Cómo conocemos el pasado y la historia de todo lo que hemos creado
por Mat Siems
PARTES I–X · CAPÍTULOS 1–100 · MATSIEMS.COM
Parte I
El oficio del historiador
Cómo sabemos lo que sabemos sobre el pasado.
Capítulo 1 · Parte I
¿Qué es la historia?
La historia no es el pasado en sí, que ya no existe, sino el relato que construimos con lo que el pasado dejó atrás. La palabra viene del griego historia, que significa indagación, y ese sigue siendo el oficio: interrogar los testimonios y seguir las respuestas adondequiera que lleven.
El registro escrito comienza hacia el 3200 a. C., cuando los escribas de ciudades mesopotámicas como Uruk empezaron a imprimir signos en la arcilla. Todo lo anterior suele llamarse prehistoria y se conoce por huesos, herramientas y edificios, no por palabras. Los primeros que se presentaron como investigadores del pasado llegaron mucho después. Hacia el 430 a. C., Heródoto de Halicarnaso se propuso explicar por qué griegos y persas habían ido a la guerra: viajó mucho, interrogó a sacerdotes y sopesó versiones rivales. Su sucesor Tucídides, que narró la guerra entre Atenas y Esparta, fue más severo: desconfiaba de la leyenda y procuraba contrastar a sus testigos entre sí.
Otras tradiciones llegaron a la misma idea por su cuenta. En China, Sima Qian terminó hacia el 90 a. C. sus Memorias históricas: 130 capítulos que abarcan unos dos mil años, desde los soberanos legendarios hasta su propio emperador, Wu de Han. Usó los archivos de la corte, visitó personalmente los lugares, y su combinación de anales, tablas y biografías moldeó la historia oficial china durante dos milenios. En 1377, el sabio norteafricano Ibn Jaldún escribió la Muqaddima, una introducción a la historia que se preguntaba por qué surgen y caen las dinastías y advertía contra los relatos que desafían el sentido común.
La disciplina moderna tomó forma en las universidades alemanas del siglo XIX. Leopold von Ranke pidió a los historiadores mostrar el pasado «tal como fue en realidad», a partir de documentos originales estudiados en los archivos. En 1961, el historiador británico E. H. Carr dio un ciclo de conferencias titulado ¿Qué es la historia? y respondió a su propia pregunta con una frase célebre: «un diálogo sin fin entre el presente y el pasado». Los hechos, sostenía, no hablan por sí solos; es el historiador quien decide cuáles importan.
¿Sabías que el orador romano Cicerón fue el primero en llamar a Heródoto «padre de la historia», y que críticos posteriores, escépticos ante algunos de sus relatos, lo apodaron padre de las mentiras?
La historia es, por tanto, prueba y argumento a la vez. Se nutre de documentos, objetos, paisajes, ADN y recuerdos, y cada generación aporta preguntas nuevas sobre las mujeres, el clima, el comercio o la enfermedad. Por eso la historia se reescribe sin cesar mientras el pasado sigue exactamente donde estaba. Saber cómo se fabrica el relato es, además, la mejor defensa contra quienes quieren contarlo en falso. El pasado no puede cambiarse, pero siempre puede entenderse mejor.
Fig. 1 · ¿Qué es la historia?. Del pasado desaparecido al relato escrito: huellas, preguntas, debate y revisión.
Capítulo 2 · Parte I
Fuentes primarias y secundarias
Toda historia descansa en fuentes, que los historiadores clasifican en dos familias. Una fuente primaria se hizo en su momento, a cargo de alguien cercano a los hechos: una carta, un registro fiscal, una fotografía, una moneda, un diario. Una fuente secundaria se hace después, a cargo de alguien que estudia las primarias: una biografía, un manual, un documental o este mismo libro.
Algunas de las fuentes primarias más antiguas son burocráticas. Las cartas de Amarna, unas 380 tablillas de arcilla halladas en Egipto en 1887, son correspondencia diplomática del siglo XIV a. C., escrita sobre todo en cuneiforme acadio entre la corte del faraón y los soberanos de Babilonia, Mitanni y Canaán. En Vindolanda, un fuerte romano junto al muro de Adriano, los arqueólogos han recuperado desde 1973 cientos de finas tablillas de madera, la mayoría de hacia el año 100: turnos de guardia, una petición de más cerveza, un paquete de calcetines y una invitación de cumpleaños de Claudia Severa a su amiga Sulpicia Lepidina. En 1086, los funcionarios de Guillermo el Conquistador inventariaron Inglaterra para el Domesday Book, anotando quién tenía cada tierra y cuánto valía.
Los diarios aportan una voz más personal. Samuel Pepys llevó el suyo en taquigrafía de 1660 a 1669, y su relato del gran incendio de Londres sigue siendo el testimonio presencial que más citan los historiadores.
¿Sabías que mientras el gran incendio avanzaba, en septiembre de 1666, Pepys cavó un hoyo en su jardín y enterró allí su vino y su queso parmesano para salvarlos de las llamas?
Primaria no significa verdadera. Toda fuente la hizo alguien, para alguien y con algún fin. El Domesday Book muestra lo que el rey quería gravar, no lo que sentían los campesinos; el parte de un general halaga al general. Por eso los historiadores practican la crítica de fuentes: preguntan quién hizo el documento, cuándo, para quién y por qué, qué omite y si otros testimonios coinciden. Dos fuentes modestas que concuerdan de forma independiente pueden pesar más que una muy segura de sí misma.
La frontera entre ambas familias también se mueve según la pregunta. Historia de la decadencia y caída del Imperio romano, de Edward Gibbon, publicada entre 1776 y 1789, es una fuente secundaria sobre Roma pero primaria sobre cómo pensaba un caballero de la Ilustración. Un manual victoriano no sirve de nada sobre los Tudor y vale oro sobre la escuela victoriana. Las enciclopedias, que resumen la obra secundaria, se llaman a veces fuentes terciarias: buenos mapas, pero no el terreno.
La costumbre de rastrear una afirmación hasta su origen nunca ha importado tanto. Una captura de pantalla, una cita en un cartel o un vídeo viral valen lo que vale su procedencia, y hacerles las preguntas del historiador es la defensa más sencilla contra el engaño.
Fig. 2 · Fuentes primarias y secundarias. Las fuentes primarias son de la época; las secundarias las interpretan después.
Capítulo 3 · Parte I
Arqueología: leer el suelo
La arqueología estudia el pasado humano a través de lo que la gente dejó en el suelo: herramientas, basura, huesos, muros, semillas e incluso las manchas oscuras donde un día hubo postes de madera. Llega mucho más atrás que la escritura y, aun en sociedades letradas, registra vidas que ningún escriba se molestó en mencionar.
Las ganas de excavar son antiguas. Nabónido, último rey de Babilonia en el siglo VI a. C., excavó los cimientos de templos antiguos para descubrir los nombres de los reyes que los habían construido. En la década de 1920, Leonard Woolley, excavando en Ur, halló una sala con objetos más antiguos acompañados de cilindros de arcilla rotulados, que algunos describen como un museo de la hija de Nabónido, Ennigaldi-Nanna. En 1784, Thomas Jefferson abrió una zanja en un túmulo funerario de Virginia y anotó sus capas, un paso que suele considerarse la primera excavación científica. Aun así, la caza de tesoros dominó mucho tiempo: los primeros excavadores de Pompeya, desde 1748, abrían galerías en busca de estatuas y apenas prestaban atención a las casas corrientes.
La idea clave de la arqueología moderna es el contexto. La posición de un objeto, la tierra que lo rodea y lo que yace a su lado dicen más que el objeto solo. Como excavar destruye lo que saca a la luz, cada capa debe registrarse sobre la marcha con planos, dibujos de perfiles, fotografías y fichas de unidades estratigráficas numeradas. En los años treinta, Mortimer Wheeler organizó sus excavaciones como una cuadrícula de cuadros separados por paredes de tierra sin excavar, los testigos, en cuyos lados se leen las capas.
La arqueología también corrige prejuicios. Autores coloniales insistían en que los grandes recintos de piedra del Gran Zimbabue, levantados aproximadamente entre los siglos XI y XV, no podían ser obra africana. En 1929, las excavaciones de Gertrude Caton-Thompson demostraron que los habían construido los antepasados del pueblo shona de la zona. En 1974, unos campesinos que cavaban un pozo cerca de Xi'an, en China, dieron con los guerreros de terracota, miles de soldados de arcilla que custodian la tumba del Primer Emperador.
¿Sabías que cuando se excavó el barco funerario de Sutton Hoo en 1939 su madera se había podrido por completo, y que los arqueólogos reconstruyeron la nave de 27 metros a partir de las hileras de remaches de hierro que quedaron en la arena?
Hoy buena parte de la arqueología se hace sin pala. La fotografía aérea, el georradar y el lidar, un escaneo láser desde aviones, ven a través de las copas de los árboles: desde 2018, los estudios han revelado decenas de miles de estructuras mayas bajo la selva de Guatemala. La excavación se reserva cada vez más para los yacimientos amenazados por obras. Cada zanja es un experimento que jamás podrá repetirse, así que el verdadero fruto de una excavación no son los hallazgos, sino el registro.
Fig. 3 · Arqueología: leer el suelo. Una cuadrícula de excavación: cada capa y cada hallazgo se registran en su sitio.
Capítulo 4 · Parte I
Estratigrafía: las capas del tiempo
La estratigrafía estudia las capas, o estratos, y se basa en una regla que entendería un niño: en una pila sin alterar, lo que está abajo se depositó primero. Basura, suelos, muros caídos, limo de inundaciones y ceniza se acumulan con el tiempo, de modo que un corte en el terreno es un calendario que se lee de abajo arriba.
La regla la formuló en 1669 el científico danés Nicolás Steno, que estudiaba las rocas de la Toscana, y se conoce como ley de superposición. Geólogos como William Smith, cuyo mapa de Inglaterra y Gales de 1815 fue el primer mapa geológico de todo un país, la usaron para ordenar la historia de la Tierra. Los arqueólogos la adoptaron en el siglo XIX y sigue siendo la columna vertebral de toda excavación.
Nada lo muestra mejor que un tell, palabra árabe para un montículo formado por asentamientos superpuestos. En Hisarlik, en el noroeste de Turquía, el lugar de Troya, los arqueólogos distinguen nueve ciudades principales apiladas a lo largo de unos tres mil años. Heinrich Schliemann abrió desde 1871 una enorme zanja en el montículo buscando la ciudad de Homero y destruyó buena parte de los indicios que perseguía. El tesoro de oro que halló en 1873 y llamó tesoro de Príamo procedía de una capa más de mil años anterior a cualquier guerra de Troya verosímil. En Jericó, las cuidadosas zanjas de Kathleen Kenyon en los años cincuenta alcanzaron una torre de piedra construida hacia el 8000 a. C., una de las construcciones monumentales más antiguas que se conocen.
¿Sabías que Schliemann sacó de contrabando el tesoro de Príamo del Imperio otomano, que desapareció de Berlín en 1945 y que hasta 1993 Rusia no admitió que se guardaba en el Museo Pushkin de Moscú?
El terreno real rara vez es tan ordenado. La gente cava fosas, pozos y tumbas que cortan las capas más antiguas, y los animales excavadores mueven pequeños objetos arriba y abajo. Por eso los arqueólogos registran cada depósito y cada corte como una unidad numerada y averiguan qué fue antes de qué. En 1973, Edward Harris, que trabajaba en las excavaciones de Winchester, ideó la matriz de Harris, un diagrama que muestra esas relaciones para miles de unidades a la vez.
Las capas dan fechas relativas: más antiguo o más reciente. Los objetos que contienen pueden añadir fechas absolutas. Una moneda acuñada en el año 330, sellada en una capa de incendio, demuestra que esa capa se formó en el 330 o después, un límite que los arqueólogos llaman terminus post quem, la fecha después de la cual. Junto con el radiocarbono y los anillos de los árboles, el humilde pastel de capas se convierte en un reloj preciso. Leído con cuidado, el suelo lleva su propio diario.
Fig. 4 · Estratigrafía: las capas del tiempo. Corte de un tell: las capas se apilan en orden, las fosas las cortan, las monedas datan.
Capítulo 5 · Parte I
La datación por radiocarbono
La datación por radiocarbono mide cuánto tiempo hace que murió un ser vivo. Sirve para todo lo que alguna vez tomó carbono del aire o de los alimentos: madera, carbón vegetal, hueso, semillas, conchas, tejidos, pergamino. Desde su invención, ninguna otra técnica ha hecho tanto por poner fechas al pasado humano.
El método se basa en una peculiaridad de la física. En lo alto de la atmósfera, los rayos cósmicos convierten un poco de nitrógeno en carbono 14, una forma radiactiva del carbono. Se mezcla con el aire como dióxido de carbono, las plantas lo absorben mediante la fotosíntesis y los animales y las personas lo incorporan al comer plantas. Mientras un organismo vive, su proporción de carbono 14 coincide con la del aire. Al morir, la absorción se detiene y el carbono 14 decae a un ritmo constante, reduciéndose a la mitad aproximadamente cada 5730 años. Midiendo lo que queda se calcula el tiempo transcurrido desde la muerte, hasta unos 50 000 años atrás.
El químico estadounidense Willard Libby y su equipo de la Universidad de Chicago desarrollaron el método a finales de los años cuarenta, probándolo con objetos de edad conocida como madera de tumbas egipcias. Libby recibió el Premio Nobel de Química en 1960. Los resultados se expresan en años «antes del presente», y el presente se fijó en 1950 para que las fechas no se desplacen con el paso del tiempo.
¿Sabías que las pruebas de bombas nucleares de los años cincuenta y principios de los sesenta casi duplicaron el carbono 14 de la atmósfera del hemisferio norte, y que ese «pico de las bombas» sirve hoy para datar vinos recientes, marfil e incluso células humanas?
Luego llegó una sorpresa. La cantidad de carbono 14 en el aire no ha sido constante, así que las fechas sin corregir pueden errar en siglos. Los investigadores las corrigieron con madera de edad conocida, contando hacia atrás los anillos de longevos pinos de Bristlecone y robles europeos; la curva internacional de calibración actual se llama IntCal. Los efectos fueron espectaculares. En 1973, Before Civilization, de Colin Renfrew, mostró que las tumbas megalíticas de la Europa atlántica eran más antiguas que las pirámides de Egipto, y derribó la vieja idea de que todo invento se había difundido desde Oriente Próximo.
Una segunda revolución llegó con la espectrometría de masas con acelerador, que cuenta directamente los átomos de carbono 14 y solo necesita unos miligramos. En 1988, laboratorios de Oxford, Zúrich y Arizona dataron cada uno pequeñas muestras de la Sábana Santa de Turín y situaron el lino entre aproximadamente 1260 y 1390. La misma precisión ha fechado las pinturas de la cueva de Chauvet, en Francia, en más de 30 000 años, así como los primeros cultivos de China y México. Todo ser vivo, resulta, lleva un reloj que se pone en marcha en el instante en que muere.
Fig. 5 · La datación por radiocarbono. El carbono 14 entra en todo ser vivo y, tras su muerte, decae a un ritmo constante.
Capítulo 6 · Parte I
Anillos de árboles y testigos de hielo
Dos de los calendarios más precisos de la historia no los hizo nadie. Los árboles añaden un anillo en cada estación de crecimiento, y los casquetes polares una capa de nieve cada año. Bien leídos, ambos dan fechas exactas al año y registran qué tiempo hacía.
La dendrocronología, la datación por anillos de árboles, la desarrolló el astrónomo estadounidense Andrew Ellicott Douglass, que buscaba relaciones entre las manchas solares y el clima. Los anillos anchos indican años buenos y los estrechos sequía o frío, de modo que los árboles de una misma región comparten un patrón de anillos gruesos y finos, como un código de barras. Encajando secuencias superpuestas de árboles vivos, vigas antiguas y maderas enterradas, los investigadores construyen cronologías maestras continuas. En 1929, una viga carbonizada de Show Low, en Arizona, cerró el último hueco de la secuencia de Douglass y fechó por primera vez los grandes edificios de los pueblos ancestrales, como Pueblo Bonito.
Las cronologías europeas de roble y pino se remontan hoy a más de 12 000 años. Muestran que el roble del barco de Oseberg, un enterramiento vikingo de Noruega, se taló en el año 834. En 2021, unos investigadores hallaron la huella de una ráfaga de rayos cósmicos del año 993 en madera cortada por los nórdicos en L'Anse aux Meadows, en Terranova, y contaron los anillos posteriores para demostrar que los árboles se talaron en 1021. Es la fecha segura más antigua de europeos en América.
Los testigos de hielo trabajan a una escala mucho mayor. Las perforaciones en Groenlandia y la Antártida extraen cilindros de hielo en los que la nieve de cada año forma una banda visible cerca de la superficie. Diminutas burbujas de aire atrapadas en el hielo conservan muestras de la atmósfera antigua, lo que permite medir directamente el dióxido de carbono del pasado. El testigo europeo EPICA, del Domo C en la Antártida, se remonta a unos 800 000 años.
¿Sabías que el hielo de Groenlandia registra la contaminación por plomo de la minería y fundición de plata romanas, que subía y bajaba con la fortuna de la economía romana, más de 1500 años antes de la Revolución Industrial?
Ambos archivos registran catástrofes. Las erupciones volcánicas dejan capas de ceniza y sulfatos en el hielo y anillos fríos y raquíticos en los árboles. Juntos muestran que unas erupciones en el año 536 y hacia el 540 trajeron años de veranos fríos en todo el hemisferio norte, en consonancia con crónicas que describen un sol apagado y cosechas perdidas. La erupción islandesa del Laki, en 1783, dejó la misma doble firma. Hoy los historiadores cotejan los relatos de hambrunas con estos registros naturales para comprobar lo que la gente escribió. Los árboles y el hielo llevaban tomando notas desde siempre.
Fig. 6 · Anillos de árboles y testigos de hielo. Anillos de árboles y capas de hielo cuentan los años y registran el clima de cada uno.
Capítulo 7 · Parte I
Archivos y registros
Un archivo es un conjunto de documentos que se conservan porque podrían volver a necesitarse: por el organismo que los produjo, por los juristas y, con el tiempo, por los historiadores. A diferencia de una biblioteca, que reúne libros publicados, un archivo guarda documentos únicos, y su sentido depende de mantener el orden y las agrupaciones en que se crearon.
Los archivos son tan antiguos como la escritura. En Ebla, en el norte de Siria, arqueólogos italianos hallaron en 1974 y 1975 miles de tablillas de arcilla del siglo XXIV a. C., tendidas donde habían caído de sus estantes de madera cuando ardió el palacio. El fuego que destruyó la ciudad coció las tablillas y las conservó. Templos y palacios de toda Mesopotamia guardaban depósitos similares de contratos, cuentas y cartas, y en la China imperial los archivos de cada dinastía se convertían en la materia prima de la historia oficial escrita por la siguiente.
El archivo público moderno es hijo de los siglos XVIII y XIX. España reunió los papeles de su imperio americano en el Archivo General de Indias de Sevilla en 1785. Tras la Revolución francesa, los Archivos Nacionales de París pasaron a ser propiedad de la nación, y los archiveros franceses formularon el principio de procedencia: mantener juntos los documentos de cada productor y no reordenarlos nunca por temas. En Gran Bretaña, la ley del Public Record Office de 1838 reunió bajo un mismo techo archivos judiciales dispersos. Su sucesor, The National Archives de Kew, aún custodia el Domesday Book.
¿Sabías que el famoso «Archivo Secreto» del Vaticano nunca fue secreto en el sentido actual, porque secretum significaba privado, los papeles personales del papa, y que en 2019 pasó a llamarse Archivo Apostólico Vaticano?
Un archivo funciona como un filtro. La mayor parte de lo que produce cualquier organización se destruye; los archiveros valoran los documentos y solo conservan los de valor duradero. Lo que sobrevive se guarda en cajas en depósitos frescos y oscuros, se describe desde el fondo completo hasta la pieza suelta y se sirve a lectores que deben usar lápiz, nunca bolígrafo. Las pérdidas pueden ser terribles: el Archivo Público de Irlanda quedó destruido por una explosión y un incendio en 1922, al comienzo de la guerra civil, y con él siglos de documentos.
Los archiveros también saben ser héroes. En 2012 y 2013, mientras grupos armados ocupaban Tombuctú, en Malí, bibliotecarios y familias sacaron a escondidas cientos de miles de manuscritos hacia Bamako, en baúles, por carretera y por el río. Hoy el desafío es digital, porque correos y bases de datos pueden desaparecer cuando muere el programa que los lee. Un archivo es la memoria a largo plazo de una sociedad y, como toda memoria, solo sobrevive si alguien la cuida.
Fig. 7 · Archivos y registros. Dentro de un archivo: documentos elegidos, guardados, descritos, consultados y escaneados.
Capítulo 8 · Parte I
Historia oral y memoria
La historia oral es el pasado tal como lo cuenta la gente. Durante la mayor parte de la existencia humana fue la única que había, y en muchas sociedades sigue siendo un arte vivo. Abarca tanto la tradición, relatos transmitidos de generación en generación, como el testimonio, los recuerdos de quienes vivieron los hechos, recogidos por un entrevistador.
En África occidental, unos bardos hereditarios llamados griots, o jeli en las lenguas mandingas, han servido desde hace siglos como archivos ambulantes que recitan genealogías y epopeyas con música. La más conocida es la epopeya de Sundiata Keita, fundador del Imperio de Malí en el siglo XIII, que los griots transmitieron durante siglos hasta que el historiador Djibril Tamsir Niane publicó en 1960 una versión en prosa a partir del relato de un griot. En los años treinta, los estudiosos estadounidenses Milman Parry y Albert Lord grabaron en Yugoslavia a cantores capaces de interpretar epopeyas de miles de versos construyéndolas con fórmulas hechas. Su trabajo convenció a la mayoría de los especialistas de que la Ilíada y la Odisea nacieron del mismo tipo de composición oral.
La tradición oral puede conservar hechos durante muchísimo tiempo. Los pueblos de la costa noroeste del Pacífico contaban una noche de invierno en que la tierra tembló y el mar arrasó aldeas. Más tarde, los geólogos hallaron a lo largo de la costa «bosques fantasma» de cedros muertos y anegados, y los anillos mostraron que los árboles murieron entre las temporadas de crecimiento de 1699 y 1700. Al otro lado del océano, registros de aldeas japonesas describen un «tsunami huérfano» que llegó sin que se sintiera ningún terremoto en Japón.
¿Sabías que al cruzar esos registros japoneses con los indicios americanos los científicos fecharon el gran terremoto de Cascadia en la noche del 26 de enero de 1700, hacia las nueve, hora local?
La historia oral moderna tomó forma en el siglo XX. Entre 1936 y 1938, el Federal Writers' Project entrevistó en Estados Unidos a más de 2300 personas que habían sido esclavizadas, un registro insustituible de la esclavitud contado por quienes la sobrevivieron. En 1948, Allan Nevins fundó en Columbia el primer programa universitario de historia oral. Desde entonces, colecciones como el archivo sonoro del Imperial War Museum de Londres o la USC Shoah Foundation, que guarda testimonios en vídeo de supervivientes del Holocausto, han reunido decenas de miles de voces.
La memoria, sin embargo, no es una grabación. La gente resume los hechos, toma prestados detalles de las películas y de los demás, y reajusta los relatos a lo que vino después. Por eso los historiadores orales contrastan los testimonios con documentos, pero también tratan las distorsiones como pruebas: lo que se recuerda mal muestra lo que un acontecimiento llegó a significar. Una buena entrevista recoge no solo lo que pasó, sino cómo se vivió. La voz de un solo testigo puede lograr lo que ningún registro fiscal logrará jamás.
Fig. 8 · Historia oral y memoria. Relatos orales, crónicas japonesas y anillos de árboles fecharon el sismo de Cascadia.
Capítulo 9 · Parte I
Falsificaciones, engaños y mitos
El pasado atrae a los falsificadores porque otorga autoridad. Un documento puede ganar tierras, un hueso antiguo fama, y una buena historia puede halagar a una nación. Desenmascarar falsificaciones es una de las destrezas más antiguas del historiador, y sus herramientas van de la gramática a la química.
La falsificación de mayores consecuencias en la historia europea es la Donación de Constantino, un documento en el que el emperador romano Constantino, muerto en el 337, habría entregado al papa la autoridad sobre Roma y el Imperio de Occidente. Escrita probablemente en el siglo VIII, se invocó durante siglos en apoyo del poder papal. En 1440, el humanista italiano Lorenzo Valla demostró que su latín estaba plagado de palabras y títulos que no existían en tiempos de Constantino. Fue uno de los primeros triunfos de la filología, el estudio de cómo cambian las lenguas.
La ciencia entró en escena más tarde. En 1912, el coleccionista aficionado Charles Dawson anunció el hombre de Piltdown, un cráneo de Sussex que parecía unir una bóveda craneal humana a una mandíbula simiesca: un eslabón perdido, y además inglés. En 1953, pruebas de flúor y un examen minucioso revelaron un cráneo humano medieval y una mandíbula de orangután con los dientes limados, teñidos para parecer antiguos. En 1983, la revista alemana Stern publicó extractos de los diarios de Hitler; en dos semanas, los análisis mostraron que su papel contenía un blanqueador fabricado solo después de la guerra. Su autor, Konrad Kujau, comerciaba con falsos objetos militares. En 2021, la Universidad de Yale anunció que su mapa de Vinlandia, presentado en 1965 como un mapa medieval de Norteamérica, era falso: la tinta contenía dióxido de titanio, un pigmento usado solo desde los años veinte.
Los mitos son más sutiles, porque nadie necesita falsificar nada. Los sabios medievales no creían que la Tierra fuera plana; la idea se popularizó en el siglo XIX, sobre todo con la vida de Colón que Washington Irving publicó en 1828. Napoleón tenía una estatura media para un francés de su época, y la leyenda debe mucho a la confusión entre pulgadas francesas e inglesas y a las caricaturas británicas.
¿Sabías que nunca se ha encontrado un casco vikingo con cuernos, y que los cuernos proceden sobre todo del vestuario diseñado para el primer montaje completo de El anillo del nibelungo de Wagner, en 1876?
Comprobar una fuente sigue empezando por las mismas preguntas. ¿Encajan su lengua, sus materiales y su contenido con la fecha que se le atribuye? ¿Puede rastrearse su historia de dueño en dueño? Un hueco en esa cadena, su procedencia, suele ser la primera señal de alarma. Hoy el mismo escepticismo hace falta ante fotos retocadas y vídeos sintéticos. Una falsificación siempre dice la verdad sobre una cosa: el momento y el motivo de quien la hizo.
Fig. 9 · Falsificaciones, engaños y mitos. Cuatro falsificaciones famosas, de la Roma medieval a Yale, y cómo se descubrieron.
Capítulo 10 · Parte I
¿Quién escribe la historia?
Toda historia tiene un autor, y todo autor habla desde algún lugar. Quién escribe el relato del pasado, a partir de qué registros y para quién, determina lo que las generaciones siguientes creen que ocurrió. El dicho de que la historia la escriben los vencedores señala un peligro real, aunque sea demasiado simple.
Durante la mayor parte de la historia escrita, el relato lo escribieron los poderosos y para los poderosos. Los muros de los templos egipcios muestran a Ramsés II triunfante en la batalla de Qadesh, hacia el 1274 a. C., aunque lo más probable es que terminara en tablas. El tapiz de Bayeux, hecho probablemente en Inglaterra en la década de 1070 para el obispo Odón, medio hermano de Guillermo el Conquistador, cuenta la versión normanda de 1066, en la que Haroldo es un perjuro. Los historiadores de corte de China, Persia y Europa escribieron historias dinásticas que justificaban a la casa reinante.
Sin embargo, los vencidos también dejaron relatos. Tras la conquista española de México, Hernán Cortés envió al emperador Carlos V, entre 1519 y 1526, cartas que lo dejaban en muy buen lugar, y el veterano Bernal Díaz del Castillo escribió su propia Historia verdadera para corregir la versión oficial. Mientras tanto, el fraile Bernardino de Sahagún trabajaba con sabios y ancianos nahuas en lo que hoy llamamos el Códice Florentino, terminado hacia 1577 en náhuatl y castellano, cuyo libro duodécimo narra la conquista tal como la recordaban los mexicas. En 1959, el historiador mexicano Miguel León-Portilla reunió esos relatos en Visión de los vencidos.
¿Sabías que la frase «la historia la escriben los vencedores» suele atribuirse a Winston Churchill, pero nadie la ha encontrado en nada de lo que dijo o escribió?
El siglo XX amplió el reparto. La escuela francesa de los Annales, fundada por Marc Bloch y Lucien Febvre en 1929, desplazó la atención de los reyes al clima, los precios y la vida cotidiana. En 1963, E. P. Thompson se propuso rescatar a tejedores y jornaleros de lo que llamó «la enorme condescendencia de la posteridad». La historia de las mujeres, la historia afroamericana, los historiadores de los Subaltern Studies del sur de Asia desde los años ochenta y los investigadores indígenas han recuperado voces que los archivos habían ahogado, a menudo leyendo los documentos antiguos a contrapelo de sus autores.
El sesgo no puede eliminarse del todo, pero sí puede nombrarse. Los historiadores citan sus fuentes para que otros las comprueben y discuten en público, y así es como la historia se corrige. Hoy cualquiera con un teléfono puede grabar un acontecimiento y publicarlo, mientras algunos gobiernos siguen reescribiendo los libros de texto a su conveniencia. La pregunta que hay que hacer a cualquier relato sigue siendo la misma: ¿quién habla y a quién se ha dejado fuera?
Fig. 10 · ¿Quién escribe la historia?. La conquista de México contada por los vencedores, los vencidos y los historiadores.
Parte II
Escritura y registros
Cómo aprendimos a guardar palabras, números y tiempo.
Capítulo 11 · Parte II
Antes de la escritura: muescas y fichas
Mucho antes de que alguien escribiera una frase, la gente necesitaba recordar cantidades: cuántos días desde la última luna llena, cuántas ovejas salieron a pastar, quién debía a quién una jarra de aceite. Las respuestas más antiguas son las marcas de cuenta, muescas talladas una a una en hueso, madera o piedra. Registran números sin registrar lengua, y figuran entre los documentos más antiguos que existen.
El candidato más antiguo es el hueso de Lebombo, un peroné de babuino hallado en Border Cave, en los montes Lebombo del sur de África, con 29 muescas y más de 40.000 años de antigüedad. El hueso de Ishango, encontrado en 1950 cerca del lago Eduardo, en la actual República Democrática del Congo, tiene unos 20.000 años y presenta columnas de muescas agrupadas. Hay quien lee en ellas un calendario lunar o una aritmética sencilla; otros ven solo una herramienta muy usada. Los historiadores debaten cuánto significado cargar sobre unos pocos arañazos, y ese es justamente el problema de una prueba que no puede hablar por sí misma.
En Oriente Próximo, desde alrededor del 8000 a. C., los agricultores empezaron a usar pequeñas fichas de arcilla: conos, esferas, discos y cilindros, cada forma para una medida de grano, un animal o una jarra de aceite. La arqueóloga Denise Schmandt-Besserat catalogó miles de ellas, de Irán a Turquía, y sostuvo que formaban un sistema contable usado durante varios milenios. Hacia el 3500 a. C., en ciudades como Uruk y Susa, los contables encerraban las fichas en bolas huecas de arcilla llamadas bullae, a menudo tras imprimir su forma en la superficie, para comprobar el contenido sin romper el sello. Cuando las marcas de fuera ya lo decían todo, las fichas de dentro sobraron y llegó la tablilla plana con impresiones. Su teoría sigue siendo influyente, aunque los detalles se discuten.
Los registros sin palabras aparecieron también lejos de Mesopotamia. En los Andes, los funcionarios incas llevaban el quipu, haces de cordeles anudados de algodón o fibra de camélido. En 1912, el estudioso Leland Locke demostró que muchos quipus usan un sistema posicional decimal. Especialistas registraban en ellos censos, tributos y existencias de almacenes en un imperio de millones de personas; si algunos cordeles guardaban además nombres o relatos sigue siendo una pregunta abierta.
En Inglaterra, el Tesoro contabilizaba los impuestos con tarjas partidas: las muescas indicaban la suma, el palo se partía a lo largo y el contribuyente y el Tesoro conservaban cada uno una mitad que solo encajaba con su gemela. El sistema funcionó desde el siglo XII hasta 1826.
¿Sabías que cuando en octubre de 1834 se quemaron las viejas tarjas del Tesoro en una estufa bajo la Cámara de los Lores, el fuego se extendió y destruyó la mayor parte del antiguo palacio de Westminster?
Un código de barras, un libro de cuentas o una tarjeta de fidelidad sellada hacen lo mismo que un hueso con muescas: guardar un número fuera de la memoria. La escritura nació de contar y nunca dejó del todo de hacerlo.
Fig. 11 · Antes de la escritura: muescas y fichas. De huesos con muescas a sobres de arcilla: se guardaron números antes que palabras.
Capítulo 12 · Parte II
La escritura cuneiforme y los primeros escribas
La escritura cuneiforme es el sistema de escritura más antiguo que se conoce, y se hacía presionando una caña cortada sobre arcilla húmeda. Su nombre viene del latín cuneus, «cuña», por las marcas triangulares que dejaba el cálamo. Durante unos tres mil años, de Sumer a Persia, transmitió leyes, cartas, oraciones, recetas y una cantidad enorme de recibos.
Las tablillas más antiguas proceden de Uruk, en el sur de Irak, hacia el 3300 a. C. Los excavadores alemanes hallaron miles en el recinto sagrado de Eanna, y casi todas son cuentas: raciones de cebada, número de trabajadores, cabezas de ganado. Estos signos protocuneiformes empezaron como dibujos trazados en el barro, una jarra o una espiga, junto a signos numéricos que recuerdan las viejas fichas de arcilla. Con los siglos, los dibujos giraron de lado, perdieron sus curvas y se convirtieron en grupos de cuñas que el escriba podía imprimir con rapidez. Los signos adquirieron además valores fonéticos, de modo que un símbolo podía escribir parte de una palabra o un nombre extranjero, y así se pudieron escribir frases completas en sumerio y, después, en acadio.
La escritura necesitaba escribas, y los escribas, escuela. En la edubba, la «casa de las tablillas», los alumnos pasaban años copiando listas de signos, contratos modelo y proverbios, y sus ejercicios conservan los errores junto a las correcciones del maestro. La primera autora conocida por su nombre es Enheduanna, hija de Sargón de Acad, gran sacerdotisa del dios lunar en Ur hacia el 2300 a. C., cuyos himnos se copiaron durante siglos.
Como la arcilla se endurece y el fuego la cuece, el cuneiforme sobrevive donde el papiro y el pergamino se pudren. Los arqueólogos han recuperado cientos de miles de tablillas, desde ejercicios escolares y contratos de préstamo hasta el Poema de Gilgamesh. En el siglo XIV a. C., faraones y reyes de Oriente Próximo se escribían en acadio, como muestran las cartas de Amarna: era la lengua diplomática de la época. La escritura se adaptó al hitita, al elamita, al urartiano y al persa antiguo, y la última tablilla fechada con seguridad, un texto astronómico de Babilonia, se escribió hacia el año 75 d. C.
Volver a leerla fue una hazaña detectivesca del siglo XIX. Henry Rawlinson se jugó el cuello copiando la inscripción de Behistún, trilingüe, grabada para Darío I en un acantilado iraní. En 1857, la Real Sociedad Asiática organizó una prueba: cuatro estudiosos, Rawlinson, Edward Hincks, Henry Fox Talbot y Julius Oppert, tradujeron por separado el mismo texto asirio recién hallado. Sus versiones coincidían en lo esencial y el desciframiento quedó aceptado.
¿Sabías que en 1872 George Smith, un autodidacta que trabajaba en el Museo Británico, reconoció en una tablilla de Nínive un relato del diluvio asombrosamente parecido al de Noé, parte de lo que hoy llamamos el Poema de Gilgamesh?
Cada hoja de cálculo, contrato y declaración de la renta es un lejano descendiente de aquellas cuentas de barro. La escritura no se inventó para contar historias, sino para llevar las cuentas; las historias llegaron después.
Fig. 12 · La escritura cuneiforme y los primeros escribas. Una caña, arcilla húmeda y una mano experta: así llevaba las cuentas Mesopotamia.
Capítulo 13 · Parte II
Los jeroglíficos y la piedra de Rosetta
Los jeroglíficos egipcios parecen dibujos, pero forman un sistema de escritura completo que mezcla signos de sonidos con signos de ideas. La lechuza suele representar el sonido m; el plano de una casa puede significar «casa» o escribir los sonidos pr; y los determinativos mudos al final de una palabra, como un hombre sentado o unas piernas que caminan, indican al lector de qué clase de cosa se trata. En filas o columnas, el texto podía correr en ambos sentidos, y se lee empezando por el lado hacia el que miran las personas y los animales.
Los ejemplos más antiguos proceden de la tumba U-j de Abidos, donde pequeñas etiquetas de hueso y marfil, anteriores al 3100 a. C., ya llevan signos que parecen escribir sonidos. Si Egipto tomó la idea de la escritura de Mesopotamia o la inventó por su cuenta sigue siendo objeto de debate. Junto a los jeroglíficos solemnes tallados en los templos, los escribas escribían deprisa en hierático, una cursiva con tinta sobre papiro, y desde hacia el 650 a. C. en demótico, aún más rápido, para contratos y asuntos cotidianos.
