay construía un imperio a lo largo del Níger, y el reino del Congo era un Estado poderoso de África central.
Sin embargo, en setenta años los europeos navegaban alrededor de África y a través del Atlántico. Los capitanes portugueses, alentados desde los tiempos de Enrique el Navegante, avanzaron costa africana abajo; Bartolomeu Dias dobló el cabo de Buena Esperanza en 1488 y Vasco da Gama llegó a Calicut en 1498. En 1492 Cristóbal Colón, navegando para Castilla, llegó al Caribe. En 1519 la flota de Fernando de Magallanes zarpó en lo que sería la primera vuelta al mundo, y Hernán Cortés desembarcó en México para iniciar la conquista del imperio azteca.
¿Por qué Europa, y por qué entonces? Los historiadores llevan generaciones discutiéndolo. Parte de la respuesta está en las fuerzas descritas en los capítulos anteriores. La imprenta difundió mapas, relatos de viajes y manuales técnicos a bajo coste. El humanismo valoraba la indagación y el debate. La banca a la italiana podía financiar empresas arriesgadas. Y la competencia entre Estados hacía que un proyecto rechazado en una capital pudiera venderse en otra: Portugal rechazó a Colón antes de que los Reyes Católicos lo respaldaran. La fragmentación política, una debilidad en la guerra, funcionó como un seguro para las ideas.
La geografía y la codicia pesaron tanto como la curiosidad. Los sistemas de vientos del Atlántico, las carabelas de altura y las armas de pólvora hicieron posibles los viajes; el ansia de especias, oro y conversos los hizo atractivos. El control otomano y mameluco del comercio oriental dio a los europeos un poderoso motivo para buscar otro camino. La China Ming, con su enorme mercado interior, tenía mucha menos necesidad de viajes lejanos y ya había decidido quedarse en casa.
¿Sabías que…? Colón nunca aceptó haber encontrado un nuevo continente; hasta el final de su vida sostuvo que sus tierras descubiertas estaban cerca de Asia.
El despertar no fue benigno. Traería conquistas, epidemias que mataron a gran parte de los pueblos de América y la trata atlántica de esclavos. Tampoco Europa se volvió de repente más rica que el resto: la brecha de riqueza decisiva, la Gran Divergencia, solo se abrió siglos después. Lo que había cambiado era el impulso. El borde del Viejo Mundo estaba a punto de convertirse en su centro de tormenta.
Fig. 60 · Occidente despierta. Renacimiento, Reforma e imprenta prepararon a Europa para preguntar, explorar y expandirse; el borde del Viejo Mundo se volvió su centro de tormenta.
Parte VII
Imperios e intercambio
Colón, la plata, la esclavitud y los imperios unen el mundo, 1492–1750.
Capítulo 61 · Parte VII
1492 lo cambia todo
En la madrugada del 12 de octubre de 1492, un vigía de la Pinta divisó bajo la luna una línea de costa pálida. Al amanecer, Cristóbal Colón, un navegante genovés al servicio de la Corona de Castilla, desembarcó en una pequeña isla de las Bahamas que sus habitantes taínos llamaban Guanahaní. La rebautizó como San Salvador, convencido de que pisaba el extremo de Asia. Se equivocaba por un océano y un continente.
El viaje nació de una carrera. Portugal avanzaba bordeando África hacia los mercados de especias de la India, y Bartolomeu Dias había doblado el cabo de Buena Esperanza en 1488. Colón ofrecía un atajo por el oeste. La creencia popular de que sus críticos temían que cayera por el borde de una Tierra plana es un mito: los europeos cultos sabían desde la Antigüedad que el mundo era redondo. La verdadera disputa era sobre su tamaño. Colón encogió el globo y situó Japón a unas 2.400 millas náuticas al oeste de las Canarias, cuando la distancia real es más de cuatro veces mayor. Los expertos de la corte que dudaban de él tenían razón. Solo la caída de Granada en enero de 1492 permitió a los Reyes Católicos arriesgarse.
Tres naves, la Niña, la Pinta y la Santa María, zarparon del puerto de Palos el 3 de agosto con unos 90 hombres. Tras reparar en las Canarias, el 6 de septiembre tomaron los vientos alisios del nordeste y cruzaron el océano en unas cinco semanas. La Santa María encalló frente a La Española el día de Navidad, y 39 hombres quedaron en un fuerte improvisado, La Navidad; ninguno seguía vivo cuando llegó la segunda expedición. Colón hizo cuatro viajes en total y murió en 1506, al parecer aún convencido de haber llegado a las Indias, y por eso las islas del Caribe se siguen llamando Indias Occidentales.
No fue el primer forastero en llegar. Groenlandeses nórdicos acamparon en L'Anse aux Meadows, en Terranova, hacia el año 1000 d. C., y navegantes polinesios probablemente tocaron Sudamérica y se llevaron la batata de vuelta a través del Pacífico. Pero aquellos contactos no tendieron ningún puente duradero. Desde que el puente terrestre de Beringia quedó sumergido al final de la última glaciación, los pueblos de América habían inventado por su cuenta la agricultura, las ciudades, la escritura y los imperios. Después de 1492, el vínculo ya nunca se rompió. En apenas dos años, el Tratado de Tordesillas (1494) repartió las tierras recién halladas entre España y Portugal mediante una línea trazada en un mapa, sin consultar a nadie que viviera allí.
¿Sabías que…? El nombre América apareció por primera vez en un mapamundi impreso por Martin Waldseemüller en 1507, en honor de Américo Vespucio, quien sostuvo que aquellas tierras eran un nuevo continente y no Asia.
Lo que vino después, el intercambio de cultivos, animales y microbios que narran los capítulos siguientes, no formaba parte de los planes de Colón. Sus intenciones fueron una nota a pie de página. Su desembarco reorganizó el planeta.
Fig. 61 · 1492 lo cambia todo. Colón navegó hacia el oeste en busca de Asia y halló un continente desconocido para Europa, uniendo dos mundos aislados desde la Edad de Hielo.
Capítulo 62 · Parte VII
El intercambio colombino
Antes de 1492 no había tomates en Italia, ni patatas en Irlanda, ni guindillas en la India o Corea, ni caballos, vacas o trigo en ningún lugar de América. En pocas generaciones todo eso cambió. El historiador Alfred W. Crosby le puso nombre al proceso en 1972: el intercambio colombino, el tráfico de doble sentido de plantas, animales, microbios y personas que siguió a Colón a través del Atlántico.
El tráfico empezó enseguida. El segundo viaje de Colón, en 1493, llevó a La Española caballos, vacas, cerdos, caña de azúcar y trigo. Los cerdos, sueltos para que criaran libremente en islas y bosques, se multiplicaron tan deprisa que las expediciones españolas posteriores podían vivir de las piaras asilvestradas. El ganado vacuno se extendió por los pastizales de México y la pampa argentina. Los caballos escaparon o se intercambiaron hacia el norte y, tras la rebelión de los indios pueblo de 1680, se difundieron rápidamente por las Grandes Llanuras. En el siglo XVIII, comanches y lakotas habían construido nuevas formas de vida a caballo en torno a un animal que sus bisabuelos nunca habían visto.
En sentido contrario viajaron los cultivos de los agricultores indígenas americanos, perfeccionados durante miles de años. El maíz se convirtió en alimento básico desde el sur de África hasta el norte de China. La patata, domesticada en los Andes y cultivada en España hacia 1570, rendía más calorías por hectárea que cualquier cereal europeo y ayudó a impulsar el crecimiento demográfico del norte de Europa; un estudio económico muy citado le atribuye en torno a una cuarta parte del aumento de población del Viejo Mundo entre 1700 y 1900. La yuca alimentó a buena parte de África central, la batata y el maíz hicieron crecer la población de la China Qing, y la guindilla conquistó cocinas desde Sichuan hasta Kerala. El cacao y el tabaco crearon nuevos hábitos europeos, y nuevas fortunas.
No todo viajó por elección. La caña de azúcar, llevada al oeste, se convirtió en el cultivo que exigió el régimen de trabajo más brutal de la época, y el complejo de plantaciones de Brasil y el Caribe arrastró a millones de africanos esclavizados a través del océano. Con ellos llegaron sus técnicas de cultivo del arroz, plantas como el quimbombó y el ñame, y también la malaria y la fiebre amarilla. La carga más mortífera era invisible: viruela, sarampión, gripe y tifus, enfermedades frente a las que los pueblos de América no tenían ninguna resistencia heredada. El capítulo siguiente narra esa catástrofe.
¿Sabías que…? La guindilla es originaria de América, así que antes del siglo XVI los cocineros de Tailandia, la India y Sichuan nunca la habían probado.
El intercambio fue desigual. Europa y Asia ganaron nuevos alimentos y tierras donde cultivarlos; América ganó ganado y trigo, pero perdió a la mayor parte de su población. La biología, tanto como la pólvora, decidió quién heredaría el Nuevo Mundo.
Basta mirar cualquier plato de comida hoy para ver que el intercambio sigue ahí.
Fig. 62 · El intercambio colombino. Cultivos, animales y enfermedades cruzaron el Atlántico: la patata alimentó a Europa, el caballo cambió las llanuras y los gérmenes asolaron América.
Capítulo 63 · Parte VII
La Gran Mortandad
Nadie contó a los habitantes de América en 1492, y las estimaciones varían enormemente, desde unos 8 millones hasta más de 100 millones. Muchos especialistas se inclinan hoy por algo así como 50 a 60 millones. Sea cual sea la cifra de partida, la forma de lo que siguió no ofrece dudas. En aproximadamente un siglo la población indígena cayó en torno a un 90 por ciento, hasta quizá 5 o 6 millones. Los historiadores lo llaman la Gran Mortandad, y sigue siendo el mayor desplome proporcional de una población de la historia escrita.
Los principales asesinos fueron infecciones del Viejo Mundo: la viruela, el sarampión, la gripe, el tifus y, más tarde, la malaria y la fiebre amarilla. Las poblaciones de Eurasia y África convivían desde hacía siglos con estas enfermedades, muchas contraídas de animales domésticos de los que América carecía casi por completo. Los supervivientes transmitían cierta resistencia y los niños se exponían a ellas desde pequeños. En América, todas las edades quedaron expuestas a la vez. Cuando aldeas enteras enfermaban al mismo tiempo, no quedaba nadie para traer agua, atender los campos o cuidar a los moribundos, y el hambre remataba lo que la fiebre había empezado.
La viruela llegó a La Española hacia 1518 y a México en 1520, con los refuerzos españoles, mientras Hernán Cortés combatía a los mexicas. Arrasó Tenochtitlan y mató al nuevo emperador Cuitláhuac tras solo unos meses en el trono; la ciudad, debilitada, cayó en agosto de 1521. La enfermedad se adelantó después a los españoles por las rutas comerciales. El soberano inca Huayna Cápac murió probablemente en una epidemia hacia 1527, antes de que ningún español pisara Perú, y la guerra civil que siguió entre sus hijos Huáscar y Atahualpa dejó el imperio dividido cuando Francisco Pizarro llegó en 1532. Nuevas oleadas de una enfermedad que los nahuas llamaban cocoliztli, en 1545 y 1576, mataron a millones más en el centro de México.
La enfermedad no lo explica todo. La conquista, las matanzas, el trabajo forzoso bajo el sistema de encomienda, la esclavitud y la destrucción de las reservas de alimentos multiplicaron las muertes, y el desplome fue más profundo allí donde la violencia y las epidemias coincidieron. En Norteamérica la mortandad precedió a menudo a cualquier asentamiento duradero. La expedición de Hernando de Soto, de 1539 a 1543, atravesó en el sureste cacicazgos muy poblados que los europeos posteriores encontraron casi vacíos, y una epidemia de 1616 a 1619 despobló buena parte de la costa de Nueva Inglaterra justo antes de que los Peregrinos desembarcaran en Plymouth.
¿Sabías que…? Algunos climatólogos sostienen que, tras la Gran Mortandad, tantas tierras de cultivo volvieron a ser bosque que su crecimiento absorbió suficiente carbono del aire como para ayudar a enfriar el planeta hacia 1610.
Las consecuencias lo marcaron todo. Los europeos encontraron a menudo tierras ya vaciadas y se convencieron de que siempre habían sido tierra virgen. Los colonos españoles y portugueses, faltos de mano de obra, recurrieron cada vez más a africanos esclavizados. La conquista de América suele contarse como una historia de acero y caballos. Fue, ante todo, una historia de gérmenes.
Fig. 63 · La Gran Mortandad. Las enfermedades del Viejo Mundo mataron quizá a nueve de cada diez indígenas americanos en un siglo, a menudo antes de que llegaran los propios conquistadores.
Capítulo 64 · Parte VII
La plata da la vuelta al mundo
Cuenta la tradición que en 1545 un pastor indígena llamado Diego Huallpa encontró plata en una montaña rojiza y cónica en lo alto de los Andes, en la actual Bolivia. La montaña pasó a llamarse Cerro Rico, y la villa minera a sus pies, Potosí, superó en pocas décadas los 100.000 habitantes, una de las mayores ciudades de América. Un año después se halló plata en Zacatecas, en México. Juntas, las minas de la América española producirían la mayor parte de la plata del mundo durante los 250 años siguientes.
Extraer el metal dependía de dos cosas. La primera era la química: el beneficio de patio por amalgama con mercurio, desarrollado en México en la década de 1550 y aplicado en Potosí en la de 1570 con mercurio de Huancavelica, en Perú. La segunda era la coacción. El virrey Francisco de Toledo reorganizó el antiguo sistema inca de trabajo por turnos en la mita, que obligaba a los pueblos andinos a enviar cada año a miles de hombres a las minas, donde muchos morían por accidentes o envenenados por el mercurio.
La plata se fundía en barras y se acuñaba en monedas, sobre todo el real de a ocho. Gran parte viajaba en flotas armadas hasta Sevilla, donde pagaba a los soldados y banqueros de España y después se escurría por toda Europa. Buena parte de esa plata, a su vez, seguía hacia el este, porque los comerciantes europeos tenían poco más que ofrecer a los mercados asiáticos. Los portugueses, y luego las Compañías de las Indias Orientales holandesa e inglesa, pagaban sedas, especias y porcelana sobre todo con plata.
La otra ruta iba hacia el oeste. Desde 1565, el galeón de Manila cruzó el Pacífico entre Acapulco y Filipinas una o dos veces al año, hasta 1815. Manila, fundada como ciudad española en 1571, se convirtió en un punto de encuentro donde los juncos chinos de Fujian cambiaban seda y porcelana por plata americana. Los historiadores Dennis Flynn y Arturo Giráldez han sostenido que 1571 marca el nacimiento del comercio verdaderamente global, porque desde entonces todos los continentes habitados quedaron unidos por un intercambio continuo.
¿Por qué China? La China Ming tenía la mayor economía del mundo y, tras fracasar sus experimentos con el papel moneda, un hambre insaciable de plata. Las reformas del Látigo Único de las décadas de 1570 y 1580, asociadas al ministro Zhang Juzheng, exigían pagar muchos impuestos en plata. La plata valía más en China que en Europa, así que los mercaderes ganaban dinero con solo llevarla allí. Las estimaciones varían, pero una parte considerable de toda la plata americana, quizá un tercio o más, acabó en China, junto con buena parte de la producción de Japón.
¿Sabías que…? El real de a ocho se usó tanto que siguió siendo moneda de curso legal en Estados Unidos hasta 1857, y el propio dólar estadounidense se inspiró en él.
La plata financió las guerras de España, alimentó la inflación en Europa y mantuvo en marcha el sistema fiscal chino. Cuando el suministro flaqueó en el siglo XVII, la sacudida se sintió de Sevilla a Pekín. Una sola moneda había convertido el mundo en un único mercado.
Fig. 64 · La plata da la vuelta al mundo. La plata americana fluyó hacia China a través de Europa y Manila, financió imperios y unió el planeta en una sola economía.
Capítulo 65 · Parte VII
La trata atlántica de esclavos
Entre 1501 y 1866, los barcos transportaron a través del Atlántico a unos 12,5 millones de africanos esclavizados. Unos 10,7 millones sobrevivieron a la travesía. Estas cifras proceden de la Trans-Atlantic Slave Trade Database, elaborada a partir de los registros de unos 36.000 viajes, y la convierten en la mayor migración forzada de la historia. Detrás de cada número había una persona capturada, vendida, encadenada bajo cubierta y obligada a trabajar en beneficio de otros.
Los barcos portugueses empezaron a comprar cautivos en la costa de África occidental en la década de 1440, y los primeros viajes directos de África a América llegaron en la de 1520. La trata creció al ritmo del azúcar. Las plantaciones de Brasil, y más tarde de Barbados, Jamaica y Saint-Domingue, consumían mano de obra a un ritmo terrible, y a los hacendados les salía más barato comprar nuevos cautivos que mantener con vida a los esclavizados. La trata alcanzó su apogeo en el siglo XVIII, cuando se transportó a unos seis millones de personas, muchas en barcos británicos, portugueses y franceses que zarpaban de Liverpool, Bristol, Lisboa, Río de Janeiro y Nantes.
