100 capítulos sobre el agua que cubre nuestro mundo
por Mat Siems
PARTES I–X · CAPÍTULOS 1–100 · MATSIEMS.COM
Parte I
El planeta agua
Cómo un mundo rocoso acabó envuelto en un único océano, profundo y salado.
Capítulo 1 · Parte I
El planeta azul
Vista a un millón de kilómetros, la Tierra es una canica azul con unas pocas manchas pardas y blancas. El océano mundial cubre alrededor del 71 % de la superficie, unos 361 millones de kilómetros cuadrados, y contiene cerca del 97 % de toda el agua del planeta. Su profundidad media ronda los 3700 metros y su volumen, los 1330 millones de kilómetros cúbicos. Todo lo demás es calderilla: los casquetes y glaciares guardan menos del 2 %, las aguas subterráneas una parte parecida, y todos los lagos, ríos y nubes juntos apenas una pizca del 1 %.
¿Por qué azul? El agua no es del todo incolora. Sus moléculas absorben débilmente la luz roja, de modo que unos pocos metros de agua tiñen de azul la luz blanca del Sol, y cuanto más profunda es el agua, más azul es la luz que devuelve. El reflejo del cielo refuerza el efecto hacia el horizonte. Donde el mar se vuelve verde o pardo, algo lleva en suspensión: fitoplancton con su clorofila, o limo de ríos como el Yangtsé y el Amazonas.
Hace poco que vemos el océano entero. En 1968 la tripulación del Apolo 8 fotografió la Salida de la Tierra sobre la Luna; en diciembre de 1972 el Apolo 17 tomó La canica azul, una de las fotografías más reproducidas de la historia, con África y el casquete antártico rodeados de mar. En 1990 la Voyager 1 volvió la vista desde unos 6000 millones de kilómetros y captó el planeta como el «punto azul pálido» de Carl Sagan. Hoy, satélites como Sentinel-6 y SWOT miden la altura de la superficie del mar con precisión de centímetros, mientras casi 4000 boyas Argo derivan por las profundidades registrando temperatura y salinidad.
El agua se reparte de forma desigual. El hemisferio sur es océano en torno al 81 %, y un globo centrado en el Pacífico Sur no muestra casi nada más que mar. Solo el Pacífico es mayor que todas las tierras emergidas juntas. Y sin embargo, pese a su tamaño, el océano es delgado: una media de 3,7 kilómetros en un planeta de 12 742 kilómetros de diámetro, proporcionalmente más fino que la piel de una manzana.
¿Sabías que toda el agua que hay sobre la Tierra, bajo su superficie y en el aire, reunida en una sola gota, formaría una esfera de apenas unos 1385 kilómetros de diámetro, mucho menor que la Luna?
Esa fina película mueve el planeta. Desde la década de 1970, el océano ha absorbido en torno al 90 % del calor sobrante atrapado por los gases de efecto invernadero, y capta aproximadamente una cuarta parte del dióxido de carbono que emitimos. Su plancton produce cerca de la mitad del oxígeno que se genera en la Tierra, y sus lentas corrientes estabilizan el clima. Vivimos en tierra firme, pero en todo lo que importa habitamos un planeta de agua.
Fig. 1 · El planeta azul. Dónde está el agua de la Tierra y qué fina es en realidad la película oceánica.
Capítulo 2 · Parte I
De dónde vino el agua
La Tierra se formó hace unos 4540 millones de años a partir del polvo y las rocas que giraban en torno al joven Sol, tan cerca de él que al hielo le costaba sobrevivir. ¿De dónde salió entonces el agua de todo un océano? Compiten dos grandes respuestas, y las pruebas apuntan cada vez más a que ambas contribuyeron. El agua pudo estar encerrada en los materiales rocosos de origen y ser desgasificada por los volcanes a medida que el planeta se calentaba, o pudo llegar en asteroides y cometas ricos en agua procedentes de los fríos confines del sistema solar.
El testigo clave es el gemelo pesado del hidrógeno, el deuterio. La proporción entre deuterio e hidrógeno común, el cociente D/H, funciona como una huella dactilar del lugar donde se formó el agua: cuanto más frío el lugar de nacimiento, más deuterio suele contener. Los océanos terrestres tienen unos 156 átomos de deuterio por cada millón de átomos de hidrógeno. Las condritas carbonáceas, meteoritos procedentes de asteroides, presentan una cifra casi idéntica. La mayoría de los cometas no. El cometa Halley y el Hale-Bopp contienen aproximadamente el doble de deuterio, y en 2014 la sonda Rosetta comprobó que el cometa 67P/Churiumov-Guerasimenko tiene un cociente más de tres veces superior al terrestre. El cometa Hartley 2, medido por el telescopio espacial Herschel en 2011, resultó una excepción de valor terrestre, así que los cometas no quedan descartados, pero parecen haber aportado poco.
Las misiones de retorno de muestras han afinado el cuadro. La sonda japonesa Hayabusa2 trajo granos del asteroide Ryugu en 2020, y la OSIRIS-REx de la NASA, polvo de Bennu en 2023; ambos contienen arcillas y otros minerales formados en agua líquida. Por otra parte, un estudio de 2020 sobre las condritas de enstatita, meteoritos que probablemente se parecen a las rocas del sistema solar interior, halló que contienen hidrógeno suficiente para haber aportado el agua de varios océanos desde el principio.
La cronología la dan unos cristales diminutos. Los circones de Jack Hills, en Australia Occidental, de unos 4400 millones de años, tienen proporciones de isótopos de oxígeno que indican que cristalizaron a partir de rocas que habían estado en contacto con agua líquida cerca de la superficie. Había, pues, océanos unos 150 millones de años después de la formación de la Tierra, y tras el gran impacto que, según se cree, originó la Luna. Hace unos 3800 millones de años, las lavas almohadilladas del cinturón de Isua, en Groenlandia, muestran erupciones bajo el agua.
¿Sabías que parte del agua de tu vaso podría ser más antigua que el Sol? Según los modelos, una fracción del agua terrestre se formó como hielo en la fría nube molecular de la que nació el sistema solar.
La cuestión importa mucho más allá de la Tierra. Si el agua llega de forma habitual con los planetas rocosos, los mundos oceánicos podrían abundar en torno a otras estrellas; si hizo falta una afortunada lluvia de asteroides, podrían ser raros. Cada grano de Ryugu y Bennu es un voto en ese debate, y el océano en el que nadamos es su primera y mejor prueba.
Fig. 2 · De dónde vino el agua. Fechar los primeros océanos y leer la huella de deuterio del agua.
Capítulo 3 · Parte I
Un solo océano mundial
Los atlas nombran cinco océanos, pero en realidad solo hay uno. El Pacífico, el Atlántico, el Índico, el Austral y el Ártico son cuencas de una única masa de agua continua, el océano mundial, y una gota de agua de mar puede recorrerlas todas. El agua del Atlántico Norte puede hundirse frente a Groenlandia, avanzar hacia el sur pegada al fondo, rodear la Antártida y aflorar en el Pacífico siglos después. Las fronteras trazadas entre las cuencas son comodidades humanas, no muros.
El gigante es el Pacífico, unos 165 millones de kilómetros cuadrados, más extenso que todas las tierras emergidas juntas y sede del punto más profundo, el abismo Challenger. El Atlántico, unos 106 millones, es el océano joven en forma de S que aún se ensancha entre las Américas por un lado y Europa y África por otro; su punto más hondo está en la fosa de Puerto Rico, a unos 8400 metros. El océano Índico, unos 70 millones, es el más cálido, cerrado al norte por Asia y gobernado por el monzón. El océano Austral rodea la Antártida, y el Ártico, el más pequeño y menos profundo con unos 14 millones de kilómetros cuadrados, es un mar casi cerrado cubierto de hielo a la deriva.
¿Quién decide dónde acaba uno? Desde 1921 la Organización Hidrográfica Internacional, con sede en Mónaco, coordina las cartas náuticas del mundo, y su publicación Límites de océanos y mares, editada por primera vez en 1928, traza las líneas oficiales. El Atlántico y el Índico se encuentran en el meridiano del cabo de las Agujas, el extremo sur de África; el Índico y el Pacífico, en una línea que baja desde Tasmania. El océano Austral ha tenido una carrera accidentada: apareció en la edición de 1937, desapareció en 1953, y un borrador de 2000 que lo restituía al sur de los 60° S nunca llegó a ratificarse formalmente. Los científicos lo usaron de todos modos, y National Geographic lo incorporó a sus mapas en el Día Mundial de los Océanos, el 8 de junio de 2021.
Lo que hace real al océano Austral es la corriente circumpolar antártica, la única que da la vuelta completa al planeta sin toparse con tierra. Impulsada por los vientos del oeste de los rugientes cuarenta y los furiosos cincuenta, transporta mucho más de cien veces el caudal conjunto de todos los ríos del mundo y enlaza entre sí las tres grandes cuencas del norte.
¿Sabías que el mar de los Sargazos es el único mar sin costas? Lo delimitan por completo las corrientes, los cuatro brazos del gran giro del Atlántico Norte.
Pensar en un solo océano no es una pedantería. El plástico de costas lejanas se amontona en la deshabitada isla Henderson, en el Pacífico Sur; el calor absorbido en los trópicos derrite el hielo de los polos; ballenas y anguilas cruzan cuencas sin pasaporte. El Tratado de Alta Mar de 2023 considera el océano situado más allá de las aguas nacionales como un único espacio compartido, que es lo que siempre ha sido.
Fig. 3 · Un solo océano mundial. Cinco cuencas con nombre, un solo océano, todas unidas alrededor de la Antártida.
Capítulo 4 · Parte I
Por qué el mar es salado
Quien prueba el mar prueba los continentes. La lluvia es ligeramente ácida, porque disuelve dióxido de carbono del aire, y al escurrir sobre la roca descompone poco a poco sus minerales. Esta meteorización química libera calcio, sodio, magnesio y potasio, que los ríos llevan hasta el mar. El agua de río sabe dulce solo porque esos iones están muy diluidos. El océano los concentra, porque la evaporación se lleva el agua pero deja las sales.
La otra mitad de la sal marina viene de abajo. El cloruro, el ion más abundante del agua de mar, escasea en las rocas; llegó sobre todo como gas clorhídrico expulsado por los volcanes en los inicios de la historia de la Tierra. Hoy las fuentes hidrotermales de las dorsales siguen intercambiando elementos con el agua de mar, añadiendo unos y retirando otros, sobre todo magnesio. El resultado es una media de unos 35 gramos de sal por kilogramo de agua de mar, es decir, un 3,5 %. El cloruro y el sodio suponen cerca del 86 %, y el sulfato, el magnesio, el calcio y el potasio casi todo el resto.
Las proporciones son asombrosamente constantes. En la década de 1880, el químico William Dittmar analizó 77 muestras recogidas por el HMS Challenger en todos los océanos y confirmó que, por salada que sea una muestra, sus iones principales mantienen las mismas proporciones. Eso facilitó medir la salinidad: antes, valorando el cloruro; hoy, mediante la conductividad eléctrica, según la escala práctica de salinidad de 1978. Las boyas Argo la registran hasta 2000 metros de profundidad, y satélites como el europeo SMOS cartografían desde 2009 la salinidad superficial desde la órbita.
Si los ríos aportan sal sin cesar, ¿por qué el mar no se vuelve cada vez más salado? Porque el balance más o menos se equilibra. La sal sale por las fuentes hidrotermales, adherida a arcillas que se hunden en el sedimento, y en enormes capas de evaporitas cuando se secan mares someros. Hace unos 6 millones de años, el Mediterráneo, aislado del Atlántico, se evaporó en gran parte durante la crisis salina del Messiniense y dejó capas de sal de más de un kilómetro de espesor. Cada elemento tiene su tiempo de residencia: el sodio permanece decenas de millones de años; el hierro y el aluminio, solo siglos. En 1899 John Joly dividió el sodio del océano entre el aporte anual de los ríos y calculó para la Tierra una edad de unos 90 millones de años. Se equivocó por un factor de cincuenta, porque el mar está en equilibrio, no llenándose.
¿Sabías que si toda la sal del mar se extendiera por igual sobre las tierras emergidas, formaría una capa de unos 166 metros de grosor, la altura de un edificio de 40 plantas?
Aun así, la salinidad varía de un lugar a otro. El mar Rojo, cálido y casi sin ríos, alcanza unos 40 gramos por kilogramo; el Báltico, alimentado por ríos y lluvia, baja a apenas unos gramos en el golfo de Botnia, demasiado poco para muchas especies marinas. El mar Muerto, sin salida, es casi diez veces más salado que el océano. Estas diferencias de sal, tanto como las de calor, impulsan las corrientes que agitan todo el océano.
Fig. 4 · Por qué el mar es salado. La sal entra por ríos, volcanes y fuentes; sale hacia la roca y el fango.
Capítulo 5 · Parte I
La forma del fondo marino
Si se vaciara el océano, el planeta mostraría dos grandes niveles. La gráfica de qué parte de la superficie terrestre se halla a cada altura, la curva hipsométrica, tiene dos picos: uno cerca del nivel del mar, los continentes, y otro mayor entre 4000 y 5000 metros de profundidad, los fondos oceánicos. La diferencia no se debe a la erosión, sino a la roca. Los continentes son granito grueso y ligero que flota alto; la corteza oceánica, basalto fino y denso que queda bajo.
Si uno se aleja de una costa típica, el fondo cambia por escalones. Primero llega la plataforma continental, el borde sumergido del continente, poco profundo y de suave pendiente, de unos 80 kilómetros de anchura media y que termina en un quiebre hacia los 140 metros. Su anchura varía muchísimo: frente a Siberia se extiende más de 1000 kilómetros, mientras que frente a Chile y Perú apenas existe. Durante la última glaciación, con el mar unos 120 metros más bajo, buena parte de ella era tierra firme, como Doggerland, entre Gran Bretaña y el resto de Europa.
Pasado el quiebre, el talud continental desciende unos pocos grados, una pendiente fuerte para el fondo marino, y está surcado por cañones submarinos como el de Monterrey, frente a California, tan profundo como el Gran Cañón. Por ellos se precipitan los sedimentos en corrientes de turbidez, verdaderas avalanchas submarinas. En 1929, una de ellas, desencadenada por un terremoto frente a los Grandes Bancos de Terranova, rompió uno tras otro una docena de cables telegráficos transatlánticos, lo que permitió calcular su velocidad. Al pie del talud, esos depósitos forman el glacis continental, que da paso a la llanura abisal, entre 3000 y 6000 metros de profundidad, uno de los lugares más llanos de la Tierra, donde el sedimento fino ha sepultado antiguas colinas volcánicas.
Cartografiar todo esto ha sido lento. Los primeros marinos usaban sondalezas con plomo; la expedición alemana del Meteor, de 1925 a 1927, estrenó la ecosonda a través del Atlántico Sur. En los años cincuenta, Marie Tharp, junto a Bruce Heezen en la Universidad de Columbia, convirtió miles de sondeos en los primeros mapas fisiográficos del fondo oceánico y descubrió el valle de rift que recorre la dorsal mesoatlántica. Hoy los satélites deducen el fondo a partir de leves abombamientos de la superficie del mar causados por la gravedad de las montañas submarinas, pero solo con una resolución de kilómetros.
¿Sabías que las superficies de Marte y de la Luna están cartografiadas con mucho más detalle que nuestro propio fondo marino?
El proyecto Seabed 2030, lanzado en 2017 por la Nippon Foundation y GEBCO, aspira a cartografiar todo el fondo con sonar moderno antes de que acabe la década. Cuando empezó, solo se había levantado así en torno al 6 %; a mediados de la década de 2020, la cifra rondaba la cuarta parte. Mejores mapas importan para las alertas de tsunami, el trazado de cables, la pesca y el encendido debate sobre la minería submarina. La mayor parte de la superficie del planeta sigue siendo, en la práctica, un espacio en blanco en la carta.
Fig. 5 · La forma del fondo marino. De la costa a la fosa: plataforma, talud, glacis y llanura abisal en un bloque.
Capítulo 6 · Parte I
Tectónica de placas y cuencas oceánicas
En 1912, un meteorólogo alemán llamado Alfred Wegener sostuvo en Fráncfort que los continentes se mueven. Sudamérica y África encajan como las mitades de una página rota; fósiles como el reptil Mesosaurus y el helecho Glossopteris aparecen a ambos lados del Atlántico Sur; hay vetas de carbón bajo el hielo antártico. En El origen de los continentes y los océanos (1915) propuso un supercontinente perdido, Pangea. La mayoría de los geólogos lo rechazó, sobre todo porque no sabía explicar qué fuerza podía arrastrar continentes a través de un fondo oceánico sólido. Murió en el casquete de Groenlandia en 1930, con su idea aún sin aceptar.
La respuesta llegó del mar. El sonar de la guerra y las campañas de posguerra revelaron una dorsal volcánica que rodea el globo y fosas profundas. En 1962, el geólogo de Princeton Harry Hess, que había manejado una ecosonda mientras mandaba un buque de transporte de la Marina estadounidense, propuso la expansión del fondo oceánico: en las dorsales se forma corteza nueva, que se aleja hacia ambos lados como dos cintas transportadoras y vuelve a hundirse en el manto en las fosas. Los continentes no aran el fondo; viajan sobre él. Las bandas magnéticas del fondo y la edad de los sedimentos perforados confirmaron pronto la idea, y a finales de los sesenta la tectónica de placas se había convertido en la teoría unificadora de la geología.
Una consecuencia sorprende: el fondo oceánico es joven. La corteza oceánica más antigua que se conserva, en el Pacífico occidental, tiene solo unos 180 millones de años, mientras que hay rocas continentales de cuatro mil millones. Los océanos son pasajeros. En 1966, el geofísico canadiense J. Tuzo Wilson se preguntó si el Atlántico no se habría cerrado para volver a abrirse, señalando un océano más antiguo, hoy llamado Jápeto, cuyo cierre soldó Escocia a Inglaterra. Su intuición se convirtió en el ciclo de Wilson: un continente se fractura, un nuevo océano se abre y se ensancha, sus viejos bordes empiezan a subducir y al final se cierra en una colisión que levanta montañas.
Cada etapa puede verse hoy. África oriental se está partiendo a lo largo del Gran Valle del Rift; el mar Rojo es un océano recién nacido; el Atlántico, uno maduro, que se ensancha unos 2,5 centímetros al año, más o menos lo que crece una uña, un ritmo que hoy miden directamente los satélites. El Pacífico, rodeado de fosas, encoge. El Mediterráneo es un resto del desaparecido océano de Tetis, comprimido por el avance de África hacia el norte, y el Himalaya marca el lugar donde el océano que precedía a la India se cerró por completo.
¿Sabías que la travesía de Colón por el Atlántico en 1492 sería hoy unos 13 metros más larga, porque el océano se ha ensanchado desde entonces?
La tectónica de placas decide dónde golpean los terremotos, dónde se alzan los volcanes y por dónde pueden circular las corrientes entre cuencas. Algunos geólogos calculan que dentro de 200 a 250 millones de años los continentes volverán a reunirse en un nuevo supercontinente, aunque discuten su forma. Los océanos, resulta, nacen, envejecen y mueren.
Fig. 6 · Tectónica de placas y cuencas oceánicas. El ciclo de Wilson: cómo los océanos nacen, se ensanchan, menguan y se cierran.
Capítulo 7 · Parte I
La dorsal oceánica
La cordillera más larga de la Tierra está casi entera bajo el agua. La dorsal oceánica serpentea por todos los océanos como la costura de una pelota de tenis: mide unos 65 000 kilómetros, se alza de 2000 a 3000 metros sobre el fondo circundante y su cresta suele quedar a unos 2500 metros bajo la superficie. Es donde el planeta fabrica corteza nueva. Cuando las placas se separan, la roca caliente del manto asciende, se funde en parte al disminuir la presión y brota como basalto a lo largo del eje, enfriándose en lavas almohadilladas sobre una capa de diques verticales.
Las dorsales tienen estilos distintos. La dorsal mesoatlántica se abre despacio, de 2 a 5 centímetros al año en total, y presenta un profundo valle de rift central. La dorsal del Pacífico oriental se separa varias veces más rápido, hasta unos 15 centímetros al año, y forma un abombamiento ancho y liso. La más lenta de todas es la dorsal de Gakkel, bajo el hielo ártico, que se abre como mucho un centímetro al año. A lo largo de cada dorsal, el agua de mar circula por la roca caliente y brota en fuentes hidrotermales, vistas por primera vez en 1977 por el sumergible Alvin en el rift de las Galápagos.
Islandia es el lugar donde la dorsal sale a tierra. Un punto caliente bajo la isla aporta tanto magma que la dorsal asoma sobre el mar, y los visitantes pueden caminar por el rift en Þingvellir o bucear con tubo entre las placas norteamericana y euroasiática en la grieta de Silfra. La isla no descansa: Surtsey surgió del mar entre 1963 y 1967, el Eldfell sepultó parte del pueblo de Heimaey en 1973, y desde 2021 una serie de erupciones en la península de Reykjanes amenaza la localidad de Grindavík.
La prueba de la expansión está en la propia roca. Al enfriarse, el basalto registra la dirección del campo magnético terrestre, que se invierte a intervalos irregulares, a menudo de unos cientos de miles de años. En 1963, Fred Vine y Drummond Matthews, en Cambridge, y por su cuenta el canadiense Lawrence Morley, explicaron las desconcertantes bandas magnéticas que los magnetómetros remolcados habían hallado en el fondo: franjas de magnetización normal e invertida formadas en la dorsal y desplazadas hacia fuera. Si tenían razón, las bandas debían ser simétricas a ambos lados de la dorsal. Un estudio de la dorsal de Reykjanes, al sur de Islandia, publicado en 1966, mostró justo eso.
¿Sabías que varias revistas rechazaron el artículo de Morley sobre las bandas, y que un revisor llegó a decir, según se cuenta, que esas ideas eran más propias de una charla de cóctel?
La última inversión completa, hace unos 780 000 años, es una marca nítida en el patrón, y las bandas permiten hoy fechar el fondo sin perforar. La dorsal también regula la química del océano y alberga sus ecosistemas más extraños. Cada año añade unos tres kilómetros cuadrados de fondo nuevo, un lento nacimiento que nunca se detiene.
Fig. 7 · La dorsal oceánica. Corteza nueva en la dorsal y las bandas magnéticas en espejo que probaron la expansión.
Capítulo 8 · Parte I
Las fosas y el abismo Challenger
El lugar más profundo de la Tierra está en el extremo sur de la fosa de las Marianas, una hendidura curva de unos 2500 kilómetros en el Pacífico occidental. Su punto más bajo, el abismo Challenger, se encuentra a unos 10 935 metros; las estimaciones varían en decenas de metros según el sonar y las correcciones aplicadas. Si se colocara el Everest, de 8849 metros, en el fondo, su cumbre quedaría todavía a más de dos kilómetros bajo la superficie. La presión supera allí 1000 veces la del nivel del mar, como un elefante sobre cada sello de correos.
Las fosas señalan las zonas de subducción, donde una placa se hunde bajo otra. La corteza oceánica se vuelve más fría, gruesa y densa con la edad, y en la fosa de las Marianas parte de la corteza más antigua del Pacífico, de 150 millones de años o más, se dobla bajo la placa Filipina y se hunde en el manto. El agua expulsada de la placa que desciende rebaja el punto de fusión de la roca superior y alimenta los volcanes de las islas Marianas. Repetido alrededor del Pacífico, el mismo proceso forma el Cinturón de Fuego, una herradura de 40 000 kilómetros de fosas y volcanes desde Chile hasta Alaska, Japón y Nueva Zelanda, que reúne cerca de tres cuartas partes de los volcanes activos del mundo y alrededor del 90 % de sus terremotos. El gran terremoto de Chile de 1960, de magnitud 9,5, y el de Tōhoku, frente a Japón, en 2011, se produjeron en estos límites.
El abismo debe su nombre a los barcos. En 1875, la tripulación del HMS Challenger arrió una sondaleza lastrada cerca de la fosa y midió unos 8180 metros, récord mundial entonces. En 1951, el buque hidrográfico HMS Challenger II halló con ecosonda profundidades mucho mayores, y el punto más hondo tomó su nombre. El 23 de enero de 1960, Jacques Piccard y Don Walsh descendieron en el batiscafo Trieste, una esfera de acero colgada bajo un flotador lleno de gasolina, y pasaron unos 20 minutos en el fondo. Nadie volvió hasta 2012, cuando el cineasta James Cameron bajó solo en el Deepsea Challenger. Desde 2019, el sumergible Limiting Factor del explorador Victor Vescovo ha hecho inmersiones repetidas con pasajeros como Kathy Sullivan, que en 2020 fue la primera mujer en llegar al fondo.
¿Sabías que antes de 2019 había más personas que habían caminado por la Luna que visitantes del abismo Challenger? Doce frente a tres.
Otras fosas son casi igual de hondas. El abismo Horizon, en la fosa de Tonga, alcanza unos 10 800 metros, y las fosas de Kermadec y de Filipinas superan los 10 000. La zona hadal, por debajo de 6000 metros, ocupa una fracción ínfima del fondo, y aun así viven en ella anfípodos, pepinos de mar y peces babosos, y también llegan nuestros desechos: se ha filmado una bolsa de plástico cerca del fondo de la fosa de las Marianas. Las fosas son el lugar donde muere el fondo oceánico, que devuelve corteza, agua y carbono al interior del planeta.
Fig. 8 · Las fosas y el abismo Challenger. Subducción en la fosa de las Marianas, tan honda que ahogaría al Everest.
Capítulo 9 · Parte I
Montes submarinos y puntos calientes
Decenas de miles de volcanes salpican el fondo oceánico sin haber llegado nunca a la superficie. Un monte submarino es una montaña sumergida que se eleva al menos 1000 metros sobre el fondo que la rodea. Los mapas de gravedad por satélite han detectado ya decenas de miles, y las lomas menores podrían contarse por millones. La mayoría no tiene nombre ni ha recibido visitas. En 2005, el submarino nuclear USS San Francisco chocó a gran velocidad contra uno cerca de Guam que no figuraba en sus cartas; murió un marinero.
Muchos montes submarinos crecen sobre puntos calientes, lugares donde un manto excepcionalmente caliente asciende desde las profundidades y funde la placa que tiene encima. La placa se mueve; el punto caliente, más o menos, se queda quieto. El resultado es una cinta transportadora de volcanes: el más joven sobre el punto caliente, los demás tanto más viejos cuanto más lejos han viajado. El geofísico canadiense J. Tuzo Wilson propuso la idea en 1963, y W. Jason Morgan la vinculó en 1971 a profundas plumas del manto.
El ejemplo clásico es la cadena Hawái-Emperador, unos 6000 kilómetros de islas y montes submarinos a través del Pacífico Norte. El Kīlauea y el Mauna Loa, en la isla Grande, están hoy sobre el punto caliente. Kauaʻi tiene unos 5 millones de años; Midway, unos 28 millones. Luego la cadena gira bruscamente hacia el norte, a una edad de unos 47 millones de años, y continúa con los montes submarinos del Emperador, ya sumergidos, hasta el monte Meiji, de unos 82 millones de años, que se hunde lentamente en las fosas frente a Kamchatka. Durante mucho tiempo se interpretó el codo como un cambio de rumbo de la placa del Pacífico, pero perforaciones oceánicas de 2001 mostraron que el propio punto caliente derivó hacia el sur durante la etapa del Emperador; el peso de cada causa sigue en debate. Frente a la costa sur de la isla Grande ya crece un nuevo volcán, Kamaʻehuakanaloa, antes llamado Lōʻihi, con la cima a unos 1000 metros bajo las olas.
Los montes submarinos viejos se hunden a medida que la placa se enfría y se asienta. A algunos las olas les arrasaron la cima antes de sumergirse, y se convirtieron en guyots, picos de cima plana identificados por Harry Hess en los años cuarenta y bautizados en honor del geógrafo de origen suizo Arnold Guyot. En mares cálidos, el coral puede crecer hacia arriba mientras el volcán se hunde y construir un atolón en forma de anillo, como sostuvo Charles Darwin en la década de 1830.
¿Sabías que el Mauna Kea, medido desde su base en el fondo oceánico, mide unos 10 000 metros, más de un kilómetro más que el Everest?
Los montes submarinos son también focos de biodiversidad. Desvían las corrientes y elevan nutrientes, atrayendo plancton, peces, tiburones y ballenas, mientras corales de aguas frías y esponjas se aferran a sus laderas. Frente a Nueva Zelanda y Tasmania sostuvieron prósperas pesquerías de reloj anaranjado, un pez que puede vivir bastante más de 100 años, hasta que la pesca de arrastre de fondo dejó pelados muchos de ellos. Sus corales podrían tardar siglos en recuperarse. Proteger estas islas de vida es hoy una prueba de si la conservación puede llegar más allá de la costa.
Fig. 9 · Montes submarinos y puntos calientes. La cadena Hawái-Emperador: el rastro de un punto caliente durante 82 millones de años.
Capítulo 10 · Parte I
Sedimentos: la memoria del océano
Cada año, una fina lluvia de polvo, conchas y restos se posa en el fondo oceánico, y en algunos lugares lleva cayendo sin interrupción más de 100 millones de años. Estos sedimentos marinos forman el registro más completo de la historia de la Tierra, una biblioteca escrita en fango. Cerca de los continentes son sobre todo terrígenos: arena, limo y arcilla arrastrados desde tierra o llevados por el viento, como el polvo del Sáhara que cruza el Atlántico. Más lejos, donde llegan pocos restos terrestres, dominan los restos de seres vivos.
Cuando los esqueletos del plancton suponen más del 30 % de un sedimento, se llama fango o lodo biógeno. El fango calcáreo está formado por las conchas calizas de los foraminíferos y las diminutas placas de los cocolitofóridos; los acantilados blancos de Dover son un fango del Cretácico alzado al aire. Solo sobrevive por encima de la profundidad de compensación de carbonatos, entre unos 4000 y 5000 metros, bajo la cual el agua fría y a alta presión disuelve la calcita. El fango silíceo, de diatomeas y radiolarios vítreos, se acumula bajo las aguas productivas que rodean la Antártida y a lo largo del ecuador. En las cuencas más profundas y remotas solo se deposita arcilla roja, quizá un milímetro cada mil años, sembrada de nódulos de manganeso e incluso de micrometeoritos.
El primer inventario mundial lo hizo el HMS Challenger, cuyas muestras dragadas describieron John Murray y Alphonse Renard en 1891. El gran salto llegó con la perforación. Desde 1968, el Glomar Challenger del Deep Sea Drilling Project atravesó cientos de metros de sedimento y demostró que este es más antiguo y más grueso cuanto más lejos está de las dorsales, tal como predecía la expansión del fondo; en 1970 halló sal bajo el Mediterráneo, prueba de que ese mar se había secado. Su sucesor, el JOIDES Resolution, perforó para el Ocean Drilling Program y los programas internacionales que lo siguieron desde 1985 hasta su última expedición, en 2024, y recuperó cientos de kilómetros de testigos, guardados en Texas, Bremen y Kōchi.
Los testigos revelan climas pasados gracias a la química. Los foraminíferos fabrican su concha con agua de mar, y la proporción de oxígeno 18, pesado, frente a oxígeno 16 aumenta en ella cuando los mantos de hielo retienen el agua ligera y el océano se enfría. En 1955 Cesare Emiliani mostró así que las glaciaciones llegaban en ciclos; en 1976 James Hays, John Imbrie y Nicholas Shackleton las relacionaron con los vaivenes de la órbita terrestre. Los testigos registran también catástrofes: la capa rica en iridio del impacto de un asteroide hace 66 millones de años, y la banda oscura y pobre en conchas del máximo térmico del Paleoceno-Eoceno, hace unos 56 millones de años, cuando un pulso de carbono calentó y acidificó el océano.
¿Sabías que el abanico de Bengala, construido con restos del Himalaya que arrastran el Ganges y el Brahmaputra, es la mayor acumulación de sedimentos de la Tierra, con más de 16 kilómetros de espesor en algunos puntos?
Aquel calentamiento antiguo es el análogo natural más cercano a nuestras emisiones de carbono actuales, aunque nosotros liberamos carbono mucho más deprisa. El fango de las profundidades recuerda lo que hizo el clima la última vez, y nos está diciendo lo que viene.
Fig. 10 · Sedimentos: la memoria del océano. Un testigo abisal leído de arriba abajo: glaciaciones, invernadero e impacto.
Parte II
El agua en movimiento
Olas, mareas y corrientes: la maquinaria incansable del mar.
Capítulo 11 · Parte II
Cómo funcionan las olas
En la playa parece que el mar avanza hacia nosotros en filas. No es así. Una ola es energía que atraviesa el agua, no agua que cruza el océano. Mar adentro, cada porción de agua describe un círculo casi perfecto al pasar una cresta: sube y avanza bajo la cresta, baja y retrocede bajo el seno, y termina casi donde empezó. Una gaviota posada sobre el oleaje se mece en bucles en lugar de dejarse llevar a la orilla. Esas órbitas se encogen con la profundidad y casi desaparecen a media longitud de onda bajo la superficie; por eso un submarino a 100 metros navega en plena tormenta con una calma casi total.
Casi todas las olas nacen del viento, y su tamaño depende de tres cosas: la fuerza del viento, cuánto tiempo sopla y el fetch, la extensión de agua abierta que recorre. Una brisa sobre un estanque riza el agua; un temporal que sopla dos días sobre 1.000 kilómetros del océano Austral levanta mares de 10 metros o más. Cuando las olas dejan atrás la tormenta que las creó, se ordenan por período en un largo y suave mar de fondo. En aguas profundas, la velocidad de una cresta en metros por segundo es de unas 1,56 veces su período en segundos: las crestas de un mar de fondo de 15 segundos corren a unos 84 kilómetros por hora, mientras la energía viaja a la mitad de esa velocidad.
Buena parte de esto se descubrió bajo presión. En la Segunda Guerra Mundial, Harald Sverdrup y Walter Munk idearon los primeros pronósticos prácticos de oleaje para los desembarcos aliados en el norte de África y luego en Normandía. En 1963, Munk y sus colegas instalaron estaciones desde Nueva Zelanda hasta Alaska y siguieron durante más de 10.000 kilómetros un oleaje nacido en tormentas cercanas a la Antártida. Hoy, boyas fondeadas registran cada subida y bajada, y altímetros de radar a bordo de satélites miden la altura de las olas en todo el planeta.
Una ola termina su viaje cuando siente el fondo. En aguas de menos de media longitud de onda se frena, las crestas se apiñan y la altura crece hasta que, al alcanzar unas cuatro quintas partes de la profundidad, la cresta adelanta a su base y se desploma. Las playas suaves dan rompientes de espuma; arrecifes abruptos como Pipeline, en Oahu, o Teahupo'o, en Tahití, forman tubos huecos. En Nazaré, Portugal, un cañón submarino de unos 5 kilómetros de profundidad canaliza el oleaje atlántico hasta la costa y lo concentra, y en 2020 el alemán Sebastian Steudtner surfeó allí una ola de 26,21 metros, la más alta jamás surfeada según Guinness World Records.
¿Sabías que las olas más altas del océano están escondidas en su interior? En el mar de la China Meridional, las ondas internas que ruedan entre capas de distinta densidad alcanzan unos 170 metros.
Entender las olas importa hoy más que nunca para puertos, parques eólicos marinos y costas en retroceso, y los registros satelitales sugieren que las mayores olas del océano Austral han crecido un poco al reforzarse sus vientos. Cada ola que rompe en la playa es el último capítulo de una historia que empezó con el viento, a menudo al otro lado del mundo.
Fig. 11 · Cómo funcionan las olas. Una ola es energía en marcha: el agua gira en círculos mientras la cresta avanza.
Capítulo 12 · Parte II
Olas gigantes
Durante siglos, los marinos hablaron de murallas de agua surgidas de un mar corriente, y durante siglos los científicos archivaron esos relatos junto a las serpientes marinas. La teoría clásica decía que una ola del doble de altura que sus vecinas debía ser rarísima. Entonces, el 1 de enero de 1995, un láser orientado hacia el mar en la plataforma de gas Draupner E, en el mar del Norte, registró una ola de 25,6 metros de seno a cresta, en un mar cuya altura significativa, el promedio del tercio de olas más altas, rondaba los 12 metros. La ola de Draupner fue el primer registro instrumental de una ola gigante que nadie pudo descartar, y convirtió el folclore en física.
Hoy los oceanógrafos llaman ola gigante, también llamada ola monstruo o ola asesina, a la que duplica al menos la altura significativa. Algunas surgen por puro azar, cuando trenes de olas de distinta longitud alinean sus crestas. Otras reciben ayuda. Donde el oleaje choca con una corriente fuerte, como la corriente de las Agujas frente a Sudáfrica, las olas se comprimen y empinan, y las tripulaciones de petroleros llevan mucho tiempo informando allí de crestas gigantes y «agujeros» en el mar. En los años sesenta, Brooke Benjamin y Jim Feir demostraron que un tren de olas regular es inestable y puede permitir que una ola robe energía a sus vecinas. En 2019, investigadores de Edimburgo recrearon la ola de Draupner en un tanque circular cruzando dos grupos de olas en un ángulo de unos 120 grados.
Vistas desde el espacio, resultan raras pero no exóticas. En 2001, el proyecto MaxWave de la Agencia Espacial Europea analizó tres semanas de imágenes de radar de sus satélites ERS y encontró más de diez olas de más de 25 metros. El océano es, sencillamente, enorme.
Los barcos pagaron cara la incredulidad. El carguero alemán München desapareció en el Atlántico Norte en diciembre de 1978 con sus 28 tripulantes; un bote salvavidas recuperado, estibado a unos 20 metros sobre la línea de flotación, había sido arrancado de sus anclajes. En septiembre de 1995, el trasatlántico Queen Elizabeth 2 se topó durante el huracán Luis con una ola estimada en 29 metros, que su capitán comparó con los acantilados blancos de Dover. En 2001, los cruceros Bremen y Caledonian Star sufrieron la rotura de las ventanas del puente por olas de unos 30 metros en el Atlántico Sur, con pocos días de diferencia.
¿Sabías que en noviembre de 2020 una boya frente a Ucluelet, en la isla de Vancouver, registró una ola de 17,6 metros en un mar de unos 6, casi el triple que sus vecinas y la proporción más extrema jamás medida?
Hoy los diseñadores de barcos y plataformas ponen a prueba sus estructuras frente a estos escenarios, y los centros de predicción señalan los estados del mar más propensos a generarlas. Los marinos tenían razón; solo hacía falta que las matemáticas los alcanzaran.