El conocimiento de la escritura se apagó con los viejos templos. La última inscripción jeroglífica conocida se talló en el templo de Isis en File en el año 394 d. C. Durante catorce siglos, los sabios europeos tomaron los jeroglíficos por símbolos místicos y no por la escritura de una lengua, y sus elaboradas conjeturas fueron casi todas erróneas.
La clave fue un bloque roto de granodiorita hallado en julio de 1799 por soldados franceses que trabajaban en un fuerte cerca de Rashid, la Rosetta de los europeos, durante la campaña de Napoleón en Egipto. La piedra de Rosetta recoge un único decreto, promulgado en Menfis en el 196 a. C. por un concilio de sacerdotes en honor del joven rey Ptolomeo V, escrito tres veces: en jeroglífico, en demótico y en griego antiguo. Los británicos se la quedaron en virtud de la capitulación francesa de 1801, y está en el Museo Británico desde 1802. El mito la convierte en un diccionario; en realidad es un texto bastante rutinario sobre honores a los templos y privilegios fiscales.
Como el griego podía leerse, se podía comparar. El erudito inglés Thomas Young demostró que los anillos ovalados llamados cartuchos contenían nombres reales y que algunos signos eran fonéticos. Jean-François Champollion, que conocía el copto, última etapa de la lengua egipcia, fue más allá. Comparando los nombres de Ptolomeo y Cleopatra, este último tomado de un obelisco de File, demostró que los jeroglíficos escribían los sonidos de una lengua real, y lo anunció en su Carta a M. Dacier en 1822.
¿Sabías que la parte jeroglífica de la piedra de Rosetta es la más dañada? Solo se conservan 14 líneas, frente a 32 de demótico y 54 de griego.
Hoy los egiptólogos leen con seguridad paredes de tumbas, registros fiscales y poemas de amor. La piedra que los abrió debía halagar a un rey adolescente, y acabó devolviendo la voz a toda una civilización.
Fig. 13 · Los jeroglíficos y la piedra de Rosetta. Un decreto en tres escrituras dio a los estudiosos la clave de los jeroglíficos.
Capítulo 14 · Parte II
El largo viaje del alfabeto
Un alfabeto es un conjunto breve de signos, cada uno de los cuales representa más o menos un sonido, de modo que dos o tres docenas de letras bastan para escribir cualquier palabra de una lengua. Frente a los cientos de signos que debía dominar un escriba cuneiforme o egipcio, supuso una simplificación radical, y la mayoría de los alfabetos del mundo descienden de un único invento surgido en los márgenes de Egipto.
Los testimonios más antiguos son un puñado de inscripciones breves de las minas de turquesa de Serabit el-Jadim, en el Sinaí, halladas por la expedición de Flinders Petrie en 1905, y de Wadi el-Hol, en Egipto, fechadas aproximadamente entre el 1900 y el 1700 a. C. Parecen obra de trabajadores de lengua semítica que tomaron dibujos egipcios y usaron cada uno para el primer sonido de su nombre en su propio idioma. Una cabeza de buey, alp, representaba una oclusión glotal; una casa, bayt, el sonido b. Este truco acrofónico explica por qué la letra A, tumbada de lado, aún muestra los cuernos de un buey.
Hacia el 1050 a. C., los fenicios, mercaderes de la costa levantina, escribían con un repertorio fijo de 22 letras, todas consonantes, y sus barcos lo llevaron por el Mediterráneo. El orden de las letras ya era antiguo: en Ugarit, en Siria, los escribas del siglo XIV a. C. imprimían en arcilla un alfabeto propio con un cálamo cuneiforme, y sus listas de práctica siguen una secuencia muy parecida a la nuestra.
Los griegos adoptaron las letras fenicias hacia el 800 a. C. e introdujeron un cambio decisivo: convirtieron las letras de sonidos que el griego no usaba en vocales, y así álef se convirtió en alfa. Del griego, a través de los etruscos, nació el alfabeto latino de Roma, hoy usado por más lenguas que ninguna otra escritura. En el siglo IX, los misioneros Cirilo y Metodio crearon el glagolítico para escribir el eslavo, y en el Primer Imperio búlgaro una nueva escritura basada sobre todo en letras griegas, llamada después cirílico en honor de Cirilo, pronto lo sustituyó.
La rama oriental pasó por el arameo, lengua administrativa del Imperio persa, del que surgieron la escritura hebrea cuadrada y, a través de la escritura nabatea de Petra, la árabe. Si la escritura brahmi de la India, antepasada del devanagari y de muchas otras, desciende también del arameo sigue siendo motivo de debate.
¿Sabías que el hangul coreano es uno de los pocos alfabetos diseñados desde cero? Los eruditos del rey Sejong lo terminaron en 1443 y dieron a algunas consonantes la forma de la boca y la lengua que las pronuncian.
De los mercaderes fenicios a los mensajes de texto, el alfabeto ha demostrado una capacidad de adaptación infinita, ganando letras, perdiéndolas y cambiando de forma en cada nuevo soporte. Unas pocas docenas de signos llevan hoy las palabras escritas de la mayoría de las lenguas del mundo, y el buey sigue encabezando la fila.
Fig. 14 · El largo viaje del alfabeto. De una cabeza de buey en el Sinaí a A, alfa y álif: el árbol familiar del alfabeto.
Capítulo 15 · Parte II
El papel, de China al mundo
El papel es una fina capa de fibras vegetales, batidas hasta formar una pasta en agua, recogidas en un tamiz y secadas. La definición importa, porque el papiro, el pergamino y la tela de corteza, todos anteriores, no son papel: el papiro se hace con tiras de médula de junco cruzadas y el pergamino es piel animal. El papel era más barato que ambos, podía fabricarse casi en cualquier parte y cambió lo que la gente podía permitirse poner por escrito.
La tradición china atribuye el invento a un funcionario de la corte, Cai Lun, que en el año 105 d. C. presentó al emperador un papel hecho de corteza de árbol, cáñamo, trapos viejos y redes de pesca. La arqueología cuenta una historia más larga. Se han hallado fragmentos de papel de la dinastía Han occidental, dos o tres siglos más antiguos, en lugares como Fangmatan, en Gansu, y uno de ellos lleva un mapa dibujado. Cai Lun probablemente perfeccionó y normalizó un oficio más que inventarlo, lo que no le impidió convertirse en patrón de los papeleros.
El oficio se extendió por Asia oriental, llegando a Corea y luego a Japón en el siglo VII, y hacia el oeste por las rutas de la seda. Un relato famoso cuenta que papeleros chinos capturados en la batalla de Talas, en el 751, enseñaron el oficio en Samarcanda. Hoy los historiadores creen que el papel ya se conocía en Asia central, pero el papel de Samarcanda se hizo célebre. En Bagdad funcionaba un molino papelero ya en la década de 790, y el nuevo material barato alimentó el floreciente comercio de libros, las oficinas del gobierno y a los sabios de la ciudad. En el siglo X, el papel sustituía al papiro en Egipto.
Europa aprendió del mundo islámico. La España musulmana tenía molinos papeleros en el siglo XII, sobre todo en Xàtiva, cerca de Valencia. A partir de finales del siglo XIII, los molinos italianos de Fabriano transformaron el proceso con mazos movidos por agua, un encolado con gelatina que evitaba que la tinta se corriera y las filigranas, hechas doblando alambre sobre el molde. Ulman Stromer abrió uno de los primeros molinos de Alemania en Núremberg en 1390, e Inglaterra le siguió en la década de 1490, justo a tiempo para la imprenta, que habría sido mucho menos útil sobre un pergamino caro.
Durante siglos, el papel europeo se hizo con trapos de lino y algodón. La escasez de trapos en el siglo XIX empujó a los inventores hacia la pasta de madera, y máquinas continuas como la Fourdrinier, patentada en Gran Bretaña a principios del siglo XIX, produjeron papel en bobinas interminables. Les siguieron los periódicos baratos, las novelas, los cuadernos escolares y los impresos por triplicado.
¿Sabías que gran parte del papel de madera del siglo XIX es ácido y se vuelve marrón y quebradizo, mientras que muchos libros de papel de trapo del siglo XV siguen hoy flexibles?
Incluso en la era digital, el papel está en todas partes: en billetes, envases, pasaportes y el paquete que espera en la puerta. Su viaje desde un taller chino hasta todos los escritorios del planeta duró mucho más de mil años, y llegó cargado de buena parte de lo que sabemos del pasado.
Fig. 15 · El papel, de China al mundo. El papel viajó de la China Han a Samarcanda, Bagdad y los molinos de Europa.
Capítulo 16 · Parte II
La imprenta
Imprimir es hacer muchas copias idénticas presionando una superficie entintada sobre papel. Su historia no empieza en Alemania, sino en Asia oriental, donde los budistas querían multiplicar los textos sagrados como acto de devoción, y tallar una página entera en un bloque de madera ya era habitual en el siglo VIII.
El libro impreso fechado más antiguo que se conserva es el Sutra del Diamante, un rollo de unos cinco metros impreso en China en el 868 y sellado en una cueva de Dunhuang, donde el explorador Aurel Stein lo adquirió en 1907; hoy está en la British Library. Hacia la década de 1040, un hombre del pueblo llamado Bi Sheng fabricó tipos móviles de arcilla cocida, según describió el sabio Shen Kuo en sus Ensayos del arroyo de los sueños. Los impresores coreanos fundieron tipos de metal, y el Jikji, una antología budista impresa en el templo de Heungdeok en 1377, es el libro más antiguo conservado impreso con tipos móviles metálicos. Con miles de caracteres chinos que fundir y ordenar, sin embargo, los bloques tallados solían seguir siendo la opción más práctica.
Hacia 1450, en Maguncia, el orfebre y metalúrgico Johannes Gutenberg reunió varias técnicas. Ideó un molde manual para fundir letras con rapidez en una aleación de plomo, estaño y antimonio, una tinta grasa que se adhería al metal y una prensa de husillo adaptada de las que se usaban para el vino y el papel. Con solo unas decenas de formas de letra, el alfabeto latino encajaba a la perfección. Su Biblia de 42 líneas, terminada hacia 1455, aún asombra por sus columnas negras y nítidas; se conservan menos de cincuenta ejemplares. El propio Gutenberg perdió buena parte de su equipo a manos de su financiero, Johann Fust, tras un pleito en 1455.
La técnica se difundió a una velocidad asombrosa. En 1500 había prensas funcionando en cientos de ciudades europeas. William Caxton instaló la primera imprenta de Inglaterra en Westminster en 1476, y Venecia se convirtió en una capital del libro. En 1517, los argumentos de Martín Lutero contra la venta de indulgencias se reimprimieron por toda Alemania en cuestión de semanas, y la Reforma fue la primera gran campaña impresa. La primera imprenta de América empezó a funcionar en la Ciudad de México en 1539.
La imprenta fijó la ortografía, estabilizó los textos para que estudiosos de todo un continente pudieran citar la misma página e hizo reproducibles los diagramas científicos. También difundió panfletos, propaganda y falsificaciones con la misma eficacia.
¿Sabías que el Jikji, impreso 78 años antes de que se terminara la Biblia de Gutenberg, no se guarda en Corea sino en la Biblioteca Nacional de Francia, en París?
Las prensas de vapor, usadas por primera vez para imprimir The Times en 1814, y después las rotativas y el offset, llevaron la revolución a la era de los periódicos de masas. Cada página web y cada tique de compra deben algo a los talleres de Dunhuang, Kaesong y Maguncia. Copiar dejó de ser un oficio y se convirtió en una industria.
Fig. 16 · La imprenta. La prensa de Gutenberg unió tipos fundidos, tinta grasa y una prensa de husillo.
Capítulo 17 · Parte II
Bibliotecas: de Alejandría al archivo
Una biblioteca es una colección de textos reunidos, ordenados y conservados para que otra persona pueda encontrarlos más tarde. Eso último es lo que la distingue de un montón: necesita un catálogo, un edificio, un guardián y una razón para durar más que cualquier lector.
La gran biblioteca más antigua que aún podemos tocar perteneció a Asurbanipal, rey de Asiria en el siglo VII a. C. Hacia 1850, Austen Henry Layard y Hormuzd Rassam desenterraron de sus palacios de Nínive decenas de miles de tablillas de arcilla y fragmentos, hoy en el Museo Británico. Asurbanipal mandó reunir y copiar textos de todo su imperio: presagios, medicina, listas de palabras y el Poema de Gilgamesh. Las notas de muchas tablillas nombran al rey como propietario y lanzan maldiciones contra quien las robe.
La Biblioteca de Alejandría, fundada bajo los Ptolomeos a comienzos del siglo III a. C., aspiraba a tener una copia de cada libro griego. Según el médico Galeno, los libros hallados en los barcos que entraban en el puerto se confiscaban y copiaban, y a veces sus dueños solo recibían de vuelta la copia. El poeta Calímaco elaboró las Pinakes, un catálogo de autores y obras que habría ocupado 120 rollos. La leyenda la hace desaparecer en un único incendio, pero los historiadores describen un lento declive: un incendio durante la guerra de Julio César en el 48 a. C., purgas de sabios, luchas civiles y fondos cada vez menores a lo largo de siglos. La historia de un califa que mandó quemar sus libros aparece siglos después de la conquista árabe y suele considerarse un mito.
Otras tradiciones construyeron con la misma audacia. En Bagdad, la Casa de la Sabiduría del siglo IX apoyó a eruditos que traducían al árabe obras griegas, persas e indias, hasta el saqueo mongol de 1258. El monasterio budista de Nalanda, en la India, atrajo durante siglos a estudiantes de toda Asia antes de ser destruido hacia el año 1200. En Tombuctú, bibliotecas familiares conservaban manuscritos de derecho, astronomía y medicina, y en 2012 y 2013 los bibliotecarios pusieron a salvo cientos de miles de ellos en Bamako, lejos de los milicianos que ocupaban la ciudad.
Las bibliotecas modernas añadieron una promesa nueva: la exhaustividad por ley. Thomas Bodley refundó la biblioteca de la Universidad de Oxford, abierta en 1602, y en 1610 pactó con la Stationers' Company recibir un ejemplar de cada libro que registraran sus miembros, una forma temprana de depósito legal. Las bibliotecas nacionales recogen hoy libros, periódicos e incluso sitios web, y el Internet Archive, fundado en 1996, ha guardado cientos de miles de millones de páginas web con su Wayback Machine.
¿Sabías que después de que las tropas británicas incendiaran la joven Biblioteca del Congreso en 1814, Thomas Jefferson vendió al Congreso su propia biblioteca de 6487 libros para reemplazarla?
Toda biblioteca es una apuesta contra el olvido. Algunas apuestas se pierden por el fuego, el agua o el abandono, pero se ganan las suficientes para que aún podamos leer los presagios de un rey de Nínive.
Fig. 17 · Bibliotecas: de Alejandría al archivo. De las tablillas de Nínive a la Wayback Machine: bibliotecas contra el olvido.
Capítulo 18 · Parte II
Los calendarios y la cuenta de los días
Un calendario es una forma de contar los días para sembrar, pagar deudas, celebrar fiestas y ponerse de acuerdo sobre cuándo ocurrió algo. El problema es que los relojes de la naturaleza no encajan. Un día es una vuelta de la Tierra; un mes lunar, de luna nueva a luna nueva, dura unos 29,5 días; y un año solar, unos 365,24 días. Ningún número entero de días o de meses cabe exactamente en un año, y todo calendario de la historia es un compromiso entre ellos.
Las pruebas están por todas partes: monumentos orientados al sol, almanaques, listas de fiestas e inscripciones. Newgrange, en Irlanda, construido hacia el 3200 a. C., deja entrar el sol naciente en su cámara interior en torno al solsticio de invierno. El calendario civil egipcio tenía doce meses de treinta días más cinco días adicionales, unos redondos 365 que se desfasaban poco a poco respecto a las estaciones, mientras los sacerdotes vigilaban la salida de la estrella Sirio, que anunciaba la crecida del Nilo. Los astrónomos babilonios llevaban un calendario lunisolar, añadiendo un decimotercer mes cuando hacía falta, y descubrieron que 19 años solares equivalen casi exactamente a 235 meses lunares, un ciclo que aún se usa en el calendario judío y para calcular la Pascua.
Al otro lado del Atlántico, los mayas engranaban una cuenta ritual de 260 días con un año de 365, de modo que cada combinación se repetía cada 52 años, y llevaban una Cuenta Larga de días desde un punto de partida en el 3114 a. C. El final de un gran ciclo, el 21 de diciembre de 2012, desató profecías apocalípticas, aunque hay inscripciones mayas que mencionan fechas muy posteriores. El calendario islámico sigue solo a la Luna, con años de 354 o 355 días, así que el ramadán recorre todas las estaciones en unos 33 años. El calendario chino es lunisolar, y por eso el Año Nuevo lunar cae entre finales de enero y mediados de febrero.
En Europa, Julio César implantó el calendario juliano en el 45 a. C., con un día bisiesto cada cuatro años. Su año de 365,25 días era unos once minutos demasiado largo, y en el siglo XVI el equinoccio de primavera se había desplazado diez días. En 1582, el papa Gregorio XIII dispuso que al jueves 4 de octubre le siguiera el viernes 15 de octubre, y que los años seculares solo fueran bisiestos si eran divisibles por 400. Los países católicos, España entre los primeros, cambiaron de inmediato; Gran Bretaña y sus colonias esperaron hasta 1752, saltándose once días de septiembre, y Rusia hasta 1918, por lo que la Revolución de Octubre se conmemora en noviembre.
¿Sabías que la historia de las multitudes de 1752 gritando «Devolvednos nuestros once días» es en gran parte un mito, al parecer inspirado por un cartel de un cuadro satírico de William Hogarth?
Hoy los relojes atómicos marcan el tiempo con más regularidad que la Tierra al girar, y de vez en cuando se han añadido segundos intercalares para mantener ambos acompasados; en 2022, los metrólogos del mundo votaron dejar de añadirlos antes de 2035. El calendario de tu móvil es una reforma romana, remendada por un papa y sincronizada por satélites, que sigue discutiendo en voz baja con el cielo.
Fig. 18 · Los calendarios y la cuenta de los días. Días, meses y años nunca encajan del todo: todo calendario es un pacto.
Capítulo 19 · Parte II
Los mapas y la forma del mundo
Un mapa es un argumento sobre el espacio. Elige qué mostrar, qué omitir y qué poner en el centro. La gente dibuja mapas desde que necesitó encontrar agua, reclamar tierras o explicar el mundo, y casi todos dicen tanto de quienes los hicieron como del terreno.
Señalar el mapa más antiguo es difícil, porque depende de la interpretación. Una pintura mural de Çatalhöyük, en Turquía, de hacia el 6600 a. C., se ha leído como el plano de un poblado bajo un volcán en erupción, aunque algunos estudiosos solo ven un dibujo de piel de leopardo. Más firme es el mapa babilónico del mundo, una pequeña tablilla de arcilla de hacia el siglo VI a. C. que se conserva en el Museo Británico. Muestra Babilonia junto al Éufrates, rodeada por un «río amargo» circular de océano, con regiones misteriosas más allá.
Hacia el año 150 d. C., en Alejandría, Claudio Ptolomeo escribió su Geografía, que daba la latitud y la longitud de miles de lugares y explicaba cómo proyectar una Tierra curva sobre una superficie plana. Los cartógrafos chinos desarrollaron su propia cuadrícula: el Yu ji tu, grabado en piedra en 1136, representa ríos y costas sobre una red de cuadrados. En 1154, el sabio al-Idrisi terminó un mapa del mundo para el rey Roger II de Sicilia, con el sur arriba, como era habitual en la cartografía islámica. En Corea, el mapa Kangnido de 1402 mostraba juntas África, Europa y Asia, décadas antes de que los barcos portugueses doblaran el cabo de Buena Esperanza.
Los mappae mundi de la Europa medieval, como el mapa de Hereford de hacia 1300, situaban Jerusalén en el centro y mezclaban geografía, Escritura y leyenda. Pese a un mito moderno muy persistente, los europeos cultos de la Edad Media sabían perfectamente que la Tierra era redonda. Los navegantes del Pacífico crearon algo muy distinto: los habitantes de las islas Marshall construían cartas de varillas de palma y conchas para enseñar cómo el oleaje se curva alrededor de las islas.
En 1569, Gerardus Mercator publicó una proyección en la que una línea recta corresponde a un rumbo constante de brújula, ideal para los marinos. El precio fue la deformación: las tierras cercanas a los polos se hinchan de forma espectacular.
¿Sabías que en un mapa de Mercator Groenlandia parece casi tan grande como África, aunque África es unas catorce veces mayor?
Los levantamientos nacionales, como el Ordnance Survey británico, fundado en 1791, midieron después países enteros por triangulación, y en el siglo XX llegaron la fotografía aérea y los satélites. Hoy el GPS permite a un teléfono situarte con un margen de pocos metros. Sin embargo, cada mapa, del disco de arcilla a la aplicación de navegación, sigue decidiendo qué va en el centro.
Fig. 19 · Los mapas y la forma del mundo. Cuatro mapas del mundo, cuatro decisiones sobre qué va en el centro y qué se deforma.
Capítulo 20 · Parte II
Códigos y descifradores
Un cifrado altera las letras de un mensaje según una regla, la clave; un código sustituye palabras o frases enteras por símbolos de un libro de códigos. Desde que existen los secretos, hay quien intenta leerlos, y la historia de la criptografía es una larga partida entre quienes cifran y quienes descifran.
El historiador romano Suetonio cuenta que Julio César escribía sus cartas confidenciales desplazando cada letra tres posiciones en el alfabeto, de modo que la A se convertía en D. El cifrado César es fácil de romper en cuanto se sospecha, y el arma decisiva contra este tipo de sistemas apareció en el Bagdad del siglo IX. El filósofo al-Kindi escribió un tratado sobre el desciframiento de mensajes que describe el análisis de frecuencias: se cuenta cuántas veces aparece cada símbolo, se compara con las letras más comunes de la lengua y el disfraz se cae.
La Europa del Renacimiento hizo del secreto una profesión. En 1586, María Estuardo, cautiva en Inglaterra, intercambiaba cartas cifradas ocultas en barriles de cerveza. Thomas Phelippes, el descifrador de sir Francis Walsingham, las leyó, y las pruebas de la conspiración de Babington llevaron a María al cadalso en 1587. En Francia, Antoine y Bonaventure Rossignol crearon el Gran Cifrado de Luis XIV, que resistió hasta que el criptógrafo Étienne Bazeries lo rompió en la década de 1890.
El telégrafo y la radio convirtieron la interceptación en rutina. En 1917, los descifradores británicos de la Sala 40 leyeron el telegrama Zimmermann, en el que Alemania proponía a México una alianza contra Estados Unidos, lo que ayudó a que Estados Unidos entrara en la Primera Guerra Mundial. La máquina alemana Enigma cifraba las letras mediante rotores giratorios. Los matemáticos polacos Marian Rejewski, Jerzy Różycki y Henryk Zygalski la rompieron por primera vez en la década de 1930 y entregaron sus métodos a Gran Bretaña y Francia en julio de 1939. En Bletchley Park, Alan Turing y Gordon Welchman diseñaron las bombas electromecánicas que buscaban la configuración diaria, y Tommy Flowers construyó Colossus, uno de los primeros ordenadores electrónicos, para atacar el cifrado Lorenz del alto mando alemán. En el Pacífico, los locutores de claves navajos de los marines estadounidenses transmitieron en su propia lengua mensajes que el enemigo nunca descifró.
La criptografía moderna resolvió el problema más antiguo de todos: cómo acordar una clave con alguien a quien nunca has visto. En 1976, Whitfield Diffie y Martin Hellman publicaron un método de intercambio de clave pública, y en 1977 llegó el sistema RSA.
¿Sabías que el GCHQ británico había descubierto en secreto la criptografía de clave pública unos años antes, gracias a James Ellis, Clifford Cocks y Malcolm Williamson, pero el trabajo siguió clasificado hasta 1997?
Cada pago en línea, cada aplicación de mensajería y cada candado del navegador descansan sobre esas matemáticas. La partida continúa, con los ordenadores cuánticos ya en el horizonte, y el secreto sigue perteneciendo a quien mejor hace las cuentas.
Fig. 20 · Códigos y descifradores. Del cifrado César a la clave pública, cada cifrado halló un descifrador paciente.
Parte III
Dinero y comercio
Del trueque y la deuda a las tarjetas y el pago sin contacto.
Capítulo 21 · Parte III
Trueque, deuda y don
Todos los viejos manuales de economía empezaban con la misma escena. El panadero quiere zapatos, el zapatero quiere pescado y nadie puede intercambiar nada hasta que llega el dinero a resolver la «doble coincidencia de necesidades». Adam Smith esbozó la historia en La riqueza de las naciones en 1776. El problema es que los antropólogos llevan más de un siglo buscando una sociedad que viviera realmente del trueque, y no han encontrado ninguna. En 1985, la antropóloga Caroline Humphrey revisó las pruebas y concluyó que nunca se había descrito una economía de trueque puro.
Lo que la gente hacía, en realidad, era llevar la cuenta de lo que se debía. Las contabilidades escritas más antiguas, tablillas de arcilla de ciudades sumerias como Uruk y Ur, están llenas de deudas: cebada prestada en la siembra y devuelta en la cosecha, plata debida a templos y palacios, intereses anotados con cuidado. Los escribas medían el valor en plata, al peso, y en cebada, por volumen, pero en la mayoría de los tratos no cambiaba de manos ni la una ni la otra. El crédito llegó antes que el dinero contante. Los reyes sabían que la deuda podía desgarrar una sociedad, así que los soberanos de Babilonia proclamaban de vez en cuando un mīšarum, un edicto que cancelaba ciertas deudas y liberaba a quienes habían sido esclavizados por ellas.
El tercer gran sistema es el don. En Los argonautas del Pacífico occidental (1922), Bronisław Malinowski describió el kula de las islas Trobriand y sus vecinas, frente a Nueva Guinea, donde los hombres emprendían largas y arriesgadas travesías en canoa para intercambiar objetos de concha que nadie conservaba mucho tiempo. En el Ensayo sobre el don (1925), Marcel Mauss sostuvo que ningún regalo es gratuito: crea la obligación de aceptar y la de devolver, y esas obligaciones mantienen unida a la gente. En la costa noroeste del Pacífico, los kwakwaka'wakw y otras naciones celebraban potlatch, fiestas en las que el anfitrión repartía enormes cantidades de bienes para demostrar su rango. Canadá prohibió el potlatch en 1885, y la prohibición no se levantó hasta 1951.
¿Sabías que en el kula los collares de concha roja giran alrededor del círculo de islas en el sentido de las agujas del reloj, mientras los brazaletes de concha blanca lo hacen en sentido contrario, de modo que ambos tesoros se cruzan sin fin?
El trueque existe, pero sobre todo en los márgenes: entre extraños que no se fían unos de otros, o donde el dinero se ha hundido. En los campos de prisioneros de la Segunda Guerra Mundial los precios se fijaban en cigarrillos. Las fábricas rusas intercambiaban mercancías entre sí en el caos monetario de los años noventa, y en Argentina florecieron los clubes de trueque de barrio durante la crisis de 2001 y 2002.
Todo esto cambia nuestra idea del dinero. Más que un ingenioso sustituto del trueque, parece una forma de registrar y saldar obligaciones, y por eso los economistas describen hoy la mayor parte del dinero como crédito bancario. Mucho antes de que nadie acuñara una moneda, la gente ya se debía cosas, y lo recordaba.
Fig. 21 · Trueque, deuda y don. Antes de la moneda: el trueque imaginado y las deudas y dones que sí existieron.
Capítulo 22 · Parte III
Las primeras monedas
Una moneda es un trozo de metal de peso y ley garantizados, marcado por una autoridad que responde de él. Antes de las monedas se pagaba con plata pesada, grano, ganado o conchas de cauri, y en Mesopotamia la plata cambió de manos al peso durante dos mil años sin que nadie acuñara una sola moneda. El verdadero invento fue el sello: permitía a un desconocido aceptar un pago sin sacar la balanza.
Las monedas más antiguas que se conocen proceden de Lidia, un reino del oeste de Anatolia, en la actual Turquía. Se hallaron decenas en los depósitos fundacionales del templo de Artemisa en Éfeso, excavado para el Museo Británico en 1904 y 1905, y la mayoría de los especialistas las fechan hacia el 630-600 a. C. Son pequeñas piezas en forma de haba, de electro, una aleación natural de oro y plata que arrastraban ríos como el Pactolo, con un motivo en una cara, a menudo una cabeza de león rugiente, y la huella de un punzón en la otra. Heródoto, que escribía en el siglo V a. C., afirma que los lidios fueron los primeros en usar monedas de oro y plata, y la tradición atribuye al rey Creso las primeras monedas de oro puro y de plata pura, aunque los historiadores discuten los detalles.
La idea se extendió con rapidez por el mundo griego. Atenas pagó su flota y sus templos con «lechuzas» de plata, monedas con la cabeza de Atenea y su lechuza, acuñadas con plata de las minas de Laurión. Inspiraban tanta confianza que circulaban imitaciones hasta en Arabia. Roma empezó a emitir su denario de plata hacia el 211 a. C., y durante más de cuatro siglos fue la columna vertebral de la paga romana.
La moneda se inventó más de una vez. En China, a finales del periodo Zhou circulaban piezas de bronce con forma de pequeñas palas y cuchillos, y tras la unificación de los Qin en el 221 a. C. se impuso una única moneda redonda, el banliang, con un agujero cuadrado para ensartarlas en cordones. Esa forma duró más de dos mil años. En el valle del Ganges aparecen, hacia el siglo V a. C., monedas de plata marcadas a punzón con varios símbolos pequeños, y los historiadores aún debaten hasta qué punto las inspiró el contacto con Persia.
¿Sabías que el carácter chino que significa «concha», 貝, aparece dentro de muchos caracteres relacionados con el valor, como 財 (riqueza) y 貨 (mercancía), como un fósil de la época en que los cauris servían de dinero?
La moneda fue también el primer medio de comunicación de masas. El retrato del soberano llegaba a todos los mercados del reino, y hoy los arqueólogos usan las monedas para fechar estratos, reconstruir rutas comerciales y desenmascarar a usurpadores que acuñaban las suyas. Las cecas siguen produciendo monedas en cantidades enormes, y el pequeño disco sellado sigue siendo el símbolo más reconocible del propio dinero.
Fig. 22 · Las primeras monedas. Una moneda lidia de electro: el sello que permitió fiarse de un trozo de metal.
Capítulo 23 · Parte III
El papel moneda
El papel moneda es una promesa que se puede gastar. A diferencia de una moneda de oro, el billete en sí no vale casi nada: su valor descansa por completo en la confianza en quien lo emite. Por eso se convirtió en uno de los experimentos financieros más audaces de la historia, y en uno de los que más se han abusado.
China fue la primera. Bajo la dinastía Tang, en el siglo IX, los mercaderes usaban el «dinero volante», certificados que permitían depositar fondos en una ciudad y cobrarlos en otra sin acarrear por los caminos pesadas sartas de monedas. En Sichuan, donde la moneda local eran incómodas piezas de hierro, las casas comerciales de Chengdu empezaron a emitir recibos de depósito en papel llamados jiaozi. Hacia 1023-1024, el gobierno Song se hizo cargo del negocio y emitió el primer papel moneda estatal del mundo. Conocemos la historia por las crónicas oficiales de los Song y por los escritos de funcionarios que discutían cuánto había que imprimir.
La dinastía mongola Yuan fue más allá e hizo del papel la moneda principal de un imperio. Marco Polo describió con detalle los billetes de Kublai Kan y se asombró de que un papel hecho con la corteza interior de la morera pudiera comprarlo todo en el reino. La tentación era evidente: imprimir más. Los billetes Yuan, y después el Da Ming baochao de los Ming, emitido desde 1375, se imprimieron en exceso hasta perder casi todo su valor, y en el siglo XV la economía Ming había vuelto a la plata.
Europa llegó tarde. En 1661, el Stockholms Banco, fundado por Johan Palmstruch, emitió los primeros billetes europeos, en parte porque la «moneda de placa» de cobre oficial de Suecia pesaba muchísimo. El banco imprimió demasiado y quebró en pocos años. El Banco de Inglaterra, fundado en 1694, emitió billetes que prometían pagar al portador a la vista, fórmula que aún aparece en los billetes ingleses. Ya en 1690 la colonia de Massachusetts había emitido billetes para pagar a sus soldados, y las colonias americanas se volvieron grandes experimentadoras del papel.
¿Sabías que la moneda de placa de cobre sueca, que empujó al país hacia el papel, incluía una placa de diez dálers que pesaba casi 20 kilos?
La historia del papel moneda es también la historia de la inflación. Los assignats de la Francia revolucionaria en la década de 1790, Alemania en 1923, cuando los precios se duplicaban cada pocos días, y Zimbabue en 2008 muestran lo que ocurre cuando un gobierno imprime para pagar sus facturas. Los billetes modernos combaten la falsificación con marcas de agua, hilos de seguridad y, desde que Australia introdujo el primero en 1988, polímero plástico.
Hoy la mayor parte del dinero ni siquiera es papel, sino cifras en los registros de los bancos, y el billete es solo su forma más visible. Cada uno lleva, sin embargo, el mismo viejo pacto: una promesa impresa, honrada solo mientras la gente crea en ella.
Fig. 23 · El papel moneda. Del «dinero volante» de los Tang a los billetes de polímero: la larga vida de una promesa.
Capítulo 24 · Parte III
Bancos y banqueros
Un banco hace dos cosas sencillas que cambiaron el mundo: guarda el dinero de otros y presta una parte. La brecha entre ambas, depósitos que pueden retirarse en cualquier momento y préstamos que no pueden recuperarse con facilidad, hace que la banca sea a la vez poderosa y frágil.
Prestar es más antiguo que acuñar. En Mesopotamia, templos y palacios almacenaban grano y plata y los prestaban, y las tablillas de arcilla registran préstamos, intereses y plazos de devolución. Las leyes de Hammurabi, escritas hacia el 1750 a. C., ya ponían límites al interés sobre el grano y la plata. En la Atenas clásica, los banqueros llamados trapezitai se sentaban a sus mesas en el ágora, cambiaban monedas extranjeras, aceptaban depósitos y prestaban a los mercaderes. Los discursos de los pleitos atenienses describen sus negocios con detalle. En Roma, los argentarii hacían un trabajo parecido en torno al Foro.
¿Sabías que Pasión, el banquero más rico de la Atenas del siglo IV a. C., empezó como esclavo en una mesa de cambio, fue liberado y acabó recibiendo la ciudadanía ateniense?
La palabra banco viene del italiano banco, el banco o mostrador de los cambistas medievales, y las ciudades italianas convirtieron la banca en un negocio internacional. El Banco Médici, fundado en Florencia en 1397 por Giovanni di Bicci de' Medici, tenía sucursales en Roma, Venecia, Ginebra, Brujas y Londres. Su herramienta clave era la letra de cambio, una orden escrita de pagar una suma en otra ciudad y en otra moneda. Las letras movían el dinero por Europa sin mover monedas y, muy convenientemente, permitían a los banqueros obtener ganancias sin violar abiertamente la prohibición de la usura de la Iglesia. Los libros y cartas del banco se conservan en los archivos florentinos, y gracias a ellos los historiadores pueden seguir su auge y su caída en 1494. La Banca Monte dei Paschi di Siena, fundada en 1472, sigue operando hoy.
Otras tradiciones se desarrollaron en paralelo. Los mercaderes del mundo islámico usaban órdenes escritas llamadas suftaja para transferir fondos entre ciudades, y en la India la hundi sirvió de letra de cambio durante siglos. El norte de Europa creó bancos públicos. El Banco de Ámsterdam, abierto en 1609, permitía a los mercaderes saldar deudas mediante transferencias entre cuentas. El Riksbank sueco, fundado en 1668, es el banco central más antiguo que sigue en funcionamiento, y el Banco de Inglaterra le siguió en 1694, creado para prestar al gobierno en su guerra contra Francia.
Hoy los bancos centrales fijan los tipos de interés y actúan como prestamista de última instancia cuando estalla el pánico, un papel que defendió Walter Bagehot en Lombard Street en 1873. En las economías modernas, la mayor parte del dinero se crea cuando los bancos comerciales conceden préstamos. Del granero babilónico a la aplicación del banco, el oficio sigue siendo el mismo: cumplir las promesas y prestar con la prudencia suficiente para poder cumplirlas.
Fig. 24 · Bancos y banqueros. Del granero del templo al banco central: el ascenso de los guardianes del dinero.
Capítulo 25 · Parte III
Las rutas de la seda
Las rutas de la seda nunca fueron un solo camino, y la seda era solo una de sus cargas. El nombre lo acuñó en 1877 el geógrafo alemán Ferdinand von Richthofen para designar la red de rutas de caravanas que unía China con Asia central, Persia, la India y el Mediterráneo. Pocos mercaderes recorrían toda la distancia. Las mercancías pasaban de mano en mano y de oasis en oasis, ganando valor en cada parada.
El punto de partida tradicional es el viaje de Zhang Qian, un enviado que el emperador Wu de los Han mandó hacia el oeste hacia el 138 a. C. para buscar aliados contra los nómadas xiongnu. Capturado y retenido unos diez años, volvió con noticias de los reinos de Asia central y de sus famosos caballos. Los Han no tardaron en llevar guarniciones y atalayas hacia el oeste por el corredor de Gansu hasta Dunhuang, puerta del desierto de Taklamakán, cuyos oasis bordeaban las caravanas por el norte y por el sur. El intercambio a través de Asia central era aún más antiguo, pero el interés de los Han lo convirtió en un flujo constante.