El sistema suele llamarse comercio triangular. Los barcos europeos llevaban a la costa africana tejidos, muchos de ellos algodones indios, junto con armas, barras de hierro y conchas de cauri. Allí, gobernantes y mercaderes africanos, en Estados como Dahomey y Asante, vendían personas capturadas sobre todo en guerras e incursiones tierra adentro. El mayor número procedía de África centro-occidental, la región del Congo y Angola, seguida de los golfos de Benín y Biafra, la Costa de Oro y Senegambia. La travesía, el Pasaje del Medio, solía durar de uno a tres meses. Quizá 1,8 millones de personas murieron a bordo, de disentería, viruela, violencia y desesperación. En 1781 la tripulación del Zong arrojó por la borda a más de 130 cautivos y después reclamó su valor al seguro.
La mayoría de los supervivientes no fue a Norteamérica. Brasil recibió la mayor parte, cerca de 5 millones, y las islas del Caribe juntas una cifra parecida. La Norteamérica continental recibió unos 400.000, aunque su población esclavizada creció después por crecimiento natural. Su trabajo produjo el azúcar, el tabaco, el café y el algodón que endulzaron las mesas europeas y ayudaron a financiar bancos, puertos y aseguradoras.
La resistencia fue constante: revueltas a bordo, comunidades de fugitivos como el quilombo de Palmares en Brasil y, por último, la gran revolución de Saint-Domingue que creó Haití en 1804. Gran Bretaña abolió su trata en 1807 y Estados Unidos en 1808, pero el tráfico atlántico continuó ilegalmente durante décadas, y Brasil no abolió la esclavitud hasta 1888.
¿Sabías que…? A Brasil llegaron más africanos esclavizados que a toda la Norteamérica continental, más de diez veces más.
Las consecuencias sobrevivieron siglos a la abolición. Las sociedades de África occidental y central perdieron a millones de adultos jóvenes. América ganó lenguas, creencias, músicas y comidas africanas. Y las ideas raciales inventadas para justificar la esclavitud resultaron más difíciles de abolir que la propia trata.
Fig. 65 · La trata atlántica de esclavos. Más de doce millones de africanos cruzaron el Atlántico encadenados, un motor de beneficio y crueldad que aún hoy marca el mundo.
Capítulo 66 · Parte VII
Los imperios de la pólvora
En el siglo XVI, los tres Estados más grandes y ricos al oeste de China no estaban en Europa. Eran el Imperio otomano, de los Balcanes a las tierras árabes; el Imperio safávida de Irán, y el Imperio mogol del subcontinente indio. Los historiadores Marshall Hodgson y William McNeill los llamaron imperios de la pólvora, porque cada uno empleó cañones y armas de fuego portátiles, junto con ejércitos permanentes y disciplinados, para aplastar a viejos rivales y dominar territorios inmensos.
Los otomanos marcaron el camino. En 1453 Mehmed II derribó las murallas de Constantinopla con gigantescos cañones de bronce, algunos fundidos por un artesano húngaro llamado Orbán. Su infantería de élite, los jenízaros, adoptó pronto las armas de fuego, y en 1514, en Chaldirán, en el noroeste de Irán, la artillería y los arcabuceros de Selim I destrozaron la caballería del joven sah safávida Ismail I. Selim conquistó después la Siria y el Egipto mamelucos en 1516 y 1517.
Los safávidas aprendieron deprisa. Ismail había fundado la dinastía en Tabriz en 1501 y convertido el chiismo duodecimano en religión de Estado, una decisión que aún marca a Irán. Su descendiente Abás I (reinó de 1588 a 1629) formó un cuerpo de mosqueteros y artilleros con soldados esclavos georgianos, armenios y circasianos convertidos al islam, recuperó provincias perdidas y trasladó la capital a Isfahán, donde trazó una de las plazas públicas más grandiosas del mundo.
En la India, Babur, un príncipe centroasiático descendiente a la vez de Tamerlán y de Gengis Kan, derrotó al ejército muy superior de Ibrahim Lodi en la primera batalla de Panipat, en 1526, con cañones de campaña y arcabuces tras una barricada de carros. Su nieto Akbar (reinó de 1556 a 1605) construyó el verdadero imperio: una nobleza de servicio jerarquizada, el sistema mansabdari; un catastro que fijaba los impuestos, y una política de tolerancia que abolió el tributo sobre los no musulmanes. Con quizá 100 millones de súbditos o más, la India mogol fue uno de los Estados más poblados y productivos de la Tierra; el Taj Mahal de Sha Jahan, iniciado hacia 1632, es su monumento más famoso.
La etiqueta tiene sus críticos. Las armas por sí solas no crearon estos Estados; los sistemas fiscales, los administradores formados y las alianzas con las élites locales pesaron al menos tanto, y también la China Ming y Moscovia usaban armas de fuego. Pero los tres imperios compartían un mundo: el persa como lengua de cultura y de gobierno, el comercio por las mismas rutas y largas rivalidades, a veces encarnizadas, entre ellos.
¿Sabías que…? Babur escribió una autobiografía muy franca, el Baburnama, en su lengua materna, el turco chagatai, en la que habla de batallas, jardines, melones y de su afición a la bebida.
Su declive llegó en el siglo XVIII. Rebeldes afganos tomaron Isfahán en 1722, el Estado mogol se fragmentó tras la muerte de Aurangzeb en 1707, y en 1739 el soberano persa Nader Sah saqueó Delhi y se llevó el Trono del Pavo Real. Las compañías europeas observaban.
Fig. 66 · Los imperios de la pólvora. Otomanos, safávidas y mogoles se valieron de cañones, mosquetes y burocracias sólidas para levantar Estados vastos y refinados en el mundo islámico.
Capítulo 67 · Parte VII
El puente otomano
Hacia 1299, un caudillo turco llamado Osmán encabezaba una pequeña banda de guerreros en la frontera entre el sultanato selyúcida y el Imperio bizantino, en el noroeste de Anatolia. Sus descendientes, la Casa de Osmán, reinarían durante más de seis siglos, más que casi cualquier otra dinastía de la historia. En su apogeo gobernaban desde Hungría hasta Yemen y desde Argel hasta Bagdad: la costura donde se unen Europa, Asia y África.
Los primeros sultanes se expandieron en ambas direcciones. Tomaron Bursa en 1326, pasaron a Europa en la década de 1350 e hicieron de Edirne su capital. Una aplastante derrota frente a Tamerlán en Ankara, en 1402, estuvo a punto de acabar con el Estado, pero este se recuperó, y en 1453 Mehmed II conquistó Constantinopla y la convirtió en la capital imperial, cada vez más conocida como Estambul. Selim I añadió Siria, Egipto y las ciudades santas de La Meca y Medina en 1516 y 1517. Bajo Solimán I (reinó de 1520 a 1566), al que los turcos recuerdan como Kanuni, el Legislador, los ejércitos otomanos tomaron Belgrado, vencieron en Mohács en 1526 y asediaron Viena en 1529, mientras el almirante Jeireddín Barbarroja convertía el Mediterráneo oriental en un lago otomano.
Mantener todo aquello exigía un sistema singular. En la cúspide estaba el sultán, en el palacio de Topkapı, y su gobierno lo dirigían el gran visir y el consejo imperial, el Diván. Mediante el devşirme, se llevaban a muchachos cristianos de las aldeas balcánicas, que eran convertidos y formados como soldados jenízaros o funcionarios de palacio, una élite que se lo debía todo al sultán. Los jinetes de provincias recibían concesiones de tierra, los timar, a cambio de su servicio. La ley del sultán, el kanun, coexistía con la ley islámica, que aplicaban jueces llamados cadíes.
Las comunidades religiosas, más tarde llamadas millets, gestionaban muchos de sus propios asuntos bajo sus dirigentes: los cristianos ortodoxos bajo el patriarca de Constantinopla, los armenios y los judíos. Cuando España expulsó a sus judíos en 1492, Bayaceto II acogió a muchos de ellos, y Salónica se convirtió en una de las grandes ciudades judías del mundo. No era igualdad, pues los no musulmanes pagaban impuestos adicionales y sufrían restricciones, pero sí un pluralismo práctico que hacía gobernable un imperio enorme y diverso.
El puente transportaba mercancías e ideas además de ejércitos. Los cafés se extendieron desde Estambul en el siglo XVI; el control otomano del comercio del Mediterráneo oriental fue una de las razones por las que los europeos buscaron rutas marítimas bordeando África.
¿Sabías que…? Los tulipanes llegaron a Europa occidental desde los jardines otomanos en el siglo XVI, y desataron la fiebre holandesa de los tulipanes en la década de 1630.
El declive fue lento, no repentino. El fracaso del segundo sitio de Viena en 1683 y el Tratado de Karlowitz de 1699 iniciaron un largo repliegue en Europa. Aun así, el imperio sobrevivió hasta el siglo XX, cuando la derrota en la Primera Guerra Mundial trajo la abolición del sultanato en 1922 y una república turca en 1923. Durante seiscientos años, la encrucijada tuvo un solo guardián.
Fig. 67 · El puente otomano. Durante seis siglos los otomanos gobernaron donde se unen Europa, Asia y África, y convirtieron la encrucijada del Viejo Mundo en un solo imperio.
Capítulo 68 · Parte VII
Compañías que gobiernan naciones
El 31 de diciembre de 1600, Isabel I concedió una carta a un grupo de mercaderes londinenses que les otorgaba el monopolio del comercio inglés al este del cabo de Buena Esperanza. Dos años después, los holandeses fueron más allá. La Vereenigde Oostindische Compagnie, la VOC, fundada en 1602, era una compañía permanente cuyas acciones cualquiera podía comprar y negociar en la nueva bolsa de Ámsterdam. Suele considerarse la primera sociedad anónima moderna, y era además algo más extraño: un negocio autorizado a actuar como un Estado.
La carta de la VOC le permitía construir fuertes, mantener soldados, firmar tratados con soberanos asiáticos, hacer la guerra y acuñar moneda. La dirigía un consejo conocido como los Heeren XVII, los Diecisiete Señores. Bajo su gobernador general Jan Pieterszoon Coen, tomó Jayakarta, en Java, en 1619, y la reconstruyó como Batavia, la actual Yakarta. En 1621 las fuerzas de Coen conquistaron las islas de Banda, la única fuente de nuez moscada del mundo, mataron o esclavizaron a la mayoría de sus habitantes y los sustituyeron por plantaciones trabajadas por esclavos. En su apogeo, a finales del siglo XVII, la VOC daba empleo a decenas de miles de personas y pagaba generosos dividendos a sus accionistas.
La Compañía Británica de las Indias Orientales empezó como la rival más débil, comerciando con tejidos de algodón desde sus bases de Surat, Madrás, Bombay y Calcuta. Su naturaleza cambió en la década de 1750, a medida que el poder mogol se fragmentaba. En Plassey, en 1757, el pequeño ejército de Robert Clive, ayudado por la traición del comandante del nabab, Mir Jafar, derrotó a Siraj ud-Daulah, soberano de Bengala. En 1765 el emperador mogol concedió a la Compañía el diwani, el derecho a recaudar los ingresos de Bengala, Bihar y Orissa. Una compañía comercial se había convertido en la recaudadora de impuestos de una de las regiones más ricas de la Tierra.
Los resultados fueron a menudo desastrosos para los gobernados. Una hambruna en Bengala en 1770 mató a millones de personas mientras la recaudación seguía su curso. A principios del siglo XIX, el ejército privado de la Compañía rondaba los 200.000 hombres, más que el propio ejército británico. El Parlamento intentó atarla en corto con la Ley de Regulación de 1773 y la Ley de la India de 1784, pero la Compañía siguió expandiéndose hasta la rebelión india de 1857. En 1858 la Corona británica asumió sus territorios, y la Compañía se disolvió finalmente en 1874. La VOC, en bancarrota y corrupta, había sido liquidada en 1799.
¿Sabías que…? La palabra inglesa loot, «botín», procede del hindi lūṭ y entró en el idioma en el siglo XVIII, mientras los ejércitos de la Compañía se extendían por la India.
Estas compañías inauguraron herramientas que aún se usan: acciones negociables, responsabilidad limitada, consejos de administración y presión sobre los gobiernos. También mostraron lo que ocurre cuando el poder comercial no encuentra contrapeso. Las preguntas que plantearon sobre quién controla las mayores empresas nunca han desaparecido del todo.
Fig. 68 · Compañías que gobiernan naciones. Las Compañías de las Indias Orientales holandesa e inglesa formaron ejércitos, acuñaron moneda y conquistaron tierras: empresas capaces de derribar Estados.
Capítulo 69 · Parte VII
La Pequeña Edad de Hielo
Desde aproximadamente el siglo XIV hasta mediados del XIX, buena parte del mundo fue algo más fría que antes o después. La Pequeña Edad de Hielo no fue una verdadera glaciación. Las temperaturas medias del hemisferio norte bajaron bastante menos de un grado centígrado, y el frío llegó en fases irregulares, no como un único y largo invierno. Pero para sociedades que vivían al borde de la subsistencia, varios veranos fríos y lluviosos seguidos podían ser una catástrofe. La peor fase llegó en el siglo XVII.
Las causas fueron naturales y se superpusieron. Rachas de grandes erupciones volcánicas lanzaron azufre a la estratosfera y atenuaron el sol; a la erupción del Huaynaputina, en Perú, en 1600, le siguió uno de los veranos más fríos en siglos en todo el hemisferio norte. La actividad solar fue inusualmente baja: durante el mínimo de Maunder, de 1645 a 1715 aproximadamente, los astrónomos registraron muy pocas manchas solares. Algunos investigadores han sugerido además que los bosques que volvieron a crecer en las tierras vaciadas por la Gran Mortandad absorbieron dióxido de carbono, una idea discutida que enlazaría este capítulo con uno anterior.
Las consecuencias humanas siguieron una cadena sombría: estaciones de cultivo más cortas, malas cosechas, precios del grano por las nubes, hambre, enfermedad y agitación. En Rusia, la hambruna de 1601 a 1603 mató a una gran parte de la población y ayudó a hundir al país en el Período Tumultuoso. En el norte de China, la sequía y el hambre de las décadas de 1630 y 1640 alimentaron las rebeliones que acabaron con la dinastía Ming: el rebelde Li Zicheng tomó Pekín en 1644 y el último emperador Ming se ahorcó, antes de que los Qing manchúes se hicieran con el trono. El Imperio otomano se enfrentó a las revueltas celalíes, la India mogol sufrió la hambruna del Decán de 1630 a 1632, y Europa padeció la guerra de los Treinta Años, de 1618 a 1648, que quizá mató a una quinta parte o más de la población alemana.
El historiador Geoffrey Parker lo llamó una crisis global, y contó revueltas y guerras en todos los continentes habitados a mediados del siglo XVII, entre ellas la guerra civil inglesa, la Fronda en Francia y las revueltas de Cataluña, Portugal y Nápoles. El clima no causó estos conflictos por sí solo. Los impuestos, la religión y la ambición dinástica también tuvieron su papel. Pero el frío convirtió tensiones corrientes en puntos de ruptura.
Las sociedades también se adaptaron. Los campesinos recurrieron a cultivos más resistentes, entre ellos el maíz y la patata americanos; los gobiernos construyeron graneros; los ingenieros holandeses desecaron tierras y la marina mercante holandesa prosperó con el comercio de grano del Báltico. En los Alpes, los glaciares avanzaron sobre granjas y aldeas, y en Groenlandia los asentamientos nórdicos ya se habían abandonado en el siglo XV.
¿Sabías que…? Durante la Gran Helada de 1683 a 1684, el Támesis se congeló tanto en Londres que sobre el hielo se celebró durante semanas una feria con tiendas, imprentas y un buey asado.
La lección es incómoda y actual. Un pequeño cambio en la temperatura media puede derribar Estados que ya están al límite. El clima siempre ha sido uno de los actores de la historia.
Fig. 69 · La Pequeña Edad de Hielo. Un frío que duró siglos arruinó cosechas en todo el mundo y alimentó hambrunas, revueltas y guerras desde China hasta Europa.
Capítulo 70 · Parte VII
Un mundo, desigual
A mediados del siglo XVIII, una taza de té azucarado en un café de Londres podía contar la historia del mundo entero. El té venía de China y se pagaba en parte con plata americana. El azúcar venía de Jamaica, cultivado por africanos esclavizados comprados con tejidos de algodón indios. La taza podía ser de porcelana china o una imitación europea. Por primera vez, el planeta se había convertido en una única economía conectada.
El reparto de esa economía no era el que cabría esperar. Asia seguía siendo el taller del mundo. Según una conocida estimación, China y el subcontinente indio producían juntos más de la mitad de las manufacturas del mundo hacia 1750. La China Qing, bajo el emperador Qianlong, gobernaba quizá a 200 millones de personas o más y absorbía plata de todo el globo. Los tejidos de Bengala vestían a clientes desde África occidental hasta el Caribe, con tanto éxito que Gran Bretaña aprobó las Calico Acts de 1700 y 1721 para proteger a sus propios tejedores.