Fig. 12 · Olas gigantes. La ola de Draupner de 1995 duplicaba con creces la altura del mar que la rodeaba.
Capítulo 13 · Parte II
Las mareas
Dos veces al día, en casi todas las costas, el mar sube por la orilla y se retira. La marea es la ola más larga del océano: de una cresta a la siguiente abarca medio planeta. Isaac Newton la explicó en sus Principia de 1687. La gravedad de la Luna tira con más fuerza de la cara de la Tierra que la mira que del centro del planeta, y del centro más que de la cara opuesta. Esa diferencia, la fuerza de marea, estira los océanos en dos abultamientos, uno bajo la Luna y otro en el lado contrario. Al girar la Tierra, una costa pasa por ambos, y hay dos pleamares separadas por unas 12 horas y 25 minutos, porque la Luna avanza en su órbita mientras nosotros giramos.
El Sol también produce mareas, pero está tan lejos que su efecto es algo menos de la mitad del lunar. Cuando Sol, Luna y Tierra se alinean, en luna nueva y llena, sus tirones se suman y la amplitud es máxima: son las mareas vivas. Una semana después, en los cuartos, el Sol tira en ángulo recto y la amplitud se reduce a las modestas mareas muertas.
Los océanos reales complican este esquema. Los continentes bloquean los abultamientos, de modo que la marea gira en cada cuenca alrededor de puntos anfidrómicos, donde la amplitud es casi nula; el mar del Norte tiene tres. Cuando el período natural de oscilación de una cuenca coincide con el de la marea, el efecto se amplifica. La bahía de Fundy, en Canadá, oscila en unas 13 horas, cerca de las 12,4 de la marea, y en Burntcoat Head, Nueva Escocia, la amplitud llega a unos 16 metros, la mayor del mundo. El estuario del Severn, en Gran Bretaña, supera los 14 metros, mientras que buena parte del Mediterráneo apenas ve unas decenas de centímetros.
Predecir todo esto fue un triunfo de la ingeniería victoriana. William Thomson, luego lord Kelvin, descompuso la marea de cada puerto en una suma de ondas simples, o componentes, cada una con un período fijado por la astronomía. En 1872 diseñó una máquina predictora de mareas, de poleas y un hilo, que sumaba diez componentes y dibujaba un año de mareas en pocas horas. Sus sucesoras, perfeccionadas por Arthur Doodson en Liverpool, calcularon las tablas del desembarco de Normandía en 1944, y se usaron hasta que los ordenadores tomaron el relevo en los años sesenta.
¿Sabías que la Tierra sólida también tiene mareas? Dos veces al día, el suelo bajo tus pies sube y baja unas decenas de centímetros, con tanta suavidad que no se nota.
Las mareas hacen algo más que mover agua. Su rozamiento frena poco a poco el giro de la Tierra, alargando el día unas dos milésimas de segundo por siglo, y aleja la Luna unos 3,8 centímetros al año, según miden láseres reflejados en los espejos que dejaron los astronautas del Apolo. Las mareas son un lento pulso entre tres mundos, y la Luna se ve empujada poco a poco hacia fuera.
Fig. 13 · Las mareas. La Luna y el Sol estiran el océano en dos abultamientos: mareas vivas y muertas.
Capítulo 14 · Parte II
Los tsunamis
La palabra tsunami significa en japonés «ola de puerto»: los pescadores volvían y encontraban su puerto arrasado por una ola que no habían notado mar adentro. Pese al viejo nombre de maremoto u «ola de marea», nada tiene que ver con las mareas. Un tsunami nace cuando un enorme volumen de agua se desplaza de golpe, casi siempre por un megaterremoto de subducción, en el que el lecho marino puede elevarse varios metros a lo largo de cientos de kilómetros de falla. Deslizamientos, erupciones volcánicas y, muy rara vez, impactos de asteroides pueden causar lo mismo.
El resultado no se parece a ninguna ola de viento. Su longitud de onda puede superar los 100 kilómetros, mucho más que la profundidad del océano, así que se mueve toda la columna de agua y la velocidad depende solo de la profundidad. Sobre llanuras abisales de 4.000 metros viaja a unos 200 metros por segundo, más de 700 kilómetros por hora, como un avión de línea, y sin embargo puede medir menos de un metro y pasar bajo los barcos sin que nadie lo note. En aguas someras frena en seco y su energía se concentra en una ola más corta y mucho más alta. A menudo llega primero el seno y el mar se retira, dejando al descubierto los arrecifes. Lo que sigue no es una ola que rompe, sino una inundación veloz que sigue subiendo durante minutos, en varias olas a lo largo de horas.
El 26 de diciembre de 2004, un terremoto de magnitud 9,1 rompió unos 1.300 kilómetros de falla frente a Sumatra. El tsunami mató a unas 230.000 personas en 14 países y llegó a Somalia, a 5.000 kilómetros, siete horas después. El océano Índico no tenía sistema de alerta. En una playa de Phuket, Tilly Smith, de diez años, reconoció la retirada del mar por una clase de geografía y dio la alarma, y la playa se evacuó a tiempo. El 11 de marzo de 2011, el terremoto de Tōhoku, de magnitud 9,0, lanzó el agua hasta unos 40 metros sobre el nivel del mar cerca de Miyako, rebasó los diques, mató a unas 18.000 personas y dejó fuera de combate la central nuclear de Fukushima Daiichi.
Los sistemas de alerta nacieron de las catástrofes. El Centro de Alerta de Tsunamis del Pacífico se creó en Hawái en 1949, después de que un tsunami de las Aleutianas matara allí a más de 150 personas en 1946, y el Índico tuvo el suyo en 2006. Su instrumento clave es la boya DART: un sensor de presión en el fondo percibe el paso del tsunami como un cambio de un centímetro o así en el peso del agua y lo transmite por satélite a través de una boya en superficie.
¿Sabías que en 1958 un desprendimiento de rocas en la bahía Lituya, en Alaska, lanzó el agua a 524 metros por la ladera opuesta, más alto que el Empire State, y dejó el bosque en roca desnuda?
La técnica ayuda, pero el consejo más antiguo es el que más vidas salva: si la tierra tiembla fuerte y largo, o el mar se retira de repente, sube a un lugar alto sin esperar. Sobre la aldea de Aneyoshi, una vieja estela advierte que no se construya por debajo de ella; en 2011 el agua se detuvo justo antes del pueblo. El mejor sistema de alerta sigue siendo una persona que sabe correr cuesta arriba.
Fig. 14 · Los tsunamis. Un tsunami cruza el océano a la velocidad de un avión y se alza al llegar a la costa.
Capítulo 15 · Parte II
Corrientes superficiales y giros
Los primeros cientos de metros del océano son arrastrados por los vientos en corrientes que recorren cuencas enteras. En los trópicos, los alisios soplan de este a oeste; en latitudes medias, los vientos del oeste soplan al revés. Entre ambos hacen girar el agua en enormes bucles llamados giros oceánicos. Hay cinco grandes giros subtropicales: Atlántico Norte y Sur, Pacífico Norte y Sur, y océano Índico. En el hemisferio norte giran en el sentido de las agujas del reloj; en el sur, al contrario.
El giro procede de la rotación del planeta. En una Tierra que gira, todo lo que se desplaza grandes distancias se desvía a la derecha en el norte y a la izquierda en el sur: es el efecto Coriolis. Durante la deriva de su barco Fram por el Ártico, en 1893-1896, Fridtjof Nansen observó que el hielo se movía entre 20 y 40 grados a la derecha del viento. Pasó el enigma a un joven físico sueco, Vagn Walfrid Ekman, que en 1905 demostró que cada capa de agua arrastra a la de abajo, algo más lenta y algo más desviada, en un sacacorchos hoy llamado espiral de Ekman. En promedio, el agua de la capa impulsada por el viento se mueve en ángulo recto respecto a él. Este transporte de Ekman amontona agua en el centro de cada giro, que se eleva hasta un metro, y las corrientes circulan alrededor de esa loma.
Los giros son asimétricos. Las corrientes de su borde occidental, como la corriente del Golfo, la de Kuroshio frente a Japón, la de Brasil o la del este de Australia, son estrechas, rápidas y profundas, mientras que las del borde oriental, como las de California y Canarias, son anchas y lentas. En 1948, Henry Stommel mostró que esta intensificación occidental se debe a que el efecto Coriolis aumenta hacia los polos. Alrededor de la Antártida ningún continente se interpone, y la corriente circumpolar antártica da la vuelta al globo moviendo mucho más de 100 millones de metros cúbicos por segundo, la mayor corriente de la Tierra.
Antes los oceanógrafos dependían de cuadernos de bitácora y botellas a la deriva; hoy, más de mil boyas de deriva seguidas por satélite y las mediciones de radar de la altura del mar cartografían las corrientes a diario. Algunos de los mejores datos llegaron por accidente. El 10 de enero de 1992, un portacontenedores perdió carga en una tormenta del Pacífico Norte y liberó 28.800 juguetes de baño de plástico: patos amarillos, castores rojos, ranas verdes y tortugas azules. Curtis Ebbesmeyer y James Ingraham los siguieron con los hallazgos de paseantes y un modelo informático de corrientes. Los primeros llegaron a la costa cerca de Sitka, Alaska, unos diez meses después, y otros dieron vueltas al giro durante años.
¿Sabías que el mar de los Sargazos, en el corazón del giro del Atlántico Norte, es el único mar del mundo sin costa, delimitado solo por corrientes?
Los mismos lentos tiovivos que llevaron los patos reúnen hoy el plástico flotante en grandes manchas, como la que hay entre Hawái y California. También transportan calor, larvas y nutrientes, y antaño llevaron los veleros por las rutas comerciales. Un pato de goma, al final, es mejor oceanógrafo de lo que parece.
Fig. 15 · Corrientes superficiales y giros. Los vientos y el giro terrestre forman cinco grandes giros y un anillo polar.
Capítulo 16 · Parte II
La corriente del Golfo
La corriente del Golfo es un río de agua cálida dentro del Atlántico. Atraviesa el estrecho de Florida, sube por la costa estadounidense hasta el cabo Hatteras y luego se separa hacia mar abierto, rumbo a los Grandes Bancos de Terranova, donde se convierte en la corriente del Atlántico Norte. Mide unos 100 kilómetros de ancho, alcanza un kilómetro o más de profundidad y en superficie puede superar los 2 metros por segundo. Es el borde occidental del giro del Atlántico Norte, estrechado y acelerado por la rotación terrestre, como mostró Henry Stommel en 1948.
Los europeos la conocieron pronto. En abril de 1513, los barcos de Juan Ponce de León, frente a Florida, retrocedían pese al viento favorable. Su piloto, Antón de Alaminos, tomó nota, y en 1519 aprovechó la corriente para lanzar un barco desde México hacia España. Durante dos siglos y medio, las flotas de Indias regresaron a casa a lomos de la corriente por el estrecho de Florida.
La primera carta impresa nació de una queja postal. Como administrador adjunto de correos de las colonias americanas, Benjamin Franklin se preguntaba por qué los paquebotes del correo que salían de Falmouth tardaban unas dos semanas más en llegar a Nueva York que los mercantes en llegar a Rhode Island. Su primo Timothy Folger, capitán ballenero de Nantucket, le explicó que los balleneros cazaban a lo largo de los bordes de la corriente y veían a menudo a los paquebotes británicos luchando contra ella. Folger trazó su curso y Franklin hizo grabar el mapa hacia 1769-1770; los capitanes británicos lo ignoraron en gran parte. En viajes posteriores, Franklin bajó termómetros por la borda y comprobó que la corriente era claramente más cálida que el mar de alrededor.
Su caudal se mide en sverdrups, en honor del oceanógrafo noruego Harald Sverdrup: un sverdrup equivale a un millón de metros cúbicos por segundo. Por el estrecho de Florida pasan unos 30 sverdrups; frente a Terranova, tras arrastrar tanta agua circundante, lleva unos 150. Todos los ríos del mundo juntos vierten al mar poco más de un sverdrup.
¿Sabías que desde 1982 la corriente de Florida se mide con un viejo cable telefónico submarino hasta las Bahamas? El agua de mar que cruza el campo magnético terrestre genera en él un voltaje.
La corriente sí lleva calor tropical hacia el norte, y se le suele atribuir la suavidad que permite palmeras en Cornualles y puertos sin hielo más allá del círculo polar. Sin embargo, en 2002 Richard Seager y sus colegas sostuvieron que la mayor parte de la diferencia invernal entre Europa occidental y el este de Canadá procede de la atmósfera: los vientos del oeste que soplan desde un océano que almacena el calor del verano, y el modo en que las Montañas Rocosas desvían la corriente en chorro. Otros investigadores subrayan el papel del océano, sobre todo mediante la gran circulación de vuelco atlántica, y el debate sigue abierto. Europa tiene una deuda con la corriente del Golfo; los científicos aún discuten de cuánto es.
Fig. 16 · La corriente del Golfo. De un piloto español a un cable telefónico: cinco siglos tras un río en el mar.
Capítulo 17 · Parte II
La gran cinta transportadora
Bajo las corrientes impulsadas por el viento discurre una circulación más lenta movida por la densidad. El agua fría es más densa que la cálida, y la salada más que la dulce, de modo que esta circulación termohalina (del griego, calor y sal) depende de ambas. Solo en unos pocos lugares el agua superficial se vuelve tan densa que se hunde hasta el abismo. En los mares de Groenlandia, Islandia y Noruega y en el mar de Labrador, los vientos invernales enfrían el agua atlántica salada hasta que se desploma y forma el Agua Profunda del Atlántico Norte. Alrededor de la Antártida, en los mares de Weddell y Ross, el hielo marino al congelarse expulsa su sal y deja un agua bajo 0 °C, la más densa del océano: el Agua Antártica de Fondo.
Desde el Atlántico Norte, el agua profunda avanza hacia el sur a entre dos y cuatro kilómetros de profundidad, cruza el ecuador y llega al océano Austral, donde la corriente circumpolar la mezcla y la reparte hacia el Índico y el Pacífico. Allí se calienta y asciende poco a poco durante siglos, regresa cerca de la superficie a través de las islas de Indonesia, rodea el cabo de Buena Esperanza y sube por el Atlántico en la corriente del Golfo para hundirse de nuevo. En 1987, el geoquímico Wallace Broecker dibujó el sistema como una sola cinta y lo llamó gran cinta transportadora oceánica. Una vuelta completa dura del orden de mil años.
¿Cómo se sabe la edad del agua? Por la química. El radiocarbono del carbono disuelto se desintegra a ritmo constante desde que el agua deja la superficie, y el Pacífico Norte profundo resulta albergar el agua más vieja del océano, que tocó el aire por última vez hace bastante más de mil años. Los clorofluorocarbonos industriales, emitidos solo desde los años treinta, rastrean el agua recién hundida que se extiende hacia el sur en décadas. Desde 2004, la red de anclajes RAPID, tendida a través del Atlántico a 26,5 grados norte, mide sin pausa la circulación de vuelco meridional del Atlántico, o AMOC. Promedia unos 17 sverdrups, pero oscila mucho: en el invierno de 2009-2010 cayó alrededor de un tercio.
La cinta es una caricatura. Los flujos profundos reales se rompen en remolinos y corren por los bordes occidentales de las cuencas, y gran parte del agua profunda vuelve a la superficie en el océano Austral, izada por los feroces vientos del oeste más que por una lenta mezcla. Y la caricatura ya ha cambiado antes. Hace unos 12.900 años, durante el Dryas Reciente, el hemisferio norte volvió a un frío casi glacial durante unos 1.200 años, probablemente después de que el agua de deshielo de los mantos en retroceso endulzara el Atlántico Norte y debilitara el hundimiento; el detonante sigue en debate.
¿Sabías que una porción de agua que se hunde hoy frente a Groenlandia puede tardar unos mil años en volver a ver la luz, mucho después del año 3000?
Hoy el deshielo de Groenlandia y unas lluvias más intensas vuelven a endulzar el Atlántico Norte. Algunos estudios deducen que la AMOC se ha debilitado desde mediados del siglo XX; las mediciones directas son demasiado breves para asegurarlo. El informe del IPCC de 2021 juzgó muy probable que se debilite este siglo, pero, con confianza media, que no colapse de forma abrupta antes de 2100. La cinta se mueve despacio, y precisamente por eso sus cambios duran tanto.
Fig. 17 · La gran cinta transportadora. El agua fría y salada se hunde cerca de los polos y tarda unos mil años en volver.
Capítulo 18 · Parte II
El afloramiento
Casi todo el océano iluminado es un desierto azul. Los nutrientes se hunden con el plancton muerto y los excrementos hacia el agua oscura, fuera del alcance de las algas que necesitan luz. El afloramiento los devuelve. En ciertas costas, los vientos que soplan paralelos a la orilla hacia el ecuador, junto con la rotación terrestre, empujan el agua superficial mar adentro mediante el transporte de Ekman. Agua fría de 100 a 300 metros de profundidad sube a ocupar su lugar, a menudo solo unos metros al día, cargada de nitratos, fosfatos y silicatos. Los satélites ven el resultado: franjas de agua fría pegadas a la costa, teñidas de verde por floraciones de fitoplancton.
Los ejemplos más ricos son los cuatro grandes sistemas de borde oriental: la corriente de California, la de Humboldt frente a Perú y Chile, la de Canarias frente al noroeste de África y la península ibérica, y la de Benguela frente a Namibia y Sudáfrica. Juntos cubren solo alrededor del uno por ciento de la superficie oceánica, pero aportan algo así como una quinta parte del pescado salvaje capturado en el mundo. También hay afloramiento a lo largo del ecuador, en el mar Arábigo cuando el monzón de verano sopla desde Somalia y Omán, y alrededor de la Antártida.
La de Humboldt es la campeona. Alexander von Humboldt midió su frescura frente a Perú en 1802, y alimenta a la anchoveta peruana, un pececillo plateado que sostiene la mayor pesquería de una sola especie del planeta. En 1970 las capturas superaron los 12 millones de toneladas. Los mismos peces alimentan enormes colonias de guanayes, piqueros y pelícanos, cuyo guano, acumulado en capas de metros en islas como las Chincha, se explotó como fertilizante en la fiebre del guano del siglo XIX. En 1972, un El Niño cortó el afloramiento mientras la presión pesquera seguía alta, y la población de anchoveta se desplomó.
En otros lugares, la riqueza trae otras sorpresas. Frente a Namibia, el agua fría de Benguela enfría el aire y envuelve la Costa de los Esqueletos en una niebla que mantiene escarabajos y plantas en el desierto del Namib. Tanto plancton muere y se hunde en la plataforma que las bacterias dejan el agua sin oxígeno. En California, el afloramiento alimentó un auge de la sardina que llenó las conserveras de Monterey, inmortalizadas por John Steinbeck en Cannery Row en 1945, antes de que la pesquería se hundiera a finales de los años cuarenta.
¿Sabías que frente a Namibia el plancton en descomposición libera a veces bocanadas de sulfuro de hidrógeno que tiñen el mar de verde lechoso y hacen que la costa huela a huevo podrido?
En 1990, el oceanógrafo Andrew Bakun propuso que el calentamiento global reforzaría los vientos del afloramiento, porque la tierra se calienta más deprisa que el mar. Las pruebas son por ahora dispares, con vientos más fuertes en algunas regiones y zonas pobres en oxígeno que se extienden en otras. En cualquier caso, el pescado del mundo depende de unas pocas costas azotadas por el viento. Donde el mar profundo aflora, el océano pone sus mesas más ricas.
Fig. 18 · El afloramiento. El viento empuja el agua mar adentro y sube agua fría y rica que alimenta la pesca.
Capítulo 19 · Parte II
Remolinos y torbellinos
En un mapa satelital de la altura del mar, el océano no es un conjunto de ríos tranquilos sino un campo de espirales. Estos remolinos de mesoescala, lentes giratorias de 50 a 200 kilómetros de diámetro por lo general, derivan durante semanas, meses o incluso años. Son el tiempo atmosférico del océano y concentran la mayor parte de su energía cinética. Un remolino cálido abomba la superficie y uno frío la hunde unas decenas de centímetros, lo bastante para que los altímetros de radar de satélites como TOPEX/Poseidon, lanzado en 1992, los sigan por todo el globo. El satélite SWOT, lanzado en diciembre de 2022, cartografía ya remolinos mucho más pequeños.
Muchos nacen cuando una gran corriente serpentea y estrangula un meandro. La corriente del Golfo suelta anillos: anillos de núcleo cálido que vagan al norte de la corriente girando en el sentido del reloj, y anillos de núcleo frío al sur que giran al revés, cada uno con su propio plancton durante meses. Frente a Sudáfrica, la corriente de las Agujas baja por la costa, rebasa el extremo del continente y vuelve sobre sí misma hacia el Índico. En ese giro lanza cada año varios anillos de las Agujas, algunos de 300 kilómetros, que derivan hacia el Atlántico cargados de agua índica cálida y salada. Más abajo, los meddies son lentes de agua mediterránea salada que giran a un kilómetro de profundidad, a veces durante años.
Los torbellinos son más pequeños y de origen mareal: se forman donde fuertes corrientes de marea cruzan estrechos angostos sobre fondos irregulares. El maelstrom original es el Moskstraumen, frente a las islas Lofoten, en Noruega, famoso por el relato de Edgar Allan Poe «Un descenso al Maelström», de 1841, y por Julio Verne, que lanzó a él al Nautilus del capitán Nemo. Cerca, el Saltstraumen, junto a Bodø, genera algunas de las corrientes de marea más fuertes del mundo, de hasta unos 40 kilómetros por hora. En Japón, los remolinos de Naruto, en el estrecho entre Shikoku y Awaji, alcanzan 20 metros de diámetro en mareas vivas. Entre las islas escocesas de Jura y Scarba, el golfo de Corryvreckan ruge cuando la pleamar choca con un pináculo de roca que sube del fondo.
Las leyendas exageran. Ningún torbellino perfora un embudo hasta el fondo ni se traga barcos enteros como Caribdis en la Odisea de Homero. Los peligros reales son las olas estacionarias, los rompientes y las embarcaciones que pierden el gobierno en el remolino, lo cual basta de sobra para ahogar a los incautos.
¿Sabías que en 1947 George Orwell, que escribía 1984 en Jura, volcó en el Corryvreckan con su hijo y sus sobrinos, y que se salvaron trepando a una roca hasta que los rescató un langostero?
Los remolinos importan mucho más allá del espectáculo. Mueven calor, sal, carbono y nutrientes, así que los modelos climáticos deben ser lo bastante finos para resolverlos, y se ha visto a tiburones blancos marcados bucear en el interior de remolinos cálidos de la corriente del Golfo para cazar. Las mayores espirales del mar son invisibles desde cubierta, y las más famosas son mucho menos voraces de lo que cuentan las leyendas.
Fig. 19 · Remolinos y torbellinos. De los anillos de 300 km de las Agujas a los torbellinos de Lofoten, el mar gira.
Capítulo 20 · Parte II
El Niño y La Niña
Hace mucho que los pescadores de Perú y Ecuador notaron que hacia Navidad llegaba del norte una corriente cálida y la pesca menguaba. La llamaron El Niño, por el Niño Jesús. Cada pocos años el calentamiento era mucho más fuerte y duraba meses, vaciaba las redes y traía lluvias torrenciales a costas desérticas, y el nombre pasó a designar esos grandes episodios. Su opuesto frío se bautizó después como La Niña. Junto con un vaivén de la atmósfera forman el ENOS, El Niño-Oscilación del Sur, la mayor fluctuación natural interanual del clima terrestre, que se repite cada dos a siete años.
En un año normal, los alisios soplan de este a oeste a lo largo del ecuador y amontonan el agua cálida en el oeste: el mar junto a Indonesia está cerca de medio metro más alto que frente a Ecuador, y la piscina cálida del Pacífico occidental supera los 28 °C. En el este, la termoclina, límite entre el agua cálida superficial y la fría profunda, está cerca de la superficie, y el afloramiento lleva agua fría y rica a la costa sudamericana. El aire asciende sobre la piscina cálida descargando lluvias, viaja hacia el este en altura y desciende sobre el Pacífico oriental fresco. En 1969, Jacob Bjerknes llamó a este circuito circulación de Walker, en honor de sir Gilbert Walker, que en los años veinte descubrió la Oscilación del Sur, un balancín de presión entre Darwin y Tahití, mientras buscaba cómo predecir los fallos del monzón indio.
Bjerknes vio que océano y aire se alimentan mutuamente. Si los alisios se debilitan, el agua cálida vuelve hacia el este por el ecuador, la termoclina se hunde frente a Perú, el afloramiento solo sube agua cálida, el Pacífico oriental se calienta más y los vientos se debilitan aún más. Eso es El Niño: las lluvias se trasladan al Pacífico central y oriental, y la anchoveta y las aves que la comen pasan hambre. La Niña es el estado normal exagerado, con alisios más fuertes y un este más frío.
El Niño de 1997-1998 fue de los más intensos registrados, junto con los de 1982-1983 y 2015-2016. Las crecidas arrasaron Perú y Ecuador, la sequía y los incendios cubrieron Indonesia de humo, África oriental se inundó y alrededor de una sexta parte de los arrecifes de coral del mundo murió en el blanqueamiento de 1998. Los científicos lo vieron venir. Tras la sorpresa de 1982-1983, construyeron la red TAO, unas 70 boyas fondeadas a lo largo del Pacífico ecuatorial, terminada en 1994, que junto con los satélites permitió seguir la gestación del episodio de 1997 con meses de antelación.
¿Sabías que sir Gilbert Walker, el matemático que descubrió la Oscilación del Sur, también era experto en el vuelo de los bumeranes?
Los años de El Niño suelen ser los más cálidos del planeta, y el episodio de 2023-2024 ayudó a convertir 2024 en el año más caluroso registrado hasta entonces. La Niña trajo las inundaciones que anegaron gran parte de Queensland en 2010-2011. Cómo cambiará el propio ENOS con el calentamiento sigue siendo incierto. Lo que es seguro es su alcance: un cambio del viento sobre el Pacífico puede vaciar una red peruana, inundar un valle de Kenia y hacer arder lentamente un bosque de Indonesia.
Fig. 20 · El Niño y La Niña. Cuando los alisios flojean, el agua cálida se desliza al este del Pacífico: El Niño.
Parte III
Las zonas de las profundidades
De las aguas soleadas a las fosas hadales, capa a capa.
Capítulo 21 · Parte III
La zona iluminada
El océano está iluminado como una habitación con una sola lámpara en el techo. La luz del sol inunda los primeros metros y luego se apaga deprisa: hacia los 200 metros solo queda alrededor del uno por ciento de la luz de superficie. Esa fina piel luminosa es la zona epipelágica, o zona iluminada. Contiene apenas una vigésima parte del volumen del océano, pero en ella ocurre casi toda la fotosíntesis marina. Su límite inferior, la base de la zona eufótica, está donde las plantas ya no producen más alimento del que consumen.
Esas plantas son casi todas invisibles. El fitoplancton, algas y bacterias unicelulares que flotan por billones, realiza aproximadamente la mitad de toda la fotosíntesis de la Tierra. Las diatomeas se construyen caparazones de sílice; los cocolitóforos se acorazan con placas de creta; y el más pequeño de todos, Prochlorococcus, no se descubrió hasta 1988, gracias a Sallie Chisholm, Rob Olson y sus colegas. Hoy se considera el organismo fotosintético más abundante del planeta.
El viento remueve la capa superior y la convierte en una capa de mezcla de temperatura casi uniforme, de unas decenas de metros en verano y de varios cientos en el invierno del Atlántico Norte. Su profundidad importa. En 1953 el oceanógrafo noruego Harald Sverdrup demostró que la floración primaveral solo puede empezar cuando esa capa se vuelve lo bastante somera para que el plancton permanezca en la luz más tiempo del que tarda en hundirse. Cada primavera el interruptor salta y el Atlántico Norte se tiñe de verde desde Terranova hasta Noruega.
¿Sabías que en 1986 un disco de Secchi blanco sumergido en el mar de Weddell, frente a la Antártida, siguió siendo visible hasta unos 80 metros, un récord de transparencia?
Sobre este pasto se alimenta una red trófica bulliciosa. Copépodos del tamaño de un grano de arroz comen las algas; las anchovetas de Perú y las sardinas de Sudáfrica comen los copépodos; atunes, delfines, marlines y aves marinas comen los peces. Los peces voladores rozan el Pacífico tropical, el pez luna se calienta en la superficie y en el mar de los Sargazos auténticos bosques flotantes de sargazo dan refugio a cangrejos, gambas y tortugas jóvenes.
Hoy vigilamos esta zona desde la órbita. Desde que la NASA lanzó el satélite SeaWiFS en 1997, los sensores de color oceánico miden cada pocos días el verde de la clorofila en todo el planeta: floraciones frente a la Patagonia, desiertos azules en los giros centrales y la lenta expansión de esos desiertos a medida que la superficie se calienta. El agua más cálida se queda obstinadamente encima del agua fría y rica de abajo y priva de nutrientes a la zona iluminada. Lo que sucede en esta fina capa fija el menú de todo el océano que hay debajo.
Fig. 21 · La zona iluminada. Los 200 primeros metros captan la luz y producen el alimento de casi todo el mar.
Capítulo 22 · Parte III
La zona crepuscular
Por debajo de los 200 metros la luz no se apaga: se reduce a un crepúsculo azul que se prolonga otros 800 metros. Es la zona mesopelágica, o zona crepuscular, demasiado oscura para la fotosíntesis pero, en su parte alta, lo bastante clara para que un animal se recorte contra el resplandor de arriba. Toda la vida aquí está moldeada por un único problema: cómo comer sin ser comido en un lugar donde cada silueta te delata.
La zona se dio a conocer por casualidad. Durante la Segunda Guerra Mundial, los operadores de sonar estadounidenses detectaron a cientos de metros una capa que devolvía el sonido como un falso fondo. Más raro aún, subía al anochecer y bajaba al amanecer. En 1945 el biólogo marino Martin Johnson sostuvo que esa capa de dispersión profunda estaba viva, y acertó: peces, gambas, kril y calamares se acumulan en tal número que resuenan como suelo firme.
Ese vaivén diario es la migración vertical diaria, y en masa es la mayor migración de la Tierra. Al ponerse el sol, animales que han pasado el día escondidos en la penumbra suben cientos de metros para pastar y cazar en las oscuras aguas superficiales, y se retiran antes del amanecer. Un pez linterna de pocos centímetros puede ascender varios cientos de metros en una tarde, todas las noches de su vida, en todos los océanos, del mar Arábigo al océano Austral.
¿Sabías que el pez Macropinna microstoma, filmado frente a California por científicos del MBARI, tiene la cabeza transparente y a través de ella sus ojos tubulares verdes giran para mirar hacia arriba?
El reparto es extraordinario. Unas 250 especies de peces linterna lucen hileras de órganos luminosos como ojos de buey. Los ciclotones, del largo de un dedo, quizá sean los vertebrados más numerosos del planeta. Los peces hacha disimulan su sombra con luces ventrales, y el calamar de Humboldt sube de las profundidades frente a Perú y México para cazar de noche. Las estimaciones de peces se han disparado: las redes de arrastre sugerían unos mil millones de toneladas, pero un estudio acústico de 2014 dirigido por Xabier Irigoien defendió diez veces más o incluso más, porque muchos peces ven venir las redes y las esquivan.
El trayecto importa mucho más allá de la zona. Los migradores comen en la superficie y liberan sus desechos en la profundidad, llevando carbono fuera del alcance de la atmósfera: una pieza viva de la bomba biológica de carbono. Proyectos como el estudio Ocean Twilight Zone de Woods Hole miden ese flujo, mientras algunos países ven en los peces linterna un pienso para la acuicultura. Una pesquería aquí capturaría los peces que ayudan a enterrar nuestro carbono, y aún apenas sabemos cuántos hay.
Fig. 22 · La zona crepuscular. Cada anochecer, miles de millones de animales suben a comer y al alba vuelven a bajar.
Capítulo 23 · Parte III
La zona de medianoche
Hacia los 1.000 metros desaparece el último rastro de luz solar. Desde ahí hasta unos 4.000 metros se extiende la zona batipelágica, o zona de medianoche, el mayor espacio habitado de la Tierra en volumen. Hace frío, unos 4 °C, la presión alcanza cientos de atmósferas y apenas hay comida. La única luz es la que producen los animales, y una proporción notable de ellos la produce: al analizar años de vídeos de los robots submarinos del MBARI frente a California, Séverine Martini y Steven Haddock comprobaron que alrededor de tres cuartas partes de los animales grabados podían brillar.
El alimento llega sobre todo como nieve marina, una lenta llovizna de plancton muerto, mucosidad y bolitas fecales que cae desde la zona iluminada. Los científicos japoneses Noboru Suzuki y Kenji Kato la bautizaron en 1953 por su parecido con los copos que caen. Una partícula puede tardar semanas en llegar tan abajo, y gran parte se come por el camino, así que los animales de la zona de medianoche están hechos para no gastar casi nada y no perder ninguna oportunidad.
Esa economía moldea sus cuerpos. Muchos son negros o rojos, colores invisibles aquí, con músculos débiles y carne acuosa que cuesta poco mantener. El rape abisal agita un señuelo iluminado por bacterias luminosas y espera; en algunas especies el diminuto macho se aferra a una hembra y se fusiona con ella de por vida, porque encontrar pareja dos veces en la oscuridad sería pedir demasiado. La anguila pelícano es poco más que una enorme boca en forma de bolsa al final de una cola de látigo, y el gran tragador, Chiasmodon niger, puede engullir presas de más del doble de su longitud, con el estómago estirado como un globo.
¿Sabías que el calamar vampiro ni bebe sangre ni caza, sino que despliega filamentos pegajosos para recoger nieve marina, como demostraron Hendrik Hoving y Bruce Robison en 2012?
No todo aquí es pequeño. Los cachalotes bajan a 2.000 metros, de las Azores a Kaikōura en Nueva Zelanda, emitiendo chasquidos para localizar calamares en la oscuridad total, y los elefantes marinos del sur cazan a profundidades similares en el océano Austral. Los primeros humanos en asomarse a este mundo fueron William Beebe y Otis Barton, que alcanzaron 923 metros en su batisfera de acero frente a las Bermudas en 1934.
Todavía conocemos solo una pizca de esta zona. Cada inmersión de un robot frente a Monterrey, Hawái o la dorsal mesoatlántica descubre animales sin nombre. A medida que la pesca, la minería y el calentamiento llegan más hondo, el mayor hábitat del planeta cambia antes incluso de haber sido estudiado.
Fig. 23 · La zona de medianoche. Bajo los 1.000 metros no llega la luz del sol: los animales fabrican su propia luz.
Capítulo 24 · Parte III
El abismo
Entre unos 4.000 y 6.000 metros de profundidad se extienden las llanuras abisales, los amplios suelos de las cuencas oceánicas. Están entre los lugares más llanos de la Tierra, más lisos que cualquier pradera, porque una caída constante de sedimentos ha sepultado la áspera corteza volcánica. Juntas cubren aproximadamente la mitad de la superficie del planeta, más que todos los continentes reunidos, y casi nada de ellas se ha visto.
Los sedimentos llegan con paciencia geológica. Lejos de tierra son sobre todo finas arcillas rojas y caparazones de plancton microscópico, que se depositan a razón de unos milímetros cada mil años. El agua está fría, entre 1 y 3 °C, y la presión es de varios cientos de atmósferas. El alimento solo llega como nieve marina desde kilómetros más arriba o, de vez en cuando, como un regalo: una ballena muerta, un tronco hundido o una alfombra de plancton que se hundió de golpe tras una floración.
En este mundo lento, la holoturia es la reina. En muchas llanuras abisales, los pepinos de mar suponen la mayor parte del peso de los animales grandes del fondo; aran el fango y digieren la fina película de alimento que lo cubre. Scotoplanes, el «cerdo de mar», camina en manadas sobre cortos pies ambulacrales. Los peces trípode se posan sobre tres aletas rígidas, de cara a la corriente, para atrapar presas a la deriva, mientras los xenofióforos, células únicas del tamaño de un puño, construyen frágiles refugios de lodo.
¿Sabías que la expedición del Challenger sacó los primeros nódulos de manganeso del fondo profundo en 1873, cerca de las islas Canarias?
Esos nódulos polimetálicos, bolas del tamaño de una patata ricas en manganeso, níquel, cobalto y cobre, crecen solo unos milímetros por millón de años. Tapizan parte de la zona Clarion-Clipperton, unos 4,5 millones de kilómetros cuadrados del Pacífico central entre Hawái y México, y las compañías mineras los quieren para baterías. La Autoridad Internacional de los Fondos Marinos, en Kingston (Jamaica), lleva años redactando normas para explotarlos. Muchas de las criaturas que viven allí nunca han recibido nombre, y algunas, como ciertas esponjas y corales, solo crecen sobre los propios nódulos.
¿Con qué rapidez se recuperaría el abismo? En 1989 científicos alemanes realizaron el experimento DISCOL en la cuenca de Perú y araron once kilómetros cuadrados de fondo para imitar la minería. Cuando los investigadores volvieron en 2015, veintiséis años después, los surcos parecían casi recientes y muchos animales seguían sin regresar. En la llanura abisal, una marca hecha en una tarde dura generaciones.
Fig. 24 · El abismo. Llanuras abisales: fondos planos e inmensos donde la vida avanza despacio, con migajas.
Capítulo 25 · Parte III
La zona hadal
Los puntos más profundos del océano no están bajo el mar abierto, sino en estrechos tajos donde una placa tectónica se hunde bajo otra. Por debajo de unos 6.000 metros empieza la zona hadal, llamada así por Hades, el inframundo griego. Abarca casi la mitad del rango de profundidad del océano, pero cubre menos del dos por ciento del fondo, repartido en una treintena de fosas, sobre todo alrededor del Pacífico, de las Kermadec a las Kuriles.
La presión es el dato decisivo. En el fondo del abismo Challenger, en la fosa de las Marianas, a unos 10.935 metros, supera las 1.000 atmósferas. A esas presiones el agua deforma las proteínas, así que los animales hadales cargan sus células de moléculas protectoras llamadas piezolitos. La más conocida es el TMAO, el óxido de trimetilamina, responsable del olor a pescado. En 2014 Paul Yancey, Alan Jamieson y sus colegas demostraron que el TMAO de los músculos de los peces aumenta con la profundidad, y predijeron que hacia los 8.200 metros un pez necesitaría tanto que sus fluidos absorberían agua de mar de forma peligrosa. Los peces, sugerían, se acaban más o menos ahí.