Algunas de las mejores pruebas proceden del propio desierto. En 1907, el arqueólogo Aurel Stein encontró las Cartas antiguas sogdianas en una atalaya en ruinas cerca de Dunhuang: cartas de principios del siglo IV, escritas por mercaderes de Samarcanda y nunca entregadas, que hablan del comercio y del caos de la guerra en China. En las cuevas de Mogao, en Dunhuang, una cueva biblioteca tapiada hacia el año 1000 y reabierta en 1900 guardaba decenas de miles de manuscritos en chino, tibetano, sogdiano, sánscrito, hebreo y otras lenguas.
¿Qué circulaba? Hacia el oeste iban la seda, la laca y, más tarde, el papel y la porcelana. Hacia el este llegaban caballos, vidrio, plata, lana, uvas y alfalfa. También viajaban las ideas: el budismo llegó a China por estas rutas, igual que el cristianismo de la Iglesia del Oriente, el maniqueísmo y, después, el islam. Y también la enfermedad, pues la peste negra cruzó la estepa hacia el mar Negro en la década de 1340. Bajo el Imperio mongol, en el siglo XIII, las rutas fueron excepcionalmente seguras, y así pudo Marco Polo llegar a la corte de Kublai Kan.
¿Sabías que el monopolio chino de la seda se rompió hacia el año 552, cuando, según el historiador bizantino Procopio, unos monjes llevaron de contrabando huevos de gusano de seda al emperador Justiniano, en Constantinopla?
Las rutas terrestres decayeron a medida que los barcos acaparaban más comercio a partir del siglo XV. En 2014, la UNESCO declaró Patrimonio Mundial una extensa red de rutas entre Chang'an y las montañas de Tian Shan, y los planes de infraestructuras chinos actuales recuperan a propósito el viejo nombre. Las rutas de la seda nos recuerdan que la globalización no es nueva; simplemente avanzaba al paso de un camello.
Fig. 25 · Las rutas de la seda. Rutas de caravanas de Chang'an al Mediterráneo, enlazadas de oasis en oasis.
Capítulo 26 · Parte III
Las especias y el mar
Durante la mayor parte de la historia, algunas de las cargas más valiosas del mundo crecían en un puñado de islas tropicales. La nuez moscada y el macis procedían solo de las diminutas islas Banda, en el este de Indonesia. El clavo crecía en unas pocas islas del norte de las Molucas, como Ternate y Tidore. La mejor pimienta venía de la costa de Malabar, en el suroeste de la India, y la canela, de Sri Lanka. Llevarlas a las cocinas y boticas de Europa, Oriente Próximo y China era cosa de marinos, mercaderes y viento.
¿Sabías que cuando el faraón Ramsés II fue momificado, en 1213 a. C., los embalsamadores le colocaron granos de pimienta negra en la nariz, una pimienta que tuvo que viajar desde el sur de la India?
En el siglo I d. C., barcos griegos y romanos zarpaban de los puertos egipcios del mar Rojo rumbo a la India. Un manual de mercaderes griego, el Periplo del mar Eritreo, enumera puertos, mercancías y temporadas de navegación, y un papiro del siglo II registra un préstamo para un cargamento enviado desde Muziris, en la costa de Malabar. Los tesoros de monedas romanas hallados en el sur de la India confirman la magnitud de aquel comercio.
El secreto era el monzón. En el océano Índico, los vientos soplan del suroeste en verano y del noreste en invierno, de modo que un barco podía partir con una estación y volver con la siguiente. Ese ritmo creó una cadena de puertos. Las especias iban de las islas a Malaca, luego a Calicut y a la costa de Guyarat, después a Adén, subían por el mar Rojo hasta Alejandría y acababan en las galeras venecianas, que las vendían por toda Europa. Participaban mercaderes árabes, guyaratíes, tamiles, malayos y chinos. Entre 1405 y 1433, el almirante Ming Zheng He dirigió siete grandes flotas a través del Índico hasta el este de África.
Los europeos querían saltarse a los intermediarios. En 1498, Vasco da Gama llegó a Calicut rodeando el cabo de Buena Esperanza, y en 1511 los portugueses tomaron Malaca para controlar su estrecho. Un siglo después, la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales se abrió paso a la fuerza hasta el monopolio de la nuez moscada. En 1621, su gobernador general, Jan Pieterszoon Coen, conquistó las islas Banda, y la mayoría de sus habitantes fueron asesinados, esclavizados o expulsados. En el Tratado de Breda de 1667, los neerlandeses conservaron la diminuta isla de Run, rica en nuez moscada, mientras los ingleses se quedaban con Nueva Ámsterdam, pronto rebautizada Nueva York.
Los monopolios no duraron. Hacia 1770, el administrador francés Pierre Poivre sacó de contrabando plantones de clavo y de nuez moscada hacia la isla Mauricio, y pronto las especias se cultivaban en todo el trópico. Al aumentar la oferta, pasaron de lujo a básico de despensa. El molinillo de pimienta de tu mesa es el discreto descendiente de flotas, monzones e imperios.
Fig. 26 · Las especias y el mar. De las islas Banda a Venecia: relevos con el monzón y, luego, la vuelta por África.
Capítulo 27 · Parte III
Compañías y acciones
Una compañía que vende acciones permite que miles de desconocidos reúnan su dinero en una misma empresa, se repartan los beneficios y, sobre todo, limiten sus pérdidas. La idea suena aburrida hoy, pero financió flotas oceánicas, ferrocarriles y la gran empresa moderna.
Tuvo antepasados. Las societates publicanorum de Roma, sociedades que pujaban por contratos públicos como la recaudación de impuestos, dividían su capital en partes, aunque los historiadores discuten con qué libertad se negociaban. Los mercaderes italianos medievales usaban la commenda: un inversor financiaba un viaje, un mercader itinerante lo llevaba a cabo y ambos se repartían el beneficio. En Suecia, una escritura de 1288 registra la adquisición por un obispo de una octava parte de la montaña de cobre de Stora Kopparberg, a menudo citada como el documento de participación más antiguo que se conoce.
El paso decisivo llegó con las grandes compañías de comercio lejano. La Compañía Británica de las Indias Orientales recibió su carta real el último día de 1600, pero al principio reunía fondos viaje a viaje. En 1602, los neerlandeses fusionaron empresas rivales en la Vereenigde Oostindische Compagnie, o VOC, con un monopolio de veintiún años sobre el comercio neerlandés al este del cabo de Buena Esperanza. Su capital debía permanecer en la empresa durante años, así que el inversor que quería recuperar su dinero tenía que vender sus acciones a otro. En la Bolsa de Ámsterdam, alojada desde 1611 en un edificio construido para ello, nació un mercado animado, con dividendos, especulación e incluso formas tempranas de venta en corto.
¿Sabías que el certificado de acciones de la VOC más antiguo que se conoce, emitido en 1606, lo encontró en 2010 un estudiante que investigaba en los archivos de la ciudad neerlandesa de Hoorn?
La VOC muestra también el lado oscuro de la idea. Era una empresa privada con derecho a hacer la guerra, firmar tratados y gobernar territorios, y así lo hizo desde Batavia, la actual Yakarta, a partir de 1619. Su rival inglesa llegó a gobernar buena parte de la India hasta que la Corona británica asumió sus territorios en 1858.
Las acciones pronto pasaron del comercio a todo lo demás. Las sociedades anónimas excavaron los canales británicos y construyeron sus ferrocarriles, y la Ley de Responsabilidad Limitada de 1855 permitió que los inversores no perdieran más de lo que habían puesto. La Bolsa de Tokio abrió en 1878, y hoy hay mercados de valores en la mayoría de los países. Los fondos de pensiones poseen pedacitos de miles de empresas en nombre de personas que a menudo ni lo saben. Cualquiera que tenga un plan de pensiones es socio de una idea que pusieron a prueba por primera vez unos mercaderes neerlandeses que apostaban por la nuez moscada.
Fig. 27 · Compañías y acciones. Cómo se organizaba la VOC neerlandesa, de la carta real a los accionistas.
Capítulo 28 · Parte III
El patrón oro
Con un patrón oro, un país define su moneda como un peso fijo de oro, y quien tenga billetes puede, en principio, cambiarlos por oro a ese tipo. La promesa debía impedir que los gobiernos imprimieran dinero a su antojo. Durante cerca de un siglo fue la columna vertebral de las finanzas mundiales, y se vino abajo dos veces.
El oro había sido dinero durante milenios, pero casi siempre junto a la plata. Gran Bretaña se deslizó hacia el oro casi por accidente. En 1717, Isaac Newton, como director de la Casa de la Moneda, fijó el valor de la guinea de oro frente a la plata en una proporción que sobrevaloraba el oro, de modo que las monedas de plata se fundían o salían del país. La Ley de Acuñación de 1816 hizo del oro el patrón legal, el soberano de oro apareció en 1817 y, desde 1821, los billetes del Banco de Inglaterra volvieron a ser convertibles en oro.
Otros países se sumaron en la década de 1870. El nuevo Imperio alemán adoptó el oro entre 1871 y 1873, ayudado por la indemnización que Francia pagó tras la guerra franco-prusiana, y Estados Unidos lo siguió en la práctica, algo que confirmó la Ley del Patrón Oro de 1900. No todos estaban contentos. En 1896, William Jennings Bryan, que quería que la plata respaldara también al dólar, proclamó en la convención demócrata: «No crucificaréis a la humanidad en una cruz de oro». Aun así, durante unas décadas los tipos de cambio fijos y el papel central de Londres permitieron que el comercio y la inversión fluyeran con una facilidad insólita.
La Primera Guerra Mundial rompió el sistema: los gobiernos suspendieron la convertibilidad para pagar la contienda. Gran Bretaña volvió al oro en 1925 con la paridad de antes de la guerra, una decisión que John Maynard Keynes atacó en Las consecuencias económicas de Mr. Churchill. La libra fuerte perjudicó a las exportaciones, y el país abandonó de nuevo el oro en 1931. Muchos historiadores económicos sostienen que los países que más se aferraron al oro fueron los que más sufrieron en la Gran Depresión. En 1933, Estados Unidos ordenó a sus ciudadanos entregar la mayor parte de sus monedas y lingotes de oro.
Tras la Segunda Guerra Mundial, los acuerdos de Bretton Woods de 1944 crearon un sistema de patrón de cambio oro: las demás monedas se vinculaban al dólar, y el dólar era convertible en oro para los bancos centrales extranjeros. A medida que los dólares se acumulaban en el extranjero, la promesa se volvió imposible de cumplir. El 15 de agosto de 1971, el presidente Richard Nixon cerró la «ventanilla del oro», y en 1973 las principales monedas ya flotaban libremente.
¿Sabías que el soberano de oro, acuñado por primera vez en 1817, se sigue acuñando hoy y que la mayoría lleva el diseño de Benedetto Pistrucci de san Jorge matando al dragón?
Ningún país ata ya su moneda al oro, pero los bancos centrales siguen guardando enormes reservas, buena parte en las cámaras acorazadas del Banco de Inglaterra y del Banco de la Reserva Federal de Nueva York. El oro ya no ancla el dinero, pero sigue siendo lo que compra la gente nerviosa cuando deja de fiarse del papel.
Fig. 28 · El patrón oro. Billetes respaldados por oro, luego un dólar ligado al oro y, al final, solo confianza.
Capítulo 29 · Parte III
Cracs y burbujas
Una burbuja se forma cuando los precios suben muy por encima de cualquier estimación sensata del valor porque los compradores esperan vender más caro a otro. El crac es el momento en que esa creencia se derrumba. El patrón se repite con tanta fidelidad que el historiador económico Charles Kindleberger, apoyándose en la obra de Hyman Minsky, describió sus etapas en Manias, Panics, and Crashes en 1978: una oportunidad nueva, un auge alimentado por el crédito fácil, euforia, tensión y, por último, pánico.
El caso temprano más famoso es la tulipomanía de las Provincias Unidas, que alcanzó su cima y se hundió en febrero de 1637. Los relatos populares, muchos sacados de Extraordinary Popular Delusions de Charles Mackay (1841), describen una nación arruinada por unas flores. Los historiadores que han revisado los archivos notariales neerlandeses, en especial Anne Goldgar, sostienen que la fiebre fue real pero pequeña, limitada a un círculo reducido de compradores, y que causó pocas quiebras. La leyenda resultó mucho más duradera que los bulbos.
El año 1720 trajo dos burbujas a la vez. En Francia se hundió la Compañía del Misisipi del financiero escocés John Law, ligada a su sistema de papel moneda. En Londres, las acciones de la Compañía de los Mares del Sur se dispararon y luego se desplomaron, arruinando a muchos inversores y llevando al Parlamento a aprobar la Bubble Act. Se cuenta que Isaac Newton, entonces director de la Casa de la Moneda, perdió una gran suma.
¿Sabías que en el año 33 d. C. Roma sufrió una crisis de crédito y que, según Tácito, cuando una ofensiva contra los prestamistas desató una carrera por reclamar préstamos, el emperador Tiberio acabó con el pánico ofreciendo préstamos sin interés a través de los bancos?
Mercados más grandes trajeron cracs más grandes. El jueves negro, 24 de octubre de 1929, y el martes negro, 29 de octubre, se hundieron las cotizaciones de la Bolsa de Nueva York, y la quiebra de miles de bancos estadounidenses en los años siguientes ayudó a convertir el crac en la Gran Depresión. La burbuja inmobiliaria y bursátil de Japón estalló después de que el índice Nikkei tocara techo a finales de 1989, y dejó una «década perdida» de crecimiento lento. La burbuja puntocom estalló en 2000. En 2008, la caída de los precios de la vivienda en Estados Unidos hundió el valor de los títulos respaldados por hipotecas, y el 15 de septiembre Lehman Brothers se declaró en la mayor quiebra de la historia del país, extendiendo el pánico por los bancos de todo el mundo.
Cada crac produjo nuevas normas: la Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos en 1934, el seguro de depósitos para frenar los pánicos bancarios y requisitos de capital más estrictos para los bancos después de 2008. Los historiadores de las finanzas señalan que esas normas suelen relajarse de nuevo cuando la memoria se desvanece. Las burbujas no son tanto locura como optimismo con dinero prestado, y cada generación parece tener que aprenderlo por sí misma.
Fig. 29 · Cracs y burbujas. El ciclo de auge y caída, y las burbujas que lo repitieron de 1637 a 2008.
Capítulo 30 · Parte III
De las tarjetas al pago sin contacto
Hoy la mayor parte del dinero se mueve sin que nada físico cambie de manos. Una tarjeta de pago es una llave de acceso a una cuenta, y un pago sin contacto es una breve conversación entre ordenadores sobre quién debe qué a quién. La historia va del cartón al chip de radio en unos setenta años.
El crédito en sí es antiquísimo, y las tiendas siempre fiaron a sus clientes. A principios del siglo XX, los grandes almacenes y las petroleras de Estados Unidos daban a sus clientes fieles placas metálicas y tarjetas propias. La primera tarjeta de pago de uso general fue Diners Club, lanzada en Nueva York en 1950. La anécdota de que su fundador, Frank McNamara, la ideó tras olvidar la cartera en una cena fue, según el primer publicista de la empresa, un invento promocional. En 1958, Bank of America envió sin que nadie las pidiera unas 60 000 tarjetas BankAmericard a los hogares de Fresno, en California, y creó así la primera tarjeta de crédito rotativo de masas, que más tarde se convertiría en Visa. La primera tarjeta de crédito británica, Barclaycard, llegó en 1966.
El efectivo también se volvió electrónico. El 27 de junio de 1967, Barclays abrió el primer cajero automático del mundo en su sucursal de Enfield, al norte de Londres, y el actor cómico Reg Varney hizo la primera retirada. Las bandas magnéticas, desarrolladas en IBM en la década de 1960, permitieron que las máquinas leyeran las tarjetas, y Francia fue pionera de las tarjetas con chip en los años ochenta. El Reino Unido convirtió el chip y PIN en norma en 2006, poniendo fin a la era de firmar recibos.
¿Sabías que el primer cajero automático no usaba tarjetas de plástico, sino vales de papel marcados con carbono 14, una sustancia ligeramente radiactiva que la máquina era capaz de detectar?
Las tarjetas sin contacto llevan un chip de radio que solo funciona a pocos centímetros del lector, y los bancos británicos las lanzaron en 2007. Ese mismo año, en Kenia, Safaricom puso en marcha M-Pesa, que permitía enviar dinero por SMS desde teléfonos móviles sencillos y se extendió por África oriental mucho antes de que la mayoría de los europeos pagara con el móvil. China saltó del efectivo a los códigos QR con Alipay y WeChat Pay, y el sistema indio UPI, lanzado en 2016, mueve hoy una parte enorme de los pagos cotidianos.
Cada pago desencadena una cadena. El terminal envía una solicitud al banco del comercio, la red de tarjetas la dirige al banco del cliente y la respuesta vuelve en cuestión de segundos. Tras el pitido hay un enorme sistema de liquidación que mueve el dinero real más tarde, en bloque. La comodidad plantea nuevas preguntas sobre la privacidad, las comisiones y quienes se quedan atrás, y Suecia, uno de los países con menos efectivo, ha aprobado leyes para mantener disponibles los servicios de efectivo. El dinero ha viajado de las tablillas de arcilla a las ondas de radio y sigue siendo, en el fondo, un registro de quién debe qué a quién.
Fig. 30 · De las tarjetas al pago sin contacto. Qué ocurre al pagar sin contacto, y setenta años de plástico que llevaron hasta ahí.
Parte IV
Guerra y paz
Murallas, armas y la larga búsqueda de la paz.
Capítulo 31 · Parte IV
Murallas y fortificaciones
Una fortificación es un argumento hecho de piedra, tierra o madera: afirma que tomar ese lugar costará más de lo que vale. Los seres humanos llevan al menos diez mil años esgrimiendo ese argumento, y los restos de sus murallas figuran entre los objetos más grandes jamás construidos.
El candidato más antiguo se alza en Jericó, en Cisjordania. Al excavar allí en la década de 1950, la arqueóloga Kathleen Kenyon descubrió un muro de piedra y una torre redonda maciza de unos 8 metros de altura, levantada hacia el 8000 a. C. por gentes que acababan de empezar a cultivar. Las dataciones por radiocarbono de los estratos que la rodean fijan su edad, pero su finalidad es menos clara. Kenyon vio en ella una defensa; otros estudiosos han defendido que era un dique contra las crecidas o un monumento que cohesionaba a la comunidad. Los historiadores siguen debatiéndolo, un buen recordatorio de que un muro no siempre es una fortaleza.
En el tercer milenio a. C., las murallas urbanas ya eran lo normal en Mesopotamia. La Epopeya de Gilgamesh comienza invitando al lector a recorrer las murallas de Uruk y admirar sus ladrillos, y los arqueólogos han seguido un recinto de unos 9 kilómetros. En China, los constructores apisonaban tierra en encofrados de madera para levantar largos muros fronterizos, que la dinastía Qin unió después del 221 a. C. La mayor parte de la Gran Muralla que recorren hoy los turistas es mucho más reciente, de ladrillo y piedra, obra de la dinastía Ming a partir de 1368. Un estudio chino publicado en 2012 midió todos los muros, de todas las épocas, en 21.196 kilómetros.
Las murallas cumplían funciones distintas en cada lugar. El muro de Adriano, iniciado en el año 122 d. C., recorría unos 117 kilómetros del norte de Britania y controlaba el paso de personas y mercancías tanto como frenaba a los saqueadores. Las murallas teodosianas de Constantinopla, terminadas en la década de 410, combinaban un foso, un muro exterior y otro interior más alto, y resistieron mil años hasta que los cañones otomanos las abrieron en 1453. En el sur de África, los recintos de piedra seca del Gran Zimbabue, levantados sin argamasa entre los siglos XI y XV, exhibían el poder real más que repeler ejércitos.
La pólvora obligó a rediseñarlo todo. Los muros altos se hacían añicos bajo el fuego de cañón, así que los ingenieros italianos de principios del siglo XVI construyeron murallas bajas y gruesas con baluartes angulosos que permitían batir cada acceso. Esta traza italiana, o fuerte abaluartado, se extendió de Malta al Caribe, y en Francia Vauban construyó o reformó decenas de plazas fuertes para Luis XIV. En la década de 1930 Francia lo intentó de nuevo con la línea Maginot, una cadena de fuertes de hormigón que en 1940 funcionó más o menos como estaba previsto: los blindados alemanes simplemente la rodearon por las Ardenas.
¿Sabías que la Gran Muralla china no se ve a simple vista desde la Luna, y que el primer astronauta chino, Yang Liwei, dijo en 2003 que tampoco pudo distinguirla desde la órbita?
Todavía se levantan muros en las fronteras, con la misma vieja promesa. Su larga historia sugiere una verdad más humilde: un muro compra tiempo, y lo que importa es qué hacen con él quienes lo construyen.
Fig. 31 · Murallas y fortificaciones. De la torre de Jericó al fuerte abaluartado: diez mil años de murallas defensivas.
Capítulo 32 · Parte IV
El caballo en la guerra
Durante la mayor parte de la historia, lo más rápido en un campo de batalla fue un caballo. Los jinetes podían explorar, saquear, perseguir y cargar, y los pueblos que los dominaron, de los nómadas de la estepa a los comanches, pesaron mucho más de lo que su número sugería. El caballo de guerra era el tanque, el camión y el avión de reconocimiento del mundo preindustrial, todo en un solo animal nervioso.
Cuándo se domesticó exactamente sigue en discusión. Dientes desgastados y restos de leche de yegua en vasijas de Botai, en Kazajistán, apuntan a un manejo de caballos hacia el 3500 a. C., pero los animales de Botai resultaron ser antepasados del caballo de Przewalski. El ADN antiguo publicado en 2021 mostró que los caballos domésticos actuales descienden de un linaje que se expandió desde la estepa occidental, cerca del Volga y el Don, solo hacia el 2200 a. C. Esa expansión coincide con los primeros carros de ruedas de radios, enterrados junto a sus dueños en yacimientos de Sintashta, en Rusia, desde hacia el 2000 a. C.
Los carros dominaron la guerra en Oriente Próximo, Egipto, la India y la China Shang durante siglos. En Qadesh, en Siria, hacia el 1274 a. C., Ramsés II y el rey hitita Muwatalli II libraron una de las mayores batallas de carros registradas, un choque indeciso que Ramsés hizo grabar en los muros de sus templos como un triunfo. Combatir a lomos del caballo costó más dominarlo. Los relieves asirios del siglo IX a. C. muestran arqueros montados que actuaban en parejas, uno sujetando ambas riendas mientras el otro disparaba, y en tiempos de los escitas los arqueros a caballo ya eran el terror de los imperios sedentarios.
Un mejor equipo cambió poco a poco lo que podían hacer los jinetes. Los estribos dobles aparecen en China a comienzos del siglo V; uno de los juegos más antiguos procede de la tumba de Feng Sufu, noble de los Yan del Norte que murió en 415. Llegaron a Europa hacia el siglo VIII. En 1962 el historiador Lynn White sostuvo que el estribo creó el feudalismo al hacer posible la carga del caballero, tesis que hoy la mayoría de los historiadores rechaza por demasiado simple. En la estepa, los ejércitos mongoles del siglo XIII daban a cada jinete varias monturas de refresco, lo que les permitía cubrir distancias que asombraban a sus enemigos.
Los caballos también transformaron sociedades enteras. Los barcos españoles los devolvieron a América a partir de 1493, donde los caballos nativos se habían extinguido miles de años antes, y Hernán Cortés usó un puñado de ellos con un efecto aterrador en México en 1519. En dos siglos, pueblos de las Grandes Llanuras como los comanches y los lakotas construyeron nuevas formas de vida en torno al caballo. Ametralladoras y alambre de espino acabaron con las grandes cargas en el frente occidental, pero los caballos siguieron arrastrando cañones y suministros en las dos guerras mundiales.
¿Sabías que la famosa imagen de la caballería polaca cargando contra tanques alemanes en 1939 es un mito, nacido de una carga en Krojanty contra infantería que se interrumpió cuando abrieron fuego unos autos blindados?
El caballo solo abandonó el campo de batalla cuando los motores pudieron hacer todo lo que él hacía, y ni un día antes.
Fig. 32 · El caballo en la guerra. Cuatro mil años del caballo de guerra, de los carros esteparios a la última caballería.
Capítulo 33 · Parte IV
La armadura y el caballero
La armadura es un compromiso escrito en metal: cada gramo que detiene una hoja también frena un cuerpo. Durante tres mil quinientos años, herreros de todo el mundo han buscado ese equilibrio, y el caballero con armadura completa de placas se convirtió en la respuesta europea más famosa.
La armadura casi completa más antigua de Europa apareció en 1960 en una tumba de Dendra, cerca de Micenas, en Grecia. Fechada hacia el 1400 a. C., es un conjunto de placas de bronce que encerraba al portador del cuello a los muslos, hallado junto a un casco revestido de colmillos de jabalí. Los experimentos con réplicas sugieren que podía usarse en combate real, no solo en desfiles.
La cota de malla, un tejido de miles de anillos entrelazados, fue probablemente inventada por herreros celtas hacia el siglo III a. C., y Roma la adoptó ampliamente. Los legionarios llevaban también la armadura de láminas que hoy llamamos lorica segmentata, de la que se han hallado fragmentos en Kalkriese, en Alemania, escenario del desastre romano del año 9. En Asia oriental, los armeros ataban pequeñas escamas de hierro o cuero lacado en flexibles armaduras laminares, hasta llegar al voluminoso ō-yoroi de los samuráis arqueros a caballo de Japón, desde aproximadamente el siglo X.
En la Europa medieval, el guerrero montado del siglo XI vestía una camisa de malla, la loriga, como muestra el tapiz de Bayeux. Las placas se añadieron pieza a pieza durante los siglos XIII y XIV, y hacia 1420 ya había llegado el arnés completo de acero articulado. Los talleres de Milán y del sur de Alemania vendían armaduras por toda Europa, y armeros posteriores probaban los petos disparándoles un pistoletazo y dejando la abolladura como garantía. Un arnés de campaña completo solía pesar entre 15 y 25 kilos, repartidos por todo el cuerpo, menos que muchas mochilas de infantería modernas.
El caballero era más un rango social que un tipo de soldado: un hombre de familia terrateniente, armado en una ceremonia y obligado a seguir los ideales de la caballería. La pólvora no acabó con la armadura de la noche a la mañana. Los coraceros aún llevaban petos de acero en Waterloo en 1815, y el casco de acero volvió a las trincheras en 1915. El kevlar, fibra inventada por la química Stephanie Kwolek en 1965, refuerza hoy los chalecos antibalas de policías y soldados de todo el mundo.
¿Sabías que los caballeros no subían a sus caballos con grúas? La imagen debe mucho a la película Enrique V de Laurence Olivier, de 1944, mientras que los caballeros reales podían montar, correr y levantarse del suelo sin ayuda.
Los materiales pasaron del bronce al kevlar, pero el pacto entre protección y movimiento nunca ha desaparecido.
Fig. 33 · La armadura y el caballero. Un arnés de placas del siglo XV, pieza a pieza, del yelmo al escarpe.
Capítulo 34 · Parte IV
La pólvora lo cambia todo
La pólvora es una sencilla mezcla de salitre, carbón vegetal y azufre que arde lo bastante rápido como para lanzar una bala a través de un muro. Transformó fortalezas, ejércitos, imperios y sistemas fiscales: muchas consecuencias para algo que podía mezclarse en un cuenco.
Todo empezó en China. Un texto alquímico taoísta del siglo IX advierte que calentar juntos salitre, azufre y miel había quemado manos y rostros e incluso incendiado casas. Las fórmulas escritas más antiguas que se conservan aparecen en el Wujing Zongyao, un manual militar compilado para la corte Song en 1044, que describe bombas incendiarias lanzadas con catapulta. Los ejércitos Song desarrollaron después la lanza de fuego, un tubo de bambú o papel que escupía llamas y metralla, y a finales del siglo XIII ya existían verdaderas armas de metal: un cañón de mano de bronce hallado en Heilongjiang se fecha hacia 1288 por la campaña con la que se relaciona.
El conocimiento viajó hacia el oeste, quizá con los mongoles. La imagen europea más antigua de un cañón está en un manuscrito hecho para el joven Eduardo III por Walter de Milemete en 1326: un tubo con forma de jarrón que dispara un gran dardo. En menos de un siglo los cañones fueron lo bastante grandes para importar. En 1453 el sultán Mehmed II llevó contra las murallas de Constantinopla bombardas gigantes fundidas por un artesano llamado Orbán, que ayudaron a acabar con una ciudad que había resistido asedios durante mil años.
Las armas de fuego se extendieron entonces por los continentes a una velocidad asombrosa. Babur ganó la batalla de Panipat en 1526 con mosquetes de mecha y cañones de campaña y fundó el Imperio mogol. Comerciantes portugueses llevaron arcabuces a la isla de Tanegashima, en Japón, en 1543, y los herreros japoneses pronto los copiaron en gran número. En Nagashino, en 1575, los tiradores concentrados de Oda Nobunaga quebraron la famosa caballería Takeda, aunque los historiadores discuten la leyenda de las descargas perfectamente rotativas. Marshall Hodgson y William McNeill llamaron más tarde a los Estados otomano, safávida y mogol los imperios de la pólvora, una etiqueta todavía discutida.
Las armas de fuego alimentaron también lo que los historiadores llaman, desde que Michael Roberts acuñó la expresión en 1955, la revolución militar. Fuertes abaluartados, infanterías mayores y costosos trenes de artillería empujaron a los Estados a recaudar y endeudarse más, y el velero armado con cañones llevó el poder europeo a través de los océanos. En 1884 el químico francés Paul Vieille creó la pólvora B, sin humo, que acabó con los campos de batalla envueltos en humo blanco.
¿Sabías que la receta clásica de la pólvora negra, unas 75 partes de salitre por 15 de carbón y 10 de azufre, se usó durante siglos y todavía hoy eleva los fuegos artificiales?
Nacida en el taller de los alquimistas, la pólvora se convirtió en la gran niveladora del campo de batalla, y rara vez niveló algo con suavidad.
Fig. 34 · La pólvora lo cambia todo. Cómo un descubrimiento chino cruzó el mundo y rehízo fortalezas, ejércitos e imperios.
Capítulo 35 · Parte IV
Armadas y poder naval
Una armada es una flota que un Estado mantiene para la guerra, y el poder naval es lo que esa flota compra: el control del comercio, de las costas y del movimiento de los ejércitos. Quien domina el mar puede elegir dónde combatir, una idea sencilla que ha decidido el destino de imperios.
La imagen más antigua que se conserva de una batalla naval está tallada en el templo de Ramsés III en Medinet Habu, en Egipto. Realizada hacia el 1175 a. C., muestra barcos egipcios trabados con las naves de los Pueblos del Mar mientras los arqueros disparan desde las cubiertas. Otras pruebas proceden de pecios, atarazanas y textos. Los trirremes atenienses, con tres filas de remeros y un espolón de bronce en la proa, derrotaron a la flota persa en Salamina en el 480 a. C., y una réplica a tamaño real, el Olympias, se botó en 1987 para comprobar cómo navegaban.
Roma, potencia terrestre, aprendió rápido: en la primera guerra púnica contra Cartago dotó a sus barcos del corvus, una pasarela de abordaje que convertía los combates navales en batallas de infantería. En Asia, el almirante Ming Zheng He dirigió siete grandes viajes por el océano Índico entre 1405 y 1433, aunque los historiadores discuten el tamaño real de sus naves del tesoro. En 1592 el almirante coreano Yi Sun-sin usó barcos tortuga acorazados y tácticas audaces para cortar las líneas de suministro japonesas y frustrar una invasión.
El velero armado con cañones cambió las reglas. En Lepanto, en 1571, último gran choque de galeras de remo, una coalición cristiana venció a una flota otomana. Diecisiete años después, barcos ingleses con cañones de mayor alcance hostigaron a la Armada Invencible por el canal de la Mancha antes de que las tormentas destrozaran gran parte de ella. La disciplinada línea de batalla llevó a Trafalgar en 1805, tras lo cual la marina británica vigiló las rutas marítimas del mundo durante un siglo. En 1890 el oficial estadounidense Alfred Thayer Mahan publicó La influencia del poder naval en la historia, leído con avidez en Londres, Berlín y Tokio, que alimentó una carrera de armamentos navales.
Luego llegaron el acero y el vapor. El HMS Dreadnought, botado en 1906 con diez grandes cañones y turbinas de vapor, dejó obsoletos de golpe todos los acorazados anteriores. Después mandaron los aviones. En las batallas del mar del Coral y de Midway, en 1942, los portaaviones se golpearon desde mucho más allá del horizonte, y el acorazado perdió su corona. La mayor parte del comercio mundial sigue viajando por mar, y las armadas aún vigilan los estrechos por los que debe pasar.
¿Sabías que en la batalla del mar del Coral, en mayo de 1942, las flotas enemigas nunca llegaron a verse y fue la primera batalla naval librada por completo con aviones?
Los barcos han pasado de cascos a remo a aeródromos flotantes, pero el premio sigue siendo el mismo: la libertad de usar el mar y el poder de negárselo a otros.
Fig. 35 · Armadas y poder naval. Del trirreme al portaaviones: cuatro buques de guerra dibujados a la misma escala.
Capítulo 36 · Parte IV
Asedios
Un asedio es la guerra reducida a paciencia: un ejército rodea un lugar fortificado e intenta entrar, rendirlo por hambre o simplemente esperar a que se entregue. Como las ciudades amuralladas guardaban los alimentos, las riquezas y las personas que importaban, los asedios fueron durante la mayor parte de la historia la forma más común de guerra seria, mucho más que las batallas campales.
Algunas de las pruebas más antiguas proceden de Hamoukar, en el norte de Siria, donde los excavadores hallaron una ciudad destruida hacia el 3500 a. C., con sus ruinas sembradas de proyectiles de honda de arcilla. La imagen más clara llega mucho después. En el 701 a. C. el rey asirio Senaquerib asedió Laquis, en Judá, y luego decoró su palacio de Nínive con relieves del asalto: arqueros, arietes empujados por una rampa y cautivos conducidos al exilio. Los relieves están hoy en el Museo Británico, y los arqueólogos han encontrado en Laquis la propia rampa de asedio asiria, junto con la contrarrampa de los defensores tras la muralla.
El arte del asedio se convirtió en una profesión de ingenieros. En el año 73 o 74 d. C., los romanos rodearon la fortaleza de Masada con un muro y levantaron una enorme rampa por su lado oeste. Los ingenieros chinos desarrollaron el trebuchet, un brazo lanzador del que tiraban equipos de personas, antes del 300 a. C.; el trebuchet de contrapeso, más pesado, apareció en el mundo mediterráneo en el siglo XII. En 1273 los mongoles pusieron fin a su largo asedio de la ciudad china de Xiangyang con máquinas de contrapeso construidas por dos ingenieros musulmanes llegados de Persia.
Bajo las murallas se libraba una guerra más callada. Los atacantes cavaban minas para derribar torres, y los defensores contraminaban para salirles al paso en la oscuridad. La pólvora convirtió las minas en bombas y el cañón en un rompemuros. Desde finales del siglo XVII, el ingeniero francés Vauban hizo del ataque casi una ciencia, acercándose a la fortaleza con trincheras en zigzag y paralelas que sus tropas cavaban paso a paso, como en Maastricht en 1673.
El hambre fue siempre el arma más barata. El sitio de Leningrado duró 872 días, de septiembre de 1941 a enero de 1944, y murieron cientos de miles de civiles, la mayoría de hambre y frío. Sarajevo soportó casi cuatro años de cerco en la década de 1990, con sus habitantes esquivando a los francotiradores para ir a buscar agua.
¿Sabías que la rampa de asedio romana de Masada, construida hace casi dos mil años, todavía asciende por el lado oeste de la roca y que hoy los visitantes suben por un sendero sobre ella?
Murallas, máquinas y explosivos cambiaron, pero la pregunta central de todo asedio siguió siendo la misma: ¿quién se queda sin fuerzas primero?
Fig. 36 · Asedios. Anatomía de un asedio: murallas, rampa, trebuchet, minas y bloqueo en una sola vista.
Capítulo 37 · Parte IV
La guerra total
La guerra total es la que reclama todo lo que una sociedad tiene: sus hombres y mujeres jóvenes, sus fábricas, granjas, dinero, ciencia e imaginación. Los civiles se convierten en trabajadores del esfuerzo bélico y, por tanto, a ojos del enemigo, en objetivos. La expresión es moderna, y los historiadores discuten hasta dónde se remonta el fenómeno.
Las guerras antiguas y medievales podían ser devastadoramente exhaustivas. Roma arrasó Cartago en el 146 a. C., los mongoles destruyeron las ciudades que se les resistían y la guerra de los Treinta Años, de 1618 a 1648, vació comarcas enteras de las tierras alemanas. Sin embargo, esas guerras las libraban ejércitos limitados, reclutados y pagados por gobernantes que no podían disponer de todos los recursos de sus súbditos. El punto de inflexión llegó con la Revolución francesa. El 23 de agosto de 1793 la Convención Nacional decretó la leva en masa, que ponía a todo ciudadano francés al servicio de la guerra: los jóvenes combatirían, los casados forjarían armas, las mujeres harían tiendas y ropa, y los niños convertirían la ropa vieja en hilas para vendajes.