Sin embargo, los beneficios de la conexión fluían en una dirección concreta. Gran Bretaña, los Países Bajos y Francia ocupaban el centro de redes que habían construido por la fuerza: compañías privilegiadas en Asia, islas azucareras en el Caribe y la trata de esclavos que lo unía todo. Saint-Domingue, la mitad francesa de La Española, llegó a ser quizá la colonia más rentable del mundo gracias al trabajo de cientos de miles de esclavizados. En el otro extremo de las cadenas, las aldeas andinas de la mita, los trabajadores de las plantaciones de Brasil y Jamaica y las sociedades de África occidental desangradas de adultos jóvenes estaban profundamente integradas en la economía global y apenas veían su riqueza.
Los historiadores discuten cuánto pesó todo esto en lo que vino después. En 1944 el historiador trinitense Eric Williams sostuvo que los beneficios de la esclavitud ayudaron a financiar la industrialización británica, una tesis aún debatida. La gran divergencia (2000), de Kenneth Pomeranz, defendió que las regiones más avanzadas de China y Europa eran más o menos comparables hasta 1800, y que el despegue británico debió mucho al carbón y a las «hectáreas fantasma» de sus colonias, que aportaban azúcar, madera y algodón sin usar suelo inglés. La guerra de los Siete Años, de 1756 a 1763, librada en Europa, Norteamérica, la India y África occidental, mostró hasta qué punto se había vuelto global la competencia entre imperios.
¿Sabías que…? La Calico Act británica de 1721 prohibió vestir la mayoría de los tejidos de algodón estampado, una ley pensada para cerrar el paso a los textiles indios que los tejedores británicos aún no podían igualar.
No todos estaban conectados. El Japón Tokugawa limitaba el comercio exterior a unos pocos puertos estrechamente vigilados, y los aborígenes australianos no sufrirían la colonización europea hasta 1788. Pero el rumbo estaba claro. La primera economía global se construyó sobre el intercambio, la conquista y la esclavitud, y desde el principio enriqueció a unas regiones a costa de otras.
La era industrial que siguió convertiría esa brecha en un abismo. El mundo era uno; no era igual.
Fig. 70 · Un mundo, desigual. Hacia 1750 el planeta formaba una sola economía, pero los beneficios fluían hacia unas pocas potencias atlánticas basadas en colonias y esclavitud.
Parte VIII
Las revoluciones
Ciencia, vapor y caída de reyes, c. 1600–1900.
Capítulo 71 · Parte VIII
El método científico
En 1610 Galileo Galilei apuntó hacia Júpiter un telescopio de fabricación propia, de unos veinte aumentos, y vio cuatro pequeñas lunas girando a su alrededor. Un planeta con satélites propios desmentía la vieja imagen de un universo en el que todo giraba en torno a la Tierra. Tan importante como el descubrimiento fue la forma de hacerlo: mirar, medir, publicar y dejar que cualquiera con una lente lo comprobara. En los ochenta años siguientes, una red informal de pensadores europeos convirtió ese hábito en un sistema: la Revolución científica.
El terreno estaba preparado. En 1543 Nicolás Copérnico publicó Sobre las revoluciones de las esferas celestes, que situaba el Sol en el centro, y ese mismo año Andrés Vesalio corrigió siglos de anatomía diseccionando él mismo cuerpos humanos. Las observaciones a simple vista de Tycho Brahe, las más precisas de su tiempo, permitieron a Johannes Kepler demostrar en 1609 que los planetas describen elipses. También pesaron tradiciones más antiguas: la óptica experimental de Ibn al-Haytham en El Cairo del siglo XI, los numerales que Europa tomó de la India a través del mundo árabe y la astronomía de los observatorios islámicos, de Maragha a Samarcanda.
El nuevo método científico era un ciclo más que un reglamento. Francis Bacon defendía reunir observaciones y contrastar con ellas las afirmaciones generales; René Descartes abogaba por la duda y las matemáticas. En la práctica, los filósofos naturales observaban, proponían una explicación, diseñaban un experimento capaz de refutarla y corregían. Y, sobre todo, lo hacían en público. La Royal Society, fundada en Londres en 1660, adoptó el lema Nullius in verba, «no creas en la palabra de nadie», y desde 1665 sus Philosophical Transactions publicaron resultados para que los rivales los verificaran.
El método tuvo un precio para sus pioneros. En 1633 la Inquisición romana obligó a Galileo a abjurar de su apoyo a Copérnico y lo mantuvo bajo arresto domiciliario hasta su muerte en 1642. El desafiante murmullo «Y sin embargo, se mueve» es casi con certeza una leyenda posterior. Pero las ideas cruzaban fronteras más deprisa de lo que los censores podían seguirlas, impresas en Leiden y Ámsterdam, donde las imprentas gozaban de más libertad.
El punto culminante llegó en 1687, cuando los Principia de Isaac Newton demostraron que una única ley de la gravitación regía la caída de una manzana y la órbita de la Luna. El cielo y la Tierra obedecían a las mismas matemáticas. La imagen de Newton sería a su vez corregida por Einstein dos siglos después, y esa es precisamente la cuestión: la ciencia es menos un conjunto de hechos que una forma fiable de corregirlos.
¿Sabías que…? Newton escribió más sobre alquimia y teología que sobre física; John Maynard Keynes, que compró muchos de sus papeles en 1936, lo llamó «el último de los magos».
Esa misma confianza pronto pasó del cielo a la sociedad humana, y la Ilustración empezó a preguntarse si reyes e iglesias superarían la prueba. La duda, organizada, se convirtió en el hábito más fecundo de la humanidad.
Fig. 71 · El método científico. Entre Galileo y Newton, Europa aprendió a contrastar las ideas con las pruebas y no con la autoridad, y a equivocarse cada vez menos.
Capítulo 72 · Parte VIII
La Ilustración
Si la Revolución científica había mostrado que la naturaleza obedecía leyes cognoscibles, la Ilustración planteó la pregunta obvia: ¿por qué no también la sociedad? Desde la década de 1680 hasta finales del siglo XVIII, escritores de toda Europa y sus colonias se propusieron examinar el gobierno, la religión, el castigo y el comercio a la luz de la razón y no de la costumbre. Immanuel Kant resumió el espíritu de la época en 1784 con un lema tomado del poeta romano Horacio: Sapere aude, «atrévete a saber».
Los cimientos se pusieron en Inglaterra. Los Dos tratados sobre el gobierno civil (1689) de John Locke sostenían que las personas tienen derechos naturales a la vida, la libertad y la propiedad, y que es lícito resistirse a un gobierno que los viole. En Francia, Del espíritu de las leyes (1748) de Montesquieu proponía separar los poderes legislativo, ejecutivo y judicial para que ninguno pudiera volverse tiránico. Voltaire ridiculizó la intolerancia religiosa, y Rousseau abrió El contrato social (1762) con la frase «El hombre ha nacido libre y en todas partes está encadenado». En Milán, De los delitos y las penas (1764) de Cesare Beccaria atacó la tortura y la pena de muerte, y en 1776 el escocés Adam Smith defendió los mercados abiertos en La riqueza de las naciones.
Las ideas circulaban por una nueva infraestructura: impresos baratos, cafés, academias, logias masónicas y los salones parisinos que dirigían mujeres como Madame Geoffrin. El monumento del movimiento fue la Encyclopédie de Denis Diderot y Jean d'Alembert, publicada entre 1751 y 1772 en 28 volúmenes con más de 70.000 artículos, un intento de poner todo el saber útil en manos de los lectores. Algunos soberanos, los llamados déspotas ilustrados como Federico el Grande de Prusia y Catalina la Grande de Rusia, tomaron prestado el vocabulario sin soltar el trono.
El movimiento tenía puntos ciegos que su propia lógica acabaría revelando. Locke poseía acciones de la Royal African Company, que traficaba con africanos esclavizados, y muchos philosophes escribían sobre derechos universales mientras excluían a las mujeres, a los pobres y a los no europeos. Pero un principio, una vez impreso, es una palanca que cualquiera puede empuñar. Mary Wollstonecraft lo aplicó a las mujeres en Vindicación de los derechos de la mujer (1792), y los abolicionistas de ambas orillas del Atlántico, a la esclavitud.
¿Sabías que…? En 1784 una revista berlinesa publicó respuestas rivales a la pregunta «¿Qué es la Ilustración?», una de Kant y otra del filósofo judío Moses Mendelssohn.
Las tesis de la Ilustración eran radicales porque viajaban bien. En pocas décadas reaparecerían, a veces casi palabra por palabra, en Filadelfia, París y Puerto Príncipe. «Todos los hombres son creados iguales» nació como la premisa de un filósofo. Acabó convertida en una exigencia política.
Fig. 72 · La Ilustración. Sus pensadores defendieron que la razón, los derechos y la libertad debían regir los asuntos humanos, y que todos nacemos iguales.
Capítulo 73 · Parte VIII
La máquina de vapor
Durante toda la historia anterior a 1700, casi todo el trabajo procedía de los músculos, humanos o animales, y de lo que se pudiera captar del viento y de los saltos de agua. Era un techo infranqueable. Las economías podían crecer, pero la población tendía a aumentar y a devorar las ganancias, la trampa que después llevaría el nombre del economista Thomas Malthus. La máquina de vapor rompió ese techo al convertir en movimiento la antigua luz solar almacenada en el carbón.
La primera máquina práctica nació para resolver un problema del carbón. Las minas británicas se inundaban a medida que se hacían más profundas, y en 1712 Thomas Newcomen, un ferretero de Dartmouth, instaló cerca del castillo de Dudley una máquina atmosférica para achicarlas. El vapor llenaba un cilindro, un chorro de agua fría lo condensaba y la presión del aire empujaba el pistón hacia abajo. Derrochaba muchísimo, pero a pie de mina el combustible salía casi gratis.
James Watt, fabricante de instrumentos de la Universidad de Glasgow, vio ese derroche al reparar un modelo de la máquina de Newcomen en 1763–64. Su solución, patentada en 1769, fue un condensador separado que permitía mantener caliente el cilindro. Las máquinas de Watt hacían el mismo trabajo con más o menos una cuarta parte del carbón. Asociado con el fabricante de Birmingham Matthew Boulton, añadió en la década de 1780 el movimiento rotatorio, que permitía a las máquinas mover maquinaria y no solo bombear agua. En pocas décadas, las máquinas de Boulton y Watt desaguaban las minas de estaño de Cornualles, insuflaban aire en los altos hornos y movían las hilaturas de algodón. Su apellido sobrevive como unidad de potencia.
Después, el vapor se puso en marcha. Richard Trevithick hizo circular una locomotora de alta presión en Penydarren, en Gales, en 1804. La Rocket de George y Robert Stephenson ganó las pruebas de Rainhill en 1829, y en 1830 se inauguró el ferrocarril de Liverpool a Mánchester, la primera línea interurbana explotada íntegramente con vapor. En 1838 ya cruzaban el Atlántico barcos de vapor. La producción británica de carbón, de unos pocos millones de toneladas anuales hacia 1700, alcanzó unos 50 millones en 1850 y bastante más de 200 millones en 1900, aunque las estimaciones varían.
¿Sabías que…? Herón de Alejandría describió en el siglo I d. C. una esfera giratoria movida por vapor, la eolípila, pero nunca pasó de ser una curiosidad.
¿Por qué Gran Bretaña y por qué entonces? Los historiadores señalan el carbón cercano a la superficie y a la costa, unos salarios lo bastante altos como para que compensaran las máquinas ahorradoras de mano de obra, una cultura de inventores prácticos protegida por patentes y unos mercados en auge para el tejido y el hierro. Otras regiones tenían algunas de estas ventajas; Gran Bretaña las reunía todas. La máquina inauguró también la larga historia del carbono fósil en la atmósfera, una factura que llegaría dos siglos más tarde. Mientras tanto, el efecto fue sencillo y asombroso: una fuerza que nunca se cansaba.
Fig. 73 · La máquina de vapor. Dominar el carbón y el vapor rompió el antiguo techo de la fuerza muscular, el viento y el agua, y el crecimiento superó a la población.
Capítulo 74 · Parte VIII
La Gran Divergencia
En 1700 las regiones más productivas de la Tierra probablemente incluían el delta del Yangtsé en China, Bengala y Guyarat en la India y las costas del mar del Norte de Gran Bretaña y los Países Bajos, con sorprendentemente poca diferencia entre sus zonas más prósperas. La China Qing y la India mogola producían juntas casi la mitad de la riqueza mundial, en gran parte porque reunían a cerca de la mitad de la población. Después, en apenas un siglo, el noroeste de Europa tomó una ventaja decisiva. Los historiadores lo llaman la Gran Divergencia, expresión popularizada por el libro homónimo de Kenneth Pomeranz en 2000.
Las cifras son estimaciones, reconstruidas sobre todo por el economista Angus Maddison y sus continuadores, y deben leerse como órdenes de magnitud. Según esos datos, China generaba en 1820 alrededor de un tercio de la producción mundial, más que toda Europa occidental. En 1913 había caído por debajo de una décima parte, la India había pasado de cerca de una sexta parte a menos de una décima, y Europa occidental y Estados Unidos producían juntos aproximadamente la mitad. La renta por habitante de Gran Bretaña, comparable hacia 1700 con la de las zonas más ricas de Asia, era varias veces mayor en 1900.
¿Por qué? Las viejas explicaciones, el genio europeo o el estancamiento asiático, no han resistido el examen. La China de los Song había fundido hierro e impreso libros a escala industrial siglos antes que Europa, y los tejidos de algodón indios dominaron los mercados mundiales hasta bien entrado el siglo XVIII. Pomeranz subrayó dos golpes de suerte: yacimientos de carbón cerca de los centros industriales británicos y colonias americanas que suministraban productos que exigían mucha tierra, como el algodón, el azúcar y la madera, cultivados en buena parte por africanos esclavizados. Otros historiadores destacan los altos salarios británicos, que hacían rentable construir máquinas, la rivalidad entre Estados europeos que financiaban la ciencia y la guerra, o unas instituciones que protegían a los inversores.
Una vez abierta la brecha, el poder la ensanchó. Los tejidos británicos hechos a máquina arruinaron a los tejedores manuales de Bengala, gobernada por la Compañía de las Indias Orientales desde su victoria en Plassey en 1757. En las guerras del Opio de 1839–42 y 1856–60, las cañoneras británicas de vapor obligaron a China a abrir sus puertos y a ceder Hong Kong. La fuerza industrial se convirtió en alcance imperial, y el alcance imperial, en más riqueza.
¿Sabías que…? Según las estimaciones del historiador económico Paul Bairoch, China y el subcontinente indio fabricaban juntos más de la mitad de las manufacturas del mundo todavía en 1750.
La divergencia no era un destino. Japón empezó a industrializarse después de 1868, y desde finales del siglo XX China, la India y otras economías asiáticas comenzaron a cerrar la brecha a una velocidad que recuerda la rapidez con que se abrió. Vista a lo largo de dos mil años, la hegemonía occidental parece menos la norma que un largo y decisivo paréntesis.
Fig. 74 · La Gran Divergencia. Hacia 1800 la Europa industrial superó por primera vez a Asia en riqueza y poder, y la brecha se abrió a una velocidad asombrosa.
Capítulo 75 · Parte VIII
El experimento americano
El 4 de julio de 1776 los delegados de trece colonias británicas, reunidos en Filadelfia, aprobaron una Declaración de Independencia redactada en gran parte por Thomas Jefferson. Su segunda frase convertía la filosofía de la Ilustración en una carta fundacional: que «todos los hombres son creados iguales», que están dotados de derechos entre los que figuran «la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad», y que los gobiernos derivan «sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados». Una disputa sobre impuestos y representación se había convertido en una afirmación sobre el propósito mismo del gobierno.
Hacer valer esa afirmación costó ocho años de guerra. El Ejército Continental de George Washington sobrevivió al borde del colapso, y el giro decisivo llegó con el dinero, las tropas y los barcos de Francia: en Yorktown, en 1781, una fuerza francoamericana cercó a un ejército británico. El Tratado de París reconoció la independencia en 1783. La generosidad francesa contribuyó a arruinar a su propia corona, con consecuencias que el capítulo siguiente dejará claras.
El primer gobierno nacional, regido por los Artículos de la Confederación, resultó demasiado débil para recaudar impuestos o pagar sus deudas. En el verano de 1787, 55 delegados se reunieron a puerta cerrada en Filadelfia y redactaron la Constitución: una república federal en la que el Congreso, un presidente y los tribunales se controlan mutuamente, como había recomendado Montesquieu. James Madison fue su principal artífice. La ratificación fue muy disputada, en parte a través de los ensayos de El Federalista, y se logró con la promesa de añadir enmiendas. Las diez primeras, la Carta de Derechos, entraron en vigor en 1791 y protegían la libertad de expresión, de religión y de prensa y el derecho a un juicio justo.