La predicción se ha sostenido. En septiembre de 2022, una cámara con cebo descendida en la fosa de Izu-Ogasawara, al sur de Japón, filmó un joven pez babosa del género Pseudoliparis a 8.336 metros, el pez más profundo jamás registrado. Los peces babosa son el gran éxito hadal: blandos, con forma de renacuajo y sin escamas, cazan pequeños crustáceos en el fondo de las fosas de todo el Pacífico. El pez babosa de las Marianas, descrito en 2017, vive entre unos 7.000 y 8.000 metros.
¿Sabías que unos anfípodos recogidos en las fosas de las Marianas y de las Kermadec en 2017 tenían hasta 50 veces más PCB que los cangrejos de uno de los ríos más contaminados de China?
Por debajo del límite de los peces, los crustáceos toman el relevo. Los anfípodos, carroñeros parecidos a gambas, acuden al cebo en minutos incluso en el fondo del abismo Challenger, donde Hirondellea gigas vive a casi 10.900 metros. Holoturias, gusanos y xenofióforos habitan también el suelo de las fosas, alimentados por el sedimento que resbala por las paredes empinadas y se acumula en el eje como el limo en una cuneta.
Las personas solo han llegado al fondo unas pocas veces. Jacques Piccard y Don Walsh bajaron en el batiscafo Trieste el 23 de enero de 1960; James Cameron descendió solo en el Deepsea Challenger en 2012; y en 2018 y 2019 el Limiting Factor de Victor Vescovo alcanzó el punto más profundo de los cinco océanos. Incluso allí encontraron plástico y contaminación: ningún rincón del mar queda fuera de nuestro alcance.
Fig. 25 · La zona hadal. En las fosas, los peces se acaban hacia los 8.200 m; los anfípodos llegan hasta el fondo.
Capítulo 26 · Parte III
Luz y color bajo el agua
Bucea junto a un pez con rayas rojas y observa cómo cambia. En la superficie las rayas brillan; a 20 metros parecen marrones; más abajo, grises o negras. Al pez no le pasa nada. Es el agua la que se come la luz, y devora los colores por orden. Las moléculas de agua absorben con más fuerza las longitudes de onda largas, las rojas; en aguas oceánicas claras el rojo casi ha desaparecido hacia los 10 metros, el naranja hacia los 20, el amarillo hacia los 50 y el verde hacia los 100. El azul, que el agua absorbe menos, llega a 200 metros y más.
Esa absorción selectiva es la razón principal de que el mar sea azul. Durante mucho tiempo se creyó que simplemente reflejaba el cielo. En 1921, de regreso de Europa a bordo del SS Narkunda, el físico indio C. V. Raman contempló el azul profundo del Mediterráneo, lo examinó con un prisma polarizador y sostuvo que el color procedía de la luz dispersada por la propia agua. Sus trabajos sobre la dispersión le llevaron al efecto Raman y al Premio Nobel en 1930. Más tarde otros físicos añadieron la pieza final: las vibraciones del agua absorben el rojo, de modo que lo que vuelve a nuestros ojos es el azul superviviente. Donde abunda el plancton, la clorofila tiñe el agua de verde: por eso los mares costeros de Namibia o Terranova parecen verde oliva y el mar de los Sargazos, un zafiro intenso.
Los animales aprovechan estas reglas desde hace millones de años. Como la luz roja nunca llega a las profundidades, el rojo es allí el color de la invisibilidad: gambas, medusas y peces abisales suelen ser escarlatas, es decir, negros en la penumbra azul. El pez dragón Malacosteus rompe la regla al emitir su propio foco rojo, que percibe gracias a un pigmento derivado de la clorofila de su comida: un haz privado que ninguna presa detecta.
¿Sabías que el pez abisal Diretmus argenteus tiene 38 copias del gen de la opsina de los bastones, más que ningún otro vertebrado conocido?
En la zona crepuscular el peligro es una sombra contra la luz de arriba, por eso muchos animales practican la contrailuminación: peces hacha y peces linterna recubren su vientre de órganos luminosos que igualan el resplandor descendente y borran su silueta. El calamar hawaiano Euprymna scolopes hace lo mismo con bacterias Vibrio luminosas. La mayoría de los peces abisales tienen los ojos sintonizados con un solo color, el azul cercano a 480 nanómetros, porque apenas queda otra cosa que ver.
Entender esta química del color va más allá de su belleza. Los satélites leen el color del océano para medir el plancton, los buceadores llevan linternas para ver los colores reales y los ingenieros eligen láseres azul verdosos para comunicarse bajo el agua, porque en el mar el azul es el color que perdura.
Fig. 26 · Luz y color bajo el agua. El agua absorbe primero el rojo y el azul en último lugar: por eso el mar es azul.
Capítulo 27 · Parte III
La presión
Cada 10 metros de agua de mar añaden alrededor de una atmósfera de presión, el peso de todo el cielo que nos oprime a nivel del mar. Un buceador a 10 metros soporta dos atmósferas; a 40, cinco. En el fondo del abismo Challenger, a casi 11 kilómetros, la presión ronda las 1.100 atmósferas, como el peso de un coche pequeño sobre cada centímetro cuadrado.
La imagen popular de las profundidades es la de cosas aplastadas. La verdad es más sutil. El agua apenas se comprime, de modo que un animal hecho sobre todo de agua siente la misma presión dentro y fuera y no se aplasta en absoluto. El peligro es el aire. Según la ley de Boyle, un gas reduce su volumen a la mitad cada vez que la presión se duplica, así que los pulmones de un apneísta a 10 metros miden la mitad que en superficie. Cuando Herbert Nitsch llegó a 214 metros en 2007, sus pulmones quedaron reducidos a una veintidosava parte de su volumen. Submarinos, batisferas y pulmones humanos corren peligro porque contienen gas; las medusas, no.
El gas causa un segundo problema al subir. Bajo presión, se disuelve nitrógeno extra en la sangre y los tejidos del buceador; si asciende demasiado rápido, sale en forma de burbujas, como una botella de gaseosa agitada. Es la enfermedad por descompresión. Lisió a obreros que excavaban los cimientos del puente de Brooklyn en la década de 1870. El fisiólogo francés Paul Bert identificó las burbujas de nitrógeno como causa en 1878, y en 1908 John Scott Haldane entregó a la Marina Real británica las primeras tablas de descompresión por etapas.
¿Sabías que el pez borrón, votado como el animal más feo del mundo en 2013, parece un pez normal en su hogar, hacia los 1.000 metros, y que su famoso aspecto derretido es un daño causado al sacarlo a la superficie?
Los animales abisales simplemente prescinden del aire. Muchos peces profundos carecen de vejiga natatoria y flotan gracias a hígados grasos o a tejidos gelatinosos y acuosos. Los cachalotes que bajan a 2.000 metros dejan que sus pulmones se colapsen y guardan el oxígeno en la sangre y los músculos; un zifio de Cuvier fue seguido frente a California hasta 2.992 metros. A escala molecular, los animales profundos llevan moléculas protectoras que mantienen funcionando sus proteínas, la misma química que fija el límite de los peces en las fosas.
A los oceanógrafos les encanta una demostración sencilla. Vasos de poliestireno decorados por escolares se atan a instrumentos que bajan miles de metros. El aire de la espuma sale expulsado y los vasos vuelven como miniaturas perfectas: la prueba de que el fondo aplasta el aire, no el agua. La lección recorre toda la ingeniería submarina, desde la batisfera que llevó a William Beebe a 923 metros en 1934 hasta los sumergibles de titanio actuales: lo difícil es mantener viva una burbuja de aire.
Fig. 27 · La presión. Una atmósfera más cada 10 m: letal para el aire, inocua para los cuerpos de agua.
Capítulo 28 · Parte III
La temperatura y la termoclina
Desciende por un mar tropical y atravesarás tres mundos térmicos. Arriba está la cálida capa de mezcla, removida por el viento y el oleaje, a menudo a 25 °C o más y casi uniforme durante decenas de metros. Debajo, la temperatura cae en picado a través de la termoclina, una franja donde el agua puede enfriarse 15 o 20 grados en unos cientos de metros. Más abajo yace el océano profundo, un vasto depósito de agua entre unos 0 y 4 °C, ajeno al verano y al invierno. Cerca de nueve décimas partes del agua oceánica está bajo la termoclina, y la temperatura media de todo el océano es de solo unos 4 °C.
Esta estratificación existe porque el agua cálida pesa menos que la fría. El sol calienta la superficie desde arriba, así que el océano es estable, como el aceite sobre el vinagre, y la termoclina actúa de tapa. Esa tapa es una bendición y una maldición. Mantiene frío el fondo, pero también encierra los nutrientes abajo, lejos del plancton iluminado, y por eso los trópicos azules y transparentes suelen ser desiertos biológicos. En los mares templados se forma una termoclina estacional cada verano que se deshace con los temporales de invierno, mientras que en los mares polares el agua es fría de arriba abajo y apenas hay termoclina.
Hay excepciones locales. El Mediterráneo profundo se mantiene hacia los 13 °C porque allí se hunde agua cálida y salada, y el fondo de la mar Roja ronda unos templados 21 °C. En sus cuencas profundas hay incluso pozas de salmuera caliente de más de 60 °C, calentadas desde la corteza.
¿Sabías que, según el IPCC, el océano ha absorbido más del 90 % del calor extra atrapado por los gases de efecto invernadero desde la década de 1970?
Medir todo esto fue durante mucho tiempo una tarea ardua. La expedición del Challenger, de 1872 a 1876, bajaba termómetros atados a cuerdas, una profundidad cada vez. En 1938 Athelstan Spilhaus inventó el batitermógrafo, que dibujaba la temperatura mientras caía, y las armadas lo usaron para encontrar termoclinas donde los submarinos podían esconderse del sonar. Hoy el trabajo lo hace Argo, una flota de unas 4.000 boyas robóticas desplegadas desde 2000. Cada boya deriva a 1.000 metros durante unos nueve días, baja a 2.000 metros y luego asciende midiendo temperatura y salinidad, y envía su perfil a un satélite.
Argo ha transformado la ciencia del clima al registrar, cuenca a cuenca, el calentamiento constante del océano superior. Las boyas Deep Argo llegan ya a 6.000 metros, porque es en ese depósito frío del fondo donde se guardará la larga memoria de nuestro calentamiento.
Fig. 28 · La temperatura y la termoclina. Una fina capa cálida flota sobre un océano frío, separada por la termoclina.
Capítulo 29 · Parte III
El sonido en el mar
La luz muere a unos cientos de metros de la superficie, pero el sonido viaja asombrosamente bien en el agua de mar. Se mueve a unos 1.500 metros por segundo, más de cuatro veces más rápido que en el aire, y los sonidos graves pueden cruzar cuencas oceánicas enteras. Para los animales del mar, y para quienes los estudian, el océano es ante todo un mundo para el oído.
La primera medición llegó en 1826, cuando el físico suizo Daniel Colladon y el matemático Charles Sturm golpearon una campana sumergida en el lago Lemán y cronometraron el sonido a lo largo de unos 14 kilómetros: obtuvieron 1.435 metros por segundo, cerca de la cifra moderna para el agua dulce. Tras el hundimiento del Titanic en 1912, el inventor canadiense Reginald Fessenden construyó un oscilador eléctrico capaz de emitir sonido en el agua y escuchar su eco; en 1914 detectó un iceberg a unos tres kilómetros. De ahí nació el sonar, que persiguió submarinos en dos guerras mundiales y después cartografió el fondo marino.
La velocidad del sonido depende de la temperatura y de la presión. Cerca de la superficie, el agua cálida lo acelera; en lo profundo, la presión vuelve a acelerarlo. Entre ambas, hacia los 1.000 metros en latitudes medias, hay una capa de velocidad mínima. El sonido que entra en ella se curva de vuelta hacia el eje lento, como la luz en una fibra óptica, y puede recorrer miles de kilómetros. En 1944 Maurice Ewing y J. Lamar Worzel demostraron la existencia de este canal SOFAR detonando pequeñas cargas que se oyeron a cientos de kilómetros. En 1991 la prueba de la isla Heard envió desde el sur del océano Índico sonidos captados frente a las Bermudas y la costa oeste de Norteamérica.
¿Sabías que el «Bloop», un misterioso rugido registrado en 1997 por los hidrófonos de la NOAA a través del Pacífico, se identificó por fin en 2012 como el ruido de un sismo de hielo antártico?
Las ballenas aprovechaban la acústica del océano mucho antes que nosotros. El ingeniero naval Frank Watlington grabó sonidos extraños frente a las Bermudas, y Roger Payne y Scott McVay demostraron que las yubartas cantan canciones largas, repetitivas y estructuradas; el álbum Songs of the Humpback Whale, de 1970, ayudó a lanzar la campaña para salvar a las ballenas. Las ballenas azules y los rorcuales comunes emiten llamadas graves, cerca de 20 hercios, que alcanzan cientos de kilómetros. Los camarones pistola crepitan tan fuerte en los arrecifes que pueden ocultar submarinos.
Hoy el mar es cada vez más ruidoso. Hélices de barcos, cañones de aire sísmicos y sonares llenan las mismas frecuencias graves que usan las ballenas, y estudios frente a California registraron un fuerte aumento del ruido en aguas profundas a finales del siglo XX. Para animales que encuentran comida y pareja por el oído, un océano ruidoso es una niebla que nunca se levanta.
Fig. 29 · El sonido en el mar. El sonido cruza océanos: el canal SOFAR lleva lejos los cantos y los seísmos de hielo.
Capítulo 30 · Parte III
Los océanos polares
Los dos océanos polares son imágenes especulares. El océano Ártico, de unos 14 millones de kilómetros cuadrados, es el más pequeño y el menos profundo, una cuenca casi cerrada por Norteamérica, Groenlandia y Eurasia, abierta al Pacífico solo por el estrecho de Bering y al Atlántico por el paso junto a Groenlandia. El océano Austral es lo contrario: agua abierta que rodea un continente cubierto de hielo, sin tierra que la detenga en toda la vuelta al globo. La National Geographic Society lo reconoció oficialmente como quinto océano en 2021.
Ambos se definen por el hielo marino, agua de mar congelada que rara vez supera unos pocos metros de grosor, crece cada invierno y mengua cada verano. Alrededor de la Antártida la oscilación es enorme: de unos 3 millones de kilómetros cuadrados en febrero a cerca de 18 millones en septiembre, más del doble de la superficie blanca del continente. En el Ártico, los satélites siguen un fuerte declive desde 1979. En septiembre de 2012 el hielo estival cayó a unos 3,4 millones de kilómetros cuadrados, el mínimo registrado, aproximadamente la mitad de lo habitual en los años ochenta, y además se ha adelgazado. Osos polares, morsas y focas anilladas dependen de ese hielo para cazar y criar.
Alrededor de la Antártida fluye la corriente más poderosa de la Tierra, la corriente circumpolar antártica. Empujada hacia el este por los vientos del oeste de los «cuarenta rugientes» y los «cincuenta aullantes», es la única corriente que rodea el globo sin interrupción y transporta mucho más de cien millones de metros cúbicos de agua por segundo a través del paso de Drake. También aísla la Antártida de las aguas más cálidas del norte y ayuda a mantenerla congelada.
¿Sabías que los peces de hielo antárticos no tienen glóbulos rojos ni hemoglobina, un descubrimiento del biólogo noruego Johan Ruud en 1954?
Los mares polares son fríos pero ricos. Los vientos fuertes y los afloramientos suben nutrientes, y el sol de verano brilla casi sin descanso. En el océano Austral eso alimenta al kril antártico, crustáceos del largo de un dedo cuyo peso total se ha estimado en unos 380 millones de toneladas, que a su vez alimentan a pingüinos, focas, albatros y grandes ballenas barbadas. Los nototénidos sobreviven en agua bajo 0 °C gracias a proteínas anticongelantes en su sangre, estudiadas por Arthur DeVries desde finales de los años sesenta.
Los exploradores conocieron estos mares por las malas. Fridtjof Nansen dejó que su barco, el Fram, quedara atrapado en la banquisa ártica en 1893 y derivó tres años, demostrando que el hielo se mueve sobre un océano profundo en lugar de descansar sobre tierra. En 1915 la banquisa del mar de Weddell aplastó el Endurance de Ernest Shackleton; su pecio apareció en 2022 a 3.008 metros, asombrosamente intacto. Hoy los polos se calientan más deprisa que casi cualquier otro lugar, y lo que ocurra con su hielo se notará en todas las costas.
Fig. 30 · Los océanos polares. El Ártico, un océano entre tierras; el Austral, un anillo de mar en torno a un continente.
Parte IV
La vida oceánica
Los que derivan, los que nadan y los que construyen la gran red de la vida marina.
Capítulo 31 · Parte IV
El plancton: la multitud a la deriva
El plancton no es un tipo de criatura, sino una forma de vida. La palabra, acuñada en 1887 por el fisiólogo alemán Victor Hensen a partir del griego «errante», abarca todo lo que no puede nadar contra la corriente: bacterias de unas milésimas de milímetro, huevos y larvas de cangrejos y bacalaos, e incluso una medusa melena de león cuyos tentáculos superan la longitud de una pista de tenis. Lo que los une es que el mar, y no sus músculos, decide adónde van.
Los biólogos dividen esta multitud en dos. El fitoplancton son las plantas de la deriva, células sueltas que realizan la fotosíntesis en los 200 metros iluminados de la superficie. Las diatomeas se construyen caparazones de sílice con forma de cajitas y estrellas; los cocolitóforos se acorazan con placas de tiza; los dinoflagelados giran impulsados por dos flagelos. El zooplancton son los animales que los pastan. Los más importantes son los copépodos, crustáceos del tamaño de un grano de arroz que quizá sean los animales más numerosos de la Tierra.
Sabemos tanto de ellos en parte gracias a una máquina asombrosamente duradera. En 1931, el biólogo marino Alister Hardy empezó a remolcar su Continuous Plankton Recorder tras buques mercantes. El agua entra por una pequeña abertura y el plancton queda atrapado en una banda de seda que se enrolla despacio y conserva un registro de cada milla recorrida. El programa, que hoy se dirige desde Plymouth, ha remolcado sus registradores durante millones de millas náuticas. Ha demostrado que las comunidades de copépodos de aguas cálidas del Atlántico nororiental se desplazaron unos diez grados de latitud hacia el norte entre los años sesenta y la primera década de este siglo, mientras retrocedía Calanus finmarchicus, alimento básico de los bacalaos jóvenes.
El plancton también regala espectáculos. Las floraciones del cocolitóforo Emiliania huxleyi tiñen mares enteros de un turquesa lechoso en las imágenes de satélite, del mar de Barents a la costa de la Patagonia. Las ondas de luz azul que brillan de noche en las Maldivas o en la bahía Mosquito de Puerto Rico se deben a dinoflagelados que destellan al ser agitados. Y cada noche tiene lugar la mayor migración del planeta: incontables organismos del zooplancton suben cientos de metros desde la penumbra para alimentarse en la superficie y vuelven a bajar antes del alba.
¿Sabías que los acantilados blancos de Dover están hechos en gran parte de cocolitos, las placas microscópicas de tiza que soltó el plancton en un mar cálido hace entre 70 y 100 millones de años?
El plancton está en la base de casi todas las cadenas alimentarias marinas, ayuda a arrastrar carbono hacia las profundidades y sus caparazones muertos se convierten en las rocas del futuro. A medida que el océano se calienta, su mapa se redibuja, y todo lo que se alimenta de él tendrá que seguirlo. Los más pequeños a la deriva deciden el menú de todo el mar.
Fig. 31 · El plancton: la multitud a la deriva. El plancton va de una cianobacteria de 0,5 µm a una medusa de 2 metros de ancho.
Capítulo 32 · Parte IV
La respiración del océano
Respira dos veces: una de esas bocanadas probablemente se fabricó en el mar. El fitoplancton microscópico realiza aproximadamente la mitad de toda la fotosíntesis de la Tierra y fija unos 50.000 millones de toneladas de carbono al año en la capa iluminada. En cada célula, la clorofila capta la luz y usa su energía para romper el agua, fabricar azúcares a partir del dióxido de carbono y liberar oxígeno como subproducto. La aportación del océano rivaliza con la de todos los bosques, praderas y campos juntos.
Es la respiración más antigua de todas. Unas cianobacterias marinas primitivas empezaron a expulsar oxígeno hace miles de millones de años y, hace unos 2.400 millones de años, se había acumulado suficiente para transformar la atmósfera en la Gran Oxidación. Sus descendientes aún dominan. Prochlorococcus, el organismo fotosintético más pequeño y probablemente el más abundante del planeta, no se reconoció hasta 1988, cuando Sallie Chisholm, Robert Olson y sus colegas detectaron su tenue brillo rojo con un citómetro de flujo, un instrumento láser que cuenta células una a una. Mide unas 0,6 milésimas de milímetro y se cuenta por miles de cuatrillones en el océano abierto y cálido.
Medir la respiración de un planeta exige mirarlo desde la órbita. Desde que el satélite SeaWiFS de la NASA empezó a funcionar en 1997, los sensores de color del océano cartografían la clorofila leyendo el sutil matiz verde que da al agua. Los mapas muestran la deslumbrante productividad de los afloramientos frente a Perú, Namibia y California, las floraciones primaverales que barren el Atlántico Norte y los enormes «desiertos oceánicos» del centro de los giros subtropicales, donde faltan nutrientes y el agua es la más azul del mundo.
Conviene corregir aquí un mito popular. El océano no es un pulmón que nos exporte su oxígeno sobrante. El plancton, los peces y, sobre todo, las bacterias consumen casi todo lo que produce el fitoplancton, y a lo largo de un año la aportación neta del mar al aire es prácticamente nula. El oxígeno que respiramos es una reserva acumulada durante cientos de millones de años, en parte porque una pequeña fracción del carbono marino quedó enterrada en los sedimentos antes de ser respirada. Lo que el plancton sostiene día a día es el propio océano.
¿Sabías que un solo mililitro de agua de mar tropical iluminada puede contener más de 100.000 células de Prochlorococcus, y aun así nadie supo de su existencia hasta 1988?
Y ese océano se está quedando sin aliento. Las mediciones indican que el océano mundial ha perdido alrededor de un 2 % de su oxígeno disuelto desde 1960, porque el agua más cálida retiene menos gas y se mezcla menos con las profundidades, y las zonas pobres en oxígeno frente a África occidental y en el Pacífico oriental se han extendido. Cada respiración en tierra es un regalo del plancton antiguo; cada pez depende hoy del plancton vivo.
Fig. 32 · La respiración del océano. El fitoplancton produce cerca de la mitad del oxígeno, y luego respira casi todo.
Capítulo 33 · Parte IV
La red trófica oceánica
Una red trófica es el libro de cuentas del océano: quién se come a quién. En su base están los productores, el fitoplancton y las algas que convierten la luz del sol en tejido vivo. Por encima vienen los herbívoros como los copépodos y el kril, luego los peces pequeños y los calamares, luego los depredadores que se los comen, hasta las orcas, los tiburones blancos y los atunes. Cada peldaño es un nivel trófico, y cada uno sale caro: en promedio, solo una décima parte de la energía de un nivel acaba en el cuerpo del siguiente; el resto se quema en vivir, nadar y mantener el calor.
Esa regla práctica se remonta al ecólogo estadounidense Raymond Lindeman, que en 1942 describió el flujo de energía en un lago pantanoso de Minnesota. En el mar explica muchas cosas. Las cadenas cortas son eficientes: frente a Perú, la corriente de Humboldt alimenta diatomeas que la anchoveta come directamente, y por eso esa costa sostiene la mayor pesquería de una sola especie del mundo. Las cadenas largas del océano subtropical abierto apenas mantienen unos pocos grandes depredadores. Hoy los científicos rastrean quién come a quién con isótopos estables de nitrógeno, que se vuelven un poco más pesados en cada eslabón.
La ordenada pirámide oculta una economía sumergida. En 1983, Farooq Azam y sus colegas describieron el bucle microbiano: buena parte de lo que fabrica el plancton se escapa como materia orgánica disuelta que solo las bacterias pueden aprovechar. Diminutos protistas se comen a las bacterias y son devorados a su vez por el zooplancton, lo que devuelve la energía a la red principal. Los virus también intervienen y revientan cada día cantidades ingentes de microbios. En el océano abierto, gran parte del carbono fijado cada día pasa por los microbios y no por los peces.
Algunas especies importan mucho más de lo que sugiere su número. En los años sesenta, el ecólogo Robert Paine retiró las estrellas de mar ocres de las rocas de la bahía de Mukkaw, en el estado de Washington; los mejillones lo invadieron todo y muchas otras especies desaparecieron. Llamó a estos animales especies clave. En las islas Aleutianas, la nutria marina cumple ese papel al comerse los erizos que, de otro modo, arrasarían los bosques de kelp. Hoy también se considera clave a las ballenas: al alimentarse en las profundidades y defecar en la superficie, devuelven hierro y nitrógeno a las aguas iluminadas y abonan el plancton.
¿Sabías que los virus son con diferencia las entidades biológicas más numerosas del mar y que, según una estimación muy citada, matan cada día alrededor de una quinta parte de toda la biomasa microbiana del océano?
El ser humano se ha convertido en el depredador dominante de muchas redes marinas. En 1998, el experto en pesquerías Daniel Pauly demostró que las capturas mundiales se desplazaban de los grandes depredadores hacia peces más pequeños de niveles inferiores, un proceso que llamó «pescar hacia abajo en la red trófica». Tira de un hilo y se mueve toda la red.
Fig. 33 · La red trófica oceánica. La energía fluye de células iluminadas a orcas, y los microbios reciclan los restos.
Capítulo 34 · Parte IV
Las medusas y sus parientes
Las medusas laten en el mar desde hace al menos 500 millones de años, mucho antes de los primeros dinosaurios. Pertenecen a los cnidarios, un grupo de unas 11.000 especies que incluye también corales, anémonas e hidroides. Una medusa no tiene cerebro, ni corazón, ni huesos, y es agua en un 95 % aproximadamente. Su cuerpo es una campana palpitante con una sola abertura que hace a la vez de boca y de ano, rodeada de tentáculos armados con células urticantes.
Esas células, los cnidocitos, están entre las armas más notables de la biología. Cada una guarda un filamento enrollado y con púas dentro de una cápsula a gran presión. Al tocarla, la cápsula se dispara en alrededor de una millonésima de segundo, uno de los movimientos más rápidos de la naturaleza, e inyecta veneno. La mayoría de las picaduras son inofensivas para las personas, pero la avispa de mar, Chironex fleckeri, del norte de Australia y el sudeste asiático, puede matar a un adulto en minutos. Las cubomedusas tienen además 24 ojos, algunos con cristalino, que les ayudan a sortear las raíces de los manglares.
Muchos cnidarios llevan una doble vida. Una medusa típica empieza como larva nadadora que se fija en el fondo y se convierte en pólipo, una especie de anémona diminuta. El pólipo genera después pilas de medusas bebé, las éfiras, que crecen hasta convertirse en la medusa adulta. En los años noventa, unos investigadores en Italia observaron que Turritopsis dohrnii, una hidromedusa más pequeña que una uña, podía hacer algo asombroso: si sufre estrés o una herida, el adulto vuelve a ser pólipo y empieza de nuevo. Se la llama la medusa inmortal, aunque en libertad la mayoría simplemente acaba devorada.
No todo lo que parece una medusa lo es. La carabela portuguesa, Physalia physalis, es un sifonóforo: una colonia de individuos especializados, uno de los cuales forma el flotador lleno de gas que navega con el viento, mientras otros forman los tentáculos de pesca que se arrastran 10 metros o más. Los ctenóforos, que destellan con luces irisadas, son un grupo totalmente distinto. Las medusas también pueden ser gigantes: la medusa de Nomura, en los mares de Japón, alcanza 2 metros de diámetro y 200 kilos, y la melena de león arrastra tentáculos de decenas de metros.
¿Sabías que en 2011 un enjambre de medusas luna atascó las tomas de agua de refrigeración de la central nuclear de Torness, en Escocia, y la obligó a parar sus reactores?
Las proliferaciones de medusas parecen haberse vuelto más frecuentes en algunos lugares, del mar del Japón al Mediterráneo. La sobrepesca elimina a sus competidores y depredadores, el agua cálida acelera su crecimiento y los puertos ofrecen a los pólipos nuevas superficies donde fijarse, aunque los científicos aún debaten hasta qué punto la tendencia es general. Sin cerebro, quizá, pero las medusas saben esperar su momento.
Fig. 34 · Las medusas y sus parientes. Las medusas alternan entre pólipo y medusa; una incluso recorre el ciclo al revés.
Capítulo 35 · Parte IV
Pulpo, calamar y sepia
Los cefalópodos, los moluscos con «pies en la cabeza», son caracoles que cambiaron la concha por la velocidad y el ingenio. Las unas 800 especies vivas incluyen pulpos, calamares, sepias y los nautilos con concha. Todos tienen brazos alrededor de un pico de loro, un sifón que expulsa agua para propulsarse a chorro, tres corazones y una sangre basada en el cobre que se vuelve azul al contacto con el aire. Casi todos viven deprisa y mueren jóvenes: muchos pulpos sobreviven solo uno o dos años y mueren poco después de reproducirse.
Su inteligencia es legendaria, y está documentada en el laboratorio. Un pulpo común tiene unos 500 millones de neuronas, una cifra comparable a la de la corteza de un perro, y cerca de dos tercios están en sus brazos, que pueden saborear, palpar y reaccionar en gran medida por su cuenta. Los pulpos resuelven laberintos, desenroscan tarros y se escapan de los acuarios. En 2009, unos investigadores filmaron en Indonesia pulpos de la especie Amphioctopus marginatus transportando cáscaras de coco por el fondo para usarlas después como refugio, uno de los primeros casos documentados de uso de herramientas en un invertebrado. En 2022, la ley británica de bienestar animal reconoció a los cefalópodos como seres sintientes.
Su piel es una pantalla viva. Miles de cromatóforos, diminutos sacos elásticos de pigmento rojo, amarillo y marrón, se estiran o se contraen gracias a músculos controlados directamente por los nervios, de modo que un dibujo cambia en una fracción de segundo. Debajo, células reflectantes añaden azules iridiscentes y blancos brillantes. Una sepia puede hacer correr oleadas de rayas oscuras por el cuerpo para hipnotizar a un cangrejo, e imitar un tablero de ajedrez colocado bajo su tanque. Curiosamente, casi todos los cefalópodos parecen tener un solo tipo de fotorreceptor, y cómo igualan tan bien los colores sigue en estudio.
Cuando falla el camuflaje, queda la tinta: una nube de melanina y mucosidad. Algunos calamares expulsan una mancha de su propio tamaño, un «pseudomorfo» que mantiene la forma como señuelo mientras huyen. El pulpo mimo, Thaumoctopus mimicus, descubierto frente a Célebes en 1998, va más allá y se hace pasar por peces león venenosos, peces planos y serpientes marinas. En el otro extremo de tamaño, el calamar gigante Architeuthis fue filmado vivo en su hábitat por primera vez en 2012 cerca de las islas Ogasawara, en Japón, y el calamar colosal del océano Austral es el invertebrado más pesado conocido: un ejemplar pesó unos 495 kilos.
¿Sabías que un pulpo tiene tres corazones, dos que bombean sangre a las branquias y uno al resto del cuerpo, y que ese corazón principal deja de latir mientras nada?
Los cefalópodos parecen salir ganando con los mares cambiantes, y sus poblaciones crecen en muchas pesquerías a medida que declinan los peces que compiten con ellos. Las mentes más extrañas de la Tierra podrían heredar el océano que estamos vaciando.
Fig. 35 · Pulpo, calamar y sepia. Tres diseños de cefalópodo comparten gran cerebro, sangre azul y piel que cambia de color.
Capítulo 36 · Parte IV
Cangrejos, langostas y kril
Los crustáceos son los insectos del mar: animales de patas articuladas dentro de un esqueleto externo duro, asombrosamente variados y presentes casi en todas partes. Se han descrito unas 67.000 especies, desde copépodos más pequeños que un punto hasta el cangrejo araña japonés, cuyas patas pueden abarcar más de 3,5 metros. Cangrejos, langostas, gambas, percebes y cochinillas de la humedad pertenecen al grupo. Su armadura, el exoesqueleto, está hecha de quitina endurecida con carbonato cálcico, y es a la vez su gran fortaleza y su gran problema.
Una armadura no se estira, así que para crecer el crustáceo tiene que mudar. Unas hormonas ponen en marcha el proceso, llamado ecdisis: el animal recupera parte de los minerales del caparazón viejo, forma debajo uno nuevo y blando, luego parte el antiguo por una costura y sale de él marcha atrás, con patas, branquias y pedúnculos oculares incluidos. Recién mudado, traga agua para hincharse hasta su nuevo tamaño y se esconde durante días mientras el caparazón se endurece. El cangrejo de caparazón blando de los restaurantes es simplemente uno capturado en esa ventana vulnerable.
Las langostas muestran hasta dónde puede llegar la estrategia. El bogavante europeo y el americano mudan durante toda su vida, y se calcula que los ejemplares grandes tienen 50 años o más. Sus células mantienen activa la telomerasa, lo que dio origen en internet al mito de que son biológicamente inmortales. No lo son: cada muda exige más energía que la anterior, y muchos ejemplares viejos mueren en el esfuerzo o dejan de mudar y sucumben a enfermedades del caparazón. En el otro extremo, la galera pavo real del Indo-Pacífico golpea con un apéndice en forma de maza tan deprisa, como midieron Sheila Patek y sus colegas en 2004, que el agua que tiene delante se convierte en burbujas que implosionan.
Y luego está el kril antártico, Euphausia superba, un animalito parecido a una gamba de unos 6 centímetros. Su biomasa total se estima entre 300 y 500 millones de toneladas, lo que quizá lo convierta en la especie animal salvaje más abundante de la Tierra en peso. El kril pasta algas bajo el hielo marino y en aguas abiertas, forma enjambres que tiñen el mar de rojo y alimenta a ballenas azules y jorobadas, pingüinos, focas y peces. Las Discovery Investigations británicas de los años veinte y treinta describieron por primera vez su ciclo vital mientras estudiaban los caladeros balleneros.
¿Sabías que cuando escasea la comida durante el invierno antártico, el kril puede mudar a un cuerpo más pequeño y encogerse, y así sobrevivir meses sin comer?
Hoy el kril también se pesca, bajo la gestión desde 1982 de la comisión internacional CCAMLR, mientras el calentamiento y el retroceso del hielo marino en torno a la península Antártica parecen desplazar su área hacia el sur. La armadura del cangrejo es su castillo; un enjambre de kril es el almuerzo de todo un continente.
Fig. 36 · Cangrejos, langostas y kril. Para crecer, un crustáceo parte su armadura, sale blando y se hincha antes de endurecerse.
Capítulo 37 · Parte IV
El mundo de los peces
Los peces son los vertebrados más diversos de la Tierra. Se han descrito más de 36.000 especies, más que mamíferos, aves, reptiles y anfibios juntos, y la inmensa mayoría son peces óseos, con esqueleto de hueso verdadero y no de cartílago. Casi todos son peces de aletas radiadas, cuyas aletas son membranas de piel sostenidas por finas espinas. Su linaje se remonta a más de 400 millones de años, y a partir de ese plan común la evolución ha producido caballitos de mar, platijas, anguilas, atunes y el pez que los pescadores aún llaman «el que se escapó».
Vivir en el agua empieza por respirarla. El agua entra por la boca y pasa por las branquias, donde la sangre circula en sentido contrario por finos filamentos. Este intercambio a contracorriente hace que la sangre siempre se encuentre con agua algo más rica en oxígeno, y permite al pez extraer una parte del oxígeno disuelto mucho mayor que la que nuestros pulmones toman del aire. Muchos peces óseos tienen además una vejiga natatoria, una bolsa de gas que inflan o desinflan para flotar sin esfuerzo; por eso un bacalao puede quedarse suspendido a media agua como un dirigible.
Los peces perciben el mar de formas que nosotros no podemos. La línea lateral, una hilera de poros en cada costado, detecta cambios mínimos de presión y permite notar la estela de un depredador o los movimientos de los vecinos. Ese sentido hace posibles los cardúmenes. Arenques, sardinas y anchoas giran al unísono por millones; cada invierno, frente a la costa oriental de Sudáfrica, la carrera de la sardina atrae a delfines, tiburones, alcatraces y rorcuales de Bryde a uno de los mayores festines del planeta.
El abanico de tamaños es vertiginoso. Schindleria brevipinguis, de la Gran Barrera de Coral, madura con unos 7 milímetros, y los gobios enanos del Índico y el Pacífico apenas son mayores. En el otro extremo, el pez luna y sus parientes son los peces óseos más pesados: un pez luna gigante hallado frente a las Azores en 2021 pesó 2.744 kilos. Una sola hembra de pez luna puede llevar unos 300 millones de huevos. Algunos peces nos sorprenden incluso con su existencia: en 1938, la conservadora de museo Marjorie Courtenay-Latimer reconoció un celacanto, un pez de aletas lobuladas que se creía extinto desde hacía 66 millones de años, en la captura de un arrastrero frente a East London, en Sudáfrica.
¿Sabías que el pez óseo más pesado jamás registrado no fue un atún ni un marlín, sino un pez luna gigante hallado frente a las Azores en 2021 que pesaba 2.744 kilos?
Los peces son también el alimento silvestre más importante del mundo, y el más visiblemente sobreexplotado. Cuando se hundió el bacalao de los Grandes Bancos de Terranova, Canadá cerró la pesquería en 1992 y unas 30.000 personas perdieron su trabajo de la noche a la mañana. El reino de vertebrados más rico del mar es también el más explotado.
Fig. 37 · El mundo de los peces. Un pez óseo reúne branquias, aletas, un flotador de gas y un sentido en el flanco.
Capítulo 38 · Parte IV
Tiburones y rayas
Los tiburones ya nadaban en los mares antes de que hubiera árboles en tierra firme. Su linaje, los condrictios, tiene más de 400 millones de años y hoy suma unas 1.200 especies de tiburones, rayas y quimeras. Su esqueleto es de cartílago, más ligero y flexible que el hueso, y su piel está cubierta de diminutas escamas con forma de diente, los dentículos dérmicos, que suavizan el flujo del agua y han inspirado bañadores y revestimientos de cascos. Las rayas son, en el fondo, tiburones aplanados, con las hendiduras branquiales por debajo y las aletas pectorales convertidas en alas.