La industria multiplicó el efecto. Gran Bretaña ya había introducido el impuesto sobre la renta en 1799 para pagar sus guerras contra Francia. En la guerra de Secesión estadounidense, ferrocarriles, telégrafos y fábricas alimentaron ejércitos enormes, y en 1864 el general William T. Sherman marchó por Georgia destruyendo vías, granjas y almacenes para quebrar la capacidad de lucha del Sur. El teórico prusiano Carl von Clausewitz ya había descrito la tendencia de la guerra hacia lo absoluto en De la guerra, publicado en 1832, aunque subrayó que la política normalmente la contiene.
Las dos guerras mundiales hicieron de la guerra total la norma. Entre 1914 y 1918 los gobiernos impusieron el servicio militar obligatorio, el racionamiento, la censura y el control estatal de la industria, y las mujeres asumieron trabajos en fábricas de municiones, granjas y transportes de todos los países en guerra. El general alemán Erich Ludendorff dio nombre a la idea en su libro Der totale Krieg, de 1935. En febrero de 1943 Joseph Goebbels preguntó a una multitud en Berlín: «¿Queréis la guerra total?». Del Blitz a los bombardeos incendiarios de Tokio y las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945, la línea entre el frente y la retaguardia casi desapareció.
La guerra total también construyó el Estado moderno. Ministerios de planificación, laboratorios de investigación, sistemas de bienestar e impuestos más altos nacieron a menudo de la movilización bélica, y muchos sobrevivieron a la paz.
¿Sabías que el racionamiento de alimentos en Gran Bretaña, iniciado en enero de 1940, no terminó del todo hasta julio de 1954, casi nueve años después del final de la Segunda Guerra Mundial?
La guerra total convirtió a todos en participantes, y precisamente por eso resultó tan difícil de limitar y tan terrible de soportar.
Fig. 37 · La guerra total. La guerra total moviliza cada capa de una sociedad, del frente a la cocina.
Capítulo 38 · Parte IV
Las reglas de la guerra: de la caballería a Ginebra
Toda cultura que ha combatido ha intentado también poner límites al combate: a quién se puede matar, cómo se trata a los prisioneros, qué lugares son sagrados. Las leyes de la guerra se han violado a menudo, pero han pasado de costumbres y códigos de honor a tratados aceptados por todos los Estados del planeta.
Los textos antiguos muestran ese impulso. Las Leyes de Manu, en la India, prohíben al guerrero golpear a un enemigo que se ha rendido, que duerme o que ha perdido su armadura. El Arte de la guerra chino aconseja tratar bien y conservar a los soldados capturados. La tradición islámica temprana recoge que el califa Abu Bakr ordenó a sus ejércitos no matar a mujeres, niños ni ancianos, ni talar árboles frutales. Esas normas eran también prácticas: la clemencia animaba al enemigo a rendirse.
En la Europa medieval, la Iglesia intentó domesticar a su propia clase guerrera. La Paz de Dios, proclamada en un concilio en Charroux en 989, protegía a clérigos, campesinos y sus bienes, y la Tregua de Dios del siglo XI prohibía combatir ciertos días de la semana. La caballería añadió un código de honor, sobre todo para el trato entre caballeros: a un noble capturado se le pedía rescate, mientras que los soldados comunes a menudo morían. En 1625 el jurista neerlandés Hugo Grocio publicó Sobre el derecho de la guerra y de la paz, donde defendía que el derecho obligaba a los Estados incluso en guerra.
El sistema moderno nació del horror de un solo hombre. En 1859 el empresario suizo Henry Dunant vio a miles de heridos abandonados tras la batalla de Solferino, en el norte de Italia. Su libro Recuerdo de Solferino llevó a fundar el Comité Internacional de la Cruz Roja en 1863 y, en agosto de 1864, al primer Convenio de Ginebra, que protegía a los soldados heridos y al personal sanitario que los atendía. También en 1863, el ejército de la Unión publicó durante la guerra de Secesión el Código Lieber, con normas de conducta para sus soldados. Las conferencias de La Haya de 1899 y 1907 restringieron ciertas armas y métodos de combate.
La Segunda Guerra Mundial demostró lo poco que esas reglas habían contenido. Los juicios de Núremberg de 1945 y 1946 establecieron que los individuos podían ser castigados por crímenes de guerra, y los cuatro Convenios de Ginebra de 1949 extendieron la protección a prisioneros de guerra y civiles. En 1977 llegaron los Protocolos adicionales, y en 1998 el Estatuto de Roma creó la Corte Penal Internacional, que abrió en 2002.
¿Sabías que los Convenios de Ginebra de 1949 han sido ratificados por todos los Estados del mundo, 196 en total, lo que los sitúa entre los tratados más aceptados jamás escritos?
Las leyes de la guerra no pueden impedir la guerra, pero trazan una línea y hacen de cruzarla un crimen con nombre propio.
Fig. 38 · Las reglas de la guerra: de la caballería a Ginebra. De la Paz de Dios al Estatuto de Roma: cómo se escribieron los límites de la guerra.
Capítulo 39 · Parte IV
Espías e inteligencia
La inteligencia es el conocimiento sobre el enemigo que este preferiría que no tuvieras, y los espías son quienes van a buscarlo. Es uno de los oficios más antiguos de la guerra y uno de los peor documentados, porque sus mejores practicantes se esfuerzan por no dejar rastro.
Los primeros relatos proceden de los textos. Cartas del archivo del palacio de Mari, en Siria, escritas en el siglo XVIII a. C., transmiten informes sobre los movimientos de reyes rivales y sus tropas. La Biblia hebrea cuenta cómo Moisés envió doce espías a Canaán, y cómo Rajab escondió en su azotea a los dos espías de Jericó. En China, el Arte de la guerra, atribuido tradicionalmente a Sun Tzu, termina con un capítulo sobre el uso de espías que distingue cinco tipos, entre ellos el agente doble, y el Arthashastra indio describe una red estatal de informantes disfrazados de ascetas, comerciantes y estudiantes.
El espionaje se convirtió en asunto de Estado en la Europa moderna. Sir Francis Walsingham, secretario principal de Isabel I, dirigía agentes por toda Europa, y en 1586 su descifrador Thomas Phelippes leyó las cartas secretas de la conspiración de Babington, pruebas que llevaron a la ejecución de María Estuardo en 1587. Durante la Revolución estadounidense, la red Culper de George Washington sacó informes de la Nueva York ocupada por los británicos desde 1778, con tinta invisible y palabras en clave numeradas.
El siglo XX industrializó los secretos. Mata Hari, fusilada por Francia en 1917, se convirtió en la legendaria espía seductora, aunque los historiadores dudan de que llegara a transmitir nada de mucho valor. En la Segunda Guerra Mundial, el sistema Double Cross británico controlaba a los agentes alemanes enviados a Gran Bretaña, y el agente doble español Juan Pujol García, alias Garbo, ayudó a convencer a Hitler de que el desembarco de Normandía de 1944 era solo una maniobra de distracción. También hubo espías que traicionaron a su propio bando: los Cinco de Cambridge pasaron secretos británicos a Moscú durante años.
Después las cámaras subieron al cielo. Un avión espía estadounidense U-2 fue derribado sobre la Unión Soviética el 1 de mayo de 1960, y en agosto de ese año una cápsula del satélite Corona trajo las primeras fotografías de la URSS tomadas desde la órbita. Hoy satélites, señales interceptadas y un torrente de información pública, de los localizadores de barcos a las redes sociales, conviven con el método más antiguo de todos: una persona que sabe algo y a la que se convence para que hable.
¿Sabías que el primer ejército que espió desde el aire fue el francés? En la batalla de Fleurus, en 1794, observadores a bordo del globo L'Entreprenant vigilaron los movimientos de las tropas austriacas y enviaron sus informes a tierra.
Las herramientas han pasado de los susurros a los satélites, pero la inteligencia sigue reduciéndose a una pregunta muy antigua: ¿en quién confías?
Fig. 39 · Espías e inteligencia. El oficio de la inteligencia como organigrama: cuatro maneras de averiguar un secreto.
Capítulo 40 · Parte IV
Hacer la paz: tratados y treguas
Terminar una guerra suele ser más difícil que empezarla. Una tregua detiene los combates durante un tiempo; un tratado intenta resolver aquello por lo que se luchaba. Ambos dependen de algo que ningún arma puede proporcionar: la confianza de cada parte en que la otra cumplirá su palabra.
El testimonio más antiguo de un acuerdo de paz está grabado en la Estela de los Buitres, procedente de Girsu, en el sur de Irak, realizada hacia el 2450 a. C.: en ella el rey Eannatum de Lagash hace jurar ante los dioses a los hombres de la rival Umma que respetarán una frontera. El tratado antiguo más famoso llegó hacia el 1259 a. C., cuando Ramsés II de Egipto y el rey hitita Hattusili III pactaron la paz y la ayuda mutua. Se conservan ambas versiones: la egipcia en jeroglíficos en los muros de los templos de Karnak y la hitita en cuneiforme acadio en tablillas de arcilla de Hattusa, en Turquía. Una réplica de una de las tablillas cuelga en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York.
Los tratados se volvieron más complejos a medida que crecían los Estados. La Paz de Westfalia de 1648 puso fin a la guerra de los Treinta Años tras años de conversaciones en Münster y Osnabrück, y a menudo se le atribuye la fundación del sistema moderno de Estados soberanos, aunque muchos historiadores lo consideran hoy una exageración. En 1689 Rusia y la China de los Qing firmaron el Tratado de Nérchinsk, con jesuitas como intérpretes y el texto oficial en latín. En Nueva Zelanda, el Tratado de Waitangi de 1840 tenía versiones inglesa y maorí que decían cosas distintas, una brecha que todavía hoy se intenta salvar.
La paz puede hacerse bien o mal. El Congreso de Viena de 1815 mantuvo un equilibrio aproximado entre las grandes potencias durante décadas, mientras que el Tratado de Versalles de 1919 dejó a Alemania resentida, y los historiadores aún debaten cuánto contribuyó a la siguiente guerra. A veces no llega ningún tratado: los combates en Corea cesaron con un armisticio el 27 de julio de 1953, y desde entonces no ha habido tratado de paz. El Acuerdo de Viernes Santo del 10 de abril de 1998, aprobado por los votantes a ambos lados de la frontera irlandesa, ofrece otro modelo, basado en el reparto del poder y el compromiso paciente.
Las pequeñas treguas también cuentan. En la Navidad de 1914, soldados de algunos tramos del frente occidental salieron de sus trincheras para intercambiar regalos y enterrar a sus muertos, hasta que los oficiales lo impidieron.
¿Sabías que la guerra de Corea nunca ha terminado formalmente? El armisticio de 1953 lo firmaron mandos militares, y el gobierno de Corea del Sur nunca llegó a firmarlo.
Los tratados son promesas puestas por escrito, y los mejores hacen que cumplir la promesa sea más fácil que romperla.
Fig. 40 · Hacer la paz: tratados y treguas. El ciclo de la paz: del alto el fuego a la promesa cumplida, con ejemplos reales.
Parte V
Ley, poder y gobierno
Quién manda, con qué derecho y bajo qué reglas.
Capítulo 41 · Parte V
Jefes, reyes y faraones
Mucho antes de que nadie pusiera una ley por escrito, alguien ya mandaba. Los antropólogos describen una escalera de la autoridad: pequeñas bandas que deciden en común, jefaturas en las que una familia ostenta un rango hereditario y Estados en los que un rey da órdenes a funcionarios, soldados y recaudadores. La escalera es un modelo más que una regla, pero ayuda a entender cómo un cabecilla de aldea se convirtió, en unos pocos lugares, en un dios en la tierra.
Las primeras huellas están en las tumbas. En Varna, en la costa búlgara del mar Negro, una necrópolis de hacia 4500 a. C. albergaba a un hombre enterrado con adornos de oro y un hacha a modo de cetro, mientras la mayoría de sus vecinos no se llevaron casi nada: el rango, hecho visible en metal. Hacia 3100 a. C., la paleta de Narmer, una losa de esquisto tallada hallada en Hieracómpolis en 1898, muestra a un soberano egipcio con la corona blanca del Sur en una cara y la corona roja del Norte en la otra. Los historiadores discuten si recoge una conquista real, pero es un temprano manifiesto de la realeza.
La respuesta egipcia a la pregunta «¿con qué derecho?» fue la religión. El faraón era el Horus viviente, garante de la maat, el orden cósmico que hacía crecer el Nilo y salir el sol. En Mesopotamia, la palabra sumeria lugal significaba simplemente «gran hombre», y la Lista real sumeria empieza con la realeza descendiendo del cielo. En China, los Zhou, que derrocaron a los Shang hacia 1046 a. C., proclamaron el mandato del Cielo: el Cielo concede el poder al gobernante virtuoso y se lo retira al malvado, lo que justificaba muy oportunamente cada rebelión triunfante.
Otras sociedades hallaron otros anclajes. En Hawái, los jefes ali'i descendían de los dioses y los protegían estrictas prohibiciones, los kapu. Hacia 1700, los asante de África occidental se unieron bajo Osei Tutu en torno al Taburete de Oro, que según la tradición bajó del cielo; pertenece a la nación y no al rey, y nadie se sienta en él. En Europa, Jacobo VI y I defendió el derecho divino de los reyes, una teoría que su hijo Carlos I se llevó al cadalso en 1649.
¿Sabías que la palabra faraón viene del egipcio per-aa, «casa grande», es decir, el palacio, y que solo pasó a designar al propio rey hacia el reinado de Tutmosis III, en el siglo XV a. C.?
La monarquía no ha desaparecido. Varias decenas de países conservan un rey, una reina, un emperador, un sultán o un emir, aunque la mayoría reinan dentro de una constitución en lugar de gobernar. Lo que sobrevive es el viejo pacto que late en toda corona: el poder necesita un relato que explique por qué merece ser obedecido.
Fig. 41 · Jefes, reyes y faraones. Del jefe al dios-rey: cómo los gobernantes acumularon poder y lo justificaron
Capítulo 42 · Parte V
Hammurabi y las primeras leyes escritas
Una ley que solo vive en la memoria puede doblegarla quien la recuerda. Escribirla cambia la discusión: la norma existe ya fuera del gobernante, en una superficie que cualquiera que sepa leer puede señalar. El intento antiguo más famoso es el Código de Hammurabi, promulgado por el rey de Babilonia hacia 1754 a. C., al final de su largo reinado.
Lo conocemos gracias a un único objeto espectacular. En 1901 y 1902, arqueólogos franceses que excavaban en Susa, en el suroeste de Irán, hallaron una estela de basalto negro de unos 2,25 metros de altura. En lo alto, un relieve muestra a Hammurabi de pie ante Shamash, el dios sol de la justicia. Debajo corren columnas de escritura cuneiforme: un prólogo jactancioso, unas 282 leyes y un epílogo que invita a todo agraviado a que le lean la estela. La piedra había viajado: un rey elamita, Shutruk-Nakhunte, se la llevó de Babilonia como botín de guerra en el siglo XII a. C. Hoy está en el Louvre.
Hammurabi no fue el primero. Se conservan fragmentos de las leyes de Ur-Nammu de Ur, de hacia 2100 a. C., y de Lipit-Ishtar de Isin, de hacia 1930 a. C. Todas siguen el mismo patrón: si ocurre esto, entonces sucede aquello. Las leyes de Hammurabi tratan del robo, el comercio, los salarios, el matrimonio, la herencia, la cirugía y la construcción. El albañil cuya casa se derrumba y mata a su dueño debe morir. El famoso «ojo por ojo» también aparece, pero el castigo dependía del rango: destruir el ojo de un noble costaba el propio; el de un hombre común, una multa en plata.
¿Sabías que una franja lisa en la parte baja del frente de la estela marca el lugar donde se rasparon varias columnas de leyes, probablemente por orden de los elamitas que la llevaron a Susa, y que los estudiosos reconstruyen parte del hueco con copias en tablillas de arcilla?
Los historiadores debaten para qué servía el código. Se conservan miles de contratos y pleitos paleobabilónicos, y casi nunca lo citan. Muchos especialistas lo leen hoy como un escaparate real de sabias sentencias, mitad derecho y mitad propaganda, más que como un código que consultaran los jueces. Ambiciones parecidas surgen lejos y más tarde. En Atenas, Dracón puso por escrito hacia 621 a. C. unas leyes que se volvieron sinónimo de severidad. En China, unas tablillas de bambú halladas en Shuihudi en 1975 conservan textos jurídicos de los Qin del siglo III a. C., y el código Tang del siglo VII moldeó durante siglos el derecho de Asia oriental.
La idea sobrevivió a Babilonia. Toda norma publicada, de una ordenanza municipal a una constitución, repite la apuesta de Hammurabi: una vez escritas las reglas, hasta los gobernantes pueden medirse con ellas.
Fig. 42 · Hammurabi y las primeras leyes escritas. Anatomía de una estela de basalto negro: un rey, un dios y unas 282 leyes «si…, entonces…»
Capítulo 43 · Parte V
La democracia en Atenas
La democracia, del griego demos, pueblo, y kratos, poder, no nació como teoría. Se improvisó en Atenas después de 508 a. C., cuando el aristócrata Clístenes, respaldado por un levantamiento popular, repartió a los ciudadanos en diez nuevas tribus que cortaban las viejas lealtades familiares. Durante los dos siglos siguientes, con interrupciones, los ciudadanos se gobernaron a sí mismos de forma directa.
Directa de verdad. La Asamblea, o ekklesía, se reunía decenas de veces al año en la Pnyx, una colina rocosa al oeste de la Acrópolis, donde cualquier ciudadano podía hablar y miles votaban a mano alzada la guerra, la paz, los impuestos y los tratados. Su orden del día lo preparaba el Consejo de los Quinientos, cincuenta hombres de cada tribu elegidos por sorteo para un año. El sorteo, y no la elección, cubría la mayoría de los cargos, porque los atenienses pensaban que las elecciones favorecían a los ricos y a los famosos. Los estrategos, cuyos errores podían perder una guerra, eran la gran excepción: se elegían, y Pericles fue reelegido una y otra vez.
Las pruebas son insólitamente tangibles. En el Ágora, los arqueólogos han hallado fragmentos de un kleroterion, una máquina de sorteo de piedra con hileras de ranuras para las fichas de bronce de los ciudadanos. También han encontrado miles de óstraka, fragmentos de cerámica con nombres grabados. Una vez al año la Asamblea podía votar el destierro de un hombre durante diez años; se conservan tiestos con los nombres de Temístocles, Arístides y Jantipo, el padre de Pericles. Los tribunales los formaban jurados de 201, 501 o más ciudadanos, que desde mediados del siglo V a. C. cobraban una pequeña dieta.
¿Sabías que unos 190 óstraka hallados en un pozo de la ladera norte de la Acrópolis llevan todos el nombre de Temístocles, pero fueron escritos por apenas un puñado de manos, lo que sugiere que alguien preparó las papeletas de antemano para repartirlas?
Era una democracia con aristas. Solo votaban los ciudadanos varones adultos, unas pocas decenas de miles como mucho, mientras que las mujeres, los esclavos y los extranjeros residentes, los metecos, quedaban fuera. Un jurado de unos 500 ciudadanos condenó a muerte a Sócrates en 399 a. C., algo que Platón nunca perdonó. Tras la victoria de Macedonia en 322 a. C., el sistema fue desmantelado.
Las épocas posteriores tomaron prestada la palabra mucho antes que la práctica. La mayoría de las democracias modernas son representativas, pero las herramientas atenienses vuelven. En Irlanda, asambleas de ciudadanos elegidos al azar ayudaron a preparar los referendos sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo en 2015 y sobre el aborto en 2018. El sorteo, al final, no era una idea tan pintoresca.
Fig. 43 · La democracia en Atenas. Cómo gobernaban en persona los atenienses: por sorteo, a mano alzada y con tiestos
Capítulo 44 · Parte V
La República romana y su derecho
Según la tradición romana, en 509 a. C. el pueblo de Roma expulsó a su último rey, Tarquinio el Soberbio, y juró no volver a ser gobernado por un solo hombre. En su lugar nació la República, de res publica, «la cosa pública»: un equilibrio entre magistrados electos, un Senado aristocrático y asambleas populares que duró casi cinco siglos.
El poder estaba repartido y limitado en el tiempo. Dos cónsules, elegidos cada año, mandaban los ejércitos y podían bloquearse mutuamente. El Senado, formado por antiguos magistrados, no tenía poder legislativo formal, pero sí una autoridad enorme, y sus consejos solían imponerse. Las asambleas de ciudadanos elegían a los magistrados y aprobaban las leyes. Cuando los plebeyos, los ciudadanos comunes, abandonaron la ciudad en señal de protesta en 494 a. C., obtuvieron magistrados propios, los tribunos de la plebe, que podían detener casi cualquier acto con una sola palabra: veto, «prohíbo». El historiador griego Polibio admiraba la mezcla como una constitución casi perfecta.
El derecho romano empezó con un aviso público. Hacia 450 a. C., una comisión redactó la Ley de las Doce Tablas, expuesta en el Foro para que los patricios no pudieran seguir guardándose las reglas. Las tablas se perdieron y solo las conocemos por citas de autores posteriores; Cicerón recordaba haberlas aprendido de memoria de niño. De ellas surgió una ciencia jurídica profesional: los pretores publicaban cada año sus edictos, y los juristas redactaban dictámenes sobre la propiedad, los contratos y las herencias que los jueces tomaban muy en serio.
¿Sabías que el único manual clásico de derecho romano casi completo, las Instituciones de Gayo, sobrevivió porque un copista medieval lo borró del pergamino para escribir encima cartas de san Jerónimo, y que Barthold Niebuhr descubrió el texto oculto en Verona en 1816?
La República se hundió en guerras civiles y, en 27 a. C., Augusto se convirtió en monarca en todo salvo en el nombre. El derecho sobrevivió al régimen que lo había creado. Entre 529 y 534, el emperador bizantino Justiniano hizo compilar el Corpus iuris civilis, que incluía el Digesto, una vasta antología de dictámenes de juristas. Un manuscrito del Digesto reapareció en Italia en el siglo XI, y la escuela de derecho de Bolonia, fechada tradicionalmente en 1088, creció en torno a su estudio.
Desde Bolonia, el derecho romano llegó a las universidades de Europa, luego al Código Napoleónico de 1804 y al código civil alemán, y a través de ellos a los sistemas jurídicos de Europa continental, América Latina, Quebec, Luisiana y Japón. Cada vez que un tribunal de París, Santiago o Tokio examina un contrato o un testamento, sigue consultando, en cierto modo, a los juristas de Roma.
Fig. 44 · La República romana y su derecho. Roma repartió el poder entre cónsules, Senado y pueblo, y su derecho les sobrevivió
Capítulo 45 · Parte V
La Carta Magna
El 15 de junio de 1215, en una pradera de Runnymede junto al Támesis, el rey Juan de Inglaterra aceptó una larga lista de exigencias de unos barones rebeldes. El documento se selló, no se firmó, y solo unos años después empezó a llamarse Carta Magna, «la Gran Carta», para distinguirla de otra más breve sobre los bosques reales. Era un tratado de paz, y fracasó casi de inmediato.
La mayoría de sus 63 cláusulas tratan de los agravios de ricos terratenientes: derechos de sucesión, la situación de las viudas, deudas, presas de pesca en el Támesis. Dos cláusulas se volvieron inmortales. La cláusula 39 prometía que ningún «hombre libre» sería detenido, encarcelado ni proscrito «salvo por el juicio legal de sus pares o por la ley del país». La cláusula 40 añadía: «A nadie venderemos, a nadie negaremos ni retrasaremos el derecho o la justicia». En 1215, «hombre libre» dejaba fuera a buena parte de la población, los campesinos no libres o villanos.
En menos de diez semanas, el papa Inocencio III declaró nula la carta e Inglaterra se deslizó hacia la guerra civil. Sin embargo, al morir Juan en 1216, los regentes del niño rey Enrique III publicaron en su nombre una versión revisada, y volvieron a hacerlo en 1217 y 1225. En 1297, Eduardo I la confirmó y ese texto pasó a la colección de leyes. Conocemos el texto de 1215 por cuatro originales: dos en la British Library y uno en cada una de las catedrales de Lincoln y Salisbury.
¿Sabías que el ejemplar de Lincoln de la Carta Magna estaba expuesto en la Feria Mundial de Nueva York cuando estalló la guerra en 1939, y que pasó parte de la Segunda Guerra Mundial guardado en la cámara del oro de Fort Knox?
Su verdadera fuerza vino de sus lectores posteriores. En la década de 1620, el jurista Edward Coke la esgrimió contra Carlos I, y alimentó la Petición de Derechos de 1628. Los colonos americanos la invocaron contra el Parlamento, y su eco resuena en el «debido proceso legal» de la Quinta Enmienda. Cuando la ONU adoptó la Declaración Universal de Derechos Humanos en 1948, Eleanor Roosevelt confió en que llegara a ser la Carta Magna internacional de todos los hombres. Otras cartas medievales sellaron pactos parecidos, como la Bula de Oro húngara de 1222, que permitía a los nobles resistirse al rey que la incumpliera.
La memoria popular le atribuye la invención del jurado y de la democracia; no inventó ninguna de las dos. Hoy solo siguen vigentes tres de sus cláusulas en Inglaterra y Gales, entre ellas la promesa de una justicia que no se vende, no se niega y no se retrasa. Es suficiente. Un tratado fallido se convirtió en la expresión más célebre de una idea sencilla: el rey está sometido a la ley.
Fig. 45 · La Carta Magna. Un tratado de paz fallido de 1215, hoy símbolo universal del Estado de derecho
Capítulo 46 · Parte V
Los parlamentos
Un parlamento, del francés parler, «hablar», es una asamblea que habla en nombre de una comunidad más amplia y participa en hacer las leyes y recaudar dinero. Los reyes siempre habían pedido consejo a los grandes, pero un parlamento es distinto: se reúne con regularidad, representa a personas que no están en la sala y, con el tiempo, aprende a decir que no.
Algunas de las raíces más antiguas están en el norte. En Islandia, caciques y campesinos libres se reunían cada verano desde hacia 930 en Thingvellir para el Althing, una asamblea al aire libre en la que un «recitador de la ley» declamaba el derecho desde una roca. En 1188, Alfonso IX de León convocó a obispos, nobles y, lo decisivo, representantes de las ciudades a las Cortes de León, cuyos decretos reconoció la UNESCO en 2013 como el testimonio documental más antiguo del sistema parlamentario europeo.
La versión inglesa nació del dinero. Los reyes necesitaban impuestos para sus guerras, y barones y ciudades querían algo a cambio. En 1265, el rebelde Simón de Montfort convocó no solo a los señores, sino también a caballeros de los condados y burgueses de las ciudades. Durante el siglo siguiente, el Parlamento se dividió en Lores y Comunes, y se afianzó el principio de que los nuevos impuestos requerían su consentimiento. En Polonia, el Sejm nobiliario obtuvo en 1505 la ley Nihil novi: nada nuevo sin el consentimiento de la asamblea. Desde 1652, un solo diputado podía hundir toda una sesión con el liberum veto, una advertencia sobre el consenso llevado demasiado lejos.
Los parlamentos se extendieron con las constituciones escritas. La Dieta Imperial de Japón se reunió por primera vez en 1890, y las primeras elecciones generales de la India, en 1951 y 1952, dieron un parlamento a la mayor democracia del mundo. Hasta el mobiliario importa. En la asamblea revolucionaria francesa de 1789, los radicales se sentaban a la izquierda del presidente y los conservadores a su derecha, y de ahí vienen la «izquierda» y la «derecha». Los bancos enfrentados de Westminster favorecen la confrontación, y cuando se reconstruyó la Cámara de los Comunes bombardeada tras 1941, Winston Churchill insistió en conservar su vieja forma alargada y estrecha, porque «damos forma a nuestros edificios y después nuestros edificios nos dan forma a nosotros».
¿Sabías que la cámara reconstruida de los Comunes tiene muchos menos asientos que sus 650 diputados, de modo que en las grandes ocasiones se apiñan en los pasillos y se quedan de pie en la barra de la Cámara?
Hoy casi todos los Estados tienen un parlamento, incluidas las dictaduras, que aprecian la apariencia del consentimiento. La verdadera prueba es más antigua que cualquier edificio: si la asamblea todavía puede negar al gobernante el dinero, las leyes y, en último término, la obediencia.
Fig. 46 · Los parlamentos. La cámara de debates y el largo camino de las asambleas al aire libre a Westminster
Capítulo 47 · Parte V
Los imperios y cómo gobernaban
Un imperio es un Estado que gobierna muchos pueblos y territorios desde un único centro, casi siempre ganados por conquista. Tomar tierras es la parte fácil. Conservarlas a través de desiertos, montañas e idiomas, con mensajes que no viajan más rápido que un caballo o un corredor, es la verdadera hazaña, y todo imperio duradero tuvo que resolver los mismos problemas: funcionarios, caminos, registros y lealtad.
Los persas aqueménidas, desde hacia 550 a. C., fijaron el modelo. Dividieron su reino en provincias a cargo de gobernadores llamados sátrapas; Heródoto enumera veinte. Un Camino Real de unos 2.500 kilómetros unía Sardes con Susa, con postas donde esperaban caballos de refresco, y Heródoto se maravillaba de que ni la nieve, ni la lluvia, ni el calor, ni la oscuridad de la noche detuvieran a los correos. Darío I proclamó su reinado en tres lenguas en el acantilado de Behistún, y los reyes persas solían respetar los dioses, leyes y costumbres locales, siempre que llegara el tributo.
Los emperadores chinos ataron su reino con papel y normas. Los Qin, después de 221 a. C., unificaron la escritura, las medidas y la moneda, y dividieron el país en comandancias y distritos dirigidos por funcionarios nombrados en lugar de señores hereditarios. Los Han fundaron una academia imperial confuciana y, desde el siglo VII, los exámenes imperiales escogieron a los funcionarios por mérito, al menos en teoría; duraron hasta 1905. Roma tomó otro camino y convirtió a las élites conquistadas en ciudadanos: en 212, el emperador Caracalla extendió la ciudadanía a casi todos los habitantes libres del imperio.
En los Andes, los incas gobernaron a millones de personas sin escritura en el sentido habitual. Por su red de caminos, el Qhapaq Ñan, corrían relevos de mensajeros llamados chasquis, y los funcionarios llevaban censos y tributos en quipus, cordeles con nudos. El impuesto se pagaba con trabajo, la mita. En el siglo XIII, los mongoles organizaron el yam, un sistema de postas a caballo, y entregaban placas de metal, las paiza, como salvoconductos para sus funcionarios. Mucho después, Gran Bretaña gobernó la India de los príncipes y el norte de Nigeria mediante el gobierno indirecto, dejando a príncipes y emires en su sitio bajo supervisión británica.
¿Sabías que en los museos se conservan cientos de quipus incas, y que los investigadores saben leer sus números, anotados con nudos en un sistema decimal, aunque sigue en debate si algunos cordeles registraban también palabras o relatos?
Todos los imperios acabaron cayendo, pero sus métodos les sobrevivieron. Provincias, censos, pasaportes, postas de correo y oposiciones para servidores públicos son inventos imperiales que los Estados modernos heredaron sin hacer ruido.
Fig. 47 · Los imperios y cómo gobernaban. Cinco herramientas que sostenían los imperios, de los sátrapas persas a los quipus incas
Capítulo 48 · Parte V
Revoluciones y derechos
Un derecho es una reclamación que no depende del favor de un gobernante. Durante la mayor parte de la historia, la gente tenía más bien privilegios, concedidos a una ciudad, un gremio o una familia noble y revocables por el rey. La idea de que toda persona posee ciertos derechos por el mero hecho de ser humana la defendieron filósofos como John Locke, pero hicieron falta revoluciones para llevarla a la ley.
Los primeros pasos fueron ingleses. Tras el derrocamiento de Jacobo II, la Declaración de Derechos de 1689 prohibió a la Corona recaudar impuestos o mantener un ejército permanente en tiempos de paz sin el consentimiento del Parlamento, y vetó los «castigos crueles e inusuales». En 1776, las colonias americanas justificaron su independencia afirmando que «todos los hombres son creados iguales», dotados de «ciertos derechos inalienables», entre ellos «la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad». Su autor, Thomas Jefferson, esclavizó a más de seiscientas personas a lo largo de su vida, una contradicción que la nueva nación tardaría una guerra civil en afrontar.
En París, el 26 de agosto de 1789, la Asamblea Nacional aprobó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano: «Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos». Olympe de Gouges respondió en 1791 con una Declaración de los Derechos de la Mujer, y fue guillotinada en 1793. La revolución más radical de la época estalló ese mismo año en la colonia francesa de Saint-Domingue, donde los africanos esclavizados se sublevaron en 1791. Dirigidos por Toussaint Louverture y después por Jean-Jacques Dessalines, derrotaron a fuerzas francesas, españolas y británicas, y el 1 de enero de 1804 proclamaron el Estado independiente de Haití, la primera nación fundada tras una revuelta de esclavos victoriosa.
Los derechos se extendieron de forma desigual a lo largo del siglo XIX, con las independencias latinoamericanas encabezadas, entre otros, por Simón Bolívar, la abolición de la esclavitud y nuevas constituciones en Europa. Tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial, las Naciones Unidas aprobaron la Declaración Universal de Derechos Humanos el 10 de diciembre de 1948. Su comité de redacción, presidido por Eleanor Roosevelt, incluía al diplomático chino Peng Chun Chang, al filósofo libanés Charles Malik y al jurista francés René Cassin, de modo que sus ideas no eran solo occidentales.
¿Sabías que el cilindro de Ciro, de hacia 539 a. C., suele presentarse como la primera carta de derechos humanos y una réplica se exhibe en la sede de la ONU, pero los historiadores lo leen como propaganda real babilónica tradicional y no como una declaración de derechos?
Las declaraciones son promesas, no garantías, y la historia está llena de derechos proclamados para unos y negados a otros. Pero una promesa escrita puede recordársele a quien la hizo, y así se conquistaron la mayoría de los derechos que hoy damos por sentados.
Fig. 48 · Revoluciones y derechos. De 1689 a 1948: las declaraciones que convirtieron privilegios en derechos para todos
Capítulo 49 · Parte V
Voto para todos
Votar es antiguo; que voten todos es asombrosamente reciente. Los ciudadanos atenienses votaban a mano alzada y con tiestos, los romanos por tribus y centurias, y los clérigos medievales elegían a papas y abades. Desde 1356, la Bula de Oro fijó en siete los príncipes electores encargados de escoger al emperador del Sacro Imperio. En todos los casos, los votantes formaban un club estrecho, casi siempre masculino y por lo general adinerado.
Ampliar el sufragio, el derecho a votar, fue una larga lucha. En Gran Bretaña, la Gran Ley de Reforma de 1832 dio el voto a más hombres de clase media y barrió los «burgos podridos» que apenas tenían votantes. En 1838, los cartistas exigieron el voto para todos los hombres y el voto secreto; en su tiempo los despreciaron, pero la mayoría de sus seis puntos son hoy ley. El voto secreto llegó de Australia: en 1856, las colonias de Victoria y Australia Meridional introdujeron papeletas impresas por el gobierno y marcadas en privado, por eso en Estados Unidos se habló durante un tiempo de la «papeleta australiana». Gran Bretaña siguió el ejemplo en 1872.
El sufragio femenino empezó en los márgenes del mapa. En 1893, Nueva Zelanda fue el primer país autónomo en conceder a las mujeres el voto en las elecciones nacionales, tras unas peticiones organizadas por Kate Sheppard. En 1906, Finlandia les dio el derecho a votar y a ser elegidas, y en 1907 diecinueve mujeres entraron en su parlamento. En Gran Bretaña, las sufragistas y las combativas sufragettes de Emmeline Pankhurst lucharon durante décadas; las mayores de treinta años que cumplían requisitos de propiedad lograron el voto en 1918, y la igualdad con los hombres en 1928. Estados Unidos ratificó la Decimonovena Enmienda en 1920. En España, las mujeres votaron por primera vez en 1933.
La raza y la clase también cerraban puertas. La Decimoquinta Enmienda de 1870 prometía el voto a los hombres negros, pero los impuestos al voto, las pruebas de alfabetización y la violencia se lo arrebataron en el Sur hasta la Ley de Derecho al Voto de 1965, aprobada tras las marchas de Selma. Las francesas obtuvieron el voto en 1944 y lo ejercieron por primera vez en 1945. La India incluyó el sufragio universal adulto en su constitución de 1950, y sus primeras elecciones generales, en 1951 y 1952, fueron las más grandes que el mundo había visto. En abril de 1994, sudafricanos de todas las razas hicieron horas de cola para votar juntos por primera vez, y eligieron a Nelson Mandela.
¿Sabías que Suiza no concedió a las mujeres el voto en las elecciones federales hasta 1971, y que el cantón de Appenzell Rodas Interiores resistió en los asuntos locales hasta que el Tribunal Federal lo obligó en 1990?
Siguen los debates sobre la edad para votar, los presos, los residentes extranjeros o el voto obligatorio, vigente en Australia desde 1924. Pero la dirección de la historia es clara: cada generación ha descubierto que algún grupo considerado incapaz de votar no lo era en absoluto.
Fig. 49 · Voto para todos. El voto llega a mujeres, pobres y todas las razas: un siglo cerrando brechas
Capítulo 50 · Parte V
Tribunales, jurados y policía
Toda sociedad necesita una manera de resolver disputas y castigar agravios sin venganzas de sangre. Con el tiempo, tres instituciones asumieron la tarea: los tribunales, que deciden qué ocurrió y qué exige la ley; los jurados, que sientan a gente corriente en el lugar del juez; y la policía, una idea sorprendentemente moderna, que mantiene el orden y detiene a sospechosos en nombre del Estado.