La idea nació defectuosa, y muchos de los fundadores lo sabían. En el primer censo, de 1790, había casi 700.000 personas esclavizadas en la nueva república, y la Constitución contaba a cada una como tres quintas partes de una persona al repartir los escaños del Congreso. Las mujeres no podían votar, salvo durante unas décadas en Nueva Jersey; la mayoría de los estados exigían ser propietario para votar, y las naciones nativas americanas eran tratadas como obstáculos para la expansión. El propio Jefferson esclavizó a más de 600 personas a lo largo de su vida.
¿Sabías que…? La Constitución estadounidense es la constitución nacional escrita más antigua aún en vigor, y en más de dos siglos solo se ha enmendado 27 veces.
Sin embargo, las palabras resultaron más grandes que sus autores. Abolicionistas como Frederick Douglass, y más tarde Martin Luther King, citaron la Declaración ante la propia nación, y las enmiendas posteriores a la guerra de Secesión abolieron la esclavitud y prometieron igual protección ante la ley. Revolucionarios de París a Caracas estudiaron con atención los documentos estadounidenses. La verdadera innovación del experimento fue una promesa que podía esgrimirse contra quienes la habían hecho.
Fig. 75 · El experimento americano. Estados Unidos se fundó sobre una idea escrita: los gobiernos existen para proteger derechos y rinden cuentas a los gobernados.
Capítulo 76 · Parte VIII
La Revolución francesa
En 1788 la corona francesa estaba en bancarrota. Las guerras, entre ellas el costoso apoyo a los rebeldes americanos, habían acumulado deudas, y un sistema fiscal plagado de exenciones para la nobleza y el clero no podía pagarlas. Una cosecha arruinada disparó el precio del pan a máximos históricos. En enero de 1789 el abate Sieyès se preguntaba en un célebre panfleto qué era en realidad el Tercer Estado, el de los plebeyos: «Todo». ¿Y qué había sido hasta entonces? «Nada». El rey Luis XVI ya había convocado para mayo de 1789 los Estados Generales, una asamblea que no se reunía desde 1614.
El Tercer Estado, que representaba a cerca del 98 % de la población, se proclamó Asamblea Nacional en junio y prestó el juramento del Juego de Pelota: no disolverse hasta que Francia tuviera una constitución. El 14 de julio la multitud parisina tomó la Bastilla, una fortaleza real que solo albergaba siete presos pero era un poderoso símbolo del poder arbitrario. En agosto la Asamblea abolió los privilegios feudales y proclamó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano: «Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos». Los radicales se sentaban a la izquierda de la cámara y los conservadores a la derecha, lo que dio a la política una brújula que aún utiliza.
Monarquía y revolución no podían compartir el país mucho tiempo. La fallida huida de la familia real a Varennes en 1791 destruyó la confianza; la guerra con Austria y Prusia desde 1792 elevó la tensión; en septiembre de 1792 Francia se convirtió en república, y en enero de 1793 Luis fue guillotinado. Ante la invasión, la guerra civil en la Vendée y el hambre, el Comité de Salvación Pública, con Maximilien Robespierre como su voz más conocida, desató el Terror. Unas 17.000 personas fueron condenadas oficialmente a muerte, y decenas de miles más murieron en prisión o en ejecuciones sumarias. La guerra de la Vendée se cobró muchas más vidas aún, bastante más de 100.000 según la mayoría de las estimaciones.
Después, la Revolución devoró a sus artífices. Georges Danton subió al cadalso en abril de 1794, y el propio Robespierre en julio, derribado por el golpe de Termidor. Le siguió un régimen más débil, el Directorio, hasta que en noviembre de 1799 un joven general, Napoleón Bonaparte, se hizo con el poder. En 1804 se coronó a sí mismo emperador, un final que parecía burlarse del comienzo.
¿Sabías que…? Los revolucionarios rehicieron incluso el tiempo: su calendario contaba los años desde la fundación de la República en 1792, usaba semanas de diez días y bautizaba los meses según el clima, como Termidor, el mes del calor.
Aun así, mucho sobrevivió al naufragio: el sistema métrico, el fin de los derechos feudales, la idea de la nación como un cuerpo de ciudadanos iguales y el Código Civil de Napoleón, que sus ejércitos llevaron por toda Europa. El lema liberté, égalité, fraternité sobrevivió a todos los regímenes que lo usaron. También la advertencia de la Revolución.
Fig. 76 · La Revolución francesa. Francia derribó su antigua monarquía en nombre de la libertad, la igualdad y la fraternidad, y luego devoró a los suyos en el Terror.
Capítulo 77 · Parte VIII
La Revolución haitiana
En la década de 1780 la colonia francesa de Saint-Domingue, el tercio occidental de la isla de La Española, era la colonia más rentable del mundo. Según las estimaciones habituales, suministraba cerca del 40 % del azúcar y alrededor del 60 % del café que se consumían en Europa. Esa riqueza descansaba sobre aproximadamente medio millón de africanos esclavizados, que superaban en más de diez a uno a los cerca de 30.000 colonos blancos y morían tan deprisa que las plantaciones dependían de un flujo constante de nuevos cautivos. Entre ambos grupos había unas 28.000 personas libres de color, algunas de ellas también hacendadas y propietarias de esclavos.
El discurso de los derechos de la Revolución francesa llegó a la isla y dividió a su población libre. En agosto de 1791, tras una reunión en Bois Caïman dirigida, según la tradición, por el sacerdote vudú Dutty Boukman, se sublevaron los esclavizados de la Llanura del Norte; en pocas semanas ardían cientos de plantaciones. Del caos surgió Toussaint Louverture, un antiguo cochero esclavizado que había obtenido la libertad en la década de 1770 y que resultó ser un general brillante y un diplomático aún más astuto.
La colonia se convirtió en campo de batalla de Francia, España y Gran Bretaña. Los comisarios franceses decretaron la emancipación en 1793 para ganarse a los rebeldes, y en 1794 París abolió la esclavitud en todas sus colonias. Toussaint, que ahora combatía por Francia, expulsó a británicos y españoles, y en 1801 gobernaba toda la isla con una constitución que lo nombraba gobernador vitalicio.
Napoleón quería recuperar la antigua y lucrativa colonia. En 1802 envió a su cuñado Charles Leclerc al frente de una gran expedición. Toussaint fue atraído a unas negociaciones, arrestado y deportado a Francia, donde murió en 1803 en una fría fortaleza de las montañas del Jura. Cuando quedó claro que los franceses pretendían restablecer la esclavitud, como acababan de hacer en Guadalupe, la resistencia se reavivó bajo Jean-Jacques Dessalines. La fiebre amarilla y unos combates feroces destruyeron el ejército francés, que perdió decenas de miles de hombres, entre ellos el propio Leclerc. Tras la derrota de Vertières en noviembre de 1803, los franceses se retiraron, y el 1 de enero de 1804, en Gonaïves, Dessalines proclamó la independencia de Haití, recuperando un nombre que usaban los taínos de la isla.
¿Sabías que…? La pérdida de Saint-Domingue ayudó a convencer a Napoleón de vender el inmenso territorio de Luisiana a Estados Unidos en 1803, lo que casi duplicó el tamaño de la joven república.
El nuevo Estado pagó cara su libertad. Las potencias esclavistas le dieron la espalda; Estados Unidos no lo reconoció hasta 1862, y en 1825 Francia, respaldada por buques de guerra, exigió una indemnización de 150 millones de francos por la «propiedad» perdida, una deuda que lastró a Haití durante generaciones. La revolución aterrorizó a los esclavistas de Virginia a Brasil e inspiró a los esclavizados de todas partes. Fue la revolución más radical de su época y, durante demasiado tiempo, la menos enseñada.
Fig. 77 · La Revolución haitiana. Los esclavizados derrocaron a sus amos y vencieron al ejército de Napoleón para fundar la primera república negra libre, la revolución más radical de su época.
Capítulo 78 · Parte VIII
La invención de las naciones
En 1794 el abate Grégoire informó a la Convención revolucionaria francesa de que, de unos 28 millones de habitantes, solo unos tres millones hablaban francés con soltura; millones más hablaban bretón, occitano, euskera, flamenco, alemán alsaciano o dialectos locales. La mayoría de los europeos se consideraban ante todo súbditos de una dinastía, fieles de una religión o gentes de un valle o una ciudad concretos. La convicción de que la humanidad se divide de forma natural en naciones, cada una con una lengua y un pasado comunes y con derecho a su propio Estado, es en gran medida una invención de finales del siglo XVIII y del XIX. El estudioso Benedict Anderson llamó a las naciones «comunidades imaginadas»: ninguno de sus miembros conocerá jamás a la mayoría de los demás y, sin embargo, todos se sienten unidos.
Los ingredientes eran nuevos. La imprenta en lenguas vernáculas, y después la prensa de masas, crearon públicos que leían las mismas noticias el mismo día. Los Estados construyeron escuelas, ejércitos de reclutamiento obligatorio y ferrocarriles que mezclaban regiones y uniformaban el habla. Los eruditos recopilaron, y a veces inventaron, un pasado nacional: los hermanos Grimm publicaron cuentos populares alemanes a partir de 1812, Elias Lönnrot compiló la epopeya finlandesa Kalevala en 1835, y los lectores de toda Europa ya se habían rendido ante los «antiguos» poemas escoceses de Ossian, compuestos en gran parte por James Macpherson en la década de 1760.
La idea rehízo los mapas. En América Latina, líderes criollos como Simón Bolívar y José de San Martín lograron la independencia de casi toda la América española continental entre 1810 y 1825, y Brasil se separó de Portugal en 1822. Grecia se independizó del Imperio otomano en 1830, el mismo año en que Bélgica se rebeló contra el dominio neerlandés. Italia se unificó en 1861 gracias a la diplomacia de Cavour y a los voluntarios de Garibaldi, y Alemania en 1871 gracias a las guerras de Bismarck, con un imperio proclamado en la Galería de los Espejos de Versalles. Al estadista italiano Massimo d'Azeglio se le atribuye la frase «Hemos hecho Italia; ahora hay que hacer a los italianos».
Fuera de Europa, la idea sirvió por igual a los imperios y a sus adversarios. El Japón Meiji, a partir de 1868, construyó una nación moderna en torno al emperador, la escolarización obligatoria y el habla estándar de Tokio. En la India británica se fundó en 1885 el Congreso Nacional Indio, y pronto los reformistas egipcios, chinos y otomanos hablaban también el lenguaje de la nación.
¿Sabías que…? Al unificarse Italia en 1861, según la estimación más citada, solo alrededor del 2,5 % de la población hablaba italiano estándar; la mayoría usaba lenguas regionales como el napolitano, el siciliano o el véneto.
El nacionalismo podía liberar a pueblos sometidos y también enfrentar a vecinos entre sí, como descubrirían en el siglo XX las minorías que no encajaban en los nuevos mapas. Tras la Primera Guerra Mundial, el discurso de la autodeterminación de Woodrow Wilson extendió el principio por todo el mundo. Hoy casi todos los habitantes de la Tierra tienen una nacionalidad. Pocos recuerdan que alguien tuvo que inventarla.
Fig. 78 · La invención de las naciones. La idea de que una lengua y un pasado comunes deben formar un Estado es moderna; en el siglo XIX el nacionalismo rehízo mapas y fundió pueblos.
Capítulo 79 · Parte VIII
El mundo de la fábrica
En 1771 Richard Arkwright abrió en Cromford, Derbyshire, una hilatura de algodón movida por agua y la hizo funcionar por turnos día y noche. Fue una de las primeras auténticas fábricas: cientos de trabajadores bajo un mismo techo, atendiendo máquinas a un ritmo que nadie en el edificio controlaba. En pocas décadas las máquinas de vapor liberaron a esas fábricas de las orillas de los ríos, se concentraron en las ciudades y Lancashire se convirtió en el centro mundial de la hilatura.
Mánchester, apodada Cottonopolis, pasó de unos 75.000 habitantes en 1801 a más de 300.000 en 1851, según dónde se tracen sus límites. El censo de 1851 mostró que Gran Bretaña se había convertido en el primer gran país donde vivía más gente en las ciudades que en el campo. Las nuevas ciudades se construyeron deprisa y mal: casas adosadas espalda con espalda, alcantarillas a cielo abierto y epidemias de cólera en 1832 y 1848. En 1845 Friedrich Engels, que trabajaba en la empresa familiar de Mánchester, publicó La situación de la clase obrera en Inglaterra, un retrato indignado de sus barrios miserables.
El propio trabajo cambió. En el campo, la labor seguía las estaciones y la luz del día; en la fábrica, la campana y el reloj. Los reglamentos multaban a los obreros por llegar tarde o charlar, y los capataces marcaban el ritmo. Los niños eran baratos y ágiles, y a principios del siglo XIX constituían una gran parte de la mano de obra textil. La Ley de Fábricas británica de 1833 prohibió emplear a menores de nueve años en las hilaturas y nombró inspectores para hacerla cumplir, y la Ley de las Diez Horas de 1847 limitó la jornada de mujeres y jóvenes.
El mismo proceso generó una riqueza sin precedentes. Tejidos baratos, hierro y más tarde acero salían a raudales de Gran Bretaña, y luego de Bélgica, Alemania, Estados Unidos y Japón. Los salarios reales de los obreros británicos crecieron muy despacio antes de 1840, pero subieron con claridad en la segunda mitad del siglo. Los trabajadores se organizaron para reclamar su parte: los cartistas lucharon desde 1838 por el voto de los hombres trabajadores, los sindicatos crecieron, y en 1848 Karl Marx y Engels publicaron el Manifiesto comunista. El alcance de la fábrica fue global desde el principio, desde el algodón cultivado por esclavos en el sur de Estados Unidos hasta los tejedores manuales arruinados de Bengala.
¿Sabías que…? Los luditas que destrozaron máquinas textiles entre 1811 y 1816 eran sobre todo obreros cualificados que protestaban por los recortes salariales y el trabajo mal hecho, y en 1812 el Parlamento castigó con la muerte la destrucción de máquinas.
La fábrica reorganizó a la vez el tiempo, el espacio y las clases sociales. Los nietos de sus primeros obreros votarían, se afiliarían a sindicatos y comprarían los productos que sus familias fabricaban. El largo debate sobre quién debe compartir la riqueza de las máquinas empezó en el suelo de la fábrica.
Fig. 79 · El mundo de la fábrica. La industria arrancó a millones del campo, los llevó a la ciudad y los sometió al reloj: nueva riqueza, nueva miseria y una clase obrera.
Capítulo 80 · Parte VIII
Las ideas derriban reyes
Comparemos el mundo de 1650 con el de 1900. En 1650 casi todos los grandes Estados de la Tierra estaban gobernados por un monarca hereditario cuyo poder bendecía la religión: los reyes Borbones de Francia, los emperadores Qing con su Mandato del Cielo, el sultán otomano, el emperador mogol. En 1900 Estados Unidos, Francia, Suiza, Haití y la mayor parte de América Latina eran repúblicas, y de Gran Bretaña a Bélgica, Italia y Japón los monarcas compartían cada vez más el poder con parlamentos electos bajo constituciones.
El cambio más profundo afectó a lo que se consideraba una buena razón. El método científico hizo de las pruebas, y no de la autoridad antigua, la piedra de toque de las afirmaciones sobre la naturaleza. La Ilustración aplicó la misma prueba al gobierno y halló insuficiente el derecho divino. El acuerdo inglés de 1688–89 ya había convertido al Parlamento en el socio principal de la Corona. El consentimiento de los gobernados de Locke, la separación de poderes de Montesquieu y la soberanía popular de Rousseau se convirtieron en planos, y en 1776, 1789 y 1804 los revolucionarios de América, Francia y Haití levantaron Estados sobre ellos.
También el músculo perdió su trono. El vapor y el carbón sustituyeron a la fuerza humana y animal como principal fuente de trabajo en las economías industriales, y la riqueza pasó a depender más de la invención y la inversión que de la tierra y el rango heredado. Las nuevas clases industriales, comerciantes y obreros por igual, exigieron votos en proporción a su número y a sus impuestos. Las leyes de reforma británicas de 1832, 1867 y 1884 ampliaron el electorado paso a paso. La servidumbre terminó en los territorios austriacos en 1848 y en Rusia en 1861, mientras que la esclavitud se abolió en el Imperio británico a partir de 1834, en Estados Unidos en 1865 y en Brasil, el último país de América, en 1888.
Nada de esto fue ordenado. Los viejos órdenes se defendieron: el Congreso de Viena restauró a los reyes tras la caída de Napoleón en 1815, y la mayoría de las revoluciones de 1848 fueron aplastadas en menos de dos años. El nuevo poder industrial y científico permitió además a los imperios europeos gobernar a cientos de millones de personas sin su consentimiento, de modo que la libertad de unos avanzó junto al sometimiento de otros. Aun así, incluso los defensores del viejo orden tenían que defender ya su causa en los nuevos términos, en periódicos, parlamentos y tribunales.
¿Sabías que…? En 1848 estallaron en pocas semanas levantamientos en París, Viena, Berlín, Milán, Budapest y decenas de ciudades más, una oleada recordada como la Primavera de los Pueblos.