Los tiburones son famosos por sus sentidos. El olfato detecta sangre y presas en el agua, y la línea lateral percibe el movimiento. Lo más notable son las ampollas de Lorenzini, poros llenos de gelatina en el hocico descritos por primera vez en 1678 por el anatomista italiano Stefano Lorenzini. Detectan los débiles campos eléctricos que generan los músculos de los animales vivos, de modo que un tiburón martillo puede encontrar una raya enterrada en la arena, con su ancha cabeza desplegando los sensores como un detector de metales. Muchas especies quizá usen también el campo magnético terrestre para orientarse en mar abierto.
Algunos tiburones baten todos los récords. El tiburón ballena, Rhincodon typus, es el pez vivo más grande, con unos 18 metros; se alimenta de plancton y huevos de peces filtrando el agua y se congrega cada año en el arrecife de Ningaloo, en Australia Occidental, en el golfo de México y en las Maldivas. La manta gigante oceánica alcanza 7 metros de punta a punta de las aletas y tiene uno de los cerebros más grandes en proporción a su cuerpo de todos los peces. Y en 2016, un equipo dirigido por Julius Nielsen fechó tiburones de Groenlandia midiendo el radiocarbono del cristalino de sus ojos, que se forma antes de nacer: el más viejo tendría unos 392 años, con un margen de 120, lo que lo convierte en el vertebrado más longevo conocido.
La imagen del tiburón come hombres es un mito que conviene corregir. Las mordeduras no provocadas son menos de un centenar al año en todo el mundo, mientras que las personas matan decenas de millones de tiburones. Muchos mueren por el aleteo: se les cortan las aletas para hacer sopa y el cuerpo a menudo se tira al mar. Un estudio publicado en Nature en 2021 halló que las poblaciones de tiburones y rayas oceánicos habían caído alrededor de un 71 % desde 1970, y el tiburón oceánico de puntas blancas, antaño uno de los grandes animales más comunes del océano tropical, está entre los más afectados.
¿Sabías que el tiburón de Groenlandia crece solo alrededor de un centímetro al año y no alcanza la madurez hasta los 150 años, aproximadamente?
La protección llega despacio, con prohibiciones del aleteo, santuarios y límites al comercio en el marco de la convención CITES. Una familia que sobrevivió a varias extinciones masivas depende ahora de decisiones tomadas en unas pocas décadas.
Fig. 38 · Tiburones y rayas. Tiburones y rayas van de un tollo del tamaño de una mano al tiburón ballena de 18 metros.
Capítulo 39 · Parte IV
Las tortugas marinas
Las tortugas marinas surcan los océanos desde hace más de 100 millones de años, y solo sobreviven siete especies: la tortuga verde, la boba, la carey, la lora, la golfina, la tortuga plana y la laúd. Todas respiran aire, todas pasan casi toda la vida en el mar, y cada hembra debe seguir arrastrándose por una playa para poner sus huevos, el único momento que ata a estas viajeras oceánicas a la tierra.
Muchas hembras vuelven a anidar en la playa donde ellas mismas nacieron décadas antes, o muy cerca, una hazaña llamada filopatría natal. Cómo la encuentran ha sido durante mucho tiempo uno de los enigmas de la biología. Las investigaciones dirigidas por Kenneth Lohmann en la Universidad de Carolina del Norte indican que las crías memorizan la firma magnética única de su costa, una combinación de intensidad e inclinación del campo, y usan el campo magnético terrestre como un mapa. El marcaje, iniciado a gran escala por Archie Carr en Tortuguero, Costa Rica, en los años cincuenta, y continuado hoy con transmisores por satélite, ha mostrado tortugas bobas nacidas en Japón que cruzan el Pacífico para alimentarse frente a la Baja California antes de regresar.
En la playa, la hembra excava con las aletas traseras un nido en forma de frasco y pone un centenar de huevos de cáscara correosa. Luego se marcha. Los huevos se incuban durante unos dos meses, y el calor de la arena decide el sexo de cada cría: es la determinación del sexo por temperatura. Hacia los 29 °C salen más o menos tantos machos como hembras; los nidos más cálidos producen sobre todo hembras y los más frescos, sobre todo machos. En el cálido norte de la Gran Barrera de Coral, donde está la enorme colonia de la isla Raine, un estudio de 2018 halló que el 99 % de las tortugas verdes jóvenes eran hembras.
Las crías salen juntas, casi siempre de noche, y corren hacia el horizonte más luminoso, que en una playa natural es el mar. Solo una pequeña fracción, que a menudo se estima en una de cada mil, llega a la edad adulta. La tortuga laúd es la gigante de la familia: puede superar los 600 kilos, mantiene el cuerpo más caliente que el agua que la rodea, se sumerge a más de 1.000 metros y cruza océanos enteros para comer medusas. Las golfinas, en cambio, anidan en llegadas masivas llamadas arribadas, cuando decenas de miles de hembras salen a la arena en pocos días en playas como Ostional, en Costa Rica, o Rushikulya, en Odisha, India.
¿Sabías que la tortuga marina más pesada jamás registrada fue un macho de tortuga laúd hallado en la playa de Harlech, en Gales, en 1988, que pesaba 916 kilos?
Seis de las siete especies están consideradas amenazadas. Las redes de pesca, las bolsas de plástico confundidas con medusas, las luces del litoral que atraen a las crías tierra adentro y la arena cada vez más caliente pasan factura. Unas tortugas que sobrevivieron a la extinción de los dinosaurios necesitan ahora playas oscuras, dispositivos excluidores en las redes de arrastre y un mundo más fresco.
Fig. 39 · Las tortugas marinas. En la playa de anidación, el calor de la arena decide si una tortuga nace macho o hembra.
Capítulo 40 · Parte IV
Las aves marinas
Unas 350 especies de aves se ganan la vida en el mar, desde paíños que no pesan más que un gorrión hasta pingüinos emperador más altos que un niño pequeño. Las aves marinas incluyen albatros, petreles, pardelas, alcatraces, cormoranes, gaviotas, charranes, álcidos y pingüinos. Comparten glándulas de la sal sobre los ojos que les permiten beber agua de mar y expulsar el exceso por las narinas, un plumaje denso e impermeable y una vida larga y pausada: muchas no crían hasta los cinco años o más y luego sacan adelante un solo pollo al año.
El albatros viajero tiene la mayor envergadura de todas las aves vivas, de hasta unos 3,5 metros, y apenas necesita aletear. Mediante el vuelo dinámico, desciende hacia el aire más lento junto a las olas y vuelve a subir al viento más rápido de arriba, obteniendo energía de la diferencia de velocidad, como ya sugirió el físico lord Rayleigh en 1883. Los dispositivos de seguimiento han mostrado albatros que recorren cientos de kilómetros al día, y en 2005 un equipo dirigido por John Croxall describió un albatros de cabeza gris que dio la vuelta a todo el océano Austral en 46 días. El ave silvestre más vieja conocida, una albatros de Laysan llamada Wisdom, anillada en el atolón de Midway en 1956, seguía criando pollos más de 65 años después.
Otras llegan aún más lejos. En 2010, Carsten Egevang y sus colegas colocaron diminutos geolocalizadores a charranes árticos de Groenlandia e Islandia y descubrieron que volaban hasta el mar de Weddell y volvían, un viaje de ida y vuelta de unos 70.900 kilómetros de media, la migración más larga conocida de cualquier animal. Como persiguen el verano de un polo a otro, quizá vean más luz diurna que ninguna otra criatura.
En el extremo opuesto están las buceadoras. El frailecillo atlántico vuela bajo el agua con sus alas cortas hasta unos 60 metros de profundidad y vuelve a su madriguera con el pico lleno de lanzones sujetos por su lengua espinosa. Los pingüinos renunciaron por completo al vuelo: se ha registrado a un pingüino emperador a 564 metros de profundidad y más de 27 minutos sin respirar. Como regla general, cuanto mejor bucea un ave, peor vuela, porque las alas que agarran el agua son demasiado pequeñas para llevarla lejos por el aire.
¿Sabías que los excrementos de aves marinas llegaron a valer una guerra, y que en el siglo XIX el guano de las islas Chincha, en Perú, se exportaba a todo el mundo como abono y contribuyó a desatar un conflicto con España en la década de 1860?
Las aves marinas son hoy el grupo de aves más amenazado. Según un análisis, las poblaciones vigiladas cayeron alrededor de un 70 % entre 1950 y 2010 por la captura accidental en palangres, las ratas introducidas en las islas de cría, el plástico y la escasez de peces. Cuando las aves marinas pasan hambre, suele ser la primera señal de que el mar que tienen debajo está en apuros.
Fig. 40 · Las aves marinas. Las grandes viajeras apenas bucean, y las mejores buceadoras no pueden volar.
Parte V
Gigantes y maravillas
Ballenas, luces en la oscuridad y la vida más extraña de la Tierra.
Capítulo 41 · Parte V
Las ballenas
Las ballenas son mamíferos que volvieron al mar. Respiran aire por un espiráculo en lo alto de la cabeza, amamantan a sus crías y conservan el calor bajo una gruesa capa de grasa. Unas 90 especies vivas forman el orden de los cetáceos, divididas en dos grandes bandos. Los misticetos, o ballenas barbadas, unas 15 especies entre las que figuran la ballena azul, la yubarta, las ballenas francas y la ballena gris, no tienen dientes de adultas. De su mandíbula superior cuelgan cientos de láminas flecadas de queratina, la materia de nuestras uñas, que filtran kril o peces pequeños de enormes bocanadas de agua. Los odontocetos, unas 75 especies, cazan presas de una en una e incluyen el cachalote, el narval, los zifios y todos los delfines y marsopas.
Sus antepasados caminaban. En 1981 el paleontólogo Philip Gingerich describió Pakicetus, un animal de cola larga y del tamaño de un lobo, hallado en rocas de Pakistán de unos 50 millones de años. Lo delató el oído: una gruesa cápsula ósea enrollada alrededor del oído medio, exclusiva de los cetáceos. Los fósiles de Pakistán y la India, muchos hallados por Hans Thewissen y Gingerich, siguen paso a paso la conquista del agua. Ambulocetus, la «ballena que camina», cazaba como un cocodrilo en aguas costeras hace unos 49 millones de años. Rodhocetus tenía patas más cortas y una cola más potente. Hace 40 millones de años, Basilosaurus, una serpiente marina de 15 metros cuyos huesos yacen a cientos en el Wadi Al-Hitan, el valle de las Ballenas de Egipto, aún conservaba diminutas patas traseras inútiles.
¿Sabías que los parientes vivos más cercanos de las ballenas son los hipopótamos? Tanto el ADN como la forma de doble polea del astrágalo de los primeros cetáceos fósiles los sitúan en la misma rama de los ungulados.
El ser humano empezó pronto a cazarlas. Los balleneros vascos perseguían ballenas francas en el golfo de Vizcaya ya en el siglo XI, y en el XIX los barcos de Nantucket y New Bedford surcaban todos los océanos en busca de aceite de cachalote para las lámparas. La era industrial fue mucho peor. El cañón arponero explosivo desarrollado por el noruego Svend Foyn en la década de 1860 y los buques factoría de los años veinte permitieron matar a las especies más grandes y rápidas; un estudio de 2014 calculó que en el siglo XX se mataron cerca de tres millones de ballenas, la mayoría en el océano Austral.
La Comisión Ballenera Internacional acordó en 1982 una moratoria a la caza comercial, en vigor desde 1986. Japón, Noruega e Islandia aún cazan en sus aguas, pero muchas poblaciones se recuperan y las yubartas vuelven a abundar desde Hawái hasta la península Antártica. Hoy las mayores amenazas son las colisiones con barcos, los aparejos de pesca y el ruido, no los arpones. Los animales más grandes del mar empezaron como pequeñas criaturas que chapoteaban en la orilla de un mar antiguo.
Fig. 41 · Las ballenas. Hace 50 millones de años las ballenas caminaban; luego se dividieron en dos ramas.
Capítulo 42 · Parte V
La ballena azul
La ballena azul, Balaenoptera musculus, es el animal más grande que se sabe que haya existido. Los adultos alcanzan unos 30 metros, como dos autobuses de dos pisos y medio, y los más pesados quizá llegaron a pesar entre 150 y 190 toneladas. Ningún dinosaurio hallado hasta hoy se considera más pesado, aunque los paleontólogos siguen sopesando las pruebas de los mayores saurópodos. Vista desde un barco, es un lomo larguísimo de color gris azulado y moteado que parece no acabar nunca, y luego un soplo de nueve metros de altura.
Todo ese cuerpo se sostiene con algunas de las presas más pequeñas del mar. Las ballenas azules comen kril, crustáceos parecidos a gambas de pocos centímetros. Al alimentarse, la ballena acelera dentro de un banco y abre la boca casi en ángulo recto, mientras los pliegues que van de la barbilla al vientre se hinchan como un saco y la garganta se llena de una masa de agua tan pesada como la propia ballena. Después expulsa el agua por 300 o más barbas a cada lado y retiene el kril. Un estudio de 2021, basado en marcas colocadas en ballenas frente a California, estimó que una ballena azul puede comer hasta unas 16 toneladas de kril al día en pleno verano.
Lo sabemos porque los científicos se han subido, por así decirlo, a las ballenas. Los equipos de Jeremy Goldbogen, en Stanford, colocan marcas con ventosas que llevan cámaras, sensores de profundidad y acelerómetros. En 2019, una de ellas, adherida junto a la aleta de una ballena azul en la bahía de Monterrey, registró por primera vez su corazón: bajaba a apenas dos latidos por minuto en las inmersiones profundas y subía a unos 37 en superficie. El corazón de una ballena que murió frente a Terranova en 2014, conservado por el Museo Real de Ontario, pesa unos 180 kilos.
¿Sabías que un ballenato azul recién nacido mide unos siete metros y, alimentado con la leche riquísima de su madre, puede ganar unos 90 kilos al día?
La ballena azul vive en todos los océanos salvo el Ártico, desde el borde del hielo antártico hasta las aguas cálidas de Sri Lanka, donde una población residente se alimenta a la vista de la costa. Sus llamadas graves están entre los sonidos más potentes de cualquier animal y viajan cientos de kilómetros. Su tamaño casi acabó con ella. Con los buques factoría y los cazaballenas rápidos en el océano Austral, en el siglo XX se mataron más de 300 000 ballenas azules, y la población antártica cayó por debajo del uno por ciento de su tamaño original antes de su protección total en 1966.
La recuperación es lenta, porque una hembra pare solo cada dos o tres años. Las ballenas azules antárticas aumentan y vuelven a verse en torno a Georgia del Sur, pero la especie sigue en peligro y las colisiones con barcos son un riesgo grave frente a California y Sri Lanka. El animal más grande de la historia sigue dependiendo de que el mar produzca kril.
Fig. 42 · La ballena azul. Hasta 30 m y quizá 190 toneladas, la ballena azul vive de animales de 6 cm.
Capítulo 43 · Parte V
Delfines y marsopas
Delfines y marsopas son cetáceos dentados pequeños, pero no son los mismos animales. La familia de los delfines oceánicos, unas 37 especies, incluye al delfín mular, al delfín girador y, para sorpresa de muchos, a la orca, cuyos machos alcanzan unos 9 metros: es sencillamente el delfín más grande. La mayoría tienen hocico alargado, aleta dorsal curva y dientes cónicos. Las siete especies de marsopas son más pequeñas y robustas, con la cara roma, aleta triangular y dientes en forma de pala. Los delfines de río del Amazonas, el Ganges y otros grandes ríos forman ramas aparte, más antiguas, del árbol familiar.
Lo más asombroso es la ecolocalización. El delfín produce clics rápidos forzando el aire a través de unas estructuras de sus fosas nasales, los labios fónicos. Los clics atraviesan el melón, una lente de grasa en la frente que los concentra en un haz dirigido hacia delante. Los ecos que devuelven un pez, una roca o un lenguado enterrado se captan a través de un canal de grasa de la mandíbula inferior que conduce el sonido hasta el oído interno. A partir del tiempo y la forma de los ecos, el animal forma una imagen tan precisa que distingue objetos de distintos materiales. Buena parte se descubrió desde los años cincuenta con delfines mulares adiestrados, entre otros por la Armada de Estados Unidos, que aún los emplea para localizar minas.
Su vida social es igual de compleja. Cada delfín mular desarrolla un silbido firma que funciona como un nombre, y los estudios en la bahía de Sarasota, en Florida, en marcha desde 1970, muestran que recuerdan los silbidos de compañeros a los que no ven desde hace décadas. En la bahía Shark, en Australia Occidental, algunas hembras se ponen esponjas en el hocico para protegerlo al hurgar en la arena, una costumbre que pasa de madre a hija. Las orcas viven en familias guiadas por hembras mayores y tienen tradiciones de caza tan distintas que grupos de las mismas aguas pueden no cruzarse nunca: en el Pacífico nororiental unos solo comen salmón y otros cazan focas.
¿Sabías que las hembras de orca, como los humanos y algunos otros odontocetos, viven décadas después de dejar de reproducirse, y que las abuelas guían a la familia hacia el salmón cuando escasea?
Su inteligencia no las protege de las redes. La vaquita marina, una pequeña marsopa que solo vive en el norte del golfo de California, se ha desplomado porque se ahoga en las redes de enmalle tendidas para la totoaba, un pez cuya vejiga natatoria se trafica hacia Asia. En 2023 apenas quedaban unas diez. El baiji, delfín del río Yangtsé, fue declarado probablemente extinto tras una búsqueda infructuosa en 2006. En Nueva Zelanda, el delfín de Māui no pasa de unas pocas decenas.
Los delfines están entre los animales más estudiados del mar y son la prueba más clara de que el océano alberga mentes además de cuerpos. La pregunta es si sabremos mantener con vida a los más discretos.
Fig. 43 · Delfines y marsopas. El delfín ve con sonido: clics nasales, enfocados por el melón, oídos por la mandíbula.
Capítulo 44 · Parte V
Focas, leones marinos y morsas
Los pinnípedos, o «pies en forma de aleta», son carnívoros que cazan en el mar pero deben salir a tierra o al hielo para descansar, mudar y parir. Sus parientes vivos más cercanos son los osos y los mustélidos. Hay unas 33 especies en tres familias que se distinguen a simple vista. Las focas verdaderas, como la foca común, la foca gris o la foca de Weddell, no tienen pabellón auricular y nadan con barridos de sus aletas traseras, que apuntan hacia atrás, de modo que en tierra se arrastran sobre el vientre. Los otáridos, leones marinos y lobos marinos, tienen pequeñas orejas, reman con sus largas aletas delanteras y pueden girar las traseras hacia delante para caminar e incluso galopar por las rocas. La tercera familia tiene un único miembro: la morsa.
Las focas verdaderas son las campeonas del buceo. En los años sesenta, el fisiólogo estadounidense Gerald Kooyman empezó a colocar registradores de profundidad a focas de Weddell sobre el hielo del estrecho de McMurdo, en la Antártida. Bajaban a unos 600 metros y permanecían sumergidas más de una hora, para luego volver a un único agujero de respiración que mantienen abierto raspando el hielo con los dientes. Los elefantes marinos llegan más lejos: el elefante marino del sur se ha registrado a más de 2000 metros, y sus machos, de unas cuatro toneladas, son los mayores pinnípedos. Lo logran buceando tras espirar, almacenando el oxígeno en la sangre y los músculos y ralentizando el corazón.
¿Sabías que el nombre científico de la morsa, Odobenus, significa «la que camina con los dientes», porque a veces clava los colmillos en el hielo para sacar del agua su enorme cuerpo?
Esos colmillos son caninos superiores alargados que alcanzan cerca de un metro en los machos grandes. Sirven para exhibirse, luchar y salir del agua, pero no para cavar. La morsa se alimenta en el fondo de la poco profunda plataforma ártica, localiza almejas con entre 400 y 700 vibrisas sensibles y succiona su carne con una lengua poderosa. Las morsas del Pacífico descansaban antes sobre el hielo flotante encima de sus zonas de alimentación; al retroceder el hielo estival, decenas de miles se amontonan ahora en playas de Chukotka y Alaska, donde las estampidas aplastan a las crías.
Los pinnípedos viven mucho más allá de los hielos polares. Los lobos marinos de Galápagos duermen en los bancos de los parques, los lobos marinos del Cabo crían por cientos de miles en la costa de Namibia y las focas monje de Hawái descansan en playas del Pacífico. Muchos fueron cazados casi hasta la extinción en el siglo XIX; el elefante marino del norte quedó reducido quizá a unas decenas y hoy supera con creces los 100 000. Los elefantes marinos llevan incluso sensores que miden temperatura y salinidad bajo el hielo antártico, donde no llega ningún barco. Con una aleta en cada mundo, hoy nos informan de ambos.
Fig. 44 · Focas, leones marinos y morsas. Tres familias de pinnípedos: focas, otarios y una morsa con colmillos de un metro.
Capítulo 45 · Parte V
El calamar gigante
Durante siglos los marinos hablaron del kraken, un monstruo de las costas de Noruega tan grande que se confundía con una isla. En 1752 y 1753 el obispo danés-noruego Erik Pontoppidan lo describió en su Historia natural de Noruega, medio convencido por los relatos de los pescadores. El animal real tras la leyenda es el calamar gigante, Architeuthis dux. En 1857 el zoólogo danés Japetus Steenstrup dio nombre al género a partir de un pico varado en una playa danesa y defendió que las historias del kraken tenían una base viva. Las hembras, mayores que los machos, alcanzan unos 12 o 13 metros contando sus dos largos tentáculos, aunque la mayor parte de esa longitud son tentáculos y el cuerpo mide unos pocos metros.
Durante mucho tiempo todas las pruebas estuvieron muertas. En 1861 la tripulación de la cañonera francesa Alecton intentó subir uno a bordo cerca de Tenerife y solo logró un trozo de cola, episodio que ayudó a inspirar el ataque del pulpo gigante en Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne. En 1873 unos pescadores de Terranova cortaron un tentáculo a un calamar que agarró su bote, y al año siguiente el naturalista Moses Harvey fotografió otro ejemplar colgado de una barra sobre su bañera. Los cachalotes daban más pistas: sus estómagos contenían miles de picos de calamar y su piel mostraba cicatrices circulares de las ventosas dentadas de sus presas.
¿Sabías que un estudio genético de 43 calamares gigantes de todo el mundo, publicado en 2013, halló que todos pertenecen a una sola especie, con sorprendentemente pocas diferencias entre océanos?
Verlo vivo llevó hasta el siglo XXI. En 2004 los zoólogos japoneses Tsunemi Kubodera y Kyoichi Mori bajaron una cámara con cebo a unos 900 metros frente a las islas Ogasawara y fotografiaron un calamar gigante atacando la línea: las primeras imágenes en su medio natural. En 2012 Kubodera, junto a los estadounidenses Edith Widder y Steve O'Shea, filmó uno desde un sumergible frente a Chichijima. El truco de Widder fue un señuelo electrónico que imita los destellos de una medusa asustada, y en 2019 su sistema de cámaras grabó otro en el golfo de México. Sus ojos, de unos 27 centímetros, están entre los mayores del reino animal, probablemente para detectar la estela luminosa de un cachalote que se acerca.
Su primo, el calamar colosal del océano Austral, es más corto pero mucho más pesado, con ganchos giratorios en brazos y tentáculos. Un ejemplar capturado en el mar de Ross en 2007 pesó unos 495 kilos y se exhibe en el museo Te Papa de Wellington, y en 2025 un joven calamar colosal fue filmado vivo por primera vez cerca de las islas Sandwich del Sur. El kraken resultó ser real, solo que tímido, frágil y mucho más interesado en los peces que en los marinos.
Fig. 45 · El calamar gigante. Del kraken nórdico a la grabación de 2012: así salió de la leyenda el calamar gigante.
Capítulo 46 · Parte V
La bioluminiscencia
En las profundidades, la mayor parte de la luz la producen los animales. La bioluminiscencia es una luz fría que nace de una reacción química: una molécula llamada luciferina se oxida con ayuda de una enzima, la luciferasa, y libera un fotón en lugar de calor. Muchos animales marinos usan la misma luciferina, la celenterazina, a menudo obtenida de su alimento, y su luz es sobre todo azul, de unos 470 a 490 nanómetros, el color que llega más lejos en el agua de mar. Unos la fabrican ellos mismos; otros, como los peces abisales, crían bacterias luminosas en órganos especiales.
¿Es frecuente? En 2017 Séverine Martini y Steven Haddock, del Monterey Bay Aquarium Research Institute, revisaron 17 años de vídeos de vehículos submarinos, desde la superficie hasta casi 4000 metros frente a California. De los cientos de miles de animales que pudieron identificar, el 76 por ciento eran bioluminiscentes. En tierra es una rareza: luciérnagas, algunos hongos y poco más. En el océano ha surgido de forma independiente decenas de veces, en peces, calamares, gambas, medusas, gusanos y plancton unicelular.
La luz tiene cuatro funciones principales. Los depredadores la usan como cebo: la hembra del rape abisal agita un señuelo luminoso en una espina modificada de la cabeza, y el pez dragón Malacosteus proyecta un foco rojo que la mayoría de los animales del abismo no ven. Las presas la usan para desaparecer: los peces hacha y muchos calamares practican la contrailuminación, brillando tenuemente por el vientre para borrar su silueta frente a la luz débil que llega de arriba. Los que se defienden la usan para sobresaltar o cegar, como el calamar vampiro, que suelta una nube de moco luminoso, o como alarma antirrobo: cuando un copépodo molesta a un dinoflagelado, el destello puede atraer a un pez mayor que se come al copépodo. Y muchas especies se hablan con luz. Los peces linterna llevan hileras de fotóforos con patrones propios de cada especie, y cada primavera millones de calamares luciérnaga suben a desovar en la bahía de Toyama, en Japón, y tiñen de azul la orilla.
¿Sabías que en 1995 un barco frente a Somalia atravesó un «mar lechoso» luminoso y que las imágenes de satélite mostraron después que la mancha cubría unos 15 400 kilómetros cuadrados, probablemente iluminada por bacterias?
Estas manchas, descritas por los marinos durante siglos, las confirmaron desde el espacio Steven Miller y sus colegas en 2005. La luz del océano también ha transformado la medicina. En los años sesenta, Osamu Shimomura extrajo la ecuorina y la proteína verde fluorescente de la medusa Aequorea victoria, frente a la costa del estado de Washington. La GFP ilumina hoy células y genes en laboratorios de todo el mundo y le valió parte del premio Nobel de Química de 2008.
Hoy los biólogos filman el abismo con luz roja, invisible para casi todos sus habitantes, para que el espectáculo siga sin interrupciones. El hábitat más oscuro de la Tierra está lleno de señales.
Fig. 46 · La bioluminiscencia. Tres de cada cuatro animales del abismo brillan: cazar, ocultarse, defenderse, hablar.
Capítulo 47 · Parte V
Las grandes migraciones oceánicas
Algunos de los viajes más largos del planeta se hacen bajo el agua. Una migración es un ir y venir regular entre lugares que cubren necesidades distintas: ricas zonas de alimentación, a menudo frías y productivas, y aguas seguras o cálidas para reproducirse. Los migrantes oceánicos siguen las corrientes, las estaciones y el campo magnético terrestre, y algunos recorren en su vida más distancia que cualquier animal terrestre.
Las yubartas se alimentan de kril en aguas polares en verano y viajan a los trópicos para parir, ayunando durante meses por el camino. Las de la península Antártica llegan a las costas de Colombia y Costa Rica, una de las migraciones regulares más largas de un mamífero, de unos 8000 kilómetros en cada sentido. En 2011 y 2012, una ballena gris llamada Varvara, marcada frente a Sajalín, cruzó el Pacífico hasta México y volvió: unos 22 500 kilómetros en 172 días. En 2003 y 2004, una tiburón blanco llamada Nicole nadó de Sudáfrica a Australia Occidental y regresó en nueve meses, unos 20 000 kilómetros, para sorpresa de los biólogos que creían que la especie no se alejaba de su zona.
La historia más extraña es la de la anguila europea. Durante siglos nadie había visto un huevo ni un apareamiento de anguila. El biólogo danés Johannes Schmidt pasó casi dos décadas, desde 1904, arrastrando redes finas por el Atlántico y comprobó que las larvas, hojas transparentes llamadas leptocéfalos, eran cada vez más pequeñas al acercarse al mar de los Sargazos. Concluyó que allí nacen todas las anguilas europeas. Las larvas derivan hacia Europa con la corriente del Golfo durante muchos meses antes de entrar en los ríos como angulas. En 2022, marcas satelitales siguieron por fin a anguilas adultas desde las Azores hacia los Sargazos, aunque nadie las ha visto aún desovar.
¿Sabías que los salmones del Pacífico encuentran su río natal en parte por el olfato? Los experimentos iniciados por Arthur Hasler en los años cincuenta mostraron que los salmones jóvenes memorizan el aroma químico del río donde crecieron.
Los salmones llevan además un mapa magnético: los estudios sobre salmones rojos que regresan al río Fraser, en Canadá, indican que se guían por la intensidad y la inclinación locales del campo magnético. El atún rojo del Atlántico se siguió por primera vez de un lado a otro del océano cuando Barbara Block, de Stanford, y sus colegas empezaron a colocar marcas archivo electrónicas en los años noventa. Revelaron que los atunes que se alimentan frente a Nueva Inglaterra y Canadá pertenecen a dos poblaciones, una que desova en el golfo de México y otra en el Mediterráneo, que se mezclan en el mar pero vuelven a casa para reproducirse.
La migración hace difícil protegerlos, porque ningún país es dueño de todo su recorrido. Un atún pescado en el golfo de Vizcaya pudo nacer frente a Texas; una ballena protegida en Costa Rica puede morir golpeada por un barco frente a Chile. Los migrantes oceánicos cosen los mares entre sí, y su supervivencia depende de toda la ruta.
Fig. 47 · Las grandes migraciones oceánicas. Ballenas, anguilas, salmones, atunes y tiburones cruzan océanos enteros.
Capítulo 48 · Parte V
La vida en las fuentes hidrotermales
En febrero de 1977 el sumergible Alvin descendió a unos 2500 metros en el rift de las Galápagos, en el Pacífico oriental. A bordo iban geólogos y químicos, entre ellos Jack Corliss y John Edmond, en busca de las fuentes termales que predecía la tectónica de placas. Hallaron el agua templada y algo que nadie esperaba: matorrales de cangrejos blancos, almejas gigantes, mejillones y gusanos de penachos rojos, un oasis abarrotado en un fondo que debía ser un desierto. No iba ningún biólogo, y las muestras se conservaron en vodka ruso porque al barco se le había acabado el conservante.
Una fuente hidrotermal se forma donde el agua de mar se filtra por grietas de la corteza oceánica joven cerca de una dorsal, se calienta con el magma de abajo y vuelve a subir cargada de minerales y gases disueltos. En 1979 Alvin descubrió en la dorsal del Pacífico Oriental la variante más espectacular: las fumarolas negras, chimeneas de sulfuros metálicos que expulsan agua a unos 350 a 400 °C. La presión es tan grande que el agua no hierve. Al encontrarse con el mar casi helado, los minerales precipitan en nubes negras y levantan la chimenea, a veces varias decenas de centímetros al día.
El secreto del oasis es la quimiosíntesis. En lugar de luz solar, las bacterias aprovechan la energía química del sulfuro de hidrógeno, oxidándolo para fabricar azúcares a partir del dióxido de carbono. El gusano tubícola gigante Riftia pachyptila, que puede medir unos dos metros, no tiene boca ni intestino. En 1981 una joven investigadora de Harvard, Colleen Cavanaugh, propuso que lo alimentan bacterias que viven dentro de un órgano esponjoso, el trofosoma, que ocupa casi todo su cuerpo. Su penacho escarlata, teñido por una hemoglobina especial, capta oxígeno, dióxido de carbono y sulfuro y se los entrega a sus socias.
¿Sabías que el caracol de pie escamoso, descubierto en 2001 en fuentes del océano Índico, acoraza su pie con escamas y su concha con sulfuro de hierro, y es el único animal conocido que construye un esqueleto de hierro?
Cada campo de fuentes tiene sus vecinos. El gusano de Pompeya vive en tubos sobre las paredes de las chimeneas del Pacífico oriental y tolera agua de más de 40 °C en la cola. El cangrejo yeti, de brazos peludos, hallado cerca de la isla de Pascua en 2005, cultiva bacterias en sus cerdas. En el campo de Lost City, en la dorsal mesoatlántica, descubierto en 2000, torres blancas de carbonato de hasta 60 metros exhalan un fluido templado y alcalino en lugar de humo negro y ácido, y algunos investigadores creen que lugares así pudieron ayudar a que surgiera la vida.
Ya se han descrito más de 600 especies de las fuentes, la mayoría inexistentes en otros lugares. Esas mismas chimeneas contienen cobre, cinc y oro, y empresas y gobiernos estudian si extraerlos. La inmersión de 1977 demostró que la luz del sol no es el único cimiento posible de un ecosistema, y que algunas de las comunidades más ricas de la Tierra viven en sus rincones más calientes y oscuros.
Fig. 48 · La vida en las fuentes hidrotermales. En las fuentes, bacterias convierten química volcánica en alimento para gusanos y almejas.
Capítulo 49 · Parte V
Los cadáveres de ballena
Cuando una gran ballena muere y se hunde, lleva un banquete a uno de los lugares más hambrientos de la Tierra. El fondo abisal vive normalmente de la nieve marina, una fina llovizna de copos orgánicos que cae desde muy arriba. Un cadáver de 40 toneladas que cae sobre un trozo de fango abisal le aporta tanto alimento como recibiría de otro modo en miles de años. Esa caída de ballena se convierte en una isla de vida que puede durar décadas.
El primer cadáver natural estudiado se encontró por casualidad. En 1987 la tripulación del sumergible Alvin, que rastreaba con sonar la cuenca de Santa Catalina frente al sur de California, dio con el esqueleto de una ballena azul a unos 1240 metros. El oceanógrafo Craig Smith, de la Universidad de Hawái, volvió una y otra vez y más tarde hundió cadáveres de ballena a propósito para observar el proceso desde el principio. Con Amy Baco describió una sucesión de etapas que se solapan más que se suceden ordenadamente.
Primero llegan los carroñeros móviles. En pocas horas acuden mixinos, tiburones dormilones, granaderos y cangrejos, que arrancan decenas de kilos de carne al día; los tejidos blandos desaparecen en unos meses o, como mucho, unos dos años. Sigue la etapa de los oportunistas, cuando los huesos y el sedimento aceitoso que los rodea se cubren de gusanos, caracoles y pequeños crustáceos, a razón de decenas de miles por metro cuadrado. Después llega la larga etapa sulfofílica: las bacterias descomponen las grasas almacenadas dentro de los huesos y liberan sulfuro de hidrógeno, del que viven bacterias quimiosintéticas, mejillones y almejas parecidos a los de las fuentes hidrotermales durante 50 años o más. Por último, algunos científicos añaden una etapa de arrecife, cuando el esqueleto mineral queda como una superficie dura para los filtradores.
¿Sabías queOsedax, descubierto en 2002 sobre el cadáver de una ballena gris en el cañón de Monterrey, no tiene boca ni intestino? La hembra hunde raíces verdes en el hueso y se alimenta gracias a bacterias, mientras los diminutos machos viven dentro de su tubo.
Estos «gusanos comehuesos», descritos en 2004 por Greg Rouse, Shana Goffredi y Robert Vrijenhoek, se han encontrado desde los fiordos suecos hasta la Antártida. Los cadáveres de ballena han revelado cientos de especies, muchas desconocidas, y los esqueletos fósiles muestran que comunidades parecidas existían hace decenas de millones de años. Algunos biólogos creen que pudieron servir de escalas para que los animales de fuentes y emanaciones frías se dispersaran entre oasis lejanos del abismo, aunque el debate sigue abierto.
En 2019 el buque de exploración Nautilus retransmitió en directo un cadáver recién descubierto frente al centro de California. La caza ballenera redujo mucho estos banquetes en el siglo XX, y a medida que las poblaciones se recuperan, más ballenas volverán a terminar su vida como festín. Incluso muerta, una ballena sigue alimentando el mar.
Fig. 49 · Los cadáveres de ballena. Una ballena muerta en el fondo abisal alimenta a una comunidad cambiante 50 años o más.
Capítulo 50 · Parte V
Los fósiles vivientes
Charles Darwin acuñó la expresión fósil viviente en El origen de las especies en 1859 para los organismos que parecen haber cambiado poco desde tiempos remotos. El océano está lleno de ellos. No están literalmente inalterados, pues cada especie viva tiene su propia historia evolutiva reciente, pero pertenecen a linajes cuyo plan corporal básico ha durado cientos de millones de años mientras la mayoría de sus parientes desaparecían.
El más famoso es el celacanto. Conocidos por fósiles de hasta unos 410 millones de años, estos peces de aletas lobuladas desaparecen del registro fósil hace unos 66 millones de años, y se creía que se habían extinguido con los dinosaurios. En diciembre de 1938, Marjorie Courtenay-Latimer, conservadora de un pequeño museo de East London, en Sudáfrica, fue llamada al muelle por el capitán de arrastrero Hendrik Goosen y descubrió entre la captura un gran pez azul acerado con aletas carnosas, casi como patas. Lo dibujó y escribió al ictiólogo J. L. B. Smith, que lo reconoció al instante y lo llamó Latimeria chalumnae en su honor. Hicieron falta 14 años para hallar un segundo ejemplar, en las Comoras, donde los pescadores ya lo conocían bien. Una segunda especie apareció en un mercado de pescado de Indonesia en 1997.
¿Sabías que se cree que los celacantos viven unos 100 años y gestan a sus crías durante unos cinco, uno de los embarazos más largos que se conocen en el reino animal?
Los celacantos viven en cuevas y en laderas volcánicas empinadas a unos 150 a 700 metros, derivando despacio y a veces cabeza abajo. Sus aletas lobuladas se mueven con el mismo ritmo alterno que las patas de un animal que camina, y están emparentados con los peces que dieron origen a los primeros vertebrados terrestres de cuatro patas.
El nautilo es un superviviente de otra clase. Es un cefalópodo, primo del pulpo y del calamar, pero conserva la concha externa que sus parientes abandonaron. La concha está dividida en cámaras, y regulando el gas y el líquido de su interior mediante un tubo llamado sifúnculo, el nautilo sube y baja como un submarino. Los nautiloideos aparecieron hace unos 500 millones de años y dominaron los mares antiguos; hoy un puñado de especies vive en las laderas de los arrecifes del Indopacífico, amenazadas por el comercio de sus conchas.