Los tribunales dejaron un papeleo temprano. Tablillas de arcilla mesopotámicas registran pleitos por tierras, préstamos y herencias, con testigos y juramentos ante los dioses. En Egipto, Deir el-Medina, la aldea de los constructores de tumbas, tenía su propio tribunal local, el kenbet, cuyas sentencias sobre herramientas robadas y deudas impagadas sobreviven en lascas de caliza, y unos papiros del reinado de Ramsés IX, hacia 1110 a. C., recogen el interrogatorio de unos saqueadores de tumbas. En el mundo islámico, el cadí juzgaba según la sharía, mientras el muhtasib vigilaba los mercados en busca de pesas falsas. En la China imperial, el magistrado de distrito era a la vez detective, fiscal y juez; Bao Zheng, un funcionario del siglo XI, se convirtió en el legendario e incorruptible juez Bao.
Los jurados tienen dos antepasados. Atenas recurría a enormes jurados de ciudadanos, mientras que en Inglaterra la Asamblea de Clarendon de Enrique II, en 1166, obligaba a grupos de hombres del lugar a denunciar ante los jueces reales a los sospechosos de delitos. Cuando el IV Concilio de Letrán, en 1215, prohibió a los sacerdotes bendecir las ordalías, los tribunales ingleses recurrieron al jurado para decidir la culpa. Con los siglos, el jurado pasó a ser un freno al Estado además de una herramienta suya.
¿Sabías que en 1670 un jurado de Londres se negó a condenar al cuáquero William Penn y por ello fue multado y encarcelado, pero que su presidente, Edward Bushel, ganó su pleito y dejó sentado que un jurado no puede ser castigado por su veredicto?
La policía llegó la última. Roma tenía los vigiles, vigilantes nocturnos y bomberos creados por Augusto. La mayoría de las ciudades europeas posteriores dependieron de serenos y alguaciles a tiempo parcial, hasta que Luis XIV nombró en 1667 un teniente general de policía para París. En Londres, el magistrado y novelista Henry Fielding organizó en 1749 los Bow Street Runners, y en 1829 el ministro del Interior Robert Peel fundó la Policía Metropolitana, uniformada, desarmada y deliberadamente distinta de un ejército; los londinenses apodaron a sus agentes «peelers» y «bobbies». Las garitas de barrio japonesas, los kōban, encarnan otro modelo: la policía por presencia.
Hoy la mayoría de los países combinan jueces profesionales y cuerpos de policía, algunos conservan el jurado, y la Corte Penal Internacional, creada en 2002, juzga crímenes que ningún Estado quiere perseguir. La promesa básica no ha cambiado desde la primera tablilla de arcilla: un agravio se juzgará con reglas, no con venganza.
Fig. 50 · Tribunales, jurados y policía. Quién da la alarma, quién detiene, quién juzga y quién decide: la justicia como relevo
Parte VI
Salud y medicina
De los humores y la peste a los gérmenes y las vacunas.
Capítulo 51 · Parte VI
Sanadores de la Antigüedad
Mucho antes de la primera receta, la gente ya curaba heridas, recolocaba huesos y abría cráneos. La prueba más antigua de curación no es un texto sino un cuerpo: cráneos neolíticos de Europa, Perú y el norte de África muestran agujeros redondos y limpios hechos mediante trepanación, y muchos presentan hueso regenerado en los bordes. Los pacientes sobrevivieron, a veces durante años. Por qué se hacían esos agujeros, si por heridas en la cabeza, dolores o espíritus, es algo que historiadores y arqueólogos aún debaten.
La escritura convirtió una habilidad privada en conocimiento compartido. En Egipto, el papiro Edwin Smith, copiado hacia 1600 a. C. a partir de un original más antiguo, repasa 48 casos de lesiones desde la cabeza hasta la columna, cada uno con examen, diagnóstico y tratamiento. Su tono sereno y práctico sorprende: algunas heridas se consideran tratables y otras «un mal que no se tratará». El papiro Ebers, de hacia 1550 a. C., reúne cientos de remedios, desde miel para las heridas hasta conjuros contra demonios. En Mesopotamia, las tablillas de arcilla describen dos sanadores, el asû, con fármacos y vendas, y el āšipu, que se ocupaba de presagios y espíritus, y las leyes de Hammurabi castigaban a los cirujanos cuyos pacientes sufrían daño.
Más al este surgieron tradiciones con su propia lógica. El Sushruta Samhita, en sánscrito, cuya fecha se discute, describe más de cien instrumentos quirúrgicos y la reconstrucción de una nariz perdida con un colgajo de piel viva, la técnica que más tarde se llamó método indio. En China, el Canon interno del Emperador Amarillo, compilado hacia el siglo II o I a. C., explica la salud como equilibrio entre el yin y el yang y como flujo del qi por canales, la base de la acupuntura.
¿Sabías que el hueso regenerado en torno a los agujeros de trepanación demuestra que muchos pacientes neolíticos sobrevivieron a la apertura de su cráneo, algunos más de una vez?
En Grecia, los escritos reunidos bajo el nombre de Hipócrates de Cos, que vivió hacia 460 a 370 a. C., hicieron una revolución silenciosa: trataron la epilepsia, la «enfermedad sagrada», como un mal de causa natural como cualquier otro. El médico debía observar, anotar el curso de la enfermedad y, sobre todo, no hacer daño. Al mismo tiempo, los enfermos seguían durmiendo en el santuario de Asclepio en Epidauro, esperando un sueño sanador; los pacientes antiguos no veían contradicción en probar ambas cosas.
Ninguno de estos sanadores sabía de microbios, y muchos de sus remedios no servían de nada. Lo que dejaron fue un hábito: mirar de cerca, ponerlo por escrito y transmitirlo. Toda la medicina posterior se apoya en ese cimiento.
Fig. 51 · Sanadores de la Antigüedad. Cinco tradiciones antiguas escribieron la medicina, de los papiros a Hipócrates.
Capítulo 52 · Parte VI
Los cuatro humores
Durante unos dos mil años, un médico que te examinara en Atenas, Bagdad, París o Boston habría visto tu cuerpo como un recipiente de cuatro fluidos. Era la teoría de los cuatro humores: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra. La salud era su equilibrio; la enfermedad, el exceso o el defecto de alguno. Hoy suena pintoresco, pero era un sistema coherente que lo explicaba casi todo, y precisamente por eso duró tanto.
La primera exposición clara aparece en el tratado hipocrático Sobre la naturaleza del hombre, escrito hacia 400 a. C. y atribuido a menudo a Pólibo, yerno de Hipócrates. Ligaba cada humor a las cualidades caliente, frío, húmedo y seco, y a las estaciones: la sangre a la primavera, la bilis amarilla al verano, la bilis negra al otoño y la flema al invierno. Autores posteriores los asociaron con los cuatro elementos: aire, fuego, tierra y agua. La teoría no nació de la disección sino de observar lo que el cuerpo expulsa, de la hemorragia nasal al vómito, y de la simple constatación de que los resfriados llegan en invierno.
El gran sistematizador fue Galeno de Pérgamo, nacido en el año 129, médico de gladiadores y luego de emperadores en Roma. Escribió tanto, y con tanta seguridad, que su versión se convirtió en la norma. Traducida al árabe en Bagdad en el siglo IX, la perfeccionaron sabios como Avicena, cuyo Canon de medicina, terminado hacia 1025, aún se enseñaba en universidades europeas seis siglos después. Ideas parecidas de equilibrio recorren otros sistemas: el ayurveda indio habla de tres doshas, y la medicina china del yin y el yang.
¿Sabías que la palabra melancolía viene del griego melaina kholé, «bilis negra», el humor al que se culpaba de la tristeza?
Si la enfermedad era exceso, el remedio era evacuar. Médicos y barberos cirujanos sangraban, purgaban, provocaban el vómito y recetaban alimentos que enfriaban o calentaban. La sangría se usaba contra fiebres, dolores de cabeza y mucho más; en 1799, a George Washington le practicaron abundantes sangrías durante su última enfermedad. Las dudas crecieron despacio. La demostración de William Harvey en 1628 de que la sangre circula socavó la vieja imagen del cuerpo, y en la década de 1830 el médico francés Pierre Louis contó los resultados y vio que la sangría apenas ayudaba en la neumonía. La teoría microbiana remató la tarea.
Sin embargo, los humores nunca se fueron del todo. Seguimos llamando a alguien sanguíneo, flemático o colérico, y estamos de buen o de mal humor. La teoría era falsa, pero sigue viva en las palabras con que describimos nuestro ánimo.
Fig. 52 · Los cuatro humores. Cuatro fluidos, cuatro cualidades, cuatro estaciones: la teoría que reinó 2000 años.
Capítulo 53 · Parte VI
La peste
La peste la causa una bacteria, Yersinia pestis, que vive en roedores y pasa a las personas sobre todo por la picadura de pulgas infectadas. En su forma bubónica inflama los ganglios en dolorosos bubones; en su forma neumónica se contagia de persona a persona por el aire. Ha golpeado en tres grandes oleadas, y su nombre se ha vuelto sinónimo de catástrofe.
Durante siglos, los historiadores discutieron qué fue realmente la gran mortandad medieval. La respuesta llegó de los dientes. La pulpa dental puede conservar el ADN de las bacterias de la sangre, y en 2011 unos investigadores recuperaron el genoma de Y. pestis de víctimas enterradas en la fosa de East Smithfield, en Londres, en 1348 y 1349. Desde entonces se ha hallado ADN de peste en esqueletos de la Edad del Bronce de unos cinco mil años, y unas lápidas cercanas al lago Issyk-Kul, en Kirguistán, fechadas en 1338 y 1339 y que mencionan muertes por «pestilencia», han dado la cepa que parece estar en la raíz del brote medieval.
La primera pandemia registrada, la peste de Justiniano, llegó a Constantinopla en 542, y sus rebrotes recorrieron el Mediterráneo durante dos siglos. La segunda empezó con la peste negra, que alcanzó Sicilia en 1347 y barrió Europa, Oriente Próximo y el norte de África hasta 1353. Las estimaciones varían, pero probablemente mató entre un tercio y la mitad de los europeos. Faltó mano de obra, los salarios subieron en muchos lugares, y en Renania y otras regiones vecinos en busca de culpables masacraron comunidades judías.
Sin conocer la causa, las ciudades aprendieron a defenderse. En 1377, el puerto de Ragusa, la actual Dubrovnik, obligó a quienes llegaban de lugares infectados a esperar treinta días antes de entrar. Venecia y otras ciudades alargaron la espera a cuarenta días y construyeron hospitales de aislamiento, los lazaretos. En 1665, la aldea inglesa de Eyam, contagiada por un fardo de tela llegado de Londres, decidió aislarse para proteger a sus vecinos.
¿Sabías que la palabra cuarentena viene del veneciano quaranta giorni, «cuarenta días», el aislamiento que se imponía a los barcos?
La tercera pandemia partió de Yunnan, en China, y llegó a Hong Kong en 1894, donde Alexandre Yersin identificó la bacteria que hoy lleva su nombre; Kitasato Shibasaburō la estudiaba allí al mismo tiempo. En 1898, Paul-Louis Simond demostró que las pulgas la transmitían desde las ratas. La peste nunca ha desaparecido: sigue circulando entre roedores salvajes en varios continentes, y Madagascar sufrió un brote grave en 2017. La diferencia es que los antibióticos la curan si se administran pronto. El azote que vaciaba ciudades se ha convertido, para quien tiene un médico cerca, en una infección tratable.
Fig. 53 · La peste. Tres grandes pandemias, una sola bacteria y la invención medieval de la cuarentena.
Capítulo 54 · Parte VI
Anatomía y disección
La anatomía es el mapa del cuerpo, y durante casi toda la historia se dibujó a ciegas. Abrir a los muertos era tabú en muchas culturas, así que los médicos razonaban a partir de animales, de heridas y de la filosofía. Los pocos momentos en que se permitió mirar dentro del cuerpo humano marcan algunos de los mayores saltos de la medicina.
El primero llegó en Alejandría en el siglo III a. C. Allí Herófilo y Erasístrato disecaron cuerpos humanos, siguieron los nervios hasta el cerebro y describieron las válvulas del corazón. Autores antiguos los acusaron después de abrir a criminales vivos; los historiadores debaten si fue cierto. Sus libros se perdieron y conocemos su obra sobre todo por otros. Cuatro siglos más tarde, Galeno disecaba cerdos y macacos de Berbería, y algunos de sus errores, como una red de vasos en la base del cerebro que los humanos no tienen, se enseñaron durante más de mil años.
La disección humana volvió en la Italia medieval. En Bolonia, hacia 1315, Mondino de' Liuzzi realizó disecciones públicas y escribió un breve manual, la Anathomia, que los estudiantes usaron durante dos siglos. Hacia 1510, Leonardo da Vinci hizo asombrosos dibujos anatómicos, aunque quedaron inéditos durante siglos. En El Cairo del siglo XIII, Ibn al-Nafis describió el paso de la sangre por los pulmones, corrigiendo a Galeno sin bisturí. El libro decisivo fue De humani corporis fabrica de Andrés Vesalio, impreso en Basilea en 1543, cuyos magníficos grabados en madera mostraban el cuerpo tal como es y corregían abiertamente a Galeno.
La anatomía se convirtió en espectáculo. Padua construyó en 1595 un teatro anatómico permanente, un embudo de madera de gradas empinadas desde las que los estudiantes, de pie, miraban al profesor abajo; aún se conserva. Rembrandt pintó La lección de anatomía del doctor Nicolaes Tulp en Ámsterdam en 1632. En Japón, Sugita Genpaku y sus colegas presenciaron en 1771 la disección de un ejecutado, la compararon con un manual holandés, comprobaron que era exacto y lo tradujeron: así nació el Kaitai Shinsho, en 1774.
¿Sabías que el escocés William Burke dio al inglés un verbo, to burke, «asfixiar», después de que él y William Hare asesinaran a varias personas en 1828 para vender sus cuerpos a un anatomista?
Aquel escándalo muestra el lado oscuro: la demanda de cadáveres superaba con mucho la oferta, y los ladrones de tumbas llenaban el hueco. La Ley de Anatomía británica de 1832 permitió usar los cuerpos no reclamados de asilos y hospitales, lo que trasladó la carga a los pobres. Hoy la anatomía depende sobre todo de quienes donan su cuerpo voluntariamente, junto con escáneres y modelos digitales. El mapa ya es preciso hasta la célula, y lo trazaron quienes se atrevieron a mirar.
Fig. 54 · Anatomía y disección. El teatro anatómico de Padua (1595): estudiantes de pie en gradas empinadas.
Capítulo 55 · Parte VI
La vacunación
Una vacuna enseña al sistema inmunitario a reconocer una enfermedad antes de que llegue. Esa idea, hoy tan corriente que casi olvidamos los pinchazos de la infancia, nació de una apuesta deliberada y peligrosa contra la viruela, una de las enfermedades más mortíferas de la historia.
Mucho antes de entender la inmunidad, la gente notó que quienes sobrevivían a la viruela no volvían a contraerla. De ahí surgió la variolización: dar a una persona sana una pequeña dosis de viruela auténtica, normalmente mediante un arañazo o, en China, soplando costras pulverizadas en la nariz. Textos chinos describen el método en el siglo XVI, y también se practicaba en la India, África y el Imperio otomano. En 1721, lady Mary Wortley Montagu, que lo había visto en Constantinopla, hizo variolizar a su hija en Londres. Ese mismo año, en Boston, el pastor Cotton Mather lo promovió tras conocerlo por Onésimo, un africano occidental esclavizado que había sido inoculado de niño. La variolización funcionaba, pero podía matar, y el paciente podía contagiar la viruela a otros.
El paso más seguro vino del campo inglés, donde se decía que las ordeñadoras que habían pasado la leve viruela bovina quedaban a salvo. El 14 de mayo de 1796, Edward Jenner tomó materia de una pústula en la mano de la ordeñadora Sarah Nelmes y la introdujo en el brazo de James Phipps, de ocho años. Semanas después expuso al niño a la viruela, y Phipps no enfermó. Jenner no fue el primero en probar la viruela bovina, pero la ensayó, publicó sus resultados en 1798 y la promovió sin descanso.
¿Sabías que la palabra vacuna viene del latín vacca, «vaca», en recuerdo de la viruela bovina del método de Jenner?
Louis Pasteur amplió el principio debilitando gérmenes en el laboratorio, y en 1885 administró una vacuna contra la rabia a Joseph Meister, de nueve años, mordido por un perro rabioso. El siglo XX trajo vacunas contra la difteria, el tétanos, la tos ferina y el sarampión, y la vacuna de Jonas Salk contra la polio se declaró segura y eficaz en 1955. Una campaña mundial dirigida por la Organización Mundial de la Salud persiguió la viruela aldea por aldea; el último caso natural se dio en Somalia en 1977, y en 1980 la enfermedad se declaró erradicada.
El paso más reciente llegó en 2020, cuando vacunas de ARN mensajero, fruto de décadas de investigación discreta, se desarrollaron contra la covid-19 en menos de un año. El método ha pasado de las costras al código genético, pero el principio que Jenner probó con un niño de Gloucestershire sigue siendo el mismo: una pequeña lección segura hoy ahorra al cuerpo una lección mortal mañana.
Fig. 55 · La vacunación. De las costras de viruela al ARNm: cinco pasos para educar al sistema inmunitario.
Capítulo 56 · Parte VI
La teoría microbiana
Durante la mayor parte de la historia, las epidemias se atribuyeron a los miasmas: aire malsano que subía de la materia en descomposición, los pantanos y la basura. La propia palabra malaria significa «mal aire» en italiano. La idea no era absurda, porque los lugares hediondos solían ser insalubres, pero señalaba a los olores en vez de a los verdaderos culpables, seres vivos demasiado pequeños para verlos. La teoría microbiana, según la cual microbios concretos causan enfermedades concretas, tardó unos tres siglos en imponerse.
En 1546, el médico italiano Girolamo Fracastoro sugirió que el contagio se propagaba mediante diminutas «semillas», pero nadie podía verlas. En la década de 1670, el pañero neerlandés Antoni van Leeuwenhoek, que pulía sus propias lentes diminutas, fue el primero en describir bacterias, sus «animálculos», en el sarro de sus dientes. Durante mucho tiempo nadie las relacionó con la enfermedad.
Las pruebas llegaron primero de contar. En Viena, en 1847, Ignaz Semmelweis advirtió que la fiebre puerperal mataba a muchas más madres en la sala atendida por médicos, que llegaban directamente de las disecciones, que en la de las comadronas. Cuando obligó al personal a lavarse con cal clorada, las muertes cayeron en picado. Muchos colegas lo rechazaron. En Londres, en 1854, John Snow cartografió las muertes de un brote de cólera en el Soho y vio que se concentraban en torno a una bomba de agua de Broad Street. Muy cerca, un asilo con pozo propio y una cervecería cuyos obreros bebían cerveza se libraron casi por completo. Snow convenció a las autoridades locales de que quitaran la palanca de la bomba. Ese mismo año, sin que él lo supiera, Filippo Pacini describía en Florencia el bacilo del cólera al microscopio.
¿Sabías que cuando se retiró la palanca de la bomba de Broad Street el brote ya estaba remitiendo, como reconoció el propio Snow?
La prueba decisiva llegó del laboratorio. Hacia 1860, Louis Pasteur hirvió caldo en matraces de cuello de cisne que dejaban pasar el aire pero retenían el polvo; el caldo seguía limpio, lo que demostraba que los microbios proceden de otros microbios y no de la generación espontánea. En Alemania, Robert Koch identificó la bacteria del carbunco en 1876, la de la tuberculosis en 1882 y la del cólera en 1884, y fijó unos criterios, los postulados de Koch, para vincular un germen con una enfermedad.
La teoría microbiana cambió la vida diaria tanto como la medicina. Nos dio la cirugía antiséptica, la leche pasteurizada, el agua filtrada, las campañas de lavado de manos y, más tarde, antibióticos y vacunas dirigidos contra enemigos con nombre propio. El viejo miedo al mal aire dio paso a algo mucho más útil: saber exactamente contra qué luchar.
Fig. 56 · La teoría microbiana. El mapa de John Snow (1854): las muertes se agrupan en torno a una bomba de Broad Street.
Capítulo 57 · Parte VI
Anestesia y cirugía
Antes de la década de 1840, el mejor cirujano era el más rápido. Sin forma de suprimir el dolor, las operaciones se limitaban a lo que un paciente consciente y forcejeando podía soportar: amputaciones, extracción de cálculos de la vejiga, apertura de abscesos. Los ayudantes sujetaban al enfermo, y un cirujano hábil cortaba una pierna en pocos minutos. Abrir el abdomen o el tórax era casi impensable. Dos descubrimientos del siglo XIX, la anestesia y la antisepsia, lo cambiaron todo.
Aliviar el dolor no era nuevo. El opio, el alcohol y las mezclas de hierbas se usaban desde hacía milenios, con efectos limitados e inciertos. La primera operación conocida bajo anestesia general completa tuvo lugar en Japón en 1804, cuando Hanaoka Seishū extirpó un tumor de mama a una mujer dormida con tsūsensan, una pócima de hierbas que había desarrollado durante años. Como Japón estaba en gran medida cerrado al exterior, su trabajo apenas se conoció fuera.
En Occidente, el avance llegó con los gases. Humphry Davy sugirió en 1800 que el óxido nitroso, el gas de la risa, podría servir en cirugía, pero nadie siguió la pista. El médico estadounidense Crawford Long usó éter en Georgia en 1842, aunque no lo publicó hasta más tarde. El 16 de octubre de 1846, en el Massachusetts General Hospital de Boston, el dentista William Morton administró éter a un paciente mientras le extirpaban un tumor del cuello, y la noticia cruzó el Atlántico en pocas semanas. En 1847, James Young Simpson introdujo en Edimburgo el cloroformo, más fácil de usar.
¿Sabías que la reina Victoria recibió cloroformo del doctor John Snow en 1853, durante el nacimiento del príncipe Leopoldo, y que eso ayudó a hacerlo respetable?
La anestesia permitía operar despacio, pero los pacientes seguían muriendo después por heridas infectadas. En Glasgow, inspirado por los trabajos de Pasteur sobre los gérmenes, Joseph Lister empezó en 1865 a tratar heridas e instrumentos con ácido fénico, y publicó sus resultados en 1867. Las infecciones bajaron en sus salas. En las décadas siguientes, la antisepsia, que mata los gérmenes, dio paso a la asepsia, que los mantiene fuera: instrumentos esterilizados con vapor, batas, mascarillas y, hacia 1890 en Johns Hopkins, guantes de goma introducidos por el cirujano William Halsted.
Juntos, estos cambios hicieron posible la cirugía moderna: cesáreas a las que las madres sobrevivían, operaciones de intestino y de cerebro y, con el tiempo, cirugía a corazón abierto y trasplantes. El quirófano, antes un lugar de gritos y prisas, se convirtió en uno de trabajo sereno, enguantado y paciente.
Fig. 57 · Anestesia y cirugía. Sesenta años que hicieron de la cirugía, carrera contra el dolor, un oficio paciente.
Capítulo 58 · Parte VI
Hospitales y enfermería
Un hospital es una idea sencilla con una historia complicada: un edificio donde personas preparadas cuidan de los enfermos. Durante la mayor parte de la historia, a los enfermos los cuidaba su familia en casa. Las primeras instituciones nacieron de la religión, la guerra y la caridad, y solo en los dos últimos siglos se convirtieron en lugares donde la mayoría esperaba curarse.
Los templos de Asclepio en la antigua Grecia acogían a peregrinos, pero eran más santuarios que salas de enfermos. Los romanos construyeron verdaderos hospitales militares, los valetudinaria, dentro de sus campamentos; los cimientos de uno, con pequeñas habitaciones en torno a un patio, se han excavado en Inchtuthil, en Escocia. La caridad cristiana fundó hospicios para pobres, peregrinos y enfermos, como el Hôtel-Dieu de París, fechado por la tradición en el siglo VII, y el St Bartholomew's de Londres, fundado en 1123.
Algunos de los hospitales más avanzados de la Edad Media estaban en el mundo islámico. Los bimaristanes de Bagdad, Damasco y El Cairo tenían salas separadas para fiebres, enfermedades de los ojos y trastornos mentales, farmacias, bibliotecas y enseñanza para jóvenes médicos. El hospital al-Mansuri de El Cairo, abierto en 1284, atendía a los pacientes sin distinción de riqueza ni religión. En Europa, la enfermería siguió sobre todo en manos de órdenes religiosas, mientras que en muchos hospitales laicos era un trabajo mal pagado y poco considerado.
La guerra de Crimea lo cambió. En 1854, Florence Nightingale llevó un grupo de enfermeras al hospital militar británico de Scutari, cerca de Constantinopla, donde los soldados morían en masa más por enfermedad que por heridas. Impuso orden, ropa limpia, comida y registros. La enfermera jamaicana Mary Seacole, rechazada para el servicio oficial, viajó a Crimea por su cuenta y regentó el British Hotel cerca de Balaclava, donde alimentaba y cuidaba a los soldados. De vuelta en Londres, Nightingale usó la estadística para exigir reformas, escribió Notas sobre enfermería en 1859 y abrió una escuela en el hospital St Thomas en 1860.
¿Sabías que en 1858 Florence Nightingale se convirtió en la primera mujer elegida miembro de la Royal Statistical Society, gracias a sus innovadores gráficos?
Sus ideas dieron forma a los hospitales durante un siglo. La sala de pabellón, larga y estrecha, con altas ventanas a ambos lados, dejaba que el aire fresco y la luz llegaran a cada cama y permitía que una sola enfermera viera a todos los pacientes. La enfermería se convirtió en una profesión respetada en todo el mundo. En 1948, el Servicio Nacional de Salud británico hizo gratuita la atención hospitalaria, y muchos países crearon sus propios sistemas. El hospital moderno, con sus unidades especializadas y sus cuidados intensivos, aún descansa en la sencilla exigencia de Nightingale: una cama limpia, aire fresco y alguien que vigile.
Fig. 58 · Hospitales y enfermería. El pabellón de Nightingale: luz, aire, espacio y una enfermera que ve cada cama.
Capítulo 59 · Parte VI
Los antibióticos
Un antibiótico es un fármaco que mata las bacterias o les impide multiplicarse, respetando en gran medida al paciente. Antes de ellos, una rodilla raspada, un dolor de garganta o un parto podían acabar en una infección mortal, y los médicos apenas podían ofrecer reposo y esperanza. En unas dos décadas del siglo XX, eso cambió.
La búsqueda empezó con la química. En 1910, el equipo de Paul Ehrlich en Fráncfort lanzó el Salvarsán, un compuesto de arsénico contra la sífilis, la primera «bala mágica» dirigida contra un solo microbio. En 1935, Gerhard Domagk anunció en Alemania que un colorante rojo, el Prontosil, curaba las infecciones por estreptococos; así comenzó la era de las sulfamidas, que salvaron muchas vidas antes de que la penicilina se generalizara.
El descubrimiento más famoso fue un accidente. En septiembre de 1928, al volver de vacaciones a su laboratorio del hospital St Mary's de Londres, Alexander Fleming observó que un moho había contaminado una placa de estafilococos y que a su alrededor las bacterias habían muerto, dejando un anillo claro. El moho era un Penicillium, y Fleming llamó penicilina a su sustancia activa. Lo publicó en 1929, pero no logró purificarla en cantidades útiles, y el trabajo quedó en gran parte estancado.
Se retomó en Oxford, donde Howard Florey, Ernst Chain y Norman Heatley hallaron la manera de extraerla y purificarla. En 1940 demostraron que protegía a ratones infectados. En 1941, su primer paciente, el policía Albert Alexander, mejoró de forma espectacular, pero murió cuando se agotó la escasa reserva. La producción en masa pasó a Estados Unidos, donde un moho hallado en un melón de un mercado de Peoria, en Illinois, resultó mucho más productivo. Para el desembarco de Normandía, en 1944, había penicilina suficiente para las tropas aliadas. Fleming, Florey y Chain compartieron el Premio Nobel en 1945, y en 1943 el laboratorio de Selman Waksman descubrió la estreptomicina, el primer fármaco eficaz contra la tuberculosis.
¿Sabías que unos huesos de la Nubia sudanesa, fechados hacia los años 350 a 550, contienen el antibiótico tetraciclina, probablemente procedente de una cerveza elaborada con grano colonizado por bacterias Streptomyces?
Desde el principio hubo una advertencia. En su discurso del Nobel, Fleming avisó de que las dosis insuficientes podían criar bacterias resistentes, y acertó. El abuso en medicina y ganadería ha favorecido la resistencia, con cepas como el SARM que esquivan muchos fármacos, mientras que en las últimas décadas se han descubierto pocas clases nuevas de antibióticos. En una sola vida humana, los antibióticos convirtieron infecciones mortales en males menores. Que sigan funcionando depende ahora de usarlos con cuidado.
Fig. 59 · Los antibióticos. La placa de Fleming: un anillo claro donde el moho detuvo a las bacterias.
Capítulo 60 · Parte VI
Salud pública: alcantarillas, agua y aire limpio
Algunos de los mayores salvadores de vidas de la historia no fueron médicos sino ingenieros. La salud pública es la tarea de mantener sanas a poblaciones enteras: que entre agua limpia, que salgan los residuos y que el aire se pueda respirar. Salva más vidas que cualquier remedio aislado y, como trabaja fuera de la vista, es fácil olvidarla.
Los desagües más antiguos tienen más de cuatro mil años. En Mohenjo-Daro, en el valle del Indo, hacia 2500 a. C., muchas casas tenían zonas de baño conectadas con desagües cubiertos de ladrillo que corrían junto a las calles. Roma traía el agua de las colinas por acueducto, empezando por el Aqua Appia en 312 a. C., y su gran cloaca, la Cloaca Máxima, todavía drena parte de la ciudad. Tras Roma, muchas ciudades europeas dejaron correr las aguas residuales por canales abiertos hacia ríos que también daban el agua de beber, con resultados previsibles.
Las ciudades industriales volvieron mortal el problema. El cólera azotó Gran Bretaña repetidas veces desde 1832. En 1842, el reformista Edwin Chadwick publicó un informe que vinculaba la enfermedad con la insalubridad, y la Ley de Salud Pública de 1848 creó juntas de sanidad. Luego llegó el caluroso verano de 1858, el Gran Hedor, cuando el Támesis, atascado de aguas residuales, olía tan mal que las cortinas del Parlamento se empapaban en cloruro de cal. El Parlamento aprobó enseguida el plan del ingeniero Joseph Bazalgette: colectores paralelos al río que llevarían los residuos hacia el este, lejos de la ciudad, hasta los desagües de Beckton y Crossness. Buena parte quedó oculta dentro del nuevo Victoria Embankment, que también albergaba una calle y un ferrocarril subterráneo.
¿Sabías que el Gran Hedor de 1858 empujó al Parlamento a aprobar ese mismo verano la ley que financiaba las nuevas cloacas de Londres, tras años de retraso?
Después llegó el agua limpia. El filtrado por lechos de arena se extendió en el siglo XIX, y desde 1908 Jersey City, en Estados Unidos, cloró de forma continua su suministro público, un método que se difundió por el mundo y redujo mucho la fiebre tifoidea. El aire limpio llegó aún más tarde. En diciembre de 1952, una espesa niebla tóxica que cubrió Londres durante cinco días mató a miles de personas. La respuesta fue la Ley de Aire Limpio de 1956, que creó zonas sin humo y alejó los hogares del carbón; Estados Unidos aprobó su propia ley en 1970, y la gasolina con plomo se abandonó en todo el mundo en las décadas siguientes.
Hoy más de la mitad de la humanidad dispone de agua potable gestionada de forma segura, pero miles de millones de personas aún carecen de ella, y la contaminación del aire sigue siendo una gran causa de enfermedad. Los túneles, tuberías y depuradoras bajo nuestras calles rara vez son noticia. Su éxito silencioso se mide en las enfermedades que nunca llegan a ocurrir.
Fig. 60 · Salud pública: alcantarillas, agua y aire limpio. El Victoria Embankment de Bazalgette ocultaba una cloaca y un tren bajo una calle nueva.
Parte VII
Comida, agricultura y hogar
Lo que la gente comía, cultivaba, vestía y habitaba.
Capítulo 61 · Parte VII
La revolución agrícola
Durante la mayor parte de la historia humana, la gente comía lo que podía recolectar, cazar o pescar. Luego, hace unos 11.500 años, algunas comunidades empezaron a sembrar, criar animales y asentarse. El arqueólogo V. Gordon Childe llamó a este cambio revolución neolítica en la década de 1930, aunque fue menos una revuelta repentina que una lenta deriva de miles de años, y ocurrió no una vez sino en varios lugares de forma independiente.
El caso más antiguo es el Creciente Fértil, el arco de colinas que va del Levante a los montes Zagros. Allí el trigo, la cebada, las lentejas y los guisantes silvestres se convirtieron en cultivos, y las ovejas, cabras y uros salvajes en rebaños. ¿Cómo lo sabemos? Por las semillas carbonizadas de los antiguos hogares. El trigo silvestre se desgrana y esparce sus granos al viento; el domesticado los conserva en la espiga hasta la siega. Al microscopio, la base de cada espiguilla delata de qué tipo era, y el radiocarbono sitúa esas semillas en el milenio posterior al 9500 a. C. También cambian los huesos de animales: bestias más pequeñas y rebaños en los que se sacrificaba sobre todo a los machos jóvenes.
En otros lugares, la agricultura surgió de plantas muy distintas. En China, el arroz se domesticó a orillas del Yangtsé y el mijo junto al río Amarillo hacia el 7000 a. C. En México, una hierba silvestre raquítica llamada teosinte se transformó poco a poco en maíz, cultivado junto a la calabaza y el frijol. En los Andes, la papa, la quinua, la llama y el cuy se volvieron básicos. Las tierras altas de Nueva Guinea cultivaron taro y plátano, el Sahel africano sorgo y mijo perla, y el este de Norteamérica el girasol.
¿Sabías que una mazorca de teosinte silvestre apenas mide lo que un pulgar y guarda una docena de granos envueltos en cáscaras duras como la piedra?
La agricultura no fue una mejora evidente. Los esqueletos de los primeros agricultores suelen ser más bajos que los de sus antepasados cazadores-recolectores, con más caries, más anemia y más huellas de trabajo duro. Las aldeas apiñadas y la convivencia con animales favorecieron nuevas enfermedades. Göbekli Tepe, en Turquía, un círculo de pilares tallados levantado hacia el 9500 a. C. al parecer por cazadores-recolectores, ha llevado a algunos historiadores a preguntarse si los banquetes y los rituales empujaron a la gente hacia el cultivo. El debate sigue abierto.
Aun así, la agricultura se impuso porque alimentaba a más personas por hectárea. Los excedentes podían almacenarse, gravarse e intercambiarse, lo que hizo posibles aldeas, después ciudades, artesanos, reyes y escribas. Casi todas las calorías que comemos hoy proceden de plantas y animales domesticados en aquellos pocos focos, y más de la mitad de solo tres gramíneas: el arroz, el trigo y el maíz. Seguimos viviendo en el mundo que sembraron aquellos primeros agricultores.
Fig. 61 · La revolución agrícola. La agricultura nació por separado en al menos siete lugares, cada uno con sus cultivos.
Capítulo 62 · Parte VII
El pan y el grano
El grano es un alimento terco. Un grano de trigo crudo es duro, seco y casi indigerible, así que durante milenios la gente buscó formas de partirlo, molerlo, remojarlo y cocerlo. El pan, las gachas, los fideos y las tortillas responden al mismo problema, y durante casi toda la historia fueron sencillamente lo que la mayoría comía, casi a diario.
El pan más antiguo conocido es anterior a la agricultura. En 2018, unos arqueólogos describieron migas carbonizadas halladas en los hogares de Shubayqa 1, en el noreste de Jordania, dejadas por cazadores-recolectores natufienses hace unos 14.400 años. Bajo el microscopio electrónico de barrido muestran las burbujas y las cáscaras trituradas de una torta de cereales silvestres y tubérculos. Algunos investigadores creen que el esfuerzo de preparar semejante manjar pudo incluso animar a cultivar cereales.
Las herramientas cuentan el esfuerzo. El molino de mano, una piedra plana frotada con otra menor, convertía el grano en harina a costa de horas diarias; los esqueletos de mujeres de las primeras aldeas agrícolas muestran el desgaste de rodillas, dedos de los pies y espalda. Los egipcios horneaban en moldes y hornos, y las excavaciones junto a las pirámides de Guiza sacaron a la luz las panaderías que alimentaban a los constructores. Roma dio al pan peso político: desde el 123 a. C., Cayo Graco subvencionó el grano para los ciudadanos, y más tarde los pobres de la ciudad lo recibían gratis. En Pompeya, la erupción del 79 d. C. selló una panadería con sus muelas movidas por asnos y decenas de panes carbonizados, cada uno marcado en ocho porciones para compartir.
El pan no fue la única respuesta. En Mesoamérica, el maíz se remojaba en agua de cal, la nixtamalización, que libera sus nutrientes y da la masa de las tortillas. En China, el trigo se convirtió en fideos y bollos al vapor, mientras el arroz se cocía entero. En Etiopía, el diminuto teff fermenta en la esponjosa injera. El precio del grano movió la historia: los motines del pan jalonaron la Revolución francesa, y la pugna británica por las proteccionistas Leyes del Grano terminó con su derogación en 1846.