Esa fue la verdadera revolución de la época. Las coronas sobrevivieron en algunos lugares, y algunas aún perduran, pero casi ninguna afirma ya gobernar solo por derecho de nacimiento. Desde entonces, quien aspira a gobernar tiene que convencer. El argumento se había vuelto más poderoso que la sangre.
Fig. 80 · Las ideas derriban reyes. En dos siglos, la ciencia y los ideales ilustrados destronaron a la monarquía, la fe y el músculo como fuerzas que ordenaban el mundo.
Parte IX
La tormenta moderna
Guerras mundiales, revolución, la bomba y la ampliación de los derechos, 1914–2000.
Capítulo 81 · Parte IX
La Primera Guerra Mundial
El 28 de junio de 1914, un serbobosnio de diecinueve años, Gavrilo Princip, disparó en las calles de Sarajevo contra el archiduque Francisco Fernando, heredero del trono austrohúngaro. En seis semanas, casi toda Europa estaba en guerra. Austria-Hungría castigó a Serbia; Rusia movilizó sus tropas para proteger a Serbia; Alemania declaró la guerra a Rusia y después a Francia; las tropas alemanas atravesaron la neutral Bélgica y, el 4 de agosto, Gran Bretaña entró en la guerra. Una red de alianzas y de horarios ferroviarios, concebida para disuadir, había convertido un asesinato en una catástrofe continental.
Todos esperaban una guerra corta. Pero el avance alemán se detuvo en el Marne en septiembre de 1914 y, por Navidad, una línea de trincheras se extendía unos 700 kilómetros desde la costa del canal de la Mancha hasta Suiza. Las ametralladoras y la artillería en masa hacían la defensa mucho más fuerte que el ataque. El primer día de la batalla del Somme, el 1 de julio de 1916, el ejército británico sufrió casi 60.000 bajas, unos 19.000 muertos. En Verdún, franceses y alemanes combatieron durante diez meses por unos pocos kilómetros de terreno. El gas venenoso, usado a gran escala por primera vez en Ypres en 1915, los tanques, los submarinos y los aviones debutaron como armas de la guerra de masas.
Fue una guerra mundial en algo más que el nombre. El Imperio otomano se alió con Alemania, y soldados australianos y neozelandeses murieron por miles en Galípoli en 1915. Más de un millón de soldados indios sirvieron en ultramar, de Flandes a Mesopotamia. Hubo combates por toda el África oriental, donde murieron cientos de miles de porteadores africanos. Japón se apoderó de bases alemanas en China y el Pacífico, y China envió unos 140.000 trabajadores a Francia. Cuando los submarinos alemanes hundieron barcos estadounidenses, Estados Unidos entró en la guerra en abril de 1917 e inclinó la balanza.
Fue una guerra total: se movilizaron economías enteras, fábricas y poblaciones civiles, y los gobiernos racionaron los alimentos, reclutaron a millones de hombres e imprimieron propaganda a escala industrial. Los cañones callaron a las once en punto del 11 de noviembre de 1918. Las estimaciones de muertos van de unos 15 a 22 millones, entre soldados y civiles, y la pandemia de gripe que siguió mató todavía a más.
¿Sabías que en diciembre de 1914, en algunos tramos del frente occidental, los soldados pactaron treguas navideñas extraoficiales, cantaron villancicos e intercambiaron cigarrillos en tierra de nadie antes de volver a matarse?
Los escombros políticos fueron inmensos. Cayeron cuatro imperios: el ruso, el alemán, el austrohúngaro y el otomano. Nuevos Estados como Polonia, Checoslovaquia y Yugoslavia aparecieron en el mapa, y Gran Bretaña y Francia se repartieron el Oriente Medio árabe. El Tratado de Versalles de 1919 culpó a Alemania y le exigió reparaciones, mientras que la nueva Sociedad de Naciones carecía de poder para mantener la paz. La revolución en Rusia, el caos económico y el resentimiento en Alemania brotaron de ese suelo. La guerra que iba a acabar con todas las guerras sobre todo preparó la siguiente.
Fig. 81 · La Primera Guerra Mundial. Un solo atentado en Sarajevo puso en marcha las alianzas europeas, y cuatro años de guerra industrial hundieron cuatro imperios.
Capítulo 82 · Parte IX
La Revolución rusa
A comienzos de 1917, el Imperio ruso se resquebrajaba bajo el peso de la Primera Guerra Mundial. Millones de soldados habían muerto, caído heridos o prisioneros, los ferrocarriles fallaban y las colas del pan recorrían la capital, Petrogrado. En la que los rusos llamaron Revolución de Febrero, unas huelgas que empezaron el Día Internacional de la Mujer se convirtieron en motín cuando los soldados se negaron a disparar contra la multitud. En pocos días el zar Nicolás II abdicó y terminaron tres siglos de dinastía Románov.
El poder quedó repartido entre un Gobierno Provisional liberal y el Sóviet de Petrogrado, un consejo de obreros y soldados. El Gobierno Provisional siguió combatiendo y perdía apoyos mes a mes. En abril, los alemanes permitieron que el marxista exiliado Vladímir Lenin cruzara su territorio en tren, con la esperanza de que sembrara el desorden. Y lo hizo. Su partido bolchevique prometía «paz, tierra y pan» y, la noche del 25 de octubre de 1917 según el viejo calendario, los guardias rojos bolcheviques organizados por León Trotski ocuparon los puntos clave de la ciudad y detuvieron a los ministros en el Palacio de Invierno. El espectacular asalto que recuerda la memoria popular debe más a una recreación de 1920 y a la película de Serguéi Eisenstein de 1927 que a aquella noche.
Tomar Petrogrado fue fácil; conservar Rusia, no. Los bolcheviques disolvieron la Asamblea Constituyente electa en enero de 1918 tras perder las elecciones, firmaron con Alemania una paz durísima en Brest-Litovsk y crearon una policía secreta, la Checa. Siguió una feroz guerra civil entre el Ejército Rojo y los blancos antibolcheviques, apoyados por tropas extranjeras. La familia Románov fue fusilada en Ekaterimburgo en julio de 1918. La guerra, el terror, las epidemias y la hambruna de 1921 mataron juntos a quizá entre 7 y 12 millones de personas, según la mayoría de las estimaciones.
¿Sabías que la Revolución de Octubre ocurrió en noviembre según el calendario occidental? Rusia siguió usando hasta febrero de 1918 el calendario juliano, con 13 días de retraso.
Los vencedores fundaron la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas en diciembre de 1922. Tras la muerte de Lenin en 1924, Iósif Stalin se impuso a sus rivales e impulsó una industrialización forzosa y la colectivización del campo, que provocó hambrunas que mataron a millones de personas, sobre todo en Ucrania. En el Gran Terror de 1937 y 1938 fueron fusiladas unas 700.000 personas, y millones pasaron por los campos de trabajo del Gulag. La promesa de igualdad había engendrado una autocracia nueva y más dura, dirigida por un partido único en nombre de los obreros.
Aun así, el modelo soviético convirtió un país campesino en una potencia industrial que ayudaría a derrotar a Hitler, e inspiró a revolucionarios de China y Vietnam a Cuba. Durante setenta años, el mundo estuvo dividido entre dos respuestas a la pregunta de cómo organizar una sociedad. La URSS se disolvió el 26 de diciembre de 1991. El debate que abrió no se ha cerrado del todo.
Fig. 82 · La Revolución rusa. En 1917 cayó el zar de Rusia y los bolcheviques tomaron el poder: nació el primer Estado comunista y el mundo quedó dividido setenta años.
Capítulo 83 · Parte IX
La Gran Depresión
En Estados Unidos, los años veinte fueron «felices» y ruidosos. Las fábricas producían coches y radios, y la gente corriente pedía prestado para comprar acciones, convencida de que los precios seguirían subiendo. Pero a finales de octubre de 1929 dejaron de hacerlo. El Jueves Negro, 24 de octubre, y el Martes Negro, 29 de octubre, una ola de ventas por pánico barrió la Bolsa de Nueva York. En el verano de 1932, el índice Dow Jones había caído cerca de un 89 % desde su máximo de 1929.
Un desplome bursátil, por sí solo, no tiene por qué hundir una economía. Lo que convirtió este en la Gran Depresión fue una cadena de fallos. Los ahorradores, asustados, hacían cola para retirar su dinero, y unos 9.000 bancos estadounidenses quebraron entre 1930 y 1933, llevándose por delante ahorros y crédito. Cayeron los precios y los salarios, las deudas se hicieron más difíciles de pagar y las empresas recortaron producción y plantillas. En 1933, cerca de una cuarta parte de la población activa estadounidense estaba en paro. En las Grandes Llanuras, la sequía y las tormentas de polvo del Dust Bowl empujaron a las familias campesinas hacia el oeste.
La crisis se hizo mundial porque la economía global estaba atada por préstamos y por el patrón oro, que obligaba a los países a defender su moneda subiendo los tipos de interés y recortando el gasto, justo cuando hacía falta lo contrario. Los prestamistas estadounidenses reclamaron sus créditos a Europa. En mayo de 1931 quebró el mayor banco de Austria, el Creditanstalt, y la crisis arrasó Alemania y Gran Bretaña, que abandonó el oro en septiembre. El arancel Smoot-Hawley de 1930 elevó los derechos de importación estadounidenses, otros países respondieron y el comercio mundial se redujo en valor cerca de dos tercios entre 1929 y 1933. Se hundieron los precios del café, el caucho, el trigo y el cobre, arruinando a productores de Brasil a Malasia y a la Costa de Oro.
¿Sabías que la célebre imagen de banqueros arruinados saltando por las ventanas de Wall Street en octubre de 1929 es en gran parte un mito? El economista J. K. Galbraith no halló ninguna ola de suicidios así en la época del crac.
La desesperación cambió la política. En Alemania, el paro superó los seis millones y el voto al partido nazi de Adolf Hitler pasó del 2,6 % en 1928 al 37 % en julio de 1932; en enero de 1933 fue nombrado canciller. En Japón, las penurias reforzaron a los militaristas, y el ejército se apoderó de Manchuria en 1931. En 1930, golpes militares derribaron gobiernos en Argentina, Brasil y otros países de América Latina. Mucha gente concluyó que la democracia liberal y el libre mercado habían fracasado.
Había otras respuestas posibles. En Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt lanzó en 1933 el New Deal, con obras públicas, garantía de depósitos bancarios y una nueva seguridad social. En 1936, John Maynard Keynes sostuvo que, ante una depresión, los gobiernos debían gastar en lugar de cuadrar las cuentas. La recuperación completa solo llegó con el rearme para la guerra. Las lecciones sobre los pánicos bancarios, las guerras comerciales y el coste de no hacer nada aún guían hoy a los bancos centrales. El hambre es mala guardiana de la democracia.
Fig. 83 · La Gran Depresión. El crac de Wall Street de 1929 se propagó por bancos, aranceles y el patrón oro hasta causar una crisis mundial que alimentó el extremismo.
Capítulo 84 · Parte IX
La Segunda Guerra Mundial
La Segunda Guerra Mundial nació de las ruinas de la primera. El rencor por el reparto de Versalles y la miseria de la Depresión ayudaron a llevar a Adolf Hitler al poder en Alemania, mientras en Asia un Japón expansionista se apoderaba de Manchuria en 1931 y lanzaba en 1937 una guerra total contra China, marcada por la masacre de Nankín. En Europa, Gran Bretaña y Francia ensayaron la política de apaciguamiento hasta que Alemania invadió Polonia el 1 de septiembre de 1939. Dos días después le declararon la guerra.
Al principio Alemania parecía imparable. Su rápida combinación de tanques y aviones arrolló Polonia y después los Países Bajos, Bélgica y Francia en la primavera de 1940, y dejó a Gran Bretaña luchando sola; su aviación ganó la batalla de Inglaterra aquel otoño. El 22 de junio de 1941 Hitler invadió la Unión Soviética, y el 7 de diciembre Japón atacó la flota estadounidense en Pearl Harbor y arrasó el Sudeste Asiático. La guerra era ya realmente mundial. La marea cambió en 1942 y 1943: en Midway, en el Pacífico; en El Alamein, en Egipto; y sobre todo en Stalingrado, donde un ejército alemán fue cercado y destruido. La Unión Soviética soportó la mayor parte de los combates y de las muertes, quizá 27 millones.
Tras las líneas del frente, la Alemania nazi perpetró el Holocausto, el asesinato sistemático de unos seis millones de judíos, dos tercios de la población judía de Europa, junto con gitanos, personas con discapacidad, prisioneros de guerra soviéticos y otros. Los escuadrones móviles de exterminio fusilaron a sus víctimas por cientos de miles; después, campos de exterminio construidos a tal fin, el mayor de ellos Auschwitz-Birkenau, mataron a escala industrial. Los civiles fueron blanco en todas partes: de la ocupación y las matanzas, de los bombardeos de ciudades de Londres a Hamburgo y Tokio, y del hambre, como en Bengala en 1943.
¿Sabías que el Ejército de la India llegó a tener unos 2,5 millones de hombres durante la guerra? Fue el mayor ejército de voluntarios de la historia y combatió en África, Italia y Birmania.
El desembarco aliado en Normandía, el 6 de junio de 1944, abrió un segundo frente en el oeste, y Alemania capituló el 8 de mayo de 1945, después de que las tropas soviéticas tomaran Berlín. Japón siguió luchando hasta que Estados Unidos lanzó bombas atómicas sobre Hiroshima el 6 de agosto y sobre Nagasaki el 9 de agosto, y la Unión Soviética le declaró la guerra. Japón anunció su rendición el 15 de agosto. Las estimaciones del total de muertos van de unos 70 a 85 millones, en su mayoría civiles; China perdió quizá entre 15 y 20 millones.
El mundo que surgió se reconstruyó a propósito para impedir que se repitiera. En 1945 se fundaron las Naciones Unidas. En Núremberg y Tokio se juzgó a dirigentes por crímenes de guerra y contra la humanidad, y en 1948 llegaron la Convención sobre el Genocidio, con una palabra que el jurista Raphael Lemkin había acuñado en 1944, y la Declaración Universal de Derechos Humanos. Europa quedó dividida entre dos nuevas superpotencias, y los viejos imperios estaban demasiado débiles para retener sus colonias. El «nunca más» se convirtió en una promesa escrita en la ley.
Fig. 84 · La Segunda Guerra Mundial. El conflicto más mortífero de la historia mató a quizá 70 a 85 millones de personas y terminó con el Holocausto al descubierto y la bomba atómica.
Capítulo 85 · Parte IX
La era nuclear
A las 5.29 de la mañana del 16 de julio de 1945, en el desierto de Nuevo México, los científicos del Proyecto Manhattan contemplaron la primera explosión atómica, con el nombre en clave de Trinity. El proyecto, dirigido por el general Leslie Groves y el físico J. Robert Oppenheimer, había empleado a mucho más de 100.000 personas. Tres semanas después, una sola bomba destruyó Hiroshima y, tres días más tarde, otra cayó sobre Nagasaki. A finales de 1945, las dos bombas habían matado a bastante más de 100.000 personas, y quizá a más de 200.000 según algunas estimaciones, muchas por quemaduras y radiación.
El monopolio estadounidense duró poco. La Unión Soviética probó su primera bomba en agosto de 1949, con ayuda del espionaje, y Gran Bretaña la siguió en 1952. En noviembre de ese año, Estados Unidos ensayó la primera bomba de hidrógeno, cientos de veces más potente que la de Hiroshima, y en 1961 los soviéticos hicieron estallar la Bomba del Zar, la mayor de la historia, de unos 50 megatones. Francia entró en el club en 1960 y China en 1964. Las superpotencias construyeron bombarderos, después misiles y luego submarinos capaces de esconderse bajo los océanos, hasta que cada una pudo destruir a la otra incluso después de recibir el primer golpe.
Aquella lógica sombría se llamó destrucción mutua asegurada y se convirtió en el extraño cimiento de la paz entre las grandes potencias. Estuvo a punto de fallar en octubre de 1962, durante la crisis de los misiles de Cuba, cuando se descubrieron misiles soviéticos en la isla y el mundo esperó trece días a que Kennedy y Jruschov dieran un paso atrás. Las falsas alarmas, los ordenadores defectuosos y el criterio humano también tuvieron su papel.
¿Sabías que el 26 de septiembre de 1983 el oficial soviético Stanislav Petrov consideró falsa alarma un aviso por satélite de misiles estadounidenses en camino y no lo notificó como ataque? Tenía razón.
Los arsenales mundiales alcanzaron su máximo en 1986, con unas 70.000 cabezas nucleares. Los tratados de control de armamento, el fin de la Guerra Fría y el desmantelamiento los han reducido a unas 12.000 hoy, cerca del 90 % en manos de Estados Unidos y Rusia. El Tratado de No Proliferación de 1968 intentó congelar el club, pero la India, Pakistán y Corea del Norte han ensayado armas, y se cree ampliamente que Israel las posee. Sudáfrica construyó seis bombas y luego renunció a ellas, el único Estado que lo ha hecho. El átomo dividido dio también al mundo la energía nuclear, que aporta cerca de una décima parte de su electricidad, y los accidentes de Chernóbil en 1986 y Fukushima en 2011.