Los cangrejos herradura son aún más antiguos como grupo, con fósiles de unos 445 millones de años, y están más cerca de las arañas y los escorpiones que de los cangrejos. Cada primavera, los cangrejos herradura del Atlántico desovan por cientos de miles en las playas de la bahía de Delaware, y los correlimos gordos, aves migratorias, dependen de sus huevos. Su sangre azul pálido, basada en el cobre, contiene células que coagulan al contacto con toxinas bacterianas, la base de una prueba para controlar vacunas y medicamentos inyectables. Los fósiles vivientes no son fracasos de la evolución, sino sus campeones de fondo.
Fig. 50 · Los fósiles vivientes. Cangrejos herradura, nautilos y celacantos: linajes de cientos de millones de años.
Parte VI
Costas y arrecifes
Donde la tierra se encuentra con el mar: orillas, bosques y ciudades de coral.
Capítulo 51 · Parte VI
Donde la tierra se encuentra con el mar
La costa es la frontera más inquieta del planeta, la estrecha franja donde la tierra, el mar y el aire se encuentran y discuten. Su forma depende de qué está hecha la tierra y de lo que el mar le lanza. La mayoría de las costas actuales son jóvenes. Cuando se fundieron los últimos grandes mantos de hielo, el nivel del mar subió unos 120 metros, anegando valles fluviales y llanuras costeras, y no se estabilizó cerca de su altura actual hasta hace unos 6.000 o 7.000 años. Casi todo lo que vemos junto al mar, de los acantilados a las flechas de arena, se ha tallado o construido desde entonces.
¿Cuánto mide una costa? Parece una pregunta con una sola respuesta. El científico inglés Lewis Fry Richardson advirtió que las longitudes publicadas de unas mismas fronteras discrepaban enormemente, y en 1967 Benoît Mandelbrot explicó por qué en un artículo titulado How Long Is the Coast of Britain? Con una regla de 100 kilómetros uno se salta cada bahía; con una de un metro recorre cada roca, y el total no deja de crecer. Las costas son fractales, con recovecos dentro de recovecos. Esta paradoja de la línea de costa explica que las estimaciones del litoral mundial vayan de unos 350.000 kilómetros a más de 1,6 millones.
Las olas son el cincel. Su impacto mete aire y agua en las grietas hasta que la roca estalla, la llamada acción hidráulica; lanzan cantos contra el pie del acantilado, la abrasión; y el agua de mar disuelve poco a poco la creta y la caliza. El acantilado queda socavado, la visera se desploma y la costa retrocede, dejando a sus pies una plataforma de abrasión. Donde alternan rocas duras y blandas, las blandas se convierten en bahías y las duras en cabos, horadados en cuevas, luego en arcos y por fin en farallones solitarios. Los Doce Apóstoles, en el estado australiano de Victoria, son farallones de caliza; uno de ellos se desplomó en el océano Austral en 2005.
Las costas blandas ceden más rápido. La de Holderness, en el este de Yorkshire, está hecha de arcilla glaciar y retrocede de media entre 1,5 y 2 metros al año, uno de los ritmos más rápidos de Europa. Una veintena de aldeas documentadas desde la Edad Media yacen hoy bajo el mar del Norte. Parte del material arrancado deriva hacia el sur y alimenta Spurn Head, una flecha de arena curvada en la desembocadura del Humber. En la costa ártica de Alaska, taludes de permafrost en deshielo han retrocedido más de 10 metros en un solo año.
¿Sabías que Richardson descubrió que España y Portugal daban longitudes distintas para su frontera común, 987 kilómetros según España y 1.214 según Portugal?
Ese borde importa más que nunca. Alrededor del 40 % de la humanidad vive a menos de 100 kilómetros del mar, y la subida del agua y unas tormentas más fuertes aceleran el retroceso. Los ingenieros deben elegir entre diques, escolleras, dunas reconstruidas y retirada planificada. La línea del mapa es solo una instantánea; la costa real no deja de moverse.
Fig. 51 · Donde la tierra se encuentra con el mar. La roca dura resiste como cabos y farallones; la arcilla blanda retrocede metros al año.
Capítulo 52 · Parte VI
Playas y arena
Una playa es un río de arena que, por el momento, está quieto: un montón de granos sueltos, de la arena fina a los cantos, apilado por las olas entre la línea de bajamar y el alcance de los temporales. Un puñado de arena es una muestra de la tierra que hay detrás y del mar que hay delante. En la mayoría de las playas templadas los granos son de cuarzo, el mineral más resistente del granito, arrancado de las montañas y llevado a la costa por los ríos durante miles de años.
No toda la arena es dorada. Las playas negras como Reynisfjara, en Islandia, son basalto triturado. Papakōlea, en Hawái, brilla con cristales verdes de olivino. Las playas rosadas de las Bermudas deben su color a las conchas rojas de un foraminífero, Homotrema rubrum. En los trópicos, gran parte de la arena es biogénica: conchas, coral y placas calcáreas del alga verde Halimeda. Y una parte sorprendente pasa por peces. Los peces loro raspan las algas del coral muerto con sus dientes fusionados en pico, muelen la roca en la garganta y la expulsan como arena blanca. Un estudio realizado en Maldivas en 2015 por el geógrafo Chris Perry halló que aportaban la mayor parte de la arena nueva de la isla arrecifal estudiada.
La arena rara vez se queda quieta. Las olas suelen llegar a la orilla en ángulo, de modo que el agua que sube por la playa empuja los granos en diagonal y la resaca los devuelve en línea recta pendiente abajo. Repetido sin fin, este zigzag desplaza la arena a lo largo de la costa: es la deriva litoral. Donde la costa gira, construye flechas como Spurn Head, en Inglaterra, o Farewell Spit, en Nueva Zelanda, de más de 25 kilómetros. Los espigones de madera de tantas playas británicas retienen la arena a un lado y dejan sin ella la playa siguiente. Las playas respiran además con las estaciones: los temporales de invierno llevan la arena a barras mar adentro y el oleaje suave del verano la devuelve.
¿Sabías que un pez loro grande puede producir cientos de kilos de arena al año, así que algunas de las playas tropicales más blancas son, literalmente, excrementos de pez?
Los científicos siguen la arena con granos trazadores teñidos, levantamientos con GPS y drones, y décadas de imágenes de satélite. Un estudio mundial de 2018 dirigido por Arjen Luijendijk concluyó que aproximadamente una cuarta parte de las playas de arena del mundo se está erosionando.
La arena, además, escasea. Según un informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente de 2019, la humanidad usa entre 40.000 y 50.000 millones de toneladas de arena y grava al año, el material sólido más extraído de la Tierra. Los granos del desierto son demasiado lisos y redondos para trabar bien en el hormigón, así que se busca arena de río y de mar, y la extracción ilegal arrasa playas y cauces desde Marruecos hasta la India. Singapur ha ampliado su superficie en cerca de una cuarta parte desde los años sesenta, en gran medida con arena importada. Los Países Bajos probaron en 2011 una idea más suave, el Zandmotor: unos 21,5 millones de metros cúbicos vertidos frente a La Haya para que las olas los repartan por la costa. Cada playa es un presupuesto, y el nuestro está en números rojos.
Fig. 52 · Playas y arena. La arena llega de ríos, acantilados y arrecifes, viaja por la orilla y se pierde.
Capítulo 53 · Parte VI
Costas rocosas y charcas de marea
Dos veces al día una costa rocosa queda sumergida y luego expuesta al sol. Sus habitantes deben soportar el embate de las olas en la pleamar y, pocas horas después, el sol, el viento, la lluvia y las aves hambrientas. El resultado es uno de los patrones más nítidos de la ecología: la zonación, franjas horizontales de vida apiladas sobre la roca como las rayas de una bandera. Cada franja indica cuánto tiempo aguantan sus habitantes fuera del agua.
En lo más alto, en la zona de salpicadura, líquenes negros y anaranjados y diminutos bígaros resisten donde solo llega la espuma. Debajo vienen los percebes y balanos, crustáceos cementados cabeza abajo a la roca, que cierran sus placas con la bajamar y, cuando vuelve el agua, atrapan alimento con sus patas plumosas. Más abajo se apiñan los bancos de mejillones, las lapas pastan una película de algas y regresan a una huella excavada en la roca a la medida exacta de su concha, y las púrpuras perforan a sus vecinos. Al fondo, descubiertos solo en las mareas vivas más bajas, crecen laminarias, anémonas, erizos y estrellas de mar.
¿Por qué son tan nítidas las franjas? En los años cincuenta el ecólogo estadounidense Joseph Connell estudió dos balanos en la isla escocesa de Cumbrae y publicó sus resultados en 1961. El pequeño Chthamalus vivía arriba y el mayor Semibalanus, más abajo. Donde retiraba a Semibalanus, Chthamalus prosperaba más abajo; donde convivían, el grande asfixiaba o arrancaba al pequeño. El límite superior de cada zona, concluyó, lo fija sobre todo la desecación, y el inferior, los competidores y depredadores.
Después llegó el experimento más famoso jamás hecho en una costa. Desde 1963, Robert Paine, de la Universidad de Washington, pasó años arrancando estrellas de mar Pisaster ochraceus de un tramo de roca en Mukkaw Bay y lanzándolas al mar. Sin su principal depredador, los mejillones de California invadieron la roca y desplazaron casi todo lo demás: el número de especies de su parcela cayó de 15 a 8. En 1969 Paine acuñó el término especie clave para el depredador cuya ausencia deshace toda una comunidad.
¿Sabías que los dientes de las lapas están reforzados con fibras de goethita, un mineral de hierro, y que en 2015 unos ingenieros comprobaron que podrían ser el material biológico más resistente jamás medido, por encima de la seda de araña?
Las charcas de marea son laboratorios naturales donde, cubo en mano, se ve a los cangrejos ermitaños cambiar de concha y a las anémonas cerrarse cuando el agua se calienta. También son alarmas tempranas. Desde 2013, una enfermedad de desgaste de las estrellas de mar recorrió la costa pacífica de Norteamérica, de Alaska a México, y mató a millones de ellas; la estrella girasol se redujo más de un 90 % y figura hoy como en peligro crítico. En muchas costas, el experimento de Paine se repitió solo. Quita un depredador de la roca y toda la costa se reorganiza.
Fig. 53 · Costas rocosas y charcas de marea. En la roca la vida se ordena en franjas: arriba manda la sequía, abajo los rivales.
Capítulo 54 · Parte VI
Estuarios y marismas
Un estuario es el lugar donde un río se encuentra con la marea, una masa de agua semicerrada en la que el agua dulce y la salada se mezclan en agua salobre. El agua dulce, más ligera, tiende a deslizarse hacia el mar por encima, mientras el agua marina, más densa, avanza tierra adentro por el fondo formando una cuña salina. En un río profundo y caudaloso como el Misisipi las capas se mantienen nítidas; en un estuario somero con grandes mareas, como el del Severn, las corrientes las mezclan casi por completo. En un mismo punto, la salinidad puede pasar de agua casi dulce a casi marina en una sola marea.
La vida debe afrontar esos vaivenes, pero la recompensa es enorme. Los ríos aportan nutrientes, las mareas los remueven y los bajíos se calientan pronto, de modo que los estuarios figuran entre los ecosistemas más productivos de la Tierra. Son criaderos: arenques, platijas, lubinas, gambas y cangrejos jóvenes se refugian en aguas turbias donde los grandes depredadores cazan mal. Muchos estuarios templados están bordeados de marismas, praderas de espartina, salicornia y limonio que se inundan con la pleamar. Sus tallos frenan el agua y el fango se deposita, de modo que una marisma sana puede elevarse unos milímetros al año a medida que sube el mar.
La bahía de Chesapeake, el mayor estuario de Estados Unidos, mide unos 300 kilómetros de largo pero apenas unos 6 metros de profundidad media, y su cuenca abarca unos 166.000 kilómetros cuadrados. Cuando el capitán inglés John Smith la exploró en 1608, los arrecifes de ostras eran un peligro para los barcos. La sobrepesca, las enfermedades y los sedimentos han reducido las ostras autóctonas a una pequeña fracción de su abundancia pasada, y los fertilizantes que arrastran las lluvias desde los campos alimentan proliferaciones de algas que dejan en verano zonas muertas sin oxígeno. Los científicos vigilan la salud de la bahía desde los años ochenta, y los estados ribereños reconstruyen arrecifes de ostras hectárea a hectárea.
Al otro lado del Atlántico, el mar de Wadden se extiende unos 500 kilómetros a lo largo de las costas de Países Bajos, Alemania y Dinamarca. Es el mayor sistema ininterrumpido de llanuras intermareales de arena y fango del mundo y Patrimonio Mundial de la UNESCO desde 2009. Con la bajamar, grupos guiados cruzan el fondo a pie hasta las islas; con la pleamar, las focas descansan en los bancos. Cada año hacen escala entre 10 y 12 millones de aves migratorias para reponer fuerzas con gusanos, caracoles y moluscos, entre ellas correlimos gordos y agujas colipintas que viajan entre el Ártico y África.
¿Sabías que el Río de la Plata, entre Argentina y Uruguay, suele considerarse el estuario más ancho del mundo, con unos 220 kilómetros en su desembocadura?
Los estuarios acogen además grandes puertos y ciudades, de Londres junto al Támesis a Shanghái en la desembocadura del Yangtsé, y sufren dragados, contaminación y rellenos. Las marismas entierran carbono rápidamente en su fango encharcado, y en Inglaterra, Países Bajos y California los ingenieros abren hoy a propósito viejos diques para que vuelvan. Donde el río se calma y llega la marea, el mar cría a sus jóvenes.
Fig. 54 · Estuarios y marismas. El agua dulce se desliza sobre una cuña salada; marismas y bajíos crían a los jóvenes.
Capítulo 55 · Parte VI
Bosques de manglar
Los mangles son árboles que hacen lo que casi ningún árbol puede: vivir con las raíces en agua salada. Unas 70 especies de varias familias vegetales sin parentesco han adquirido esta capacidad por separado, y juntas bordean las costas abrigadas de los trópicos y subtrópicos en un cinturón de unos 147.000 kilómetros cuadrados, más o menos la superficie de Bangladés. Crecen en un fango gris y encharcado, casi sin oxígeno, que la marea inunda dos veces al día.
Cada género resuelve el problema a su manera. Los mangles rojos del género Rhizophora se apoyan en raíces zancudas arqueadas y filtran la sal en la superficie de la raíz, impidiendo que la mayor parte entre en el árbol. Los del género Avicennia dejan entrar más sal y luego la expulsan por glándulas de sal en las hojas, que en días secos aparecen cubiertas de cristales. Para respirar, Avicennia levanta miles de neumatóforos, raíces en forma de lápiz que asoman del fango como tubos de buceo. Muchos mangles son además vivíparos: sus semillas germinan en el árbol y caen como propágulos en forma de lanza, capaces de flotar meses antes de clavarse en un fango nuevo.
El mayor manglar del mundo son los Sundarbans, unos 10.000 kilómetros cuadrados de islas y canales en el delta del Ganges, el Brahmaputra y el Meghna, repartidos entre Bangladés y la India. Es el único manglar con tigres, que nadan de isla en isla y cazan en el fango de marea, y alberga también cocodrilos marinos, delfines del Ganges y gatos pescadores. En otros lugares, los manglares bordean los Everglades de Florida, el delta del Níger y la costa amazónica de Brasil, y matorrales retorcidos sobreviven incluso en las orillas desérticas del mar Rojo.
Los manglares protegen las costas que los acogen. Sus raíces enmarañadas frenan las olas y las mareas de tempestad, y los estudios tras el tsunami del océano Índico de 2004 y el ciclón Sidr, que golpeó Bangladés en 2007, sugieren que las aldeas tras anchos cinturones de manglar a menudo sufrieron menos daños, aunque los científicos debaten cuánto puede un bosque contra las olas más grandes. Las raíces atrapan también sedimentos y hojas caídas y entierran el carbono en un suelo profundo y sin aire. Un estudio de 2011 dirigido por Daniel Donato halló que los manglares del Indopacífico almacenan por hectárea varias veces más carbono que la mayoría de los bosques tropicales de tierra firme, sobre todo en el fango. Es el corazón del carbono azul.
¿Sabías que los propágulos del mangle rojo pueden sobrevivir un año o más flotando en el mar, lo que ayuda a explicar cómo los manglares colonizaron costas de océanos enteros?
Aun así, los manglares se han talado a gran escala para granjas de camarones, arrozales, madera y urbanización costera, sobre todo en el Sudeste Asiático, y desde mediados del siglo XX se ha perdido una gran parte de su superficie mundial. Las pérdidas se han frenado y, de Indonesia a Senegal, las comunidades replantan y aprenden que la especie adecuada en el fango adecuado importa más que el número de plantones. Un manglar es un dique, un criadero y una caja fuerte de carbono, y además se planta solo.
Fig. 55 · Bosques de manglar. Los mangles filtran o sudan la sal, respiran por raíces tubo y guardan carbono.
Capítulo 56 · Parte VI
Bosques de kelp
Los bosques de kelp son los bosques del mar, pero no están hechos de plantas. Los kelps son grandes algas pardas, más emparentadas con las diatomeas que con los robles. Crecen en aguas frías y ricas en nutrientes a lo largo de aproximadamente una cuarta parte de las costas del mundo. Un kelp no tiene raíces verdaderas: un rizoide se aferra a la roca, un estipe flexible se alza como un tronco y unas láminas parecidas a hojas captan la luz, sostenidas hacia la superficie por flotadores llenos de gas.
El campeón es el sargazo gigante, Macrocystis pyrifera, que en buenas condiciones puede crecer medio metro al día y superar los 30 metros de largo. Frente a California, Chile, Nueva Zelanda y Tasmania, su dosel se extiende sobre la superficie como el techo de un bosque. Debajo viven garibaldis y rocotes, abulones, cangrejos y erizos; los leones marinos se cuelan entre los estipes y las ballenas grises a veces entran a refugiarse. Frente a Sudáfrica, otro gigante, Ecklonia maxima, forma el gran bosque marino africano que hizo famoso el documental Lo que el pulpo me enseñó.
Los bosques de kelp dieron también a la ecología una de sus mejores historias. A comienzos de los años setenta, James Estes y John Palmisano compararon islas del archipiélago de las Aleutianas, en Alaska. Donde sobrevivían las nutrias marinas, el kelp crecía tupido. Donde el comercio de pieles las había exterminado, los erizos se habían multiplicado sin freno y habían pastado el bosque hasta la roca desnuda, un blanquizal de erizos. Las nutrias comen erizos y los erizos comen kelp: quita al depredador y el bosque cae. Es una cascada trófica, y su artículo de 1974 se convirtió en un clásico.
La cascada puede darse sin nutrias. Desde 2013, una enfermedad de desgaste aniquiló a las estrellas girasol, otras depredadoras de erizos, a lo largo de la costa pacífica de Norteamérica. Luego una larga ola de calor marina apodada «la Mancha» dejó al kelp sin nutrientes. Los erizos morados se dispararon y el norte de California perdió más del 90 % de su dosel de kelp a lo largo de unos 350 kilómetros de costa. En Tasmania, la corriente de Australia Oriental ha empujado hacia el sur aguas cálidas y pobres, y alrededor del 95 % de los bosques de sargazo gigante de la isla han desaparecido desde los años cuarenta, mientras erizos de espinas largas seguían el agua cálida desde Nueva Gales del Sur. En 2012 estos bosques se convirtieron en la primera comunidad marina declarada en peligro por la ley federal australiana.
¿Sabías que la nutria marina carece de capa de grasa y depende del pelaje más denso de todos los mamíferos, con hasta unos 150.000 pelos por centímetro cuadrado?
El kelp puede rebrotar deprisa si las condiciones lo permiten. Los buzos retiran erizos, los acuicultores cultivan kelp en cuerdas y científicos tasmanos crían sargazo gigante resistente al calor para replantar los arrecifes. La lección de las Aleutianas sigue vigente: cuida al depredador y el bosque se cuidará solo.
Fig. 56 · Bosques de kelp. Quién es quién en un bosque de kelp gigante, y cómo perder un depredador lo derriba.
Capítulo 57 · Parte VI
Praderas marinas
Las fanerógamas marinas son las únicas plantas con flor que viven totalmente sumergidas en el mar. No son algas: tienen raíces, vasos, hojas, flores y semillas, y descienden de plantas terrestres que volvieron al agua al menos en tres ocasiones distintas hace decenas de millones de años. Unas 70 especies forman praderas en fondos someros de arena y fango de todos los continentes salvo la Antártida, y se han cartografiado al menos 300.000 kilómetros cuadrados, con más aún por descubrir.
Sus flores se polinizan bajo el agua. La zostera, Zostera marina, libera un polen filamentoso que deriva hasta engancharse en una flor. En 2016, investigadores que trabajaban en Puerto Morelos, en la costa caribeña de México, filmaron de noche pequeños crustáceos y gusanos que llevaban polen entre las flores de la hierba de tortuga, un eco marino de las abejas. Las praderas se extienden también mediante tallos subterráneos rastreros, los rizomas, de modo que una pradera entera puede ser una sola planta clonada muchas veces.
La especie propia del Mediterráneo, la posidonia (Posidonia oceanica), crece con enorme lentitud y construye un denso entramado de rizomas vivos y muertos, la mata, que puede alcanzar varios metros de grosor y tardar milenios en formarse. Las praderas entre Ibiza y Formentera forman parte de un Patrimonio Mundial de la UNESCO declarado en 1999, y estudios genéticos sugieren que algunos clones de posidonia de allí podrían tener decenas de miles de años. Los temporales de invierno enrollan sus fibras en bolas que el mar arroja a las playas mediterráneas.
¿Sabías que en 2022 unos genetistas demostraron que una pradera de Shark Bay, en Australia Occidental, es una sola planta de Posidonia australis que se extiende unos 180 kilómetros y tiene quizá 4.500 años?
Las praderas alimentan a grandes herbívoros. Un dugongo come decenas de kilos de hierba al día y deja surcos desnudos en la pradera; de ella dependen las poblaciones de Shark Bay, la bahía Moreton y el golfo Pérsico, igual que las tortugas verdes de todos los trópicos. Cuando la contaminación destruyó extensas praderas en la Indian River Lagoon de Florida, murieron más de 1.000 manatíes en 2021, muchos de hambre. En mares más fríos, las praderas de zostera dan refugio a caballitos de mar, vieiras y bacalaos jóvenes.
Las praderas son también almacenes de carbono. Sus hojas frenan el agua, las partículas se depositan y quedan enterradas en un sedimento pobre en oxígeno, donde pueden permanecer siglos. Aunque cubren solo un 0,1 % del fondo marino, los estudios sugieren que suponen cerca de una décima parte del carbono orgánico enterrado cada año en los sedimentos oceánicos. Sin embargo, desaparecen: una revisión mundial de 2009 dirigida por Michelle Waycott estimó pérdidas de unos 110 kilómetros cuadrados al año desde 1980, por dragados, contaminación, anclas y calentamiento. La restauración funciona. En las bahías costeras de Virginia, científicos y voluntarios siembran semillas de zostera desde 1999, y las praderas que iniciaron cubren hoy más de 3.600 hectáreas. Invisible desde la playa, la pradera alimenta dugongos y entierra carbono en silencio.
Fig. 57 · Praderas marinas. Las praderas marinas florecen bajo el agua, alimentan dugongos y entierran carbono.
Capítulo 58 · Parte VI
Arrecifes de coral
Un arrecife de coral es una ciudad construida por animales del tamaño de una uña. Cada coral constructor es una colonia de pólipos, pequeños parientes de las anémonas, con una corona de tentáculos urticantes alrededor de la boca. Los pólipos toman calcio y carbonato del agua de mar y depositan bajo sí un esqueleto de aragonito, generación tras generación, hasta que la caliza de sus antepasados forma arrecifes de kilómetros de largo y cientos de metros de espesor.
El secreto de su éxito vive dentro de ellos. En los tejidos del coral habitan incontables algas unicelulares, las zooxantelas, dinoflagelados de la familia Symbiodiniaceae. Hacen la fotosíntesis y ceden al coral azúcares que cubren hasta el 90 % de sus necesidades energéticas, a cambio de refugio y nutrientes. Sus pigmentos dan a los corales buena parte de su color. Esta alianza exige agua clara, cálida y soleada, por lo que los arrecifes tropicales prosperan en mares pobres en nutrientes, sobre todo entre los 30 grados norte y sur. Cuando el agua se mantiene demasiado caliente durante semanas, la alianza se rompe, el coral expulsa sus algas y se vuelve blanco: es el blanqueamiento.
Los arrecifes adoptan tres formas principales. Los arrecifes costeros crecen junto a la orilla, como en gran parte del mar Rojo. Las barreras se levantan más lejos, tras una laguna, como frente a Belice. Los atolones son anillos de arrecife en torno a una laguna sin isla alta en el centro. En 1842, en The Structure and Distribution of Coral Reefs, Charles Darwin propuso que son etapas de una misma historia: un arrecife bordea una isla volcánica, la isla se hunde lentamente, el arrecife sigue creciendo hacia la luz y al final solo queda un anillo. La teoría se confirmó en 1952, cuando geólogos estadounidenses perforaron más de 1.200 metros de caliza coralina en el atolón de Enewetak, en las islas Marshall, y dieron con basalto volcánico.
¿Sabías que Darwin elaboró su teoría de los atolones en la costa occidental de Sudamérica, antes de haber visto un verdadero arrecife de coral?
Los arrecifes cubren mucho menos del 1 % del fondo oceánico, pero albergan cerca de una cuarta parte de las especies marinas conocidas. El Triángulo de Coral, en los mares de Indonesia, Filipinas, Malasia, Papúa Nueva Guinea, Timor Oriental y las islas Salomón, reúne unas tres cuartas partes de las especies de coral constructor. Los peces payaso se acurrucan en las anémonas, los lábridos limpiadores atienden estaciones donde los meros hacen cola, y las almejas gigantes superan el metro. No todos los arrecifes son tropicales: en el agua fría y oscura frente a Noruega, el coral Desmophyllum pertusum construye arrecifes como el de Røst, de unos 40 kilómetros.
Los arrecifes alimentan y protegen a cientos de millones de personas, pero el calentamiento, la acidificación, la contaminación y la sobrepesca los golpean a la vez. En abril de 2024, científicos de la NOAA confirmaron el cuarto episodio mundial de blanqueamiento, tras los de 1998, 2010 y 2014 a 2017. Construido por animales y alimentado por algas, el arrecife es la alianza más antigua del océano, hoy sometida a una dura prueba.
Fig. 58 · Arrecifes de coral. La idea de Darwin: arrecife costero, barrera y atolón son etapas de una isla que se hunde.
Capítulo 59 · Parte VI
La Gran Barrera de Coral
La Gran Barrera de Coral no es un arrecife, sino un sistema de unos 2.900 arrecifes y unas 900 islas que se extiende unos 2.300 kilómetros frente a Queensland. El parque marino que la protege abarca unos 344.000 kilómetros cuadrados, más que Italia. Es la mayor estructura construida por seres vivos y se ve de verdad desde la órbita, algo que se dice erróneamente de la Gran Muralla china.
Es a la vez más joven y más antigua de lo que parece. Aquí crecen arrecifes desde hace cientos de miles de años, que morían o se ahogaban al bajar y subir el mar con las glaciaciones. El arrecife vivo actual se ha formado sobre todo desde que el mar alcanzó aproximadamente su nivel presente, hace entre 6.000 y 8.000 años. Antes, buena parte de su fondo actual era una llanura costera por la que se caminaba y se cazaba.
La gente conoce el arrecife desde mucho antes que los mapas. Más de 70 grupos de propietarios tradicionales aborígenes e isleños del estrecho de Torres lo consideran su país marino, una red viva de lugares, especies, leyes y relatos transmitidos durante miles de años, y estudiosos como el geógrafo Patrick Nunn sostienen que algunas tradiciones orales recuerdan cómo el mar anegó la costa. Los europeos lo conocieron por las malas: el 11 de junio de 1770, el Endeavour de James Cook encalló en un arrecife cerca del actual cabo Tribulation y estuvo a punto de perderse. La protección llegó mucho después, con la ley del parque marino de 1975 y la inscripción como Patrimonio Mundial en 1981.
Entre sus espectáculos está el desove masivo de los corales tras las lunas llenas de finales de la primavera austral, cuando colonias repartidas por cientos de kilómetros liberan paquetes de óvulos y espermatozoides en las mismas noches. Los rorcuales aliblancos enanos lo visitan cada invierno y los dugongos pastan en las praderas de su laguna. Desde mediados de los años ochenta, el Instituto Australiano de Ciencias Marinas inspecciona cada año arrecifes de todo el sistema, y los vuelos en avión y helicóptero, dirigidos en 2016 por el especialista en corales Terry Hughes, cartografían el blanqueamiento arrecife por arrecife.
¿Sabías que Raine Island, un islote de arena de unas 32 hectáreas en el norte del arrecife, acoge la mayor colonia de anidación de tortugas verdes del mundo?
El arrecife sufrió blanqueamientos masivos en 1998 y 2002, y después cinco veces en nueve años: en 2016, 2017, 2020, 2022 y 2024. La ola de calor de 2016 mató cerca del 30 % de sus corales. El coral puede recuperarse en una década si se le deja en paz, y en algunos lugares la cobertura se ha recuperado con fuerza gracias a los corales tabulares de crecimiento rápido. Pero esos mismos corales son los primeros en blanquearse y el bocado favorito de la estrella de mar corona de espinas, y las treguas entre olas de calor son cada vez más cortas. Tras el episodio de 2024, el seguimiento registró algunas de las mayores caídas anuales de cobertura de coral desde que comenzaron las mediciones. La mayor estructura viva del mundo es hoy uno de sus termómetros más claros.
Fig. 59 · La Gran Barrera de Coral. Del país marino a cinco blanqueamientos masivos en nueve años: el arrecife en fechas.
Capítulo 60 · Parte VI
Islas y atolones
Una isla es simplemente tierra rodeada de agua, pero su origen las agrupa en unas pocas grandes familias. Las islas continentales se asientan sobre plataformas continentales y estuvieron unidas al continente cuando el mar estaba más bajo. Gran Bretaña estuvo ligada a Europa por una tierra hoy sumergida, Doggerland, hasta hace unos 8.000 años, y Nueva Guinea lo estuvo a Australia. Otras son fragmentos a la deriva: Madagascar se separó de la India hace unos 88 millones de años y vive aislada desde entonces, por eso la mayoría de sus plantas y animales no existe en ningún otro lugar.
Las islas oceánicas surgen de los fondos profundos y nunca han tocado un continente. Casi todas son volcanes, unos levantados sobre puntos calientes, como Hawái y las Galápagos, y otros alineados en arcos de islas sobre zonas de subducción, como Japón, las Aleutianas o las Antillas Menores. Las Galápagos están a unos 1.000 kilómetros de Ecuador. Cuando Darwin las visitó en 1835 recogió sinsontes y pinzones que, estudiados en Londres con el ornitólogo John Gould, le ayudaron a pensar en la evolución. La vida solo llega a las islas oceánicas volando, nadando o a bordo de balsas de vegetación, así que se llenan de rarezas: tortugas gigantes, iguanas marinas y aves no voladoras como el dodo de Mauricio.
Las islas coralinas las construye la propia vida. Cuando un volcán se hunde, su arrecife puede convertirse en un atolón, un anillo de arrecife e islotes bajos en torno a una laguna. Maldivas tiene unas 1.190 islas coralinas agrupadas en 26 atolones, con una altitud media de unos 1,5 metros sobre el nivel del mar, lo que la convierte en el país más bajo del mundo. Kiritimati, en Kiribati, es el atolón con mayor superficie de tierra. Los islotes son montones de arena y cascajo de arrecife moldeados por las olas, y un estudio de 2018 sobre Tuvalu halló que la mayoría de sus islas habían conservado o ampliado su superficie en cuatro décadas de subida del mar, siempre que los arrecifes que las alimentan siguieran sanos.
Hemos visto nacer una isla. El 14 de noviembre de 1963, la tripulación de un pesquero frente al sur de Islandia vio humo saliendo del mar, y en pocos días una nueva isla volcánica, Surtsey, asomó sobre las olas. La erupción duró hasta 1967 y la isla llegó a unos 2,7 kilómetros cuadrados. Islandia reservó su acceso a los científicos, convirtiéndola en un laboratorio único de colonización. La primera planta con flor, la oruga de mar, apareció en 1965, las gaviotas empezaron a criar en los años ochenta y desde entonces han llegado decenas de especies vegetales con el viento, las olas y las aves. Las olas ya la han reducido a cerca de la mitad de su tamaño máximo.
¿Sabías que en 2015 nació en Tonga una isla nueva entre dos islotes volcánicos más antiguos, y que la colosal erupción del Hunga Tonga–Hunga Haʻapai la hizo pedazos en enero de 2022?
Las islas son pequeñas, pero concentran una parte desmesurada de las especies únicas del mundo, de sus extinciones y de sus reclamaciones marítimas, pues hasta un islote puede fundar una zona económica exclusiva de 200 millas náuticas. Cada isla es un experimento de aislamiento, y es el mar quien decide cuánto dura.
Fig. 60 · Islas y atolones. Tres familias de islas: continentales, volcánicas y coralinas, y alguna recién nacida.
Parte VII
Explorar el mar
Canoas, cronómetros, batiscafos y robots: cómo llegamos a conocer el océano.
Capítulo 61 · Parte VII
Los navegantes polinesios
La mayor hazaña exploradora anterior a la brújula se hizo en canoa. Hace unos 3.000 años, gentes de la cultura lapita zarparon hacia el este desde las islas cercanas a Nueva Guinea y alcanzaron Fiyi, Tonga y Samoa. Tras una larga pausa, sus descendientes siguieron adelante y, hace aproximadamente mil años, encontraron casi cada pedazo habitable del triángulo polinesio, una extensión de océano con vértices en Hawái, Rapa Nui (la isla de Pascua) y Aotearoa, Nueva Zelanda, cuyos lados miden unos 7.000 kilómetros. Las dataciones por radiocarbono indican que Rapa Nui se pobló hacia el año 1200 y Nueva Zelanda, la última gran tierra habitada por el ser humano, hacia 1250-1300.
No tenían instrumentos, solo conocimiento. El navegante lleva en la cabeza una brújula estelar: el horizonte dividido en casas donde salen y se ponen determinadas estrellas. Una estrella que sale en una casa se pone en su simétrica al otro lado, de modo que una sucesión de estrellas a lo largo de la noche marca un rumbo fijo. Las estrellas que pasan por el cenit señalan la latitud; Arturo, que los hawaianos llaman Hōkūleʻa, cruza el cenit sobre Hawái. De día, el navegante lee el mar de fondo, las largas olas levantadas por vientos lejanos y constantes, y siente su ritmo a través del casco. Las nubes que se amontonan sobre la tierra, el reflejo verdoso de una laguna en la panza de una nube y aves marinas como el charrán blanco o la tiñosa común, que pescan mar adentro y vuelven a tierra al anochecer, agrandan el objetivo.
Durante décadas algunos estudiosos sostuvieron que el Pacífico se había poblado por derivas afortunadas. La respuesta llegó con un experimento. En 1976, la canoa doble Hōkūleʻa, construida por la Polynesian Voyaging Society, navegó de Hawái a Tahití en un mes aproximadamente, guiada sin instrumentos por Mau Piailug, maestro navegante del diminuto atolón de Satawal, en Micronesia. Miles de personas la recibieron en Papeete. Piailug formó después al hawaiano Nainoa Thompson, y entre 2014 y 2017 Hōkūleʻa dio la vuelta al mundo.
¿Sabías que las famosas cartas de palos de las islas Marshall, que muestran cómo se curvan las olas alrededor de los atolones, se estudiaban y memorizaban en tierra y nunca se llevaban a bordo?
Otras pruebas apuntan en la misma dirección. El boniato, planta sudamericana, ya crecía en Polinesia antes de la llegada de los europeos, y un estudio genético de 2020 halló en algunos polinesios orientales rastros de ascendencia amerindia de hacia el año 1200. La navegación tradicional estuvo a punto de desaparecer bajo el dominio colonial; hoy vuelve a enseñarse desde Hawái hasta Aotearoa. Para quienes sabían leerlo, el Pacífico nunca fue una barrera vacía. Era una autopista.
Fig. 61 · Los navegantes polinesios. Estrellas, olas y aves guiaban las canoas por un triángulo de 7.000 km de lado.
Capítulo 62 · Parte VII
Los barcos de la era de la vela
Durante cuatro siglos, el velero de madera fue la máquina más compleja de la Tierra, y era el viento quien decidía adónde podía ir. Los grandes cinturones de viento del océano, los constantes alisios de los trópicos y los vientos del oeste de latitudes más altas, se convirtieron en las autopistas de la época, y conocer su trazado importaba tanto como construir los cascos.
Las mayores flotas de comienzos del siglo XV eran chinas. Entre 1405 y 1433, el almirante Zheng He dirigió siete expediciones desde la China de los Ming a través del océano Índico, hasta Calicut, Ormuz, el mar Rojo y la costa suajili de África oriental. Las crónicas describen flotas de más de 200 barcos y más de 27.000 hombres. Los textos chinos atribuyen a los mayores barcos del tesoro unos 130 metros de eslora, pero los historiadores lo debaten y muchos consideran más probables entre 60 y 75 metros. Una jirafa, animal africano regalado al emperador en 1414, causó sensación en la corte. Después los Ming se replegaron y los viajes cesaron.
Portugal eligió otro camino: barcos pequeños y aprendizaje paciente. La carabela, de quizá 20 metros, llevaba velas latinas triangulares que le permitían ceñir el viento. Los pilotos portugueses descubrieron la volta do mar, un gran rodeo mar adentro en el Atlántico para encontrar vientos favorables de regreso. Bartolomeu Dias dobló el cabo de Buena Esperanza en 1488 y Vasco da Gama llegó a la India en 1498. Desde 1565, los galeones españoles cruzaron cada año el Pacífico entre Acapulco y Manila.