¿Sabías que la palabra inglesa lord viene del inglés antiguo hlāfweard, «guardián del pan», y lady de hlǣfdīge, «la que amasa el pan»?
La industria transformó la hogaza. En el siglo XIX, los molinos de cilindros a vapor dieron harina blanca barata, y en 1961 investigadores británicos de Chorleywood idearon un amasado intenso que acorta mucho la fermentación; la mayor parte del pan británico aún se hace así. Hoy el trigo, el arroz y el maíz aportan la mayor parte de la energía alimentaria de la humanidad. Cada pan del supermercado desciende de una miga caída en un hogar jordano.
Fig. 62 · El pan y el grano. Del grano silvestre al pan de molde: catorce mil años convirtiendo grano en pan.
Capítulo 63 · Parte VII
El arado y el campo
Una semilla necesita tierra suelta, y para los primeros agricultores eso significaba palo cavador y azada. El arado cambió la escala. Tirado por animales, permitía a una familia labrar mucha más tierra de la que podían los brazos, y dejaba huellas que los arqueólogos aún saben leer.
El primero fue el arado de palo, o arado romano, una punta de madera que abría un surco sin voltear la tierra. Como solo arañaba, los campesinos solían cruzar cada campo dos veces en ángulo recto. Ese cuadriculado sobrevive en pocos lugares: bajo el túmulo alargado de South Street, en Wiltshire, quedaron sellados y conservados surcos de hacia el 3500 a. C., y en Kalibangan, en la India, un campo arado del periodo harappeo temprano muestra surcos en retícula. Sellos mesopotámicos y pinturas de tumbas egipcias muestran bueyes tirando del arado, un labrador detrás y a veces un sembrador que deja caer la semilla por un embudo.
El siguiente salto fue la vertedera, una tabla curva que levanta y voltea la tierra, entierra las malas hierbas y abre los suelos pesados. Los campesinos chinos usaban vertederas de hierro fundido ya bajo la dinastía Han, hace más de dos mil años. En el norte de Europa, el pesado arado de ruedas se extendió en la Alta Edad Media. Necesitaba una yunta de hasta ocho bueyes, demasiados para una sola casa, así que los vecinos juntaban sus animales y araban largas franjas en grandes campos abiertos compartidos. Las aldeas rotaban los cultivos, a menudo trigo, luego habas o cebada y después un año de barbecho. Girar la yunta al final de cada franja empujaba la tierra hacia el centro y creaba los caballones y surcos que aún ondulan los prados de las Midlands inglesas.
¿Sabías que los caballones medievales se conservan mejor bajo la hierba, de modo que se ven con más claridad en campos que nadie ha arado desde hace siglos?
Los siglos siguientes trajeron diseños más ligeros y resistentes. El arado triangular de Rotherham, de la década de 1730, requería menos animales, y en 1837 el herrero estadounidense John Deere construyó un arado de acero capaz de cortar el pegajoso césped de la pradera. Luego llegaron los motores: el tractor Fordson de Henry Ford, fabricado en serie, apareció en 1917. El arado profundo de las Grandes Llanuras, seguido de sequía en los años treinta, contribuyó al Dust Bowl, cuando la capa fértil voló en nubes negras.
Hoy muchos agricultores practican la siembra directa, sin arar, para proteger el suelo. Pero el arado sigue en todas partes: en los lindes de los campos, el trazado de las aldeas y la vieja palabra acre, antaño más o menos lo que una yunta araba en un día. El paisaje es un manuscrito escrito con una cuchilla.
Fig. 63 · El arado y el campo. Los arados dieron forma a los campos, y los campos a aldeas, leyes y paisajes.
Capítulo 64 · Parte VII
Sal, azúcar y especias
La sal nos mantiene vivos, el azúcar nos deleita y las especias hacen interesante la comida. Ninguna de las tres es una comida, y sin embargo por cada una se ha luchado, se han cobrado impuestos y se ha viajado.
La sal es esencial para el cuerpo y, antes de la refrigeración, para conservar carne y pescado. En Hallstatt, Austria, mineros prehistóricos excavaron una montaña de sal gema, y la propia sal conservó sus herramientas, su ropa e incluso una escalera de madera fechada por dendrocronología en el 1344 a. C. Como todo el mundo la necesita, es fácil gravarla. Los emperadores Han convirtieron la sal y el hierro en monopolio estatal en el 117 a. C., lo que provocó un famoso debate en la corte, recogido en los Discursos sobre la sal y el hierro. En Francia, la odiada gabela alimentó la ira que desembocó en la Revolución. En 1930, Gandhi caminó 24 días hasta el mar en Dandi y recogió un puñado de sal natural, desafiando las leyes británicas ante la prensa mundial. La idea popular de que a los soldados romanos se les pagaba en sal, de donde vendría salario, es menos segura: la palabra sí viene de sal, pero cómo exactamente sigue en debate.
El azúcar empezó siendo una hierba. La caña se domesticó en Nueva Guinea quizá hace 10.000 años, y los cocineros de la India aprendieron a hervir su jugo hasta obtener cristales; el sánscrito khanda nos dio cande. Los cultivadores árabes difundieron la caña por el Mediterráneo, y luego los europeos la llevaron a Madeira, Brasil y el Caribe. Allí las plantaciones trabajadas por africanos esclavizados se convirtieron en el motor de la trata atlántica. En 1747, el químico alemán Andreas Marggraf demostró que la remolacha contenía el mismo azúcar, y la primera fábrica de azúcar de remolacha abrió en Silesia en 1801. Napoleón, privado de la caña caribeña por el bloqueo británico, apoyó la remolacha con entusiasmo.
¿Sabías que cuando se momificó al faraón Ramsés II, en el 1213 a. C., los embalsamadores le colocaron granos de pimienta negra en la nariz?
Las especias, como la pimienta, la canela, el clavo y la nuez moscada, crecían solo en unos pocos lugares tropicales, sobre todo del sur y el sudeste de Asia, lo que las hacía ligeras, valiosas e ideales para el comercio lejano. Las recetas romanas piden pimienta casi en todo, y los nobles europeos medievales lucían sus platos especiados como signo de riqueza. La búsqueda de su origen impulsó viajes oceánicos y guerras coloniales, una historia que cuenta su propio capítulo.
Hoy la sal es barata, el azúcar está en todas partes y la pimienta preside cada mesa de café. Pero las minas, las oficinas fiscales, las plantaciones y las rutas que crearon moldearon el mundo moderno tanto como cualquier imperio. La historia, al parecer, tiene un sabor muy particular.
Fig. 64 · Sal, azúcar y especias. Tres sabores que crearon minas, monopolios, plantaciones y protestas.
Capítulo 65 · Parte VII
El intercambio colombino
Antes de 1492 no había tomates en Italia, ni chiles en la India, ni papas en Irlanda, ni caballos en las llanuras americanas. Un siglo después de que Cristóbal Colón cruzara el Atlántico, todo eso había cambiado. El historiador Alfred Crosby llamó a este enorme trasvase de plantas, animales y microbios el intercambio colombino en un libro de 1972, y sigue siendo una de las mayores conmociones ecológicas de la historia humana.
De América salieron el maíz, la papa, el boniato, el tomate, el chile, el frijol, la calabaza, el cacahuete, la yuca, el cacao, la vainilla y el tabaco. Estos cultivos viajaron con asombrosa rapidez. En el siglo XVI, los mercaderes portugueses ya habían llevado el chile a la India y el sudeste asiático, donde los cocineros lo hicieron suyo. La yuca y el maíz se volvieron básicos en gran parte de África. El boniato llegó a China en la década de 1590 y permitió cultivar laderas demasiado pobres para el arroz. La papa alimentó a la creciente población del norte de Europa, y a la de Irlanda de forma tan exclusiva que su pérdida en la década de 1840 acabó en catástrofe. Incluso la salsa de tomate italiana es una recién llegada: una de las primeras recetas impresas apareció en Nápoles en 1692.
Hacia el oeste viajaron el trigo, el arroz, la caña de azúcar, el café, el plátano y los cítricos, junto con caballos, vacas, cerdos, ovejas y gallinas. El segundo viaje de Colón, en 1493, ya llevaba ganado y caña. Los cerdos se asilvestraron y se multiplicaron, las vacas llenaron la pampa y el azúcar plantado en Brasil y el Caribe arrastró a través del océano a millones de africanos esclavizados. El caballo transformó la vida de pueblos de las Llanuras como los comanches y los lakotas, que se convirtieron en algunos de los mejores jinetes del mundo.
¿Sabías que el caballo surgió en Norteamérica, se extinguió allí hace más de 10.000 años y solo regresó a bordo de los barcos españoles?
La carga más devastadora era invisible. La viruela, el sarampión y la gripe nunca habían circulado en América, y los pueblos indígenas no tenían defensas. Las epidemias a menudo se adelantaban a los propios conquistadores y vaciaban poblados antes de que llegaran los europeos. Los historiadores debaten cuánta gente vivía antes del contacto y, por tanto, la magnitud de las pérdidas, pero la mayoría coincide en que murieron millones y en que algunas regiones perdieron a la gran mayoría de sus habitantes.
¿Cómo se rastrea todo esto? Con manifiestos de barcos, dibujos botánicos, recetas, archivos coloniales españoles, códices indígenas y la arqueología de pólenes, semillas y huesos que cambian de golpe en un solo estrato. Del curry tailandés al estofado irlandés, cualquier plato de hoy muestra el intercambio aún en marcha. El menú del mundo se reescribió en una sola generación.
Fig. 65 · El intercambio colombino. Tras 1492, cultivos, animales y gérmenes cruzaron el Atlántico en ambos sentidos.
Capítulo 66 · Parte VII
Hambre y festín
Toda sociedad ha vivido entre dos polos: el festín, cuando la comida se comparte con generosidad para celebrar, impresionar o unir, y la hambruna, cuando la comida falta y la gente muere. Ambos dejan huellas, y ambos revelan cómo se organiza una sociedad.
El festín es antiquísimo. En Durrington Walls, el gran círculo de madera cercano a Stonehenge, los arqueólogos han hallado miles de huesos de cerdo de hacia el 2500 a. C. Los dientes muestran que la mayoría se sacrificó en pleno invierno, y los isótopos de sus huesos sugieren que algunos se criaron tan lejos como Escocia y recorrieron cientos de kilómetros para ser comidos en común. En el 879 a. C., el rey asirio Asurnasirpal II celebró su nuevo palacio de Nimrud con un banquete de diez días; una piedra inscrita, la estela del Banquete, enumera bueyes, ovejas, pan y cerveza y afirma que hubo 69.574 invitados. En la costa pacífica de Norteamérica, pueblos como los kwakwaka'wakw celebraban el potlatch, en el que los jefes regalaban comida y bienes para afirmar su rango. Canadá prohibió el potlatch en 1884, y la prohibición no se levantó hasta 1951.
El hambre deja otras pruebas. Los esqueletos registran el hambre infantil como líneas en dientes y huesos. Los anillos de los árboles y los testigos de hielo revelan veranos fríos y húmedos y erupciones volcánicas que arruinaron cosechas. Los cronistas describen la Gran Hambruna de 1315 a 1317, cuando lluvias incesantes pudrieron las cosechas en todo el norte de Europa. En los años secos emergen del río Elba las llamadas piedras del hambre, grabadas por generaciones anteriores para señalar la sequía.
¿Sabías que una piedra del hambre en el Elba, en Děčín, en la República Checa, lleva grabada la advertencia «Wenn du mich siehst, dann weine», «Si me ves, llora»?
Las hambrunas modernas muestran que el hambre rara vez se debe solo a la falta de alimentos. Durante la Gran Hambruna irlandesa de 1845 a 1852, el tizón de la papa destruyó el alimento principal de los pobres; murió cerca de un millón de personas y otras tantas emigraron, mientras el grano y el ganado seguían saliendo de los puertos irlandeses. En la hambruna de Bengala de 1943, la política de guerra, el acaparamiento y la subida de precios mataron a millones. El Gran Salto Adelante provocó en China la hambruna de 1959 a 1961, en la que murieron decenas de millones de personas, aunque las estimaciones varían mucho.
En 1981, el economista Amartya Sen sostuvo en Poverty and Famines que las hambrunas suelen producirse porque la gente pierde los medios para comprar o producir alimentos, no porque estos falten. Más tarde observó que ninguna gran hambruna había golpeado a una democracia en funcionamiento con prensa libre. Hoy, los sistemas de alerta vigilan lluvias, precios y mercados. Un festín muestra lo que una comunidad puede compartir; una hambruna, lo que decidió no compartir.
Fig. 66 · Hambre y festín. Los festines unían a las comunidades; las hambrunas ponían a prueba a quien gobernaba.
Capítulo 67 · Parte VII
Conservar los alimentos: de la salazón a la nevera
Los alimentos empiezan a estropearse casi en cuanto se cosechan o se sacrifican. Bacterias, mohos y levaduras se dan un festín con ellos, y durante casi toda la historia una buena cosecha no servía de nada si no duraba hasta la siguiente. Conservar los alimentos era, pues, cuestión de supervivencia, y todos los métodos inventados funcionan igual: poniéndoles la vida difícil a los microbios.
Las técnicas más antiguas aprovechaban la propia naturaleza. Secar al sol y al viento elimina el agua que necesitan los microbios. En los altos Andes se elabora desde hace siglos el chuño: las papas se dejan helar de noche, deshelar de día y luego se pisan hasta secarlas, y así duran años. Los pescadores noruegos colgaban el bacalao en el viento frío de las Lofoten para hacer stockfish, un comercio que las fuentes muestran floreciente en la Edad Media. La salazón extrae el agua por ósmosis: los romanos fermentaban pescado salado para hacer el penetrante garum, y la Europa medieval vivía de arenque salado y tocino. El humo seca y además añade sustancias que ahuyentan a las bacterias.
La fermentación recluta microbios amigos que desplazan a los dañinos produciendo ácido o alcohol. Así funcionan el kimchi coreano, el chucrut, el yogur, el queso y la salsa de soja. En su primer viaje al Pacífico, en 1768, el capitán James Cook llevó barriles de chucrut, y sus tripulaciones apenas sufrieron escorbuto, aunque los historiadores debaten cuánto mérito tuvo la col.
Después llegaron el calor y el cierre hermético. En 1810, el confitero parisino Nicolas Appert publicó su método de encerrar alimentos en botellas de vidrio y hervirlas, tras un llamamiento del gobierno para alimentar mejor a los ejércitos. Ese mismo año, en Gran Bretaña, Peter Durand patentó la idea de la lata de hojalata, y en 1813 el ingeniero Bryan Donkin ya suministraba carne enlatada a la Marina Real. Nadie sabía todavía por qué funcionaba: los estudios de Louis Pasteur sobre los microbios, en la década de 1860, lo explicaron por fin.
¿Sabías que las primeras latas no traían forma de abrirlas, se recomendaba usar martillo y cincel, y el primer abrelatas no se patentó hasta 1858?
El frío es el método más reciente y poderoso. Los pozos de hielo guardaban el hielo invernal para el verano en Persia, China y las fincas inglesas. En 1834, Jacob Perkins patentó una máquina de compresión de vapor, antepasada de todas las neveras, y a finales del siglo XIX la refrigeración mecánica llegó a cervecerías, mataderos y barcos. Clarence Birdseye, inspirado por pescadores inuit del Labrador cuyas capturas se congelaban al instante en el aire ártico, desarrolló la ultracongelación, y sus productos salieron a la venta en 1930. Hoy una cadena de frío mundial transporta alimentos frescos a través de los océanos. La sal, el humo y el congelador luchan contra el mismo enemigo.
Fig. 67 · Conservar los alimentos: de la salazón a la nevera. Todo método de conservación consiste en frenar a los microbios que estropean la comida.
Capítulo 68 · Parte VII
La cocina a través del tiempo
La cocina es el lugar de trabajo más antiguo de la casa. Durante cientos de miles de años fue solo un fuego: un hogar en el suelo de una cueva o una choza, rodeado de piedras, donde se asaba la carne y hervían las ollas. Los arqueólogos los detectan como manchas de tierra enrojecida, carbón y huesos quemados, y su posición revela cómo organizaba la gente su vida en torno al calor y la comida.
En la ciudad neolítica de Çatalhöyük, en Turquía, hacia el 7000 a. C., cada casa de adobe tenía un horno abovedado y un hogar junto a una pared, bajo la abertura del techo por la que se entraba y salía el humo. Durante milenios, la mayoría de los hogares del mundo cocinó sobre un fuego central con una olla o un caldero. El potaje diario de una familia campesina medieval, de grano, habas y verduras, borboteaba en una sola olla de hierro o barro, y el humo escapaba por el tejado.
No todo el mundo tenía cocina. En las ciudades romanas, muchos vivían en pisos estrechos donde el fuego abierto era peligroso, así que comían fuera. Pompeya tenía decenas de mostradores callejeros, los thermopolia, con tinajas de barro encastradas en la mampostería para la comida caliente. Uno excavado en 2019 y 2020 aún conservaba pinturas de patos y de un gallo, quizá un antiguo menú. Los ricos, en cambio, tenían cocinas atendidas por cocineros esclavizados. Las grandes casas medievales levantaron enormes cocinas, como la octogonal Cocina del Abad de Glastonbury, con una chimenea en cada esquina. En Asia oriental, el wok sobre un fogón de ladrillo y el kamado japonés de barro cocinaban deprisa con poco combustible.
¿Sabías que los mostradores de comida callejera de Pompeya eran tan comunes que muchos romanos quizá nunca cocinaron en casa?
La cocina moderna empezó con los fogones cerrados. En la década de 1790, el científico conde Rumford diseñó hogares cerrados que gastaban mucho menos combustible. Las casas victorianas recibieron el fogón de hierro fundido, con hornos, caldera de agua caliente y placa, ennegrecido cada semana por una criada o por la señora de la casa. Las cocinas de gas se extendieron en Gran Bretaña a finales del siglo XIX, seguidas de las eléctricas, la nevera y el agua caliente corriente.
El gran salto en el diseño llegó en 1926, cuando la arquitecta austriaca Margarete Schütte-Lihotzky creó la cocina de Fráncfort para viviendas sociales. Estrecha, eficiente y con armarios empotrados, encimeras y cajones de almacenaje etiquetados, se planificó como un puesto de fábrica para ahorrar pasos; se construyeron unas 10.000. Su descendiente es la cocina amueblada de los hogares de todo el mundo. La cocina abierta de hoy ha vuelto a su origen: el hogar en el corazón de la casa, con el fuego ahora tras un cristal.
Fig. 68 · La cocina a través del tiempo. Del fuego abierto a los muebles de cocina: cómo el lugar de cocinar se movió y cambió.
Capítulo 69 · Parte VII
Ropa y moda
El ser humano es el único animal que se viste. La ropa empezó como protección contra el frío, el sol y las espinas, pero pronto se convirtió en algo más: una forma de mostrar quién eres, de dónde vienes y qué puedes permitirte. La moda, ese cambio incesante de estilos, es solo el último capítulo de una historia muy larga.
Como la tela y el cuero se pudren, las primeras pruebas son indirectas. Los genetistas han estudiado los piojos del cuerpo, que solo viven en la ropa; su separación de los piojos de la cabeza sugiere que la gente vestía ropa con regularidad desde hace al menos 80.000 años, aunque las estimaciones varían. Las agujas de hueso con ojo aparecen hacia hace 40.000 años, señal de prendas cosidas. En la cueva de Dzudzuana, en Georgia, fibras de lino silvestre de unos 30.000 años, algunas teñidas, apuntan a los primeros hilos y tejidos.
Luego llegan hallazgos raros y asombrosos. Ötzi, el hombre que murió en los Alpes hacia el 3300 a. C. y quedó congelado en un glaciar, llevaba un atuendo completo: gorro de piel de oso, abrigo de pieles cosidas de oveja y cabra, polainas de cabra, taparrabos de oveja y zapatos con suela de piel de oso rellenos de hierba para abrigar. En Egipto, el vestido de Tarkhan, de lino y con mangas plisadas, se ha datado por radiocarbono antes del 3000 a. C., lo que lo convierte en la prenda tejida más antigua conocida. En China, la seda se hilaba de los capullos de gusanos domesticados, y durante siglos la técnica fue un secreto celosamente guardado.
¿Sabías que la ropa de Ötzi estaba hecha con pieles de al menos cinco especies: oveja, cabra, vaca, oso pardo y corzo?
La ropa se volvió asunto de ley. Muchas sociedades dictaron leyes suntuarias que limitaban quién podía llevar ciertos colores, tejidos o pieles: una ley inglesa de 1363 fijó el vestido según el rango, y el Japón Tokugawa promulgó repetidos edictos contra el lujo de los comerciantes. La púrpura de los múrices era tan laboriosa que se convirtió en el color de los emperadores romanos. El comercio globalizó la moda: los algodones estampados de la India se hicieron tan populares en Gran Bretaña que el Parlamento prohibió la mayoría en 1721 para proteger a los tejedores de lana y seda.
La industria y la ciencia rehicieron después la ropa. El hilado y el tejido mecanizados de finales del siglo XVIII abarataron la tela. En 1873, Jacob Davis y Levi Strauss patentaron unos pantalones de trabajo de mezclilla con remaches, antepasados de los vaqueros. El nailon, desarrollado por DuPont en la década de 1930, apareció en forma de medias en 1939 y 1940 y provocó colas por toda Norteamérica. Hoy la ropa es más barata y abundante que nunca, y el coste ambiental de la moda rápida es una cuestión urgente. Llevemos lo que llevemos, seguimos enviando el mismo mensaje antiguo: este soy yo.
Fig. 69 · Ropa y moda. De las pieles y el lino a los vaqueros y el nailon: la ropa protege, comunica y cambia.
Capítulo 70 · Parte VII
El hogar: de la casa larga al pareado
Una casa es más que un refugio. Su forma revela quién vivía junto, cómo se calentaba la gente, dónde dormían los animales y cuánta intimidad podía esperar cada cual. Los arqueólogos leen las casas a partir de agujeros de poste, hogares y suelos; los historiadores añaden testamentos, registros de obra y censos.
Uno de los primeros grandes tipos fue la casa larga de madera. En Europa central, hacia el 5500 a. C., los primeros agricultores de la cultura de la cerámica de bandas construyeron casas de hasta unos 40 metros, sostenidas por hileras de postes macizos. Los postes se pudrieron hace mucho, pero las manchas oscuras de sus agujeros aún marcan las plantas, y con ellas se pueden cartografiar aldeas enteras. La casa larga reapareció una y otra vez en lugares distintos: las familias vikingas compartían la suya con el ganado, en un extremo, para ganar calor, y los haudenosaunee del noreste de Norteamérica construían casas largas de corteza que albergaban a varias familias emparentadas.
La piedra se conserva mejor. En Skara Brae, en las Orcadas, hacia el 3100 a. C., los aldeanos levantaron casas acogedoras semienterradas en montones de desechos para aislarlas, cada una con un hogar central, camas de piedra en forma de caja y un aparador de piedra frente a la puerta. En Roma, las multitudes vivían en insulae, bloques de varios pisos expuestos a incendios y derrumbes; Augusto intentó limitar su altura. En Pekín, las familias vivían en torno a patios cerrados en el siheyuan, con la generación mayor en la sala principal del lado norte, orientada al sol del sur.
¿Sabías que Skara Brae permaneció oculta bajo las dunas durante más de cuatro mil años, hasta que una gran tormenta las barrió en 1850?
Durante siglos, la mayoría de los europeos vivió en una o dos habitaciones alrededor de un fuego abierto. Chimeneas, ventanas de cristal y pisos altos fueron llegando a las casas inglesas corrientes en los siglos XVI y XVII, un cambio que algunos historiadores llaman la Gran Reconstrucción, aunque su cronología se discute. La Revolución Industrial hacinó después a los obreros en casas en hilera baratas y casas espalda con espalda, con letrinas compartidas y apenas luz. Las leyes de salud pública de la década de 1870 exigieron calles más anchas y mejor desagüe, y de ahí salieron las largas filas de casas reglamentarias que aún se ven en las ciudades británicas.
Tras la Primera Guerra Mundial, el gobierno británico prometió hogares dignos de héroes. El informe Tudor Walters de 1918 recomendó casitas con jardín y baja densidad, y la Ley de Vivienda de 1919 pagó a los ayuntamientos para construirlas. Entre las guerras, los promotores privados añadieron enormes cantidades de casas pareadas a lo largo de nuevas carreteras y líneas de tren: dos viviendas que comparten una pared, con miradores, jardín delantero y a menudo un toque de falso entramado Tudor. Hoy la mayor parte de la humanidad vive en ciudades, muchos en bloques no tan distintos de las insulae romanas. La casa ha cambiado de forma muchas veces, pero nunca de propósito: un lugar al que volver.
Fig. 70 · El hogar: de la casa larga al pareado. Siete mil años de viviendas, de las casas largas de madera al pareado de las afueras.
Parte VIII
Ciudades y construcción
Cómo construimos refugios, monumentos y ciudades.
Capítulo 71 · Parte VIII
Las primeras ciudades
Una ciudad es mucho más que una aldea muy grande. Los arqueólogos buscan en ella una población densa y permanente, gente que ya no cultiva su propio alimento, edificios públicos monumentales y algún modo de llevar cuentas y recaudar tributos. El arqueólogo V. Gordon Childe bautizó ese salto como «revolución urbana» en 1950, y los historiadores aún discuten cuáles de sus criterios importan más y si hubo de verdad una sola revolución.
Las primeras pistas están en los tells, montículos formados por siglos de casas de adobe derrumbadas. En Çatalhöyük, en la llanura de Anatolia central, varios miles de personas vivían hacia el 7100 a. C. en viviendas tan apiñadas que apenas había calles. Pero el sitio no tiene palacio, ni gran templo, ni rastro claro de un gobernante, de modo que la mayoría de los especialistas lo considera un pueblo muy grande y no una ciudad.
Suele decirse que la primera ciudad verdadera fue Uruk, en el sur de Irak. Hacia el 3100 a. C. tenía grandes recintos sagrados, ejércitos de artesanos y una muralla, atribuida más tarde al héroe Gilgamesh, de unos nueve kilómetros. Sus basureros y almacenes han dado miles de tablillas de arcilla, entre la escritura más antigua del mundo, casi todas cuentas de grano, cerveza y trabajo.
Después surgieron ciudades de forma independiente muy lejos de allí. Mohenjo-daro, en el valle del Indo, se trazó hacia el 2500 a. C. con desagües de ladrillo cocido a lo largo de las calles y el Gran Baño sobre su ciudadela. En el valle de Supe, en Perú, Caral levantó montículos de plataforma y plazas hundidas hacia el 2600 a. C., sin cerámica y, que sepamos, sin escritura. Los reyes Shang gobernaban desde Anyang hacia el 1250 a. C., donde los huesos oraculares guardan sus preguntas a los antepasados. En el valle de México, Teotihuacan creció desde el 100 a. C. hasta ser una metrópolis de quizá 100 000 personas, ordenada a lo largo de la Calzada de los Muertos. En Jenné-Jeno, en Malí, excavada por Roderick y Susan McIntosh desde 1977, un conjunto de barrios especializados creció desde el 250 a. C. sin palacio visible, lo que echó por tierra la vieja idea de que las ciudades africanas se habían importado de fuera.
¿Sabías que en Çatalhöyük casi no había puertas a ras de suelo, y la gente entraba en casa por una abertura del tejado y usaba las azoteas como calles?
¿Por qué nacieron las ciudades? El excedente de grano, el comercio, la defensa y la religión influyeron, en proporciones distintas según el lugar. Con las ventajas llegaron los costes: enfermedades de las multitudes, desigualdad aguda y los primeros recaudadores de impuestos. Hoy más de la mitad de la humanidad vive en ciudades, y todas siguen funcionando con el trato que se cerró en lugares como Uruk: renunciar a tus campos a cambio de una multitud.
Fig. 71 · Las primeras ciudades. De Çatalhöyük a Jenné-Jeno: ciudades surgidas por separado en cuatro continentes.
Capítulo 72 · Parte VIII
Pirámides y monumentos
Los seres humanos levantaron monumentos mucho antes que ciudades. En Göbekli Tepe, en el sureste de Turquía, cazadores-recolectores erigieron hacia el 9500 a. C. pilares de caliza en forma de T, tallados con zorros, jabalíes y buitres, miles de años antes de que las aldeas agrícolas llenaran la región. Stonehenge, en Inglaterra, se construyó por fases desde el 3000 a. C. aproximadamente, y sus piedras azules más pequeñas se arrastraron más de 200 kilómetros desde las colinas de Preseli, en Gales. Un monumento es un mensaje al futuro, y quienes lo hacen rara vez dejan instrucciones.
La pirámide es la respuesta más famosa a la pregunta de cómo hacer que algo dure. La primera de Egipto fue la pirámide escalonada del rey Zoser en Saqqara, construida hacia el 2650 a. C. y atribuida a su ministro Imhotep: seis plataformas de piedra apiladas hasta unos 62 metros. En menos de un siglo, los constructores aprendieron a rellenar los escalones y lograr caras lisas. La Gran Pirámide de Keops en Guiza, terminada hacia el 2560 a. C., se alzaba unos 146 metros con más de dos millones de bloques y fue la estructura más alta hecha por manos humanas durante más de 3800 años.
¿Quién la construyó? El historiador griego Heródoto, unos 2000 años después, describió cuadrillas de 100 000 hombres obligados a trabajar, y el cine los convirtió en esclavos. Las excavaciones dirigidas por Mark Lehner y Zahi Hawass desde los años noventa hallaron el poblado de los obreros junto a la meseta: panaderías, cervecerías, montones de huesos de vaca y de pescado, y cementerios donde los trabajadores fueron enterrados con honores cerca de su rey. En 2013, unos papiros hallados en Wadi al-Jarf, en el mar Rojo, resultaron ser el diario de un funcionario llamado Merer, que anotaba los cargamentos de caliza enviados de Tura a Guiza. Son los papiros escritos más antiguos que se conocen.
En otros lugares se alzaron pirámides por otros motivos. El zigurat de Ur, hacia el 2100 a. C., elevaba un templo hacia los dioses sobre una montaña escalonada de adobe. En Nubia, el actual Sudán, los soberanos de Kush construyeron en Meroe, desde el 300 a. C., tumbas piramidales estrechas y empinadas, y la región tiene más pirámides que Egipto. En Teotihuacan, México, la Pirámide del Sol, de unos 65 metros y construida hacia el 200 d. C., sostenía un templo en la cima y no una cámara funeraria. En Camboya, Angkor Wat se erigió a comienzos del siglo XII como maqueta de piedra de la montaña que ocupa el centro del universo.
¿Sabías que la mayor pirámide del mundo por volumen está en Cholula, México, pero está tan cubierta de vegetación que parece un cerro, coronado por una iglesia construida en 1594?
Los monumentos hacen visible el poder a un día de camino. También revelan la maquinaria que hay detrás: canteras, barcos, graneros, escribas y raciones. Una pirámide es una tumba, un registro de trabajo y el balance de un Estado, todo ello en piedra.
Fig. 72 · Pirámides y monumentos. Tres pirámides a la misma escala: Saqqara, Guiza y Teotihuacan, con el poblado obrero.
Capítulo 73 · Parte VIII
La ingeniería romana
La ingeniería romana consistía menos en inventar que en hacer lo probado a una escala enorme, con un estándar, en tres continentes. Los romanos no inventaron el arco, que los constructores mesopotámicos usaban desde hacía milenios, pero lo convirtieron en su firma. Su gran material fue el hormigón, el opus caementicium: mortero de cal mezclado con ceniza volcánica de los alrededores de Pozzuoli, cerca de Nápoles, la puzolana, capaz de fraguar incluso bajo el agua.
Sabemos cómo trabajaban por lo que sigue en pie y por lo que escribieron. Vitruvio dedicó a Augusto sus diez libros De architectura, sobre materiales, topografía y máquinas. Frontino, nombrado curador de las aguas de Roma en el 97 d. C., redactó un informe sobre los acueductos de la ciudad con sus fuentes, longitudes y los fraudes de quienes pinchaban las tuberías ilegalmente. Los arqueólogos completan el resto cortando secciones de calzadas y analizando morteros.
Primero llegaron las calzadas. El censor Apio Claudio el Ciego inició la Vía Apia de Roma hacia Capua en el 312 a. C., y en su apogeo la red sumaba unos 80 000 kilómetros de vías pavimentadas, del norte de Britania a Siria. Una buena calzada se hacía por capas de piedras grandes, cascajo y grava ligados con cal, cubiertas de losas ajustadas, abombada para escurrir la lluvia y flanqueada por cunetas. Los miliarios contaban la distancia hasta Roma.
Después llegó el agua. El Aqua Appia del 312 a. C. fue el primer acueducto de Roma, y en el siglo III la ciudad recibía agua de once. Casi todo su trazado iba bajo tierra: las famosas arcadas solo cruzaban los valles. El Pont du Gard, en el sur de Francia, construido en el siglo I, eleva el acueducto de Nîmes unos 49 metros sobre el río Gardon en tres pisos de arcos, buena parte sin mortero. Toda la conducción recorría unos 50 kilómetros y descendía apenas unos 12 metros. En el norte de África, el acueducto de Zaghouan llevaba agua de manantial a Cartago, y en Cesarea, en Judea, los ingenieros de Herodes vertieron hormigón romano en el mar para crear un puerto artificial.
¿Sabías que la cúpula del Panteón de Roma, reconstruido bajo Adriano hacia el 125 d. C., sigue siendo la mayor cúpula de hormigón sin armar del mundo?
El Panteón muestra a los romanos en su momento más audaz. Su hormigón se aligera hacia arriba, donde los constructores cambiaron la piedra pesada por piedra pómez, y la cúpula de 43 metros termina en un óculo abierto. Gran parte de este saber se perdió tras la caída del Imperio de Occidente, pero no las líneas trazadas en el mapa. Muchas carreteras de Gran Bretaña, Francia e Italia siguen rutas romanas: lo más duradero que puede construir un imperio es la costumbre de ir siempre por el mismo camino.
Fig. 73 · La ingeniería romana. Una calzada romana en sección y el Pont du Gard llevando agua a Nîmes.
Capítulo 74 · Parte VIII
Castillos
Un castillo es una residencia privada fortificada: la casa de un señor que servía también de base para dominar las tierras de alrededor. Eso lo distingue de una muralla urbana, que protege a una comunidad, y de un fuerte, que aloja soldados del Estado. La idea pertenece sobre todo a la Europa medieval desde el siglo X, pero fortalezas parecidas del poder local surgieron en Japón, la India y Oriente Próximo.
Las fuentes son inusualmente ricas. Muchos de los primeros castillos solo sobreviven como movimientos de tierra, fáciles de ver desde el aire o con escáner láser. El tapiz de Bayeux muestra a soldados normandos levantando una mota en Hastings en 1066, y el Domesday Book de 1086 registra castillos por toda Inglaterra. Más tarde, las cuentas reales detallan los salarios, la piedra y la madera de cada obra, a veces hasta el número de carpinteros.
El primer tipo común fue la mota castral: un montículo de tierra coronado por una torre de madera, con un patio cercado debajo para establos, almacenes y soldados. Se levantaba deprisa, y los normandos construyeron cientos tras la Conquista. Pronto llegó la piedra. La Torre Blanca de Londres, iniciada hacia 1078, era a la vez salón, tesoro y fortaleza. En los Estados cruzados, los caballeros hospitalarios reconstruyeron el Crac de los Caballeros, en Siria, con anillos de murallas uno dentro de otro, para que los defensores pudieran disparar por encima de los compañeros. Eduardo I llevó el plano concéntrico a Gales, donde Beaumaris, iniciado en 1295 por su maestro de obras Jacobo de San Jorge, nunca se terminó porque se acabó el dinero.
Otras regiones siguieron su propia lógica. En la India, Rao Jodha fundó en 1459 Mehrangarh sobre un acantilado que domina Jodhpur, con puertas en ángulo para frenar la carga de los elefantes. Los grandes castillos japoneses llegaron tarde, en la era de las armas de fuego: Himeji, terminado en su forma actual en 1609, asienta una alta torre de madera y yeso blanco sobre bases de piedra inclinadas que resisten los terremotos.
¿Sabías que la Torre Blanca debe su nombre a una capa de cal que mandó aplicar Enrique III en 1240?
La artillería de pólvora fue convirtiendo los muros altos y delgados en un lastre, y desde el siglo XVI muchos señores se mudaron a cómodas casas de campo. Pero los castillos no desaparecieron: se volvieron símbolos. Luis II de Baviera empezó Neuschwanstein en 1869 como un sueño medieval con calefacción central, y hoy los castillos protagonizan películas, banderas y parques temáticos. Un castillo nunca fue solo una fortaleza: era la afirmación de que la tierra tenía dueño, escrita en piedra.
Fig. 74 · Castillos. Cinco etapas en la vida del castillo, de la mota de tierra al palacio de cuento.
Capítulo 75 · Parte VIII
Catedrales
Una catedral no es simplemente una iglesia grande. Es la iglesia que alberga la cathedra de un obispo, su sede oficial, lo que la convierte en iglesia madre de una diócesis. Algunas catedrales son modestas, y muchas grandes iglesias nunca lo fueron. Pero desde la Antigüedad tardía, obispos y ciudades volcaron en ellas riqueza y orgullo, y se convirtieron en las construcciones más ambiciosas de su tiempo.