La era nuclear no ha terminado; se ha convertido en telón de fondo. El Nuevo START, el último tratado que limitaba los arsenales estadounidense y ruso, debía expirar en febrero de 2026, y hay nuevas carreras armamentísticas de misiles y cabezas en marcha. La disuasión ha resistido ocho décadas, tanto por suerte como por diseño. Ningún arma nuclear se ha usado en una guerra desde Nagasaki. Es un historial que merece la pena proteger.
Fig. 85 · La era nuclear. Desde 1945 la humanidad tiene el poder de destruirse; hoy nueve Estados poseen la bomba y, de momento, la disuasión ha funcionado.
Capítulo 86 · Parte IX
El fin de los imperios
En 1945, Gran Bretaña, Francia, los Países Bajos, Bélgica y Portugal aún gobernaban buena parte de África y Asia. Treinta años después, casi todo era independiente. Los imperios habían tardado siglos en construirse, pero la Segunda Guerra Mundial derribó sus cimientos. La conquista japonesa de Singapur, Indonesia y Birmania en 1942 hizo añicos el mito de la invencibilidad europea. Gran Bretaña y Francia salieron victoriosas, pero casi en bancarrota, y las nuevas superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética, se oponían ambas a las colonias al viejo estilo, cada una por sus propias razones. La Carta de las Naciones Unidas hablaba de la libre determinación de los pueblos.
Ante todo, los movimientos nacionalistas se habían hecho fuertes. En la India, el partido del Congreso de Mahatma Gandhi y Jawaharlal Nehru llevaba décadas movilizando a millones de personas mediante la protesta no violenta. El 15 de agosto de 1947, la India británica se independizó, pero dividida en la India y Pakistán. La Partición desarraigó a unos 15 millones de personas y mató a entre 200.000 y dos millones en la violencia entre comunidades. Ceilán y Birmania siguieron en 1948. En Indonesia, Sukarno proclamó la independencia en 1945 y combatió a los neerlandeses hasta que cedieron en 1949.
Algunos imperios se retiraron; otros lucharon. En Vietnam, el Viet Minh comunista derrotó a Francia en Dien Bien Phu en 1954. Argelia, que Francia consideraba parte de su propio territorio, obtuvo la independencia en 1962 tras una guerra de ocho años que costó cientos de miles de vidas. En Kenia, Gran Bretaña aplastó la rebelión del Mau Mau en los años cincuenta con detenciones masivas y torturas, pero Kenia era independiente en 1963. Portugal resistió más que nadie: combatió en Angola, Mozambique y Guinea-Bisáu hasta que un golpe en Lisboa, en 1974, devolvió a los soldados a casa.
En otros lugares el cambio llegó de golpe. Kwame Nkrumah llevó a la Costa de Oro a la independencia como Ghana en 1957, la primera colonia subsahariana que se liberó de Gran Bretaña. En febrero de 1960, el primer ministro británico Harold Macmillan dijo ante el Parlamento sudafricano que un «viento de cambio» soplaba sobre el continente, y solo ese año se independizaron diecisiete Estados africanos.
¿Sabías que de los diecisiete países africanos que se independizaron en 1960, el «Año de África», catorce habían estado bajo dominio francés?
La libertad no cerró la historia. Las fronteras trazadas por funcionarios coloniales dividieron pueblos y juntaron a rivales. Muchos Estados nuevos, faltos de administradores formados y dependientes de la exportación de unas pocas materias primas, cayeron en golpes de Estado o en regímenes de partido único. La Guerra Fría los persiguió, como en el Congo, donde el primer ministro electo Patrice Lumumba fue derrocado y asesinado en 1961. Aun así, las nuevas naciones rehicieron la política mundial: en Bandung, en 1955, dirigentes asiáticos y africanos se reunieron sin sus antiguos amos, y las Naciones Unidas pasaron de 51 miembros en 1945 a 193 hoy. El mapa del mundo se redibujó en el transcurso de una sola vida.
Fig. 86 · El fin de los imperios. Tras 1945, los pueblos colonizados, de la India a África, se independizaron en una generación y los imperios europeos se disolvieron.
Capítulo 87 · Parte IX
La Guerra Fría
La alianza que derrotó a Hitler no sobrevivió a la victoria. En 1946, Winston Churchill ya advertía de un telón de acero que cruzaba Europa, tras el cual la Unión Soviética instalaba gobiernos comunistas de Polonia a Bulgaria. En 1947, Estados Unidos respondió con la doctrina Truman, la promesa de apoyar a los pueblos que resistieran al comunismo, y con el Plan Marshall, que inundó de ayuda Europa occidental. Cuando Stalin bloqueó Berlín Oeste en 1948, aviones estadounidenses y británicos abastecieron la ciudad durante casi un año en el puente aéreo de Berlín. En 1949, Occidente había creado la OTAN; el bloque soviético respondió con el Pacto de Varsovia en 1955.
Fue una guerra fría porque las dos superpotencias nunca se enfrentaron en batalla abierta. Las armas nucleares lo hacían demasiado peligroso. En su lugar, compitieron en todas partes. En guerras por delegación armaron y respaldaron a bandos opuestos: en Corea de 1950 a 1953, en Vietnam hasta 1975, en Angola desde 1975 y en Afganistán, donde las tropas soviéticas combatieron de 1979 a 1989 a los muyahidines abastecidos por Estados Unidos. Millones de personas murieron en esas guerras, casi ninguna de ellas civil estadounidense o soviética. Incluso la regla de no combatir directamente tuvo excepciones: pilotos soviéticos volaron en secreto contra aviones estadounidenses sobre Corea.
El pulso llegó hasta el cielo. El satélite soviético Sputnik entró en órbita el 4 de octubre de 1957, y Yuri Gagarin fue el primer ser humano en el espacio, el 12 de abril de 1961. Herido en su orgullo, Estados Unidos lanzó el programa Apolo y, el 20 de julio de 1969, Neil Armstrong y Buzz Aldrin caminaron sobre la Luna. Los espías también tuvieron su papel: los Cinco de Cambridge pasaron secretos británicos a Moscú, mientras la CIA ayudaba a derribar gobiernos en Irán en 1953 y en Guatemala en 1954. Los tanques soviéticos aplastaron levantamientos en Hungría en 1956 y en Checoslovaquia en 1968.
¿Sabías que George Orwell usó la expresión «guerra fría» en un ensayo de 1945 sobre la bomba atómica, dos años antes de que un asesor estadounidense, Bernard Baruch, la hiciera famosa?
El momento más peligroso llegó en octubre de 1962, cuando los misiles soviéticos en Cuba llevaron al mundo al borde de la guerra nuclear. No todos los países eligieron bando. Encabezado por Nehru en la India, Nasser en Egipto, Tito en Yugoslavia, Sukarno en Indonesia y Nkrumah en Ghana, el Movimiento de Países No Alineados se fundó en Belgrado en 1961, aunque incluso los neutrales fueron cortejados y presionados por ambos bloques.
El final llegó desde dentro. Agobiado por el gasto militar y una economía estancada, el dirigente soviético Mijaíl Gorbachov intentó reformas a partir de 1985, con la glásnost y la perestroika. En 1989, los países de Europa del Este se sacudieron el régimen comunista, casi siempre de forma pacífica, y el 9 de noviembre la multitud empezó a derribar el Muro de Berlín. La propia Unión Soviética se disolvió el 26 de diciembre de 1991. La guerra que nunca se declaró terminó sin una batalla.
Fig. 87 · La Guerra Fría. Durante cuatro décadas, Estados Unidos y la Unión Soviética se enfrentaron con armas, aliados interpuestos, espías y cohetes, pero nunca directamente.
Capítulo 88 · Parte IX
Las revoluciones de los derechos
En 1900, quienes podían votar, poseer bienes libremente, ir a cualquier escuela y ocupar cualquier empleo eran una pequeña minoría de la humanidad: sobre todo hombres, sobre todo propietarios, sobre todo blancos. A lo largo del siglo XX ese círculo se amplió una y otra vez. Nada fue regalado. Cada ampliación de derechos se defendió con argumentos, con marchas y a veces con la vida, y cada una chocó con una resistencia feroz.
Primero llegó el voto. Nueva Zelanda concedió a las mujeres el voto en las elecciones nacionales en 1893, seguida de Australia en 1902 y Finlandia en 1906; en 1907 Finlandia fue el primer país en elegir a mujeres para su parlamento. En Gran Bretaña, las sufragistas del movimiento de Emmeline Pankhurst rompían escaparates y hacían huelgas de hambre; las mayores de 30 años obtuvieron el voto en 1918, y la igualdad de condiciones en 1928. Las estadounidenses lo ganaron en 1920, las francesas no hasta 1944 y las suizas, en las elecciones federales, no hasta 1971. Cuando la India independiente adoptó el sufragio universal adulto en 1950, concedió el voto de golpe a más personas que ningún país hasta entonces.
Tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial, un comité presidido por Eleanor Roosevelt redactó la Declaración Universal de Derechos Humanos, aprobada por las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948. Proclamaba que todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos. Convertir esas palabras en ley llevó décadas. En el sur de Estados Unidos, la segregación se impugnó en los tribunales con el caso Brown contra el Consejo de Educación en 1954 y en las calles con el boicot a los autobuses de Montgomery, desencadenado por Rosa Parks en 1955. El movimiento encabezado por Martin Luther King Jr. y muchos otros logró la Ley de Derechos Civiles de 1964 y la Ley de Derecho al Voto de 1965.
En Sudáfrica, el sistema del apartheid, impuesto desde 1948, clasificaba a cada persona por su raza. Sus opositores fueron encarcelados, exiliados o asesinados, como en Sharpeville en 1960. Nelson Mandela pasó 27 años en prisión hasta su liberación en 1990 y, en 1994, fue elegido presidente en las primeras elecciones democráticas del país. Entretanto, la descolonización llevó el autogobierno a cientos de millones de personas en Asia y África.
¿Sabías que la primera mujer jefa de Gobierno del mundo fue Sirimavo Bandaranaike, de Ceilán, la actual Sri Lanka, que asumió el cargo en 1960?
La lucha llegó también a la vida privada. Escritoras como Simone de Beauvoir y Betty Friedan, la píldora anticonceptiva y el movimiento de liberación de la mujer de los años sesenta y setenta cuestionaron leyes y costumbres sobre el trabajo, el matrimonio y el cuerpo. Los disturbios de Stonewall, en Nueva York, en 1969, iniciaron el movimiento moderno por los derechos de los homosexuales; en 2001, los Países Bajos fueron el primer país en permitir el matrimonio entre personas del mismo sexo. Después llegaron leyes sobre los derechos de las personas con discapacidad. Ninguna de estas conquistas está completa, y algunas han retrocedido. Pero el significado de la palabra nosotros es mucho más amplio que hace un siglo.
Fig. 88 · Las revoluciones de los derechos. El voto, los derechos civiles, el fin del apartheid y la liberación de la mujer ampliaron, despacio y con resistencias, quién era plenamente igual.
Capítulo 89 · Parte IX
La Gran Aceleración
Si se representa casi cualquier medida de la actividad humana desde 1800, la línea avanza despacio, sube y, hacia 1950, se dispara bruscamente como la pala de un palo de hockey. Población, consumo de energía, producción económica, fertilizantes, presas, coches, vuelos, teléfonos y turismo se curvan hacia arriba al mismo tiempo. Y también las huellas que dejan en el planeta: el dióxido de carbono del aire, la acidez de los océanos, los bosques perdidos, las especies extinguidas. A comienzos de la década de 2000, científicos del sistema Tierra dirigidos por Will Steffen colocaron dos docenas de estos gráficos uno junto a otro y llamaron al patrón la Gran Aceleración.
Las causas confluyeron tras la Segunda Guerra Mundial. El petróleo barato sustituyó al carbón como principal combustible del mundo. La ciencia de la guerra dio a la industria de paz plásticos, fertilizantes sintéticos, motores a reacción y antibióticos. Nuevas instituciones como el Banco Mundial y los acuerdos comerciales del orden de posguerra fomentaron el crecimiento y el comercio global. En la Revolución Verde de los años sesenta, el trigo y el arroz de alto rendimiento obtenidos por científicos como Norman Borlaug, junto con el regadío y los fertilizantes, duplicaron las cosechas en México, la India y otros lugares.
Los resultados humanos fueron notables. La población mundial pasó de unos 2500 millones en 1950 a 8000 millones en 2022, porque la caída de la mortalidad infantil y el alargamiento de la vida superaron el descenso de la natalidad. La esperanza de vida mundial subió de menos de 50 años a más de 70. La producción económica mundial se multiplicó por más de diez, y el consumo de energía, aproximadamente por seis. Miles de millones de personas se mudaron a las ciudades: en 1950, menos de un tercio de la población era urbana; hoy lo es más de la mitad.
Los resultados para el planeta invitan a la reflexión. El dióxido de carbono atmosférico, unas 310 partes por millón en 1950, superó las 420 en la década de 2020, según las mediciones continuas realizadas desde 1958 en Mauna Loa, en Hawái, el registro conocido como curva de Keeling. La producción de plástico pasó de unos 2 millones de toneladas anuales a más de 400 millones. Las grandes presas, las flotas pesqueras y las tierras de cultivo han remodelado ríos, mares y suelos. Muchos de estos cambios ya son visibles en las propias rocas y sedimentos.
¿Sabías que los geólogos propusieron el lago Crawford, en Ontario, cuyo lodo estratificado conserva plutonio de los ensayos nucleares de los años cincuenta, como marcador de una nueva época? La propuesta se rechazó en 2024.
Por eso muchos científicos hablan del Antropoceno, la era de los humanos, un término popularizado por el químico Paul Crutzen en 2000. Las autoridades geológicas rechazaron en 2024 la propuesta formal de fecharlo a comienzos de los años cincuenta, pero el debate sobre la palabra no ha empañado las pruebas que la sustentan. Algunas curvas han empezado a doblarse: el crecimiento de la población se frena, y la energía solar y la eólica se extienden con rapidez. Otras siguen subiendo. El palo de hockey es la forma que define el mundo moderno, y nadie sabe todavía dónde acaba la pala.
Fig. 89 · La Gran Aceleración. Desde 1950, población, energía, economía y contaminación se dispararon juntas en la curva que los científicos llaman la Gran Aceleración.
Capítulo 90 · Parte IX
El siglo que se quebró
Ningún siglo mató a más personas por la violencia que el XX. Dos guerras mundiales, el Holocausto, el genocidio armenio de 1915, las hambrunas y el terror de Stalin, la hambruna del Gran Salto Adelante en China, los campos de la muerte de Camboya y el genocidio de Ruanda en 1994 se cobraron juntos mucho más de cien millones de vidas; las estimaciones varían mucho y la mayoría son aproximadas. El historiador Eric Hobsbawm llamó a los años de 1914 a 1991 la era de los extremos.
Y, sin embargo, ningún siglo salvó tampoco más vidas. En 1900, la esperanza de vida media en el mundo rondaba los 32 años; en 2000 era de unos 66. La penicilina, descubierta por Alexander Fleming en 1928 y producida en masa en los años cuarenta, convirtió infecciones antes mortales en dolencias leves. Las vacunas domaron la polio, el sarampión y la difteria. La viruela, que mató a unos 300 millones de personas solo en el siglo XX, se declaró erradicada en 1980. La población mundial creció de unos 1600 millones a 6100 millones, y la proporción de quienes vivían en la pobreza extrema bajó de una amplia mayoría a cerca de un tercio, según la mayoría de las estimaciones.
La verdad incómoda es que el horror y el progreso brotaron a menudo de las mismas raíces. El proceso Haber-Bosch, desarrollado hacia 1910 por el químico Fritz Haber y el ingeniero Carl Bosch, extrae nitrógeno del aire para fabricar amoníaco. Produce el fertilizante que hoy alimenta a cerca de la mitad de la humanidad. También dio a Alemania los explosivos que necesitaba en la Primera Guerra Mundial, y el propio Haber dirigió el primer gran ataque con cloro en Ypres en 1915.
¿Sabías que Fritz Haber recibió el Premio Nobel de Química de 1918 por la síntesis del amoníaco, anunciado en 1919, solo cuatro años después de supervisar el primer gran ataque con gas venenoso?
El patrón se repite. El descubrimiento de la fisión nuclear en 1938 condujo a Hiroshima, pero también a la energía nuclear y a la radioterapia contra el cáncer. Los cohetes V-2 de Wernher von Braun, construidos por prisioneros de campos de concentración, mataron a miles de personas en Londres y Amberes; dos décadas después, su Saturno V llevó astronautas a la Luna. La producción en masa fabricó tanques y bombarderos, pero también coches, frigoríficos y medicamentos asequibles. El Estado burocrático capaz de gestionar un sistema de bienestar podía gestionar también un programa de deportaciones, y la radio transmitía tanto propaganda como noticias.
Lo que marcó la diferencia rara vez fue la tecnología en sí, sino las instituciones que la controlaban: si el poder rendía cuentas ante los votantes, los tribunales y una prensa libre, o ante un partido o un gobernante único. Las peores matanzas del siglo las cometieron Estados que habían escapado a esos controles. Esa es la lección que deja el siglo, mientras el siguiente adquiere poderes propios, de la ingeniería genética a la inteligencia artificial. Las herramientas no eligen. Las personas, sí.