El viaje decisivo zarpó de España en septiembre de 1519. Fernando de Magallanes partió con cinco naves y unos 250 hombres, encontró un estrecho en el extremo de Sudamérica y cruzó un océano tan tranquilo que lo llamó Pacífico, una travesía de unos tres meses en la que la tripulación comió cuero y serrín. Magallanes murió en Filipinas en 1521. En septiembre de 1522, una sola nave maltrecha, la Victoria, llegó a España al mando de Juan Sebastián Elcano con 18 supervivientes de la primera vuelta al mundo.
¿Sabías que cuando la tripulación de la Victoria desembarcó en las islas de Cabo Verde en julio de 1522 descubrió que su cuidadoso diario de a bordo iba un día atrasado, porque navegar hacia el oeste alrededor del globo les había costado una jornada?
La época terminó a toda velocidad. Los clíperes del siglo XIX, largos y estrechos, competían llevando té de China y lana de Australia; en 1854 el Flying Cloud fue de Nueva York a San Francisco en menos de 90 días. Pero el vapor y el canal de Suez, abierto en 1869, el mismo año en que se botó el Cutty Sark, los dejaron obsoletos. Todas las rutas marítimas actuales las trazó primero el viento.
Fig. 62 · Los barcos de la era de la vela. De la carabela al clíper, los veleros crecieron, ganaron velocidad y rodearon el mundo.
Capítulo 63 · Parte VII
Hallar la longitud
Un marino siempre podía hallar la latitud, su posición norte-sur, midiendo la altura del Sol a mediodía o de la estrella Polar por la noche. La longitud, la posición este-oeste, era otra cosa. La Tierra gira 360 grados en 24 horas, es decir, 15 grados por hora, así que la longitud es en realidad una cuestión de tiempo. Si se conoce la hora del puerto de origen y la hora local, leída en el Sol, la diferencia da la posición. Cada cuatro minutos de error suponen un grado, unos 111 kilómetros en el ecuador.
El problema era conservar la hora del puerto en el mar. Los relojes de péndulo se paraban en una cubierta que se balancea, y los cambios de temperatura adelantaban o retrasaban los muelles. Se navegaba por estima, calculando velocidad y rumbo, y los errores podían ser mortales. En 1707, una escuadra británica al mando de sir Cloudesley Shovell, equivocada sobre su posición, chocó contra las rocas de las islas Sorlingas; se hundieron cuatro buques de guerra y murieron ahogados entre 1.400 y 2.000 hombres.
En 1714, el Parlamento aprobó la Ley de la Longitud, que ofrecía premios por un método práctico, el mayor para una precisión de medio grado. Los astrónomos apostaban por el cielo. La Luna se desplaza entre las estrellas aproximadamente su propio diámetro cada hora, de modo que medir con el sextante el ángulo entre la Luna y una estrella brillante y consultarlo en unas tablas da la hora de Greenwich. Este método de las distancias lunares se volvió práctico cuando el astrónomo real Nevil Maskelyne publicó el primer Nautical Almanac, para 1767, pero cada cálculo exigía horas.
John Harrison, carpintero y relojero autodidacta criado en Lincolnshire, apostó por una máquina. Tras décadas dedicadas a tres grandes relojes marinos, comprendió que un reloj pequeño de oscilación rápida sería más estable. Su cuarto cronometrador, el H4, terminado en 1759, medía unos 13 centímetros de diámetro. En un viaje de prueba a Jamaica en 1761-1762 perdió solo unos cinco segundos en 81 días. La Junta de la Longitud, dominada por astrónomos, exigió más pruebas, y Harrison no recibió su recompensa completa hasta 1773, cuando el rey Jorge III se puso de su parte.
¿Sabías que antes de pagarle, la Junta obligó a Harrison a desmontar el H4 ante un comité de expertos y a entregar sus planos para que otros pudieran copiarlo?
Las copias demostraron su valor. El capitán Cook llevó una réplica del H4 en su segundo viaje al Pacífico y la elogió mucho. En el siglo XIX el cronómetro marino ya era habitual, y en 1884 una conferencia internacional eligió el meridiano de Greenwich como longitud cero. Los satélites dan hoy una posición en segundos, pero funcionan con el principio de Harrison: un reloj exacto es un mapa.
Fig. 63 · Hallar la longitud. Cada hora de diferencia con la hora del puerto equivale a 15 grados de longitud.
Capítulo 64 · Parte VII
El Pacífico del capitán Cook
James Cook, hijo de un jornalero de Yorkshire, aprendió a navegar en los carboneros de Whitby, ingresó en la Marina Real y se hizo un nombre cartografiando la costa de Terranova. En tres viajes entre 1768 y 1779 completó el mapa del Pacífico más que nadie antes que él, y preparó el terreno para lo que vino después.
El primer viaje, a bordo del Endeavour entre 1768 y 1771, tenía dos misiones. La pública era observar desde Tahití el tránsito de Venus por delante del Sol en junio de 1769, parte de un esfuerzo internacional para medir la distancia al Sol. Las órdenes secretas lo enviaban después en busca de un gran continente austral. Cartografió las costas de Nueva Zelanda y luego la costa oriental de Australia, donde los botánicos Joseph Banks y Daniel Solander recogieron tantas plantas nuevas que la bahía recibió el nombre de Botany Bay. En junio de 1770, el barco chocó con la Gran Barrera de Coral y estuvo a punto de perderse.
En Tahití, Cook embarcó a Tupaia, sacerdote y navegante de Raiatea, que dibujó para los británicos un mapa de unas 74 islas en torno a Tahití. Su lógica desconcertó a los europeos durante dos siglos; estudios recientes sugieren que ordena las islas según rumbos de navegación desde un punto central. Tupaia hizo de intérprete con los maoríes, pero murió en Batavia en 1770, donde las fiebres y la disentería mataron a muchos tripulantes.
El segundo viaje, con el Resolution y el Adventure entre 1772 y 1775, cruzó por primera vez conocida el círculo polar antártico en enero de 1773 y alcanzó los 71 grados sur. Cook encontró hielo, no un continente fértil. Llevaba una copia del cronómetro de Harrison y combatió el escorbuto, la carencia de vitamina C que mataba a los marinos por millares, con comida fresca y una limpieza estricta; atribuyó el mérito al chucrut, aunque eran las verduras y frutas frescas las que hacían el trabajo. El tercer viaje, en busca de un paso del Noroeste, llevó en 1778 a la primera visita europea conocida a Hawái y al estrecho de Bering. Cook murió en la bahía de Kealakekua en febrero de 1779.
¿Sabías que el piloto del tercer viaje era un joven William Bligh, futuro capitán de la Bounty, y que George Vancouver navegó con Cook como guardiamarina?
Las cartas de Cook eran soberbias, y también una hoja de ruta. Dieciocho años después de Botany Bay llegó la Primera Flota para fundar una colonia penal, y tras ella balleneros, comerciantes y misioneros que llevaron enfermedades a islas sin inmunidad. Un mapa nunca es neutral.
Fig. 64 · El Pacífico del capitán Cook. Tres viajes, 1768-1779, cartografiaron el Pacífico y lo abrieron, para bien y para mal.
Capítulo 65 · Parte VII
La expedición del Challenger
La oceanografía moderna nació en un buque de guerra despojado de casi todos sus cañones. En la década de 1860, el naturalista Charles Wyville Thomson había dragado animales vivos a profundidades donde muchos expertos creían imposible la vida. Convenció a la Royal Society y al Almirantazgo de enviar un barco alrededor del mundo para estudiar el océano entero, de su química a sus criaturas. El HMS Challenger, una corbeta de madera con propulsión mixta, conservó solo dos cañones para dejar sitio a laboratorios, un cuarto oscuro y kilómetros de cabo.
Zarpó de Portsmouth en diciembre de 1872 y regresó en mayo de 1876, tras unos 127.000 kilómetros por el Atlántico, el Pacífico, el Índico y el océano Austral. Mandaba el capitán George Nares; Wyville Thomson dirigía un pequeño equipo científico con los naturalistas John Murray y Henry Moseley, el químico John Young Buchanan y el dibujante John James Wild. En cada una de las 362 estaciones, la tripulación se detenía para medir la profundidad, subir fango, capturar animales, tomar agua y registrar temperaturas.
Sondear era un trabajo lento y pesado. Un peso atado a un cabo de cáñamo bajaba hasta el fondo, que se notaba por el cambio de velocidad del cabo, y un sondeo profundo podía durar horas. En marzo de 1875, cerca de las Marianas, el cabo llegó a 4.475 brazas, unos 8.180 metros, en la fosa cuyo punto más hondo lleva hoy el nombre del barco: la fosa Challenger. Los sondeos revelaron también una amplia elevación en mitad del Atlántico, el primer indicio de la dorsal mesoatlántica.
La cosecha fue enorme. La expedición describió 4.717 especies nuevas, de esponjas de cristal a peces abisales, y halló fondos cubiertos de fangos de diminutas conchas y de arcilla roja salpicada de nódulos de manganeso. También acabó con una idea famosa. El biólogo Thomas Huxley había bautizado Bathybius haeckelii una sustancia viscosa hallada en muestras conservadas, creyéndola una capa viva primordial que tapizaba los fondos. Buchanan demostró que era sulfato de calcio, precipitado al añadir alcohol al agua de mar.
¿Sabías que tanto el transbordador espacial Challenger de la NASA como el módulo lunar del Apolo 17, que se posó en la Luna en 1972, recibieron su nombre en honor del buque victoriano?
Analizar los resultados llevó dos décadas. Murray dirigió el Report on the Scientific Results, 50 volúmenes y casi 30.000 páginas publicados entre 1880 y 1895. Sus mediciones siguen sirviendo de referencia para saber cuánto se ha calentado el océano. El Challenger convirtió las profundidades en una ciencia, y cada campaña desde entonces sigue su rutina: parar, bajar, subir, anotar.
Fig. 65 · La expedición del Challenger. El HMS Challenger sondeó, dragó y muestreó todos los océanos salvo el Ártico.
Capítulo 66 · Parte VII
El buceo: de la campana a la escafandra autónoma
Los seres humanos bucean desde hace miles de años en busca de comida, perlas y tesoros hundidos, casi siempre a pulmón. Las haenyeo de la isla de Jeju, en Corea del Sur, muchas de ellas septuagenarias, siguen recogiendo marisco y algas a 10 metros o más sin botella; su cultura figura en la lista de la UNESCO desde 2016. Los bajau, nómadas del mar del Sudeste Asiático, pasan horas bajo el agua cada día, y un estudio de 2018 halló que tienen el bazo inusualmente grande, un órgano que libera glóbulos rojos adicionales durante la inmersión. En 2007, el austriaco Herbert Nitsch descendió a 214 metros con una sola inspiración, ayudado por un trineo lastrado.
Quedarse más tiempo exigía llevar aire. Una campana de buceo, abierta por abajo, atrapa el aire como un vaso boca abajo hundido en el agua. En 1691, el astrónomo Edmond Halley construyó una campana que se reabastecía con barriles de aire lastrados enviados desde la superficie; él y varios compañeros pasaron más de una hora a unos 18 metros. En el siglo XIX, la escafandra clásica, un casco de cobre unido a un traje estanco y alimentado con aire bombeado por una manguera, hizo rutinarios el salvamento y la construcción bajo el agua. El diseño asociado a Augustus Siebe dominó el buceo durante un siglo.
La profundidad trajo un peligro nuevo. Bajo presión, el nitrógeno del aire se disuelve en la sangre; si el buzo sube demasiado deprisa, forma burbujas y causa la enfermedad por descompresión. El fisiólogo francés Paul Bert identificó la causa en 1878, y en 1908 el escocés John Scott Haldane publicó tablas de descompresión por etapas para la Marina Real.
¿Sabías que la campana de Halley tenía una ventana de cristal en lo alto para dejar pasar la luz del día y una válvula para expulsar el aire viciado?
La libertad llegó en 1943. En la Francia ocupada, el oficial de marina Jacques-Yves Cousteau y el ingeniero Émile Gagnan adaptaron una válvula de gas como regulador a demanda, que entrega el aire de una botella justo a la presión del agua circundante y solo al inspirar. Lo llamaron Aqua-Lung. El libro y la película El mundo del silencio popularizaron el buceo, y hoy millones de aficionados exploran arrecifes, por lo general hasta unos 40 metros, más allá de los cuales la narcosis del nitrógeno nubla el juicio.
Los profesionales bajan más respirando mezclas con helio y viviendo semanas en cámaras presurizadas, el llamado buceo de saturación, que da servicio a plataformas del mar del Norte y del golfo de México. En 1988, buzos de la empresa francesa COMEX trabajaron a 534 metros en el Mediterráneo. Aun así, el cuerpo humano sigue siendo el más limitado de los submarinos.
Fig. 66 · El buceo: de la campana a la escafandra autónoma. Cada nueva forma de llevar aire bajo el agua permitió a los buzos bajar más hondo.
Capítulo 67 · Parte VII
Submarinos
Un submarino es un barco capaz de elegir su propia densidad. Flota porque desplaza más agua de la que pesa, y se sumerge dejando entrar agua de mar en sus tanques de lastre hasta pesar más o menos lo mismo que el agua que desplaza. Unos pequeños timones de profundidad, como alas submarinas, y un sistema de compensación que mueve agua de proa a popa lo mantienen a la cota elegida. Para salir a flote, el aire comprimido vacía los tanques. Es el mismo principio de la vejiga natatoria de un pez.
La idea es antigua, y los primeros intentos, desesperados. En 1776, durante la guerra de independencia estadounidense, el sargento Ezra Lee impulsó a manivela el Turtle de David Bushnell, un casco de madera en forma de huevo, contra un buque británico en el puerto de Nueva York, pero no logró fijar su carga explosiva al casco. En febrero de 1864, el confederado H. L. Hunley fue el primer submarino en hundir un buque de guerra enemigo, el USS Housatonic, frente a Charleston, aunque se perdió con sus ocho tripulantes al regresar. Su pecio se encontró en 1995 y se reflotó en 2000.
Los submarinos prácticos llegaron hacia 1900, impulsados en superficie por motores de combustión y bajo el agua por baterías, lo que los obligaba a emerger a menudo. En las dos guerras mundiales, los U-Boote alemanes estuvieron a punto de cortar las rutas de suministro atlánticas de Gran Bretaña. El gran avance fue la energía nuclear. Un reactor no necesita aire, así que un submarino podía permanecer sumergido semanas. El USS Nautilus, construido bajo la férrea dirección del almirante Hyman Rickover, envió en enero de 1955 su célebre mensaje de que navegaba con energía nuclear. El 3 de agosto de 1958, al mando de William Anderson, fue el primer buque en pasar bajo el Polo Norte, cruzando el océano Ártico bajo el hielo desde el lado del Pacífico hasta el Atlántico.
¿Sabías que las «veinte mil leguas» del título de la novela de Julio Verne sobre el Nautilus del capitán Nemo son la distancia recorrida bajo el mar, y no la profundidad?
Los submarinos nucleares fabrican su propio oxígeno descomponiendo el agua de mar, y su autonomía la limitan sobre todo los víveres y la tripulación. Durante la Guerra Fría, las redes de hidrófonos del fondo que rastreaban submarinos captaron también los cantos de las ballenas y los retumbos de volcanes submarinos. Los submarinos militares rara vez bajan de unos cientos de metros, porque un casco capaz de resistir las profundidades pesaría demasiado para un buque de combate; las fosas pertenecen a sumergibles especiales. Bajo el hielo polar y en todos los océanos, los barcos más silenciosos del mundo siguen siendo los más difíciles de encontrar.
Fig. 67 · Submarinos. Lastres, reactor y vela: el USS Nautilus pasó bajo el Polo Norte en 1958.
Capítulo 68 · Parte VII
La inmersión más profunda
El punto más profundo conocido del océano es la fosa Challenger, en el extremo sur de la fosa de las Marianas, en el Pacífico occidental, a cerca de 10.900 metros bajo la superficie. Si se hundiera allí el Everest, su cima quedaría aún a más de dos kilómetros bajo el agua. La presión supera en más de 1.000 veces la de la superficie, como un elefante de pie sobre un sello de correos. Llegar allí, y volver, es un reto de ingeniería comparable al vuelo espacial.
El primer paso fue una bola de acero colgada de un cable. En 1934, William Beebe y Otis Barton descendieron en su batisfera a 923 metros frente a las Bermudas, observando por ventanillas de cuarzo animales luminosos que nadie había visto vivos. Un cable tan largo acaba siendo demasiado pesado para sostenerse, así que el físico suizo Auguste Piccard diseñó una nave libre basada en el principio del globo. Su batiscafo colgaba una pequeña esfera para la tripulación bajo un gran flotador lleno de gasolina, más ligera que el agua y casi incompresible. Para bajar se inundaban unos tanques; para subir se soltaban toneladas de perdigones de hierro.
Su hijo Jacques Piccard y el teniente de la Marina estadounidense Don Walsh llevaron el Trieste al fondo el 23 de enero de 1960. El descenso duró casi cinco horas y, hacia los 9.000 metros, un fuerte crujido sacudió la cabina: se había agrietado una ventana exterior. Pasaron unos 20 minutos en el fondo, envueltos en una nube de sedimento. Piccard dijo haber visto un pez plano, pero la mayoría de los biólogos cree hoy que vio otra cosa, quizá un pepino de mar; el pez más profundo jamás filmado, un pez caracol, se grabó a unos 8.300 metros en 2022.
Nadie volvió en 52 años. El 26 de marzo de 2012, el cineasta James Cameron realizó la primera inmersión en solitario a bordo del Deepsea Challenger, una nave vertical y estilizada que llegó al fondo en unas dos horas y media. Después, el explorador estadounidense Victor Vescovo hizo construir el Limiting Factor, el primer sumergible diseñado para bajar una y otra vez hasta la máxima profundidad oceánica. En 2018 y 2019, su expedición Five Deeps alcanzó el punto más hondo de cada océano, y en su inmersión de abril de 2019 vio lo que parecía una bolsa de plástico.
¿Sabías que en 2020 la exastronauta de la NASA Kathryn Sullivan descendió a la fosa Challenger y se convirtió en la primera persona que ha caminado por el espacio y llegado al punto más profundo del océano?
El sumergible chino Fendouzhe bajó al fondo con tres tripulantes en noviembre de 2020, y ya son unas decenas las personas que han hecho el viaje. El lugar más profundo de la Tierra ya no es inalcanzable, solo rara vez alcanzado.
Fig. 68 · La inmersión más profunda. Tres naves, un lugar: la fosa Challenger, a casi 11 km de profundidad en las Marianas.
Capítulo 69 · Parte VII
Cartografiar el fondo marino
La mayor parte de la superficie sólida de nuestro planeta está bajo el agua, y durante casi toda la historia no pudimos ver nada de ella. Los marinos medían la profundidad con la sondaleza, un cabo lastrado marcado en brazas, útil en los puertos pero inútil en mar abierto, donde un solo sondeo profundo podía llevar horas. En 1900, el océano profundo apenas se había sondeado unos pocos miles de veces.
El sonido lo cambió todo. Viaja por el agua de mar a unos 1.500 metros por segundo, así que basta cronometrar el eco del fondo, dividir el viaje de ida y vuelta entre dos y multiplicar por la velocidad. Tras el hundimiento del Titanic en 1912, los inventores se lanzaron a detectar icebergs y, después, submarinos con sonido, y pronto llegaron las ecosondas. Entre 1925 y 1927, el buque de investigación alemán Meteor cruzó una y otra vez el Atlántico Sur, tomó decenas de miles de sondeos y reveló una cordillera abrupta en mitad del océano.
La primera gran imagen se dibujó a mano. En el Observatorio Geológico Lamont de la Universidad de Columbia, la geóloga y cartógrafa Marie Tharp convirtió en mapas miles de perfiles de ecosonda reunidos por su colega Bruce Heezen y otros. Como entonces las mujeres no podían embarcar en los buques de investigación, trabajaba solo con los datos. En 1952 advirtió un valle profundo a lo largo de la cresta de la dorsal mesoatlántica y sostuvo que era un rift, donde el fondo marino se separa. Heezen se mostró escéptico hasta que el valle coincidió con un cinturón de terremotos. Sus mapas, coronados en 1977 por el panorama pintado World Ocean Floor de Heinrich Berann, ayudaron a que se aceptara la tectónica de placas.
¿Sabías que Bruce Heezen murió en 1977 a bordo del submarino de investigación NR-1 de la Marina estadounidense mientras estudiaba la dorsal mesoatlántica cerca de Islandia?
Los barcos modernos llevan sonar multihaz, que emite un abanico de cientos de haces y cartografía una franja de fondo varias veces más ancha que la profundidad, con resolución de metros. Los satélites también ayudan, de forma indirecta. La masa de un monte submarino atrae el agua y eleva la superficie del mar sobre él uno o dos metros, un abombamiento que los altímetros de radar miden desde la órbita, aunque con resolución de kilómetros.
La brecha sigue siendo enorme. En 2017, cuando la Nippon Foundation y GEBCO lanzaron Seabed 2030 para cartografiar en detalle todo el fondo oceánico, solo un 6 % se había levantado con métodos modernos; en 2024 la cifra rondaba la cuarta parte. Seguimos teniendo mejores mapas de Marte que del fondo de nuestros propios mares.
Fig. 69 · Cartografiar el fondo marino. De la sondaleza al sonar multihaz y los satélites: cartografiar el fondo oculto.
Capítulo 70 · Parte VII
Robots, boyas y satélites
Un buque oceanográfico solo puede estar en un sitio a la vez, y el océano es inmenso. Hoy la mayoría de las observaciones las hacen máquinas. El océano moderno se vigila desde cinco frentes a la vez: sumergibles tripulados, robots unidos por cable, robots que nadan libres, boyas a la deriva y desde la órbita.
Las naves tripuladas siguen importando. Alvin, operado desde 1964 por la Institución Oceanográfica de Woods Hole, en Massachusetts, lleva un piloto y dos científicos. Ayudó a recuperar una bomba de hidrógeno perdida frente a Palomares en 1966, descubrió las primeras fuentes hidrotermales en el rift de las Galápagos en 1977 y visitó el pecio del Titanic en 1986. Modernizado en 2022, hoy alcanza los 6.500 metros, igual que el japonés Shinkai 6500.
Los vehículos de control remoto, o ROV, son robots unidos al barco por un cable que les lleva energía y transmite vídeo y órdenes, de modo que los pilotos pueden trabajar días sin cansarse. Jason, de Woods Hole, toma muestras en fuentes y pecios; el japonés Kaikō llegó a la fosa Challenger en 1995 antes de perderse en 2003. Los vehículos submarinos autónomos, o AUV, nadan libres con misiones programadas. El británico Autosub Long Range, más conocido como Boaty McBoatface, ha explorado las corrientes profundas y frías del océano Austral. Los planeadores cambian su flotabilidad para subir y bajar planeando sobre sus alas; en 2009, el Scarlet Knight de la Universidad Rutgers cruzó el Atlántico en 221 días.
¿Sabías que en 2016 una votación en internet eligió llamar Boaty McBoatface al nuevo buque polar británico, que acabó bautizado como RRS Sir David Attenborough, mientras el nombre pasó a su robot submarino?
Las verdaderas bestias de carga van a la deriva. El programa Argo, iniciado en 2000, mantiene unas 4.000 boyas repartidas por el océano mundial. Cada una se hunde a unos 1.000 metros, deriva unos diez días, baja a 2.000 metros y luego asciende midiendo temperatura y salinidad, antes de enviar sus datos por satélite y volver a sumergirse. Los datos son gratuitos para todos, normalmente en menos de un día. Las nuevas boyas Deep Argo llegan a 6.000 metros, y otras miden oxígeno, acidez y nitratos. Hasta los animales colaboran: elefantes marinos con sensores han reunido miles de perfiles en aguas polares.
Por encima de todo, los altímetros por satélite, desde TOPEX/Poseidon, lanzado en 1992, hasta Sentinel-6, miden la altura del mar con un margen de pocos centímetros, cartografían corrientes y remolinos y registran la subida del nivel del mar, de más de 3 milímetros al año de media desde 1993, y cada vez más rápida. El océano nunca había estado tan vigilado, y nunca lo había necesitado tanto.
Fig. 70 · Robots, boyas y satélites. Sumergibles, robots, miles de boyas y satélites vigilan el océano día y noche.
Parte VIII
La gente y el mar
Pescadores, comerciantes, marinos y legisladores: nuestra larga vida con el océano.
Capítulo 71 · Parte VIII
La pesca a través de los siglos
Los seres humanos comían del mar mucho antes de cultivar la tierra. En Pinnacle Point, en la costa sur de Sudáfrica, capas de una cueva de unos 164.000 años contienen conchas de mejillones y lapas, de las comidas regulares de marisco más antiguas que se conocen. Desde Dinamarca hasta Brasil, recolectores posteriores dejaron concheros, enormes basureros de conchas que pueden alcanzar varios metros de altura. Los arqueólogos los leen como libros de cuentas, capa a capa: qué especies se comían, de qué tamaño y en qué estación.
La pesca mar adentro también llegó pronto. En la cueva de Jerimalai, en Timor Oriental, Sue O'Connor y sus colegas hallaron huesos de atún y de otros peces de alta mar de unos 42.000 años, prueba de barcas, sedales y verdadera destreza. Un anzuelo tallado en concha de caracol marino, encontrado en la cueva de Sakitari, en Okinawa, tiene unos 23.000 años.
En la Europa medieval del norte, el pez que más importaba era el arenque del Atlántico. Cada otoño se reunían enormes bancos en el Øresund, frente a Escania, y los mercaderes de la Liga Hanseática, encabezados por Lübeck, los metían en barriles con sal de Luneburgo y los enviaban por todo un continente donde la Iglesia prohibía la carne casi un día de cada tres. Cuando los bancos del Báltico menguaron en el siglo XV, los holandeses tomaron el relevo con buques que evisceraban y salaban el pescado en alta mar, y la pesquería del mar del Norte enriqueció a Ámsterdam.
¿Sabías que en 1497 la tripulación de Juan Caboto halló, según se cuenta, tanto bacalao frente a Terranova que bastaba con bajar cestas lastradas para pescarlo?
Al otro lado del Atlántico, los bajos de los Grandes Bancos atrajeron flotas vascas, portuguesas, francesas e inglesas. Durante cuatro siglos el bacalao salado alimentó a marineros, a la Europa católica y a los esclavizados de las plantaciones del Caribe. Después llegó la industria: arrastreros de vapor en la década de 1880, la red de arrastre de puertas barriendo el fondo y, desde los años cincuenta, arrastreros factoría congeladores que faenaban día y noche. Las capturas tocaron techo en 1968 y luego se desplomaron. El 2 de julio de 1992 Canadá cerró la pesquería del bacalao del norte; unas 30.000 personas perdieron su trabajo casi de la noche a la mañana, y la población aún no se ha recuperado del todo.
Hoy la pesca de captura desembarca unos 90 millones de toneladas de peces y mariscos al año, una cifra que apenas ha crecido desde finales de los ochenta. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura calcula que casi dos de cada cinco poblaciones evaluadas están sobreexplotadas, y el seguimiento por satélite de Global Fishing Watch muestra que la pesca industrial abarca más de la mitad del océano. La lección de los concheros sigue en pie: el mar alimenta a quien deja lo suficiente para que vuelva a crecer.
Fig. 71 · La pesca a través de los siglos. De los concheros a los arrastreros factoría: 164.000 años sacando alimento del mar.
Capítulo 72 · Parte VIII
Transporte marítimo y comercio mundial
Mire casi cualquier objeto de la habitación y lo más probable es que haya cruzado un océano. Los barcos transportan cerca del 80 % del comercio mundial en volumen, según la UNCTAD, el organismo de comercio de la ONU: unos 12.000 millones de toneladas de mercancías al año. Los petroleros llevan crudo y gas, los graneleros mineral de hierro, carbón y grano, los buques de carga rodada parecen aparcamientos flotantes y los portacontenedores traen casi todo lo demás en cajas de acero.
La caja lo cambió todo. El 26 de abril de 1956 el empresario estadounidense del transporte por carretera Malcolm McLean envió el petrolero reformado Ideal X de Newark a Houston con 58 contenedores en cubierta. Antes, cuadrillas de estibadores cargaban saco a saco y caja a caja, y un barco podía pasar tanto tiempo amarrado como navegando. En los años sesenta llegaron los tamaños estándar, medidos en TEU, la unidad equivalente a veinte pies, una caja de unos 6,1 metros de largo. Hoy los mayores buques, como el MSC Irina, miden unos 400 metros y cargan más de 24.000 TEU.
El comercio también busca atajos. El canal de Suez, abierto en 1869, ahorró a los barcos el largo rodeo por África y recortó miles de kilómetros a la ruta entre Europa y Asia. El canal de Panamá, inaugurado en 1914, eleva los barcos unos 26 metros mediante esclusas hasta el lago Gatún, y cada tránsito vierte al mar unos 200 millones de litros de agua dulce. Ambos son frágiles. En marzo de 2021 el portacontenedores Ever Given quedó atravesado en el canal de Suez durante seis días, reteniendo a cientos de buques, y en 2023 la sequía bajó tanto el lago Gatún que Panamá redujo los tránsitos diarios.
¿Sabías que el canal de Suez no tiene ni una sola esclusa, porque el Mediterráneo y el mar Rojo están casi al mismo nivel y los barcos recorren sin más sus 193 kilómetros?
Ahora podemos seguir este tráfico en directo. Desde 2004, los grandes buques en viajes internacionales deben llevar el Sistema de Identificación Automática (AIS), una baliza de radio que emite posición, velocidad e identidad cada pocos segundos. Los satélites captan esas señales en mar abierto, y los analistas de Londres, Róterdam o Singapur siguen toda la flota en una pantalla. Los mapas muestran con claridad los grandes cuellos de botella: el estrecho de Malaca, el de Ormuz, Bab el-Mandeb y el canal de la Mancha, entre las vías de agua más transitadas del planeta.
Parte de la factura la paga la atmósfera. El transporte marítimo genera alrededor del 3 % de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, y en 2023 la Organización Marítima Internacional fijó el objetivo de emisiones netas cero hacia 2050. Los barcos nuevos ensayan metanol, amoníaco e incluso velas modernas. El océano se ha convertido en la cinta transportadora de la economía mundial, y casi nadie se lo agradece.
Fig. 72 · Transporte marítimo y comercio mundial. Una caja, un barco y dos canales: cerca del 80 % del comercio mundial viaja por mar.
Capítulo 73 · Parte VIII
Puertos y fondeaderos
Un puerto es el lugar donde la autopista del mar se encuentra con los caminos de la tierra, y ese encuentro ha levantado algunas de las grandes ciudades del mundo. Un buen puerto necesita abrigo frente al oleaje, aguas profundas cerca de la orilla y una salida hacia el interior, por río, tren o carretera. Donde la naturaleza no bastaba, la gente excavó, dragó y construyó escolleras, y la ciudad creció alrededor de los muelles.
La antigua Roma muestra a la vez la ambición y el problema. Su primer puerto, Ostia, estaba en la desembocadura del Tíber, pero los sedimentos del río lo cegaban una y otra vez, así que hacia el año 42 el emperador Claudio comenzó un nuevo puerto artificial, Portus, un poco más al norte. A principios del siglo II Trajano añadió una dársena interior hexagonal de unos 350 metros de ancho, donde los barcos de grano llegados de Egipto descargaban el sustento de una ciudad de quizá un millón de habitantes. Al final ganó el sedimento. Las ruinas de Ostia están hoy a unos kilómetros tierra adentro, y el hexágono de Trajano sobrevive como un lago tranquilo junto al aeropuerto de Fiumicino.
Róterdam, el mayor puerto de Europa, mueve unos 440 millones de toneladas de carga al año y se extiende unos 40 kilómetros desde la ciudad hasta el mar del Norte. Su sección más nueva, Maasvlakte 2, se asienta sobre tierra bombeada desde el fondo marino y opera terminales automatizadas donde vehículos sin conductor llevan las cajas de grúa en grúa. Las barcazas remontan el Rin hacia Alemania, Suiza y más allá, y por eso Róterdam creció justo ahí.
Los puertos de contenedores más activos están ahora en Asia. Shanghái encabeza la lista desde 2010, con unos 49 millones de TEU en 2023, buena parte en Yangshan, un puerto de aguas profundas construido sobre islas del mar de China Oriental y unido al continente por el puente de Donghai, de 32 kilómetros. Singapur, segundo con unos 39 millones de TEU, es ante todo un centro de transbordo: la mayoría de las cajas que llegan nunca entran en la ciudad, sino que cambian de barco, porque el puerto está en el estrecho de Malaca, entre el océano Índico y el Pacífico.
¿Sabías que las palabras latinas portus, puerto, y porta, puerta, están emparentadas, porque para los romanos un puerto era la puerta de una ciudad al mar?
Los puertos moldearon las ciudades con su trabajo tanto como con su piedra: barrios de estibadores, almacenes, hogares para marineros y grandiosas aduanas. Con los contenedores, la carga bajó hacia aguas profundas y muchos muelles antiguos se vaciaron, de los Docklands de Londres a los muelles de Manhattan, y se convirtieron en oficinas, viviendas y museos. Hoy los puertos afrontan la subida del mar, buques cada vez mayores y la presión para electrificar los muelles y que los barcos apaguen sus motores atracados. Un puerto nunca está terminado: simplemente se desplaza hacia donde el agua es lo bastante profunda.
Fig. 73 · Puertos y fondeaderos. Quién mueve un puerto moderno: capitanía, prácticos, grúas, barcazas y aduanas.
Capítulo 74 · Parte VIII
Piratas y corsarios
La piratería es robo en el mar, y es tan antigua como el comercio marítimo. Textos egipcios del siglo XIV a. C. ya se quejan de saqueadores llegados del mar, el joven Julio César fue capturado y rescatado por piratas cilicios hacia el 75 a. C., y los vikingos asolaron las costas europeas durante tres siglos. Lo que cambia es quién lo hace, dónde y quién se beneficia en silencio.
La línea entre pirata y patriota era a menudo una hoja de papel. Un corsario navegaba con una patente de corso, una licencia del Estado para apresar barcos enemigos y repartir el botín con la corona. Francis Drake volvió en 1580 de su vuelta al mundo con tanto tesoro español que Isabel I lo armó caballero en su propia cubierta; para España era simplemente un pirata. La mayoría de las potencias europeas renunciaron al corso con la Declaración de París de 1856.
La llamada edad de oro de la piratería, aproximadamente entre 1650 y 1730, creó la imagen popular, y los documentos corrigen buena parte de ella. Las actas de los juicios y los papeles incautados muestran que muchas tripulaciones firmaban artículos escritos que fijaban la parte del botín de cada uno, compensaban la pérdida de un miembro y regulaban la conducta, y que los capitanes solían ser elegidos y podían ser destituidos. El tesoro enterrado es casi pura ficción: William Kidd enterró una parte en la isla de Gardiners, cerca de Nueva York, en 1699, y las autoridades lo desenterraron. Pasear por la tabla era raro. Barbanegra, Edward Teach, murió en combate frente a Carolina del Norte en 1718; el pecio de su buque insignia, el Queen Anne's Revenge, localizado en 1996, se está excavando.
La pirata más poderosa de la historia fue una mujer. Zheng Yi Sao, que según la mayoría de los relatos había trabajado en un burdel flotante de Cantón, se casó con el jefe pirata Zheng Yi y tomó el mando de la Flota de la Bandera Roja a la muerte de este en 1807. Las estimaciones de su fuerza hablan de cientos de juncos y decenas de miles de marineros, unidos por un código estricto. La armada Qing no logró vencerla, así que en 1810 negoció una rendición que dejó libres a la mayoría de sus tripulantes y le permitió conservar su fortuna. Murió en su cama hacia 1844.
¿Sabías que según el derecho internacional cualquier Estado puede apresar un barco pirata en alta mar, una norma secular de jurisdicción universal recogida hoy en la convención del derecho del mar de 1982?
La piratería nunca terminó. Frente a Somalia, donde el Estado se había derrumbado, bandas en lanchas rápidas secuestraban barcos para pedir rescate; en 2011 la Oficina Marítima Internacional registró 237 ataques atribuidos a piratas somalíes. Las patrullas navales, como la Operación Atalanta de la Unión Europea, los guardias armados y los corredores protegidos redujeron los ataques a un puñado a finales de la década de 2010. Hoy los focos están en el golfo de Guinea y el estrecho de Singapur. Los piratas prosperan donde el comercio es rico y la ley en tierra es débil.
Fig. 74 · Piratas y corsarios. El mito popular frente al registro escrito, de Barbanegra a Zheng Yi Sao y Somalia.
Capítulo 75 · Parte VIII
Naufragios
La UNESCO calcula que en el fondo del mar yacen más de tres millones de pecios, y cada uno es un instante sellado: el día en que ganó el mar. Para los arqueólogos, un pecio es una cápsula del tiempo, porque todo lo que había a bordo se hundió a la vez, desde la carga y los cañones hasta los dados, los peines y la última comida del cocinero. Una ciudad se reutiliza durante siglos; un pecio queda congelado el día de su naufragio.
En 1900, unos pescadores de esponjas griegos que se refugiaban de una tormenta junto a la isla de Anticitera hallaron un pecio de época romana a unos 45 metros de profundidad, cargado de estatuas de bronce y mármol. Entre los hallazgos había un trozo corroído de bronce lleno de engranajes. Décadas de estudio, coronadas por las tomografías de rayos X del Antikythera Mechanism Research Project desde 2005, revelaron una calculadora astronómica de manivela de hacia el siglo II a. C. que seguía la Luna y predecía eclipses. No se conserva nada de complejidad mecánica comparable en los mil años siguientes.
El agua fría, oscura y quieta conserva. El buque de guerra de Enrique VIII, el Mary Rose, se hundió en el Solent el 19 de julio de 1545 ante la mirada del rey. El limo enterró su costado de estribor, y cuando se izó el casco el 11 de octubre de 1982 la excavación ya había recuperado unos 19.000 objetos y los restos de muchos tripulantes. El navío sueco Vasa zozobró en el puerto de Estocolmo en su viaje inaugural en 1628, a los pocos minutos de zarpar, porque estaba demasiado cargado en lo alto. En las aguas salobres del Báltico no prospera la broma que perfora la madera, así que cuando se reflotó en 1961 cerca del 98 % del barco era original.