Las primeras grandes catedrales eran basílicas, largas naves con laterales tomadas de los edificios públicos romanos. La basílica de Letrán, en Roma, consagrada hacia el 324, pasó a ser la catedral del obispo de Roma. En Constantinopla, Santa Sofía, terminada bajo Justiniano en el 537, hacía flotar una cúpula de unos 31 metros sobre un enorme espacio diáfano. En Europa occidental, los constructores románicos usaban arcos de medio punto y muros gruesos; Durham, iniciada en 1093, tiene algunas de las bóvedas de crucería altas más antiguas de Europa.
Llegó entonces el gótico. El nuevo coro del abad Suger en Saint-Denis, cerca de París, terminado en 1144, reunió tres ideas en un solo sistema: el arco apuntado, probablemente aprendido de la arquitectura islámica, que dirige las cargas más hacia abajo; la bóveda de crucería, que concentra el peso del techo en unos pocos puntos; y el arbotante, un medio arco exterior que recoge el empuje hacia fuera. Liberados del peso de la cubierta, los muros podían volverse vidrio, como en Chartres, que conserva la mayor parte de sus vidrieras medievales. Los constructores competían en altura, y cuando Beauvais elevó la bóveda de su coro a unos 48 metros, una parte se desplomó en 1284.
¿Cómo sabemos cómo se construían? Los libros de fábrica, como las cuentas de Exeter desde 1279, anotan semana a semana salarios, piedra y madera. Los canteros grababan sus marcas en los sillares, los suelos de trazado de yeso de York y Wells muestran aún dibujos a tamaño real rayados por los maestros, y la dendrocronología de las vigas indica cuándo se talaron los robles. Algunas obras duraron siglos. La catedral de Colonia se empezó en 1248, quedó parada casi 300 años y se terminó en 1880 gracias a los planos medievales de su fachada, redescubiertos a comienzos del siglo XIX.
¿Sabías que una grúa medieval de madera permaneció unos cuatro siglos sobre la torre sur inacabada de la catedral de Colonia, hasta formar parte del perfil de la ciudad?
La idea de catedral viajó con el cristianismo. La catedral metropolitana de Ciudad de México se levantó entre 1573 y 1813 junto a las ruinas del Templo Mayor mexica, y la catedral en forma de corona de Oscar Niemeyer en Brasilia se consagró en 1970. Una catedral tardaba más de una vida en construirse, y precisamente por eso sus constructores confiaban en que les sobreviviera.
Fig. 75 · Catedrales. Una catedral gótica en sección: arcos, nervios y arbotantes dejan entrar la luz.
Capítulo 76 · Parte VIII
Puentes
Un puente resuelve uno de los problemas más antiguos del viaje: cruzar un vacío sin caer en él. Los primeros fueron sin duda troncos tendidos sobre arroyos y piedras puestas en los vados, y apenas dejan huella. Todos los puentes posteriores son variaciones de un puñado de respuestas a la misma pregunta sobre fuerzas. Una viga se flexiona, un arco se comprime, un cable tira, y los ingenieros han pasado 3000 años aprendiendo hasta dónde puede llegar cada uno.
Los puentes más antiguos aún en pie son arcos de piedra. El puente de Arkadikó, en Grecia, construido por los micénicos hacia el 1300 a. C., todavía cruza un barranco. Los romanos perfeccionaron el arco de medio punto: el puente Fabricio, construido en Roma en el 62 a. C., nunca ha dejado de llevar gente al otro lado del Tíber. En China, hacia el 605, el artesano Li Chun construyó el puente de Zhaozhou, un arco rebajado con cuatro pequeñas aberturas en sus enjutas que aligeraban la obra y dejaban pasar las crecidas. Europa no construyó nada parecido en siglos.
Otras culturas recurrieron a la tracción en lugar de la piedra. La red de caminos inca cruzaba los desfiladeros andinos con puentes colgantes de hierba trenzada, y el puente de Q'eswachaka, en Perú, lo siguen rehaciendo cada año las comunidades locales. En 1779, el maestro herrero Abraham Darby III fundió el primer gran puente de hierro sobre el Severn, en Shropshire, en el lugar que hoy se llama Ironbridge. El acero abrió nuevas escalas. El puente de Forth, en Escocia, un puente de ménsula inaugurado en 1890, salva dos vanos principales de unos 521 metros cada uno. El puente de Brooklyn, en Nueva York, de 1883, colgaba su vano de 486 metros de cables de acero, y cuando el ingeniero jefe Washington Roebling enfermó, su esposa Emily Warren Roebling sacó adelante buena parte de la obra.
¿Sabías que el puente Fabricio lleva tráfico sobre el Tíber desde el 62 a. C. y es el puente romano más antiguo de la ciudad que conserva su uso original?
El fracaso enseñó tanto como el éxito. Cuando el puente del Tay, en Escocia, se hundió en un temporal en 1879 llevándose un tren, la investigación cambió el modo en que los ingenieros calculaban el viento. En 1940, el puente de Tacoma Narrows, en el estado de Washington, se retorció hasta romperse con un viento moderado, y la película de su derrumbe se sigue proyectando a los estudiantes de ingeniería. Aun así, los vanos colgantes no han dejado de crecer: el puente japonés de Akashi Kaikyō alcanzó 1991 metros en 1998, y el puente turco 1915 Çanakkale se abrió en 2022 con un vano central de 2023 metros. Cada puente es una apuesta contra la gravedad, y los mejores hacen que parezca fácil.
Fig. 76 · Puentes. Cuatro maneras de salvar un vacío: viga, arco, ménsula y suspensión.
Capítulo 77 · Parte VIII
La ciudad industrial
La ciudad industrial era algo nuevo: un lugar que no crecía en torno a un palacio, un templo o un puerto, sino en torno a las máquinas. En cuanto la máquina de vapor liberó a las fábricas de los ríos caudalosos, las hilanderías pudieron agruparse donde el carbón era barato y abundaban los trabajadores. Mánchester, apodada Cottonopolis, se convirtió a la vez en modelo y advertencia, y llegaban visitantes de toda Europa y América para ver el futuro en marcha.
El crecimiento fue explosivo. El censo británico de 1851 mostró por primera vez que vivía más gente en las ciudades que en el campo, el primer gran país en cruzar esa línea. Los migrantes llegaban de la Inglaterra rural, de Escocia y de una Irlanda golpeada por la hambruna. Los especuladores los hacinaron en casas adosadas por la espalda que compartían paredes por tres lados, dispuestas en patios con letrinas y bombas comunes. El humo ennegrecía el aire y el río Irwell bajaba espeso de desechos.
Conocemos estas ciudades con un detalle inusual porque se midieron como nunca antes. Las hojas del censo enumeran cada hogar. Friedrich Engels recorrió las calles de Mánchester para La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845). En Londres, la encuesta de Charles Booth, iniciada en 1886, produjo mapas que coloreaban cada calle según la riqueza de sus vecinos, y en Nueva York Jacob Riis fotografió la vida en las casas de vecinos para How the Other Half Lives (1890). La enfermedad dejó su propio registro: el cólera golpeó las ciudades británicas en 1832, 1848 y 1854, hasta que John Snow relacionó un brote de Londres con una sola bomba de agua de Broad Street.
El patrón se extendió por el mundo. Chicago pasó de ser un pueblo pequeño en la década de 1830 a tener unos 1,7 millones de habitantes en 1900, con mataderos y ferrocarriles que alimentaban a una nación. Lowell, en Massachusetts, alojaba a jóvenes obreras en pensiones de la empresa. Osaka fue conocida como la Mánchester de Oriente, y ciudades del Ruhr como Essen crecieron en torno al carbón y al acero de Krupp. Tras la crisis llegó la reforma: alcantarillado, normas de edificación que acabaron prohibiendo construir nuevas casas adosadas por la espalda, parques públicos y pueblos modelo como Saltaire, fundado por Titus Salt en 1851, o Bournville, de los Cadbury.
¿Sabías que los mapas de la pobreza de Charles Booth clasificaban Londres calle por calle en siete colores, del negro para los más pobres al amarillo para los ricos?
La historia no ha terminado. Desde 1980, cuando se convirtió en zona económica especial, Shenzhen ha pasado de un puñado de pueblos con mercado a una megaciudad de fábricas y torres, y ciudades desde Lagos hasta Daca viven en pocas décadas su propia versión del siglo de Mánchester. La ciudad industrial creó la riqueza moderna, y también la idea moderna de que una ciudad debe planificarse, canalizarse y limpiarse para ser habitable.
Fig. 77 · La ciudad industrial. Cómo el vapor levantó la ciudad industrial, la abarrotó, la enfermó y forzó reformas.
Capítulo 78 · Parte VIII
Rascacielos
Un rascacielos es un edificio tan alto que necesita tecnología nueva solo para sostenerse y poder usarse. Los edificios altos son antiguos, pero casi siempre eran torres macizas de mampostería, cuyos muros debían engrosarse en la base con cada planta añadida. La antigua Roma amontonaba a su gente en bloques de viviendas llamados insulae, y se dice que Augusto limitó su altura a unos 20 metros tras repetidos derrumbes e incendios.
Uno de los ejemplos tempranos más llamativos se alza en el desierto de Yemen. La ciudad amurallada de Shibam, reconstruida en su mayor parte desde el siglo XVI, reúne unas 500 casas-torre de adobe de cinco a once plantas sobre una pequeña elevación, por lo que a menudo se la llama la Manhattan del desierto. Demuestran que se construía hacia arriba, para ahorrar espacio y defenderse, mucho antes del acero.
El rascacielos moderno necesitó dos inventos. El primero fue un ascensor seguro: en 1854, Elisha Otis presentó en Nueva York su freno de seguridad haciendo cortar la cuerda de la plataforma en la que iba subido. El segundo fue la estructura de acero, que carga el peso de forjados y muros sobre un esqueleto y no sobre la mampostería. Tras el gran incendio de 1871, Chicago se reconstruyó deprisa, y el Home Insurance Building de William Le Baron Jenney, de 1885, diez plantas sobre un armazón metálico, suele considerarse el primer rascacielos, aunque los historiadores discuten el título. Louis Sullivan dio al nuevo tipo su credo: la forma sigue a la función.
Nueva York convirtió luego la altura en publicidad. El Woolworth Building de 1913 recibió el apodo de Catedral del Comercio. Una ley de zonificación de 1916 obligó a las torres a retranquearse al subir, lo que dio a la ciudad sus siluetas de tarta nupcial. El Chrysler Building y el Empire State Building compitieron en 1930 y 1931; el Empire State, de unos 381 metros hasta la azotea y construido en poco más de un año, fue el edificio más alto del mundo durante casi cuatro décadas. Las fotografías de Lewis Hine de sus obreros haciendo equilibrios sobre las vigas están entre los mejores testimonios de cómo se hizo.
¿Sabías que el mástil del Empire State Building se diseñó como amarre para dirigibles, pero los fuertes vientos hicieron inviable la idea?
En las últimas décadas, la carrera se ha desplazado al este. Las Torres Petronas de Kuala Lumpur abrieron en 1998, Taipei 101 cuelga una enorme bola de acero cerca de su cima para amortiguar el balanceo en los tifones, y el Burj Khalifa de Dubái alcanzó 828 metros en 2010. Los rascacielos concentran más gente en menos suelo, pero también consumen muchísima energía al construirse y al funcionar. Los edificios más altos siempre han sido tanto declaraciones como soluciones: la manera que tiene una ciudad de decir que ha llegado.
Fig. 78 · Rascacielos. Cuatro torres a la misma escala, de las casas de adobe de Shibam al Burj Khalifa.
Capítulo 79 · Parte VIII
Ciudades planificadas
La mayoría de las ciudades crecen como el coral, un edificio tras otro, siguiendo caminos que primero abrieron vacas y carros. Una ciudad planificada se dibuja antes de construirse: calles, manzanas y espacios públicos dispuestos según un único diseño, normalmente por un soberano, un Estado o una compañía con poder para imponerlo. El propio plano es la prueba, visible en mapas antiguos, fotografías aéreas y calles rectas que han durado siglos.
La idea es antigua. En Mohenjo-daro, en el valle del Indo, las calles seguían hacia el 2500 a. C. un trazado bastante regular. Los griegos atribuían a Hipódamo de Mileto, en el siglo V a. C., la ordenada cuadrícula, y Aristóteles lo nombra como el primer urbanista, aunque las cuadrículas eran mucho más antiguas que él. Los campamentos y colonias romanos usaban un plano tipo de dos calles principales que se cruzaban en ángulo recto, todavía visible desde Timgad, en Argelia, hasta Chester, en Inglaterra.
China construyó la cuadrícula más grandiosa de todas. Chang'an, reconstruida desde el 582 como capital de los Sui y los Tang, era un inmenso tablero de barrios amurallados, con el palacio al norte y una ancha avenida hacia el sur. Su prestigio fue tal que Japón la copió para Heian-kyō, fundada en el 794, la actual Kioto. Al otro lado del Pacífico, las Leyes de Indias de 1573 ordenaban a los colonos trazar los pueblos en torno a una plaza central con la iglesia y el cabildo en sus lados, un modelo repetido de México a Chile.
Los urbanistas posteriores añadieron espectáculo. El plano de Pierre L'Enfant para Washington, de 1791, cruzó una cuadrícula con grandes avenidas diagonales. En París, entre 1853 y 1870, el barón Haussmann abrió largos bulevares a través de las calles medievales, con luz, alcantarillado y espacio para mover tropas. El libro de Ebenezer Howard de 1898 imaginaba ciudades jardín rodeadas de campo, y la primera, Letchworth, se inició en 1903. En el siglo XX se dibujaron capitales enteras desde cero: Canberra, según el diseño ganador de Walter Burley Griffin y Marion Mahony Griffin; Chandigarh, de Le Corbusier; y Brasilia, inaugurada en 1960 tras menos de cuatro años de obras.
¿Sabías que el plan ganador de Lúcio Costa para Brasilia era un texto breve con unos pocos bocetos a mano alzada, y aun así dio forma a toda una capital?
Las ciudades planificadas hacen grandes promesas, y la historia no deja de calificarlas. Las cuadrículas facilitaban vender el suelo; los bulevares engrandecían las ciudades pero desplazaban a los pobres; las capitales modernas a menudo lucían mejor desde un avión que desde la acera. La lección es que un plano monta el escenario, pero la obra la escriben quienes van a vivir en ella.
Fig. 79 · Ciudades planificadas. Veinticinco siglos de ciudades planificadas, de la cuadrícula griega a Brasilia.
Capítulo 80 · Parte VIII
Ruinas y rescate: salvar el pasado
Todo edificio se va convirtiendo lentamente en ruina. La lluvia, las raíces, la guerra, el fuego y los promotores hacen su trabajo, y durante casi toda la historia la gente simplemente reutilizó las piedras viejas: el Coliseo sirvió de cantera a Roma durante siglos. La idea de que los edificios antiguos deben conservarse por sí mismos, como testimonio y como herencia común, es sorprendentemente reciente, y se discute desde el principio.
El rescate moderno empezó excavando. Las excavaciones de Herculano desde 1738 y de Pompeya desde 1748 comenzaron como búsquedas reales de tesoros. Giuseppe Fiorelli, que dirigió los trabajos de Pompeya desde la década de 1860, excavó el sitio de forma sistemática y vertió yeso en los huecos que los cuerpos dejaron en la ceniza, devolviendo a las víctimas su forma. Las ruinas pasaron a ser lugares de estudio más que de saqueo, aunque el saqueo no cesó.
Llegó entonces la gran discusión sobre la restauración. En Francia, Eugène Viollet-le-Duc restauró monumentos como Notre-Dame y la ciudad amurallada de Carcasona hasta un estado completo que, según admitía, quizá nunca había existido. En Inglaterra, John Ruskin llamó a la restauración una especie de mentira, y William Morris fundó en 1877 la Society for the Protection of Ancient Buildings para defender una reparación honesta que conserve las huellas del tiempo. La Carta de Venecia de 1964 intentó zanjar el debate con normas profesionales: reparar lo que existe y señalar lo nuevo.
El siglo XX puso esas normas a prueba. Cuando la presa de Asuán amenazó los templos de Abu Simbel, una campaña de la UNESCO los cortó en bloques y los trasladó a terreno más alto entre 1964 y 1968. Aquel esfuerzo condujo a la Convención del Patrimonio Mundial de 1972. Polonia reconstruyó el casco antiguo de Varsovia, destruido deliberadamente en 1944, guiándose por las pinturas de Bernardo Bellotto del siglo XVIII, y en 1980 la propia reconstrucción fue declarada Patrimonio Mundial. En Japón, los santuarios principales de Ise se reconstruyen con madera nueva cada 20 años, recordatorio de que la autenticidad puede residir en los oficios tanto como en la madera vieja.
¿Sabías que cuando Notre-Dame ardió en 2019, los escaneos láser hechos una década antes por el historiador del arte Andrew Tallon ayudaron a guiar su reconstrucción?
Las pérdidas continúan. Los budas de Bamiyán, en Afganistán, fueron volados en 2001, y el templo de Bel en Palmira en 2015. El Puente Viejo de Mostar, destruido en 1993, volvió a alzarse en 2004, en parte con piedras sacadas del río, y Notre-Dame reabrió en diciembre de 2024 con su aguja reconstruida según el diseño de Viollet-le-Duc. Salvar el pasado nunca es solo cuestión de piedras. Es una elección, que cada generación vuelve a hacer, sobre qué recuerdos mantener en pie.
Fig. 80 · Ruinas y rescate: salvar el pasado. El ciclo del patrimonio: pérdida, registro, debate, reconstrucción y protección.
Parte IX
Viajes y comunicación
Caminos, barcos, cables y redes que encogieron el mundo.
Capítulo 81 · Parte IX
Los caminos
Un camino es una promesa: el próximo viajero encontrará la ruta un poco más fácil que el anterior. Las sendas son tan antiguas como los pies, pero un camino es algo deliberado: un trazado que alguien eligió, despejó, pavimentó y mantuvo, casi siempre porque un soberano, un templo o un mercado necesitaba que personas y mercancías llegaran a tiempo.
Algunas de las rutas construidas más antiguas han sobrevivido porque cruzaban pantanos. En Somerset, el Sweet Track es una pasarela elevada de tablones de roble y fresno tendida sobre las marismas. La turba empapada conservó la madera, y la dendrocronología demuestra que se taló en el invierno de 3807 a 3806 a. C. En Egipto, un camino pavimentado con losas de arenisca y basalto unía unas canteras cercanas al Fayum con la orilla de un antiguo lago hace unos 4.500 años.
Los imperios convirtieron los caminos en instrumentos de poder. Hacia el 500 a. C., el rey persa Darío I mantenía el Camino Real de Sardes a Susa, que Heródoto describió con su cadena de postas reales. Roma comenzó la Vía Apia en el 312 a. C. y acabó trazando decenas de miles de kilómetros de calzadas abombadas y drenadas en tres continentes. En China, el Primer Emperador construyó una larga calzada militar recta hacia el norte y unificó la anchura de los ejes de los carros. En los Andes, los incas crearon el Qhapaq Ñan, una red de unos 30.000 kilómetros que subía escalinatas y salvaba desfiladeros con puentes de cuerda.
¿Sabías que ningún vehículo de ruedas recorrió jamás los grandes caminos incas? El tráfico iba a pie, con corredores que llevaban mensajes y caravanas de llamas cargadas.
Tras la caída de Roma, muchos caminos europeos se convirtieron en barro durante mil años. La solución llegó de los constructores de la Revolución Industrial. En las décadas de 1810 y 1820, John Loudon McAdam demostró que varias capas de piedra machacada pequeña y angulosa, bien compactadas y elevadas sobre el drenaje, formaban una superficie dura sin cimientos masivos. En 1902, el agrimensor galés Edgar Purnell Hooley patentó el tarmac, que ligaba la piedra con alquitrán, después de fijarse, según se cuenta, en una mancha lisa que había dejado un barril de alquitrán derramado en una carretera de Derbyshire.
La era del motor volvió a dibujar el mapa. Alemania abrió en 1932 una carretera solo para coches entre Colonia y Bonn, y Estados Unidos aprobó en 1956 su sistema de autopistas interestatales. Hoy, en ciudades antiguas como Londres, una calle moderna puede discurrir justo encima de su antepasada romana. Excava bajo un cruce concurrido y encontrarás toda la historia del viaje apilada bajo tus pies.
Fig. 81 · Los caminos. Los firmes de los caminos a lo largo del tiempo, de los tablones al asfalto, en capas.
Capítulo 82 · Parte IX
Barcos y navegación
Un barco convierte el mar en una autopista, pero solo si su tripulación sabe dónde está. Por eso la historia de la navegación cuenta dos relatos a la vez: el de las embarcaciones que se construyeron y el de los métodos para orientarse cuando la tierra se había hundido bajo el horizonte.
El barco más antiguo conocido es la canoa de Pesse, vaciada en un solo tronco de pino silvestre en los Países Bajos. La datación por radiocarbono la sitúa hacia el 8000 a. C. África aporta la canoa de Dufuna, del nordeste de Nigeria, de unos 8.000 años. Hacia el 2500 a. C., los egipcios construían grandes barcos de cedro; uno de ellos, hecho para el faraón Keops, apareció desmontado en un foso junto a la Gran Pirámide en 1954. Los pecios añaden más pruebas: el de Uluburun, hundido hacia el 1300 a. C. frente a Turquía, aún guardaba lingotes de cobre, vidrio y marfil.
¿Sabías que la canoa de Pesse, quizá el barco más antiguo del mundo, fue descubierta en 1955 por unos obreros que construían una autopista?
Los primeros navegantes más audaces no necesitaban instrumentos. A lo largo de siglos, los isleños del Pacífico poblaron el inmenso triángulo polinesio gracias a la navegación tradicional: la salida y la puesta de las estrellas, la forma del oleaje, el vuelo de las aves y el color de las nubes sobre islas invisibles. En 1976, la canoa Hōkūleʻa, guiada por el navegante micronesio Mau Piailug, viajó de Hawái a Tahití a la antigua, demostrando que aquellos viajes eran deliberados y no derivas afortunadas.
Los instrumentos llegaron por las rutas comerciales. El erudito chino Shen Kuo describió en 1088 una aguja imantada, y hacia el 1100 los marinos chinos usaban la brújula cuando las nubes tapaban el cielo. Navegantes árabes y europeos la adoptaron y midieron la latitud por la altura del Sol o de la estrella Polar. Entre 1405 y 1433, las flotas de Zheng He navegaron desde China hasta la costa de África oriental.
La longitud, sin embargo, seguía siendo una apuesta mortal. Gran Bretaña ofreció un premio en 1714, y el relojero John Harrison respondió con una serie de relojes marinos. El cuarto, H4, mantuvo la hora con precisión en un viaje a Jamaica en 1761 y 1762. Los cronómetros reinaron hasta las señales horarias por radio y, desde 1995, el GPS plenamente operativo. Hoy un teléfono conoce su posición con pocos metros de error, pero cuando falla la señal, el buen navegante todavía mira al cielo.
Fig. 82 · Barcos y navegación. De la canoa monóxila a la señal por satélite: cómo aprendieron los marinos a orientarse.
Capítulo 83 · Parte IX
Los canales
Un canal es un río trazado por manos humanas: un cauce excavado para llevar agua a los campos o barcos adonde no llega ningún río. Antes del ferrocarril, un solo caballo que remolcaba una barcaza movía cargas mucho más pesadas de las que podría arrastrar por un camino lleno de baches.
Los primeros canales regaban cultivos. Los agricultores de Mesopotamia abrieron acequias desde el Tigris y el Éufrates hace miles de años, y sus márgenes enterrados aún se distinguen en fotografías aéreas. Después llegaron los canales de transporte. Los faraones, y más tarde el rey persa Darío I, excavaron una vía de agua que unía el Nilo con el mar Rojo; Darío conmemoró la obra en estelas de piedra alzadas en sus orillas hacia el 500 a. C. En el 214 a. C., ingenieros del Estado de Qin terminaron en el sur de China el Lingqu, que enlazaba dos cuencas fluviales.
China construyó también el más largo de todos. Bajo la dinastía Sui, a comienzos del siglo VII, se unieron tramos antiguos en el Gran Canal, que llegó a medir casi 1.800 kilómetros y llevaba arroz a la capital. En 984, el funcionario Qiao Weiyue construyó la que suele considerarse la primera esclusa de cámara: un recinto con una compuerta en cada extremo que permitía a los barcos subir o bajar con suavidad.
¿Sabías que Pierre-Paul Riquet, que gastó su fortuna en el canal del Midi, murió en 1680, solo unos meses antes de su inauguración?
Las esclusas llegaron a Europa, donde a Leonardo da Vinci se le atribuye la compuerta de busco en Milán. Francia inauguró en 1681 el canal del Midi, de 240 kilómetros, que unía la vertiente atlántica con el Mediterráneo. En Inglaterra, el canal del duque de Bridgewater, abierto en 1761 y diseñado por James Brindley, redujo a la mitad el precio del carbón en Mánchester y desató una fiebre de canales. El canal del Erie, abierto en 1825, conectó los Grandes Lagos con el Atlántico y convirtió a Nueva York en el primer puerto del país.
La era de los canales marítimos redibujó el comercio mundial. El canal de Suez se abrió en 1869, ahorrando a los barcos la vuelta a África, y el canal de Panamá en 1914, con esclusas que elevan los buques unos 26 metros hasta un lago artificial. Cuando el portacontenedores Ever Given quedó atravesado en el canal de Suez en marzo de 2021, los seis días de bloqueo recordaron cuánto comercio sigue flotando por unas pocas zanjas estrechas. Donde la geografía decía que no, el canal aprendió a trepar.
Fig. 83 · Los canales. Cómo una esclusa de cámara eleva un barco, una cámara de agua cada vez.
Capítulo 84 · Parte IX
La era del ferrocarril
El ferrocarril combina dos ideas antiguas: una vía lisa que guía las ruedas y una máquina que tira de ellas. Unidas a principios del siglo XIX, produjeron el cambio más rápido en el transporte terrestre desde la domesticación del caballo.
Las vías guiadas son muy antiguas. En Corinto, el Diolkos, una calzada pavimentada con surcos, permitía desde hacia el 600 a. C. arrastrar barcos a través del istmo. En las minas de Europa central, carriles de madera guiaban las vagonetas, y Georgius Agricola los ilustró en De re metallica en 1556. Faltaba la fuerza motriz. El 21 de febrero de 1804, la locomotora de vapor de Richard Trevithick arrastró hierro y pasajeros por la vía de Penydarren, en Gales: el primer recorrido documentado de una locomotora sobre raíles.
Gran Bretaña tomó la delantera. El ferrocarril de Stockton a Darlington se abrió en 1825 y, en 1829, las pruebas de Rainhill eligieron la Rocket de George y Robert Stephenson para la línea de Liverpool a Mánchester. Su caldera multitubular, que hacía pasar los gases calientes por muchos tubos de cobre, y su escape, que usaba el vapor sobrante para avivar el fuego, fueron el modelo de las locomotoras durante más de un siglo. La línea, la primera interurbana movida solo por vapor, se inauguró en 1830, en una jornada empañada por la muerte del político William Huskisson, arrollado por la Rocket.
El tren pronto llegó a todos los continentes. El primer tren de pasajeros de la India unió Bombay y Thane el 16 de abril de 1853. En Estados Unidos, el primer ferrocarril transcontinental se completó con un clavo de oro en Promontory Summit, Utah, el 10 de mayo de 1869, construido en gran parte por obreros chinos e irlandeses. Rusia empezó en 1891 el Transiberiano, que acabó uniendo Moscú y Vladivostok a lo largo de más de 9.000 kilómetros.
¿Sabías que el ferrocarril unificó la hora? El 18 de noviembre de 1883, los ferrocarriles norteamericanos adoptaron los husos horarios, en lo que se recuerda como el día de los dos mediodías.
El tren cambió mucho más que el viaje. El pescado fresco, la leche y los periódicos llegaban al interior en una noche; nacieron las vacaciones en la costa, los suburbios y los trabajadores que viajaban a diario, y los ejércitos podían moverse a una escala inédita. Los historiadores reconstruyen este mundo con horarios, libros de cuentas de las compañías, mapas y las máquinas conservadas. El Shinkansen japonés, inaugurado entre Tokio y Osaka en octubre de 1964, inició un renacer de la alta velocidad. El vapor desapareció, pero la línea que trazó entre el campo y la ciudad nunca se ha borrado.
Fig. 84 · La era del ferrocarril. Dentro de la Rocket de Stephenson, la locomotora de 1829 que marcó el modelo del vapor.
Capítulo 85 · Parte IX
El correo
El correo es la red más antigua para mover palabras sin mover a quien las escribe. Durante la mayor parte de la historia perteneció a los gobernantes, que necesitaban que sus órdenes llegaran a gobernadores lejanos antes de que los rebeldes se organizaran, y solo poco a poco se convirtió en un servicio al alcance de cualquiera por una pequeña tarifa.
Su secreto era el relevo. En lugar de un solo mensajero que hiciera todo el trayecto, jinetes o corredores descansados esperaban en postas a lo largo de la ruta. Hacia el 430 a. C., el historiador griego Heródoto describió el sistema persa: el Camino Real de Sardes a Susa tenía 111 postas, y un viajero a pie tardaba unos 90 días en recorrerlo, mientras que los correos a caballo, relevándose, lo cubrían mucho más deprisa. Su elogio de aquellos mensajeros, traducido al inglés como «ni la nieve, ni la lluvia, ni el calor, ni la oscuridad de la noche», está grabado en la oficina central de correos de Nueva York.
Otros imperios crearon sus propias versiones. El cursus publicus romano, organizado bajo Augusto, ofrecía caballos de refresco para los asuntos oficiales. China mantuvo postas durante más de dos mil años, y la red mongola del Yam, en el siglo XIII, permitía a los jinetes con una placa de metal, la paiza, cambiar de montura a través de Eurasia. En los Andes, los chasquis incas se pasaban mensajes orales y cordones anudados, los quipus, de corredor en corredor. Los arqueólogos encuentran restos de estas postas, y las cartas, salvoconductos y relatos de viajeros explican cómo funcionaban.
En la Europa moderna, los correos privados y reales empezaron a fundirse. Desde 1490, la familia Tassis organizó para los Habsburgo relevos que se convirtieron en una empresa postal continental. En Inglaterra, Carlos I abrió el correo real al público en 1635. Aun así, el franqueo seguía siendo caro y complicado, calculado según la distancia y el número de hojas.
¿Sabías que antes de 1840 solía pagar la carta quien la recibía, y que podía sencillamente rechazarla?
El reformista Rowland Hill propuso una tarifa baja y única, pagada por adelantado por el remitente. El 6 de mayo de 1840 entró en vigor en Gran Bretaña el Penny Black, el primer sello adhesivo del mundo, y la escritura de cartas se disparó. Otros países copiaron la idea y, en 1874, el Tratado de Berna creó el organismo hoy llamado Unión Postal Universal. El correo electrónico ha aligerado los buzones, pero los paquetes de las compras en línea mantienen a los carteros más ocupados que nunca. Un mensaje que antes necesitaba un imperio hoy solo necesita un sello.
Fig. 85 · El correo. Las postas del Camino Real persa y el sello que abarató el correo.
Capítulo 86 · Parte IX
El telégrafo
El telégrafo fue la primera tecnología que separó la comunicación del transporte. Antes, una noticia no viajaba más deprisa que un caballo, un barco o una paloma. Después, un mensaje cruzaba un continente en minutos, y el mundo empezó a compartir un mismo presente.
Las primeras redes se basaban en la vista, no en la electricidad. En 1794, el ingeniero francés Claude Chappe inauguró un telégrafo óptico entre París y Lille: una cadena de torres cuyos brazos de madera móviles formaban posiciones en clave que los operadores leían con catalejos. Pronto llevó a la capital la noticia de una victoria francesa, y las líneas de Chappe acabaron cubriendo buena parte de Francia. Pero la niebla y la oscuridad lo dejaban ciego.
La electricidad resolvió el problema. En Gran Bretaña, William Cooke y Charles Wheatstone patentaron en 1837 un telégrafo de agujas y lo instalaron junto al Great Western Railway. En Estados Unidos, Samuel Morse y Alfred Vail desarrollaron un sistema más sencillo que enviaba impulsos de corriente en forma de puntos y rayas: el código que lleva el nombre de Morse. El 24 de mayo de 1844, Morse transmitió de Washington a Baltimore las palabras «What hath God wrought». Los cables pronto bordearon todas las vías férreas, porque trenes y telegramas se necesitaban mutuamente.
¿Sabías que en 1845 un telegrama enviado de Slough a Paddington llevó a la detención de John Tawell, el primer asesino capturado gracias al telégrafo eléctrico?
El gran reto era el mar. Un cable transatlántico transmitió mensajes en 1858, entre ellos un saludo entre la reina Victoria y el presidente Buchanan, pero falló a las pocas semanas. En 1866, el gigantesco vapor Great Eastern tendió un cable duradero desde la isla de Valentia, en Irlanda, hasta Heart's Content, en Terranova. Después los cables rodearon el planeta: la línea telegráfica terrestre de Australia unió Adelaida con Darwin en 1872, y en 1902 la «All Red Line» británica daba la vuelta al mundo.
Los historiadores siguen esta red mediante mapas de cables, archivos de las compañías y los propios telegramas, mensajes breves y caros que enseñaron a escribir en estilo telegráfico. El telégrafo transformó la prensa, las finanzas, la meteorología y la diplomacia, y la señal de socorro SOS, adoptada internacionalmente en 1906, salvó muchas vidas en el mar. Western Union dejó de enviar telegramas en 2006, y el servicio estatal de telegramas de la India cerró el 15 de julio de 2013. Cada mensaje instantáneo que envías sigue el camino que el telégrafo cableó primero.
Fig. 86 · El telégrafo. El viaje de un telegrama: del manipulador, por el cable, hasta el mensajero en tu puerta.
Capítulo 87 · Parte IX
Teléfono y radio
El telégrafo enviaba chasquidos en clave. Sus sucesores transmitieron algo mucho más humano: la voz. El teléfono llevaba una voz a un solo oyente por un cable, mientras que la radio lanzaba el sonido por el aire a cualquiera que tuviera un receptor. Entre los dos transformaron la vida privada y la opinión pública en el transcurso de una sola vida.
El 7 de marzo de 1876, Alexander Graham Bell, profesor de sordos nacido en Escocia que trabajaba en Boston, obtuvo una patente estadounidense para el teléfono. Tres días después, su cuaderno de laboratorio registra la primera llamada lograda a su ayudante: «Mr. Watson, come here, I want to see you». El invento fue muy disputado. Elisha Gray presentó documentos el mismo día que Bell, y el inventor italoamericano Antonio Meucci había construido antes aparatos de voz; los historiadores aún debaten cuánto mérito corresponde a cada uno.
Los teléfonos necesitaban centralitas para conectar a los usuarios. La primera centralita comercial abrió en New Haven, Connecticut, en enero de 1878, con operadoras que enchufaban los cables a mano. En 1891, Almon Strowger, empresario de pompas fúnebres de Kansas City, patentó una central automática, según se dice porque sospechaba que la esposa de un competidor, operadora, desviaba sus llamadas. Las grandes distancias tardaron más: el primer cable telefónico transatlántico, el TAT-1, no se abrió hasta 1956.
La radio nació de los experimentos de Heinrich Hertz con las ondas electromagnéticas en la década de 1880. Guglielmo Marconi las convirtió en telegrafía sin hilos y, el 12 de diciembre de 1901, afirmó haber oído en Signal Hill, Terranova, una señal enviada desde Poldhu, en Cornualles, aunque algunos historiadores dudan de lo que realmente oyó. Los barcos se equiparon con radio, y las llamadas del Titanic en 1912 llevaron a los rescatadores hasta los supervivientes.
¿Sabías que la famosa primera señal transatlántica de Marconi eran solo tres puntos, la letra S en código morse?
La radiodifusión convirtió la radio en un medio de masas. La emisora KDKA de Pittsburgh transmitió resultados electorales en noviembre de 1920, y la British Broadcasting Company empezó sus programas diarios en 1922. La radio difundió noticias, música y propaganda, y en los años cincuenta los transistores baratos la metieron en los bolsillos, de Lagos a Yakarta. Las dos ramas volvieron a unirse el 3 de abril de 1973, cuando Martin Cooper, de Motorola, hizo en Nueva York la primera llamada desde un teléfono móvil de mano. El teléfono de tu bolsillo es los dos inventos a la vez, y por eso nunca se calla.
Fig. 87 · Teléfono y radio. Dos ramas de una misma idea: la voz por un cable y la señal a través del aire.
Capítulo 88 · Parte IX
El coche y la carretera abierta
El automóvil prometía algo que ningún tren podía ofrecer: ir adonde quisieras, cuando quisieras. En menos de un siglo, esa promesa remodeló ciudades, paisajes, empleos y hasta el aire mismo.
El primer vehículo de carretera autopropulsado fue un tractor de artillería a vapor construido en 1769 por el ingeniero militar francés Nicolas-Joseph Cugnot. Era pesado, lento y difícil de dirigir; una versión se conserva en el Musée des Arts et Métiers de París. Los primeros carruajes de vapor británicos chocaron con leyes hostiles: la Locomotive Act de 1865 obligaba a que una persona caminara delante de las locomotoras de carretera, norma recordada por su bandera roja.
El coche moderno nació con la gasolina. El 29 de enero de 1886, Karl Benz solicitó en Alemania la patente de su triciclo Patent-Motorwagen, documento que se conserva como la partida de nacimiento del automóvil. En agosto de 1888, su esposa Bertha Benz lo condujo con dos de sus hijos unos 100 kilómetros, de Mannheim a Pforzheim, comprando combustible en una farmacia y reparándolo ella misma por el camino. El viaje demostró que la máquina funcionaba y le dio una valiosa publicidad.