Fig. 90 · El siglo que se quebró. El siglo XX produjo a la vez sus peores horrores y sus mayores logros, a menudo a partir de la misma ciencia y el mismo poder.
Parte X
La frontera
De los primeros ordenadores a las decisiones que marcarán la próxima era.
Capítulo 91 · Parte X
El giro digital
A mediados del siglo XV, la imprenta de Johannes Gutenberg en Maguncia abarató los libros lo bastante como para cambiar lo que los europeos podían saber. En la segunda mitad del siglo XX, una cadena de inventos hizo lo mismo con todo tipo de información a la vez, y lo hizo en todo el mundo en unos cincuenta años. Textos, cifras, imágenes, música y dinero se convirtieron en la misma materia prima: secuencias de unos y ceros que podían almacenarse, copiarse y enviarse casi gratis. Fue el giro digital, y disolvió dos límites ancestrales: hasta dónde podía viajar un mensaje y cuánto podía recordar una sociedad.
Primero llegó la idea. En 1936 el matemático británico Alan Turing describió una máquina universal capaz de realizar cualquier cálculo si recibía las instrucciones adecuadas. La guerra puso el dinero. Los descifradores de Bletchley Park construyeron Colossus en 1943-1944, y en Estados Unidos el ENIAC, del tamaño de una sala y terminado en 1945, pesaba unas 27 toneladas y funcionaba con unas 18.000 válvulas de vacío. Después, las piezas encogieron. El transistor, presentado en los Laboratorios Bell en 1947, y el circuito integrado de 1958-1959 permitieron a los ingenieros concentrar cada vez más interruptores en finas láminas de silicio. En 1965 Gordon Moore observó que su número en cada chip se duplicaba a un ritmo constante, cada dos años aproximadamente según su estimación posterior, una previsión que se cumplió durante medio siglo.
Después, las máquinas aprendieron a hablar entre sí. El 29 de octubre de 1969, ARPANET, financiada por el Gobierno estadounidense, transmitió su primer mensaje, de un ordenador de la UCLA a otro del Instituto de Investigación de Stanford. El 1 de enero de 1983 la red adoptó TCP/IP, las reglas comunes que aún permiten que cualquier red se conecte con cualquier otra, y nació la internet propiamente dicha. En el CERN, cerca de Ginebra, Tim Berners-Lee propuso la World Wide Web en 1989 y puso en línea el primer sitio web en 1991. En 1993 el CERN liberó la tecnología sin derechos de autor, para que cualquiera pudiera construir sobre ella.
¿Sabías que…? El primer mensaje de ARPANET debía ser «LOGIN», pero el sistema se bloqueó tras dos letras, así que la primera palabra enviada por la red fue «LO».
La comparación con la imprenta es acertada porque ambas tecnologías rompieron un monopolio. La imprenta socavó al copista y al texto único autorizado; internet socavó al editor, a la cadena de televisión y a la enciclopedia de la estantería. Ambas difundieron con igual eficacia el saber y el disparate, y ambas inquietaron a las autoridades de su tiempo. La diferencia es la velocidad. La imprenta tardó décadas en extenderse por Europa; la web pasó de un único servidor a unos mil millones de usuarios en menos de quince años. Fue global casi desde el principio: la India levantó una enorme industria de servicios informáticos en torno a Bangalore, Corea del Sur llevó la banda ancha a los hogares más deprisa que casi nadie, y buena parte de África se saltó por completo el teléfono fijo.
Los costes llegaron con los regalos. Oficios antiguos, de los periódicos a las agencias de viajes, quedaron vaciados, un puñado de empresas se adueñó de las principales puertas de acceso y los datos personales se convirtieron en mercancía. Aun así, el cambio de fondo es claro. La humanidad había construido una memoria compartida y un sistema nervioso común. La pregunta siguiente era quién se conectaría a él.
Fig. 91 · El giro digital. La informática e internet hicieron con la información lo que la imprenta hizo con los libros, pero más deprisa, uniendo a miles de millones.
Capítulo 92 · Parte X
Todos conectados
En 1995 menos de una persona de cada cien usaba internet. En 2024, según la Unión Internacional de Telecomunicaciones, lo hacían unos 5500 millones, aproximadamente dos tercios de la humanidad. Ninguna tecnología anterior, ni el libro impreso, ni la radio, ni siquiera la electricidad, llegó a tanta gente tan deprisa. En una sola generación, la mayor parte de la especie adquirió un aparato de bolsillo capaz de alcanzar en segundos a casi cualquier otro de sus miembros.
El smartphone lo hizo posible. El iPhone de Apple, de 2007, y el sistema Android de Google, de 2008, reunieron en un solo objeto un ordenador, una cámara, un mapa y un teléfono, y los terminales baratos de empresas chinas como Xiaomi, Oppo y Transsion los pusieron al alcance de miles de millones. El precio de los datos móviles se desplomó. En la India, Reliance Jio irrumpió en 2016 con datos muy baratos y en pocos años ayudó a convertir el país en uno de los mayores usuarios de internet móvil del mundo. Para muchas personas de África y del sur de Asia, el móvil fue el primer teléfono, la primera cámara y el primer banco que tuvieron.
¿Sabías que…?M-Pesa, lanzado en Kenia en 2007, permitía enviar dinero por mensaje de texto; en una década, la gran mayoría de los hogares kenianos usaba dinero móvil.
La conexión cambió la manera de organizarse. En Túnez en diciembre de 2010 y en Egipto en enero de 2011, los manifestantes usaron Facebook, Twitter y vídeos grabados con el móvil para coordinar y difundir las revueltas de la Primavera Árabe. En Hong Kong, en 2019, los manifestantes recurrieron a aplicaciones cifradas para concentrarse y dispersarse a toda velocidad. Las familias separadas por la emigración podían hablar a diario; los agricultores consultaban los precios antes de ir al mercado; los científicos compartían datos entre continentes en cuestión de horas. Las redes sociales se convirtieron en los mayores lugares de reunión de la historia: solo Facebook superó en 2023 los tres mil millones de usuarios mensuales.
La misma velocidad sirvió al engaño y al miedo. Los bulos difundidos por WhatsApp se vincularon con una oleada de linchamientos en la India en 2017 y 2018, y en 2018 investigadores de la ONU informaron de que Facebook había contribuido a propagar el odio contra los rohinyás en Myanmar. Los gobiernos aprendieron a vigilar, censurar o simplemente apagar la red; la India, Rusia, Irán y Etiopía han impuesto cortes. Los algoritmos diseñados para retener la atención tendían a premiar la indignación, un resultado que nadie buscó del todo y que nadie ha logrado corregir.
El mundo conectado aún no es el mundo entero. Unos 2600 millones de personas seguían desconectadas en 2024, la mayoría en regiones pobres y rurales, y en los países de renta baja las mujeres tenían menos probabilidades que los hombres de estar en línea. Pero la dirección es inequívoca. Durante casi toda la historia, una voz llegaba tan lejos como pudiera caminar un mensajero. Hoy llega tan lejos como la red, es decir, a casi todas partes.
Fig. 92 · Todos conectados. En una generación, casi toda la humanidad obtuvo un smartphone y un enlace con los demás para compartir, organizarse y engañar más rápido que nunca.
Capítulo 93 · Parte X
El genoma descifrado
Toda célula viva contiene instrucciones escritas en un alfabeto químico de cuatro letras, A, C, G y T, las bases del ADN. Durante casi toda la historia, ese código fue invisible. En setenta años, la humanidad aprendió a ver su forma, a leerlo de principio a fin y, por último, a reescribirlo, y se convirtió en la primera especie capaz de editar a propósito su propia biología.
Primero llegó la forma. En 1953, en Cambridge, James Watson y Francis Crick propusieron la doble hélice, apoyándose en imágenes de rayos X obtenidas en el King's College de Londres por Rosalind Franklin y Raymond Gosling, cuya aportación se minimizó durante mucho tiempo. Después llegó la lectura. El Proyecto Genoma Humano, internacional y puesto en marcha en 1990 con laboratorios de Estados Unidos, Gran Bretaña, Japón, Francia, Alemania y más tarde China, publicó un borrador en 2001 y dio el trabajo por esencialmente terminado en 2003, con un coste de unos 3000 millones de dólares. El genoma humano resultó tener unos 3000 millones de pares de bases, pero solo unos 20.000 genes codificantes de proteínas, muchos menos de lo que se esperaba.
¿Sabías que…? El genoma «completo» de 2003 aún tenía huecos que abarcaban en torno al 8 % del ADN; la primera secuencia humana realmente de extremo a extremo no se publicó hasta 2022.
Luego, leer se abarató. Las nuevas máquinas de secuenciación redujeron el coste de un genoma humano de unos 100 millones de dólares en 2001 a unos pocos cientos de dólares en la década de 2020, una caída más rápida que la famosa mejora de los chips informáticos. Los médicos empezaron a usar genomas para diagnosticar enfermedades raras en recién nacidos y, durante la pandemia de covid-19, laboratorios de Sudáfrica, Gran Bretaña y otros países rastrearon las nuevas variantes secuenciando el virus en cuestión de días.
Después llegó la edición. En 2012 Jennifer Doudna y Emmanuelle Charpentier demostraron que CRISPR-Cas9, un sistema con el que las bacterias se defienden de los virus, podía programarse para cortar el ADN en un punto elegido. Compartieron el Premio Nobel de Química en 2020. La herramienta era lo bastante barata y sencilla para cualquier laboratorio corriente. A finales de 2023, los reguladores de Gran Bretaña y después de Estados Unidos aprobaron Casgevy, la primera terapia basada en CRISPR, contra la anemia falciforme y la betatalasemia. La anemia falciforme es más frecuente entre personas de ascendencia africana, de Oriente Próximo y del sur de Asia, así que la esperanza es real y global, aunque el tratamiento sigue siendo carísimo.
La frontera entre curar y rediseñar se puso a prueba en 2018, cuando el científico chino He Jiankui anunció el nacimiento de dos gemelas cuyos embriones había editado para que resistieran el VIH. La reacción mundial fue de condena, y un tribunal de Shenzhen lo condenó a tres años de cárcel. Las modificaciones en las células ordinarias del cuerpo afectan a un solo paciente, pero las de los embriones pasan a todos sus descendientes, y la mayoría de los países las prohíbe. El código de la vida está ya abierto a revisión. Decidir quién sostiene la pluma es el problema más difícil.
Fig. 93 · El genoma descifrado. Hoy podemos leer y editar el código mismo de la vida y, por primera vez, una especie puede rediseñar a conciencia su propia biología.
Capítulo 94 · Parte X
El ajuste de cuentas climático
El carbón, el petróleo y el gas que impulsaron dos siglos de crecimiento son luz solar almacenada por bosques y plancton antiguos. Al quemarlos se libera dióxido de carbono que llevaba millones de años encerrado bajo tierra, y ese gas se ha ido acumulando en el aire. El resultado es el cambio climático, el calentamiento lento pero medible del planeta que acoge al mundo moderno, y quizá el problema común más difícil al que se ha enfrentado civilización alguna.
La ciencia es más antigua de lo que muchos suponen. En 1856 la científica estadounidense Eunice Foote demostró que el aire rico en dióxido de carbono se calentaba más al sol; en 1859 John Tyndall midió en Londres cómo los gases absorben el calor; y en 1896 el químico sueco Svante Arrhenius calculó que duplicar el dióxido de carbono calentaría la Tierra varios grados. En 1958 Charles David Keeling empezó a medir el gas en el Mauna Loa, en Hawái. Sus lecturas, la curva de Keeling, han pasado de unas 315 partes por millón a unas 425 en 2024, frente a unas 280 antes de la industrialización.
¿Sabías que…? El experimento de Eunice Foote se adelantó tres años al trabajo, más conocido, de Tyndall, pero su artículo lo leyó un hombre ante una reunión científica y su papel quedó casi olvidado durante más de un siglo.
El calentamiento ha seguido a la química. A mediados de la década de 2020, el mundo era unos 1,3 °C más cálido que a finales del siglo XIX, y 2024 fue el primer año natural con una media superior en más de 1,5 °C a esa referencia. Las olas de calor, las sequías y los aguaceros se han vuelto más frecuentes e intensos. En 2022 las inundaciones dejaron bajo el agua cerca de un tercio de Pakistán, un país responsable de mucho menos del 1 % de las emisiones históricas. Naciones insulares bajas como Tuvalu y Kiribati se enfrentan a la pérdida de su territorio. La injusticia viene de serie: quienes menos han quemado suelen ser los primeros en sufrir.
La política ha avanzado más despacio que la física. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático se creó en 1988, y la convención de la ONU sobre el clima se firmó en Río de Janeiro en 1992. El Protocolo de Kioto de 1997 obligaba solo a los países ricos, y Estados Unidos nunca lo ratificó. El Acuerdo de París de 2015 incorporó por fin a casi todas las naciones, cada una con sus propios compromisos, con el objetivo de mantener el calentamiento muy por debajo de 2 °C y tratar de no pasar de 1,5 °C; desde entonces, Estados Unidos se ha retirado de él dos veces. China se convirtió en el mayor emisor anual hacia 2006, mientras que Estados Unidos sigue siendo el mayor emisor histórico. El crecimiento, el empleo y las elecciones se miden en años; el peligro, en décadas.
Hay avances reales. El coste de la energía solar cayó en torno a un 90 % durante la década de 2010, la eólica y las baterías la siguieron, y el coche eléctrico pasó de curiosidad a producto de masas, con los fabricantes chinos a la cabeza. Sin embargo, los combustibles fósiles aún aportan cerca de cuatro quintas partes de la energía mundial. La prueba no es si la humanidad puede entender la amenaza, sino si sabrá actuar a tiempo.
Fig. 94 · El ajuste de cuentas climático. La energía fósil que construyó el mundo moderno calienta el planeta que lo acoge, una amenaza más lenta que la política y más difícil de afrontar.
Capítulo 95 · Parte X
El auge de la IA
El fuego amplió el cuerpo humano, la escritura amplió la memoria, la imprenta amplió el alcance y el vapor amplió el músculo. La inteligencia artificial promete ampliar la facultad que hizo posibles todos ellos: el propio pensamiento. A principios de la década de 2020 llegaron máquinas capaces de escribir, traducir, dibujar, programar y argumentar, y lo hicieron con una rapidez que sorprendió incluso a sus creadores.
La idea es antigua. En 1950 Alan Turing se preguntó si las máquinas podían pensar y propuso como prueba su juego de imitación. El propio nombre procede de una propuesta de 1955 de John McCarthy y sus colegas para un taller de verano en el Dartmouth College, en 1956. El optimismo inicial se apagó en los «inviernos de la IA» de los años setenta y finales de los ochenta, cuando los avances prometidos no llegaron y la financiación se agotó. El progreso vino, en cambio, del aprendizaje automático: programas que aprenden patrones a partir de datos en lugar de seguir reglas escritas a mano. Deep Blue, de IBM, venció en 1997 al campeón mundial de ajedrez Gari Kaspárov. En 2012 una red neuronal llamada AlexNet, del grupo de Geoffrey Hinton en Toronto, superó con holgura a sus rivales en el reconocimiento de imágenes, y en 2016 AlphaGo, de DeepMind, derrotó al maestro de go Lee Sedol por cuatro partidas a una en Seúl.
Dos ingredientes hicieron posible el salto: océanos de datos procedentes de internet y chips potentes, diseñados en gran parte por Nvidia en California y fabricados por TSMC en Taiwán. En 2017 investigadores de Google publicaron el transformer, una arquitectura capaz de aprender de enormes cantidades de texto. A gran escala, dio lugar a los grandes modelos de lenguaje. Se calcula que ChatGPT, de OpenAI, lanzado en noviembre de 2022, alcanzó los 100 millones de usuarios en unos dos meses, una de las adopciones más rápidas de cualquier producto de consumo. Siguieron sistemas rivales de empresas como Google, Anthropic y Meta, y de firmas chinas como Baidu, Alibaba y DeepSeek.
¿Sabías que…? AlphaFold, de DeepMind, predijo la forma tridimensional de unos 200 millones de proteínas, casi todas las conocidas por la ciencia, y sus creadores compartieron el Premio Nobel de Química de 2024.
Sus efectos llegan en todas direcciones. En el trabajo, la IA redacta, programa y resume, lo que aumenta la productividad en algunos empleos y amenaza otros, como hizo el telar mecánico con los tejedores manuales. En el saber, acelera la ciencia, pero también puede producir falsedades con total aplomo. En el arte, genera imágenes y música, y provoca pleitos por la obra humana de la que aprendió. En el poder, concentra la ventaja en las pocas empresas y países que pueden costearse la capacidad de cálculo, y añade nuevas herramientas para la vigilancia, la persuasión y la guerra. La Unión Europea aprobó en 2024 la primera ley general sobre IA; otros gobiernos aún deciden hasta dónde seguirla.