Los pecios profundos exigieron herramientas nuevas. El Titanic se hundió el 15 de abril de 1912 con más de 1500 vidas y permaneció oculto a unos 3800 metros hasta el 1 de septiembre de 1985, cuando un equipo dirigido por Robert Ballard y Jean-Louis Michel avistó una caldera con el trineo de cámaras remolcado Argo. En 2022 se encontró el Endurance de Ernest Shackleton a 3008 metros en el mar de Weddell, en posición vertical y con el nombre aún legible en la popa. La arqueología subacuática moderna nació con George Bass, que demostró en el cabo Gelidonya, en Turquía, en 1960, que un yacimiento sumergido podía excavarse con el mismo cuidado que uno en tierra; hoy se suman el sonar multihaz, la fotogrametría y los vehículos operados a distancia.
¿Sabías que al Titanic se lo están comiendo bacterias aficionadas al hierro, entre ellas una especie bautizada Halomonas titanicae en honor al barco, que forman unas estalactitas de óxido que disuelven poco a poco el casco?
Los pecios son también tumbas, y muchos están ya protegidos: la Convención de la UNESCO de 2001 sobre la Protección del Patrimonio Cultural Subacuático prefiere dejarlos donde están. Otros son un peligro, como los petroleros de guerra que aún pierden crudo décadas después de hundirse. En cualquier caso, el fondo del mar es el mayor museo de la Tierra, y la mayoría de sus salas siguen a oscuras.
Fig. 75 · Naufragios. Pecios famosos por profundidad, del Mary Rose en el Solent al Titanic a 3800 m.
Capítulo 76 · Parte VIII
Faros y paso seguro
Durante la mayor parte de la historia, el momento más peligroso de un viaje era el final, cuando un barco se acercaba de noche a una costa invisible. Un faro resuelve dos problemas a la vez. Avisa del peligro y le dice al navegante exactamente dónde está, porque cada luz tiene su propia altura, color y ritmo de destellos, recogidos en los libros de faros y en todas las cartas náuticas.
El arquetipo fue el faro de Alejandría, construido hacia el 280 a. C. bajo los primeros Ptolomeos y atribuido al arquitecto Sóstrato de Cnido. Las descripciones antiguas sugieren que superaba con creces los 100 metros, con un fuego en lo alto visible desde muy lejos, y dio a franceses y españoles sus palabras phare y faro. Los terremotos lo arruinaron en el siglo XIV, y en 1477 el sultán Qaitbay levantó una fortaleza en el lugar con sus piedras. La romana Torre de Hércules, en La Coruña, de hacia el siglo I, es el faro más antiguo que sigue en funcionamiento.
Construir sobre una roca batida por las olas fue la gran prueba de la ingeniería. En el arrecife de Eddystone, a unos 14 kilómetros de Plymouth, la torre de madera de Henry Winstanley, de 1698, fue arrastrada por la Gran Tormenta de 1703 con Winstanley dentro. La de John Rudyerd ardió en 1755. La torre de John Smeaton, de 1759, encajó bloques de granito en cola de milano, trabados como un rompecabezas, con un mortero de cal que fraguaba bajo el agua, y marcó la pauta durante un siglo, desde el faro de Bell Rock de Robert Stevenson, en Escocia, en 1810, hasta las torres de las costas de Bretaña y Nueva Inglaterra. Cuando la roca se erosionó bajo ella, la torre de Smeaton se desmontó y se volvió a levantar en el Hoe de Plymouth.
La luz misma la transformó el físico francés Augustin Fresnel, que en 1822 sustituyó los pesados espejos y lentes curvas por anillos de prismas de vidrio alrededor de una lámpara, que doblaban y reflejaban su luz en un único haz horizontal. La primera se instaló en Cordouan, en el estuario del Gironda, en 1823. Una gran lente de Fresnel se veía a unas 20 millas náuticas, y las lentes giratorias dieron a cada faro su destello característico.
¿Sabías que las boyas rojas significan lo contrario a cada lado del Atlántico, pues al entrar en puerto en Europa el rojo marca el lado izquierdo del canal y en América, Japón y Corea marca el derecho?
Las luces son solo una parte del sistema. Boyas, balizas y señales de niebla marcan los canales, y desde 1980 la asociación internacional de autoridades de faros, la IALA, los ha armonizado en esas dos regiones. La navegación por satélite hizo innecesario al farero, y el último faro habitado de Gran Bretaña, North Foreland, en Kent, se automatizó en 1998. Aun así, las luces siguen encendidas, ahora a menudo con LED, porque un navegante cuya pantalla se apaga todavía puede confiar en un destello en el horizonte.
Fig. 76 · Faros y paso seguro. Un faro en roca: torre de granito, lente de Fresnel, destellos en clave y boyas.
Capítulo 77 · Parte VIII
El poder naval
Quien controla el mar decide quién puede comerciar, invadir y escapar. El poder naval es la capacidad de usar el océano para los propios fines y negárselo al enemigo, y muchos giros de la historia se decidieron en el agua y no en tierra.
En el 480 a. C., una flota griega dirigida por el ateniense Temístocles atrajo a una flota persa mayor al estrecho de Salamina, cerca de Atenas. El trirreme griego, una galera de madera de unos 37 metros movida por 170 remeros en tres filas, era en esencia un espolón de bronce con tripulación, y en aquel canal angosto los persas no pudieron aprovechar su número. Heródoto cifró la flota persa en más de 1200 barcos, una cifra que los historiadores consideran exagerada, pero la victoria fue real y Atenas levantó un imperio sobre sus remeros. Una reconstrucción a tamaño real, el Olympias, botada en 1987, demostró que un trirreme podía alcanzar en esprint unos 9 nudos.
En la era de la vela, las flotas de combate se convirtieron en artillería flotante. En Trafalgar, el 21 de octubre de 1805, Horatio Nelson dividió sus 27 navíos de línea en dos columnas y las lanzó contra una línea franco-española de 33. Los aliados perdieron 22 barcos, muchos en la tormenta posterior, y Gran Bretaña ninguno, aunque Nelson murió de un disparo de mosquete. La supremacía naval británica apenas tuvo rival durante un siglo y protegió un imperio comercial extendido por todos los océanos.
En 1890 el oficial naval estadounidense Alfred Thayer Mahan publicó La influencia del poder naval en la historia, donde sostenía que la grandeza nacional descansaba en la marina mercante, las bases de ultramar y una flota de combate concentrada. Se leyó con atención en Washington, Londres, Berlín y Tokio, y alimentó una carrera de acorazados. Luego la aviación cambió las reglas. En Midway, en junio de 1942, los bombarderos en picado estadounidenses, guiados por criptoanalistas que habían descifrado los planes japoneses, hundieron cuatro portaaviones japoneses, el Akagi, el Kaga, el Sōryū y el Hiryū, a costa del USS Yorktown. El portaaviones, y no el acorazado, dominaba ya el mar.
¿Sabías que en Midway, como un mes antes en el mar del Coral, las flotas enemigas nunca llegaron a verse y la batalla se libró por completo con aviones?
Hoy el poder naval son portaaviones nucleares de unas 100.000 toneladas, submarinos que ocultan misiles nucleares bajo las olas y patrulleros que vigilan cables submarinos y estrechos, de Taiwán a Ormuz. Estados Unidos opera 11 portaaviones, mientras que China tiene ya la mayor armada del mundo por número de buques. La idea central de Mahan perdura: el mar es una carretera, y las armadas existen para mantenerla abierta a los amigos y cerrada a los enemigos.
Fig. 77 · El poder naval. De Salamina al superportaaviones: batallas que decidieron quién podía usar el mar.
Capítulo 78 · Parte VIII
¿De quién es el océano?
Durante la mayor parte de la historia, el mar abierto no era de nadie, o era de quien tuviera la flota más fuerte. En 1609 el jurista holandés Hugo Grocio publicó Mare Liberum, el mar libre, donde sostenía que el océano, como el aire, no podía poseerse y debía estar abierto a los barcos de todas las naciones. Lo escribió para la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, que quería romper el dominio portugués sobre el comercio del Índico. El inglés John Selden respondió en 1635 con Mare Clausum, el mar cerrado. Grocio ganó en lo esencial, con una excepción: una estrecha franja costera, fijada en el siglo XVIII en unas 3 millas náuticas, más o menos el alcance de un cañón disparado desde la costa.
En el siglo XX los Estados costeros quisieron mucho más. La Proclamación Truman de 1945 reclamó el petróleo y los minerales de la plataforma continental de Estados Unidos; Chile, Perú y Ecuador reclamaron 200 millas náuticas de aguas de pesca en 1952, e Islandia y el Reino Unido se enfrentaron en las guerras del bacalao, una serie de choques entre arrastreros y patrulleras, entre 1958 y 1976.
El resultado fue la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, firmada en Montego Bay, Jamaica, el 10 de diciembre de 1982 y en vigor desde 1994, a menudo llamada la constitución de los océanos. Medido desde una línea de base costera, concede un mar territorial de 12 millas náuticas, donde el Estado es soberano aunque los barcos extranjeros conservan el derecho de paso inocente; una zona contigua hasta 24 millas para controles aduaneros y migratorios, y una zona económica exclusiva hasta 200 millas, donde el Estado costero es dueño de la pesca, el petróleo, el gas y el viento, mientras los demás siguen libres para navegar, sobrevolar y tender cables. Donde la plataforma continental se prolonga, los derechos sobre el fondo pueden llegar a 350 millas si una comisión de la ONU acepta las pruebas geológicas. Se han adherido unas 170 partes; Estados Unidos sigue la mayoría de sus normas, pero nunca la ha ratificado.
Más allá de la jurisdicción nacional se extienden la alta mar, casi dos tercios de la superficie oceánica, y los fondos profundos, llamados simplemente la Zona, declarados patrimonio común de la humanidad y gestionados por la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos, con sede en Kingston, Jamaica. Las islas pesan muchísimo. Gracias a territorios dispersos desde la Polinesia hasta el Índico, Francia tiene una de las mayores ZEE del planeta, más de 10 millones de kilómetros cuadrados. En el mar de China Meridional, un tribunal internacional dictaminó en 2016 que muchos arrecifes y rocas en disputa no generan ninguna ZEE.
¿Sabías que la milla náutica procede de la propia Tierra, pues se definió como un minuto de latitud y hoy mide exactamente 1852 metros?
El capítulo más reciente es el Tratado de Alta Mar, acordado en 2023 y en vigor desde enero de 2026, que por primera vez permite crear áreas marinas protegidas en aguas internacionales. El mar libre de Grocio sobrevive, pero ahora tiene reglas.
Fig. 78 · ¿De quién es el océano?. Las zonas del derecho del mar de 1982, desde la línea de base hasta la alta mar.
Capítulo 79 · Parte VIII
Cultivar el mar
En 2022, por primera vez, las granjas produjeron más peces y mariscos de los que capturaron las flotas pesqueras: cerca del 51 % del total, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura. La acuicultura, el cultivo de peces, moluscos y algas, es una de las formas de producir alimento que más deprisa crecen en el planeta. La mayor parte se concentra en Asia, y solo China produce más de la mitad; buena parte del volumen sigue siendo carpa criada en estanques de agua dulce, pero el mar va recortando distancias.
La idea es antigua. Los autores romanos atribuyen al empresario Sergio Orata el cultivo de ostras en el lago Lucrino, cerca de Nápoles, hacia el 100 a. C., y los hawaianos construyeron estanques con muros de piedra sobre los arrecifes siglos antes de la llegada de los europeos. Hoy ostras, mejillones y almejas están entre los cultivos más amables: filtran el plancton del agua y no necesitan pienso alguno. En las rías gallegas, los mejillones crecen en cuerdas colgadas de miles de plataformas de madera llamadas bateas.
La cría de salmón atlántico en jaulas flotantes comenzó en Noruega hacia 1970, y hoy el país produce bastante más de un millón de toneladas al año, con Chile en segundo lugar. Los huevos eclosionan en tanques de agua dulce; los peces jóvenes pasan como esguines a jaulas de red en fiordos y lagos marinos, y se cosechan tras uno o dos años en el mar. Los problemas están bien documentados. Los piojos de mar parásitos se multiplican en las jaulas abarrotadas y saltan a los salmones salvajes, los peces que escapan se cruzan con las poblaciones silvestres, los residuos se acumulan en el fondo y el pienso aún contiene harina y aceite de pescado de anchovetas salvajes y otros peces pequeños.
Las algas son el gigante callado. Granjas situadas sobre todo en China, Indonesia, Corea del Sur y Filipinas cultivan más de 35 millones de toneladas al año de kelp, nori y algas rojas, para comer y para espesantes como la carragenina y el agar. El nori lo salvó una científica británica: en 1949 la ficóloga Kathleen Drew-Baker descubrió que su ciclo vital incluye una fase oculta que perfora conchas, lo que permitió a los productores japoneses sembrar sus redes con fiabilidad después de que se hundieran las cosechas.
¿Sabías que los productores japoneses de nori veneran a Kathleen Drew-Baker, que nunca pisó Japón, como la «Madre del Mar», con un monumento en Uto, en Kumamoto, y una ceremonia cada abril?
El futuro del marisco y el pescado se decide en estas granjas. Cultivar algas y moluscos junto a las jaulas de peces puede convertir los residuos en cosechas, y las jaulas mar adentro y los tanques en tierra buscan escapar de las costas saturadas. Mal hecha, como cuando los estanques de camarón sustituyeron a los manglares en Tailandia y Ecuador, la acuicultura cambia un problema ambiental por otro. Bien hecha, podría ser la forma más eficiente de que el mar ayude a alimentar a diez mil millones de personas.
Fig. 79 · Cultivar el mar. El ciclo de una granja de salmón, con las algas y moluscos que limpian tras ella.
Capítulo 80 · Parte VIII
Energía del océano
El océano es el mayor almacén de energía del planeta, con combustibles fósiles bajo su lecho y un movimiento incesante en sus vientos, mareas y olas. El primer pozo de petróleo perforado fuera de la vista de tierra lo terminó Kerr-McGee en el golfo de México en 1947, a unos 17 kilómetros de la costa, y hoy los yacimientos marinos aportan alrededor del 30 % del petróleo mundial.
El mar del Norte se convirtió en el banco de pruebas. El yacimiento noruego de Ekofisk se descubrió en 1969 y el británico Forties en 1970, y las plataformas se alzaron sobre patas de acero y hormigón en más de 100 metros de agua, en uno de los mares más bravos del mundo. Los riesgos son enormes. La explosión de Piper Alpha, el 6 de julio de 1988, mató a 167 hombres, y el reventón de Deepwater Horizon en el golfo de México, el 20 de abril de 2010, mató a 11 trabajadores y vertió unos cuatro millones de barriles de crudo.
La eólica marina es la sucesora en auge. Dinamarca construyó el primer parque eólico marino, Vindeby, en 1991, con 11 pequeñas turbinas. En el mar los vientos son más fuertes y constantes que en tierra, y las turbinas pueden ser enormes: las más nuevas tienen palas de más de 100 metros. Hornsea 2, a unos 89 kilómetros de la costa de Yorkshire, tiene 165 turbinas y 1,3 gigavatios de potencia, suficiente para bastante más de un millón de hogares británicos. En el mundo, la capacidad eólica marina superó los 75 gigavatios en 2023, con China y el Reino Unido a la cabeza, y las turbinas flotantes ancladas en aguas profundas, probadas por primera vez en Hywind Scotland en 2017, abren costas sin plataforma somera, de Noruega a Japón y California.
Las mareas son perfectamente previsibles, y eso las hace atractivas. La central mareomotriz del Rance, en Bretaña, inaugurada en 1966, cierra un estuario con una presa de unos 750 metros y 24 turbinas, que dan 240 megavatios; la central surcoreana del lago Sihwa, abierta en 2011, es ahora algo mayor, con 254 megavatios. Turbinas de corriente de marea, como molinos submarinos, giran en las fuertes corrientes del Pentland Firth, en Escocia, en el proyecto MeyGen. La energía de las olas ha resultado más difícil: las máquinas con forma de serpiente Pelamis generaron electricidad frente a Portugal en 2008, pero las tormentas y los costes hundieron a la empresa en 2014.
¿Sabías que la fricción de las mareas frena poco a poco la rotación de la Tierra y alarga el día unas dos milésimas de segundo por siglo?
El paso de perforar el fondo a aprovechar el movimiento que hay encima ya está en marcha, y plantea nuevas preguntas, desde los cables que cruzan caladeros hasta las aves marinas, marsopas y ballenas que comparten el espacio. El mar que un día hinchó las velas del comercio mundial puede que mantenga encendidas nuestras luces.
Fig. 80 · Energía del océano. Plataformas, aerogeneradores, una presa mareomotriz y olas en un mismo tramo de mar.
Parte IX
Océanos y clima
Cómo el mar almacena nuestro calor y nuestro carbono, y lo que eso cuesta.
Capítulo 81 · Parte IX
El termostato oceánico
El agua se resiste con terquedad a cambiar de temperatura. Calentar un kilogramo de agua un solo grado Celsius exige unos 4.200 julios, aproximadamente cuatro veces más que la misma masa de aire. El químico escocés Joseph Black midió por primera vez esta propiedad, hoy llamada capacidad calorífica específica, en la década de 1760. Si la multiplicamos por la enorme masa del océano, unas 270 veces la de la atmósfera, resulta que el mar puede almacenar alrededor de mil veces más calor que el aire que tiene encima. Solo los tres metros superiores del océano contienen tanto calor como toda la atmósfera.
Esa capacidad convierte al océano en el termostato del planeta. Se calienta despacio en verano, se enfría despacio en invierno y devuelve su calor mucho después de la puesta de sol. Por eso las costas disfrutan de climas marítimos con estaciones poco contrastadas. Vancouver ronda los 4 °C de media en enero y los 18 °C en julio; Winnipeg, en las praderas y a una latitud parecida, pasa de unos −16 °C a 20 °C. Edimburgo y Moscú están separadas por apenas un grado de latitud, y sin embargo enero ronda los 4 °C en Edimburgo frente a unos −6 °C en Moscú. Los vientos del oeste procedentes del Atlántico, cargados del calor que aporta la corriente del Golfo, marcan la diferencia. En Chile, Namibia y California el efecto funciona al revés: las corrientes frías refrescan el verano y envuelven la costa en niebla.
Hoy el termostato tiene una tarea mucho mayor. Los gases de efecto invernadero atrapan energía extra en el sistema climático, y la mayor parte acaba en el mar. Según la evaluación del IPCC de 2021, el océano absorbió alrededor del 91 % del calor sobrante acumulado entre 1971 y 2018. La tierra se quedó con un 5 %, el hielo que se derrite con un 3 % y la atmósfera, donde de verdad notamos el calentamiento, con apenas un 1 %. Investigadores como Sydney Levitus, que reunió millones de perfiles históricos de temperatura tomados desde barcos, demostraron en la década de 2000 que el contenido de calor del océano subía en todas las cuencas.
¿Sabías que en el hemisferio norte la superficie del mar suele alcanzar su máxima temperatura a finales de agosto o en septiembre, semanas después de los días más calurosos en tierra, porque el agua tarda mucho en calentarse?
Este amortiguador es a la vez un regalo y una deuda. Sin él, el aire ya estaría mucho más caliente. Pero el calor no desaparece: dilata el agua de mar y eleva su nivel, alimenta tormentas más fuertes, blanquea los corales y derrite las plataformas de hielo desde abajo. Como hay tanta energía almacenada, el océano seguirá calentándose durante siglos, incluso cuando cesen las emisiones. El mar le ha comprado tiempo a la humanidad, y lleva las cuentas con cuidado.
Fig. 81 · El termostato oceánico. Por qué el mar absorbe casi todo nuestro calor sobrante y suaviza el clima costero.
Capítulo 82 · Parte IX
El sumidero de carbono oceánico
Cada año la humanidad emite unos 40.000 millones de toneladas de dióxido de carbono, y el océano recupera en silencio alrededor de una cuarta parte. El Global Carbon Project, que cada año cuadra las cuentas de carbono del planeta, calcula que el mar absorbe unos 10.000 millones de toneladas de CO₂ anuales, mientras que las plantas y los suelos de tierra firme captan casi un tercio. El océano guarda ya unos 38 billones de toneladas de carbono, cerca de cincuenta veces más que la atmósfera. Dos procesos, llamados bombas, lo empujan hacia abajo.
La bomba de solubilidad es pura química. El dióxido de carbono se disuelve en el agua de mar, y mejor cuanto más fría está. En el mar de Labrador, el mar de Groenlandia y alrededor de la Antártida, el agua superficial enfriada se vuelve densa, se hunde y se lleva su carbono disuelto a las profundidades, donde puede permanecer de siglos a mil años antes de volver a aflorar. Solo el océano Austral representa alrededor del 40 % de la absorción oceánica del carbono emitido por el ser humano.
La bomba biológica la mueve la vida. El fitoplancton de la zona iluminada fija cada año aproximadamente tanto carbono como todas las plantas terrestres. Cuando se lo comen o muere, parte de ese carbono se hunde como nieve marina: células muertas, mucosidad y bolitas fecales de copépodos y salpas que descienden durante semanas. Los peces linterna y el kril, que suben a alimentarse de noche y bajan de día, transportan más carbono a la zona crepuscular. Casi todo se consume y se respira por el camino; mucho menos del 1 % llega al lecho marino y queda enterrado en los sedimentos.
¿Sabías que a finales de los años ochenta el oceanógrafo John Martin, convencido de que el hierro limitaba el crecimiento del plancton, bromeó célebremente: «Dadme medio petrolero de hierro y os daré una glaciación»?
Lo sabemos gracias a mediciones pacientes. Charles David Keeling empezó a registrar el CO₂ atmosférico en el Mauna Loa en 1958, y desde 1988 los barcos muestrean el agua cada mes en la estación ALOHA, frente a Hawái, y en la serie temporal de las Bermudas, que muestran cómo el carbono del océano superficial aumenta al ritmo del aire. Las campañas de investigación, las trampas de sedimentos y la base de datos SOCAT, con decenas de millones de mediciones, completan el mapa mundial. La idea de Martin se puso a prueba: una docena de experimentos de fertilización con hierro desde 1993 provocaron floraciones, pero cuánto carbono llegó de verdad al fondo sigue en debate.
Este sumidero tiene un precio. El CO₂ disuelto vuelve el agua de mar más ácida, y un océano más cálido y estratificado absorbe menos. Sin el mar, el aire ya contendría mucho más carbono: el océano lleva dos siglos limpiando lo que ensuciamos, y empieza a cansarse.
Fig. 82 · El sumidero de carbono oceánico. Gas disuelto y plancton que se hunde llevan un cuarto de nuestro CO₂ al fondo del mar.
Capítulo 83 · Parte IX
Un océano que se calienta
El océano se calienta de arriba abajo, y los instrumentos que lo vigilan son ya lo bastante buenos como para mostrar la tendencia año a año. Los 2.000 metros superiores han ganado calor casi todos los años desde finales de la década de 1950, y un equipo internacional dirigido por Lijing Cheng anunció nuevos máximos del contenido de calor oceánico en 2023 y de nuevo en 2024. En marzo de 2023 la temperatura media de la superficie del mar batió su récord y se mantuvo en niveles récord durante más de un año.
El instrumento clave es un robot del tamaño de una persona. Desde 1999 el programa Argo ha repartido unas 4.000 boyas perfiladoras por los océanos del mundo. Cada una se hunde hasta unos 1.000 metros, deriva nueve días, baja a 2.000 metros y luego sube midiendo temperatura y salinidad, envía sus datos por satélite y vuelve a sumergirse. Las nuevas boyas Deep Argo llegan a 6.000 metros. Antes de Argo, las mediciones procedían sobre todo de barcos en las rutas más transitadas, y el océano Austral quedaba casi en blanco. Cuando Dean Roemmich y sus colegas compararon los datos de Argo con las temperaturas tomadas por el HMS Challenger en la década de 1870, vieron que la superficie se había calentado alrededor de un tercio de grado en más de un siglo.
El calor transforma la vida. Peces y plancton siguen sus temperaturas preferidas, y muchas especies avanzan hacia los polos a ritmos medios de decenas de kilómetros por década. En el mar del Norte, el bacalao, el rape y otras especies se desplazaron hacia el norte y hacia aguas más profundas. La caballa entró en aguas islandesas hacia 2007 y desató una larga disputa por las cuotas entre Islandia, las Feroe, Noruega y la UE. Frente al este de Tasmania, una de las zonas que más rápido se calientan, el erizo de espinas largas se extendió hacia el sur desde Nueva Gales del Sur y contribuyó a arrasar más del 90 % de los bosques de kelp gigante.
¿Sabías que los corales formadores de arrecifes avanzan hacia el norte por la costa de Japón desde los años treinta, hasta 14 kilómetros al año, hacia aguas que antes eran demasiado frías para ellos?
El registro del plancton se remonta aún más. Desde 1931 el Continuous Plankton Recorder, un muestreador con forma de torpedo remolcado por buques mercantes, atrapa plancton en rollos de seda. Su archivo muestra copépodos de aguas cálidas que avanzaron unos 1.000 kilómetros hacia el norte en el Atlántico Norte en pocas décadas, cambiando el menú de las larvas de bacalao y de las aves marinas.
Un océano más cálido retiene menos oxígeno, se estratifica más y alimenta tormentas más fuertes. Su calor también dilata el agua y derrite el hielo desde abajo. El termómetro que más debemos vigilar ya no está en tierra: deriva a 2.000 metros, esperando salir a la superficie.
Fig. 83 · Un océano que se calienta. Boyas, barcos y satélites siguen el calor que se acumula en todas las cuencas oceánicas.
Capítulo 84 · Parte IX
La subida del mar
El mar está más alto que cuando nacieron tus bisabuelos, y sube más deprisa cada década. Entre 1901 y 2018 el nivel medio del mar en el mundo aumentó unos 20 centímetros, según el IPCC. A principios del siglo XX crecía poco más de un milímetro al año; hoy sube unos 4 milímetros anuales, aproximadamente el triple.
Dos cosas elevan el mar. La primera es la dilatación térmica: el agua se expande ligeramente al calentarse y, como el océano ha absorbido casi todo el calor sobrante del planeta, su expansión explica alrededor de la mitad de la subida desde 1971. La segunda es el agua de deshielo procedente de tierra. Los glaciares de montaña, de Alaska al Himalaya, han aportado más o menos una quinta parte, y los grandes mantos de hielo de Groenlandia y la Antártida otra quinta parte, con una contribución que crece rápido. Los cambios en el agua almacenada en tierra, como el agua subterránea bombeada que acaba en los ríos, aportan el resto. El deshielo del hielo marino casi no añade nada, porque el hielo flotante ya desplaza su propio peso en agua.
Lo medimos de dos maneras. Los mareógrafos, algunos con siglos de funcionamiento, registran el agua respecto a la tierra: el de Ámsterdam empieza en 1700. Desde 1992 los satélites de radar, desde TOPEX/Poseidon hasta el actual Sentinel-6 Michael Freilich, miden la altura del océano abierto con un margen de pocos centímetros desde 1.300 kilómetros de altura. Los satélites gravimétricos GRACE pesan desde la órbita los mantos de hielo que menguan.
¿Sabías que si se derritiera todo el hielo de Groenlandia el mar subiría unos 7 metros, y que el de la Antártida bastaría para casi 60 metros más?
La subida no se nota igual en todas partes. El terreno se hunde o se eleva, las corrientes amontonan agua contra algunas costas y los temporales llegan sobre una base más alta. Tuvalu, nación del Pacífico formada por nueve islas bajas que se alzan de media unos 2 metros sobre el mar, pierde carreteras y huertos con las mareas vivas; en 2023 firmó con Australia la Unión Falepili, que ofrece cada año a 280 de sus ciudadanos un camino hacia la residencia. En Venecia, que se hunde mientras el mar sube, una marea de 187 centímetros inundó casi toda la ciudad en noviembre de 2019; la barrera MOSE, con 78 compuertas abatibles, se levantó por primera vez en octubre de 2020. En Miami el mar se filtra a través de una caliza porosa, de modo que los muros no lo detienen, y las calles se inundan en días soleados con la marea alta. Yakarta, que se hunde aún más rápido por el bombeo de acuíferos, es la razón de que Indonesia esté construyendo una nueva capital en Borneo.
Para 2100 el IPCC espera una subida adicional de entre unos 30 centímetros y un metro, según las emisiones, y el mar seguirá subiendo durante siglos. Unos centímetros parecen poca cosa, hasta que deciden qué marea inunda la calle.
Fig. 84 · La subida del mar. Unos 20 cm desde 1900: qué eleva el mar y qué lugares lo sufren primero.
Capítulo 85 · Parte IX
La acidificación del océano
El dióxido de carbono que absorbe el océano no se queda quieto en el agua. Reacciona. El CO₂ se combina con el agua de mar para formar ácido carbónico, que se divide rápidamente en iones de hidrógeno y bicarbonato. Esos iones de hidrógeno extra capturan luego iones carbonato, los mismos ladrillos que corales, ostras, caracoles marinos y mucho plancton usan para fabricar conchas y esqueletos de carbonato cálcico. El proceso se llama acidificación del océano, y le han apodado el gemelo malvado del cambio climático.
Desde el inicio de la era industrial, el pH medio de la superficie oceánica ha bajado de unos 8,2 a unos 8,1. Parece muy poco, pero la escala del pH es logarítmica: un descenso de 0,1 supone alrededor de un 30 % más de iones de hidrógeno. El agua de mar sigue siendo alcalina, así que «acidificación» describe la dirección del cambio, no un mar de ácido. Con emisiones altas, el pH superficial podría llegar a cerca de 7,7 en 2100, un nivel que no se ha visto en millones de años.
Lo sabemos gracias a registros largos y cuidadosos. En la estación ALOHA, al norte de Oahu, los científicos del Hawaii Ocean Time-series miden la química del agua más o menos una vez al mes desde 1988, y la línea del pH baja sin pausa a la par que sube el CO₂. Registros similares de las Bermudas, Canarias e Islandia cuentan lo mismo. Los laboratorios naturales también ayudan: frente a la isla italiana de Isquia, fuentes volcánicas burbujean CO₂ en el agua, y en 2008 Jason Hall-Spencer y sus colegas comprobaron que allí donde el pH era más bajo faltaban erizos y lapas y las conchas de los caracoles aparecían picadas.
¿Sabías que en un conocido experimento de la NOAA la concha de una mariposa de mar colocada en agua con la química prevista para 2100 quedó muy corroída en solo 45 días?
Las primeras víctimas suelen ser las más pequeñas. Los pterópodos, o mariposas de mar, son caracoles nadadores de pocos milímetros que alimentan a salmones, arenques y ballenas. En 2012 Nina Bednaršek y sus colegas mostraron que sus conchas se disolvían en el océano Austral, y después encontraron daños extendidos a lo largo de la costa oeste de Estados Unidos. Las frías aguas polares, que absorben CO₂ con facilidad, son las primeras en volverse corrosivas. Los corales de aguas frías, los cocolitóforos y las ostras y mejillones jóvenes son vulnerables.
El primer aviso llegó de Oregón. Entre 2007 y 2009, el criadero Whiskey Creek, en la bahía de Netarts, sufrió mortandades masivas de larvas de ostra. El químico Burke Hales y el responsable del criadero, Alan Barton, hallaron la causa: agua de afloramiento rica en CO₂ impedía a las larvas formar su primera concha. Hoy los criaderos vigilan el agua y le añaden carbonato para amortiguarla, un apaño costoso para una sola bahía. Para el océano abierto, el único amortiguador real es reducir las emisiones: con la química, a diferencia de la política, no se negocia.
Fig. 85 · La acidificación del océano. El CO₂ extra acidifica el agua de mar y priva de carbonato a los constructores de conchas.
Capítulo 86 · Parte IX
El blanqueamiento del coral
Un coral formador de arrecifes es una sociedad. Dentro del tejido transparente de cada diminuto pólipo viven millones de algas unicelulares llamadas zooxantelas, de la familia Symbiodiniaceae. Hacen la fotosíntesis en las aguas soleadas y poco profundas y pasan al coral azúcares que pueden cubrir hasta el 90 % de sus necesidades energéticas. A cambio reciben refugio, nutrientes y un lugar al sol. Las algas también dan a los corales buena parte de su color.
El calor rompe el trato. Cuando el agua se mantiene alrededor de 1 °C por encima del máximo habitual del verano durante varias semanas, la fotosíntesis de las algas falla y produce oxígeno reactivo dañino. El coral las expulsa y su esqueleto blanco de caliza se transparenta a través del tejido vacío: es el blanqueamiento. Un coral blanqueado no está muerto, pero pasa hambre. Si el calor cede pronto, puede recuperar sus algas; si no, muere y enseguida lo cubren las algas filamentosas. Los arrecifes de coral ocupan menos del 1 % del fondo marino, pero dan cobijo a cerca de una cuarta parte de las especies marinas conocidas.
Los científicos siguen el peligro desde el espacio. El programa Coral Reef Watch de la NOAA combina las temperaturas medidas por satélite en semanas-grado de calentamiento, una suma del estrés térmico de doce semanas. Cuatro semanas-grado provocan un blanqueamiento importante; ocho, un blanqueamiento generalizado y mortandad. Sobre el terreno, investigadores como Terry Hughes, de la Universidad James Cook, sobrevolaron la Gran Barrera de Coral a baja altura y evaluaron cientos de arrecifes al día.
¿Sabías que en julio de 2023 una boya de Manatee Bay, en Florida, registró agua a 38,4 °C, casi como un baño caliente, durante una ola de calor que blanqueó los arrecifes de los Cayos?
El blanqueamiento masivo a escala mundial es un fenómeno reciente. El primer episodio global llegó con el potente El Niño de 1997-1998, que mató hasta el 90 % de los corales someros en zonas de Seychelles y Maldivas. Un segundo siguió en 2010. El tercero, de 2014 a 2017, fue el más largo; solo en 2016 murió alrededor del 30 % de los corales de la Gran Barrera. La NOAA y la Iniciativa Internacional sobre Arrecifes de Coral confirmaron un cuarto episodio mundial en abril de 2024, y para 2025 un calor capaz de blanquear había alcanzado cerca del 84 % de la superficie de arrecifes del mundo. La Gran Barrera sufrió en 2024 su quinto blanqueamiento masivo en ocho años.
Aún hay lugar para la esperanza. Los corales del golfo de Áqaba, en el mar Rojo, toleran temperaturas inusualmente altas, y los científicos crían y trasplantan corales resistentes al calor en Florida y Australia. Pero recuperarse lleva una década o más, y las pausas entre olas de calor se acortan. Un arrecife sobrevive a una fiebre; no a una cada dos veranos.
Fig. 86 · El blanqueamiento del coral. Cuando el calor rompe la alianza entre coral y algas, el arrecife se vuelve blanco.
Capítulo 87 · Parte IX
El deshielo del hielo marino
Cada invierno el océano Ártico se congela, y cada verano parte de esa tapa se derrite. El mínimo de septiembre es la mejor medida de la salud del hielo, y no ha dejado de bajar desde que lo vigilan los satélites. Desde que empezaron los registros continuos por microondas pasivas, a finales de 1978, el mínimo de septiembre se ha reducido alrededor de un 12 % por década. A principios de los años ochenta cubría unos 7 millones de kilómetros cuadrados; el 16 de septiembre de 2012 tocó fondo en un récord de unos 3,4 millones. El hielo también ha adelgazado: su volumen estival ha caído aproximadamente tres cuartas partes.
El hielo marino importa porque es un espejo. El hielo cubierto de nieve refleja hasta cerca del 85 % de la luz solar que recibe, mientras que el océano abierto, una de las superficies más oscuras de la Tierra, solo refleja alrededor del 6 %. Al derretirse el hielo, el agua oscura absorbe más calor, lo que derrite más hielo: es la retroalimentación hielo-albedo. Ayuda a explicar por qué el Ártico se ha calentado casi cuatro veces más rápido que la media mundial desde 1979, según un estudio de Mika Rantanen y sus colegas publicado en 2022.
Los satélites miden la extensión, pero son las personas sobre el hielo las que descubren cómo es. Fridtjof Nansen dejó que su barco, el Fram, quedara atrapado en la banquisa y derivara por el Ártico de 1893 a 1896. En 2019-2020 el rompehielos alemán Polarstern repitió la idea en la expedición MOSAiC, la mayor expedición polar de la historia, derivando un año junto a un témpano mientras cientos de científicos estudiaban el hielo, el océano y el aire. El satélite europeo CryoSat-2 mide el grosor del hielo desde la órbita desde 2010.
¿Sabías que el deshielo del hielo marino apenas eleva el nivel del mar, porque el hielo flotante ya desplaza su propio peso en agua, y que lo que de verdad sube los océanos es el hielo terrestre que se funde?
La vida sobre el hielo pierde su plataforma. Los osos polares cazan focas anilladas y barbudas desde el borde del hielo y junto a los respiraderos, y cuando el hielo se rompe pronto deben ayunar en tierra. En el oeste de la bahía de Hudson, donde la temporada sin hielo se ha alargado varias semanas, la población de osos ha caído más o menos a la mitad desde los años ochenta. Las morsas se agolpan por miles en playas de Alaska y Rusia cuando el hielo se retira más allá de sus zonas de alimentación.
Otros ven una oportunidad. La Ruta Marítima del Norte, a lo largo de la costa ártica rusa, puede acortar miles de kilómetros el viaje de Asia oriental a Europa, y en 2018 el Venta Maersk se convirtió en el primer portacontenedores en recorrerla. En el otro extremo, el hielo marino antártico, estable durante mucho tiempo, se desplomó a mínimos récord en 2023. El IPCC prevé que el Ártico quede prácticamente sin hielo al menos un septiembre antes de 2050. El techo del mundo pasa del blanco al azul.
Fig. 87 · El deshielo del hielo marino. El hielo ártico mengua: un espejo blanco se vuelve un mar oscuro que absorbe calor.
Capítulo 88 · Parte IX
Huracanes y tifones
Un ciclón tropical es la forma más violenta que tiene el océano de liberar calor. La misma tormenta se llama huracán en el Atlántico y el Pacífico nororiental, tifón en el Pacífico noroccidental y simplemente ciclón en el océano Índico y el Pacífico sur. Todas necesitan el mismo combustible: agua superficial de al menos unos 26 °C, cálida hasta unos 50 metros de profundidad, en una franja situada al menos a cinco grados del ecuador, donde el giro de la Tierra puede poner la tormenta a rotar.