¿Sabías que el primer semáforo se instaló frente al Parlamento de Londres en 1868, años antes del automóvil, para ordenar el tráfico de caballos?
Los coches fueron un juguete de ricos hasta Henry Ford. Su Ford T de 1908 era sencillo y robusto, y en 1913 su fábrica de Highland Park, en Míchigan, introdujo la cadena de montaje móvil, que redujo el ensamblaje de un chasis de más de doce horas a alrededor de hora y media. En 1927 se habían fabricado más de 15 millones de Ford T. La motorización masiva exigía nuevas carreteras: Alemania construyó autopistas desde los años treinta, y Estados Unidos aprobó su sistema interestatal en 1956. Los fabricantes se multiplicaron por el mundo, de Toyota en Japón a Volkswagen en Alemania, y la producción ajustada japonesa posterior a 1950 cambió las fábricas de todas partes.
La carretera abierta trajo libertad, y también la factura. Alrededor del coche crecieron suburbios, moteles, autocines y supermercados, seguidos de accidentes, atascos y esmog. El cinturón de seguridad de tres puntos, introducido por Volvo en 1959, y las leyes contra la contaminación fueron la respuesta. Los historiadores recurren a archivos de fábrica, matriculaciones, mapas de carreteras y publicidad. Hoy el coche eléctrico, que de verdad compitió con la gasolina hacia 1900, regresa con fuerza, y muchas ciudades devuelven sus calles a peatones y ciclistas. El coche nos dio la carretera abierta; el próximo siglo decidirá cuánto conservamos de ella.
Fig. 88 · El coche y la carretera abierta. De un carro de vapor en París a las autopistas de EE. UU.: el coche llega a las masas.
Capítulo 89 · Parte IX
El vuelo
Durante la mayor parte de la historia, el vuelo perteneció a las aves, los dioses y los narradores. Las cometas volaban en China hace mucho más de dos mil años, y en la Córdoba del siglo IX se cuenta que el inventor Abbás ibn Firnás planeó brevemente con alas de plumas, aunque el único relato se escribió siglos después. El vuelo humano real llegó en dos etapas: primero más ligero que el aire, luego más pesado que el aire.
Los primeros en volar se elevaron bajo un globo de tela forrada de papel construido por los hermanos Montgolfier. El 21 de noviembre de 1783, Jean-François Pilâtre de Rozier y el marqués de Arlandes sobrevolaron París en un globo de aire caliente, alimentando un fuego de paja. Los globos no podían dirigirse, pero elevaron a científicos y soldados durante más de un siglo.
Para dirigir el vuelo hacía falta un ala. En Gran Bretaña, George Cayley analizó a comienzos del siglo XIX las fuerzas que actúan sobre un ala fija, y en Alemania Otto Lilienthal realizó unos dos mil vuelos en planeador en la década de 1890, antes de morir en un accidente en 1896. Dos fabricantes de bicicletas de Ohio, Wilbur y Orville Wright, estudiaron su obra, construyeron un túnel de viento y resolvieron el control torciendo las alas. El 17 de diciembre de 1903, en Kitty Hawk, Carolina del Norte, Orville realizó en el Wright Flyer el primer vuelo propulsado y controlado: 12 segundos, unos 37 metros. Una fotografía conservada capta el instante del despegue.
¿Sabías que aquel primer vuelo propulsado fue más corto que la envergadura de un Boeing 747?
El progreso fue después asombrosamente rápido. Louis Blériot cruzó el canal de la Mancha en 1909. En junio de 1919, John Alcock y Arthur Brown volaron sin escalas de Terranova a Irlanda, y en 1927 Charles Lindbergh hizo la primera travesía en solitario y sin escalas de Nueva York a París. La aviación transformó la guerra, desde el reconocimiento sobre el frente occidental hasta el bombardeo de ciudades. El motor a reacción, desarrollado por separado por Frank Whittle en Gran Bretaña y Hans von Ohain en Alemania, impulsó en 1952 el primer avión de pasajeros a reacción en servicio, el de Havilland Comet. El Boeing 747 de fuselaje ancho entró en servicio en 1970 e hizo asequibles los vuelos de largo recorrido para millones de personas.
Los historiadores siguen esta historia a través de patentes, cuadernos de bitácora, fotografías y los aviones conservados en museos como el Smithsonian, donde cuelga el Wright Flyer original. El avión redujo una travesía de semanas a un salto nocturno, impulsó el turismo y la migración y plantea serias preguntas sobre las emisiones. En poco más de un siglo pasamos de 12 segundos en el aire a vivir en órbita: el salto más veloz de la larga historia del viaje.
Fig. 89 · El vuelo. El primer salto de los Wright fue más corto que las alas de un jumbo.
Capítulo 90 · Parte IX
Internet
Internet es una red de redes: millones de sistemas informáticos independientes que acuerdan una forma común de pasarse mensajes, de modo que cualquiera pueda llegar a cualquier otro. Es menos un invento único que una pila de ideas, cada una construida sobre la anterior, y la heredera más reciente del correo y el telégrafo.
Su idea central surgió a principios de los años sesenta. Paul Baran, en la RAND Corporation de Estados Unidos, y Donald Davies, en el National Physical Laboratory británico, propusieron por separado la conmutación de paquetes: trocear cada mensaje en pequeños bloques, enviarlos por separado por la ruta que esté libre y volver a montarlos en el destino. Davies acuñó la palabra «paquete». El método hacía las redes robustas y eficientes, porque ninguna línea tenía que quedar ocupada por una sola conversación.
El primer enlace de ARPANET, financiada por el Departamento de Defensa estadounidense, funcionó el 29 de octubre de 1969. Un estudiante de la Universidad de California en Los Ángeles, Charley Kline, intentó conectarse a un ordenador del Stanford Research Institute. El sistema se colgó tras dos letras, así que el primer mensaje fue «LO». Lo sabemos porque quedó anotado en un cuaderno de registro manuscrito que aún se conserva. Siguieron otras redes, como la francesa CYCLADES, que inspiró a Vint Cerf y Bob Kahn al diseñar TCP/IP, un lenguaje común para unir redes. ARPANET lo adoptó el 1 de enero de 1983, fecha que muchos consideran el nacimiento de internet.
¿Sabías que Francia tuvo desde 1982 un servicio en línea nacional, el Minitel, con el que millones de hogares compraban billetes de tren, consultaban la guía y chateaban una década antes de la web?
Internet siguió siendo sobre todo académica hasta que Tim Berners-Lee, científico británico del CERN, en Suiza, propuso la World Wide Web en marzo de 1989. Su sistema de páginas enlazadas, direcciones y navegadores se puso en línea en 1991, y el CERN lo liberó sin derechos en 1993. Llegaron navegadores gráficos, buscadores y tiendas en línea y, en 2007, el iPhone ayudó a meter la web en el bolsillo; el móvil pronto se convirtió en la principal vía de acceso para la mayoría de la gente en África y Asia.
Bajo la pantalla, internet es sorprendentemente físico. La mayoría de los datos entre continentes viaja por cables de fibra óptica tendidos en el lecho marino, a menudo por rutas que abrió el telégrafo, y por enormes centros de datos que consumen muchísima electricidad. Los historiadores ya tratan las webs antiguas, los correos y las páginas archivadas como fuentes primarias, e internet replantea las preguntas más viejas de la comunicación: quién controla la red, quién queda fuera y qué es verdad. Empezó con dos letras y desde entonces no ha dejado de hablar.
Fig. 90 · Internet. Internet por capas: cables, paquetes y protocolos, y encima la web y las apps.
Parte X
Vida cotidiana y creencias
El tiempo, el trabajo, el juego, la fe y la memoria.
Capítulo 91 · Parte X
Medir el tiempo
Medir el tiempo es dividir el día en unidades en las que puedan ponerse de acuerdo los desconocidos. Durante casi toda la historia ese acuerdo fue local y laxo: el sol salía, llegaba a lo más alto y se ponía, y la gente trabajaba, rezaba y comía a su ritmo. La historia de la medida del tiempo es la de unas unidades cada vez más pequeñas, desde la sombra de un palo hasta la vibración de un átomo.
Los instrumentos más antiguos que se conservan proceden de Egipto. Los relojes de sombra de hacia 1500 a. C. medían las horas del día, y una clepsidra de piedra, o reloj de agua, del templo de Karnak, fabricada hacia 1400 a. C. para Amenhotep III, dejaba escapar el agua por un orificio para que los sacerdotes siguieran las horas de la noche. Aquellas horas no eran fijas. Egipcios, griegos y romanos dividían el día en doce horas temporales, de modo que una hora de verano en Roma duraba mucho más que una de invierno.
Las máquinas llegaron despacio. En 1088 el funcionario chino Su Song empezó en Kaifeng una torre de reloj astronómico, un gigante movido por agua de más de diez metros de altura, terminado en 1092 y descrito en un libro ilustrado que ha llegado hasta nosotros. En Europa, los relojes mecánicos de pesas aparecieron a finales del siglo XIII y tocaban campanas para monjes y vecinos; el de la catedral de Salisbury, de hacia 1386, suele considerarse el más antiguo que aún funciona. La precisión dio un salto cuando Christiaan Huygens construyó un reloj de péndulo en 1656 y redujo el error de minutos a segundos al día. En el mar, el reloj H4 de John Harrison mantuvo la hora tan bien en un viaje a Jamaica en 1761 que los marinos pudieron por fin calcular su longitud.
¿Sabías que el reloj de la Corn Exchange de Bristol, construido en 1822, todavía tiene dos minuteros, uno para la hora de Londres y otro para la de Bristol, que va unos diez minutos por detrás?
El ferrocarril impuso el siguiente cambio. Cada ciudad tenía su propia hora local, lo que convertía los horarios en un caos, así que los ferrocarriles británicos adoptaron la hora de Londres en la década de 1840, y en 1884 la Conferencia Internacional del Meridiano, en Washington, eligió Greenwich como meridiano cero, base de los husos horarios. En el siglo XX, el reloj de cuarzo de 1927 y después el reloj atómico de cesio de Louis Essen, de 1955, en el National Physical Laboratory británico, llevaron la medida del tiempo más allá del propio cielo. Desde 1967 el segundo oficial se define por las vibraciones de los átomos de cesio y no por el giro de la Tierra.
Hoy la navegación por satélite, las redes móviles y los mercados bursátiles dependen de un tiempo atómico medido en milmillonésimas de segundo. El reloj de sol de un jardín rural y el chip de tu teléfono responden a la misma vieja pregunta. Solo que lo hacen con una precisión asombrosa.
Fig. 91 · Medir el tiempo. Del palo que proyecta sombra al átomo de cesio: cada reloj dividió el día más fino.
Capítulo 92 · Parte X
Infancia y escuela
Todas las sociedades han tenido niños, pero no todas han tenido escuelas. Durante la mayor parte de la historia, los niños aprendían trabajando junto a sus padres en el campo, la cocina o el taller. La enseñanza formal nació como un privilegio de los pocos que necesitaban leer y escribir, y solo en los dos últimos siglos se ha convertido casi en todas partes en la forma normal de la infancia.
Las aulas más antiguas que podemos ver están en Mesopotamia. En Nippur y Ur los arqueólogos han hallado miles de tablillas escolares de arcilla de hacia 1800 a. C., con el modelo del maestro en una cara y la copia temblorosa del alumno en la otra. Los sumerios llamaban a la escuela edubba, la «casa de las tablillas», y algunos textos conservados describen a muchachos azotados por su mala letra. En Egipto, los aprendices de escriba copiaban la Sátira de los oficios, un texto que se burlaba de todas las profesiones menos la suya.
Las escuelas posteriores siguieron el mismo patrón de copiar, recitar y algún que otro palmetazo. Los niños romanos, y algunas niñas, aprendían las letras con un litterator, a menudo en un tenderete alquilado junto a la calle. En el México del siglo XV, los mexicas tenían escuelas para varones: el telpochcalli para la gente común y el calmécac para nobles y sacerdotes. La Europa medieval enseñaba latín en escuelas monásticas y catedralicias, y el Winchester College, fundado en 1382, sigue dando clases hoy.
¿Sabías que hacia la década de 1260 un niño de Nóvgorod llamado Onfim hacía los deberes en corteza de abedul, y que entre sus ejercicios conservados hay dibujos de sí mismo como guerrero a caballo?
¿Es la infancia una idea moderna? En 1960 el historiador francés Philippe Ariès sostuvo que en la Edad Media se veía a los niños como adultos en miniatura. Muchos historiadores lo discuten hoy, y señalan juguetes, nanas, leyes y cartas de padres dolientes de todas las épocas. Eso sí, los niños trabajaban duro. La Ley de Fábricas británica de 1833 prohibió el trabajo en las hilaturas a los menores de nueve años, lo que indica que antes los había habido.
La escolarización masiva llegó con el Estado moderno. Prusia hizo obligatoria la escuela en 1763, Japón creó un sistema nacional en 1872 y la Ley de Educación inglesa de 1870 fundó escuelas públicas, con asistencia obligatoria desde 1880. Los Estados querían soldados, oficinistas y ciudadanos que supieran leer; los reformistas querían sacar a los niños de minas y fábricas. En 1989 la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño declaró la educación un derecho de todo niño, y se ha convertido en el tratado de derechos humanos más ratificado de la historia.
La jornada escolar, el horario y las vacaciones de verano parecen naturales, pero son inventos recientes. La casa de las tablillas de Ur y el colegio del barrio están separados por cuatro mil años y por una idea radical: que todos los niños, y no solo el hijo del escriba, aprendan a leer.
Fig. 92 · Infancia y escuela. Cuatro aulas en cuatro mil años: quién aprendía, con quién y para qué.
Capítulo 93 · Parte X
El trabajo y los trabajadores
La mayoría de las personas que han vivido pasaron la mayor parte de sus horas de vigilia trabajando, pero rara vez escribieron sobre ello. Por eso los historiadores del trabajo leen los márgenes: listas de raciones, cuentas de salarios, registros de ausencias, herramientas y esqueletos desgastados. Juntos muestran cómo el trabajo pasó del hogar y el campo a talleres, fábricas y oficinas.
Algunas de las pruebas más ricas proceden de Deir el-Medina, la aldea cercana a Tebas donde vivían los artesanos que excavaban las tumbas reales del Valle de los Reyes. Sus notas, garabateadas en fragmentos de cerámica llamados óstraca, incluyen un registro de ausencias con motivos como enfermedad, la picadura de un escorpión o hacer cerveza. Más al este, tablillas de arcilla del Estado de Ur III, hacia 2000 a. C., anotan las raciones de cebada pagadas a miles de trabajadores. En los Andes, los incas exigían el tributo en trabajo y no en dinero: la mita enviaba a las familias por turnos a construir caminos, cultivar tierras del Estado o servir en el ejército.
¿Sabías que la primera huelga documentada ocurrió hacia 1157 a. C., cuando los constructores de tumbas de Deir el-Medina dejaron las herramientas porque sus raciones de grano llegaban tarde, un hecho recogido en el papiro de la huelga de Turín?
En las ciudades medievales, de Florencia a Kioto, los artesanos se organizaban en gremios que controlaban la formación, los precios y la calidad. Un aprendiz servía durante años antes de llegar a oficial y, con suerte, a maestro. Se trabajaba sobre todo en casa o muy cerca, y el ritmo seguía la luz del día y las estaciones.
La fábrica lo cambió todo. Cuando Richard Arkwright abrió en 1771 su hilatura de algodón movida por agua en Cromford, en Derbyshire, los obreros, muchos de ellos niños, acudían a las máquinas en turnos marcados por el reloj y la campana. La disciplina, los salarios y las largas jornadas provocaron resistencia. En 1834 seis jornaleros de Tolpuddle, en Dorset, fueron deportados a Australia por fundar un sindicato, y en 1886 una concentración en Chicago por la jornada de ocho horas terminó con el atentado de Haymarket, que se recuerda cada Primero de Mayo. La cadena de montaje móvil de Henry Ford, puesta en marcha en 1913, montaba un chasis en unos noventa minutos y convirtió el trabajo en una secuencia de pequeñas tareas repetidas.
Desde mediados del siglo XX, los empleos de oficina y de servicios han superado a los industriales en muchos países ricos, mientras la manufactura crecía en Asia. Los fines de semana, las vacaciones pagadas, las pensiones y las leyes de seguridad los conquistaron, poco a poco, los trabajadores organizados. El constructor de tumbas que faltaba al trabajo para hacer cerveza reconocería la baja médica moderna. Las vacaciones pagadas quizá le darían envidia.
Fig. 93 · El trabajo y los trabajadores. De la aldea de los constructores de tumbas a la fábrica: cómo cambió el trabajo.
Capítulo 94 · Parte X
La esclavitud y su abolición
La esclavitud, la propiedad de un ser humano por otro, es una de las instituciones más antiguas y extendidas de la historia. Existió en la antigua Mesopotamia, Grecia, Roma, China, África occidental, el mundo islámico y las Américas antes de Colón. Lo que cambió con el tiempo fue su escala, su justificación y, por fin, la idea de que no debía existir en absoluto.
Las primeras pruebas escritas proceden del derecho. El Código de Hammurabi, de hacia 1750 a. C., fija castigos por herir a un esclavo y por ayudarle a escapar. Las minas de plata atenienses de Laurión las trabajaban esclavos, y el derecho romano trataba al esclavo como una propiedad. En estas sociedades la esclavitud no estaba ligada a la raza: podían ser esclavizados los cautivos de guerra, los deudores y sus hijos. Los vikingos vendían cautivos en mercados como Dublín, y durante siglos se llevó a africanos esclavizados a través del Sáhara y del océano Índico.
La trata transatlántica, entre los siglos XVI y XIX, fue distinta en escala y crueldad. La base de datos Slave Voyages, elaborada con registros navieros, documentos portuarios y pólizas de seguro de unos 36 000 viajes, calcula que unos 12,5 millones de africanos fueron embarcados a la fuerza y que alrededor de 10,7 millones sobrevivieron a la travesía del Atlántico. Se les obligó a trabajar en plantaciones de azúcar, tabaco y algodón, y la trata se justificó con nuevas ideas de jerarquía racial.
La abolición llegó desde muchos frentes. Los esclavizados resistieron sin descanso, con revueltas, fugas y sabotajes, y la Revolución haitiana, iniciada en 1791, creó en 1804 el primer Estado fundado por antiguos esclavos. En Gran Bretaña, los activistas publicaron en 1788 el plano del barco negrero Brookes y en 1789 la autobiografía de Olaudah Equiano, y el Parlamento abolió la trata en 1807 y la esclavitud en la mayoría de sus colonias a partir de 1834. Estados Unidos puso fin a la esclavitud en 1865, tras una guerra civil, y Brasil fue el último país de América en abolirla, en 1888.
¿Sabías que Gran Bretaña indemnizó a los propietarios de esclavos, no a los esclavizados, y que el Estado no terminó de devolver los préstamos pedidos para ello hasta 2015?
La abolición legal no acabó con la esclavitud en la práctica. Mauritania no la tipificó como delito hasta 2007, y el trabajo forzoso, la trata de personas y la servidumbre por deudas persisten hoy con el nombre de esclavitud moderna. Los historiadores estudian ahora la trata a través de las voces de los esclavizados, allí donde se conservan, y de la riqueza que levantó en puertos como Liverpool, Bristol o Nantes. La esclavitud se consideró normal casi en todas partes. Su abolición demuestra que lo normal puede derribarse.
Fig. 94 · La esclavitud y su abolición. La trata atlántica y el largo y desigual camino hacia la abolición.
Capítulo 95 · Parte X
La historia de las mujeres
La historia de las mujeres plantea una pregunta sencilla con respuestas incómodas: ¿dónde estaban las mujeres? Las historias tradicionales de reyes, batallas y parlamentos dejaban fuera a la mitad de la humanidad, no porque las mujeres no hicieran nada, sino porque los registros que llevaban los hombres rara vez se fijaban en ellas. Desde la década de 1970, historiadoras como Gerda Lerner han convertido la recuperación de esas vidas en un campo propio.
Las pruebas están ahí para quien las busca. La primera autora de la historia conocida por su nombre es una mujer: Enheduanna, hija de Sargón de Acad y suma sacerdotisa del dios luna en Ur hacia 2300 a. C., cuyos himnos copiaron los escribas durante siglos. En Egipto, Hatshepsut reinó como faraón aproximadamente entre 1479 y 1458 a. C. y levantó un enorme templo en Deir el-Bahari. Tras su muerte, muchas de sus imágenes fueron borradas a cincel, recordatorio de que el olvido puede ser deliberado.
¿Sabías que a Hatshepsut se la representaba a menudo con la barba postiza ceremonial de los faraones, porque la propia realeza se imaginaba masculina?
Las mujeres corrientes aparecen en fuentes más discretas: contratos matrimoniales, pleitos, testamentos, recetarios y los huesos de los difuntos. Tablillas babilónicas muestran a mujeres al frente de negocios, y los registros judiciales de la Inglaterra medieval, a mujeres que elaboraban y vendían cerveza. La arqueología también sorprende. En 2017 el ADN reveló que una tumba del siglo X ricamente armada en Birka, Suecia, atribuida durante mucho tiempo a un guerrero, pertenecía a una mujer. Los historiadores aún debaten si combatió.
Algunas mujeres entraron en la historia escribiendo, y sus palabras han sobrevivido de su puño y letra o en copias cercanas. En Japón, Murasaki Shikibu escribió la Historia de Genji hacia 1010, a menudo considerada una de las primeras novelas. En París, Cristina de Pizán respondió a la misoginia de su tiempo con La ciudad de las damas en 1405. En 1792 Mary Wollstonecraft publicó Vindicación de los derechos de la mujer, y en 1848 la convención de Seneca Falls, en Nueva York, reclamó el voto. Nueva Zelanda fue, en 1893, el primer país autónomo que concedió a las mujeres el voto en elecciones nacionales.
La historia de las mujeres no trata solo de excepciones famosas. Ha cambiado la forma en que los historiadores entienden el trabajo, la familia, la religión y el poder, al mostrar que la economía doméstica, el parto y los cuidados estaban en el centro de toda sociedad. También pregunta quién decidió, para empezar, qué contaba como historia. Los archivos nunca callaron sobre las mujeres. Simplemente esperaban a que alguien les hiciera las preguntas adecuadas.
Fig. 95 · La historia de las mujeres. Recuperar a media humanidad: mujeres con nombre y las fuentes que las revelan.
Capítulo 96 · Parte X
Juegos y deporte
Los seres humanos han jugado desde que trabajan. Los juegos de azar y de habilidad, y los deportes de velocidad y fuerza, aparecen en casi todas las culturas y revelan lo que cada sociedad valoraba: la suerte, la estrategia, el valor o el trabajo en equipo. Como el juego deja menos huellas que la guerra, los historiadores lo reconstruyen a partir de tableros, pelotas, edificios y, de vez en cuando, un reglamento.
Uno de los tableros más antiguos procede del Cementerio Real de Ur, en Irak, excavado por Leonard Woolley en la década de 1920. El juego real de Ur, fabricado hacia 2600-2400 a. C., tiene veinte casillas con incrustaciones de concha y lapislázuli y se jugaba con dados en forma de pirámide. Sus reglas se perdieron durante milenios hasta que Irving Finkel, del Museo Británico, las descifró en una tablilla cuneiforme escrita por un escriba babilonio en 177 a. C. En Egipto, el senet gustaba tanto que se colocaban tableros en las tumbas, incluida la de Tutankamón.
¿Sabías que los pueblos de Mesoamérica fabricaban pelotas de caucho macizo hace más de 3000 años, y que algunas halladas en El Manatí, en México, datan de hacia 1600 a. C.?
Aquellas pelotas alimentaron uno de los grandes deportes del mundo, el juego de pelota mesoamericano, practicado en canchas de piedra desde Honduras hasta la actual Arizona. En Chichén Itzá, el Gran Juego de Pelota es más largo que un campo de fútbol moderno. En Grecia, los Juegos Olímpicos, fechados tradicionalmente en 776 a. C., honraban a Zeus con carreras a pie, lucha y carreras de carros, y duraron más de mil años hasta extinguirse a finales del siglo IV d. C. Los juegos de estrategia viajaron lejos: el go se jugaba en China ya en el siglo IV a. C., y el ajedrez nació del chaturanga indio hacia el siglo VI d. C. antes de llegar a Europa a través de Persia y el mundo islámico. Las piezas de ajedrez de Lewis, talladas en marfil de morsa en el siglo XII, muestran hasta dónde llegó.
El deporte moderno es en gran medida un invento del siglo XIX. Colegios y clubes británicos pusieron las reglas por escrito para acabar con las discusiones interminables: las reglas de la Football Association de 1863, la separación entre rugby y fútbol, la codificación del críquet y el tenis. El béisbol tomó forma en Estados Unidos, y Pierre de Coubertin resucitó los Juegos Olímpicos en Atenas en 1896. El ferrocarril, la prensa y más tarde la radio y la televisión convirtieron partidos locales en obsesiones nacionales e industrias mundiales.
Hoy miles de millones de personas ven el Mundial y millones juegan en línea, pero los impulsos son antiguos. El escriba babilonio que anotó las reglas del juego de Ur hacía exactamente lo mismo que los fundadores de la FA. El juego solo se vuelve deporte cuando nos ponemos de acuerdo en las reglas.
Fig. 96 · Juegos y deporte. El juego real de Ur: un tablero de 4500 años cuyas reglas se leyeron en una tablilla.
Capítulo 97 · Parte X
Fiestas y festivos
Una fiesta es tiempo convertido en algo especial. Al señalar ciertos días con banquetes, ayunos, música o descanso, las comunidades transforman el ciclo interminable de los días en una historia compartida. La palabra inglesa holiday viene de «holy day», día santo, y en español hablamos aún de días de «precepto» o «festivos»: la mayoría de los días de descanso nacieron como ocasiones religiosas.
Las fiestas más antiguas seguían el cielo y el año agrícola. Stonehenge está alineado con la salida del sol en el solsticio de verano y su puesta en el de invierno, y en la cercana Durrington Walls los arqueólogos han hallado restos de grandes banquetes; dientes de cerdo indican que muchos animales se sacrificaron hacia mediados del invierno, hace unos 4500 años. Fiestas de la cosecha, ritos de primavera y celebraciones de año nuevo aparecen en los primeros registros de Egipto, Mesopotamia y China, regidas por el sol, la luna o la salida de ciertas estrellas.
Cada calendario da a las fiestas un ritmo distinto. Las solares, como los solsticios, no se mueven. Las lunares, sí: el calendario islámico tiene doce meses lunares y 354 o 355 días, de modo que el ramadán y el Eid recorren todas las estaciones en unos 33 años. El Año Nuevo lunar de Asia oriental, el Diwali de la India, la Pascua judía y la cristiana siguen calendarios lunisolares que las mantienen más o menos en la misma estación aunque se desplacen de un año a otro.
Las fiestas toman prestado y se mezclan. Las Saturnales romanas de diciembre traían banquetes, regalos y una inversión burlona de amos y criados. La primera mención de la Navidad el 25 de diciembre aparece en un calendario romano de 336, y los historiadores debaten cuánto le deben a fiestas invernales más antiguas. El Día de Muertos mexicano une tradiciones indígenas de honrar a los difuntos con las fiestas católicas de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos.
¿Sabías que en 1647 el Parlamento inglés, dominado por los puritanos, abolió la Navidad como fiesta, y que no se restableció oficialmente hasta 1660?
Los Estados modernos inventaron sus propios festivos. La Ley de Días Festivos Bancarios de 1871 dio a Gran Bretaña días libres oficiales, y las fiestas nacionales conmemoran independencias y revoluciones, del Cuatro de Julio estadounidense al 14 de julio francés. El comercio también transformó las celebraciones: las tarjetas navideñas, los petardos sorpresa y los árboles victorianos, y después el calendario comercial del Black Friday y San Valentín.
Hoy una misma ciudad puede celebrar Diwali, el Eid, Janucá, el Año Nuevo lunar y la Navidad en pocos meses. Las fiestas siguen siendo la manera en que la gente expresa su pertenencia, recuerda sus orígenes y rompe la rutina del trabajo. Todo calendario tiene sus días señalados en rojo, y ellos dicen lo que un pueblo elige recordar.
Fig. 97 · Fiestas y festivos. La rueda del año: las fiestas solares no se mueven, las lunares giran a su alrededor.
Capítulo 98 · Parte X
La muerte y la memoria
Toda sociedad humana ha tenido que decidir qué hacer con sus muertos y cómo recordarlos. Esas decisiones son un regalo para los historiadores. Las tumbas suelen ser las pruebas mejor conservadas que tenemos, y el trato dado a los difuntos revela creencias, riqueza e ideas sobre quién importaba.
Los enterramientos deliberados más antiguos de humanos modernos, en Qafzeh y Skhul, en Israel, datan de hace unos 100 000 años. Si los neandertales enterraban a sus muertos con ritual es objeto de debate; la famosa «tumba de las flores» de Shanidar, en Irak, quizá deba su polen a animales excavadores. No hay duda, en cambio, sobre Sungir, en Rusia, hace unos 34 000 años, donde dos niños y un hombre fueron enterrados con miles de cuentas de marfil cuidadosamente perforadas, cada una fruto de horas de trabajo.
A medida que crecieron las sociedades, crecieron sus tumbas. Los egipcios practicaron la momificación durante casi tres mil años y equipaban a sus muertos con los conjuros del Libro de los Muertos. Al primer emperador de China, Qin Shi Huang, muerto en 210 a. C., lo custodiaban los Guerreros de Terracota, miles de soldados de barro a tamaño natural descubiertos en 1974 por campesinos que cavaban un pozo. En Inglaterra, hacia 625, un rey anglosajón, probablemente Rædwald de Anglia Oriental, fue depositado en un barco de 27 metros bajo un túmulo en Sutton Hoo, con un yelmo, una hebilla de oro y plata de Bizancio.
¿Sabías que la madera del barco de Sutton Hoo se había podrido por completo, y que los excavadores de 1939 lo documentaron a partir de hileras de remaches oxidados y una huella fantasmal en la arena?
No todas las culturas entierran. Hindúes y budistas incineran a sus muertos desde hace mucho, los zoroastrianos los exponían tradicionalmente en torres del silencio y el entierro celeste tibetano ofrece los cuerpos a los buitres. La memoria adopta también muchas formas: altares de los antepasados en China, altares del Día de Muertos en México y los cementerios jardín del siglo XIX, como el Père-Lachaise de París, abierto en 1804.
La Primera Guerra Mundial cambió la memoria pública. Ante tantos cuerpos perdidos o sin identificar, Gran Bretaña inauguró el Cenotafio de Whitehall y enterró al Soldado Desconocido en la abadía de Westminster en 1920, y los monumentos de toda Europa enumeraron nombres en lugar de héroes. El Monumento a los Veteranos de Vietnam de Maya Lin, en Washington, inaugurado en 1982, lleva más de 58 000 nombres sobre granito negro.
Hoy la memoria se traslada a internet, a páginas conmemorativas y archivos digitales, pero el impulso no cambia. Recordamos a los muertos para decir quiénes somos. Y mucho después de que se vayan los dolientes, la tumba sigue hablando a quien excava con el cuidado suficiente.
Fig. 98 · La muerte y la memoria. Sutton Hoo en sección: un barco, una cámara y un rey recordados por la tierra.
Capítulo 99 · Parte X
La fe y los templos
La religión tiene que ver con la fe, pero los historiadores la encuentran sobre todo a través de objetos: altares, ofrendas, estatuas, textos sagrados y, por encima de todo, templos, las casas que la gente construyó para sus dioses. Los templos rara vez fueron solo lugares de culto. Eran almacenes, bancos, escuelas, hospitales, hitos del paisaje y los edificios más ambiciosos de su tiempo.
El candidato más antiguo es Göbekli Tepe, en el sudeste de Turquía, donde desde hacia 9500 a. C. se levantaron círculos de pilares de piedra en forma de T tallados con zorros, jabalíes y buitres. Su excavador, Klaus Schmidt, lo consideró un templo construido por cazadores-recolectores; hallazgos recientes de casas y sistemas de agua han llevado a los historiadores a debatir si era solo un lugar ritual. En cualquier caso, es anterior a la cerámica, la escritura y la rueda.
En Mesopotamia cada ciudad pertenecía a un dios, cuya casa se alzaba sobre un zigurat escalonado de adobe. Hacia 2100 a. C., el rey Ur-Nammu construyó el gran zigurat de Ur para el dios luna Nanna, y los escribas del templo llevaban las cuentas de las tierras, los rebaños y los trabajadores que poseía el dios. El templo de Karnak, en Tebas, creció durante unos dos mil años a medida que un faraón tras otro añadía salas, obeliscos y pilonos. En la India, el emperador Ashoka patrocinó estupas budistas, montículos en forma de cúpula que guardaban reliquias, como la Gran Estupa de Sanchi, del siglo III a. C.
Los edificios sagrados llevaron la ingeniería al límite. Santa Sofía, la iglesia de Justiniano en Constantinopla terminada en 537, alzó una cúpula enorme que, según un contemporáneo, parecía colgar del cielo. En Camboya, Suryavarman II inició Angkor Wat a comienzos del siglo XII como imagen del cosmos hindú, y más tarde pasó a ser budista. En Amritsar, el Harmandir Sahib, o Templo Dorado, recibió la escritura sagrada sij en 1604 y aún da de comer cada día a decenas de miles de visitantes en su cocina gratuita.
¿Sabías que los primeros pilares de Göbekli Tepe se levantaron más de seis mil años antes que las primeras piedras de Stonehenge?
Los templos muestran también cómo cambia la fe. Santa Sofía ha sido catedral, mezquita, museo y de nuevo mezquita; muchas iglesias de España fueron antes mezquitas, y numerosas iglesias mexicanas se alzan sobre plataformas de templos aztecas. Hoy las grandes religiones del mundo siguen reuniéndose en edificios antiguos y nuevos, desde capillas de pueblo y mezquitas de barrio hasta enormes megaiglesias y gurdwaras modernos. La gente construyó templos para llegar a sus dioses y, por el camino, levantó los primeros monumentos de la civilización.
Fig. 99 · La fe y los templos. El zigurat de Ur: una montaña hecha por el hombre con la casa del dios en la cima.
Capítulo 100 · Parte X
La historia hoy: el pasado en la era digital
Durante la mayor parte de su historia, estudiar el pasado significaba viajar hasta él: a un archivo, una biblioteca, el almacén de un museo o una excavación. En los últimos cincuenta años eso ha cambiado más que en ningún momento desde la imprenta. La historia digital usa escáneres, bases de datos, satélites y aprendizaje automático para encontrar, leer y compartir pruebas, y trae sus propios peligros.
El cambio empezó con los textos. En 1971 Michael Hart tecleó la Declaración de Independencia estadounidense en un ordenador universitario y dio comienzo al Proyecto Gutenberg, la primera biblioteca digital. Bibliotecas y archivos siguieron con la digitalización masiva. Old Bailey Online, lanzado en 2003, permitió buscar en las actas de casi 200 000 juicios penales celebrados en Londres entre 1674 y 1913, de modo que cualquiera puede seguir la vida de acusados y testigos corrientes. Los voluntarios se sumaron: proyectos de Zooniverse como Old Weather invitaron al público a transcribir cuadernos de bitácora de la Royal Navy, recuperando datos meteorológicos e historias de marineros.
Las nuevas herramientas también ven lo que el ojo no alcanza. El lidar aerotransportado, que dispara pulsos láser a través de la cubierta forestal, reveló en 2018 decenas de miles de estructuras mayas desconocidas en el norte de Guatemala, entre ellas calzadas, campos y defensas. El ADN antiguo, trabajo por el que Svante Pääbo recibió el Nobel en 2022, permite rastrear migraciones que no dejaron huella escrita. La tomografía computarizada deja leer el interior de objetos demasiado frágiles para abrirlos.
¿Sabías que en 2023 unos investigadores usaron la tomografía y el aprendizaje automático para leer la primera palabra del interior de un rollo sellado de Herculano, carbonizado por el Vesubio, y que era la palabra griega para «púrpura»?
El pasado nacido digital es sorprendentemente frágil. Las webs desaparecen, los formatos de archivo se vuelven ilegibles y las publicaciones en redes sociales se borran. Internet Archive, fundado en 1996, ha guardado cientos de miles de millones de páginas web con su Wayback Machine, y bibliotecas nacionales como la British Library archivan ya las webs de sus países. Aun así, buena parte de la primera web se ha perdido, y algunos advierten de una «edad oscura digital». La abundancia trae sus propios problemas: los historiadores del siglo XXI tendrán demasiadas fuentes, no demasiado pocas, y deberán aprender a leerlas a gran escala.
También hay nuevos riesgos de falsificación. La edición de imágenes y la IA generativa facilitan falsificar fotografías, voces y documentos, de modo que las viejas destrezas del historiador, comprobar la procedencia, comparar fuentes y preguntarse quién hizo un registro y por qué, importan más que nunca. La tecnología ha cambiado la forma de encontrar el pasado. No ha cambiado las preguntas que debemos hacerle.
Fig. 100 · La historia hoy: el pasado en la era digital. Del objeto al resultado de búsqueda: cómo la era digital captura y arriesga el pasado.
Historia · Primera edición, octubre de 2026
100 capítulos · 10 partes · cien diagramas
por Mat Siems · The Visual Encyclopaedia, No. 4 · 2026