Nadie sabe todavía si la IA resultará parecida a la imprenta, una reordenación lenta y profunda, o algo más rápido y extraño. Algunos de sus creadores advierten de riesgos graves; otros prevén una edad de oro de los descubrimientos. En cualquier caso, la herramienta ya no es teórica. Está ya en manos de miles de millones.
Fig. 95 · El auge de la IA. Llegan deprisa máquinas que aprenden, escriben y razonan y, como el fuego, la imprenta y el vapor, podrían transformar el trabajo, el saber y el pensamiento.
Capítulo 96 · Parte X
La aldea global
En 1962 el teórico canadiense de los medios Marshall McLuhan escribió que los medios electrónicos estaban convirtiendo el mundo en una «aldea global». Medio siglo después, la expresión parecía menos una metáfora que una descripción. Mercancías, personas, dinero, ideas y gérmenes dan hoy la vuelta al planeta tan deprisa que un suceso en una ciudad puede alcanzar todos los continentes en cuestión de días.
Las tuberías de la aldea fueron modestas. En 1956 el empresario estadounidense del transporte por carretera Malcolm McLean envió el Ideal X de Newark a Houston con 58 cajas metálicas, y el contenedor normalizado acabó abaratando drásticamente el transporte marítimo de mercancías. El avión a reacción hizo lo mismo con las personas: los pasajeros aéreos pasaron de unos 310 millones al año en 1970 a más de 4000 millones en 2019. El comercio pasó de en torno a una cuarta parte de la producción mundial hacia 1970 a cerca del 60 % en 2008, y las fábricas se extendieron a China, Bangladés, Vietnam y México. Un teléfono montado en Shenzhen podía contener cobalto extraído en el Congo y funcionar con programas escritos en California.
La cultura viajó por las mismas rutas. Las películas de Bollywood llenaban cines de Lagos a Moscú, el Nollywood de Nigeria se convirtió en una de las industrias cinematográficas más prolíficas del mundo, el anime japonés y el pop surcoreano conquistaron públicos globales, y el fútbol inglés se veía en bares de Kampala a Kuala Lumpur.
¿Sabías que…? En diciembre de 2012, «Gangnam Style», del cantante surcoreano Psy, se convirtió en el primer vídeo de YouTube en superar los mil millones de reproducciones.
La interdependencia también propaga los problemas. La quiebra del banco de inversión estadounidense Lehman Brothers en septiembre de 2008 convirtió en semanas un bache inmobiliario en Estados Unidos en una recesión mundial. En marzo de 2021 un solo portacontenedores, el Ever Given, encalló en el canal de Suez y lo bloqueó durante seis días, reteniendo unos 9600 millones de dólares en mercancías cada día, según las estimaciones. Lo más doloroso fue un nuevo coronavirus, identificado en Wuhan (China) en diciembre de 2019, que en pocas semanas llegó a Tailandia, Estados Unidos, Francia y Australia. La Organización Mundial de la Salud declaró la pandemia el 11 de marzo de 2020, y a finales de ese año la covid-19 había alcanzado todos los continentes, incluida la Antártida. La OMS estimó más tarde unos 15 millones de muertes en exceso en 2020 y 2021, dentro de un intervalo de entre 13 y 17 millones.
La aldea no tiene alcalde. Pandemias, crisis financieras y rupturas de suministro cruzan las fronteras libremente, mientras que los organismos encargados de gestionarlas, de la OMS a la Organización Mundial del Comercio, dependen de gobiernos que responden ante votantes nacionales. Después de 2020, muchos países empezaron a acercar sus fábricas y a almacenar medicamentos, un repliegue parcial de la globalización en su versión más tensa. Aun así, los lazos son demasiado profundos para deshacerlos. El mundo es ya una sola aldea, le gusten o no sus vecinos.
Fig. 96 · La aldea global. El comercio, los viajes y la red tejieron una sola humanidad que comparte cultura y crisis: un virus, un mercado o un meme dan la vuelta al mundo en días.
Capítulo 97 · Parte X
Las nuevas grandes potencias
Durante la mayor parte de la historia escrita, el centro de gravedad económico del mundo estuvo en Asia. Según las estimaciones del historiador económico Angus Maddison, China y la India producían juntas cerca de la mitad de la riqueza mundial todavía en 1820. Los dos siglos siguientes, en los que dominaron Europa occidental y después Estados Unidos, parecen hoy menos el orden natural que un paréntesis insólito, y ese paréntesis se está cerrando.
Los historiadores llaman al ascenso de Occidente la Gran Divergencia. El carbón, las fábricas, la conquista imperial y nuevas instituciones financieras dieron a Europa y Norteamérica una ventaja que las guerras del Opio, el dominio colonial en la India y el hundimiento de la China de los Qing dejaron brutalmente a la vista. En 1950, según las cifras de Maddison, China y la India sumaban menos de una décima parte de la producción mundial, mientras que Estados Unidos generaba por sí solo más de una cuarta parte.
El regreso empezó en Japón, que se reconstruyó tras 1945 y en 1968 tenía ya la segunda economía del mundo. Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong y Singapur, los «cuatro tigres», siguieron sus pasos con un crecimiento basado en la exportación. El giro decisivo llegó en 1978, cuando Deng Xiaoping empezó a abrir China al mercado y a la inversión extranjera. China ingresó en la Organización Mundial del Comercio en 2001 y se convirtió en el taller del mundo. El Banco Mundial calcula que unos 800 millones de chinos salieron de la pobreza extrema en cuatro décadas, el descenso más rápido jamás registrado. Las reformas de la India en 1991 iniciaron su propio largo auge, y en 2023 superó a China como el país más poblado del mundo.
¿Sabías que…? Medida en paridad de poder adquisitivo, que corrige según los precios locales, la economía china superó a la estadounidense hacia 2014, según las cifras del FMI.
El poder ha seguido al dinero, aunque de forma desigual. China construyó la mayor armada del mundo por número de buques y en 2013 lanzó la Iniciativa de la Franja y la Ruta para financiar puertos, ferrocarriles y centrales eléctricas en Asia, África y América Latina. El grupo de los BRICS, reunido por primera vez en 2009 por Brasil, Rusia, la India y China, y al que se sumó Sudáfrica en 2010, volvió a ampliarse en 2024. Los Estados del Golfo, Indonesia, Turquía y Brasil actúan hoy como potencias en sus propias regiones y no como clientes de potencias lejanas.
El cambio no es sencillo ni está cerrado. Estados Unidos sigue teniendo la mayor economía a tipos de cambio de mercado, la moneda dominante y el ejército más poderoso, y China afronta una población que envejece y disminuye. La rivalidad entre ambos marca ya el comercio, la tecnología y la seguridad, de los semiconductores al estrecho de Taiwán. Lo que está claro es que un mundo dirigido desde unas pocas capitales occidentales está quedando atrás. Vista con perspectiva, Asia no está ascendiendo. Está regresando.
Fig. 97 · Las nuevas grandes potencias. El regreso de Asia al primer plano económico pone fin a dos siglos de dominio occidental y desplaza de nuevo hacia el este el centro de gravedad de la historia.
Capítulo 98 · Parte X
Vidas más largas y prósperas
En 1800, un recién nacido de cualquier lugar del mundo podía esperar vivir, por término medio, unos 30 años. La cifra la hundían sobre todo las muertes infantiles: en la mayoría de las sociedades, cerca de cuatro de cada diez niños morían antes de cumplir cinco años. En 2019 la esperanza de vida mundial superaba ya los 72 años, y la mortalidad antes de los cinco años había caído por debajo del 4 %. En esos mismos dos siglos, la proporción de la humanidad que vivía en la pobreza extrema pasó de una amplia mayoría a menos de una décima parte. Según muchos indicadores, ninguna época ha sido más segura para nacer.
La medicina aportó parte de la respuesta. En 1796 Edward Jenner demostró que la viruela vacuna protegía contra la viruela, y la campaña mundial que erradicó por fin la enfermedad en 1980 la dirigió la Organización Mundial de la Salud con equipos en África y el sur de Asia. En 1854 John Snow relacionó un brote de cólera en Londres con una fuente de agua contaminada, y el agua limpia y el alcantarillado alargaron la vida tanto como cualquier fármaco. Louis Pasteur y Robert Koch sentaron la teoría microbiana de la enfermedad; Alexander Fleming descubrió la penicilina en 1928, y su producción en masa en los años cuarenta hizo curables infecciones mortales. Las baratas sales de rehidratación oral, probadas en Bangladés y la India hacia 1970, han salvado desde entonces a millones de niños de la diarrea.
¿Sabías que…? La viruela mató a unos 300 millones de personas solo en el siglo XX, y sigue siendo la única enfermedad humana erradicada.
La riqueza aportó el resto. El crecimiento industrial elevó los salarios, y una agricultura mejor alimentó más bocas: la Revolución Verde de los años sesenta, con trigos de alto rendimiento obtenidos por Norman Borlaug en México y nuevas variedades de arroz de Filipinas, multiplicó las cosechas en la India, Pakistán y buena parte de Asia. También se extendió la escuela, y la alfabetización pasó de en torno a un adulto de cada ocho en 1820 a casi nueve de cada diez hoy. Las madres con estudios tenían hijos más sanos, y las familias que podían confiar en que sus hijos sobrevivirían tendían a tener menos.
Los avances son reales pero desiguales. El Banco Mundial sigue contando entre 700 y 800 millones de personas en pobreza extrema, según el umbral que se use, la mayoría en el África subsahariana. La covid-19 redujo la esperanza de vida mundial en casi dos años entre 2019 y 2021, aunque después se ha recuperado. Los ingresos más altos trajeron también nuevas cargas, de la obesidad y los accidentes de tráfico al envejecimiento de poblaciones que necesitan cuidados. Los países más pobres ganan hoy años de vida más deprisa que los ricos en su día, porque pueden adoptar vacunas y antibióticos en lugar de inventarlos.
Las malas noticias llegan de golpe; las buenas, despacio, y un niño que no murió no es noticia. Sin embargo, la duración de la vida de una persona corriente actual le habría parecido milagrosa a un emperador romano o a un príncipe mogol. El mundo sigue lleno de peligros. Pero también es, a la vista de las pruebas, mejor de lo que era.
Fig. 98 · Vidas más largas y prósperas. En dos siglos, la esperanza de vida se duplicó con creces y la pobreza extrema cayó a mínimos históricos: ninguna época ha sido más segura para nacer.
Capítulo 99 · Parte X
Nuestros frágiles poderes
A las 5.29 de la mañana del 16 de julio de 1945, en el desierto de Nuevo México, la prueba Trinity demostró que los humanos podían liberar la energía del átomo. Su director científico, J. Robert Oppenheimer, recordaría más tarde un verso del Bhagavad Gita: «Ahora me he convertido en la Muerte, el destructor de mundos». Por primera vez, una especie tenía en sus manos los medios para su propia destrucción. Ochenta años después, tiene varios.
Primero llegaron las armas nucleares. En 1986 los arsenales del mundo sumaban unas 70.000 cabezas nucleares. El desastre se evitó más de una vez por muy poco: durante la crisis de los misiles de Cuba, en octubre de 1962, y en septiembre de 1983, cuando el oficial soviético Stanislav Petrov juzgó que una alerta por satélite de misiles estadounidenses era una falsa alarma, con razón, y no la notificó como un ataque. Los tratados ayudaron. El Tratado de No Proliferación de 1968 y los acuerdos de control de armas durante y después de la Guerra Fría redujeron los arsenales a unas 12.000 cabezas en la actualidad, que aún bastarían para arrasar la civilización.
Los poderes más recientes son más sutiles. La energía fósil, que sacó de la pobreza a miles de millones, está calentando el clima. La biotecnología puede curar enfermedades hereditarias, pero las mismas herramientas podrían hacer más peligroso un germen; la Convención sobre Armas Biológicas de 1972 prohíbe esas armas, pero no tiene inspectores para comprobarlo. Las redes mundiales difunden por igual el conocimiento y la desinformación. La inteligencia artificial, la más reciente, podría acelerar la ciencia o automatizar ciberataques, vigilancia y armas, y algunos de sus propios diseñadores han advertido de riesgos a una escala mucho mayor.
¿Sabías que…? El Protocolo de Montreal de 1987, que eliminó los productos químicos que destruyen el ozono, fue el primer tratado de la ONU ratificado por todos los países del mundo, y se espera que la capa de ozono se recupere en las próximas décadas.
La historia demuestra que gobernar un poder peligroso es posible, pero difícil. El Protocolo de Montreal funcionó porque existían sustitutos y unas pocas empresas fabricaban esos productos. La contención nuclear se ha mantenido, hasta ahora, gracias a la disuasión, los tratados y la suerte. La acción climática es más lenta porque la energía está en todas partes y el coste del cambio recae en los votantes de hoy. Para la biotecnología y la IA las reglas apenas empiezan: la conferencia de Asilomar de 1975 fijó las primeras pautas de seguridad para la ingeniería genética, y en noviembre de 2023 los gobiernos se reunieron en Bletchley Park, en Inglaterra, en la primera cumbre mundial sobre seguridad de la IA.
La pauta común a todos ellos es que el poder crece más deprisa que las instituciones que lo guían. Cada tecnología llega como ventaja de un país o de una empresa y se convierte en riesgo para todos. La misma generación capaz de alimentar a ocho mil millones de personas podría deshacer ese logro en una tarde. Que estos poderes sean una escalera o una trampilla depende de decisiones que aún se están tomando.
Fig. 99 · Nuestros frágiles poderes. Las fuerzas que elevan a miles de millones, de la energía y la conexión a la biotecnología y la IA, también podrían destruirnos: nadie tuvo nunca tanto poder.
Capítulo 100 · Parte X
La historia no ha terminado
En el verano de 1989, mientras el comunismo se desmoronaba en Europa del Este, el politólogo estadounidense Francis Fukuyama publicó un ensayo en el que se preguntaba si la historia había llegado a su «fin». Quería decir que la democracia liberal podía resultar la forma definitiva de gobierno humano, no que los acontecimientos fueran a detenerse. En pocos años llegaron el genocidio de Ruanda, la guerra de los Balcanes y después los atentados del 11 de septiembre de 2001, el ascenso de China y el regreso de la guerra a gran escala a Europa. Los acontecimientos no habían leído el ensayo.
La lección recorre todo este libro. Todos los órdenes que parecieron permanentes a quienes vivían en ellos llegaron a su fin: el Imperio romano de Occidente en el siglo V; el califato abasí cuando los mongoles saquearon Bagdad en 1258; la dinastía Ming en 1644; el Imperio mogol en 1857; el Imperio británico, que en su apogeo, a principios de la década de 1920, dominaba cerca de una cuarta parte de las tierras del mundo y en torno a una quinta parte de su población; y la Unión Soviética, que se disolvió en diciembre de 1991. Pocos contemporáneos vieron venir estos finales, y menos aún adivinaron lo que vendría después.
¿Sabías que…? Shelley escribió «Ozymandias», su poema sobre la estatua destrozada de un olvidado rey de reyes, en 1817, en un concurso amistoso de sonetos con Horace Smith.
Igual de llamativo es que el futuro haya dependido una y otra vez de decisiones que podrían haber sido otras. Gran Bretaña abolió su trata de esclavos en 1807 tras una larga campaña de activistas, de escritores que habían sido esclavizados, como Olaudah Equiano, y sobre todo de la resistencia de los propios esclavizados, de la revolución de Haití a las revueltas de Jamaica. La independencia de la India en 1947 nació de un movimiento de masas encabezado por Gandhi y muchos otros. El fin del apartheid en Sudáfrica, sellado por las elecciones de 1994, llegó tras décadas de lucha y un traspaso de poder negociado bajo Nelson Mandela. La viruela se erradicó porque miles de sanitarios decidieron terminar el trabajo. Ninguno de estos desenlaces era inevitable, y la gente de la época lo sabía.
Las fuerzas descritas en los capítulos inmediatamente anteriores, el calentamiento, la inteligencia artificial, la edición genética, el desplazamiento del poder hacia Asia y la expansión de las redes, darán forma a la próxima era, pero no la dictan. Las tecnologías ofrecen opciones, no desenlaces. El mismo poder industrial construyó hospitales y la maquinaria de la guerra total; la misma física ilumina ciudades y puede arrasarlas. Lo que una sociedad hace con sus herramientas depende de sus leyes, de sus instituciones y del valor de la gente corriente.
Los historiadores del año 2500 sabrán cómo acabó el siglo XXI. Nosotros no, y esa incertidumbre es menos un motivo de miedo que una descripción de la libertad. Si la larga historia de la humanidad enseña algo, es que ningún orden es permanente y ningún futuro está escrito. El próximo capítulo está en blanco. Se está escribiendo ahora.
Fig. 100 · La historia no ha terminado. Ningún orden es permanente y ningún futuro está escrito: la historia no es destino sino elección, y el próximo capítulo lo escribimos nosotros.
Historia del mundo · Primera edición, octubre de 2026
100 capítulos · 10 partes · cien diagramas
por Mat Siems · The Visual Encyclopaedia, No. 5 · 2026