La tormenta funciona como un motor térmico, una imagen desarrollada por el meteorólogo del MIT Kerry Emanuel. El aire cálido y húmedo entra en espiral hacia la baja presión del centro y asciende. Al condensarse su vapor de agua en nubes gigantescas, libera enormes cantidades de calor latente, que baja aún más la presión y atrae más aire. Alrededor de un ojo tranquilo y despejado, a menudo de 30 a 60 kilómetros de diámetro, se alza la pared del ojo, un anillo de tormentas donde el viento es más feroz. Bandas de lluvia en espiral se extienden hacia fuera y, muy arriba, entre 12 y 15 kilómetros, el aire escapa en una enorme corriente de salida. Tras la tormenta queda una estela de agua fría removida.
Los vigilamos de cerca. Los satélites siguen cada tormenta desde que se forma, y los Hurricane Hunters de la Fuerza Aérea de Estados Unidos y de la NOAA atraviesan en avión la pared del ojo y lanzan sondas llamadas dropsondas, que transmiten presión, viento y temperatura mientras caen. En la escala Saffir-Simpson, un huracán de categoría 5 tiene vientos sostenidos de al menos 252 kilómetros por hora.
¿Sabías que los ciclones tropicales giran en sentido antihorario en el hemisferio norte y horario en el sur, y que nunca se ha visto a ninguno cruzar el ecuador?
El viento no suele ser lo más mortífero. La marejada ciclónica, una cúpula de agua que el viento y la baja presión empujan hacia la costa, causa la mayor parte de los daños. Cuando el huracán Katrina golpeó la costa estadounidense del golfo de México el 29 de agosto de 2005, su marejada alcanzó unos 8,5 metros en Misisipi; los diques de Nueva Orleans cedieron, cerca del 80 % de la ciudad se inundó y murieron más de 1.800 personas. El tifón Haiyan, uno de los más intensos que han tocado tierra, azotó Filipinas el 8 de noviembre de 2013 con vientos sostenidos estimados en más de 300 kilómetros por hora, y su marejada arrasó Tacloban; murieron más de 6.000 personas. El ciclón Bhola de 1970 mató al menos a 300.000 personas en el actual Bangladés, que desde entonces ha reducido drásticamente sus víctimas gracias a las alertas tempranas y a miles de refugios.
Los mares más cálidos cambian las probabilidades. Los científicos no esperan muchas más tormentas en total, pero una proporción mayor alcanza las categorías más intensas, trae más lluvia y se intensifica más deprisa: en 2023 el huracán Otis pasó de tormenta tropical a categoría 5 en poco más de un día antes de golpear Acapulco. Cada grado de más en el mar es combustible en el depósito.
Fig. 88 · Huracanes y tifones. Un motor térmico alimentado por agua cálida: anatomía de un ciclón tropical.
Capítulo 89 · Parte IX
Las olas de calor marinas
Las olas de calor también se dan en el mar, y pueden durar mucho más que en tierra. Un equipo dirigido por Alistair Hobday definió en 2016 una ola de calor marina como un periodo de al menos cinco días en que la temperatura del agua se mantiene por encima del 10 % de valores más cálidos para ese lugar y época del año. Con ese criterio, el número de días de ola de calor marina se duplicó más o menos entre 1982 y 2016, y el IPCC considera que el calentamiento causado por el ser humano hizo más probables la mayoría de los episodios recientes.
La más famosa fue el Blob. A finales de 2013 una vasta zona del Pacífico nororiental frente a Alaska no se enfrió en todo el invierno, porque una dorsal persistente de altas presiones calmó los temporales que normalmente remueven el mar. El climatólogo del estado de Washington Nick Bond le puso nombre en 2014. En su apogeo el agua estaba hasta unos 2,5 °C más caliente de lo normal, y la mancha cálida se extendía de Alaska a México. Persistió hasta 2016.
Sus efectos recorrieron toda la red trófica. En 2015, la mayor floración registrada en la costa oeste de la diatomea tóxica Pseudo-nitzschia cargó el marisco de ácido domoico y retrasó y cerró la temporada del cangrejo Dungeness en California. Los copépodos grasos de aguas frías fueron sustituidos por especies de aguas cálidas más magras. Quizá 100.000 alcuelas oscuras o más murieron de hambre en el invierno de 2014-2015, y en 2015-2016 unos 62.000 araos comunes muertos aparecieron en playas de California a Alaska; los investigadores calculan que pudieron morir hasta un millón. El bacalao del golfo de Alaska se hundió tanto que la pesquería federal cerró en 2020. En el norte de California, el agua cálida, la enfermedad que consume a las estrellas de mar y una explosión de erizos morados destruyeron más del 90 % de los bosques de kelp a lo largo de las costas de Sonoma y Mendocino.
¿Sabías que entre 2018 y 2021 desaparecieron del mar de Bering unos 10.000 millones de cangrejos de las nieves tras una ola de calor marina, y que Alaska canceló por primera vez su temporada de pesca?
Otros océanos cuentan historias parecidas. En 2011 una ola de calor conocida como Ningaloo Niño elevó el agua frente a Australia Occidental hasta 5 °C por encima de lo normal y acabó con el kelp en unos 100 kilómetros de costa. Una ola de calor en el mar de Tasmania duró 251 días en 2015-2016. En el Mediterráneo, las olas de calor de 2003 y de 2022 mataron gorgonias, esponjas y praderas marinas a lo largo de miles de kilómetros de costa rocosa, con agua superficial hasta unos 5 °C por encima de lo normal en algunos puntos.
Hoy las olas de calor marinas se pronostican como el tiempo, con temperaturas por satélite y modelos oceánicos, de modo que los gestores pesqueros y los parques de arrecifes pueden prepararse. Son cada vez más largas, intensas y frecuentes. En tierra, una ola de calor se rompe en días; en el mar puede cocerse a fuego lento todo un año.
Fig. 89 · Las olas de calor marinas. Del «Blob» al Mediterráneo: cuando zonas del mar se recalientan durante meses.
Capítulo 90 · Parte IX
Zonas muertas
En algunas partes del mar los peces huyen, los cangrejos trepan a la orilla y todo lo que no puede escapar se asfixia. Son las zonas muertas: aguas de fondo con menos de unos 2 miligramos de oxígeno disuelto por litro, un estado llamado hipoxia. En 2008 Robert Diaz y Rutger Rosenberg contaron más de 400 zonas muertas costeras en el mundo, que sumaban unos 245.000 kilómetros cuadrados, y su número ha crecido desde entonces. La mayoría son obra humana.
La cadena empieza en tierra. El nitrógeno y el fósforo de los fertilizantes, el estiércol y las aguas residuales bajan por los ríos hasta el mar, donde alimentan enormes floraciones de fitoplancton. Cuando la floración muere, se hunde, y las bacterias que la descomponen consumen el oxígeno del agua. En verano, el agua dulce y cálida de los ríos flota sobre el agua de mar más fría y salada como una tapa, de modo que el oxígeno de la superficie no puede mezclarse hacia abajo. El agua del fondo se vuelve hipóxica, y a veces totalmente anóxica.
El ejemplo más estudiado está en el golfo de México, donde el Misisipi drena alrededor del 41 % de los Estados Unidos continentales, incluido el Cinturón del Maíz. Desde 1985 Nancy Rabalais y sus colegas del Louisiana Universities Marine Consortium cartografían cada verano la zona muerta desde barcos, bajando sensores de oxígeno a lo largo de la plataforma de Luisiana y Texas. En 2017 alcanzó un récord de unos 22.700 kilómetros cuadrados, algo más que Gales. Los camaroneros tienen que ir cada vez más lejos para encontrar capturas.
El mar Báltico alberga una de las mayores zonas muertas creadas por el ser humano. Sus cuencas profundas dependen de raras entradas de agua salada y oxigenada del mar del Norte a través de los estrechos daneses, y entre una y otra, décadas de vertidos agrícolas y urbanos han dejado sin oxígeno hasta unos 70.000 kilómetros cuadrados de fondo. El bacalao del Báltico oriental sufre porque sus zonas de desove se asfixian. La bahía de Chesapeake, el mar de China Oriental y la costa de Omán tienen las suyas.
¿Sabías que por debajo de unos 150 metros el mar Negro carece de oxígeno de forma natural, y que en 2018 unos investigadores anunciaron allí el hallazgo de un barco mercante griego de unos 2.400 años casi perfectamente conservado?
La buena noticia llega precisamente de la somera plataforma noroccidental del mar Negro. En los años setenta y ochenta, los fertilizantes arrastrados por el Danubio y otros ríos crearon allí una zona muerta que llegó a unos 40.000 kilómetros cuadrados. Cuando la Unión Soviética se derrumbó en 1991, el uso de fertilizantes subvencionados se desplomó en la región, y en una década la zona muerta había retrocedido en gran parte y algo de vida regresó, como documentó el científico británico Laurence Mee. La recuperación es parcial y frágil, pero la lección es clara: las zonas muertas no son permanentes. Corta el torrente de nutrientes y el mar podrá volver a respirar.
Fig. 90 · Zonas muertas. Cómo los fertilizantes asfixian las aguas costeras, y cómo un mar logró recuperarse.
Parte X
Salvar los mares
Sobrepesca, plástico y ruido, y quienes están cambiando el rumbo.
Capítulo 91 · Parte X
La sobrepesca
Hay sobrepesca cuando los peces se capturan más deprisa de lo que pueden reproducirse y crecer. Una población de peces es como una cuenta bancaria: si solo se retiran los intereses, el capital sigue rindiendo; si se gasta el capital, la cuenta se vacía. Ese nivel seguro se llama rendimiento máximo sostenible y lo formuló en los años cincuenta el científico pesquero estadounidense Milner Schaefer. En su modelo sencillo, una población rinde su mayor excedente cuando se mantiene en torno a la mitad de su tamaño sin pesca. Si se reduce más, el excedente se encoge con ella.
Ningún colapso enseñó esa lección con más crudeza que el del bacalao del norte en los Grandes Bancos de Terranova. Durante casi cinco siglos tras el viaje de Juan Caboto en 1497, pescadores vascos, portugueses, franceses, ingleses y locales lo capturaron con anzuelo y sedal. Después llegaron los arrastreros factoría diésel, capaces de faenar todo el año y congelar la captura a bordo. Las capturas alcanzaron un máximo de unas 800.000 toneladas en 1968. El límite de pesca de 200 millas que Canadá impuso en 1977 expulsó a las flotas extranjeras, pero las cuotas canadienses siguieron siendo demasiado altas, en parte porque las capturas parecían buenas mientras los arrastreros perseguían los últimos cardúmenes densos. El 2 de julio de 1992, el ministro de Pesca John Crosbie anunció una moratoria. Unas 30.000 personas perdieron su trabajo, y la población reproductora había caído quizá al 1 o 2 % de su tamaño anterior.
¿Sabías que una carta de 1497 cuenta que los marineros de Caboto decían que el mar de Terranova estaba tan lleno de peces que se podían sacar con cestas lastradas con piedras?
Parte del problema es psicológico. En 1995 el científico pesquero Daniel Pauly bautizó el síndrome de la línea de base cambiante: cada generación toma el mar de su juventud como lo normal. La historiadora Loren McClenachan lo demostró con fotografías de peces trofeo colgados en los muelles de Cayo Hueso, en Florida: a finales de los años cincuenta pesaban de media unos 20 kilos; en 2007, unos 2,3 kilos, y los pescadores seguían sonriendo.
La pesca también mata lo que no busca. La captura accesoria incluye delfines, tortugas, tiburones y aves marinas: los albatros se ahogan en los palangres del océano Austral, y la vaquita marina, una pequeña marsopa que solo vive en el golfo de California, ha quedado reducida a unos diez ejemplares por las redes de enmalle ilegales para la totoaba.
En 2024 la FAO informó de que alrededor del 38 % de las poblaciones evaluadas estaban sobreexplotadas. Pero las vedas funcionan: el arenque del mar del Norte se recuperó en una década, y Canadá reabrió en 2024 una modesta pesquería comercial de bacalao del norte. El mar perdona despacio, pero perdona.
Fig. 91 · La sobrepesca. Cómo desapareció el bacalao de los Grandes Bancos y por qué cada generación olvida.
Capítulo 92 · Parte X
Mares de plástico
En 1997, el navegante e investigador Charles Moore volvía a California en su catamarán Alguita tras una regata a Hawái cuando atajó por el corazón en calma del Pacífico Norte. Durante una semana, escribió después, vio plástico en la superficie cada vez que miraba. Había encontrado lo que se conocería como la gran mancha de basura del Pacífico, una zona donde el giro subtropical del Pacífico Norte, la lenta rueda que gira en el sentido de las agujas del reloj formada por la corriente de Kuroshio, la del Pacífico Norte, la de California y la ecuatorial del norte, acumula los residuos llegados de todo el litoral del océano.
No es una isla por la que se pueda caminar, por mucho que lo diga el mito. La mayor parte del plástico es un confeti fino y disperso, a menudo demasiado pequeño para verlo desde un barco. En 2018, Laurent Lebreton y sus colegas, con redes de arrastre y vuelos de reconocimiento, estimaron que la mancha entre Hawái y California ocupa unos 1,6 millones de kilómetros cuadrados y contiene unas 80.000 toneladas de plástico en 1,8 billones de fragmentos. Los aparejos de pesca suponían al menos el 46 % de la masa. Cada uno de los cinco grandes giros subtropicales tiene una zona de acumulación parecida.
El plástico no se pudre: se rompe. El sol y las olas convierten botellas y bolsas en microplásticos, trozos de menos de 5 milímetros, término popularizado en 2004 por el biólogo marino británico Richard Thompson. Se han hallado en el hielo marino del Ártico, en sedimentos abisales y dentro de anfípodos de la fosa de las Marianas, y se ha registrado una bolsa de plástico a 10.898 metros de profundidad. En 2015, Jenna Jambeck y sus colegas calcularon que entre 4,8 y 12,7 millones de toneladas de plástico llegaron al océano desde tierra solo en 2010.
¿Sabías que en 2017 se calculó que la isla Henderson, un atolón deshabitado del Pacífico Sur, tenía unos 38 millones de fragmentos de plástico en sus playas, traídos desde todo el océano?
La fauna paga el precio. En el atolón de Midway, los albatros de Laysan confunden mecheros y tapones con comida y se los dan a sus polluelos. Las redes fantasma, aparejos perdidos o abandonados, siguen atrapando tortugas, tiburones y focas durante años: en Maldivas, el Olive Ridley Project ha rescatado a cientos de tortugas enredadas.
Limpiar mar adentro es lento y caro, así que la mayoría de los expertos sitúan la verdadera solución aguas arriba: mejor recogida de residuos, menos envases de un solo uso y aparejos que puedan rastrearse hasta su dueño. Las negociaciones de la ONU para un tratado mundial sobre plásticos, en Busan en 2024 y Ginebra en 2025, terminaron sin acuerdo. Mientras tanto, la mancha sigue girando, y su plástico es más viejo que muchos de sus lectores.
Fig. 92 · Mares de plástico. Los giros oceánicos reúnen nuestra basura en sopas difusas de redes y microplásticos.
Capítulo 93 · Parte X
Mareas negras
El 18 de marzo de 1967, el superpetrolero Torrey Canyon, con unas 119.000 toneladas de crudo kuwaití, encalló en el arrecife de Seven Stones, entre Land's End y las islas Sorlingas. Fue el primer gran desastre de un petrolero y nadie sabía qué hacer. El crudo cubrió playas de Cornualles y Bretaña. La Marina Real y la RAF bombardearon el pecio para incendiar la mancha, y se rociaron miles de toneladas de detergentes industriales en la costa que, como mostraron estudios posteriores, mataron más lapas, percebes y algas que el propio petróleo.
El crudo es una mezcla de miles de hidrocarburos. Al derramarse, las fracciones ligeras se evaporan en días, las olas baten el resto hasta formar una emulsión pegajosa apodada mousse de chocolate, y bacterias como Alcanivorax digieren poco a poco lo que queda. El petróleo mata al recubrir: las aves pierden la impermeabilidad de sus plumas y mueren de frío, igual que las nutrias marinas, que dependen de su pelaje y no de la grasa.
Poco después de la medianoche del 24 de marzo de 1989, el Exxon Valdez chocó contra el arrecife Bligh, en el estrecho del Príncipe Guillermo, en Alaska, y vertió unas 37.000 toneladas de crudo. El petróleo se extendió por unos 2.000 kilómetros de costa y mató a unas 250.000 aves marinas, miles de nutrias y cientos de focas. Décadas después aún quedan bolsas de crudo bajo la grava de las playas. El vertido dio lugar a la Ley de Contaminación por Petróleo de Estados Unidos de 1990 y a la retirada progresiva de los petroleros de casco sencillo en favor del doble casco.
¿Sabías que el mayor vertido de un petrolero registrado no fue ninguno de los tres famosos, sino el del Atlantic Empress, que perdió unas 287.000 toneladas tras una colisión frente a Tobago en 1979, aunque casi todo ardió o se dispersó en el mar?
El mayor vertido accidental en el mar no salió de un barco, sino de un pozo. El 20 de abril de 2010 estalló la plataforma Deepwater Horizon en el golfo de México y murieron 11 trabajadores. El pozo Macondo, a unos 1.500 metros de profundidad, manó durante 87 días y liberó unos 4,9 millones de barriles hasta que se selló el 15 de julio. Por primera vez se inyectó dispersante en la boca del pozo, y se formaron enormes plumas profundas que los buques científicos siguieron durante kilómetros.
La buena noticia está en las estadísticas. La federación ITOPF cuenta los vertidos de petroleros de más de 700 toneladas: unos 25 al año en la década de 1970 y menos de dos al año en la de 2010. Siguen ocurriendo accidentes, como el del granelero Wakashio en Mauricio en 2020, pero las normas, el doble casco y la mejor navegación funcionan. Cada norma de seguridad de un petrolero está escrita con petróleo.
Fig. 93 · Mareas negras. Tres desastres, tres lecciones: de bombardear un pecio a taponar un pozo profundo.
Capítulo 94 · Parte X
Un mar más ruidoso y luminoso
El océano nunca fue silencioso, pero antes era más tranquilo. El sonido viaja unas cuatro veces y media más rápido en el agua que en el aire y puede recorrer cientos de kilómetros, por eso ballenas, delfines y muchos peces lo usan para encontrar comida, pareja y a los suyos. Desde los años cincuenta se ha sumado al coro una voz nueva: el rumor grave y constante de unos 100.000 grandes buques mercantes. Lo más ruidoso de un barco suele ser la hélice, donde la cavitación, el colapso de diminutas burbujas de vapor en las palas, produce un estruendo que se solapa con las llamadas graves de las ballenas azules y los rorcuales comunes.
Sabemos que el mar es cada vez más ruidoso porque llevamos décadas escuchándolo. Frente a la isla de San Nicolás, en California, Mark McDonald, John Hildebrand y Sean Wiggins compararon grabaciones de los años sesenta con otras de principios de los 2000 y hallaron un ruido de baja frecuencia unos 10 decibelios mayor, aproximadamente diez veces más energía sonora. La prueba más llamativa llegó por casualidad: tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 bajó el tráfico en la bahía de Fundy, en Canadá, el ruido submarino cayó unos 6 decibelios y Rosalind Rolland y sus colegas observaron que también bajaban las hormonas del estrés de la ballena franca del Atlántico Norte.
Algunos sonidos son más agudos. En marzo de 2000, 17 cetáceos, la mayoría zifios, vararon en las Bahamas pocas horas después de unas maniobras de la Marina de Estados Unidos con sonar de frecuencia media; un informe oficial concluyó que el sonar era la causa más plausible. Tras varamientos similares en Canarias en 2002, se hallaron lesiones por burbujas de gas en los animales muertos, y España prohibió en 2004 las maniobras con sonar en torno a las islas.
¿Sabías que las flotas que pescan calamar usan lámparas tan potentes para atraerlo a la superficie que se ven en las imágenes nocturnas de la Tierra tomadas por satélite, desde el mar del Japón hasta aguas argentinas?
La luz es la contaminación más reciente. Un estudio de 2021 dirigido por Tim Smyth estimó que la luz artificial de las costas alcanza niveles biológicamente relevantes en unos 1,9 millones de kilómetros cuadrados de mar. Las crías de tortuga, que buscan el mar guiándose por el horizonte más brillante, se arrastran hacia las farolas; las playas de Florida usan ahora una iluminación tenue y ámbar durante la temporada de anidación.
A diferencia del plástico, el ruido se detiene en cuanto se apaga su fuente. Mejores hélices, cascos limpios y menor velocidad lo reducen. Desde 2017, el programa ECHO del puerto de Vancouver pide a los barcos que reduzcan la marcha en el estrecho de Haro, hogar de las orcas residentes del sur, y la Organización Marítima Internacional actualizó sus directrices en 2023. Bajar el volumen del mar es algo que podríamos hacer de un día para otro.
Fig. 94 · Un mar más ruidoso y luminoso. Hélices, sonares y focos invaden un mundo construido sobre el sonido y la oscuridad.
Capítulo 95 · Parte X
Polizones e invasores
Todo gran barco lleva un mar oculto. Para mantenerse estables cuando van vacíos, los buques de carga bombean agua de lastre a sus tanques en un puerto y la vierten en otro, a menudo en la otra punta del mundo. Así se trasladan miles de millones de toneladas al año, junto con el plancton, las larvas, los cangrejos y los microbios que suben a bordo con ella. La mayoría muere en los tanques oscuros. Unos pocos sobreviven al viaje, y algunos encuentran un nuevo hogar sin depredadores, parásitos ni competidores. Entonces el polizón se convierte en especie invasora.
El caso más espectacular empezó a principios de los años ochenta, cuando se registró por primera vez en el mar Negro un ctenóforo del Atlántico occidental, Mnemiopsis leidyi. Poco más que una bolsa transparente de células pegajosas, devora zooplancton, huevos y larvas de peces y puede duplicar su número en días. En 1989 se estimaba su biomasa en unos mil millones de toneladas, y la pesquería de anchoa se hundió, con ayuda de la sobrepesca y la contaminación. El alivio llegó por la misma vía: en 1997 apareció otro ctenóforo, Beroe ovata, que se alimenta de Mnemiopsis, y el plancton empezó a recuperarse. En Norteamérica, el mejillón cebra, descubierto en el lago St. Clair en 1988 tras llegar en el lastre, atasca desde entonces las tomas de agua de los Grandes Lagos.
No todos los invasores viajan en barco. El pez león, depredador rayado del Indopacífico con espinas venenosas, se registró frente a Florida en 1985, casi seguro liberado de acuarios domésticos. Desde entonces se ha extendido por el Caribe, el golfo de México y hasta Brasil. En 2008, Mark Albins y Mark Hixon comprobaron que un solo pez león en un pequeño arrecife de las Bahamas reducía en torno al 79 % en cinco semanas los peces nativos jóvenes que se asentaban allí. Hoy los buceadores organizan torneos de captura y los restaurantes lo sirven: quizá la medida de conservación más sabrosa jamás ideada.
¿Sabías que desde la apertura del canal de Suez en 1869 cientos de especies del mar Rojo han pasado al Mediterráneo, una migración llamada lessepsiana en honor de Ferdinand de Lesseps?
Los cascos también llevan pasajeros. Percebes, ascidias y algas se adhieren como incrustaciones biológicas, y así, y en el lastre, el cangrejo verde europeo ha llegado a Sudáfrica, Australia y las dos costas de Norteamérica. En 1984, una cepa del alga Caulerpa taxifolia, probablemente escapada de un acuario de Mónaco, empezó a asfixiar las praderas marinas del Mediterráneo.
Prevenir es mucho más barato que curar. El Convenio sobre la Gestión del Agua de Lastre de la Organización Marítima Internacional entró en vigor en 2017 y obliga a tratar el lastre con filtros, luz ultravioleta u otros sistemas antes de verterlo. Una vez asentado un invasor, erradicarlo casi nunca es posible: la mejor defensa es que el próximo polizón no baje del barco.
Fig. 95 · Polizones e invasores. Lastres, canales y acuarios trasladan especies entre océanos, a veces con caos.
Capítulo 96 · Parte X
Las áreas marinas protegidas
Un área marina protegida es cualquier franja de mar reservada para conservar la naturaleza, pero la etiqueta abarca mucho. Algunas solo prohíben las perforaciones petrolíferas o la pesca de arrastre de fondo y permiten casi todo lo demás. La forma más estricta, la reserva marina integral, prohíbe toda pesca y extracción. Muchas reservas se dividen como una diana: un núcleo totalmente protegido, una zona de amortiguación donde se permite pesca limitada o tradicional y el mar abierto más allá.
Una de las primeras reservas integrales se creó en 1975 en Leigh, al norte de Auckland, en Nueva Zelanda, tras años de campaña del científico marino Bill Ballantine. En pocas décadas, los pargos de su interior eran varias veces más numerosos y grandes que los de fuera, y las langostas regresaron en masa. Los grandes depredadores se comieron entonces los erizos que habían dejado las rocas peladas, y los bosques de algas volvieron a crecer.
¿Sabías que en Cabo Pulmo, en el golfo de California, donde familias de pescadores apoyaron un parque sin pesca creado en 1995, la biomasa de peces del arrecife aumentó en torno a un 460 % entre 1999 y 2009?
La protección también beneficia a quienes pescan fuera. Los peces y langostas que crecen en la reserva cruzan el límite, y las hembras grandes liberan muchísimos más huevos, cuyas larvas viajan con las corrientes. Este efecto desbordamiento se ha medido en la isla Apo, en Filipinas, donde el biólogo Angel Alcala ayudó a los isleños a crear un pequeño santuario en 1982, y en reservas mediterráneas como las Columbretes, donde aumentaron las capturas de langosta cerca de los bordes. Los pescadores lo saben antes que nadie: calan sus redes justo en la línea.
El tamaño también importa. Papahānaumokuākea, en el noroeste del archipiélago de Hawái, fue declarado monumento nacional marino en 2006 y ampliado en 2016 a unos 1,5 millones de kilómetros cuadrados, refugio de focas monje, tiburones y millones de aves y lugar sagrado para la tradición hawaiana. En 2016, los países del sistema del Tratado Antártico acordaron proteger unos 1,55 millones de kilómetros cuadrados del mar de Ross.
En diciembre de 2022, casi 200 países suscribieron el objetivo 30x30 del marco de Kunming-Montreal: proteger el 30 % de la tierra y el mar para 2030. El mundo va muy retrasado: en torno al 8 % del océano está en áreas protegidas y menos del 3 % goza de protección total o alta. Muchos lugares son parques de papel, líneas en un mapa sin patrullas ni normas que se cumplan. El seguimiento por satélite de los pesqueros los hace cada vez más difíciles de ocultar. Una reserva vale lo que su vigilancia, pero donde es real, el mar se vuelve a llenar.
Fig. 96 · Las áreas marinas protegidas. Prohíbe pescar en un rincón del mar y los peces crecen, abundan y desbordan el límite.
Capítulo 97 · Parte X
Devolver la vida a arrecifes y bosques de kelp
Durante casi toda la historia, conservar el mar significaba dejarlo en paz. La restauración va un paso más allá: reconstruye hábitats ya perdidos. Buceadores, científicos, pescadores y voluntarios mantienen viveros submarinos y bancos de semillas en casi todas las costas, con herramientas sorprendentemente sencillas: cuerdas, cemento, sacos de conchas viejas y mucha paciencia.
El esfuerzo más conocido es la jardinería de coral. En los cayos de Florida, donde los corales cuerno de ciervo y cuerno de alce quedaron devastados por enfermedades y blanqueamiento desde los años ochenta, la Coral Restoration Foundation, fundada por Ken Nedimyer en 2007, cuelga fragmentos de coral en estructuras submarinas con forma de árbol de Navidad y, cuando crecen, los cementa de nuevo en el arrecife. En el Mote Marine Laboratory, el biólogo David Vaughan descubrió por accidente que diminutos fragmentos de corales masivos cicatrizan y se extienden mucho más deprisa que una colonia entera: la microfragmentación. En la Gran Barrera de Coral, Peter Harrison y sus colegas recogen el desove durante la puesta masiva anual y liberan las larvas sobre arrecifes dañados. La ola de calor marina de 2023 mató muchos corales de los viveros de Florida, y hubo que evacuar otros a tanques en tierra.
El kelp también contraataca. Frente al norte de California desapareció más del 90 % del kelp toro después de 2014, cuando una ola de calor y una enfermedad de las estrellas de mar dejaron proliferar a los erizos morados. Ahora los buceadores los retiran a mano. En Tasmania, que ha perdido alrededor del 95 % de sus bosques de kelp gigante desde mediados del siglo XX, se crían variedades tolerantes al calor. En Inglaterra, la prohibición de la pesca de arrastre en 304 kilómetros cuadrados de la costa de Sussex en 2021 busca el regreso de los lechos de kelp.
¿Sabías que una ostra adulta puede filtrar unos 190 litros de agua al día, y que el puerto de Nueva York tuvo tantos arrecifes de ostras que la ciudad era famosa por ellas?
Aquellos bancos desaparecieron hace un siglo por el dragado y la contaminación. Desde 2014, el Billion Oyster Project reconstruye arrecifes en el puerto con colegios y restaurantes que donan sus conchas usadas, con la meta de mil millones de ostras para 2035. En la costa de Virginia, Robert Orth y sus colegas empezaron a esparcir semillas de zostera a finales de los noventa; en 2020 las praderas ocupaban unas 3.600 hectáreas, las vieiras habían vuelto y la hierba marina almacenaba carbono en el fango.
La restauración no puede ganarle la carrera a un océano que se calienta, y cuesta mucho más por hectárea que proteger lo que queda. Pero logra algo que ninguna ley consigue: demuestra con las propias manos que un hábitat perdido puede volver a crecer.
Fig. 97 · Devolver la vida a arrecifes y bosques de kelp. Jardineros del mar replantan corales, kelp, ostras y praderas, fragmento a fragmento.
Capítulo 98 · Parte X
El Tratado de Alta Mar
Más allá de unas 200 millas náuticas de la costa, el mar no pertenece a nadie. Según la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar de 1982, cada Estado costero controla la pesca y la minería en su zona económica exclusiva, pero el agua de más allá es alta mar: unos dos tercios de la superficie oceánica y casi la mitad del planeta. Durante décadas, sus normas fueron parciales: organismos regionales gestionaban algunas pesquerías, la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos se ocupaba de los minerales y la navegación tenía su propia agencia. Nadie podía crear un área protegida en mar abierto, y solo en torno al 1 % de la alta mar estaba protegido.
La solución tardó casi veinte años. Las conversaciones comenzaron en la ONU en 2004 y se estancaron una y otra vez. Por fin, el 4 de marzo de 2023, tras una última sesión que se prolongó toda la noche en Nueva York, la presidenta de la conferencia, Rena Lee, de Singapur, anunció que «el barco ha llegado a la orilla». El Acuerdo BBNJ, siglas en inglés de biodiversidad más allá de la jurisdicción nacional, conocido como Tratado de Alta Mar, se adoptó formalmente el 19 de junio de 2023.
El tratado se apoya en cuatro pilares. Primero, los recursos genéticos marinos: los genes de microbios y esponjas abisales pueden convertirse en medicamentos y enzimas, y sus beneficios deben repartirse de forma justa, también con los países pobres. Segundo, las herramientas de gestión por áreas, incluidas las áreas marinas protegidas en alta mar, que pueden crearse por votación de las partes. Tercero, las evaluaciones de impacto ambiental para actividades que puedan dañar el mar abierto. Cuarto, la creación de capacidad y la transferencia de tecnología marina, para que los países sin flotas científicas puedan participar.
¿Sabías que la alta mar cubre alrededor del 43 % de la superficie de la Tierra, más que todas las tierras emergidas juntas?
Un tratado no es más que palabras hasta que lo ratifican suficientes países. Necesitaba 60 ratificaciones y superó esa cifra en septiembre de 2025, de modo que entró en vigor 120 días después, el 17 de enero de 2026. Su primera Conferencia de las Partes debe reunirse antes de un año. Los científicos ya han propuesto candidatos como el mar de los Sargazos, donde anguilas y tortugas pasan sus primeros años; las dorsales de Salas y Gómez y de Nazca, frente a Chile y Perú, y el Domo Térmico de Costa Rica, lugar de reunión de ballenas azules.
El tratado no regula directamente la pesca, que sigue en manos de los organismos regionales, y algunas grandes potencias pesqueras y mineras no lo habían ratificado al entrar en vigor. Aun así, por primera vez el mar abierto tiene una vía legal para ser protegido. La alta mar ya no es solo el espacio entre las aguas de otros.
Fig. 98 · El Tratado de Alta Mar. Dos tercios del océano no son de ningún país. En 2023 el mundo acordó cómo protegerlos.
Capítulo 99 · Parte X
La minería submarina
Esparcidos por partes de la llanura abisal, como guijarros sobre un césped oscuro, yacen los nódulos polimetálicos: bultos del tamaño de una patata, ricos en manganeso, níquel, cobalto y cobre. El HMS Challenger los dragó por primera vez en 1873. Cada uno crece alrededor de un pequeño núcleo, como un diente de tiburón o un trozo de concha, a medida que los metales precipitan del agua y del sedimento, y solo aumenta unos milímetros por cada millón de años. El campo más rico es la zona Clarion-Clipperton, en el Pacífico entre Hawái y México, de unos 4,5 millones de kilómetros cuadrados y entre 4.000 y 6.000 metros de profundidad.
Esos metales van a las baterías de coches eléctricos y al almacenamiento de energía, de ahí el interés creciente. La minería usaría un vehículo colector del tamaño de un tractor que avanzaría por el fondo aspirando la capa superior de nódulos y sedimento y los bombearía por un tubo ascendente de varios kilómetros hasta un barco. El agua turbia sobrante se devolvería al mar, formando plumas de sedimento. En 2022, una prueba piloto de The Metals Company y la empresa Allseas extrajo miles de toneladas de nódulos.
Los fondos marinos fuera de las aguas nacionales los gobierna la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos, con sede en Kingston, Jamaica, que considera sus minerales patrimonio común de la humanidad. Ha concedido contratos de exploración, 17 de ellos para nódulos en la zona Clarion-Clipperton, pero aún no ha aprobado normas para la explotación comercial. En 2025, impaciente, The Metals Company solicitó un permiso a Estados Unidos al amparo de una ley nacional de 1980; Estados Unidos nunca ha ratificado la Convención sobre el Derecho del Mar.
¿Sabías que los surcos trazados en el fondo de la cuenca de Perú durante el experimento DISCOL de 1989 seguían claramente visibles, con la vida solo en parte recuperada, cuando los científicos volvieron 26 años después?
Los biólogos advierten de que vamos a explotar un lugar que apenas conocemos. Una revisión de 2023 dirigida por Muriel Rabone contó unas 5.500 especies registradas en la zona, alrededor del 90 % nuevas para la ciencia, desde esponjas de cristal hasta pulpos fantasmales que incuban sus huevos en tallos de esponjas anclados a los nódulos. En julio de 2024, Andrew Sweetman y sus colegas publicaron en Nature Geoscience que en el fondo oscuro se producía oxígeno, quizá por corrientes eléctricas entre nódulos que separan el agua. Esa hipótesis del oxígeno oscuro está muy debatida y hay nuevos experimentos en marcha.
Más de 30 países piden una moratoria o una pausa precautoria hasta que la ciencia sea más clara, mientras otros sostienen que el mundo necesita esos metales y que las minas terrestres también causan daños. Un nódulo que tardó diez millones de años en crecer puede subirse en segundos; la pregunta es si entendemos lo que estamos subiendo.
Fig. 99 · La minería submarina. Nódulos del tamaño de una patata guardan metales para baterías. ¿Debemos recogerlos?
Capítulo 100 · Parte X
El futuro del océano
Después de un libro de colapsos, vertidos e invasores, es justo preguntarse si el océano tiene un futuro que merezca esperanza. Los datos dicen que sí. El mar es resiliente y, cuando se le da una oportunidad, a menudo se recupera más deprisa de lo esperado. El reto de las próximas décadas es que esas oportunidades sean la norma y no la excepción.
La prueba más clara son las ballenas. La caza comercial mató a casi tres millones en el siglo XX. En 1982, la Comisión Ballenera Internacional votó una moratoria sobre la caza comercial, que entró en vigor en 1986. Las yubartas del Atlántico Sur occidental, que se alimentan cerca de Georgia del Sur y se reproducen frente a Brasil, habían caído quizá a 450 ejemplares en los años cincuenta. En 2019, un estudio dirigido por Alexandre Zerbini las estimó en unas 25.000, cerca del 93 % de su población antes de la caza. Las yubartas del este de Australia también se han recuperado, y cada invierno sus cantos llenan las aguas de Sídney.
¿Sabías que los elefantes marinos del norte quedaron reducidos quizá a unas pocas decenas en la década de 1890 y hoy, protegidos en México y Estados Unidos, suman cientos de miles?
Hay otras recuperaciones en marcha. Las tortugas verdes que anidan en Hawái se han multiplicado desde su protección en los años setenta, y las nutrias marinas han vuelto a buena parte de la costa pacífica de Norteamérica. Pesquerías como la del arenque del mar del Norte demuestran que la gestión funciona cuando se hace cumplir.
El mundo también escribe normas nuevas. El Decenio de las Naciones Unidas de las Ciencias Oceánicas para el Desarrollo Sostenible, de 2021 a 2030 y coordinado por la Comisión Oceanográfica Intergubernamental de la UNESCO, financia desde la cartografía del fondo marino hasta la alerta temprana de tsunamis. El objetivo 30x30 acordado en 2022 aspira a proteger casi un tercio del mar; el acuerdo de la Organización Mundial del Comercio contra las subvenciones pesqueras perjudiciales entró en vigor en septiembre de 2025, y el Tratado de Alta Mar, en enero de 2026. Las boyas robóticas Argo, los satélites y los animales marcados ofrecen hoy una visión del océano mucho más nítida que hace una generación.
¿Qué pueden hacer los países? Vigilar sus reservas, acabar con las subvenciones a la sobrepesca, frenar la fuga de plástico desde tierra y, sobre todo, recortar las emisiones de carbono. ¿Y cada persona? Elegir pescado de pesquerías bien gestionadas, usar menos plástico desechable, sumarse a la ciencia ciudadana y votar a quien se tome el océano en serio.
El océano fabricó el aire que respiramos, estabiliza el clima y alimenta a miles de millones de personas. Las ballenas han demostrado lo que ocurre cuando dejamos de tomar más de lo que el mar puede dar: devuelve.
Fig. 100 · El futuro del océano. Ballenas que vuelven, reservas, tratados: el océano se recupera si lo dejamos.
Los océanos · Primera edición, octubre de 2026
100 capítulos · 10 partes · cien diagramas
por Mat Siems · The Visual Encyclopaedia, No. 5 · 2026